Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 10 de noviembre de 2018

Tomar la Primera Comunión es comenzar a vivir una vida nueva en Cristo



(Homilía en ocasión de la Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Hasta antes de tomar la Primera Comunión, solo habíamos oído hablar de Jesús: su vida, sus milagros, sus enseñanzas. Sólo lo conocíamos de oídas y a causa de tener que aprender las lecciones para aprobar las pruebas de Catecismo. Una vez que finalizamos el estudio, estamos en condiciones de tomar la Primera Comunión. Pero eso no significa que haya terminado nuestra tarea: ahora comienza una nueva etapa en nuestras vidas. Si antes conocíamos a Jesús sólo de oídas, ahora, por la Comunión Eucarística, lo vamos a conocer de otra manera: personalmente. Es decir, vamos a comenzar a entablar una relación de vida y de amor con Cristo Jesús, Dios Hijo hecho hombre, porque cada vez que yo comulgue, Jesús va a venir a mi corazón y yo voy a poder conocerlo y amarlo personalmente, no sólo de oídas. Por la Comunión Eucarística, Jesús entra en mi corazón y entra para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Eso quiere decir que yo, al comulgar, debo estar muy atento, para escuchar los latidos del Corazón de Jesús y para eso, debo permanecer en silencio y recoger mis sentidos, de manera tal que sólo piense en Jesús y sólo escuche no los latidos de mi corazón, sino los latidos del Corazón de Jesús. Tomar la Primera Comunión quiere decir comenzar la mejor etapa de nuestras vidas, porque quiere decir que Dios vendrá a mi corazón y me hablará al oído y de lo que Dios me quiere hablar, es sólo del Amor que Él siente por mí, un Amor tan pero tan grande, que lo llevó a dar su vida por mí en la cruz, en el Calvario, hace dos mil años y lo lleva a renovar cada vez, en la Santa Misa, el don de su vida divina, por la Eucaristía. Comulgar quiere decir que voy a comenzar a conocer en Persona a Jesús, porque Jesús en Persona va a venir a mi corazón. Si amo a Jesús, entonces voy a tratar de comulgar todas las veces que pueda y cuando no pueda hacerlo sacramentalmente, entonces haré una comunión espiritual. Cuando dos personas se aman, quieren verse y esto es lo que Jesús quiere hacer conmigo: me ama tanto, pero tanto, que baja desde el cielo, invisible, en cada Santa Misa, para quedarse en la Eucaristía y así poder entrar en mi corazón. Quien ame a Jesús, se va a diferenciar de quien no lo ame, por la Comunión Eucarística: quien no ame a Jesús, no le importará no venir a Misa y no recibir la Comunión; en cambio, el que ame a Jesús, hará todo lo posible para venir a Misa y comulgar en gracia, no solo el Domingo, sino todos los días, si fuera posible. En esto se diferencian aquellos que no aman a Jesús y aquellos que sí lo aman: quienes sí lo aman, desean recibirlo en sus corazones por la Eucaristía y por eso acuden a la Santa Misa, no por obligación, sino por amor, para recibir el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Que esta Primera Comunión sea la primera de muchas y que por la Comunión comencemos la mejor etapa de nuestras vidas: el conocimiento personal de Jesús y la comunión de vida y amor con Él, Presente en la Eucaristía.
Le vamos a pedir a Nuestra Señora de la Eucaristía que nuestros corazones sean como la madera seca o como el pasto seco, para que al contacto con ese Carbón encendido en el Fuego del Amor de Dios, que es la Eucaristía, ardan al instante con las llamas del Espíritu Santo.

sábado, 28 de octubre de 2017

El Evangelio para Niños: Amar a Dios y al prójimo como a sí mismos con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.


(Domingo XXX - TO - Ciclo A – 2017)

         Cuando le preguntan a Jesús “cuál es el mandamiento más grande de la Ley”, Jesús responde: “Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo” (cfr. Mt 22, 34-40).
         Como los judíos conocían ya este mandamiento, puede parecer que no hay diferencias con el mandamiento de Jesús, pero sí hay diferencias y veremos cuáles.
         La primera diferencia es con respecto a Dios: los judíos creían en Dios Uno, pero no Trino, porque es Jesús quien revela que Dios, además de ser Uno, es Trino en Personas. Por eso los católicos, que no somos judíos, ni evangelistas, ni musulmanes, tenemos un Dios católico, y ese Dios católico es Uno y Trino: Uno en naturaleza y Trino en Personas. Los católicos adoramos y amamos a un Dios que es Uno solo, pero en el que hay Tres Divinas Personas.
         Otra cosa que cambia es el prójimo: para los judíos, el prójimo era solo el que era judío y hebreo, y todos los demás no eran considerados judíos. En cambio, a partir de Jesús, para el cristiano, todo ser humano es prójimo al cual amar, sin que importen ni su raza, ni su religión. Incluso, todavía más, para los judíos, al prójimo enemigo, se aplicaba la ley del Talión; pero Jesús suprime esta ley y manda amar a los enemigos: “Amen a sus enemigos”.
         Otra cosa que cambia, es el amor con el cual hay que amar a Dios, al prójimo y a uno mismo, porque los judíos amaban con un amor que salía de sus corazones, un amor humano, pero Jesús nos trae un amor que viene del cielo, que sale del Corazón del Padre y del Hijo, y es el Espíritu Santo. El cristiano tiene que amar a Dios, al prójimo y a sí mismo, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que permite amar al enemigo, perdonar setenta veces siete y amar a Dios con el mismo amor con el que Él mismo se ama, el Espíritu Santo.
         El mandamiento de Jesús, para los católicos, es distinto al mandamiento de los judíos, y queda así: “Amarás al Dios católico, que es Dios Uno y Trino, amarás al prójimo, que es todo ser humano, incluido en primer lugar, tu enemigo, y te amarás a ti mismo, y el Amor con el que amarás a Dios, al prójimo y a ti mismo, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo”.


domingo, 21 de mayo de 2017

El Evangelio para Niños: El que cumple los Mandamientos ama a Jesús


(Domingo VI - TC - Ciclo A - 2017)

         “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama” (Jn 14, 15-21). En el cielo, los santos que están más cerca de Jesús, son los que más lo amaron en la tierra. Con Jesús y nosotros, sucede como con los planetas y el sol: hay algunos planetas que están muy cerca del sol, mientras que hay otros planetas que están lejos del sol. Los que están más cerca del sol, reciben más luz y más calor y tienen vida, como nuestro planeta Tierra; los que están más lejos, reciben cada vez menos luz y menos calor, por lo que están a oscuras, hace mucho frío, y no hay vida en ellos. Así sucede entre nosotros y Jesús: cuanto más un alma ama a Jesús, “Sol de justicia”, más cerca está de Él y más recibe de Jesús su luz, su vida divina y su Amor; el que más lejos está de Jesús, está a oscuras, sin la vida de Dios y sin su Amor.
¿Cómo saber  “a qué distancia” estamos de Jesús? Porque la diferencia entre nosotros y los planetas, es que los planetas giran alrededor del sol en la órbita que Dios les fijó; en cambio, nosotros podemos girar alrededor de Jesús libremente, es decir, podemos girar cerca o lejos. ¿Cómo saber a qué distancia estoy de Jesús? El mismo Jesús nos da una forma de “medir” nuestra distancia con Él: si cumplimos sus Mandamientos, o si no los cumplimos.
¿Cuáles mandamientos? Por supuesto que los Diez Mandamientos, o sea, el Decálogo, pero también otros mandamientos que Él da en el Evangelio. ¿Cuáles son estos? Por ejemplo, cuando Jesús dice: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, y Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz. Quiere decir que si yo me enojo con mi hermano por cualquier cosa sin importancia –y aunque sea algo importante-, o si falto el respeto a los mayores, no cumplo lo que Jesús me dice, que los tengo que amar hasta la cruz, y eso quiere decir ser paciente, comprensivo, caritativo, y evitar siempre, siempre, los malos sentimientos.
Otro ejemplo: Jesús dice: “Carga tu cruz de cada día y sígueme”, lo cual quiere decir reconocer cuáles son mis pecados dominantes, los que cometo con más frecuencia, y como esos pecados son mi cruz y nacen de mi corazón y sólo me los puedo quitar si la Sangre de Jesús cae, gota a gota, sobre mi corazón, tengo que seguir a Jesús, que va camino del Calvario, para que cuando Él sea crucificado, yo esté a sus pies, arrodillado, para que su Sangre caiga sobre mí y me limpie mis pecados por la confesión sacramental. Si no reconozco mis pecados, si no me arrepiento los confieso en el Sacramento de la Penitencia, quiere decir que no cargo mi cruz y que no hago lo que dice Jesús y, por lo tanto, no amo a Jesús.

Cuanto más cumplamos los Mandamientos de Jesús, seremos como esos planetas que están más cerca del sol, los que reciben más luz, calor y vida, porque tanto más cerca estaremos de Jesús, que es el Sol de justicia, y cuanto más cumplamos sus Mandamientos, más luz divina, más calor de su Amor y más vida divina recibiremos de Él. No seamos como los planetas que están más lejos del sol, que viven a oscuras, fríos y sin vida; seamos como los planetas que están más cerca del sol, que son más luminosos y más vida tienen y, para eso, cumplamos los Mandamientos de Jesús. Amemos a Jesús, pero no de palabras, sino cumpliendo con amor sus Mandamientos.

viernes, 17 de marzo de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús tiene sed de nuestro amor


(Domingo III – TC – Ciclo A – 2017)

         ¿Qué nos enseña Jesús en este Evangelio? Nos enseña a amar, tanto a Dios, como al prójimo, incluido a nuestros enemigos. Veamos.
Después de recorrer los caminos de Palestina predicando el Evangelio, Jesús –que es Dios, pero también hombre al mismo tiempo-, siente sed y se acerca a un pozo de agua llamado “Pozo de Jacob”, ubicado en una ciudad llamada “Samaría”.
         Mientras Jesús estaba sentado en el borde del pozo, se acerca una mujer samaritana para sacar agua del pozo; en ese momento, Jesús le dice, con todo cariño y respeto: “Dame de beber” (cfr. Jn 4, 5-42).
Aquí ya hay una primera enseñanza y es el amar a los enemigos, porque en esa época los samaritanos estaban enemistados con los hebreos y no se hablaban entre sí, pero Jesús, siendo hebreo, le habla a la mujer amistosamente, dándonos ejemplo de cómo debemos tratar a quienes, por alguna razón, están en una situación de confrontación con nosotros. Luego Jesús dará su vida por sus enemigos, que éramos nosotros, y pedirá a Dios que nos perdone, aun cuando éramos nosotros los que le quitábamos la vida en la cruz a causa de nuestros pecados. Jesús nos enseña que no solo no debemos enojarnos con nuestros enemigos, sino que debemos amarlos, hasta el punto de dar la vida por ellos, así como Él dio su vida por nosotros.

Otra enseñanza es que, al decirle “Dame de beber”, anticipa una de sus palabras en la cruz: “Tengo sed”. Jesús tiene sed, en Samaría, luego de caminar predicando el Evangelio, y en la cruz, porque en la cruz tiene fiebre y ha perdido mucha sangre y eso le provoca sed, una sed que es, evidentemente, corporal. Pero Jesús también tiene sed espiritual y esta sed espiritual es sed de nuestro amor, y la expresa cuando dice: “Dame de beber” a la mujer, y también cuando dice “Tengo sed” en la cruz: espiritualmente, nos está diciendo a cada uno de nosotros: “Dame de beber del agua de tu amor”; “Tengo sed del agua de tu amor”. Jesús tiene sed de nuestro amor y calmamos su sed cuando amamos, es decir, cuando damos amor, ya sea a Él, adorándolo en la Eucaristía y en la Cruz, o cuando damos amor a los que nos rodean. En cambio, cuando no queremos amar y elegimos enojarnos, en vez de agua, le damos a Jesús lo mismo que le dieron los soldados cuando Él dijo “Tengo sed”, estando en la Cruz: le dieron a beber, en vez de agua, vinagre. Le vamos a prometer a la Virgen que vamos a tratar de calmar la sed de amor de Jesús, amándolo a Él y a todos los que nos rodean.

sábado, 11 de junio de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús perdona a la mujer arrepentida y nos perdona a nosotros en la Confesión



(Domingo XI – TO – Ciclo C – 2016)

         En el Evangelio de hoy, una mujer se acerca a Jesús con un frasco de perfume, rompe el frasco y derrama el perfume sobre los pies de Jesús; mientras hace esto, llora y con sus lágrimas moja los pies de Jesús; luego los seca con sus cabellos y los besa. Con esta acción, la mujer demuestra mucho amor a Jesús y Jesús le perdona todos sus pecados, que eran muchos, y dice por qué le perdona todos sus pecados: porque la mujer “tiene mucho amor” en su corazón hacia Jesús. Aunque es muy pecadora, la mujer se da cuenta que sus pecados ofenden al Corazón de Jesús y lo lastiman; se arrepiente de sus pecados y llora de pena por haber ofendido a Jesús. Siente que su corazón es como una piedra que ha sido triturada, y lo que ha triturado su corazón de piedra es el Amor de Jesús, y eso se llama “contrición” o dolor perfecto del corazón por los pecados cometidos. Cuando alguien comete un pecado, su corazón se vuelve duro como una piedra, y el Amor de Jesús es el único que puede triturar el corazón de piedra -así como cuando alguien tritura una piedra con un martillo, por ejemplo- para convertirlo en un corazón de carne.
         El que tiene mucho amor a Jesús se da cuenta que Jesús recibe un golpe en el Corazón por cada pecado cometido, y eso lo lleva a arrepentirse de haber golpeado a Jesús con sus pecados, y entonces, con el corazón triturado por el dolor y el amor, se decide a preferir morir antes que pecar.
         Cuando cometemos un pecado, el pecado nos hace sentir “bien”, aunque es una falsa sensación de bienestar, porque después nos sentimos mal, con remordimiento y culpa por el pecado. Por ejemplo, cuando cometemos el pecado de la ira, nos sentimos “bien” porque nos desahogamos, pero luego viene el remordimiento por habernos comportado mal. El pecado es como un veneno con gusto dulce en la boca, pero que cuando llega al estómago, comienza a hacer daño. Pero, como decíamos, el pecado nos hace sentir bien al inicio, y esto es lo que tenemos que saber: si a nosotros nos hace sentir bien en un primer momento, a Jesús, en cambio, le provoca mucho dolor, en su Cuerpo y en su Corazón, porque el pecado nuestro es un golpe de látigo, una trompada en la cara, una espina de su corona, un golpe en el pecho, los clavos en sus manos o en sus pies. Cuando peleamos con nuestros hermanos o amigos; cuando contestamos mal a nuestros padres; cuando hacemos pereza; cuando cometemos cualquier pecado, estamos golpeando a Jesús y le provocamos mucho, pero mucho dolor y también tristeza.
La mujer del Evangelio se dio cuenta de que sus pecados le habían provocado mucho dolor y mucha pena a Jesús, y que lo habían herido y ofendido mucho, y es por eso que llora arrepentida y decide no volver a pecar más. Y así como Jesús la perdona, así también nos perdona a nosotros nuestros pecados, en la Confesión Sacramental.

         Entonces, cuando tengamos la tentación de algún pecado –ira, pereza, gula, soberbia, etc.-, recordemos que nuestros pecados golpean a Jesús y le hacen salir sangre y le provocan mucho dolor y mucha tristeza, y hagamos el propósito de confesarnos y nunca más volver a cometer el pecado del que nos confesamos, para nunca más golpear a Jesús, que sufre por mis pecados en la cruz.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 20 - Los Novísimos - Parte 2 – Cristo en la vida eterna del Cielo

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 20 - Los Novísimos[1] - Parte 2 – Cristo en la vida eterna del Cielo

         Doctrina
         ¿Qué quiere decir “la vida eterna”? Quiere decir que después de esta vida presente, hay otra vida que no tiene fin.
         ¿Cómo es la vida eterna? La vida eterna es siempre bienaventurada para los buenos en el cielo, o siempre infeliz para los malos en el infierno.
         ¿Quién va al cielo inmediatamente después de morir? Va al cielo inmediatamente después de morir todo aquel que muere en gracia de Dios y está por lo tanto libre de todos sus pecados y de la pena merecida por ellos.
         El cielo es el lugar donde los buenos viven con Dios eternamente felices; allí no hay tristeza, ni dolor, ni angustia; todo es alegría, paz y amor celestial, que brota de la Trinidad como de una fuente inagotable. Al cielo van los que mueren en gracia de Dios y mueren en gracia de Dios los que siguen el consejo del Evangelio: “negarse a uno mismo, cargar la cruz todos los días y seguir a Jesús” (Lc 9, 23). No hay NINGUNA OTRA FORMA de alcanzar el cielo, sino es por la gracia santificante y la cruz de Jesús. La mayor felicidad de los bienaventurados en el cielo consiste en contemplar a Dios Uno y Trino cara a cara y estar unidos a Él en un amor eterno, pues Él es la fuente de todos los bienes. Cuando el alma ve a Dios Trino en el cielo, el alma experimenta tanto gozo, tanta alegría, tanta paz, tanto amor, que no quiere dejar de mirarlo ni por un solo instante. En el cielo, el alma vive una alegría infinita porque, como dice Santa Teresa de los Andes, “Dios es Alegría infinita”.
         Explicación


Esta lámina representa el cielo (al que llamamos también “gloria”, “vida eterna o perdurable”), premio de la vida cristiana. El cielo se da como recompensa a quienes en esta vida amaron a Jesús y porque lo amaron, cargaron su cruz todos los días, siguiéndolo por el Camino del Calvario, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo. En el centro vemos a la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, en forma de paloma. Inmediatamente después de la Trinidad, está María Santísima, indicando en esta posición que Ella es Emperatriz de cielos y tierra. Alrededor de la Santísima Trinidad vemos a querubines, serafines y arcángeles; también está San Miguel Arcángel, que junto a los ángeles de luz combatieron a los ángeles rebeldes, expulsándolos del cielo con el poder de Dios; llevan escudos y espadas, en señal de fortaleza y fidelidad. Luego, se ve una inmensa multitud de santos y santas que con su vida cristiana ganaron el cielo y ahora viven eternamente felices, gozando de la visión de la Trinidad, de María Santísima y de los ángeles de luz. El arroyo cristalino que se ve en medio, ya en la tierra, significa la gracia santificante que nos viene del cielo y que da vida y fortaleza a las almas para que puedan seguir por el Camino de la Cruz, en pos de Jesús, el Cordero de Dios. La gracia de este arroyo se obtiene por la oración y los sacramentos (principalmente, por ser los de uso más frecuente, el Sacramento de la Penitencia y la Eucaristía, aunque también son todos los demás sacramentos). Para acceder a esta fuente, sólo basta el deseo de la vida eterna en el cielo: cualquiera puede beber de la fuente de la gracia, sin distinción alguna de edad, clase social o raza, porque “Dios no hace acepción de personas” (Rom 2, 11). El agua es símbolo de la gracia, la cual es un auxilio o ayuda gratuita sobrenatural que hace que nuestras obras sean meritorias y así seamos capaces de ganar el cielo; sin la gracia, y con sus propias fuerzas, es imposible para el hombre ganar la vida eterna en el cielo. La felicidad del cielo es indescriptible: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (2 Cor 2, 9).
         Práctica: Dice el Beato Tomás de Kempis en libro “Imitación de Cristo”: “En el cielo ha de ser tu mirada; por eso has de mirar las cosas de la tierra como quien está de paso”.
         Palabra de Dios: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 25, 46). “Allí estaremos siempre con el Señor” (1 Tes 4, 17) y “le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2), “cara a cara” (1 Cor 13, 21). “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17).
         Ejercicios bíblicos: 2 Cor 5, 1; 1 Jn 2, 25; Heb 13, 14; Col 5, 4.
        




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

sábado, 28 de noviembre de 2015

El Evangelio para Niños: En Adviento nos preparamos para la Navidad y la Segunda Venida



(Domingo I – TA – Ciclo C - 2015-16)

         ¿Qué es el Adviento? “Adviento” proviene del latín –adventus- y significa “venida” o “llegada” y esto porque en Adviento celebramos la Primera Venida de Jesús, en Belén, y también nos preparamos para la Segunda Venida de Jesús, en una nube del cielo, al fin de los tiempos.
         Por eso Adviento tiene dos partes: en la primera parte, que va hasta el 16 de diciembre, la Iglesia nos ayuda para que estemos listos para cuando Jesús venga por Segunda Vez, “montado en un caballo blanco”, como dice el Apocalipsis, “en una nube, lleno de poder y de gloria”, para premiar a los buenos y castigar a los malos. Por eso, para vivir bien el Adviento, debemos preguntarnos: “Si Jesús viniera hoy, ¿estoy preparado para encontrarme con Él? Cuando venga, Jesús nos juzgará “en el Amor”, como dice San Juan de la Cruz, ¿tengo obras de amor para darle a Jesús? Jesús no me pedirá ni títulos, ni dinero, ni cosas de valor, me pedirá obras de amor y se fijará dentro de mi corazón, para ver si hay amor en él, tanto a Dios, como al prójimo. ¿Qué hay en mi corazón? ¿Hay amor a Jesús y al prójimo? ¿O hay cosas que desagradan a Jesús? ¿Tengo mis manos llenas de obras buenas, para darle a Jesús, o mis manos están vacías de obras buenas?”. Todo esto nos tenemos que preguntar para vivir bien la primera parte del Adviento.

         En la segunda parte del Adviento, que va desde el 16 de diciembre al 24, la Iglesia nos coloca en un clima espiritual similar al que vivían los justos del Antiguo Testamento, que esperaban la Venida del Mesías, según estaba anunciado en las Escrituras. Para prepararnos para la Navidad, la Iglesia nos hace recordar cómo el Nacimiento de Jesús estaba anunciado por los profetas, como el profeta Isaías, por ejemplo, que había dicho que “una virgen iba a concebir un hijo y que le pondría el nombre de Emmanuel” (cfr. Is 7, 14), que significa “Dios con nosotros”. Los justos del Antiguo Testamento esperaban el nacimiento de Dios en la tierra, por medio de una Virgen, y esa Virgen era María. sabemos que Jesús ya vino, pero por el Adviento, “hacemos de cuenta” que todavía no vino, y que lo estamos esperando, y para eso, para recibir al Niño Dios, es que tenemos que disponer el corazón, como si fuera la Gruta de Belén, y también tenemos que tener muchas obras buenas, que van a ser los regalos que, como los Reyes Magos, le vamos a dar al Niño Dios. Para la segunda parte del Adviento, entonces, tenemos que preguntarnos: “El Niño Dios quiere nacer en mi corazón, para Navidad; ¿cómo está mi corazón para recibir al Niño Dios? ¿Tengo amor a Dios, lo suficiente como para recibirlo? Y una vez que nazca, tengo que hacer igual que los Reyes Magos, que le llevaron regalos, y como yo no tengo ni oro, ni incienso, ni mirra, le puedo regalar las obras buenas que pueda hacer. ¿Tengo suficientes obras buenas para regalarle al Niño Dios, que quiere nacer en mi corazón, para Navidad?”.  Todo esto nos tenemos que preguntar para vivir bien la segunda parte del Adviento.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Jesús dio su vida en la cruz para que nosotros pudiéramos recibirlo en la Primera Comunión


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Al recibir la Primera Comunión, tenemos que recordar qué nos enseña la Iglesia, para saber bien qué es lo que estamos recibiendo: recibimos no un poco de pan bendecido, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía.
         Otra cosa que tenemos que saber es que lo que recibimos, la Eucaristía, que nos parece algo tan fácil recibirla –viene el sacerdote, celebra la Misa, paso a comulgar, recibo la Eucaristía-, a Jesús le costó muy pero muy mucho: le costó su Sangre y su Vida. Es decir, para que ustedes puedan recibir hoy la Eucaristía, Jesús tuvo que entregar su vida en la cruz y sufrir muy pero muy mucho.
Jesús sufrió mucho para poder estar en la Eucaristía y para que ustedes lo puedan recibir: le costó nada menos que su vida, entregada en el sacrificio del Calvario el Viernes Santo; Jesús entregó su vida por ustedes en la cruz, para que lo pudieran recibir en la Comunión y esto que hizo Jesús no lo hizo por obligación, sino que Él entregó su vida por Amor a cada uno de ustedes. Cuando Jesús subió a la cruz, subió por Amor a todos nosotros y cuando lo hacía, lo único que tenía en la mente era el nombre de cada uno de ustedes, y a todos los tenía en su Sagrado Corazón, porque los amaba a todos con locura. Cuando le clavaban los clavos, cuando agonizaba por tres horas, cuando estaba por entregar su Espíritu en manos de su Padre, Jesús pensaba en ustedes y los amaba en su Corazón a todos y cada como si fueran los únicos, como si no hubieran otros niños en el mundo. Y desde que Él entregó su vida en la cruz y resucitó y subió al cielo, está esperando, desde entonces, este momento, el momento en el que Él va a entrar en sus corazones por primera vez en sus vidas para darles todo su Amor.
Esto quiere decir que si Jesús entregó su vida por Amor a ustedes y que quiere entrar en sus corazones sólo para darles su Amor, lo que quiere Jesús a cambio es recibir el amor de cada uno y es por eso que, al recibirlo en la Primera Comunión –como en cada Comunión-, no solo no tenemos que estar distraídos, sino que tenemos  que estar muy concentrados, pensando en Jesús, diciéndole que lo adoramos y que queremos darle todo el amor de nuestros corazones. En la comunión, Jesús nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico, lleno del Amor de Dios. Si en una imagen el Sagrado Corazón está sólo representado, porque no está ahí en la realidad, en la Eucaristía, en cambio, está el Sagrado Corazón en Persona. Para que sepamos que esto es real y verdadero, Jesús hizo un milagro en la Edad Media, en un pueblito llamado Orvieto: como el sacerdote que celebraba la Misa tenía dudas de fe con respecto a la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, Jesús hizo que parte de la Hostia consagrada se convirtiera en músculo del corazón vivo y sangrante, con tanta sangre, que rebasó el cáliz, manchó el corporal y hasta cayó en el mármol del pavimento, quedando impregnado ese mármol hasta el día de hoy con la Sangre de Jesús. Pero todavía faltaba algo más: la parte de la Hostia que estaba en contacto con los dedos del sacerdote, no se convirtió en músculo del corazón, sino que siguió siendo apariencia de pan, para que nos diéramos cuenta que la Eucaristía que recibimos es el mismo Sagrado Corazón de Jesús. Y Jesús hace todo este milagro sólo para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón, que es como un océano de Amor, sin playas y sin fondo. Es por eso que, si Jesús nos da su Amor, también nosotros debemos darle nuestro amor, el pobre amor de nuestros corazones.
Si hacemos así, si le damos a Jesús Eucaristía todo nuestro amor en la Primera Comunión, vamos a enamorarnos de Jesús Eucaristía y entonces vamos a querer comulgar no sólo en la Primera Comunión –que para muchos, lamentablemente, es la última-, sino que vamos a querer comulgar todas las veces que sea posible, porque el que ama a una persona, quiere estar con esa persona todo el tiempo: si amamos a Jesús, vamos a querer que Jesús esté en nuestros corazones todo el tiempo que sea posible y para eso vamos a venir a comulgar seguido. Si amamos a Jesús en la Eucaristía, no vamos a faltar a Misa por pereza, ni por el fútbol, ni por el paseo, ni por el descanso, y nuestros papás no van a tener que estar insistiéndonos para que vengamos a Misa: nosotros mismos vamos a pedir venir a Misa, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que lo único que quiere es darme todo su Amor. Y así, la Primera Comunión no va a ser la última, sino la primera de muchas, de muy muchas.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Solemnidad de Todos los Santos para Niños


(Ciclo B – 2015)

         Hoy la Iglesia se alegra y está de fiesta porque muchos de los que forman parte de la Iglesia, están ya en el cielo: la Iglesia se alegra por Todos los Santos, es decir, por todos aquellos niños, hombres, mujeres, de todos los países de la tierra, que una vez fueron bautizados y ahora viven en el cielo, para siempre, en compañía de Jesús, de la Virgen y de los ángeles de luz.
         Y para demostrar su alegría, la Iglesia que está en la tierra le ofrece, a la Iglesia que está en el cielo, un regalo de valor infinito, la Santa Misa, porque cada Misa, al ser el sacrificio de Jesús en la cruz, tiene un valor infinito.
         Los santos son, entonces, todos nuestros hermanos –en la Iglesia, todos somos hermanos de Jesús y hermanos entre nosotros por el Bautismo- que están ya en el cielo, viviendo en alegría y amor para siempre, junto a Jesús y a la Virgen, y como nosotros también tenemos que ir al cielo, la Iglesia nos los hace recordar, para que también nosotros tengamos deseos de ir al cielo junto con ellos.
¿Cómo llegaron al cielo Todos los Santos? Primero, tenemos que saber que lo que los llevó al cielo, fue la gracia santificante de Jesús: sin la gracia santificante, nadie puede entrar en el cielo, y como ellos querían estar con Jesús para siempre, evitaron siempre cualquier clase de mal, para que estar siempre en gracia. Para eso, se confesaban con mucha frecuencia, comulgaban todos los días y hacían todas las obras de misericordia que nos enseña la Iglesia –dar de comer al hambriento, de beber al sediento, orar por los muertos, dar consejo al que lo necesita, etc.-.
Así es como se ganaron el cielo: evitando el mal, porque el mal hace que Jesús se vaya del corazón; viviendo en gracia, confesándose frecuentemente y comulgando todas las veces posible, siempre en gracia, y siendo misericordiosos con sus hermanos, sobre todo los más necesitados.

Nosotros no somos santos, sino que somos pecadores y lo seguiremos siendo hasta el último día de la vida, porque sólo se puede llamar “santo” al que ya está en el cielo, como Todos los Santos. Pero estamos llamados a ser santos, estamos llamados, como ellos, a ir al cielo, y es para eso que la Iglesia celebra una fiesta como la de hoy y nos los pone de ejemplo: para que los imitemos en sus virtudes, pero sobre todo en su santidad, en su amor a la gracia santificante y en su amor a Jesucristo, y así podamos llegar al cielo como ellos, para estar para siempre junto a Jesús y a la Virgen.

viernes, 16 de octubre de 2015

Jesús esperó diez años para entrar en sus corazones


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Vamos a tomar la Primera Comunión, y para eso, ustedes se prepararon durante dos años, asistiendo a clases y estudiando el Catecismo que les enseñaban sus maestros catequistas. Durante dos años, ustedes se han preparado para este momento, y por eso es que el templo está todo iluminado, con flores y limpio, y a medida que se acerca más y más el momento de la Comunión, están más ansiosos y más deseosos de recibir a Jesús Eucaristía.
Pero si ustedes, niños, están ansiosos y deseosos de recibir a Jesús Eucaristía, Jesús lo está mucho más, porque esperó más tiempo que ustedes: ustedes esperaron dos años para recibirlo, pero Él esperó nueve, diez, once años para que llegara este momento; todavía más, como Jesús es Dios, Él sabía, desde toda la eternidad, que ustedes lo iban a recibir en este día, y por eso Él, desde toda la eternidad, estaba esperando que ustedes nacieran, crecieran, comenzaran a venir a Catecismo y dispusieran sus almas y sus corazones para recibirlo.
Desde toda la eternidad, Jesús esperaba este día, el día más hermoso para ustedes, porque es el día en el que Jesús va a entrar, por primera vez, en sus corazones, escondido detrás de lo que parece un poco de pan. En el cielo, Jesús no veía la hora de que ustedes prepararan sus mentes y sus corazones para recibirlo en la Eucaristía, y es por eso que, si ustedes están ansiosos y deseosos de recibirlo, Jesús lo está mucho más por entrar en sus corazones.
¿Qué pasa en el Corazón de Jesús en este momento? ¿Vieron que el corazón late cuando vemos a una persona muy amada, que está por llegar después de un largo viaje? Si nuestra mamá o nuestro papá se ausentan por largo tiempo, cuando vamos a recibirlos a la estación de ómnibus, nuestros corazones laten cada vez más rápido y más fuerte, porque se acerca el momento en el que vamos a verlos después de mucho tiempo, y esto sucede porque los amamos. Bueno, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, late así de rápido y de fuerte, pero más rápido y más fuerte, y a cada minuto que pasa, late cada vez con mayor fuerza y velocidad, porque desea, con todas sus fuerzas, entrar en sus corazones, para darles todo el Amor que Él tiene en su Corazón. Jesús no ve las horas de que ustedes lo reciban en la Primera Comunión, para darles el Fuego que le quema en el Corazón, el Fuego de su Amor.
Entonces, al comulgar, tenemos que estar muy atentos, y tenemos que abrir los oídos del alma, para poder escuchar los latidos de Amor del Sagrado Corazón de Jesús, que está escondido en la Eucaristía; tenemos que abrir nuestros corazones, de par en par, así como se abren las puertas, de par en par, para que Jesús Eucaristía entre en ellos y pueda derramar sobre nosotros todo su Amor, que es como un océano infinito, sin playas y sin fondo. Jesús quiere darnos todo su Amor, que es el Amor de Dios, y ese Amor está encerrado en su Sagrado Corazón Eucarístico, pero no puede derramar su Amor, si nosotros, cuando comulgamos, estamos distraídos, pensando en cualquier cosa que no sea Él. Le pidamos a la Virgen, la Mamá del Sagrado Corazón, que nos ayude a concentrarnos en esta Primera Comunión, para que Jesús se sienta contento con nosotros y pueda darnos todo lo que Él tiene pensado para nosotros, todo el Amor de su Corazón, que late en la Eucaristía. A su vez, nosotros debemos responder con amor, como dice el dicho: “amor con amor se paga”; quiere decir que si Jesús nos todo su Amor, entonces también debemos darle todo nuestro amor.

         Si hacemos esto, es decir, si abrimos nuestros corazones para que Jesús derram e su Amor en ellos y si también le damos nuestro amor, la Primera Comunión no será la última, sino la primera de muchas, porque así nos vamos a enamorar de Jesús y si nos enamoramos de Jesús en la Primera Comunión, vamos a querer que Jesús esté siempre con nosotros, y para eso vamos a querer recibirlo seguido en la Comunión, con el alma limpia por la Confesión. Que la Primera Comunión, entonces, sea la primera de muchas, y que en cada una de ellas, sea como la Primera: que así como en la Primera Comunión, le vamos a dar a Jesús todo nuestro amor, así también, en cada una de las comuniones que sigan, le demos a Jesús todo nuestro amor, en acción de gracias por habernos dado antes Él, como prenda de amor, su Sagrado Corazón Eucarístico.

sábado, 29 de agosto de 2015

El Evangelio para Niños: “Jesús les dice a los que van a la Iglesia que se han olvidado los Mandamientos de Dios”


(Domingo XXII – TO – Ciclo B – 2015)

En este Evangelio, Jesús les dice a los que van a la Iglesia –que en su tiempo se llamaban “escribas” y “fariseos”- que se han olvidado de los Mandamientos de Dios. Les dice también que, en vez de cumplir los Mandamientos de Dios, cumplen los mandamientos de los hombres: “Dejan de lado el Mandamiento de Dios, para seguir la tradición de los hombres” (cfr. Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23).
Es decir, Jesús les dice, a los escribas y fariseos, que iban todos los días al templo, que estudiaban la Biblia y la sabían casi toda de memoria, que vestían con hábitos religiosos, que a pesar de todo esto, se han “olvidado” –“han dejado de lado”- el Mandamiento de Dios.
¿Cuál es el “Mandamiento de Dios que los escribas y fariseos han olvidado?
El primer Mandamiento de la Ley de Dios, que es el más importante, porque el que los cumple, cumple con toda la Ley, es el que manda a amar por tres veces: a Dios, al hombre y a uno mismo: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Es un mandamiento hermoso, que nos manda, no una, sino tres veces, amar: a Dios, al prójimo y uno mismo.
Pero este mandamiento no nos manda a amar con cualquier amor; no nos manda amar con el amor de nuestro corazón, que es muy pobre, muy pequeño y muchas veces también, egoísta: Jesús nos manda amar con el Amor de su Sagrado Corazón, porque sólo con ese Amor –que es el Fuego de Amor que envuelve su Sagrado Corazón- podremos amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos.
Si no tenemos ese Amor en nuestro corazón, entonces somos como los escribas y fariseos: venimos a la Iglesia, pero nos olvidamos del Primer Mandamiento, el Mandamiento más importante, el Mandamiento del Amor.
¿Y dónde obtenemos ese Amor de Jesús? Lo obtenemos en donde está Jesús: en la Cruz y en la Eucaristía. Cuanto más acudamos a Jesús en la Cruz y cuanto más vayamos a visitarlo en el sagrario, más Amor vamos a recibir de Jesús y más Amor vamos a tener para poder cumplir el Primer Mandamiento.

Los escribas y los fariseos, a pesar de que estaban todo el día en la Iglesia, se habían olvidado del Amor de Dios y por eso eran duros de corazón; sino queremos ser como ellos, entonces vayamos siempre a arrodillarnos a los pies de Jesús crucificado y a Jesús en el sagrario, para tener siempre en la mente el Primer Mandamiento, y en el corazón, el Amor de Dios necesario para poder cumplirlo.

jueves, 20 de agosto de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado[1]  
         Doctrina
         ¿Por qué quiso sufrir tanto Jesucristo en la Pasión y en la cruz? Jesucristo quiso sufrir tanto en la Pasión y en la cruz para mostrarnos más su amor e inspirarnos horror al pecado.
Dos ejemplos para entender esto: “para demostrarnos más su amor”, se entiende como cuando un esposo ama a su esposa (o viceversa): no es lo mismo que le diga: “Te amo mucho”, pero cuando la esposa tiene alguna necesidad se queda cruzado de brazos, a decirle: “Te amo mucho” y cuando tiene alguna necesidad, hace de verdad todo tipo de esfuerzos y sacrificios para auxiliarla: en el primer caso, no demuestra el amor, en el segundo, sí; pues bien, esto es lo que hizo Jesucristo al morir en la cruz por nosotros, y es demostrarnos hasta dónde llega su amor: hasta la muerte de cruz, que es una muerte dolorosa y humillante. Para que nos demos una idea de cuánto sufrió Jesús en la cruz, tenemos que pensar que el dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo[2]. Se tuvo que inventar una nueva palabra llamada “excruciante” (que significa “de la cruz”) para describir semejante dolor[3].
         “Para inspirarnos horror al pecado”: todos nuestros pecados fueron cargados sobre sus espaldas; quiere decir que Él sufrió el castigo que cada uno de nosotros merecía, ante la Justicia Divina. Si queremos saber qué consecuencias tiene un pecado nuestro, elevemos nuestra mirada a Jesús crucificado y contemplemos todas y cada una de sus llagas, porque Él “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53, 1-12). Entonces, somos nosotros y nadie más que nosotros la causa de sus heridas: si Jesús está en la cruz, con tantas heridas y golpes y con su Sangre vertiendo por sus heridas, es por causa de nuestros pecados y cada pecado nuestro es una herida en el Cuerpo de Jesús crucificado. Esto tiene que llevarnos al propósito de no pecar más, con tal de no seguir hiriendo a Nuestro Señor. Al verlo crucificado, movidos por el Amor del Espíritu Santo, deberíamos decir, con Santa Teresa de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte/Tú me mueves, Señor,/ muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido,/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./
         ¿Por quiénes padeció Jesucristo? Jesucristo padeció y murió por todos y cada uno de los hombres, desde Adán, hasta el último hombre nacido en el Último Día. Toda la Pasión la sufrió de modo individual por cada uno de nosotros, de manera tal que si sólo nosotros hubiéramos pecado en todo el mundo, Él se habría encarnado y sufrido la Pasión sólo por nosotros.
         ¿Dónde y cuándo murió Jesucristo? Jesucristo murió sobre el Calvario en Jerusalén, la tarde del Viernes Santo. Según la Tradición, la cruz fue clavada en el Monte Calvario, en el mismo sitio en donde Adán fue enterrado, de manera tal que la Sangre de Jesucristo, cayendo desde la cruz, se infiltró por la tierra hasta llegar a Adán, para darle nueva vida, la vida eterna.


La crucifixión, de Fra Angelico
En esta imagen vemos representada la crucifixión de Jesús. El cráneo que se observa abajo es, según la Tradición, el cráneo de Adán. Al tomar contacto con la Sangre de Jesús, Adán es vuelto a la vida, al recibir la vida eterna. Después de haber sufrido toda suerte de insultos y burlas, al llegar Jesús al Calvario le despojaron de sus vestiduras y con fuertes clavos sujetaron sus manos y pies a la cruz.
El Señor, después de ser crucificado y puesto entre dos ladrones, estuvo tres horas en agonía; y después de haber pronunciado siete palabras, que encierran sublimes y sobrenaturales enseñanzas, expiró a las tres de la tarde. Por eso la Hora de la Divina Misericordia es a las tres de la tarde.
He aquí las siete palabras que dijo Jesús en la cruz:
1ª. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Jesús pedía perdón al Padre por todos y cada uno de nosotros, que fuimos los que lo crucificamos. En vez de pedir justicia y venganza a Dios, Jesús pide perdón para nosotros, y ése es el fundamento de porqué tenemos que perdonar a nuestros enemigos: porque Jesús nos perdonó primero desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos.
2ª. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). Jesús promete al buen ladrón el paraíso, porque se arrepintió a tiempo, antes de morir y así se convirtió en uno de los primeros santos en ser redimidos por la Sangre de Jesús. Como el buen ladrón, también nosotros debemos reconocer a Jesús como nuestro Salvador, para escuchar de sus labios estas dulces palabras, el día de nuestra muerte: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
3ª. “He aquí a tu Madre. Mujer, he aquí a tu hijo” (Jn 19, 26-27). Jesús nos dona a su Madre, como Madre nuestra del cielo, porque en Juan estábamos todos representados. ¡Hasta dónde llega el amor de Jesús por nosotros, que nos regala lo que más amaba en la tierra, su amantísima Madre, la Virgen María! ¡Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, haz que seamos dignos hijos tuyos, nacidos para el cielo al pie de la cruz!
4ª. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 6). En realidad, Dios nunca abandonó a Jesús, pero permitió que Jesús experimentara el abandono, para que nosotros supiéramos que Dios está siempre con nosotros y nunca nos abandona. Un detalle: si Dios Padre parece abandonar a Jesús –aunque en realidad no lo hace nunca-, la Virgen permanece siempre al pie de la cruz, y eso es un consuelo para nosotros, porque sabemos que nuestra Madre del cielo nunca nos abandona, así como no abandonó a su Hijo Jesús cuando agonizaba y moría en la cruz.
5ª. “Tengo sed” (Jn 19, 28). Como consecuencia de la abundante pérdida de Sangre, Jesús experimenta, entre otras cosas, una sed ardentísima; escuchándolo decir: “Tengo sed”, los soldados le alcanzan para beber una esponja con agua, mezclada con vinagre y con un calmante para los dolores. Sin embargo, Jesús se niega a beber, porque la sed más ardiente de Jesús no es la del Cuerpo, sino la de su Corazón: es su Corazón Sagrado el que siente sed del amor de los hombres, y los hombres, en vez del agua pura del amor a Dios, le dan vinagre, es decir, la malicia y el rechazo de Dios, porque eso es lo que representa el vinagre: la malicia de nuestros pecados, que da sabor agrio al agua, es decir, a la vida, cuyo Autor es Jesús, el Hombre-Dios. Jesús rechaza también el calmante y esto lo hace para sufrir hasta lo último, por nuestro amor y por nuestra salvación. ¡Jesús, cuánto has sufrido por nosotros, con dolores inconcebibles e inimaginables! ¡Permite, por los dolores de tu Madre, que saciemos tu sed de amor con la acción de gracias y con el amor de nuestro pobre corazón!
6ª. “Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Con estas palabras, Jesús revela que el sacrificio en el tiempo, por el cual habría de salvarnos, está consumado; significa que, desde ahora, sus brazos abiertos en la cruz nos descubren su Sagrado Corazón, Puerta de la eternidad, que será traspasado por la lanza, para abrirnos paso al Reino de los cielos. Jesús ha cumplido con la Voluntad del Padre, dando hasta la última gota de su Sangre por nuestra salvación; Jesús ha cumplido el tiempo de su Pasión, por medio de la cual nos obtuvo una eternidad de alegría y de bienaventuranzas; Jesús. ¡Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, nos abriste las puertas del cielo!
7ª. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Luego de decir estas palabras, Jesús muere en la cruz. Al producirse su muerte, el universo todo muestra su luto y su dolor al oscurecerse el sol y temblar la tierra, demostrando así con estos prodigios, que el que moría en la cruz no era un hombre más entre tantos, sino el Hombre-Dios. Jesús ha cumplido su misterio pascual: venía del Padre, ahora retorna al Padre, desde donde inhabita por la eternidad. Que siempre, pero sobre todo en la hora de nuestra muerte, seamos revestidos de la Sangre de Jesús, para que a imitación suya encomendemos, por manos de María, nuestra alma al Padre, para que el Padre, viéndonos revestidos de la Sangre del Cordero, bese nuestras almas con el sello de su Amor, el Espíritu Santo, y así comencemos a vivir en la felicidad eterna del Reino de los cielos.
Además, como consecuencia de su sacrificio redentor, algunos muertos resucitaron, liberados por Él del Hades, el limbo de los justos del Antiguo Testamento, indicando así el accionar de la Divina Misericordia a través de Jesús; sin embargo, para otros, la Divina Misericordia daba paso a la Justicia Divina, y fue así como el velo del templo se rasgó de arriba abajo, sin que nadie lo tocara, indicando que finalizaba la Ley Antigua, para dar paso a la Ley Nueva de la gracia santificante.
Práctica: tendré presente siempre la muerte de Jesús en la cruz y cuánto sufrió por mi amor, para cumplir el propósito de no pecar más, para no herirlo más en la cruz. Imitaré su ejemplo de sufrir sin quejarse, y aún gustoso, porque así nos redimía y nos conducía al cielo, reparando ante el Padre las ofensas del pecado, al tiempo que nos abría las puertas del cielo, dándonos ejemplo extraordinario de paciencia, conformidad y penitencia. A imitación suya, no solo no me quejaré ante las dificultades, sino que todo lo sufriré en unión con su Pasión y Muerte en cruz, para salvar a mis hermanos.
También, cuando pase ante una cruz, saludaré a mi Redentor diciendo: “Te adoramos, Señor y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste el mundo”.
Palabra de Dios: “Cargó con nuestras iniquidades y sufrió por nuestros pecados” (Is 53, 5-6). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito, para que sea salvo por Él” (Jn 3, 17). “Dios nos ha arrebatado del poder de las tinieblas para llevarnos al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados” (Col 1, 13-14). “Nos amó y se entregó a la muerte por nosotros” (Gál 2, 20). “Cristo padeció por nosotros…” (2 Pe 2, 21). “Él es propiciación por nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2).
Ejercicios bíblicos: Mc 10, 45; Lc 23, 33; Jn 3, 16; Rom 8, 18.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.
[2] Cfr. http://www.corazones.org/jesus/sufrimientos_pasion_medicina.htm
[3] Cfr. ibidem.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El Evangelio para Niños: “Donde dos o tres rezan juntos, Yo estoy en medio de ellos”


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2014)
     En este Evangelio, Jesús nos dice qué es lo que pasa cuando dos, tres, o más personas, se ponen a rezar juntos: ¡Él mismo viene desde el cielo y se queda en medio de ellos! Así lo dice Jesús: “Donde dos o tres rezan juntos, Yo estoy en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). 
Y esto quiere decir, entonces, que también viene la Virgen María, porque donde está Jesús, está la Virgen, porque Jesús y la Virgen son inseparables: adonde va Jesús, ahí va la Virgen, y adonde va la Virgen, ahí va Jesús. Entonces, si muchas personas se ponen a rezar juntas, y Jesús baja del cielo para estar junto con esas personas, la Virgen baja junto con Jesús. 
Pero también pasa otra cosa: como Jesús es el Rey de los ángeles, y como la Virgen es la Reina de los ángeles, junto con Jesús y la Virgen, vienen también, desde el cielo, los ángeles de luz, los ángeles buenos, y entonces todo el lugar en donde se reza, se llena de ángeles de luz, que iluminan las mentes y los corazones de los que rezan, con la luz de Dios. Y si vienen los ángeles, también vienen los santos, porque ellos también están en el cielo, junto con Jesús y con la Virgen, y ellos traen todavía más luz de Dios y más Amor de Dios para los que rezan. 
El Evangelio de este domingo nos hace ver entonces que es muy hermoso rezar con nuestros hermanos, porque por la oración con nuestros hermanos –con los papás, con los hermanos, con la familia, con los amigos-, vienen Jesús, la Virgen, los ángeles y los santos. 
¡Qué hermoso es rezar! Rezar no es, como dicen muchos, ni aburrido, ni triste, porque, aunque no los vemos, porque son invisibles a los ojos del cuerpo, cuando rezamos, vienen y están junto a nosotros, dándonos el Amor y la luz de Dios, Jesús y la Virgen, y junto con ellos, los ángeles y los santos de Dios, porque así lo dice Jesús: Donde dos o tres rezan juntos, Yo estoy en medio de ellos”. 
¡Recemos todos los días, para que todos los días, Jesús, la Virgen, los ángeles y los santos, estén con nosotros, dándonos la luz y el Amor de Dios!


          

sábado, 16 de agosto de 2014

El Evangelio para Niños: “Mujer, ¡Tienes una fe muy grande!”


(Domingo XX –TO – Ciclo A – 2014)
         La Palabra de Dios nos cuenta de una mujer que tenía una hija a la que el demonio la había poseído; esta mujer no pertenecía al Pueblo Elegido, pero lo mismo creía mucho en Jesús, es decir, tenía mucha fe en Jesús. Ella sabía que Jesús tenía el poder de Dios para sacar al diablo del cuerpo de su hija, porque tenía fe en que Jesús era el Hijo de Dios, y por eso fue a pedirle a Jesús por su hija, pidiéndole a los gritos que la ayudara.
         Pero Jesús, que sabía que la mujer tenía una fe muy grande, quería que todos vieran la fe de la mujer, y por eso le hizo una prueba, y no le dio lo que quería ahí nomás, sino que le dijo que Él había venido solo para las ovejitas de Israel, y ella no pertenecía a las ovejitas de Israel. Pero la mujer no se dio por vencida y le dijo con más fe: “Señor, socórreme”. Jesús le hizo otra prueba más fuerte todavía: le dijo que ella era como un perrito, porque la comparó con un perrito, al decirle que no estaba bien darle el pan de los hijos para dárselo a los cachorros; pero la mujer no se sintió ofendida, sino que, con mucha fe –y también con mucha humildad, y también con mucho amor, porque el que tiene fe tiene humildad y amor-, le dijo: “Pero los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos”. Es decir, a la mujer no le importó que la comparara con un perrito, porque era tanto el amor que le tenía a Jesús, que le bastaba que le diera aunque sea una pequeña muestra de ese amor, mediante el milagro de la curación de su hija, expulsando al demonio que la atormentaba. Entonces Jesús, al ver la fe tan grande de la mujer, se maravilló, y la alabó, diciéndole: “Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que se cumpla lo que deseas”. Y en ese instante, dice el Evangelio, su hija quedó curada, es decir, el demonio se fue de su cuerpo.

         Así, como la fe de esa mujer cananea, fuerte e inquebrantable, tiene que ser nuestra fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. Aunque Jesús no solo no nos conceda lo que le pidamos, sino que, más aun, como a la mujer cananea, parezca ser que nos humilla, nuestra fe en su Presencia en la Eucaristía debe ser sencilla, robusta y firme como una roca. Solo entonces, Jesús nos dirá: “¡Tienes una fe muy grande!” y cumplirá nuestros deseos más profundos –como los de ir al cielo, con nuestros seres queridos, y que también se salven todos los hombres-, como cumplió los deseos de la mujer cananea.

domingo, 10 de agosto de 2014

El Evangelio para Niños: “Quédense tranquilos, Soy Yo, no tengan miedo”


(Domingo XXIX –TO – Ciclo A – 2014)
         El Evangelio de hoy nos cuenta de una vez que Jesús venía caminando sobre el agua, y los amigos de Jesús, que estaban en el barco, cuando lo vieron que venía caminando sobre el agua, se asustaron mucho y comenzaron a gritar, porque creían que era un fantasma. Además, había mucho viento y las olas del mar eran muy altas, y la barca se movía para muchos lados y como entraba mucha agua, parecía que estaban por hundirse.
Entonces Jesús, como veía que sus amigos estaban con mucho miedo, les dijo que se tranquilizaran, que era Él y que no tenían nada de qué temer: “Quédense tranquilos, Soy Yo, no tengan miedo”. Después, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, si eres Tú, mándame a ir a tu encuentro sobre el agua”. Y Jesús le dijo que fuera junto a Él: “Ven”. Entonces Pedro comenzó a caminar sobre el agua. Como al principio Pedro tenía mucha fe en Jesús, cuando empezó a caminar en el agua, no se hundió, sino que para Pedro era como caminar en tierra firme, pero después, empezó a sentir el viento, que soplaba muy fuerte –representaba al diablo, que le decía que no creyera en Jesús-, y ahí Pedro empezó a vacilar en su fe en Jesús, y ahí fue cuando comenzó a hundirse, entonces Pedro dio un grito pidiendo auxilio a Jesús: “Señor, sálvame”. Y Jesús, que estaba a su lado, extendió la mano y no dejó que se siguiera hundiendo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”, como diciéndole: “Si Yo estoy a tu lado, ¿por qué gritas como si Yo no estuviera?”. Entonces, Jesús lo hizo subir a la barca a Pedro, sano y salvo, y también Jesús le ordenó al viento y al mar que se calmasen.
Luego, Pedro y los amigos de Jesús, se arrodillaron delante de Jesús y lo adoraron, porque se dieron cuenta que Jesús no era un fantasma, como ellos creían al principio, sino que, iluminados por el Espíritu Santo, supieron que Jesús era el Hombre-Dios, porque solo Dios hecho hombre tenía el poder de hacer todos esos milagros que había hecho Jesús: caminar sobre las aguas, hacer que Pedro caminara sobre las aguas, y calmar al viento y al mar. Esto nos enseña el Evangelio de hoy: Jesús no es un fantasma, sino el Hombre-Dios, y Él está vivo y lleno de la gloria y de la luz de Dios, con su Cuerpo de luz y con su Corazón lleno del Amor de Dios, en la Eucaristía, esperándonos en el sagrario, para que vayamos a visitarlo y a decirle que nosotros, como Pedro y los discípulos, creemos que Él no es un fantasma, sino el Hombre-Dios, que está escondido ahí, en el sagrario, en algo que parece pan, pero ya no es más pan, sino que es la Eucaristía, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. También nosotros, como Pedro, le decimos a Jesús en la Eucaristía: “Jesús, Tú eres Dios en la Eucaristía, mándame a ir a Ti, porque quiero recibir tu Amor”.

Y al ir a recibir la comunión, no tenemos que dudar de que Jesús es Dios en la Eucaristía, que está ahí para darnos todo su Amor.