Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 1 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús quiere que carguemos la cruz



(Domingo XIII – TO – Ciclo A – 2017)

         Jesús nos dice que tenemos que hacer tres cosas: cargar la cruz, negarnos a nosotros mismos y seguirlo a Él (cfr. Mt 10, 37-42).
         ¿Qué quiere decir cada una de estas cosas?
         “Cargar la cruz”, quiere decir reconocer que somos pecadores y que el pecado nace de nuestros corazones y que sólo la Sangre de Jesús nos quita el pecado.
         “Negarnos a nosotros mismos”, quiere decir que, cuando tenemos la tentación de cometer un pecado –cuando decimos mentiras, cuando hacemos pereza, cuando peleamos, por ejemplo-, decimos “no” a la tentación y, en vez de hacer lo que nosotros queremos hacer, hacemos “lo que Jesús nos dice”. Por ejemplo, si tenemos pereza para ayudar en el hogar, o para hacer las tareas de la casa, decimos “no” a la pereza, y hacemos lo que tenemos que hacer. O si estamos enojados con alguien, en vez de seguir enojados, hacemos lo que Jesús nos dice: “Ama a tus enemigos” y hacemos las paces. O también, cuando tenemos pereza para venir a Misa, decimos “no” a la pereza y venimos a Misa, para recibir a Jesús en la Eucaristía.
         “Seguir a Jesús”, quiere decir camina detrás de Él, para subir hasta la cima del Monte Calvario, para morir al hombre viejo –somos nosotros cuando nos enojamos, cuando peleamos, cuando somos perezosos- y nacer al hombre nuevo, que vive la vida de la gracia, que es vivir con la vida misma de Jesús.

         Entonces, hagamos el siguiente propósito: al levantarnos cada día, nos preguntemos: “¿Qué me dice Jesús que tengo que hacer? Cargar la cruz, negarnos a nosotros mismos, y seguirlo por el Camino del Calvario”.

sábado, 14 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños: Moisés levantó en alto la serpiente, el sacerdote levanta en alto la Hostia


(Domingo IV – TC – Ciclo B - 2015)

         En el Evangelio de este Domingo (cfr. Jn 3, 14-21), Jesús nos hace acordar de una vez que en el Antiguo Testamento, el Pueblo Elegido tenía que pasar por el desierto para llegar a Jerusalén y le aparecieron muchas víboras venenosas que los mordían a los judíos; entonces Dios le dijo a Moisés que fabricara una serpiente de bronce y que la pusiera en un palo y la levantara bien alto y que hiciera que la miraran todos los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas, para que se curaran, y así sucedió.
         ¿Por qué Jesús nos hace acordar esto que pasó hace mucho en el desierto?
         Porque ahí estábamos representados nosotros: los católicos somos el Nuevo Pueblo Elegido; el desierto es esta vida; la Jerusalén a la que vamos, no es la de la tierra, sino la del cielo; las serpientes que atacaban a los judíos, son los demonios; el veneno de las serpientes, es el pecado; el veneno les producía la muerte del cuerpo a los judíos, a nosotros el pecado nos produce la muerte del alma, porque nos quita la vida de la gracia; Moisés, representaba a Dios Padre, pero también representa al sacerdote ministerial. Pero falta una cosa: ¿qué representa la serpiente de bronce? Representa a Jesús en la cruz, porque así lo dice el mismo Jesús: “Así como Moisés levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que el cree en él, tenga vida eterna”. Los judíos, cuando miraban la serpiente de bronce de Moisés, quedaban curados, porque por un milagro, recibían la curación que venía de Dios; nosotros, cuando nos arrodillamos delante de Jesús crucificado, recibimos su Vida eterna, porque Él la da a quien lo ama y deja que su Sangre le quite sus pecados, porque Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Y como en la Misa, Jesús hace lo mismo que hizo en la cruz, cuando el sacerdote eleva la Eucaristía, eleva a Jesús, y eso quiere decir que, cuando miramos la Eucaristía y la adoramos, es decir, la amamos con toda la fuerza del amor de nuestros corazones, entonces recibimos la Vida eterna que sale del Corazón de Jesús, así como el agua cristalina sale de la fuente.

sábado, 25 de octubre de 2014

La Misa explicada a monaguillos Parte 2


         ¿Qué es la Misa?
         La Misa es un sacrificio.
         ¿Qué es un sacrificio?
         Es la ofrenda que se hace a Dios para pedir un favor o en reconocimiento de su majestad. Es el esfuerzo que alguien hace para conseguir algo o para favorecer a alguien.
         ¿Por qué la Misa es un sacrificio?
         Porque en la Misa es Jesús el que le ofrece a Dios su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en nombre de todos nosotros. Lo hace por cuatro fines: para adorar a Dios Uno y Trino –se llama “fin latréutico o de adoración”-; para darle gracias –se llama “fin eucarístico o de acción de gracias”-; para pedir perdón por nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del Purgatorio –se llama “fin propiciatorio”- y para interceder por nosotros y alcanzar las gracias que necesitamos –se llama “fin impetratorio o de petición”-. Entonces, resumiendo, estos son los cuatro fines del sacrificio de Jesús en la Misa: adoración, acción de gracias, propiciación, petición.
         ¿Qué clase de sacrificio hace Jesús en la Misa?
         En la Misa, Jesús hace el mismo Sacrificio de la Cruz, solo que de modo incruento, que quiere decir, sin derramamiento de sangre, e invisible. Es decir, nosotros no lo vemos, porque está oculto detrás de lo que parece ser pan y vino, pero que después de las palabras de la consagración, ya no son más pan y vino, sino su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Jesús en la Misa, hace lo mismo que hace en el Calvario: entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en la Cruz.
         ¿Tiene algo que ver la Misa con el Sacrificio de Jesús en la Cruz del Viernes Santo?
         Sí, tiene mucho que ver, porque la Misa es ese mismo Sacrificio de la Cruz del Viernes Santo, y no otra cosa. Puesto que nadie se salva si no es por la Cruz de Jesús, por la Misa, el sacrificio de la cruz de Jesús se presente para nosotros, misteriosamente, de modo invisible, para que también nosotros alcancemos la salvación que nos consiguió Jesús por su sacrificio. Si no hubiera Misa, no tendríamos forma de salvarnos, porque no podríamos alcanzar la Cruz de Jesús. Porque hay Misa, hay Cruz, porque en la Misa, baja desde el cielo, invisible y misteriosamente, Jesús en la Cruz, para que podamos salvarnos. Es por esto que la Misa tiene mucho que ver con la Cruz: es el mismo y único Sacrificio de la Cruz, al punto que uno de sus nombres es: “Santo Sacrificio del Altar”.

Preguntas:
1. ¿Qué es un sacrificio?
2. ¿Por qué la Misa es un sacrificio?
3. ¿Qué ofrece Jesús a Dios en la Misa?
4. ¿Tiene algo que ver la Misa con el Sacrificio de Jesús en la Cruz?

viernes, 17 de octubre de 2014

La Misa explicada a monaguillos Parte 1


La Adoración del Cordero místico

(Jan Van Eyck)

            ¿Qué es la Misa?
            Es un misterio,
            ¿Qué es un misterio?
Un misterio es algo que no vemos con los ojos, porque es invisible, pero sí lo podemos ver con los ojos de la fe.
            ¿Qué misterio pasa en la misa?
            En la Misa pasa el “misterio de la Fe”.
            ¿Cuál es el “misterio de la Fe”?
            Es el misterio por el que, por el poder de Dios que pasa a través del sacerdote, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. por eso, cuando el sacerdote se arrodilla después de la consagración, se levanta y dice, mirando a la Eucaristía: “Éste es el misterio de la Fe”.
            El “misterio de la Fe”, el misterio invisible que sucede en la Misa, es que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y como Jesús se llama también “Cordero de Dios”, el misterio de la Misa es que sobre el altar, después de la consagración, aparece, invisible, en la Eucaristía, el Cordero de Dios. Con esta lámina que vemos aquí abajo, que se llama “La Adoración del Cordero místico”, del artista belga Jan Van Eyck, podemos representarnos el “misterio de la Fe”, el misterio invisible de la Santa Misa.

Preguntas:
1. ¿Qué es la Misa?
2. ¿Qué es un misterio?
3. ¿Qué misterio pasa en la Misa?
4. ¿Qués es el "misterio de la Fe"? Explícalo con tus palabras.

sábado, 12 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: El Sembrador


(Domingo XV – TO – Ciclo A - 2014)
         Jesús mismo explica la parábola (Mt 13, 1-23): la semilla que cae al borde del camino y es comida por los pájaros, es cuando alguien escucha y no comprende, y antes de que comprenda, viene el demonio y se lleva lo que había escuchado. Son los que fácilmente se dejan tentar por las cosas vanas que ofrece el demonio: la soberbia, la pereza, la ira, la gula, la avaricia. Pero de todas, las peores, son la soberbia y la pereza. Así, el demonio logra que la semilla, que es la Palabra de Dios, no germine en el corazón. El corazón de estas personas es como los bordes de los caminos, en donde no crece nada que sea útil, ni para las personas, ni para los animales. Por el contrario, el borde del camino, que se llama “banquina”, es siempre peligroso transitar por ahí, y estos corazones son peligrosos, porque en ellos no está Jesús.
         La semilla que cae en terreno pedregoso es el que acepta la Palabra de Dios con alegría, pero cuando hay algún problema, se olvida de la Palabra de Dios y esa persona se pone triste y deja de leer la Biblia o de ir a Misa. Son los que apenas tienen algo que les preocupa en la familia, o en la escuela, o en el barrio, en vez de ir a rezar el Rosario, para pedirle a la Virgen que los ayude, o en vez de ir al sagrario, o en vez de ir a la Misa, que es donde está Jesús, hacen lo opuesto: dejan de leer la Biblia, dejan de rezar, dejan de ir a Misa. Sus corazones son como un camino lleno de piedras, en donde no hay ni árboles, ni plantas, ni flores.
         La semilla que cae entre las espinas, es el que escucha la Palabra de Dios, pero los problemas y las riquezas hacen que se olvide de la Biblia y de la Misa, igual que los anteriores, y así la Palabra de Dios no puede dar frutos de santidad en sus corazones, y sus corazones se vuelven como tierra seca, como la tierra arenosa del desierto, que está llena de cactus espinosos.

         Por último, la semilla que cae en un terreno fértil, en donde germina y crece y da un árbol con frutos ricos y maduros, es el que lee la Palabra de Dios, la comprende, va a Misa, se confiese, hace obras de misericordia; ése es el que entiende que debe llevar la cruz de todos los días, y que debe amar a Dios y a su prójimo como a sí mismo y que si quiere llegar al cielo, debe rezar el Rosario para ser como la Virgen y como Jesús. Ése es el que produce frutos del cien, del sesenta, o del treinta por uno, como dice Jesús. Estos corazones se parecen a un hermoso jardín, lleno de flores y de árboles cargados de frutos exquisitos. De nosotros depende cómo será nuestro corazón, si como un terreno arenoso, pedregoso, sin árboles frutales, que es cuando el corazón vive sin la gracia de Dios, sin confesarse, sin comulgar, sin rezar, sin hacer obras buenas; pero también de nosotros dependerá si nuestro corazón es como un hermoso jardín, es decir, si elegimos vivir en gracia, y esto sucede cuando nos confesamos con frecuencia. Por la confesión, el alma se llena de gracia, y además comulgamos, rezamos y somos buenos con nuestros prójimos, nuestros corazones y nuestras almas serán como jardines hermosísimos, llenos de flores y de árboles con frutos riquísimos. Le tenemos que pedir a Jesús, a la Virgen y a nuestro Ángel de la Guarda, para que nuestros corazones sean así, como hermosos jardines, en donde la Palabra de Dios dé hermosos frutos de santidad.

sábado, 1 de junio de 2013

Corpus Christi para Niños

         ¿Qué quiere decir “Corpus Christi”? Quiere decir: “Cuerpo de Cristo”. Cuando la Iglesia festeja “Corpus Christi”, quiere decir que festeja “el Cuerpo de Cristo”. Para saber más de esta fiesta, nos tenemos que acordar que Jesús había dicho que Él se iba a la Casa de su Papá, en el cielo, para prepararnos una habitación a cada uno de nosotros –la Casa de su Papá es gigante, es una mansión hermosísima más grande que el cielo, por eso hay lugar para todos los hombres que quieran ir allí-, pero también les había dicho que, al mismo tiempo que se iba al cielo, se iba a quedar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.
         En esta fiesta, celebramos y festejamos esa promesa que hizo Jesús, porque Él la cumplió al quedarse en la Eucaristía, que es su Cuerpo. La Eucaristía es el Cuerpo de Cristo, es el “Corpus Christi”, y eso es lo que festejamos hoy en la Iglesia.
         A ver, repasemos lo que hizo Jesús: Él había prometido que se iba al cielo a prepararnos una habitación en la Casa de su Papá, pero al mismo tiempo, había prometido que se iba a quedar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo. ¿Cómo podía Jesús cumplir con esta promesa? ¿Cómo podía subir al cielo, pero al mismo tiempo, quedarse con nosotros, hasta que nosotros subamos al cielo?
         Para poder cumplir su promesa, Jesús inventó un “truco”: mientras subía al cielo con su Cuerpo con el que había muerto en la Cruz, pero ahora lleno de luz, resucitado, lleno de la gloria de Dios, al mismo tiempo, Él se quedaba escondido, con su mismo Cuerpo con el que había muerto en la Cruz, pero ahora lleno de luz, resucitado, lleno de la gloria de Dios, en la Eucaristía. O sea: mientras ascendía al cielo y se sentaba en su trono del cielo para ser adorado por los ángeles y santos, al mismo tiempo, se quedaba aquí en la tierra, en el sagrario, para ser adorado por nosotros. Mientras los ángeles y santos en el cielo adoran al Cuerpo de Cristo en los cielos, nosotros lo adoramos aquí en la tierra, en la Eucaristía. ¡Qué hermoso es Corpus Christi! ¡Es la fiesta del Cuerpo de Cristo, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, que se queda con nosotros para darnos su Amor todos los días, hasta que vayamos al cielo, para seguir en el cielo amándolo para siempre!

         Pero hay algo más hermoso todavía en "Corpus Christi". En el Evangelio se nos dice que Jesús hace un milagro para dar de comer a toda la gente que lo había ido a escuchar, y para darle de comer, Jesús multiplica panes y peces; en la Misa, Jesús multiplica su Cuerpo y su Sangre en cada Eucaristía, para que nos alimentemos con su Cuerpo resucitado, lleno de la luz y del Amor de Dios. En cada Misa, Jesús nos alimenta con su Cuerpo, el "Corpus Christi", que está lleno del Amor de Dios.

viernes, 3 de mayo de 2013

El Evangelio para Niños: “Mi paz les dejo, mi paz les doy”




El Evangelio para Niños: “Mi paz les dejo, mi paz les doy”
(Domingo VI – TP – Ciclo C – 2013)
         Antes de subir a la Cruz, Jesús les deja a sus amigos un hermoso regalo: les regala su paz. ¿Qué es la paz? Podemos decir, por ejemplo, que es cuando entre los hermanos no hay peleas. O también cuando no hay peleas con los amigos, o los compañeros de la escuela. O también cuando en un partido de fútbol, hay paz entre los hinchas de dos equipos, porque están separados por el campo de juego y porque están en tribunas diferentes.
         Pero esa no es la verdadera paz, y no es la paz de Jesús. La paz de Jesús es la paz que nos viene desde la Cruz, que baja desde algo más grande que los cielos, el Sagrado Corazón de Jesús traspasado y entra en nuestros corazones. Ésa es la paz de Jesús, el perdón que nos da desde la Cruz.
         Cada vez que venimos a Misa, recibimos esa paz, porque la Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, pero invisible, y como por el sacrificio de la Cruz Jesús nos consiguió la paz de Dios, entonces también en la Misa la recibimos. Recibimos esta paz también cada vez que nos confesamos, porque en la confesión Jesús derrama sobre nosotros su Sangre, que nos limpia el alma y nos perdona los pecados. Recibimos esta paz cada vez que rezamos, porque rezar es hablar con Dios, que nos ama y nos abraza con su Amor cada vez que hablamos con Él. Recibimos la paz de Jesús cada vez que comulgamos, porque en la comunión recibimos al mismo Jesús en Persona, que nos regala su Corazón envuelto en el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
         En la Misa hay un momento para dar toda esta paz que recibimos, y es lo que se llama: "el saludo de la paz", cuando el sacerdote dice: "Démonos el saludo de la paz", pero no hay que salir a dar abrazos a medio mundo, porque no es como cuando alguien se encuentra con un amigo, o con un vecino. El saludo de la paz de la Misa, quiere decir que yo doy a mi hermano y prójimo la paz de Cristo, que es paz verdadera y espiritual, y por eso tiene que ser un saludo solo al que está al lado, y a nadie más.
         Por último, si yo recibo tanta paz de parte de Jesús, tengo que dar la paz a los demás, pero no solo en la Misa, en el saludo de la paz, sino en todo momento, dentro y fuera de la Misa, empezando por el hogar, por los seres queridos, y luego con todos. Por eso tengo siempre que preguntarme: si recibo la paz de Jesús en la Misa, ¿doy esa paz a los demás? Jesús no estará contento conmigo si salgo de Misa y hago perder la paz a los demás con mi mal carácter, con mi mal humor, o con mis malas acciones.
         Si amo a Jesús, entonces voy a dar a los demás lo que recibo de Jesús en la Cruz: la paz y el Amor de Dios.
        
         

viernes, 16 de noviembre de 2012

Santa Misa de Primeras Comuniones: el inicio de una vida de comunión y de amor con Jesús Eucaristía



         ¿Qué sucede en la Primera Comunión? Sucede algo muy pero muy importante, lo más importante que le puede pasar a alguien en su vida, algo mucho más importante que ser presidente, o ganar una carrera, un mundial, o ser millonario. Lo que ocurre en la Primera Comunión es que Jesús, que es el Hijo de Dios Padre, baja del cielo para quedarse en la Eucaristía, en el altar, para entrar por primera vez en el corazón de los niños que hacen la Primera Comunión.
         Jesús los quiera tanto, pero tanto, a todos y a cada uno de ustedes, que va a bajar, dentro de poco, cuando el sacerdote diga las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, al altar, y va a convertir el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, para así poder entrar por la comunión eucarística en los corazones como si fuera pan, pero ya no es más pan, porque es Él en Persona.
         No hay nada en el mundo más importante que la Primera Comunión, porque Jesús en Persona viene a nuestro encuentro; baja del cielo obedeciendo a las palabras del sacerdote, y se queda en la Eucaristía, esperando que lo recibamos. Si nosotros estamos impacientes por recibirlo, Él lo está mucho más, porque Jesús estuvo esperando este momento desde que ustedes nacieron y fueron bautizados, y todavía más, Él estuvo esperando este momento desde antes que ustedes fueran creados y concebidos en el vientre de sus mamás. El Corazón de Jesús palpita de amor, de alegría y de emoción, esperando que llegue el Gran Momento, el momento en que ustedes tomen la Primera Comunión, porque será la Primera Vez que Él entre a ustedes como Pan de Vida eterna.
         Jesús los quiere tanto, que organizó todo lo que vemos hoy, para venir a ustedes: fue Él el que inventó la Misa; fue Él el que dispuso todas las cosas para que hoy pudiéramos celebrar esta Misa; fue Él el quien hizo que tuviéramos catequistas que nos enseñaran el Catecismo; fue Él el que trajo el coro, el que hizo que pusieran las flores, el que hizo que el templo estuviera limpio y arreglado, porque Jesús quería que todo estuviera hermoso y brillante para este momento, para el momento del encuentro suyo con cada uno de ustedes.
         Es tanto el deseo que tiene Jesús de entrar en nuestros corazones, que Él esperó todo este tiempo -¿cuánto tiempo?-, ocho años, nueve años, diez años, once, doce, trece, para que llegue este día.
         ¿Y como qué es la llegada de Jesús al corazón? Como cuando un ser querido golpea la puerta de entrada, para que le abramos. Jesús, en el Apocalipsis, el último libro de todos los libros de la Biblia, dice: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y me abre, entraré en él y cenaré con él y él conmigo”. La puerta que Jesús toca es nuestro corazón, y Él quiere entrar para darnos el alimento de los ángeles, que es la Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Pero también es como cuando en la Biblia se dice: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y como el cuerpo es templo del Espíritu, el corazón entonces es sagrario de Jesús. Al entrar Jesús, nuestro corazón tiene que ser como un sagrario, que aloje con amor a Jesús Eucaristía, y mantenga siempre encendida la llama del amor, que indica su Presencia -así como la lucecita del sagrario indica que está Jesús Eucaristía ahí presente-, con obras buenas.
         Y si el Corazón de Jesús late de amor y de impaciencia por entrar en nuestros corazones, también nosotros tenemos que estar impacientes por recibirlo, con un corazón lleno de fe y de amor, latiendo a toda prisa por el amor y la emoción de recibirlo.
Por eso, una vez que Jesús entró por la comunión, con tanto amor de parte suya , no podemos olvidarlo, ni mucho menos echarlo, y eso pasa cuando, en vez de pensar en Jesús y en su Cruz, nos pasamos el día pensando de muchas cosas, tal vez buenas, otras no tanto, pero que siempre nos alejan de Él; también lo echamos cuando obramos el mal, cuando nos portamos mal, cuando desobedecemos, cuando mentimos, cuando peleamos, porque Jesús no puede y no quiere estar en un corazón enojado. Él se siente a gusto en los corazones que son como el suyo. ¿Y cómo es el Corazón de Jesús? “Manso y humilde”, como nos dice Él en el Evangelio.
         Preparemos entonces el corazón para recibir a nuestro Dios, Jesús, y le pidamos a la Virgen que entre Ella primero, para que si ve algo que no tiene que estar en el corazón, lo saque, para que Jesús se sienta a gusto. Y recordemos que con la Primera Comunión no termina el curso de catecismo; empieza una vida nueva, una vida en íntima comunión de vida y de amor con Jesús Eucaristía. ¡Algo tan lindo, como la Primera Comunión, no puede durar sólo un día! ¡Tiene que ser todos los días de la vida, hasta que lleguemos a ver a Jesús cara a cara en el cielo, y por eso tenemos que querer recibirlo todas las veces que podamos!

viernes, 9 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXI - “Señor no soy digno de que entres en mi casa”




Comunión
Todos: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

En esta parte de la Misa, nos tenemos que acordar de lo que le dijo una vez un soldado romano a Jesús, cuando Jesús le dijo que Él iba a ir a su casa para curar a su sirviente: “No soy digno de que entres en mi casa” (cfr. Lc 7, 1-10).
¿Qué era lo que había pasado, y porqué nos acordamos ahora en la Misa?
Lo que había pasado era que el soldado romano, que era jefe de cien soldados y por eso tenía el puesto de “centurión”, tenía un criado que se había enfermado. El centurión tenía mucha fe en Jesús, porque lo había visto hacer milagros, y también había escuchado todas las cosas maravillosas que hacía Jesús, y por eso va a pedirle a Jesús que le haga un milagro, que cure al criado enfermo.
Pero cuando Jesús le dice que va a ir a su casa a curarlo, el centurión, era muy humilde, y se consideraba indigno de que Jesús entrara en su casa, y pensaba: “Jesús es un Dios muy poderoso, muy grande, muy majestuoso. Él viene del cielo, donde los ángeles lo adoran sin cesar, día y noche. Mi casa es muy pobre para que él entre, y yo mismo soy nada delante de Él. No quiero molestarlo, porque a un Rey tan poderoso como Jesús, no hay que molestarlo por tan poca cosa. Mejor le digo que no se moleste en venir Él, y que mande a un sirviente suyo”. Después de pensar esto, el centurión le dijo a Jesús: “No soy digno de que entres en mi casa, pero envía a un servidor tuyo, que está a tus órdenes, y él te obedecerá, así como a mí me obedecen mis soldados”.
Y Jesús, viendo que tenía mucha fe y también mucha humildad, se volvió para hablarle a la gente que lo seguía, y les dijo: “Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande”. Y en premio a esta fe, y también a su humildad, porque para tener fe hay que tener humildad, Jesús le hizo el milagro de curar a su criado, y cuando volvió el centurión, este ya estaba curado.
Jesús ama los corazones en los que encuentra fe y humildad, como el del centurión, y no deja de darles toda clase de regalos y de dones espirituales.
Lo que vemos en este Evangelio, es que el centurión, por su gran fe y humildad, mereció el elogio de Jesús, y en recompensa, Jesús le hizo el milagro de curar a su criado.
¿Y porqué nos acordamos del centurión romano en esta parte de la Misa? Porque la Iglesia quiere que imitemos la fe y la humildad del centurión, antes de la comunión: como el centurión, necesitamos para la comunión esa misma fe en Cristo Jesús como Hijo de Dios, como Dios en Persona, y no solo como un hombre más, y así como el centurión tiene fe en el poder divino de Jesús, así nosotros tenemos que tener fe de que Jesús está oculto, en Persona, en la Eucaristía; como el centurión, necesitamos para la comunión su misma humildad, que lo lleva a considerarse indigno de que Jesús lo visite en su casa: “No soy digno de que entres en mi casa”, y así también nosotros tenemos que decirle a Jesús Eucaristía: “No soy digno de que entres en mi corazón; Tú conoces mi debilidad, pero envía una sola palabra de tu boca, y mi alma será sanada”.
Si tenemos la fe del centurión en el momento de la comunión, y si repetimos esta oración en silencio, desde lo más profundo del corazón, Jesús hará un milagro más grande que el que hizo para el centurión: sanará nuestro corazón con el Amor de Dios.



sábado, 22 de septiembre de 2012

La Santa Misa para Niños (XXV) La Mamá de Jesús, la Virgen, está en la Misa



         El sacerdote nombra a la Virgen, pero no para que solamente nos acordemos de Ella, sino para que nos demos cuenta de que la Virgen está en la Misa, en persona, en cuerpo y alma. ¿Por qué está la Virgen? ¿De qué manera?
         Para saber por qué y cómo está la Virgen en la Misa, tenemos que acordarnos que la Misa es el mismo sacrificio en Cruz de Jesús, sólo que está “oculto”, invisible, como cuando algo está detrás de un velo, de una cortina: sabemos que está ahí, pero no lo vemos con los ojos del cuerpo. En la Misa, Jesús se hace presente con su Cruz, igual que cuando estuvo hace dos mil años en Palestina, en el Monte Calvario, pero nosotros no lo podemos ver con los ojos del cuerpo, aunque sí lo podemos “ver” con los ojos de la fe.
         Y si Jesús está en el altar con su Cruz, como estuvo hace dos mil años, también está la Virgen en el altar, al pie de la Cruz, así como estuvo al pie de la Cruz, hace dos mil años, acompañando a su Hijo Jesús.
         La Virgen está en la Misa, porque en la Misa está su Hijo Jesús en la Cruz, y donde está el Hijo, ahí está la Madre.
         ¿Y qué hace la Virgen en la Misa? Hace lo mismo que hizo en el Monte Calvario, hace dos mil años: acompaña a su Hijo Jesús, que da su vida por nosotros, y aunque es lo que más quiere en el mundo, no duda en ofrecerlo a Dios Padre para nuestra salvación. Y, al igual que en el Calvario, hace de Madre para con nosotros, porque fue ahí, en el Calvario, que Jesús le pidió que nos adoptara a todos nosotros como hijos suyos.
Entonces, en la Misa, la Virgen está presente, en persona, aunque invisible, y reza por nosotros, por todos y cada uno de nosotros, y no sólo reza, sino que ofrece a su Hijo Jesús, que está en el altar, en la Cruz y en la Eucaristía, a Dios Padre, para que Dios nos perdone nuestros pecados, nos libre del demonio, que quiere nuestra perdición, pero también ofrece a su Hijo Jesús para que Dios Padre, viendo a su Hijo, nos adopte Él como hijos suyos.
En la Misa, la Virgen le dice a Dios Padre: “Padre Santo, Fuente de toda santidad, te ofrezco a mi Hijo Jesús, presente en el altar, en la Cruz y en la Eucaristía, para que no tengas en cuenta todo el mal que hacen los hombres, para que perdones sus pecados, para que alejes al demonio de sus vidas, para que los adoptes como hijos tuyos muy amados, para que les des tu Espíritu de Amor, así ellos puedan amarte a Ti y a Jesús con la fuerza de tu mismo Amor, en el tiempo y para toda la eternidad. Padre Santo, te ofrezco a Jesús, mi Hijo amado, para que tus hijos vivan en gracia en el tiempo y te adoren en la eternidad. Amén”.
Entonces, cuando vayamos a Misa, y escuchemos que el sacerdote nombra a la Virgen, nos acordemos que Ella está presente, invisible, en el altar, pidiendo por todos y cada uno de nosotros, y le pidamos la gracia de asistir a la Misa así como Ella asistió al Calvario, y le pidamos también la gracia de amar a su Hijo Jesús con el mismo Amor de su Corazón Inmaculado.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Vamos al Sacrificio de Jesús (XXIII) En la Misa asistimos a la muerte y resurrección de Jesús




         Después que el pan y el vino se convirtieron en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el sacerdote dice: “Este es el misterio de la fe”, y todos responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
Los que están en Misa dicen dos cosas de Jesús: que murió y que resucitó, y que eso es lo que hay que ir a avisar a los demás, a los que no están en Misa.
La primera parte dice: “Anunciamos tu muerte”, porque se lo decimos a Jesús, que ya está en Persona en el altar. Lo que le estamos diciendo a Jesús es que creemos, aunque no vemos, que en el altar se renovó misteriosamente su muerte de Cruz; decimos que creemos en la muerte de Jesús en la Cruz, y que por un misterio que no sabemos cómo pasa, se renueva en el altar, oculta y escondida detrás del velo de los sacramentos. Le decimos a Jesús que creemos sin dudar ni un segundo que Él murió con su Cuerpo en la Cruz el Viernes Santo, y que cada vez que se celebra la Santa Misa, se renueva misteriosamente esa misma muerte, y por eso decimos que asistir a Misa es como haber asistido al Calvario.
Y porque asistir a Misa es como asistir al Calvario, el que asiste a Misa tiene que tener el corazón como eran los corazones de la Virgen María y de Juan, cuando estaban al pie del Calvario.
Los que vienen a Misa no tienen que venir buscando una misa “divertida”, ni “simpática”, ni “alegre”; y tampoco hay que inventar cosas raras; los que vienen a Misa tienen que querer subir con el alma al altar, donde está Jesús con su Cruz, para ofrecerse a Dios Padre junto a Jesús; tienen que querer subir con el corazón a la Cruz, para estar junto a Jesús, y eso quiere decir estar dispuestos a soportar todas las ofensas que les haga el prójimo; los que vienen a Misa, como quieren estar cerca de Jesús que está en la Cruz, tienen que afinar el oído –y para eso hay que hacer silencio-, para escuchar las palabras que Jesús dice desde la Cruz:  “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34); “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43);  “Mujer, he aquí a tu hijo; hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26-27);  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34); “Tengo sed” (Jn 19, 28); “Todo está cumplido” (Jn 19, 30);  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
La segunda parte dice: “Proclamamos tu resurrección”, porque creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, y que está en el Cielo, pero también está en la Eucaristía, en el altar y en el sagrario.
Esto quiere decir que el que viene a Misa, además de asistir al Calvario, asiste también a la tumba de Jesús, llamada Sepulcro de la Resurrección, porque Jesús en la Eucaristía no es el Jesús muerto de la Cruz, sino el Jesús vivo, glorioso, luminoso, el mismo que se levantó de la piedra del sepulcro, donde estaba tendido, con su Cuerpo frío y sin vida, para no morir nunca más, el Domingo de Resurrección.
Entonces, como venir a Misa es lo mismo que venir  tiene que tener en el corazón la misma alegría que tuvieron las santas mujeres cuando fueron al sepulcro y lo encontraron vacío: “Llenas de alegría, corrieron a avisar a los demás que el sepulcro estaba vacío”.
         La última parte dice: “Ven, Señor Jesús”, porque llamamos a Jesús, que está en la Eucaristía, para que venga pronto a nuestros corazones por la comunión. Él ya vino desde el cielo, donde vive junto a su Papá, y se quedó en la Eucaristía, y ahora nosotros lo llamamos para que entre en nuestro corazón, y para eso vamos preparándonos, para recibirlo con fe y con toda la fuerza del corazón. Esto es lo que queremos decir cuando decimos: “Ven, Señor Jesús”.

viernes, 31 de agosto de 2012

La Santa Misa para Niños (XXII) Lo que pasa en el altar es un misterio: el “misterio de la fe”.



Después de decir las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, el sacerdote dice: “Éste es el  misterio de la fe”. ¿Qué quiere decir “misterio”? Es algo que está escondido, oculto. ¿Y qué es lo que está escondido u oculto en el altar? El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. No lo podemos ver con los ojos del cuerpo, y por eso es un misterio, porque está escondido, pero sí lo podemos ver con los ojos de la fe, y por eso decimos que es un “misterio de la fe”. Es como cuando alguien se esconde detrás de una puerta y nos habla: no lo podemos ver, pero escuchamos su voz, y así sabemos quién es el que está detrás de la puerta. Lo mismo pasa con Jesús en la Eucaristía: no lo vemos con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe.
Esto que sucede en el altar, que el pan y el vino se convierten, por las palabras que dice el sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, tiene una palabra que se llama: “transubstanciación”. Es un poco difícil, pero no imposible de aprender: “tran-subs-tan-ciación”. Con esta palabra, le ponemos un nombre al “misterio de la fe”, y así podemos saber qué es lo que pasó en el altar después que el sacerdote dijo las palabras de la consagración.
¿Y cómo pasó esto? No lo sabemos; sólo sabemos que pasó y pasa cada vez que el sacerdote celebra la Misa, y es posible por el poder de Jesús, que habla a través del sacerdote, dándole la fuerza de Dios a las palabras de la consagración.
Aunque no sabemos cómo pasó, sí podemos darnos una idea, sabiendo qué es lo que vieron algunos santos en la Misa, como por ejemplo una gran santa que se llamaba Hildegarda de Bingen, que nació en la Edad Media, una época en donde no había ni televisión, ni Internet, ni autos, ni aviones, ni trenes, pero en donde la gente era más feliz, porque todos, desde los reyes hasta los más plebeyos, pensaban en Dios y lo amaban.
¿Qué fue lo que vio Santa Hildegarda de Bingen? Ella nos lo cuenta así[1]: “Y después de esto vi que, mientras el Hijo de Dios pendía en la cruz” –recordemos que Hildegarda está asistiendo a Misa, y ve a Jesús en la Cruz porque la Misa es el mismo sacrificio de Jesús en la Cruz, por eso, asistir a Misa, es asistir al Calvario de Jesús, y nosotros tenemos que ir a Misa con los mismos sentimientos con los que la Virgen María y Juan Evangelista estaban al lado de Jesús crucificado- “(…) vi como un altar (…) Entonces, al acercarse al altar un sacerdote revestido con los ornamentos sagrados para celebrar los divinos misterios” –todo esto que ve Santa Hildegarda, lo ve en el momento durante una Misa, y ella lo llama: “divinos misterios”-, “vi que súbitamente una luz grande y clara que venía del cielo acompañada de la reverencia de los ángeles envolvió con su fulgor todo el altar” –apenas comienza la Misa, una luz baja desde el cielo, y los ángeles la saludan con mucha reverencia, porque viene de Dios mismo-, “y permaneció allí hasta que el sacerdote se retiró del altar, después de la finalización del misterio” –esa luz se queda todo el tiempo que dura la Misa.
Pero además de esta luz celestial, Santa Hildegarda ve cómo, en el momento de la consagración, baja desde el cielo un relámpago de fuego muy luminoso, que baja hasta el pan y el vino del altar, los sube hasta el cielo y después los vuelve a bajar, ya convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aún cuando a los ojos del cuerpo sigan pareciendo que son solamente pan y vino: “Pero también allí, una vez leído el Evangelio de la paz y depositada sobre el altar la ofrenda que debía ser consagrada, cuando el sacerdote hubo entonado la alabanza de Dios todopoderoso –que es el ‘Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos’– para comenzar así la celebración de los misterios, repentinamente un relámpago de fuego de inconmensurable claridad descendió del cielo abierto sobre la ofrenda misma, y la inundó toda con su luz, tal como el sol ilumina aquello que traspasa con sus rayos. Y mientras la iluminaba de este modo, la elevó invisiblemente hacia los [lugares] secretos del cielo y nuevamente la bajó poniéndola sobre el altar, como el hombre atrae el aire hacia su interior y luego lo arroja fuera de sí: así la ofrenda fue transformada en verdadera carne y verdadera sangre, aunque a la mirada humana apareciera como pan y como vino”.
Así vivían los santos la Misa, y esto es lo que sucede en realidad, y por eso se llama la Misa: “misterio de la fe”. No podemos ver nada de esto con los ojos, pero con la luz de la fe, sí podemos verlo.
Pero en la Misa hay todavía más cosas: en la Misa pasa toda la vida de Jesús, sin que nos demos cuenta, y por eso asistir a Misa es más que si leyéramos toda la Biblia; asistir a Misa es vivir el Evangelio de Jesús. Dice así Santa Hildegarda: “Mientras yo veía estas cosas, repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo”. Santa Hildegarda ve cómo en la Misa, misteriosamente, se desarrolla toda la vida de Jesús, como si estuviéramos viendo la película de la Pasión, de Mel Gibson, pero mucho mejor, porque la película es sólo una película, mientras que la Misa es la realidad de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
Todo lo que sucede en el altar, es para que nosotros nos alimentemos, del Cuerpo y la Sangre de Jesús, para que tengamos el Amor de Dios en nuestros corazones, y sepamos darlo a los demás. Dice así Santa Hildegarda: “Pero, mientras el sacerdote entonaba el cántico del Cordero Inocente –que es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo– y se presentaba para recibir la Santa Comunión, el relámpago de fuego antes mencionado se retiró hacia los cielos; y tan pronto como el cielo se cerró oí una voz que desde el cielo decía: ‘Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia’”. Mientras dura nuestra vida en la tierra, nos tenemos que alimentar con la Eucaristía, porque esta vida es como un desierto, en donde nos acechan el calor ardiente del sol de las tentaciones; los alacranes, escorpiones y arañas del desierto, que son los demonios, y el frío de la noche del desierto, que es la dureza y frialdad del corazón: para combatir todo esto, nos sirve el alimento de la Eucaristía, porque nos preserva del pecado mortal y venial, al hacernos ver las cosas del mundo pequeñas y sin importancia, como cuando alguien ve la tierra desde la ventanilla de un avión; nos libra de las insidias del demonio, porque el demonio no se acerca a quien lleva a Jesús Eucaristía en el corazón, y convierte nuestro corazón, duro y frío como la roca, en una brasa de amor ardiente a Dios. Todo esto, hasta que lleguemos al cielo, por eso la voz de Dios Padre le dice a Santa Hildegarda: “Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo –la Eucaristía- para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia”.
Para asistir a Misa, por lo tanto, debemos pedir siempre la luz del Espíritu Santo, para que podamos vivirla con toda intensidad. La Misa no es ni “divertida” ni “aburrida”, o, si queremos, es, más que “divertida”, alegre, fascinante, maravillosa, porque es asistir al milagro más grande y maravilloso de todos los milagros grandes y maravillosos de Dios: es el fascinante misterio de la renovación sacramental del sacrificio en Cruz de Jesús.

“…repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo”.
(Santa Hildegarda de Bingen)


[1] Hildegardis Scivias II, 6-1. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B.. In: Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis. Vol. 43-43a. Turnhout: Brepols, 1978.

sábado, 21 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XVIII) El pan se convierte en el Cuerpo de Jesús




(…) tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

Para aprovechar esta parte de la Misa, tenemos que acordarnos de Jesús cuando estaba en la Última Cena con sus Apóstoles. Ahí, Jesús toma el pan con sus manos –“venerables y santas”, dice el Misal, el libro del sacerdote para la Misa, y son venerables y santas porque son las manos del Hombre-Dios-, da gracias a Dios y lo parte, antes de decir las palabras que van a transformar ese pan, en su Cuerpo.
Es decir, cuando Jesús toma el pan en sus manos, es solo pan, pero después de decir las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi sangre”-, ya no es más pan, porque se convierte en su Cuerpo y en su Sangre.
Nos acordamos de Jesús en la Última Cena porque Jesús mandó que nos acordáramos de Él, ya que dijo en el Evangelio: “Haced esto en memoria mía”. Cuando el sacerdote toma el pan del altar, para pronunciar las palabras de la consagración, se acuerda siempre de Jesús, porque Él así lo quiso.
Pero debido a que a través del sacerdote actúa Jesús en Persona, en la Misa no solo nos acordamos de Jesús, sino que Jesús se hace presente, en Persona, en la Eucaristía, y así pasa en el altar lo mismo que pasaba en la Última Cena: antes de que el sacerdote tome el pan en sus manos, es simplemente un poco de pan, mezcla de trigo y agua, sin levadura –por eso es delgado, chato-, pero después que el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo”, repitiendo las mismas palabras que dijo Jesús en la Última Cena, se convierte verdaderamente en el Cuerpo de Jesús, y así Jesús comienza a estar en la Eucaristía.
O sea que, en la Misa, es como si estuviéramos presentes en la Última Cena, porque el sacerdote hace lo mismo que hizo Jesús el Jueves Santo. Pero también, misteriosamente -¡la Misa es un gran misterio del Cielo!-, pasa lo mismo que pasó en el Calvario, porque Jesús en el Calvario entregó su Cuerpo en la cruz, y en la Misa lo entrega en la Eucaristía, y derrama su Sangre, y en la Misa derrama su Sangre en el cáliz.
Por eso es que la Misa tiene algo de parecido con la Última Cena, y también con el sacrificio de Jesús en el Calvario. Por eso es que, en esta parte de la Misa, tenemos que acordarnos siempre de la Última Cena y del Calvario.
Y Jesús hace todo esto, y se queda en la Eucaristía, para que cuando nosotros comulguemos, lo hagamos entrar, con su Cuerpo, en esa habitación tan especial que es nuestro corazón, para que Él nos de su Espíritu de Amor, el Espíritu Santo, y para que seamos todos hermanos de Jesús y hermanos de todos los hombres.
Y es para esto para lo que Jesús se queda en la Eucaristía: para que, como resultado de recibirlo a Él en el corazón, por la comunión, aumente el amor a Jesús y a todos los hombres, que por el Amor de Jesús son hermanos nuestros.

sábado, 30 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XV) Prefacio y aclamación del Santo




Prefacio y aclamación del santo.
En esta parte de la Misa, ocurre algo muy especial: cuando el sacerdote dice: “El Señor esté con ustedes”, con ese “ustedes” llama no sólo a los presentes en la asamblea sino ¡a toda la humanidad! para dar gracias al Padre y aclamar al Dios Tres veces Santo[1] por todas sus obras. Entonces, para aprovechar esta parte, imaginemos que están alrededor del altar los ángeles y los santos, pero también todos los hombres, de todas las razas y de todos los colores, desde Adán y Eva.
¿Es posible esto? Sí, porque la Misa es un misterio, el misterio de la renovación del sacrificio en cruz de Jesús, con el cual salva a todos los hombres de todos los tiempos.
Es Jesús quien con su Cruz, viene al encuentro de toda la humanidad, para salvarla con su Cruz, y es toda la humanidad la que, a su vez, va al encuentro de Jesús[2], para ser salvada. ¡Qué misterio, que en la Misa estén todas las razas, de todos los colores -negros, blancos, morenos, amarillos, cobrizos- y todos los seres humanos, incluidos Adán y Eva! ¡Es un misterio, sí, pero real y maravilloso, porque por la Cruz y por la Misa, Jesús salva a toda la humanidad, y a todos aquellos que se dejen salvar!
         La misa es un misterio porque Jesús viene a nosotros escondido, invisible, en la cruz y con su Cuerpo resucitado en la Eucaristía.
         Jesús, en la misa, en la Eucaristía, viene con su Cruz, y también viene con su Cuerpo resucitado, para venir a nuestros corazones, para darnos su perdón, para darnos el beso de la paz, para llenarnos con su vida, con su alegría, con su bondad. Jesús viene a nosotros en la Eucaristía con su Sagrado Corazón, que es el lugar de donde brota, así como el agua cristalina brota de la fuente, su Misericordia Divina.
         Jesús viene a nuestro encuentro, y al encuentro de toda la humanidad, con sus brazos abiertos en la Cruz, y con su Sagrado Corazón palpitante en la Eucaristía, y por este motivo tenemos que estar muy atentos en el momento de comulgar.
Y cuando el sacerdote dice: “Levantemos el corazón”, quiere decir que tanto nosotros, los que asistimos a Misa, como así también todos los hombres, de todas las razas, de todos los colores, sin excepción, deben elevar sus corazones al cielo, para adorar al Dios que viene cuando se produzca la tran-subs-tan-cia-ción (palabra un poquito difícil pero que deletreada se vuelve fácil), por la cual el pan y el vino, los frutos de la tierra, se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.
Y cuando dice: “Por eso, con los ángeles”, la Iglesia llama a los ángeles, los seres espirituales de luz -son los que adoran a Dios en el cielo, porque superaron la prueba y fueron fieles a Dios y no se rebelaron, como los ángeles caídos- a que se unan a la adoración que la Iglesia en la tierra hace al Cordero de Dios. Es por eso que, en la Misa, está toda la creación, todo el universo visible, con los ángeles, los santos, y todos los hombres, de todos los tiempos, de todos los colores, de todas las razas.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

El sacerdote se dirige a los presentes, pero no solo, puesto que estos representan a todos los hombres, a toda la humanidad.

Todos: Y con tu espíritu.

Sacerdote: Levantemos el corazón.

Quiere decir que elevemos el espíritu y el corazón hasta el cielo, para unirnos a los que allí están en la adoración al Cordero que se sacrifica por la salvación de la humanidad entera.

Todos: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Sacerdote: Demos gracias al Señor, Dios nuestro.

La Eucaristía es, ante todo, acción de gracias.

Todos: Es justo y necesario.

Al terminar el prefacio, aclamamos con alegría al Dios Tres veces Santo, que en breve vendrá sobre el altar.

Sacerdote y Todos: Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor.

Para aprovechar esta parte de la Misa, recordemos un pasaje de la Biblia, en donde el profeta Isaías (6, 3) es llevado al cielo, y allí ve a Dios: “…vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus haldas cubrían el templo. En torno a Él había serafines, que tenían cada uno seis alas. Con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y los unos a los otros se gritaban y respondían: ‘Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos. Llena está la tierra toda de su gloria’. A estas voces, temblaron las puertas en sus quicios y la casa se llenó de humo”.
El profeta Isaías ve a Dios en una visión, pero nosotros en la Misa ¡lo tenemos en la realidad! [3]. Éste es el motivo por el cual aquí exclamamos todos: "Santo, Santo, Santo", porque ese Dios Tres veces santo está en esa parte del cielo que es el altar: Dios Padre envía a su Hijo Jesús en la Eucaristía, para que Él nos done a Dios Espíritu Santo.
¡No puede haber alegría más grande que este misterio, y por eso aclamamos a Dios Trino, cantando con gozo y repitiendo tres veces la palabra "Santo"! El altar eucarístico es igual al Cielo, es el Cielo, que se abre para que venga Dios Trinidad y nos regale la Eucaristía, que es el Cuerpo glorificado de Jesús, lleno de la luz, del amor, de la vida de Dios Trino[4], y esto es algo más grande que el cielo, es algo más hermoso que si el cielo bajara a la tierra.
 Si Jesús vino la primera vez como un Niño en Belén, Casa de Pan, y si vendrá por segunda vez en la gloria para juzgar al mundo, ahora, delante nuestro, viene en la Eucaristía, con su Corazón de Dios Niño y con su Cuerpo glorioso, y por eso lo aclamamos cantando tres veces el "Santo"[5].
En esta parte de la Misa, uniéndonos a los coros angélicos, glorificamos a nuestro Dios crucificado, que da hasta la última gota de sangre en el Calvario; a ese Dios crucificado, cuya sangre que brota de sus heridas como un manantial, y de su Corazón traspasado como un dique sin contención, y que es recogida en el cáliz del sacerdote ministerial, a ese Dios, le decimos, con todo el amor del corazón y con toda la fuerza del alma: “Santo, Santo, Santo”.
Pero hay algo más que podemos hacer para aprovechar este momento. Veamos el crucifijo, porque es a Jesús en la Cruz a quien le decimos: “Santo, Santo, Santo”. Jesús es Dios Santo, Fuerte e inmortal, pero en la Cruz, no parece ni santo, ni fuerte ni inmortal: no parece santo, porque es crucificado como un malhechor, más malo incluso que Barrabás, porque cuando Pilatos les dio a elegir a los judíos y les dijo a quién quería que lo salve, ellos prefirieron a Barrabás en vez de a Jesús; no parece inmortal, porque Jesús muere en la Cruz, como dice la Biblia: "Jesús, dando un fuerte grito, expiró" (Mc 15, 37), y después tuvieron que poner su Cuerpo santísimo, muerto, en el sepulcro de José de Arimatea (cfr. Jn 19, 38); tampoco parece fuerte, porque en la Cruz, aparece como vencido por todos sus enemigos, aunque en realidad es Él quien vence para siempre al demonio, al mundo y a la muerte.
Y sin embargo, Jesús, a quien le decimos “Santo, Santo, Santo”, es Dios Santo en la Eucaristía, porque en la comunión nos comunica su santidad; es Dios Fuerte, porque al comulgar nos comunica la fuerza de Dios; es Dios inmortal, porque la Eucaristía es Pan de Vida eterna, la alegre y feliz Vida de Dios, que no termina nunca y es para siempre.



[1] Cfr. Manglano Castellary, o. c., 47.
[2] Cfr. Ratzinger, J., El Espíritu de la liturgia, Ediciones Cristiandad.
[3] Schnitzler, Th., Meditaciones sobre la Misa, Barcelona 1966, Editorial Herder, 469.
[4] Schnitzler, ibidem.
[5] Schnitzler, o. c., 469.