(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primera Comunión)
Si alguien nos dijera que recibir la Primera Comunión es
como comer un pedacito de pan, con la única diferencia que es un pan bendecido,
nosotros deberíamos responderle con un fuerte “NO”, porque comulgar o recibir
la Primera Comunión, no es comer un pedacito de pan, aunque por fuera pueda ser
parecido a como cuando alguien come un pedacito de pan.
El Catecismo nos enseña que en la Misa sucede algo
inimaginable, algo misterioso, algo maravilloso: cuando el sacerdote extiende
sus manos sobre las ofrendas del pan y del vino, Jesús baja desde el cielo y, a
través del sacerdote y a través de la voz del sacerdote, pronuncia unas
palabras –“Esto es mi Cuerpo, Éste es el cáliz de mi Sangre”-, que por el poder
de Jesús, que es Dios, hacen que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y
la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Es por esto que nosotros adoramos la
Eucaristía, porque la Eucaristía no es un pedacito de pan: parece un pedacito
de pan, pero es el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Por esta razón, recibir la Primera Comunión, no es comer un
pedacito de pan: es abrir el corazón para recibir al Sagrado Corazón de Jesús,
que late, vivo y glorioso, en la Sagrada Eucaristía.
Lo más hermoso que puede pasarle a una persona en esta vida,
es recibir la Comunión, porque es recibir a Dios Hijo en Persona. No cometamos
el error de muchos niños y jóvenes, para los cuales la Primera Comunión es la
última. Si comulgar es lo más hermoso del mundo, porque es recibir al Sagrado
Corazón de Jesús, ¿por qué no acudimos todos los Domingos, para recibir, con
todo el amor posible, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús?
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