Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 26 de mayo de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 25 – El perdón de los pecados - Parte 1


Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 25 – El perdón de los pecados - Parte 1[1] 

            Doctrina

         ¿Tiene la Iglesia poder para perdonar los pecados? La Iglesia tiene poder, recibido de Jesucristo, para perdonar todos los pecados de los hombres, por muchos y graves que sean.

         ¿Cuándo concedió Jesucristo a la Iglesia el poder de perdonar los pecados? Jesucristo concedió a la Iglesia el poder de perdonar los pecados cuando el día de la Resurrección dijo a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonáreis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retuviéreis les serán retenidos” (Jn 20, 21-23). También lo hizo cuando el Señor dijo a San Pedro: “Te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que atares en la tierra, será atado en el cielo, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16, 19). Con estas palabras dio el Señor a los apóstoles y a sus sucesores y sacerdotes el poder de perdonar los pecados.

         ¿Quiénes tienen poder para perdonar los pecados? Tienen poder para perdonar los pecados los obispos y los sacerdotes que están debidamente autorizados.

         Explicación

         En la imagen vemos una representación de la parábola del hijo pródigo, propuesta por Jesucristo para indicarnos el gran amor de Dios para con nosotros, al perdonarnos nuestros pecados.
         El hijo pródigo que se aleja de la casa paterna representa al pecador que deja de pertenecer al Cuerpo de la Iglesia, por el pecado y el apartamiento de Dios. El hijo pródigo que se entrega a los placeres del mundo y no se alimenta de los alimentos de la mesa de su padre, representa al pecador que, por pereza, no asiste los Domingos a Misa para alimentarse con el manjar del cielo que nos brinda Dios Padre, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía. El hijo pródigo, luego de gastar todo su dinero, queda  en la ruina, completamente pobre y miserable. Ya no tiene amigos, se muere de hambre y debe trabajar para un granjero, que lo envía a cuidar cerdos, sin siquiera poder alimentarse de las bellotas que comen los cerdos: representa al hombre que, por el pecado, se aparta de Dios y su gracia y, sin poder alimentarse de la Eucaristía a causa del pecado, se vuelve esclavo de Satanás. Al final de la parábola, el hijo pródigo se arrepiente y decide regresar a la casa del padre, pidiéndole perdón por haberlo abandonado y por haber dilapidado su fortuna; el buen padre lo perdona, lo abraza y lo viste, no como sirviente, sino como hijo: representa la Confesión Sacramental, en la que el pecador arrepentido, después de haber implorado el perdón de sus pecados, mediante una buena confesión es restituido a la gracia y amistad del Padre celestial.

         Práctica: con frecuencia, ante mis pecados o faltas cometidas, haré breves oraciones de arrepentimiento: ¡Dios mío, perdona mis pecados! ¡Señor, apiádate de mí, que soy un pecador! ¡Señor, purifícame! ¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador! También repetiré la oración de Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión: “¡Prefiero morir, antes que pecar!”.

         Palabra de Dios: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras” (1 Cor 15, 3). Jesús perdonó, durante su vida en la tierra, muchas veces a los pecadores: perdonó a la mujer arrepentida, en casa de Simeón (Lc 7, 48); perdonó a la mujer adúltera (Jn 23, 42-43); perdonó a Zaqueo (Lc 19, 1-10); perdonó a sus verdugos (Lc 23, 34); perdonó al buen ladrón (Lc 23, 42-43).

         Ejercicios bíblicos: Lc 1, 50; 1 Jn 1, 9; Lc 15, 2; 1 Tim 2, 4; Ez 33, 11.
        




[1]                      Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

jueves, 20 de agosto de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado[1]  
         Doctrina
         ¿Por qué quiso sufrir tanto Jesucristo en la Pasión y en la cruz? Jesucristo quiso sufrir tanto en la Pasión y en la cruz para mostrarnos más su amor e inspirarnos horror al pecado.
Dos ejemplos para entender esto: “para demostrarnos más su amor”, se entiende como cuando un esposo ama a su esposa (o viceversa): no es lo mismo que le diga: “Te amo mucho”, pero cuando la esposa tiene alguna necesidad se queda cruzado de brazos, a decirle: “Te amo mucho” y cuando tiene alguna necesidad, hace de verdad todo tipo de esfuerzos y sacrificios para auxiliarla: en el primer caso, no demuestra el amor, en el segundo, sí; pues bien, esto es lo que hizo Jesucristo al morir en la cruz por nosotros, y es demostrarnos hasta dónde llega su amor: hasta la muerte de cruz, que es una muerte dolorosa y humillante. Para que nos demos una idea de cuánto sufrió Jesús en la cruz, tenemos que pensar que el dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo[2]. Se tuvo que inventar una nueva palabra llamada “excruciante” (que significa “de la cruz”) para describir semejante dolor[3].
         “Para inspirarnos horror al pecado”: todos nuestros pecados fueron cargados sobre sus espaldas; quiere decir que Él sufrió el castigo que cada uno de nosotros merecía, ante la Justicia Divina. Si queremos saber qué consecuencias tiene un pecado nuestro, elevemos nuestra mirada a Jesús crucificado y contemplemos todas y cada una de sus llagas, porque Él “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53, 1-12). Entonces, somos nosotros y nadie más que nosotros la causa de sus heridas: si Jesús está en la cruz, con tantas heridas y golpes y con su Sangre vertiendo por sus heridas, es por causa de nuestros pecados y cada pecado nuestro es una herida en el Cuerpo de Jesús crucificado. Esto tiene que llevarnos al propósito de no pecar más, con tal de no seguir hiriendo a Nuestro Señor. Al verlo crucificado, movidos por el Amor del Espíritu Santo, deberíamos decir, con Santa Teresa de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte/Tú me mueves, Señor,/ muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido,/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./
         ¿Por quiénes padeció Jesucristo? Jesucristo padeció y murió por todos y cada uno de los hombres, desde Adán, hasta el último hombre nacido en el Último Día. Toda la Pasión la sufrió de modo individual por cada uno de nosotros, de manera tal que si sólo nosotros hubiéramos pecado en todo el mundo, Él se habría encarnado y sufrido la Pasión sólo por nosotros.
         ¿Dónde y cuándo murió Jesucristo? Jesucristo murió sobre el Calvario en Jerusalén, la tarde del Viernes Santo. Según la Tradición, la cruz fue clavada en el Monte Calvario, en el mismo sitio en donde Adán fue enterrado, de manera tal que la Sangre de Jesucristo, cayendo desde la cruz, se infiltró por la tierra hasta llegar a Adán, para darle nueva vida, la vida eterna.


La crucifixión, de Fra Angelico
En esta imagen vemos representada la crucifixión de Jesús. El cráneo que se observa abajo es, según la Tradición, el cráneo de Adán. Al tomar contacto con la Sangre de Jesús, Adán es vuelto a la vida, al recibir la vida eterna. Después de haber sufrido toda suerte de insultos y burlas, al llegar Jesús al Calvario le despojaron de sus vestiduras y con fuertes clavos sujetaron sus manos y pies a la cruz.
El Señor, después de ser crucificado y puesto entre dos ladrones, estuvo tres horas en agonía; y después de haber pronunciado siete palabras, que encierran sublimes y sobrenaturales enseñanzas, expiró a las tres de la tarde. Por eso la Hora de la Divina Misericordia es a las tres de la tarde.
He aquí las siete palabras que dijo Jesús en la cruz:
1ª. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Jesús pedía perdón al Padre por todos y cada uno de nosotros, que fuimos los que lo crucificamos. En vez de pedir justicia y venganza a Dios, Jesús pide perdón para nosotros, y ése es el fundamento de porqué tenemos que perdonar a nuestros enemigos: porque Jesús nos perdonó primero desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos.
2ª. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). Jesús promete al buen ladrón el paraíso, porque se arrepintió a tiempo, antes de morir y así se convirtió en uno de los primeros santos en ser redimidos por la Sangre de Jesús. Como el buen ladrón, también nosotros debemos reconocer a Jesús como nuestro Salvador, para escuchar de sus labios estas dulces palabras, el día de nuestra muerte: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
3ª. “He aquí a tu Madre. Mujer, he aquí a tu hijo” (Jn 19, 26-27). Jesús nos dona a su Madre, como Madre nuestra del cielo, porque en Juan estábamos todos representados. ¡Hasta dónde llega el amor de Jesús por nosotros, que nos regala lo que más amaba en la tierra, su amantísima Madre, la Virgen María! ¡Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, haz que seamos dignos hijos tuyos, nacidos para el cielo al pie de la cruz!
4ª. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 6). En realidad, Dios nunca abandonó a Jesús, pero permitió que Jesús experimentara el abandono, para que nosotros supiéramos que Dios está siempre con nosotros y nunca nos abandona. Un detalle: si Dios Padre parece abandonar a Jesús –aunque en realidad no lo hace nunca-, la Virgen permanece siempre al pie de la cruz, y eso es un consuelo para nosotros, porque sabemos que nuestra Madre del cielo nunca nos abandona, así como no abandonó a su Hijo Jesús cuando agonizaba y moría en la cruz.
5ª. “Tengo sed” (Jn 19, 28). Como consecuencia de la abundante pérdida de Sangre, Jesús experimenta, entre otras cosas, una sed ardentísima; escuchándolo decir: “Tengo sed”, los soldados le alcanzan para beber una esponja con agua, mezclada con vinagre y con un calmante para los dolores. Sin embargo, Jesús se niega a beber, porque la sed más ardiente de Jesús no es la del Cuerpo, sino la de su Corazón: es su Corazón Sagrado el que siente sed del amor de los hombres, y los hombres, en vez del agua pura del amor a Dios, le dan vinagre, es decir, la malicia y el rechazo de Dios, porque eso es lo que representa el vinagre: la malicia de nuestros pecados, que da sabor agrio al agua, es decir, a la vida, cuyo Autor es Jesús, el Hombre-Dios. Jesús rechaza también el calmante y esto lo hace para sufrir hasta lo último, por nuestro amor y por nuestra salvación. ¡Jesús, cuánto has sufrido por nosotros, con dolores inconcebibles e inimaginables! ¡Permite, por los dolores de tu Madre, que saciemos tu sed de amor con la acción de gracias y con el amor de nuestro pobre corazón!
6ª. “Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Con estas palabras, Jesús revela que el sacrificio en el tiempo, por el cual habría de salvarnos, está consumado; significa que, desde ahora, sus brazos abiertos en la cruz nos descubren su Sagrado Corazón, Puerta de la eternidad, que será traspasado por la lanza, para abrirnos paso al Reino de los cielos. Jesús ha cumplido con la Voluntad del Padre, dando hasta la última gota de su Sangre por nuestra salvación; Jesús ha cumplido el tiempo de su Pasión, por medio de la cual nos obtuvo una eternidad de alegría y de bienaventuranzas; Jesús. ¡Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, nos abriste las puertas del cielo!
7ª. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Luego de decir estas palabras, Jesús muere en la cruz. Al producirse su muerte, el universo todo muestra su luto y su dolor al oscurecerse el sol y temblar la tierra, demostrando así con estos prodigios, que el que moría en la cruz no era un hombre más entre tantos, sino el Hombre-Dios. Jesús ha cumplido su misterio pascual: venía del Padre, ahora retorna al Padre, desde donde inhabita por la eternidad. Que siempre, pero sobre todo en la hora de nuestra muerte, seamos revestidos de la Sangre de Jesús, para que a imitación suya encomendemos, por manos de María, nuestra alma al Padre, para que el Padre, viéndonos revestidos de la Sangre del Cordero, bese nuestras almas con el sello de su Amor, el Espíritu Santo, y así comencemos a vivir en la felicidad eterna del Reino de los cielos.
Además, como consecuencia de su sacrificio redentor, algunos muertos resucitaron, liberados por Él del Hades, el limbo de los justos del Antiguo Testamento, indicando así el accionar de la Divina Misericordia a través de Jesús; sin embargo, para otros, la Divina Misericordia daba paso a la Justicia Divina, y fue así como el velo del templo se rasgó de arriba abajo, sin que nadie lo tocara, indicando que finalizaba la Ley Antigua, para dar paso a la Ley Nueva de la gracia santificante.
Práctica: tendré presente siempre la muerte de Jesús en la cruz y cuánto sufrió por mi amor, para cumplir el propósito de no pecar más, para no herirlo más en la cruz. Imitaré su ejemplo de sufrir sin quejarse, y aún gustoso, porque así nos redimía y nos conducía al cielo, reparando ante el Padre las ofensas del pecado, al tiempo que nos abría las puertas del cielo, dándonos ejemplo extraordinario de paciencia, conformidad y penitencia. A imitación suya, no solo no me quejaré ante las dificultades, sino que todo lo sufriré en unión con su Pasión y Muerte en cruz, para salvar a mis hermanos.
También, cuando pase ante una cruz, saludaré a mi Redentor diciendo: “Te adoramos, Señor y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste el mundo”.
Palabra de Dios: “Cargó con nuestras iniquidades y sufrió por nuestros pecados” (Is 53, 5-6). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito, para que sea salvo por Él” (Jn 3, 17). “Dios nos ha arrebatado del poder de las tinieblas para llevarnos al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados” (Col 1, 13-14). “Nos amó y se entregó a la muerte por nosotros” (Gál 2, 20). “Cristo padeció por nosotros…” (2 Pe 2, 21). “Él es propiciación por nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2).
Ejercicios bíblicos: Mc 10, 45; Lc 23, 33; Jn 3, 16; Rom 8, 18.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.
[2] Cfr. http://www.corazones.org/jesus/sufrimientos_pasion_medicina.htm
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 13 de agosto de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión: Lección 12 - "Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos"

Catecismo para Niños de Primera Comunión  Lección 12 Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos[1]  


Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote

         Doctrina
            Si Jesús era Dios, ¿podía sufrir? Sí, Jesús podía padecer en su naturaleza humana lo mismo que todos los hombres. Sin embargo, tenemos que recordar que Jesús no era un simple hombre, sino el Hombre-Dios. Por lo tanto, su estado natural era el de tener un cuerpo glorificado, como en la Epifanía –a poco de nacer su cuerpo traslució la gloria divina- y en la Transfiguración –en donde también su cuerpo, su rostro y sus vestiduras dejaron ver, por un instante, la gloria de Dios, en forma de luz-. Esto quiere decir que, para poder sufrir la Pasión, y así demostrarnos hasta dónde llegaba su Amor por cada uno de nosotros, tuvo que hacer un milagro: esconder la gloria de su cuerpo, hasta la Resurrección, para poder sufrir la Pasión. Esto se debe a que un cuerpo glorificado no puede sufrir. Es decir, si Jesús no hubiera hecho el milagro de ocultar la gloria de su cuerpo, que le correspondía por ser el Hombre-Dios, no podría haber sufrido la Pasión. Si sufrió la Pasión, es porque, por un milagro, ocultó su gloria hasta el Domingo de Resurrección. Por otra parte, el hecho de que Jesús sea Dios, hizo que los sufrimientos que experimentó en su cuerpo y en su alma, tuvieran un valor infinito de satisfacción de nuestros pecados.
         Jesucristo, en cuanto hombre, ¿es igual a nosotros? Jesucristo, en cuanto hombre, es igual a nosotros, excepto en el pecado, que Él no tuvo ni pudo tener (Heb 4, 15). Su Humanidad es perfectísima, porque no sólo no tenía pecado alguno ni lo podía tener, sino que además Él era Dios Hijo en Persona y Dios es Tres veces Santo y le comunicó de esa santidad a la Humanidad de Jesús cuando Jesús se encarnó en el seno de María Santísima. Esto quiere decir que Jesús no sólo no podía decir ni la más pequeña mentira, ni tampoco experimentar la más pequeña malicia, sino que su Sagrado Corazón ardía siempre en el Amor Santo de Dios, que es Puro y Perfectísimo.
         Jesús sufrió muchísimo en la Pasión. ¿Eran necesarios todos esos tormentos y sufrimientos? No eran necesarios, porque Jesús, siendo la Persona divina del Hijo, podría habernos redimido sin sufrir, o con una sola gota de su Sangre Preciosísima. Sin embargo, quiso sufrir hasta el extremo de la muerte en cruz, para demostrarnos hasta dónde llega su infinito Amor por cada uno de nosotros. No es lo mismo decir “te amo”, sin dar nada como prueba de ese amor, a decir “te amo”, como lo hace Jesús, que para probar que es verdad que nos ama, nos entrega el don inapreciable de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
         Explicación
         Las palabras del Credo “Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos” significa que Jesús sufrió Pasión y Muerte cuando gobernaba en Jerusalén el gobernador romano Poncio Pilatos.


Cristo ante Pilatos
         Vemos a Jesús ante Pilatos, quien está perplejo porque reconoce que Jesús es inocente, pues dijo: “Yo no hallo en Éste ningún crimen” (Jn 18, 38). Sin embargo, a pesar de reconocer que Jesús no ha cometido “ningún crimen” y dándose cuenta de que los judíos lo entregan por envidia, ante las insistencias y amenazas de demandarlo al César por parte de quienes acusan a Jesús, y por temor a perder su cargo de gobernador, Pilatos condena a Jesús, primero a ser castigado con latigazos y luego a la muerte. Así, se convierte en la figura de los jueces injustos, que por temer más a los hombres que a Dios, castigan con sus fallos inicuos a los más inocentes e indefensos.


Cristo es flagelado
         Cristo, antes de ser crucificado, fue azotado con una ferocidad inhumana, siendo flagelado con látigos que incluso tenían puntas de metal en sus extremos. Recibió tantos latigazos, que todo su Cuerpo y también el patio en donde estaba amarrado a la columna, quedaron cubiertas con su Sangre Preciosísima; de esta manera, Cristo expiaba los pecados de impureza (de pensamiento, de deseo, de palabra y de obra) de todos los hombres.

Cristo es coronado de espinas

         La coronación de espinas fue un tormento ideado para burlarse de Jesús, que había dicho: “Yo Soy Rey, para eso he venido (…) mi Reino no es de este mundo” (cfr. Jn 18, 36-37). Para burlarse de sus palabras y de su condición de Rey, además de la corona, le pusieron a Jesús un manto púrpura –que luego, cuando la sangre se secó, quedó adherida a sus heridas, y cuando lo fueron a crucificar, le arrancaron este manto púrpura, abriendo sus heridas, que manaron mucha sangre y le provocaron muchísimo dolor-, y una caña en sus manos, imitando los cetros de marfil que usan los reyes. Jesús es Rey de los ángeles y de los hombres, por naturaleza –Él es Dios- y por conquista –porque con su Pasión y Muerte en cruz conquistó las almas de todos los hombres para su Padre Dios-; Él se merecía una corona de oro, como símbolo de la corona de gloria que posee por ser Hijo de Dios, y sin embargo, nosotros, con nuestros pecados, lo coronamos con espinas. Las espinas representan a nuestros pecados de pensamiento; Jesús se deja coronar de espinas, para expiar estos pecados y para que no solo no tengamos malos pensamientos, sino para que tengamos pensamientos santos y puros, como los tiene Él, coronado de espinas. Según relata el Evangelio, los judíos rechazaron la reyecía de Jesús, diciendo: “No queremos que Éste reine sobre nosotros” (Lc 19, 14); los cristianos, en cambio, pedimos que Jesús sea el Rey de nuestros corazones: “Venga a nosotros tu Reino”.
         Práctica: Me esforzaré no solo por no pecar, sino por conservar y acrecentar cada vez más la gracia, ya que son mis pecados los que hicieron sufrir a Jesús en la Pasión.
         Palabra de Dios: (Jesús lloró ante Jerusalén impenitente): “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos a la manera que la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste” (Mt 23, 37).
         Jesucristo es “nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado” (Heb 7, 26); Él es el que pudo lanzar este reto al mundo: “¿Quién de ustedes me argüirá de pecado?” (Jn 8, 46). Él, siendo la suma inocencia, “nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios” (Ef 5, 2), cargando sobre sí nuestros pecados, presentándose como culpable en lugar nuestro, e interponiéndose entre la Justicia Divina y nosotros.
         Ejercicios bíblicos: Mc 10, 33-34; Ap 1, 5; 1 Jn 4, 9.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

viernes, 11 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: Domingo de Ramos


(Ciclo A - 2014)
          Jesús ingresa en Jerusalén montado en un borrico. Cuando los habitantes de Jerusalén se dan cuenta de que Jesús está por pasar bajo las puertas de Jerusalén, todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, salen a su encuentro, cantando hosannas y aleluyas. Todos están muy contentos con Jesús, porque se acuerdan de los milagros que hizo. Ahí están los que se habían alimentado el día que Jesús multiplicó los panes y los peces; están los que habían bebido el vino milagroso de las Bodas de Caná; está el hijo de la viuda de Naím, que volvió milagrosamente a la vida; están los que se alimentaron con los peces de las pescas milagrosas; están los que habían sido liberados de los demonios; están los que habían vuelto a ver, a oír y hablar, y los que habían sido sanados de toda clase de enfermedades, y están también los que recibieron muchísimos otros milagros, que no están relatados en los Evangelios porque si no habría lugar en el mundo para poner tantos libros, pero que sí sucedieron y fueron realidad. Todos los habitantes de Jerusalén, movidos por el Espíritu Santo, llenos de alegría, reconocieron en Jesús al Hombre-Dios, al Rey de los cielos, al Rey de hombres y ángeles, y por eso le cantaban: "Viva Jesús, el Rey de Israel", y al pasar Jesús, montado en un burrito, agitaban hojas de palma y lo aclamaban muy contentos.
          Esto es lo que sucedió el Domingo de Ramos. Pero algo debió pasar entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, porque esa misma gente, que el Domingo de Ramos tenía al Espíritu Santo en sus corazones y por eso aclamaba llena de alegría a Jesús como a su Rey y le cantaba hosannas y aleluyas dejándolo entrar en la ciudad de Jerusalén, símbolo del corazón del hombre, el Viernes Santo, ya no lo reconoce más como a su Rey, lo acusa de mentiroso, no se acuerda más de sus milagros, le hace un juicio injusto con testigos falsos y mentiroso porque todo lo que dicen es mentira, lo condena a muerte, lo insulta, lo flagela, le coloca una corona de espinas, le carga una cruz de madera, lo expulsa de la ciudad de Jerusalén, que es símbolo del corazón -entonces, si el Domingo lo había dejado entrar en el corazón, ahora lo expulsa del corazón-, le hace subir por el Camino del Calvario y, finalmente, una vez llegado a la Cima del Monte Calvario, lo crucifica.
          ¿Qué pasó en el corazón de los habitantes de Jerusalén, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo?
         Lo que pasó es lo que San Pablo llama el "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7)y es cuando el corazón humano deja de adorar al Dios Verdadero y da lugar al diablo, es decir, cuando hace el mal, cuando comete el pecado, y eso es lo que les pasó a los habitantes de Jerusalén.
          ¿Cómo sucedió? Sucedió que el Domingo de Ramos, sus corazones estaban llenos del Espíritu Santo y por eso todos estaban alegres y contentos con Jesús y todos le cantaban hosannas y aleluyas y lo aclamaban como a su Rey y Señor, pero el Viernes Santo, como habían expulsado de sus corazones al Espíritu Santo, en sus corazones reinaba el Príncipe de las tinieblas, Satanás, y por eso desconocían a Jesús y preferían a Barrabás, que era un ladrón, y al no reconocer a Jesús, que era el Cordero de Dios, creyeron que Jesús era un impostor y lo condenaron a muerte. Estaban engañados por el Diablo. Una santa, Ana Catalina Emmerich, vio en una visión, que los que insultaban y crucificaban a Jesús, estaban rodeados de muchos ángeles caídos, de formas horribles, que los animaban a que insultaran y golpearan y crucificaran a Jesús. Dice así la santa: "El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mí, cuanto que veía figuras horrorosas de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles, y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y en el corazón de los circunstantes y se ponían sobre sus hombros, y estos sentían el alma llena de pensamientos abominables o proferían horribles imprecaciones" (cfr. Pasión y Resurrección de Jesús. Visiones y Revelaciones, Editorial Guadalupe, Ágape Libros, Buenos Aires 2007, 138). Esto es lo que hace el pecado en el alma: expulsar a Jesús del corazón, como les pasó a  los habitantes de Jerusalén: primero lo recibieron con palmas, y eso es el estado de gracia, cuando Jesús entra en Jerusalén; pero cuando el alma peca y Jesús es expulsado, eso es el pecado mortal, y en ese corazón, Jesús ya no es más el rey de ese corazón, sino que en esa ciudad, en ese corazón, reina el Príncipe de las tinieblas, porque Jesús ha sido expulsado.
          Pero no todos los habitantes de Jerusalén rechazaron a Jesús; el Viernes Santo había un pequeño grupo, los Hijos de María, que estaba junto con la Virgen, orando, que amaba mucho a Jesús y nunca renegó de Él y este grupo, muy pequeño, estaba junto con la Virgen, alrededor suyo, y como la Virgen irradiaba mucha luz, también ellos, aunque había mucha oscuridad alrededor, los alcanzaba la luz que salía de la Virgen, que estaba cerca la cruz. Los que formaban este grupo mariano sí tenían al Espíritu Santo en sus corazones y por eso sus corazones estaban iluminados y radiantes, porque nunca habían expulsado a Jesús de sus corazones y junto con la Virgen, daban mucho consuelo a Jesús con sus oraciones en el Viernes Santo, en el Calvario, en medio de tantos sufrimientos. La Beata Ana Catalina veía muchos ángeles alrededor de Jesús, de la Virgen y de los amigos de Jesús: "Veía con frecuencia sobre Jesús figuras de ángeles llorando o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús" (cfr. Pasión y Resurrección, ibidem).

          Nosotros somos los Hijos de María; no nos comportemos como la multitud del Domingo de Ramos, que un día aclama a Jesús y al otro día lo expulsa de su corazón; como la Virgen, permanezcamos junto a la cruz, y arrepentidos de nuestros pecados, nos arrodillemos para besar los pies ensangrentados de Jesús.

miércoles, 12 de junio de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (VII) - Cuarta Aparición de la Virgen – 19 de agosto de 1917



Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (V) - Cuarta Aparición de la Virgen – 19 de agosto de 1917

El día 13 de agosto, en que debía darse la cuarta aparición, los videntes no pudieron a la cita con la Virgen en Cova da Iría, pues fueron raptados por el Administrador de Ourém quien, con amenazas, quiso arrancarles el secreto. Sin embargo, a pesar de su corta edad y a pesar de la violencia moral y verbal dirigida contra ellos, bajo la forma de múltiples amenazas –incluso los amenazaron de muerte, diciéndoles que los iban a “freír en aceite”, los niños permanecieron firmes y no cedieron a las presiones.
Sin los niños, retenidos por la fuerza, la Virgen lo mismo se hizo presente. A la hora de costumbre, se oyó en Cova da Iría un trueno, al que siguió un relámpago, habiendo notado los espectadores una pequeña nube blanca que se posó algunos minutos sobre la encina. Se observaron también fenómenos cromáticos de diversos colores en el rostro de las personas, en las ropas, en los árboles y en el suelo. Esto indicaba que Nuestra Señora había venido, pero no encontró a los videntes.
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Tres días más tarde, el día 19 de agosto, para cuando ya habían sido liberados los niños, Lucía estaba con Francisco y otro primo en el lugar llamado Valinhos, en una propiedad de uno de sus tíos, cuando a eso de las cuatro de la tarde, comenzaron a producirse las alteraciones atmosféricas que precedían a las apariciones de Nuestra Señora en Cova da Iría: un súbito refrescar de la temperatura, un oscurecimiento del sol y el característico relámpago. Lucía, sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y los envolvía, mandó llamar rápidamente a Jacinta, que llegó a tiempo para ver a la Virgen aparecerse sobre una encina un poco mayor que la de Cova da Iría.
El diálogo entre Lucía y la Virgen, en la Cuarta Aparición de la Virgen, fue el siguiente:
Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?
Nuestra Señora: Quiero que continuéis yendo a Cova da Iría el día 13 y que sigáis rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean.
Lucía: ¿Qué desea que hagamos con el dinero que deja la gente en Cova da Iría?
Nuestra Señora: Que hagan dos andas. Una la llevas tú con Jacinta y otras dos niñas vestidas de blanco, y la otra que la lleve Francisco y otros tres niños. Las andas son para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El dinero que sobre, es para ayuda de una capilla que mandarán hacer.
Lucía: Quería pedirle la curación de algunos enfermos.
Nuestra Señora: Sí, a algunos curaré durante el año. Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas.
Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este.
Los videntes cortaron ramas del árbol sobre el cual Nuestra Señora se había aparecido, y las llevaron a casa. Las ramas exhalaban un perfume singularmente suave[1].    


         -Los niños no pueden acudir a la cita porque son secuestrados por las autoridades civiles de Ourem, quienes incluso los amenazan de muerte. De esta manera, se cumplen las promesas de la Virgen, de que sufrirían tribulaciones en caso de aceptarlas libremente por la conversión de los pecadores. El hecho de que los detuvieran y los amenazaran de muerte, pero sin finalmente llevar a cabo esta amenaza, demuestra que es vano el intento del hombre de detener el designio de Dios, ya que es como pretender ocultar el sol con una mano: puede ser que de momento no se reciba la luz del sol en el rostro, porque está oculto por la mano, pero el sol continúa existiendo e irradiando su luz sobre la tierra, y así sucede con los planes de Dios, que siempre se llevan a cabo. También es importante considerar que incluso hasta quien obra el mal, como el caso de las autoridades civiles de Ourem, es conducido por Dios para que su Voluntad siempre se realice. En este caso, los niños sufrieron la angustia de la persecución por el Nombre de Jesús, con lo cual adquirieron la bienaventuranza de ser perseguidos por Él y por el Reino de Dios. Los que obran el mal también tienen oportunidad de santificación, porque si se arrepienten del mal realizado, Dios, que es Misericordia infinita, los perdona siempre.
         Significado espiritual de la Cuarta Aparición de la Virgen
         -La Virgen vuelve a pedir el rezo del Rosario todos los días, por la conversión de los pecadores, y vuelve a pedir también las mortificaciones o sacrificios, por la misma intención. Para animarnos a la oración, al rezo del Rosario y a hacer sacrificios, la Virgen nos recuerda la visión del infierno de la Aparición anterior: “muchos se condenan en el infierno porque no hay nadie que rece ni haga sacrificios por ellos”. Esto quiere decir que cuando rezamos y cuando hacemos alguna mortificación o sacrificio, o cuando aceptamos con paciencia y amor alguna mortificación que nos sobrevenga, y unimos esto interiormente al sacrificio de Jesús en la Cruz y en la Santa Misa, estamos haciendo algo infinitamente más grande que lo que parece o puede parecer a simple vista. Por ejemplo, si en vez de protestar por la comida que no nos gusta, nos acordamos a Jesús que en la Cruz tiene hambre y sed, y se lo ofrecemos en silencio y con amor, lo que estamos haciendo, en realidad, no es simplemente “ser buenos”, ni tampoco simplemente estamos ejercitándonos en la virtud: lo que estamos haciendo, al unir ese pequeño sacrificio, con el sacrificio de Jesús, es: ¡salvar un alma! Cuando rezamos el Rosario, no estamos simplemente recitando unas oraciones de memoria: nos unimos espiritualmente a Jesús, que en la Cruz y en la Santa Misa, ora por nuestra salvación a Dios Padre. Por este motivo, el hecho de rezar -y sobre todo rezar el Rosario- y hacer sacrificios o mortificaciones, es algo grandísimo, algo que solo en el cielo podremos llegar a apreciar en todo su significado: por recitar las Avemarías meditando los misterios de la vida de Jesús; por no quejarnos, por hacer lo que nos piden, por ser pacientes, por ejercer la humildad, estamos salvando un alma de la condenación eterna, porque estamos uniéndonos a Dios en su obra de iluminar las almas con su gracia, y cuando Dios ilumina con su gracia al alma, en lo más profundo del corazón y de la mente, esa persona deja de obrar el mal y empieza a amar a Dios y a obrar el bien, y así comienza su camino de salvación, su camino para ir al cielo, y eso se llama “conversión”.
         Como vemos, rezar el Rosario y hacer sacrificios, penitencias y mortificaciones, son pequeñas acciones que, unidas al Sacrificio de Jesús en la Cruz y en la Santa Misa –que es el mismo y único sacrificio-, se convierten en algo grandioso: ¡unidos a Jesús y a la Virgen, salvamos muchas almas de condenarse en el infierno!  


[1] Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 61-65.

viernes, 5 de abril de 2013

La Divina Misericordia para Niños



         Una vez Jesús le dijo a una monjita, que se llamaba Sor Faustina y que ahora está en el cielo para siempre, que Él quería que en la Iglesia se hiciera una fiesta muy grande y muy linda y que Él quería que se llame “Fiesta de la Divina Misericordia”.
         Esa fiesta –que no era una fiesta como las de cumpleaños, con globos, tortas, y todas esas cosas, pero era una fiesta más linda que la más linda fiesta de cumpleaños- se tenía que hacer un día muy especial: el domingo después de su Resurrección.
         Jesús también le dijo a Sor Faustina que pintara un cuadro así como lo veía y que pusiera abajo un cartel que decía: “Jesús en Vos confío”. Jesús quería que Sor Faustina hiciera un cuadro igual a como Él estaba cuando se le apareció en el convento. ¿Cómo estaba Jesús? Jesús estaba muy hermoso, con ojos que reflejaban amor y paz, los mismos ojos con los que nos mira desde la Cruz; su mano izquierda estaba en su Corazón, y su mano derecha estaba en alto, como cuando el sacerdote da la bendición. Llevaba puesta una túnica blanca, con un cinturón dorado, y estaba descalzo. De su Corazón salía una luz blanca y una luz roja: la luz blanca quiere decir el Agua que limpia al alma del pecado que la ensucia; la luz roja, quiere decir su Sangre, que cuando cae sobre el alma, le da la vida que tiene Dios, que es vida eterna.
         Jesús prometió además que ese día, el día de la Fiesta de la Divina Misericordia, si alguien se confesaba, iba a quedar con su alma sin pecados. Y un alma sin pecados, es muy parecida al alma de la Virgen. ¿Cómo era el alma de la Virgen? Era más que limpia, limpidísima, porque cuando Ella comenzó a existir en la panza de su mamá, Santa Ana, desde ese entonces, tuvo siempre a su alma limpita de pecados; además, como la Virgen era tan Hermosa y Pura, Dios la amaba tanto a la Virgen, que le envió al Espíritu Santo para que viviera en su Corazón. Por eso es que la Virgen se llama “Inmaculada Concepción” y “Llena de gracia”, porque está sin pecados, y porque el Espíritu Santo, que se aparece como una paloma, vive en Ella, y le gusta tanto estar con la Virgen, que hizo del Corazón de la Virgen su nido de luz y de amor.
         Bueno, Jesús quiere que para esta fiesta, nosotros seamos como la Virgen, es decir, que nuestras almas estén limpias de pecado y llenas de la gracia de Dios, y esto se consigue con la Confesión sacramental y con la Comunión eucarística: con la Confesión se limpian los pecados; con la comunión, el alma se llena de gracia –que es como decir la luz, la vida y el Amor de Dios-, porque viene al alma Jesús, que es la Gracia Increada.
         Si nos confesamos y comulgamos, recibiendo a Jesús con Amor en el corazón, entonces vamos a disfrutar mucho de esta gran fiesta del cielo, la Fiesta de la Divina Misericordia.

sábado, 16 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIII) El sacerdote se lava las manos



Ahora el sacerdote se lava las manos.
¿Por qué el sacerdote se lava las manos, si ya las tiene limpias? Porque así como el agua quita las manchas y suciedades que puedan tener las manos, así la gracia y la misericordia de Dios quitan las manchas y suciedades del alma del sacerdote (imperfecciones, pecados veniales, amor propio, faltas de amor, impaciencia, soberbia, orgullo, etc.)[1]. Esto es muy necesario para seguir con esta parte de la Misa: debemos continuar con las manos puras, pero sobre todo, con un corazón puro[2].
Sólo el sacerdote se lava las manos, pero también nosotros, que asistimos en la Santa Misa, podemos unirnos los asistentes pueden y deben pedir lo mismo, uniéndose espiritualmente a la oración del sacerdote: “¡Señor, lávame totalmente de mi culpa y limpia mi pecado!”. El agua que lava las manos simboliza la gracia que purifica el alma dejándola preparada para recibir el Santísimo Sacramento del altar. Pero para el sacerdote tiene además otro significado: debido a que sus manos van a de tocar el Cuerpo de Jesús, luego de la transubstanciación, deben mantenerse libres de toda mancha terrena[3], de toda impureza y de todo afecto impuro. ¿Cómo podría darle un disgusto a Jesús, haciéndolo bajar en manos sucias y con olor a cosas malas? El sacerdote se lava las manos para que el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía no sea tocado con manos impuras.
Además de estos significados, hay otro más en el gesto del lavado de manos, y para saber cuál es, debemos recordar la Pasión de Jesús, en el momento en el que Pilatos, acobardado ante los judíos que piden que Jesús sea crucificado diciendo: “¡No queremos que este reine sobre nosotros! (cfr. Lc 19, 11-27) ¡Crucifícalo!” (Lc 23, 21), se lava las manos para desentenderse de su muerte. En realidad, es un acto de cobardía, porque Jesús ya estaba muy malherido, muy golpeado, con mucha sangre que salía de sus heridas. Estaba indefenso y débil, afiebrado por toda la sangre que había perdido, cansado, agotado, con hambre y sed, muy dolorido, entristecido. No representaba un peligro para nadie; por el contrario, despertaba compasión verlo así tan golpeado y con tanto dolor. Y sin embargo, Pilatos se lava las manos, como diciendo: “Yo se los entrego, con tal que ustedes no me demanden al César, porque si ustedes me demandan, voy a perder el puesto de gobernador. Prefiero seguir siendo gobernador, y no me importa si para eso lo tienen que matar. Yo me lavo las manos!”.
Al realizar este gesto el sacerdote, de lavarse las manos, que se afirme nuestro corazón en el amor de Cristo crucificado, pidiendo la gracia, al mismo tiempo, de morir antes que negarlo, y que resuene en nuestro corazón un potente grito: “¡Nunca como Pilatos!”[4].
Y ya que nos hemos trasladado espiritualmente al momento en el que Pilatos niega a Jesús, recordemos que la multitud pide que la sangre de Jesús caiga sobre ellos: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros!” (Mt 27, 25), porque también nosotros pedimos lo mismo, pero no en el sentido blasfemo y sacrílego de la multitud, sino como una súplica ardiente a Dios, porque no será el agua, sino la Sangre de Cristo, que será derramada en al altar de la cruz y recogida en el cáliz del altar, la que limpiará nuestros pecados y los pecados de los hombres.


[1] Cfr. Manglano Castellary, o. c., 44.
[2] Cfr. Schnitzler, o. c., 448.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. Schnitzler, o. c., 449.