Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta Divino Niño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Divino Niño. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de julio de 2023

El Divino Niño Jesús

 



         Es una devoción muy antigua entre los católicos; en antiguos escritos se indica que la devoción al Divino Niño empezó en el Monte Carmelo (Israel), donde, según la tradición, Jesús iba frecuentemente a pasear y a rezar con sus padres, San José y la Virgen María, y sus abuelos San Joaquín y Santa Ana[1]. Para los católicos, el honrar esta edad de Jesucristo, la Santa Infancia, es un recordatorio de cómo Dios ama la inocencia y la pureza de cuerpo y alma[2].

Ya hacia el año 1200 San Francisco de Asís dispuso recordar con mucha solemnidad la Navidad haciendo un pesebre lo más parecido posible al de Belén y representando al Divino Niño con un niño recién nacido, recordando al mismo tiempo la gran bondad del Hijo de Dios al quererse hacer hombre, sin dejar de ser Dios, para salvar nuestra alma.

También San Antonio de Padua fue un entusiasta devoto del Niño Jesús quien, según la tradición, se le apareció mientras meditaba en las Escrituras, razón por la cual se retrata al santo con el Divino Niño.

Otro santo al que se le presenta en las imágenes teniendo entre sus brazos al Niño Jesús es San Cayetano, el cual lo que necesitaba pedir lo pedía por los méritos de la infancia de Jesús. Además de los santos, millones de católicos han obtenido favores y gracias a Dios, por los méritos de la infancia de Jesús y han conseguido milagros inimaginables y esto se corresponde con la promesa que Jesús le hizo a la venerable Margarita del Santísimo Sacramento, en el año 1636: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada”.

Modernamente los santos que más contribuyeron a difundir la devoción al Niño de Belén fueron Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. De manera especial, Santa Teresa de Jesús le tenía un gran amor al Divino Niño y un día tuvo una experiencia mística con el Divino Niño: estaba Santa Teresa en el Convento, al pie de unas escaleras, cuando contempló a un niño; entonces la santa, que todavía no se había dado cuenta que era Jesús Niño, le dijo: “Yo soy Teresa de Jesús, ¿y tú quién eres?” Y el Divino Niño le respondió: “Yo soy Jesús de Teresa”, luego de lo cual desapareció y ahí fue cuando Santa Teresa de Ávila se dio cuenta que era el Niño Jesús. Como recuerdo de esta visión la santa llevó siempre en sus viajes una estatua del Divino Niño, y en cada casa de su comunidad mandó tener y honrar una bella imagen del Niño Jesús que casi siempre ella misma dejaba de regalo al despedirse.

Existen alrededor de todo el mundo muchas figuras e imágenes representando al Niño Jesús mediante las cuales se han obtenido grandes milagros. Entre las más conocidas se encuentran: El Niño Jesús de Praga, en Checoslovaquia; el Santo Niño de Atocha, en México; el Divino Niño de Arenzano, en Italia y el milagroso Niño Jesús de Bogotá en Colombia, entre otros.

Por último, podemos preguntarnos: ¿qué representa el Divino Niño para los católicos?

Ante todo, es un recuerdo de cómo Dios Hijo, siendo el Hijo Eterno del Eterno Padre, quiso encarnarse por obra del Espíritu Santo, en el seno virginal de María Santísima, para así manifestarse ante nosotros, los hombres, como un “hijo de hombre”, es decir, como un niño, aunque en realidad, su Padre no es San José, que era casto y puro, sino Dios Padre. Nos recuerda entonces que el Verbo Eterno del Padre, por quien todas las cosas, visibles e invisibles, fueron creadas, siendo Dios, quiso atravesar todas las etapas de la vida humana, sin dejar de ser Dios. Así, por ejemplo, si regresamos a las etapas anteriores del Divino Niño -que en las imágenes debe tener unos nueve o diez años-, el Verbo de Dios encarnado también pasó por todas las etapas que atraviesa un ser humano; de esta manera, antes de ser Divino Niño, el Verbo Encarnado fue Divino Cigoto -hay que recordar que los cromosomas paternos no pertenecen a ningún hombre, sino que fueron creados por el Espíritu Santo en el momento de la Encarnación-, luego Divino Embrión, al nacer fue el Divino Niño recién nacido, luego el Divino Niño propiamente, luego el Divino Jesús Adolescente, el Divino Jesús Joven, el Divino Jesús Adulto, en cuya edad terrena, a los treinta y tres, se inmoló voluntariamente por nuestra salvación en el Santo Sacrificio de la Cruz, Santo Sacrificio que se renueva cada vez, incruenta y sacramentalmente, en la Santa Misa.

Representa también el Divino Niño la pureza, la inocencia, el candor, de la niñez, pero no solo de la niñez humana, sino la Pureza, Inocencia, Candor, del Acto de Ser divino trinitario, del cual se deriva y es imagen la pureza, la inocencia y el candor de la niñez humana. En otras palabras, si el niño es inocente, puro y cándido, lo es ante todo Dios Uno y Trino, quien es la Inocencia Increada, la Pureza Increada y la Candidez Increada y es eso lo que nos recuerdan cada niño que vemos.

Quienes somos ya adultos, poco y nada tenemos de esa pureza, inocencia y candor que tienen los niños, imagen de la pureza, inocencia y candor del Divino Niño y aquí se nos presenta un problema, porque Jesús nos advierte que no entraremos en el Reino de los cielos, sino somos “como niños”, lo cual no quiere decir obrar de modo infantil siendo adultos, sino ser “como niños”, tener la pureza, la inocencia y el candor de los niños. Entonces, surge la pregunta: ¿cómo podemos ser como niños, para entrar en el Reino de los cielos, si ya somos adultos? La respuesta es: por medio de la gracia santificante que nos otorgan los sacramentos, porque por la gracia participamos de la vida de la Trinidad y por lo tanto participamos de la Pureza, de la Inocencia y del Candor de la Santísima Trinidad. Al recordarlo en su día, le pidamos al Divino Niño Jesús que bendiga y proteja a todos los niños del mundo, y que a nosotros nos conceda la gracia de “ser como niños”, para así poder entrar en el Reino de los cielos.

martes, 20 de julio de 2021

El Divino Niño Jesús y la necesidad de la infancia espiritual para alcanzar el Reino de los cielos

 



Cuando nos preguntamos acerca del origen de la devoción, hay que decir que desde los primeros tiempos de la Iglesia, el misterio de la infancia del Hombre-Dios Jesucristo ha sido motivo de gran devoción, además de ser objeto de estudio y de asombro para todos los santos, porque el hecho de que Dios se haya encarnado es lo más grandioso que le pueda haber ocurrido a la humanidad y dentro de ese misterio, está el hecho de que el Hombre-Dios ha querido vivir todas las etapas de la vida humana, incluida la niñez y esto es motivo de asombro, de estudio, de contemplación y de crecer cada vez más en el amor a Dios, que por tener nuestro amor, no ha dudado en encarnarse y en vivir como niño. Por otra parte y también en cuanto al origen de la devoción, hay quienes afirman que la devoción al Divino Niño empezó en el Monte Carmelo (Israel), donde, según la tradición, Jesús iba frecuentemente a pasear y a rezar con sus padres, San José y la Virgen María, y sus abuelos San Joaquín y Santa Ana[1].

Al contemplar al Divino Niño y considerando que ese Niño es Dios, surge una pregunta: ¿porqué Dios se nos manifiesta como Niño, siendo que podría manifestarse en todo el esplendor de su gloria y majestad? A esta pregunta hay que decir que Dios se ha encarnado y ha querido vivir como niño, incluso como niño recién nacido para que, entre otras cosas, no tengamos miedo en acudir a Dios, porque así como nadie tiene miedo de un recién nacido, así tampoco nadie puede poner como excusas de que tiene miedo de acercarse a Dios, por su gran majestad, cuando Él se ha hecho niño para que nosotros nos acerquemos a Él. Pero también se ha hecho niño por otro motivo: para que lo imitemos a Él en su niñez y así lo dice desde las Sagradas Escrituras, el mismo Jesús: “Quien no se haga como niño, no entrará en el Reino de los cielos”. Esto no significa ser infantiles, sino adquirir la verdadera infancia espiritual, caracterizada por la inocencia y la pureza de cuerpo y alma, todo lo cual no lo conseguimos por nosotros mismos, sino que nos lo concede la gracia santificante. Cuando Jesús nos dice que nos hagamos “como niños” para entrar en el Reino de los cielos, quiere en primer lugar que lo imitemos a Él en su niñez: en su inocencia –Él es la Inocencia Increada-; en su vivir en su humanidad en completo, plenísimo y perfectísimo estado de gracia –Él es la Gracia Increada- y así, si perdimos la gracia por la desgracia del pecado, acudamos al Sacramento de la Confesión para recuperarla; quiere que lo imitemos en su niñez porque es la etapa de su vida terrena en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, porque si bien siendo ya joven y adulto no se separó nunca espiritual y místicamente de la Virgen, sí se separó físicamente, porque tenía que predicar y que sufrir la Pasión, por eso la edad de su niñez es la edad en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, físicamente hablando: Jesús quiere que lo imitemos en esto y si bien no podemos estar físicamente entre los brazos de la Virgen, sí podemos, como hijos pequeños de la Virgen que somos, consagrarnos a su Inmaculado Corazón y vivir dentro del Corazón de la Virgen, como niños pequeños, hasta que llegue el momento de nuestra partida terrena a la otra vida.

Imitemos entonces al Niño Jesús en su niñez, pero como dijimos, esto no depende de nuestras fuerzas, sino de la gracia santificante, porque es la gracia la que nos comunica la inocencia, la pureza, la candidez, del Niño Jesús; por eso, cuanto más estemos en gracia, tanto más seremos como niños y tanto más estaremos seguros de entrar en el Reino de los cielos.

Por último, hay que decir que todos los santos, sin excepción, tuvieron, en mayor o menor grado, devoción al Niño Jesús. En el año 1636, Jesús le hizo una promesa a una monja carmelita del convento de Beaune en Francia, conocida como la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento. Cristo le dijo: “Todo lo que quieras pedir, pídemelo por los méritos de mi infancia, y nada te será negado”. Otra anécdota entre los santos es la que le sucedió a Santa Teresa de Ávila, de quien se dice en su biografía que cuando emprendía el camino para fundar un convento, llevaba consigo una hermosa imagen del Niño Jesús, porque era muy devota del Niño Jesús. Se cuenta una anécdota, real, que experimentó la santa, como premio a su amor por el Niño Jesús: una vez estaba la santa en el convento, al pie de unas escaleras, cuando ve hacia arriba, en el rellano de las escaleras, a un niño; entonces la santa, extrañada por la presencia de un niño, le dijo: “¿Quién eres, Niño? Yo soy Teresa de Jesús”, a lo que el Niño Jesús le respondió: “Y Yo Soy Jesús de Teresa”. Y luego desapareció.

Honremos y adoremos a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que nosotros, hechos niños por la gracia, seamos capaces de entrar en el Reino de los cielos.

 

viernes, 12 de abril de 2013

Hora Santa para Niños y Jóvenes



         Inicio: Venimos a adorar al Divino Niño, que está Presente pero oculto, invisible, en la Eucaristía. No lo vemos con los ojos del cuerpo, y por eso le pedimos a la Virgen, la Mamá del Niño Jesús, que nos dé sus ojos para verlo y su Corazón Inmaculado para amarlo. También les pedimos a nuestros ángeles custodios y a San Miguel Arcángel que nos ayuden para que la adoración sea del agrado del Niño Jesús. Venimos a pedirle por nosotros y por los niños y jóvenes del mundo entero. Hacemos silencio “por fuera”, y por eso no hablamos, y hacemos silencio también “por dentro”, pensando sólo en Jesús y en la Virgen y en nadie más.

         Canto de entrada: “Oh buen Jesús”.

Acto de fe
¡Oh, buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar.
Acto de humildad
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa Comunión;
Jesús que ves mi nada y mi pecado,
/prepara Tú mi pobre corazón./ (bis)
Acto de dolor
Pequé Señor, ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
me pesa ya; perdón, Señor, te pido,
/eres mi Dios, apelo a tu bondad./ (bis)
Acto de esperanza
Espero en Ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz que dice “Ven a mí”,
porque eres fiel, por eso en Ti confío;
/todo Señor, lo espero yo de Ti./ (bis)
Acto de amor
¡Oh, buen pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que constante
/he de vivir tan sólo de tu amor./ (bis)
Acto de deseo
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien te come bien;
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida,
/desciende a mí, hasta mi pecho ven./ (bis)

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación

         Jesús, Divino Niño, que siendo Dios omnipotente viniste a nosotros como un Niño en Belén, para que no tuviéramos miedo en acercarnos a Ti, enciende en nuestros corazones el amor hacia Ti.
Tú eres un Dios con corazón de niño, por eso te pedimos que siempre conservemos la inocencia que da la gracia.
Haz que recordemos siempre tu Nacimiento milagroso en Belén y que te conozcamos en el misterio de la Eucaristía.
Divino Niño, queremos adorarte en la Eucaristía así como te adoraron los pastores en Belén en la Noche de Navidad; queremos presentarte regalos, como los regalos que te hicieron los Reyes Magos, que te llevaron oro, incienso y mirra.
Con tu ayuda, nosotros queremos darte el oro de la adoración, el incienso de la oración y la mirra de la mortificación.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que luego de nacer fuiste presentado en el templo llevado en los brazos de la Virgen María, haz que seamos siempre como niños pequeños, para que también seamos llevados en los brazos de María y por Ella seamos presentados ante Ti, Dios nuestro.
         Jesús, Divino Niño, que en tu divina infancia fuiste criado y educado por María y José, haz que también ellos nos críen y eduquen para que seamos niños y jóvenes santos, y no permitas que las vanas atracciones del mundo nos alejen de Ti. Hoy el mundo nos muestra muchas distracciones, la mayoría de ellas malas, como la música cumbia, el rock, las diversiones malas, los programas de televisión y de internet que ofenden a Dios.
         Si nos dejamos llevar por estas cosas malas, somos como un niño que se desprende de las manos de sus padres y corre hacia un precipicio muy hondo, en cuyo fondo habita el ángel de la oscuridad, el ángel caído, el demonio. Así como Tú, siendo Niño, ibas siempre de la mano de tus papás, no permitas que nunca nos soltemos de la mano de la Virgen y de San José.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que a los doce años te quedaste en el templo en vez de volver con tus padres, porque “tenías que ocuparte de las cosas de tu Padre Dios”, por este misterio de tu Divina Infancia, haz que te encontremos siempre en el templo, en el sagrario, en la Eucaristía; haz que nunca nos separemos de la verdadera y única Iglesia, la Iglesia Católica; haz que nunca cometamos el pecado de apostasía, que es ir a otras iglesias, a otros cultos, a otras religiones; haz que nunca cometamos el pecado de idolatría, que es rezarle a ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte; haz que nunca creamos en el horóscopo, en el Tarot, en el juego de la copa, en la magia o en la brujería, porque como dice el Papa Francisco, “no nos salva ni la brujería, ni el Tarot, ni nosotros mismos, sino Cristo Jesús”; haz que Te encontremos en el templo, en el sagrario, en donde nos esperas en el invento de tu Amor, la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Jesús, Divino Niño, que “creciendo en gracia y sabiduría” te hiciste adolescente y luego joven, y permaneciste en tu adolescencia y juventud siempre en la obediencia amorosa a tus padres, María y José, haz que nosotros vivamos siempre con amor el Cuarto Mandamiento, “Honrarás padre y madre”, el mandamiento que manda amar a los padres, honrándolos con la obediencia, el respeto, el trato afectuoso, la compasión, la ayuda en sus dificultades. No permitas que nunca cometamos el gravísimo error de faltarles el respeto, de levantarles la voz, de desobedecerlos, de no auxiliarlos cuando necesiten de nuestra ayuda. Antes bien, ayúdanos a ser como Tú, Hijo ejemplar, amoroso y dedicado, y que nuestros padres puedan sentirse amados y respetados por nosotros.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que siendo ya adulto no dejaste nunca de amar a tus padres terrenos, pero que luego de la muerte de San José te separaste de la tu Mamá, la Virgen, para cumplir la Voluntad de Dios Padre, que quería que murieras en la Cruz para salvar nuestras almas, haz que a ejemplo tuyo, sepamos separarnos de nuestros seres queridos si esa es tu Voluntad, para que vivamos la vocación a la cual Tú nos has llamado, ya sea el matrimonio o la vida consagrada.

Silencio para meditar.

         Peticiones:

         A cada intención respondemos: “Por los dolores de la Virgen María, escúchanos Señor”.

-Por el Santo Padre Francisco, por los obispos y sacerdotes de la Santa Iglesia Católica, para que guiados por Ti, Divino Niño, sepan dar testimonio de tu Amor. Oremos al Señor.

         -Por nuestras familias y las familias del mundo entero, para que el Divino Niño, Presente en la Eucaristía, sea su único tesoro. Oremos al Señor.

         -Por los niños y jóvenes de nuestra comunidad y de todo el mundo, para que Te conozcan a Ti, Divino Niño, Presente en la Eucaristía, para que sus vidas sean iluminadas con el resplandor de tu gloria. Oremos al Señor.

         -Por los niños que sufren, cualquiera sea su causa, para que encuentren en Ti, Divino Niño, su consuelo en esta vida y en la vida eterna. Oremos al Señor.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación final: Divino Niño Jesús, debemos ya retirarnos. En esta Hora Santa, hemos recibido de Ti torrentes infinitos de Amor y de gracia, de luz, de vida, de amor y de alegría. Queremos dar a los demás todo lo que de tu Sagrado Corazón hemos recibido. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos y a acordarnos siempre de Ti, y para eso, le pedimos a tu Mamá, la Virgen, que imprima tu imagen en nuestros corazones; así, cada latido nuestro dirá: “Jesús, María, os amo”.

         Canto de salida: “El trece de mayo”.

A tres pastorcitos la Madre de Dios,
descubre el misterio de su corazón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Haced penitencia, haced oración,
por los pecadores implorad perdón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Las modas arrastran al fuego infernal,
vestid con decencia si os queréis salvar.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

El Santo Rosario constantes rezad,
y la paz del mundo el Señor os dará.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

¡Qué pura y qué bella se muestra María,
qué llena de gracia en Cova de Iria!
Ave, ave, ave Maria. Ave, ave, ave Maria.

viernes, 27 de abril de 2012

Hora Santa para Nacer - Niños y Adolescentes Adoradores de Cristo Eucaristía



Antes de la Adoración propiamente dicha: se enseña a hacer la genuflexión: la rodilla debe tocar el suelo, la vista debe estar fija en el Sagrario.
Se explica anteriormente a la visita, a los niños y a los adolescentes, que estamos delante de Jesús, y que por lo tanto, se debe tener una actitud de respeto y de silencio.
Vamos a hablar interiormente con Jesús; con los amigos, se puede hablar una vez que salgamos del Oratorio.
La adoración será de un máximo de veinte minutos. Debe haber un guía.
        
Inicio de la Adoración

         Canto Eucarístico: Oh Buen Jesús, yo creo firmemente.

Oración Introductoria: Nos encontramos ante la Presencia Real de Jesús. Dejemos de lado toda otra cosa, para no distraernos.

Guía: Oración de los Pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro y Te amo; Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran ni Te aman”. (Se dice esta oración de forma pausada, por tres veces, con breve silencio entre ellas). Breve silencio al finalizar.

         Guía: Señor Jesús, Rey del cielo, vengo a visitarte.
                   No te veo, pero sé que estás escondido en la Eucaristía.
                   Vengo a decirte que te quiero mucho, y que te amo con todo el corazón.
                   Sé que muchas veces no me porto bien,
                   Pero desde ahora te prometo que voy a ser cada vez más bueno.
                   En esta adoración, Jesús, quiero pedirte que me ayudes a ser un niño santo, y para eso recordaré junto contigo cuando Tú eras niño como yo.

         Querido Jesús Eucaristía, queremos hacerte el regalo de nuestra niñez, ya que Tú también fuiste Niño, cuando vivías aquí en la tierra con tu Mamá, la Virgen, y San José. Así como fuiste protegido por ellos, también nosotros queremos que nos protejan, y nos enseñen a ser cada día más buenos, para crecer “en gracia y santidad”, como Tú.
        
Querido Jesús Eucaristía, queremos ser como Tú, cuando eras Niño; queremos aprender de tu infancia; queremos aprender a amar a nuestros papás y mamás como Tú los amabas. Queremos que nos enseñes a ser como eras Tú cuando tenías nuestra edad; queremos obedecer a nuestros padres, como Tú les obedecías; queremos respetarlos, honrarlos y amarlos, como Tú, Divino Niño, los respetabas, honrabas y amabas.
        
         Querido Jesús Eucaristía, cuando eras Niño, sufriste mucho por nosotros, y ya desde antes de ser un bebé en brazos de Tu Mamá, la Virgen, ofreciste tu infancia a Dios para salvarnos. ¡Ayúdanos con tu luz y tu amor, para que nosotros sepamos ofrecer sacrificios y mortificaciones para la salvación de las almas!

         Querido Jesús Eucaristía, cuando eras Niño, no tenías todas las comodidades que tenemos nosotros ahora, y además pasaste hambre y frío en muchas oportunidades, como cuando tuviste que huir de Herodes, que no quería que fueras rey. Tú, que siendo Niño te sacrificaste por nuestra salvación, ¡ayúdanos a ofrecer sacrificios, para la salvación de los pecadores! Haz que sepamos ofrecerte el sacrificio de privarnos de cosas buenas, para que todos se salven. Ven, Divino Niño Jesús, y haz que nuestra infancia transcurra en tu paz y en tu amor.
         Querido Jesús Eucaristía, que cuando tenías doce años te quedaste en el templo para ocuparte de las cosas de Dios Padre, haz que también nosotros, como niños adoradores de Tu Presencia Eucarística, seamos capaces de rezar mucho, como lo hacías Tú, y de ocuparnos más de las cosas de Dios y menos de las cosas del mundo.

         Querido Jesús Eucaristía, que cuando fuiste adolescente, aprendiste el oficio de carpintero que te enseñó tu padre adoptivo, San José, y ayudaste en los quehaceres de la casa a Tu Mamá, la Virgen María, ayúdanos para que demostremos amor a nuestros padres, ayudándolos en todo lo que podamos, de buena gana y sin que nos tengan que pedir con insistencia.

         Querido Jesús Eucaristía, que como Niño alegraste las vidas de tu Mamá y de tu papá San José, haz que también nosotros, buscando de ser santos, seamos también la alegría de nuestros padres, de nuestros hermanos, y de todos los que nos rodean.

         Querido Jesús Eucaristía, que desde Niño muy pequeño añorabas ser grande para algún día subir a la Cruz y así poder salvarnos, haz que también nosotros deseemos subir a la Cruz, para unirnos a Ti en tu sacrificio salvador.

         Oración en silencio por espacio de tres a cinco minutos. Antes de comenzar esta oración en silencio, el Guía explica a los niños que ahora tienen tiempo para hablar a Jesús con el corazón, que deben concentrarse en qué es lo que quieren decirle a Jesús.
Les explica el Guía a los niños que pueden pedir por sus papás, por sus hermanos, por sus seres queridos, por sus amigos.

         Guía: Pasados los cinco minutos, retoma el Guía, recitando nuevamente la oración de adoración de los Pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro, y Te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran, ni Te aman”.

         Guía: Jesús, Dios de la Eucaristía, Dios del Amor, de la luz y de la paz,
                   Me despido hasta la próxima visita.
                   Te dejo mi corazón junto al Sagrario,
                   Para que lo cuides de todo mal.
                   Te adoro con toda mi alma.
                   Querido Jesús Eucaristía,
                   Nunca dejes que me aparte de Ti.
          Querido Jesús Eucaristía, Divino Niño Jesús, acepta el don que te hago de mi infancia, y ayúdame a amar a Dios y a todo el mundo, con tu mismo Amor.

         Guía: recita nuevamente la oración de adoración de los Pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro, y Te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran, ni Te aman”.

Nuestra Señora de la Caridad, Tú que llevaste a Jesús dentro tuyo, como si fueras un Sagrario, te pido que me enseñes a amar a Jesús Eucaristía como Tú lo amas.

Señal de la cruz.

Canto Eucarístico de salida. Te adoramos, Hostia divina.