Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 1 de abril de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús resucita a Lázaro


(Domingo V – TC – Ciclo A – 2017)

         En este Evangelio Jesús realiza un milagro impresionante: resucita a su amigo Lázaro, que ya estaba muerto desde hacía cuatro días. Para darnos cuenta de lo grandioso de este milagro y del poder divino de Jesús, recordemos qué pasa en el momento de la muerte: el alma, que es espiritual y tiene vida, se separa del cuerpo, que es material y, sin el alma, queda sin vida. El alma va, inmediatamente, a recibir lo que el Catecismo llama: “Juicio Particular”, en donde Dios da el premio a los que obraron el bien –el cielo- y el castigo –el infierno- a los que obraron el mal. El cuerpo queda en la tierra, para ser velado y sepultado y apenas el alma se separa de él, comienza un proceso de descomposición orgánica y por esa razón, hay que sepultarlo. Esto era lo que le había sucedido a Lázaro: su alma se había separado de su cuerpo y por lo tanto, su cuerpo estaba muerto y ya desde hacía cuatro días.
         Cuando llega Jesús, después de hablar con Marta –Jesús era muy amigo de los tres hermanos de Betania, María, Marta y Lázaro- y después de decirle que Él es “la resurrección y la vida”, le dice a Lázaro, que yace en la tumba: “¡Lázaro, levántate y sal afuera!”. En ese momento, el alma de Lázaro, reconociendo la voz de su Dios, el Dios que la había creado, se une inmediatamente a su cuerpo y el cuerpo, unido al alma, comienza a vivir como antes de la muerte.
         Es un milagro de resurrección, asombroso, que sólo Dios puede hacer y que nos demuestra que Jesús es Dios y que Él tiene poder sobre la muerte; Él es más fuerte que la muerte, porque Él es la Vida en sí misma.
         El milagro de la resurrección de Lázaro nos da muchas fuerzas, porque por un lado, si sufrimos la pérdida de un ser querido, sabemos que Jesús ha vencido a la muerte y que, por su misericordia, existe la posibilidad de reencontrarnos con ellos, si obramos el bien, vivimos en gracia y evitamos el pecado. Por otro lado, nos reconforta el saber que nuestro Dios es más poderoso y fuerte que la muerte, porque Él es el Dios de la vida.
         Pero hay algo que tenemos que saber, y es que en la Misa, Jesús obra un milagro más grande todavía que el de Lázaro, porque en el Evangelio lo que hizo fue simplemente unir el alma con el cuerpo, mientras que en la Misa, convierte el pan sin vida en su Cuerpo y Sangre, que es la Eucaristía; además, con nosotros nos demuestra un amor infinitamente más grande que para con sus amigos Marta, María y Lázaro, porque a Marta sólo le dijo que Él era la “resurrección y la vida”, mientras que a nosotros no nos dice que es la resurrección y la vida, sino que nos da esa misma resurrección y vida eterna, como en germen, como en semilla, en la Eucaristía, porque en la Eucaristía es Él mismo, el Dios de la vida, en Persona.

         “¡Lázaro, levántate y sal afuera!”. Si a Lázaro lo llamó a una nueva vida, que era en realidad la vida que ya tenía antes de morir, a nosotros, en la Santa Misa, al donarse Él mismo en la Eucaristía y siendo Él la resurrección y la vida, nos llama a levantarnos de nuestra muerte espiritual y salir fuera del mundo, para vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia, la vida de Dios, por lo que no podemos seguir viviendo más como hijos de las tinieblas, sino como hijos de la luz, es decir, como hijos de Dios, que es Luz.

sábado, 27 de junio de 2015

El Evangelio para Niños: Jesús hace vivir de nuevo a una niña que estaba muerta



(Domingo XIII – TO – Ciclo B - 2015)

         Un jefe de la sinagoga –el lugar adonde se reúnen los religiosos hebreos para rezar-, llamado “Jairo”, acude a Jesús para pedirle que vaya a curar a su pequeña hija, de doce años, que está enferma muy grave, ya a punto de morir. Jesús le dice que sí pero, antes de llegar, la niña muere. Pero Jesús entra en el cuarto adonde la están velando a la niña, junto a Pedro, Santiago y Juan, y le dice: “Niña, Yo te lo ordeno, levántate”. En el acto, la niña, que estaba muerta, se incorpora y comienza a alimentarse normalmente.
         Lo que hizo Jesús se llama “milagro de resurrección”, que es volver a la vida a quien estaba muerto. Hay otros casos en el Evangelio, como el hijo de la viuda de Naím y como el de su amigo Lázaro: en todos estos casos, se produce la misma situación: son personas que han muerto, pero Jesús les concede el milagro de volverlos a la vida.
         El “milagro de resurrección” consiste en que el alma se une de nuevo al cuerpo, del cual se había separado –en la muerte se produce la separación del alma y del cuerpo- y entonces la persona vuelve a vivir, como en su vida normal y corriente.
         ¿Qué demuestra este milagro de resurrección que hizo Jesús? Demuestra que Jesús es Dios, porque sólo Dios puede hacer un milagro semejante; sólo Dios tiene la fuerza suficiente y el poder para traer a un alma -en este caso, con seguridad, estaba en el Limbo de los Justos, el seno de Abraham-, para unirla de nuevo al cuerpo. Ninguna creatura, ni los ángeles más poderosos, y mucho menos el hombre, pueden hacer este tipo de milagros. Éste es uno de los milagros que nos hacen ver que Jesús es Dios, y esa es una de las enseñanzas del Evangelio.
         La otra enseñanza es que Jesús hará, al final de los tiempos, con toda la humanidad, lo mismo que hizo con la niña del Evangelio: con su voz, llamará a todos los que hayan muerto, desde Adán y Eva, para que todos estén delante suyo en el Día del Juicio Final, y esto lo puede hacer Jesús porque Él es Dios.
         Pero hay una última enseñanza que nos deja este Evangelio: así como Jesús tiene el poder de dar la vida a una niña que había muerto y así como tiene el poder de dar la vida a toda la humanidad, así también tiene el poder de hacer un milagro mucho más grande que estos dos milagros juntos, y es lo que hace en cada Santa Misa: por medio del sacerdote, cuando el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”, Jesús convierte al pan y al vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, que están llenos de la vida y de la gloria de Dios. El milagro que hace Jesús en el altar, de convertir el pan y el vino en la Eucaristía, es más grande que dar la vida a quien ha muerto, y eso debe llenarnos de asombro y de alegría.


viernes, 16 de mayo de 2014

El Evangelio para Niños: “Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida”


(Domingo V – TP - 2014)
         Jesús en el Evangelio nos dice que Él es tres cosas: Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 1-12).
         Jesús es el Camino, el Único Camino, para ir al Cielo, y no hay otro camino que no sea Jesús. Nadie puede ir al cielo, sino es por el Camino que es Jesús. Es verdad que no es un camino fácil, porque se trata del camino de la cruz y además, es un camino en subida y muy estrecho, pero es el único camino y no hay otro camino que el Camino que es Jesús. En este camino, Jesús va delante, llevando la cruz, y nosotros lo seguimos por detrás, pero no estamos solos: con nosotros está la Virgen, que nos ayuda a llevar la cruz y por eso el camino de la cruz, aunque sea en subida y aunque sea difícil y largo, se hace fácil y corto, porque la Virgen nos acompaña con su amor maternal, así como lo acompañó a Jesús en su camino al Calvario y así la cruz se nos hace mucho más liviana. Jesús es el camino, pero, ¿dónde termina este camino? El camino de la cruz, por el que nos conduce Jesús, nos lleva a un lugar es más hermoso que el cielo y que es la Casa de Dios Padre, una casa enorme, más grande que el cielo, donde hay infinitas habitaciones, en donde entramos todos los seres humanos. Jesús es el Camino que por la Cruz, nos lleva a la Casa de su Papá, que es más grande que el cielo y por eso es que Jesús dice: “Yo Soy el Camino”.
         Jesús es la Verdad, y es la única Verdad que tenemos que saber para poder salvarnos. ¿Cuál es esta Verdad? La que nos enseña la Iglesia en el Credo: que Dios es Padre Todopoderoso y que Él creó todo con su poder; que Jesús es Dios Hijo, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios; nació de Santa María Virgen, padeció en tiempos de Poncio Pilato, murió en la cruz, resucitó el Domingo de Resurrección, subió a los cielos, envió al Espíritu Santo en Pentecostés, y se quedó en la Eucaristía para estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, y al fin del mundo, vendrá para juzgar a vivos y muertos; a los buenos les dará como recompensa el cielo, y a los malos, les dará lo que los malos eligieron, que es el infierno. No hay otra Verdad que debamos creer, sino esta, y es la única verdad, la Verdad que nos enseña el Credo de nuestra Santa Iglesia Católica.
         Jesús es la Vida, y una vida muy especial, que se llama “eterna”, porque es la vida de Dios. Solo Dios tiene “Vida eterna”, y como Jesús es Dios, solo Él tiene “Vida eterna”. Nadie más que Jesús da la “Vida eterna”, y Jesús da la Vida eterna en la Eucaristía, por eso la Eucaristía se llama “Pan de Vida eterna”. La Eucaristía no es un pan sin vida, como el pan de mesa, sino que es un Pan que tiene vida, la vida misma de Dios y como viene del cielo hasta el altar de la misa, se llama también “Pan Vivo bajado del cielo”. Cuando comulgamos, no consumimos un pan sin vida, como el pan de mesa, sino que consumimos un Pan Vivo, un Pan que late con los latidos de un corazón, porque la Eucaristía es el Sagrado Corazón de Jesús, que late con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y por eso, cuando comulgamos, recibimos toda la vida de Dios, que es la Vida y que es Amor al mismo tiempo.

         Y todo esto es Jesús en la Eucaristía: Camino, Verdad y Vida. 

sábado, 5 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: “Lázaro sal fuera”


(Domingo V - TC – Ciclo C – 2014)
         Jesús tenía unos amigos a los cuales quería mucho: Lázaro, Marta y María. Un día, Lázaro se enfermó gravemente, y entonces sus hermanas Marta y María lo mandaron a llamar para que lo fuera a sanar. Pero resulta que Jesús, en vez de ir en el mismo momento, esperó dos días antes de ir a casa de Lázaro y cuando llegó, Lázaro ya había fallecido.
Muchos se preguntaban por qué Jesús se demoró tanto en ir a la casa de Lázaro, porque Jesús haber subido a un caballo o a un carro e ir a todo galope y así podía llegar rápidamente para hacer un milagro y salvar a Lázaro. O incluso ni siquiera tenía necesidad de viajar hasta donde estaba Lázaro: Jesús era Dios, y podía hacer el milagro a distancia, como lo había hecho en otras oportunidades. Pero Jesús dejó que Lázaro muriera, y muchos se preguntaban por qué Jesús hizo eso. Y otra cosa que se preguntaban muchos era que si Lázaro había muerto ya hacía cuatro días, ¿dónde estaba su alma? ¿Adónde fue el alma de su amigo Lázaro esos cuatro días en que estuvo muerto?
Para la primera pregunta, de porqué Jesús dejó que Lázaro muriera, la respuesta es que Jesús dejó que Lázaro muriera para que todos fueran testigos de que Él era Dios en Persona y de que Él tenía el poder de resucitar y de dar la vida, algo que sólo puede hacer Dios y nadie más que Dios, y eso es lo que Jesús hace cuando le dice a Lázaro parado fuera de la tumba: “Lázaro, sal fuera”.
Para la segunda pregunta, la respuesta es que Lázaro fue al infierno, pero no al infierno de los condenados, sino al infierno de los justos, a ese infierno al que bajó Jesús, el que nosotros rezamos en el Credo, cuando decimos: “Descendió a los infiernos” (cfr. IV Concilio Lateranense, 1215), porque ahí iban todos los justos del Antiguo Testamento antes de la Resurrección de Cristo. ¿Cuándo bajó Jesús a los infiernos? Cuando murió en la cruz el Viernes Santo. En ese momento, su Alma gloriosa se desprendió de su Cuerpo glorioso y bajó al Infierno –no al infierno de los condenados, sino al Seno de Abraham, donde estaban todos los justos del Antiguo Testamento, y donde había ido el alma de Lázaro-, y allí estaban Adán y Eva y todas las almas buenas que habían muerto en paz con Dios y con el prójimo pero que no podían entrar en el cielo. Entonces Jesús bajó con su Alma gloriosa para llevar a todas esas almas justas al cielo, y eso es lo que nosotros creemos y repetimos en cada Domingo, y cada vez que rezamos el Credo cuando decimos: “Descendió a los infiernos”. A ese infierno, que no es el de los condenados –porque los condenados en el infierno donde está el Diablo ya no pueden salir nunca más- es  adonde fue Lázaro. Y como Cristo es Dios, cuando Jesús llegó a casa de Lázaro y le dijo: “Lázaro, sal fuera”, con esa sola orden, le ordenó a su alma que regresara de la región del infierno, del Hades, y que su alma se uniera a su cuerpo y volviera a vivir.

En este Evangelio, entonces, Jesús nos muestra que Él es Dios y que es la Resurrección y la Vida y que así como resucitó a Lázaro, así nos va a resucitar a nosotros. Imaginemos el asombro de los que veían a Lázaro que estaba muerto y empezaba a caminar porque Jesús le había hecho el milagro de resucitarlo. Pero nosotros en la Misa, en la comunión, recibimos un milagro muchísimo más grande que ser vueltos a la vida, porque recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús y eso vale mucho más que el don de la vida terrena que recibió Lázaro.

viernes, 12 de octubre de 2012

La Santa Misa para Niños (XXVII) Rito de la comunión




Rito de la comunión.

El momento más importante de la Santa Misa, es el momento de la comunión, porque es el encuentro personal con Jesús, que bajó del cielo hasta el altar, para quedarse en la Eucaristía y así poder entrar en mi corazón.
Ir a comulgar, no es levantarnos de los asientos, hacer fila, recibir la comunión y luego regresar al asiento. La comunión es como cuando alguien oye que tocan a la puerta de su casa, y al preguntar quién es, escucha la voz del ser que más ama, que le pide que abra la puerta, porque ha venido para quedarse con él para siempre.
En la comunión, ese Ser amado que golpea a las puertas del corazón es el mismo Dios Hijo en Persona, Jesús de Nazareth, tal como Él mismo lo dice en el libro del Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y me oye, entraré y cenaré con él y él conmigo” (Ap ). Comulgar es abrir las puertas del corazón, de par en par, a Jesús que viene a mí en la Eucaristía, y por eso comulgar no puede ser nunca una costumbre, o algo hecho mecánicamente, como si fuéramos robots.
Nos tenemos que preparar para la comunión como quien se prepara para encontrarse con alguien muy importante, y si en la vida humana nos dijeran que el presidente más poderoso del mundo, o el mejor jugador de fútbol del mundo quieren entrevistarse con nosotros, nos prepararíamos con ansias y no veríamos la hora de estar con ellos, tanto más debemos prepararnos para el encuentro con nuestro Dios, Cristo Jesús, que viene a nosotros oculto en algo que parece ser pan, pero ya no es más pan, sino Jesús en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
El misterio de la Eucaristía es demasiado grande, como para que recibamos la comunión sin prepararnos, como quien va a recibir un poco de pan y nada más. Es necesario pensar y prepararse interiormente para recibir a Jesús, que por Amor baja desde el cielo al altar, para quedarse en la Eucaristía, para luego venir a nuestro corazón.
Si bien se parece exteriormente a un acto más entre todos los actos del hombre, como el acto de comer, en realidad encierra algo mucho más grande, maravilloso y misterioso que el simple hecho de comer. Para comer un alimento, usamos la boca, los dientes, la lengua, el aparato digestivo; para comulgar, todo nuestro ser, todo lo que somos, está en juego, porque comer la Eucaristía quiere decir encontrarnos con el Dios Viviente, con el Dios Tres veces Santo, y por eso implica un acto en el que damos a fondo todo nuestro amor: la adoración.
Cuando comemos un poco de pan, ese pan se descompone en sus partes más pequeñas en el estómago y en el aparato digestivo, es absorbido, pasa al torrente sanguíneo, y desde allí se distribuye por los órganos, y es por esto que decimos que el pan nos da vida, en el sentido de que prolonga nuestra vida corporal. En la comunión eucarística, el Pan de Vida eterna que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, no se disgrega, sino que nos une a Él con la fuerza de su Amor, y nos comunica de su Vida, de su Amor, de su fuerza y de su Alegría divinas, de manera tal que somos alimentados no con un pan material, terreno, sino con un Pan celestial, que nos alimenta con la substancia misma de Dios.
Acercarnos a comulgar no es acercarnos a comer un pedacito de pan sagrado: es acercarnos al altar del Dios Vivo, para hacerlo ingresar en nuestro corazón y allí adorarlo, postrados ante Él.
El Papa Benedicto XVI dice: “Comerlo significa adorarle. Comerlo significa dejar que entre en mí de modo que mi yo sea transformado, para llegar a ser  uno solo con Él”[1].
No hagamos entonces nunca una comunión “mecánica”, “distraída”, “indiferente”, que deja al alma más vacía que antes de recibirla, a causa de nuestra distracción al comulgar. Acerquémonos a comulgar con el corazón contrito y humillado, deseosos de entrar en un diálogo de vida y amor con el Dios de la Eucaristía, Jesús de Nazareth, y lo adoremos en la comunión, en ese sagrario interior que es el corazón.


[1] Cfr. Ratzinger, El espíritu.

sábado, 7 de abril de 2012

Domingo de Resurrección para Niños y Adolescentes



A diferencia del Viernes Santo, en donde todo era tristeza, llanto y dolor, en el Domingo de Resurrección todo es alegría, fiesta, celebración, porque Jesús, que estaba con su Cuerpo muerto en la Cruz el Viernes, resucita con ese mismo Cuerpo el Domingo.

Para poder apreciar la grandeza y la alegría del Domingo de Resurrección, tenemos que ver qué pasó con el Cuerpo de Jesús, entre el Viernes Santo, el Sábado Santo y el Domingo.

En el Calvario, el Viernes Santo, todo era tristeza, llanto, dolor y amargura, porque Jesús había muerto en la Cruz. Los hombres, aliados con los demonios, habían conseguido lo que querían: vivir sin Dios, crucificando al Hombre-Dios con sus pecados. El Cuerpo muerto de Jesús es bajado de la Cruz por José de Arimatea, Juan el Evangelista, el "discípulo al que Jesús amaba", y otros varones más. María Santísima, con su Corazón Inmaculado triturado por el dolor, lo recibe y con sus lágrimas quita algo del barro, la tierra y la sangre que cubre el rostro de Jesús. Le quita la corona de espinas, acomoda sus cabellos, acaricia su rostro. Con un trozo de género blanco, suavemente, trata de quitar la tierra y la sangre del resto del Cuerpo, que además está todo lleno de de moretones, de golpes, de heridas abiertas. Luego de llorar un rato en silencio, abrazando el Cuerpo muerto de su Hijo, deja, con más dolor todavía, que José de Arimatea y los demás hombres lleven el cadáver de Jesús al sepulcro.

El Sábado, era un día de duelo, de dolor, acompañando a la Virgen que lloraba a su Hijo muerto en el sepulcro, aunque Ella tenía muy presentes las palabras de Jesús: sabía que iba a resucitar, y por eso, en medio del dolor, se mantenía serena y hasta alegre, enseñándonos cómo debe ser la actitud del cristiano frente a la muerte.

Una vez dentro, las santas mujeres de Jerusalén, que habían llevado ungüento y perfumes, se terminan de limpiar el cadáver de Jesús y de perfumarlo, aunque a Jesús no le hace falta, porque nunca jamás su Cuerpo inmaculado iba a descomponerse, como le sucede a los cuerpos de los hombres, porque Él jamás cometió un pecado, y porque Él había dicho que iba a resucitar, es decir, que iba a volver a vivir. El Cuerpo de Jesús es lavado y perfumado para ser sepultado, como hacían los judíos. Las santas mujeres, junto a la Virgen, tratan de cerrar un poco aunque sea sus heridas, la herida del costado, las de las manos, las de la cabeza, las de los pies, las de la espalda.

Una vez que terminan la tarea, se retiran todos en silencio, la última es la Virgen, que siente en su Corazón Inmaculado nuevos dolores, porque le quitan el único consuelo que tenía, que era aunque sea poder ver el Cuerpo muerto de su Hijo. Ahora todos se tienen que retirar, porque hay que cerrar la puerta del sepulcro con una piedra grande. María Santísima obedece, porque es el querer del Padre, y también se retira. Pero nosotros le pedimos permiso para quedarnos y ver, juntos a nuestros ángeles custodios, la Resurrección de Jesús. Apenas si podemos ver el cuerpo muerto de Jesús, que ha sido envuelto en el sudario, y también su cabeza.

Pasan las horas, y todo está oscuro en el sepulcro. No se puede ver casi nada, porque no entra nada de luz por ningún lado. Todo está en silencio también.

De pronto, en la madrugada del Domingo, todo cambia. Dentro del sepulcro, se produce un fenómeno extraordinario, un hecho asombroso, que jamás ha sido visto por ningún hombre y ni siquiera por los ángeles. Repentinamente, una gran luz, muy brillante, más brillante que la luz de muchos soles juntos, nace en el Corazón de Jesús, y desde su Corazón se extiende, rápidamente, por todo su Cuerpo, y a medida que se expande, va convirtiendo el Cuerpo, que era de carne y de huesos, en un Cuerpo también de carne y de huesos, pero glorificados, es decir, de luz, llenos de la vida de Dios.

Jesús, resucitado, irradiando luz como un sol, pero como millones de soles juntos, se incorpora, y sonríe, porque con su Resurrección ha derrotado para siempre a la muerte, al demonio, y al mundo.

La alegría del Domingo de Resurrección se debe a esto que pasó en el sepulcro: el Cuerpo muerto de Jesús, que había sido golpeado y crucificado, y cubierto de heridas y de sangre, el Domingo se llena de vida y en de sus heridas, ya no sale sangre, sino luz.

Pero hay algo más sorprendente todavía que la misma resurrección; un milagro que supera infinitamente a la Resurrección, y es que el Cuerpo de Jesús, que resucita en el sepulcro, lleno de luz, de gloria y de vida divina, ese Cuerpo con el cual se ilumina no solo el sepulcro sino el universo entero, es el mismo Cuerpo que, lleno del luz y de gloria, está en la Eucaristía.

Por eso para nosotros la Misa, toda Misa, pero sobre todo la del Domingo, es como estar en el sepulcro hace veinte siglos, porque participamos del Domingo de Resurrección y, lo mejor de todo, es que recibimos el Cuerpo de Jesús, lleno de luz, de gloria y de amor divinos, en el corazón, y así nuestro corazón, que muchas veces es como el sepulcro, frío, oscuro, y duro, se llena de la luz y de la gloria de Jesús cuando lo recibimos en la Eucaristía.

Y así como los discípulos de Jesús, llenos de alegría al ver a Jesús glorioso, fueron a anunciar a los demás que Él había resucitado, así también tenemos que avisar nosotros a los demás no solamente que Jesús ha resucitado, sino que está en la Eucaristía, esperando nuestra visita.



viernes, 25 de noviembre de 2011

El Adviento explicado para Niños y Adolescentes (I)



¿Qué es el Adviento? Adviento quiere decir: “esperar al que viene”. ¿Y quién es el que viene? El Niño Dios. Adviento entonces es el tiempo en el que en la Iglesia nos disponemos a esperar al Niño Dios que está por nacer. Sabemos que ya nació, murió y resucitó, pero en Adviento “hacemos de cuenta que no ha venido todavía”. Esperamos a Jesús que está por nacer.
En Adviento esperamos a Dios, que está por venir, y por eso en las lecturas y en los cantos se hace alusión a la venida del Señor.
El Adviento es un tiempo de alegre espera; la espera de la llegada del Señor, y es alegre, porque sabemos que, cuando venga Dios, cuando nazca el Niño Dios, el mundo será distinto, porque no es lo mismo un mundo sin Dios, que un mundo con Dios.
¿Cómo es un mundo sin Dios? Para saberlo, veamos qué es Dios, para darnos cuenta qué hay cuando Él está, y qué no hay cuando Él no está.
Dios es luz, porque lo dice el evangelista Juan: “Dios es luz y en Él no hay tinieblas” (1 Jn 1, 5), y Jesús dice de sí mismo: “Yo Soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), y por eso en el Credo decimos: “Dios de Dios, Luz de Luz”, cuando nos referimos a Jesús. Entonces, Dios es luz, y cuando el Niño Dios está en el alma, todo está iluminado, con una luz más hermosa que la luz del sol.
Pero cuando Dios no está, el mundo se pone oscuro, como una noche sin luz de luna, y las almas viven en tinieblas, porque no pueden ver nada, y así como en la noche, en los bosques, salen las bestias feroces, así en la noche sin Dios, salen otras bestias, más feroces que los animales, los ángeles caídos. Cuando el alma está sin Dios, vive en esta oscuridad, en donde hay seres oscuros y malvados.
Dios es Vida, porque Jesús dice de sí mismo: “Yo Soy el Pan de vida eterna, el que come de este Pan, vivirá eternamente” (cfr. Jn 6, 51). Cuando el Niño Dios está en el alma, el alma está viva, porque vive con la vida de Dios, y vive en la tierra ya con un poquito de cielo, de eternidad, en el corazón. Y cuando hay vida, hay alegría, esperanza, risas, caridad.
Pero cuando el Niño Dios no está, sólo hay muerte, y eso es lo que pasa, por ejemplo, en las guerras, cuando los hombres se pelean por la tierra, por el oro, por el petróleo, por las riquezas del mundo. Cuando Dios, que es vida, no está, sólo hay muerte entre los hombres, porque sin Dios, los hombres se matan entre sí.
Dios es Verdad, porque Jesús dijo de sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), y por eso, cuando el Niño Dios nace en un alma, en esa alma no hay mentiras, no hay doblez del corazón. Cuando Dios está en el alma, el alma es transparente como un cristal; el alma no habla nunca a espaldas del prójimo; el alma no habla nunca mal del prójimo, y mucho menos, desea el mal a nadie.
Pero cuando el Niño Dios, que es Verdad, está ausente del alma, el alma se vuelve cínica, hipócrita, mentirosa, falaz, y habla con doblez de corazón: mientras dice una cosa con los labios, con el corazón dice otra contraria; mientras alaba a Dios con los labios, con el corazón tiene rencor y odio contra el prójimo, y se niega a perdonarlo.
Finalmente, Dios es Amor, porque así lo dice el evangelista Juan: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y por eso, cuando el Niño Dios está en el alma, el alma se vuelve como un espejo que refleja el amor divino, un amor que no es envidioso, que no es rencoroso, que a nadie desea el mal, que quiere a todos, incluidos a sus enemigos; un amor que ama a sus padres, a sus hermanos, y a todo prójimo, por amor a Dios; un amor que comparte sus cosas, su tiempo, sus alegrías; un amor que ayuda a los demás; un amor que es solidario, caritativo, amable, bueno, compasivo.
Pero cuando el Niño Dios no está en el alma, el alma se vuelve agria y amarga, egoísta, incapaz de compartir nada con nadie; el alma se vuelve mala, porque a nadie quiere, ni a Dios, ni al prójimo, ni a sí mismo, ni mucho menos a sus enemigos; un alma sin el Niño Dios se vuelve incapaz de perdonar, y es tan orgullosa y tan nada humilde, que jamás pide perdón cuando se da cuenta que se ha equivocado en algo; cuando el Niño Dios no está en el alma, el alma se vuelve caprichosa, vanidosa, engreída, soberbia, y para esta alma no existe nadie sino ella misma y sus mezquinos y egoístas intereses.
El tiempo de Adviento entonces es un tiempo para prepararnos para la venida de Dios Niño, que habrá de nacer en un portal, el portal que es nuestro corazón. Y es un tiempo de alegre espera, porque sin Jesús, sin el Niño Dios, el alma y el mundo son lugares tristes, oscuros, fríos, egoístas; sin el Niño Dios, no hay verdadera alegría; sin el Niño Dios, no hay verdadera paz; sin el Niño Dios, no hay esperanza de llegar al cielo, porque el Niño Dios, así como en el pesebre de Belén abre sus brazos para que lo abracemos, así Él luego, cuando sea grande, abrirá sus brazos y morirá en la Cruz por nosotros, para llevarnos a todos al cielo.
Jesús nació en un portal; nosotros en Adviento preparamos nuestro corazón para que sea un nuevo portal, un portal de carne, donde nazca Jesús por la gracia. Así como la Virgen, encinta, tuvo que entrar en la gruta para la limpiarla, porque ahí dormían los animales, y estaba todo oscuro, así le pedimos a la Virgen que sea Ella la que prepare nuestro pobre corazón para que sea como una gruta en donde nazca su Hijo Jesús.
Y como también está a oscuras, como el Portal de Belén, le pedimos que alumbre nuestro corazón con la luz de la gracia del Niño Dios.

sábado, 17 de septiembre de 2011

La Eucaristía es el sol divino alrededor del cual giran nuestras almas




¿Cómo es el sistema solar? Todos lo sabemos: el sol se encuentra en el centro, y los planetas giran alrededor, recibiendo de su calor, de su luz y de su vida. Los planetas que están más cerca –Mercurio, Venus, Tierra-, reciben más luz y calor, mientras que los planetas más lejanos –Neptuno, Plutón-, son cada vez más fríos, a medida que se van alejando, porque los rayos del sol no los alcanzan.
Para darnos una idea, en Neptuno, la temperatura es de ¡-218 °C! Pensemos que aquí, en Tucumán, acostumbrados al calor, nos morimos de frío cuando la temperatura es de 5 o 6 °C
En los planetas más cercanos, como Mercurio y Venus, la temperatura es de 400 °C promedio, y en Marte, es de 270 °C. ¿Se imaginan pasar un veranito en esos planetas? ¡No alcanzarían todos los helados ni las gaseosas más frescas del mundo para calmar el calor!
Con respecto a nuestro planeta, como Dios Creador hace todas las cosas bien, está ubicado a la distancia justa: ni hace tanto frío, como en Neptuno, ni hace tanto calor, como en Mercurio y Marte. Tiene la temperatura justa para que se desarrolle la vida humana, la vida animal, la vida vegetal, y aunque en algunos lugares hace mucho calor, como en Tucumán, que llega a los 40-45 °C, y en otros lugares hace mucho frío, como en la Antártida Argentina –llega a hacer -60 °C-, el sol da el calor justo para que pueda haber vida.
Por todo lo que aporta, el sol es muy necesario para la vida en la tierra, ya que por su luz, las plantas nos dan oxígeno, y todo se mantiene en equilibrio en la naturaleza. El sol, que está en el centro de nuestro sistema planetario, es muy importante para nuestra vida como seres humanos que vivimos en la tierra. Si no hubiera sol, la vida, no solo la humana, sino toda clase de vida, desaparecería en muy poco tiempo. Todo quedaría envuelto en las más negras tinieblas, y nadie podría escapar de una muerte segura.
Imaginemos, por un instante, que toda la tierra quedara cubierta con una nube negra y densa, que no dejara pasar ni un solo rayo de sol. ¿Qué pasaría? Bajaría muchísimo la temperatura, y todos los seres vivos comenzarían a morir; además, todo estaría muy oscuro, mucho más que si fuera de noche, porque tampoco la luna daría su luz. Frío, tinieblas, muerte, es lo que le sucede a la tierra sin el sol. Esto nos hace ver la importancia del sol para nuestra vida en la tierra.
Pero hay otro sol, mucho más importante, mucho más brillante, mucho más luminoso que el sol que vemos en el cielo. Ese otro sol, más brillante, más hermoso, más grande, es la Eucaristía. La Eucaristía es el Sol divino que alumbra nuestras almas y nuestras vidas; es el Sol de Dios alrededor del cual deben girar todos nuestros pensamientos, todos nuestros deseos, toda nuestra vida, así como los planetas de nuestro sistema solar giran alrededor del sol.
Pero muy bien podríamos preguntarnos: ¿cómo es posible que la Eucaristía sea como el sol, si no la veo brillar? ¿Cómo es posible que la Eucaristía sea como un sol, si no siento su calor?
La Eucaristía es un Sol, es el Sol divino, porque la Eucaristía es Jesucristo. Y Jesucristo es el Sol divino, el Hijo del Padre, que es luz como es luz Dios Padre. Y no sólo es luz, sino que es luz, con una luz más brillante y radiante que la luz del sol que conocemos. Porque en la Eucaristía está Jesús, brillante, resucitado, glorioso, y como Él es la luz de Dios que ilumina a los ángeles y a los santos en el cielo, así es también para nosotros la luz invisible que ilumina nuestras almas.
Jesús en la Eucaristía es la luz de Dios, es el Sol divino que alumbra nuestras almas. Jesús en la Eucaristía es ese Sol divino alrededor del cual debemos girar nosotros, así como los planetas giran alrededor del sol. Y así como los planetas reciben del sol la luz, la vida y el calor, así nosotros recibimos de Jesús Eucaristía, Sol divino, la luz, la vida y el calor del Amor de Dios, Jesucristo.
Y a nosotros nos pasa como a los planetas: cuando más nos acercamos a la Eucaristía, más sentimos el calor del amor de Jesús, y más luz recibimos, para la mente y el corazón; y también sucede al revés: cuando más nos alejamos de Jesús, más frío está nuestro corazón.
Acerquémonos cada vez más a ese Sol divino, que es Jesús Eucaristía, para adorarlo y amarlo, desde el tiempo, para la eternidad.