(Ciclo A – 2026)
Santa
Teresita de Lisieux le dijo al Divino Niño Jesús: “Haz de mi corazón tu morada”.
¿Qué quiere decir esto?
Por un lado, es la petición que todo ser humano debe
hacer al Divino Niño, porque en la realidad, todo corazón humano, el corazón de
cada hombre nacido en esta tierra, sin importar la raza, el credo, la
nacionalidad, la geografía, está creado por Dios para ser un trono del Sagrado
Corazón del Divino Niño Jesús. Esto quiere decir que en nuestros corazones solo
debe estar entronizado el Corazón del Divino Niño y, por añadidura, el
Inmaculado Corazón de María, porque donde está el Hijo está la Madre y donde
está la Madre está el Hijo. Nuestros corazones, entonces, han sido creados para
ser tronos de los Sagrados Corazones de Jesús y María y por eso Santa Teresita
hace esta petición, de que el Divino Niño haga de su corazón su morada.
Por otro lado, la petición de Santa Teresita es una
correspondencia a la invitación que Jesús hace en el Apocalipsis: “Mira que
estoy a la puerta y llamo, si alguien me abre, entraré y cenaré con él”. Jesús,
Dios Hijo encarnado, llama a la puerta de nuestros corazones, como cuando un amigo
que nos quiere mucho llama a la puerta de nuestra casa, para saber si estamos, porque
viene a visitarnos. Pero Jesús no se contenta solo con pasar: Él dice: “Cenaré
con él y él conmigo”. ¿De qué cena se trata? No es una cena material, sino espiritual,
celestial, sobrenatural: Jesús trae con Él la cena y esta cena no es otra cosa
que la Carne del Cordero de Dios, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza
Nueva y Eterna, es decir, la Eucaristía. Jesús entra en nuestras almas, para hacer
de ellas su morada y además nos convida con su Ser divino, con su Amor divino,
con su Sangre, su Alma y su Divinidad, que es la Eucaristía. Por esto debemos
sentirnos honrados por recibir al Divino Niño en la Eucaristía, porque somos
indignos de recibirlo, pero a Él no le importa nuestra indignidad, solo quiere
un corazón “contrito y humillado”.
Junto a Santa Teresita, le pedimos también a Jesús que
haga de nuestros corazones, contritos y humillados, su morada y que esta morada
sea eterna, para siempre, que comience en esta y no termine nunca, que esta
morada de nuestro corazón sea la morada del Divino Niño para toda la eternidad.
Guiados de la mano de Nuestra Madre, la Virgen María, la Mamá de Jesús y Madre Nuestra, le decimos así al Divino Niño: "Divino Niño Jesús, tesoro de nuestras almas, delicia del Cielo, dulzura celestial, te suplicamos que tu gracia convierta nuestros pobres corazones, oscuros y desolados por el pecado, en una luminosa morada en la que Tú vengas a habitar, por la Eucaristía, en lo que resta de mi vida en la tierra y luego por toda la eternidad. Amén".






