Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 21 de abril de 2018

El Evangelio para niños: Jesús es el buen Pastor



(Domingo IV – TP – Ciclo B – 2018)

         En esta parábola (Jn 10, 11-18), Jesús utiliza la imagen de un pastor con su rebaño; en la imagen hay además malos pastores, el lobo que acecha al rebaño y ovejas que no están en el rebaño pero que le pertenecen a Él. ¿Qué quiere decir esta imagen? El Buen Pastor es Él, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que ama tanto a su rebaño que da la vida por sus ovejas, enfrentando al Lobo que quiere devorarlas. El Lobo no es el lobo creatura, es decir, el animalito creado por Dios: es el Lobo infernal, el Demonio, que “anda rugiente como un león, buscando a quien devorar” (cfr. 1 Pe 5, 8). El redil, el lugar donde descansan las ovejas, es la Iglesia Católica, por eso es que quien pertenece a la Iglesia Católica está protegido por el Buen Pastor, Jesús. El pasto verde y el agua cristalina es la gracia santificante que recibimos por los sacramentos. En cuanto al lobo y al pastor, es la lucha entre el Demonio y Jesús: así como un lobo busca a las ovejas y da vueltas alrededor del rebaño, buscando atrapar a alguna oveja descuidada para darle muerte con sus dientes, clavándole sus colmillos en su piel y destrozando su cuerpo, así el Demonio nos acecha para tendernos trampas y hacernos caer en el pecado, para destruir en nuestras almas la vida de la gracia. Pero como así también el buen pastor, frente a la amenaza del lobo, no deja a sus ovejas solas, sino que sale a defenderlas y si es necesario, lucha con su cayado contra el lobo para darle muerte, así también nuestro Buen Pastor, Jesús, baja desde el cielo para encarnarse en la Virgen y enfrentar al Lobo infernal con su cayado, que es la Santa Cruz, dándole muerte a este Lobo del Infierno, es decir, derrotándolo para siempre. Y aunque Él muere en la Cruz en esta lucha contra el Lobo del Infierno, luego resucita y así lo vence para siempre, para siempre.
¿Quiénes son los malos pastores? Son los pastores falsos, es decir, los que pertenecen a iglesias falsas o a sectas, porque sus doctrinas son venenosas y engañan a los fieles, aunque también hay malos pastores dentro de la misma Iglesia Católica: son sacerdotes que están más preocupados por sí mimsmos que por los fieles.
Por último, ¿quiénes son las ovejas que no están en el rebaño, pero que pertenecen al rebaño de Jesús? Son personas de buena voluntad que, aunque estén en Iglesias falsas o en sectas, o incluso si llegan a ser ateas, aman a Jesús en lo más profundo de sus corazones y sólo están esperando una llamada suya para ingresar en la Iglesia Católica.
Jesús es el Buen Pastor y nosotros, que somos sus ovejas, reconocemos su voz y su voz sale desde el sagrario, desde la Eucaristía y desde allí nos dice: “Vengan a Mí los que estén tristes y agobiados y Yo los aliviaré”. También nos dice: “Yo estoy con ustedes todos los  días, hasta el fin del mundo”: el Buen Pastor está en la Eucaristía y estará ahí hasta el fin del mundo, para acompañarnos todos los días de nuestra vida. Acompañemos a Jesús, el Buen Pastor, en su Prisión de Amor, el sagrario.

domingo, 18 de febrero de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús es tentado por el Demonio



(Domingo I - TC - Ciclo B – 2018)

         “El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás” (Mc 1, 12-15). El Evangelio nos dice que Jesús fue llevado por el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, al desierto, para allí ser tentado por el Demonio. Cuando Jesús terminó los cuarenta días de ayuno, se le apareció el Demonio para hacerlo caer en la tentación. Pero que Jesús pudiera cometer un pecado era imposible, porque Él era Dios Hijo encarnado, y no podía pecar. Es decir, Jesús es Dios hecho hombre, y por eso no podía pecar y de hecho, en su vida terrena nunca cometió ni un solo pecado, ni mortal, ni venial, y ni siquiera una pequeña imperfección, porque Él era la misma santidad.
         Si no podía pecar, ¿por qué se dejó tentar? Jesús se dejó tentar para que nosotros tomemos ejemplo de Él y, cuando seamos tentados, nos acordemos de Jesús en el desierto y lo imitemos, para no caer en la tentación.
         En la primera tentación, el Demonio le dice a Jesús que le pida a Dios que convierta las piedras en pan, para que así Él se pueda alimentar. Pero Jesús le dice: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto quiere decir que, si es importante alimentarnos con los alimentos de la mesa de todos los días para que nuestro cuerpo crezca sano, es mucho más importante alimentar el espíritu y el alimento del Espíritu es la Palabra de Dios, que está en la Biblia y también está en la Eucaristía.
         En la segunda tentación, el Demonio lo lleva a Jesús a la parte más alta del templo y le dice que se tire, porque Dios enviará sus ángeles para que no le pase nada. Jesús le responde: “No tentarás al Señor tu Dios”. Quiere decir que no solo no tenemos que pedir milagros innecesarios, sino que no nos debemos exponer a las situaciones próximas de pecado. Por eso, cuando nos confesamos, decimos: “Por eso propongo firmemente no pecar y evitar las ocasiones de pecado”. Quiere decir que si sabemos que ir a un lugar, por ejemplo, es ocasión de pecado, no debemos ir a ese lugar; eso es evitar las ocasiones de pecado.
         En la última tentación, el Demonio lo lleva a la parte alta de la montaña, le muestra todas las ciudades y riquezas del mundo y le dice que si Jesús se arrodilla ante él, que es el Demonio, le dará todas esas riquezas. Jesús le responde: “Solo a Dios adorarás”. Esto quiere decir que, por un lado, debemos adorar a Dios, que está en la Eucaristía y solo ante Jesús Eucaristía nos debemos arrodillar –por eso el sacerdote se arrodilla en la consagración y los fieles en la adoración-; por otro lado, Jesús nos enseña que no debemos desear ni el poder, ni la fama, ni la riqueza, y que mucho menos les debemos dar el corazón, porque así ponemos en riesgo nuestra eterna salvación.
         Por último, al dejarse tentar por el Demonio, Jesús nos enseña que, por un lado, no hay ninguna tentación, de ninguna clase, que no pueda ser vencida, pero no por nosotros mismos, con nuestra propia fuerza, sino solo con la ayuda de la gracia e imitando a Jesús con la oración, el ayuno, la penitencia y la Palabra de Dios que, para nosotros los católicos, está en la Biblia y en la Escritura.
         Imitando a Jesús y acudimos a la Biblia, a la Confesión, a la Eucaristía, a la oración, la penitencia y el ayuno, saldremos victoriosos en todas las tentaciones.

viernes, 18 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: El trigo y la cizaña


(Domingo XVI – TO – Ciclo A - 2014)

En este evangelio, todo significa algo del cielo: el sembrador es Dios Padre; el trigo es la Palabra de Dios, es decir, Jesús; el campo, sobre el que cae la Palabra, es el corazón de cada uno de nosotros; el sembrador malo, que tiene envidia del sembrador bueno, es el diablo; la cizaña, que es una hierba que crece junto con el trigo, pero que no sirve para nada, es la mala semilla, es decir, todo lo que el diablo propone: pereza, soberbia, envidia, gula, avaricia, ira; el tiempo que va desde que el sembrador siembra la semilla, hasta la cosecha, es el tiempo que vive cada uno, desde que nace, hasta que muere, o también, el tiempo desde que Dios creó a Adán y Eva en el Paraíso, hasta el Último Día, el Día del Juicio Final, cuando vendrá a juzgar a “vivos y muertos”, como decimos en el Credo; los cosechadores; la siega, que es cuando se separa el trigo de la cizaña, es el Día del Juicio Final, que es cuando aparecerá Jesús, en el Día del Juicio Final, y separará a los buenos de los malos, dando a los buenos, el cielo como recompensa, y a los malos, el Infierno como castigo; los trabajadores, que separan el trigo de la cizaña, son los ángeles, al servicio de Dios, encabezados por San Miguel Arcángel, que en el Día del Juicio Final, estarán encargados de separar a los buenos de los malos, a las órdenes de Jesús, Justo Juez (esa es la razón por la cual hay pinturas en las que aparece San Miguel Arcángel con una balanza, pesando las almas y separando a las buenas de las malas).
Este Evangelio nos enseña, entonces, que nuestro corazón es como un campo, en donde pueden germinar dos cosas: o el trigo, que es la Palabra de Dios, y así nos alimentaremos de su substancia, que es buena y exquisita, porque este trigo que es la Palabra de Dios, cuando se cuece en ese horno ardiente que es el altar eucarístico, con el Fuego del Espíritu Santo, da un Pan de sabor exquisito, que contiene en sí todas las delicias, porque es el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, y si nos alimentamos con este Pan, nuestra alma quedará colmada con toda clase de dones del Espíritu Santo: caridad, humildad, fortaleza, inteligencia, sabiduría, …
Pero este Evangelio nos enseña también que si no dejamos germinar a la Palabra de Dios en nuestro corazones, vendrá el Enemigo de las almas, que sembrará también su semilla, porque tiene envidia del Sembrador Bueno, que es Dios Padre, y sembrará su semilla mala, que es la envidia, la soberbia, la ira, la pereza, la gula, y si no estamos atentos, esta cizaña crecerá y nuestro corazón estará lleno de cosas malas que no satisfacen al alma, sino que la dejan vacía y con un sabor amargo.

Debemos estar siempre atentos y vigilantes para que en nuestro campo, que es nuestro corazón, crezca solo trigo y trigo fuerte y sano, que es la Palabra de Dios, y si en algún momento nos damos cuenta de que está empezando a crecer la cizaña, debemos inmediatamente arrancarla de raíz, pero como esta es una tarea que supera nuestras fuerza, debemos acudir al auxilio de nuestra Madre del Cielo, la Virgen María, la Celestial Jardinera de nuestros corazones. Si le confiamos a Ella que cuide de nuestros corazones como de un jardín que le pertenece porque es suyo, ya que se lo hemos regalado, la Virgen no solo no dejará que crezca ni la más pequeña hierba mala, ni la más mínima cizaña, sino que hará que en nuestros corazones crezca un trigo grande y fuerte, un trigo que es la Palabra de Dios y que, al hundirse en lo más profundo de nuestros corazones, germinará y dará frutos de bondad, de mansedumbre, de caridad, de alegría, de paz, de santidad, porque nuestros corazones se habrán convertido en corazones semejantes, iguales, al Sagrado Corazón de Jesús.

sábado, 12 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: El Sembrador


(Domingo XV – TO – Ciclo A - 2014)
         Jesús mismo explica la parábola (Mt 13, 1-23): la semilla que cae al borde del camino y es comida por los pájaros, es cuando alguien escucha y no comprende, y antes de que comprenda, viene el demonio y se lleva lo que había escuchado. Son los que fácilmente se dejan tentar por las cosas vanas que ofrece el demonio: la soberbia, la pereza, la ira, la gula, la avaricia. Pero de todas, las peores, son la soberbia y la pereza. Así, el demonio logra que la semilla, que es la Palabra de Dios, no germine en el corazón. El corazón de estas personas es como los bordes de los caminos, en donde no crece nada que sea útil, ni para las personas, ni para los animales. Por el contrario, el borde del camino, que se llama “banquina”, es siempre peligroso transitar por ahí, y estos corazones son peligrosos, porque en ellos no está Jesús.
         La semilla que cae en terreno pedregoso es el que acepta la Palabra de Dios con alegría, pero cuando hay algún problema, se olvida de la Palabra de Dios y esa persona se pone triste y deja de leer la Biblia o de ir a Misa. Son los que apenas tienen algo que les preocupa en la familia, o en la escuela, o en el barrio, en vez de ir a rezar el Rosario, para pedirle a la Virgen que los ayude, o en vez de ir al sagrario, o en vez de ir a la Misa, que es donde está Jesús, hacen lo opuesto: dejan de leer la Biblia, dejan de rezar, dejan de ir a Misa. Sus corazones son como un camino lleno de piedras, en donde no hay ni árboles, ni plantas, ni flores.
         La semilla que cae entre las espinas, es el que escucha la Palabra de Dios, pero los problemas y las riquezas hacen que se olvide de la Biblia y de la Misa, igual que los anteriores, y así la Palabra de Dios no puede dar frutos de santidad en sus corazones, y sus corazones se vuelven como tierra seca, como la tierra arenosa del desierto, que está llena de cactus espinosos.

         Por último, la semilla que cae en un terreno fértil, en donde germina y crece y da un árbol con frutos ricos y maduros, es el que lee la Palabra de Dios, la comprende, va a Misa, se confiese, hace obras de misericordia; ése es el que entiende que debe llevar la cruz de todos los días, y que debe amar a Dios y a su prójimo como a sí mismo y que si quiere llegar al cielo, debe rezar el Rosario para ser como la Virgen y como Jesús. Ése es el que produce frutos del cien, del sesenta, o del treinta por uno, como dice Jesús. Estos corazones se parecen a un hermoso jardín, lleno de flores y de árboles cargados de frutos exquisitos. De nosotros depende cómo será nuestro corazón, si como un terreno arenoso, pedregoso, sin árboles frutales, que es cuando el corazón vive sin la gracia de Dios, sin confesarse, sin comulgar, sin rezar, sin hacer obras buenas; pero también de nosotros dependerá si nuestro corazón es como un hermoso jardín, es decir, si elegimos vivir en gracia, y esto sucede cuando nos confesamos con frecuencia. Por la confesión, el alma se llena de gracia, y además comulgamos, rezamos y somos buenos con nuestros prójimos, nuestros corazones y nuestras almas serán como jardines hermosísimos, llenos de flores y de árboles con frutos riquísimos. Le tenemos que pedir a Jesús, a la Virgen y a nuestro Ángel de la Guarda, para que nuestros corazones sean así, como hermosos jardines, en donde la Palabra de Dios dé hermosos frutos de santidad.

sábado, 8 de marzo de 2014

El Evangelio para Niños: La tentación de Jesús en el desierto


         (Domingo I – TC – Ciclo A – 2014)
         El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto para que el demonio lo tiente. Por supuesto que Jesús no podía caer en la tentación, porque era el Hombre-Dios, pero Jesús se deja tentar para enseñarnos cómo combatir la tentación: con ayuno, oración y la Palabra de Dios.
La primera tentación es con la Gula: el demonio le dice a Jesús que convierta las piedras en pan. El demonio quiere que nos olvidemos del alma, que todo sea para el cuerpo: piedras-pan-cuerpo. El demonio quiere que pensemos solo en la materia, y no en el espíritu, y que busquemos la satisfacción de las necesidades del cuerpo, y no las del alma, por eso quiere hacerle pensar a Jesús solo en el pan material: piedra-pan-cuerpo. Es como si le dijera a Jesús: “Aliméntate solo de pan y nada más”. Pero Jesús le responde al diablo que el hombre no solo se alimenta de pan, sino “de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús nos hace ver que no solo tenemos un cuerpo, sino también un alma, y que el alimento del alma es más importante que el del cuerpo, y que el alimento del alma es la Palabra de Dios. Pero hay algo más importante todavía, que nos dice la Iglesia: “No solo de pan vive el hombre, sino del Pan de Vida eterna, la Eucaristía, que sale de las entrañas de la Iglesia, el altar de Dios”. La Eucaristía es el Pan de Dios que alimenta el alma y es el alimento del espíritu, más importante que el alimento del cuerpo. Entonces, si el demonio nos dice: piedras-pan-cuerpo, la Iglesia nos dice: pan-Pan de Vida Eterna-Eucaristía.  
         La segunda tentación es con la Soberbia: el demonio le dice a Jesús que se tire del templo, porque si es Hijo de Dios, los ángeles lo van a salvar a último momento, evitando que se estrelle en el piso. Esto el pecado de presunción, y es el pecado de los cristianos que creen que Dios es pura misericordia y que por lo tanto, como es tan misericordioso, a ellos no los va a castigar. Entonces, ellos pueden cometer toda clase de pecados e incluso pueden morir en pecado; total, como Dios es tan misericordioso, Dios no los va castigar, porque Dios tiene la obligación de salvarlos; ellos usan el escapulario de la Virgen del Carmen e invocan a Dios, a Jesús, van a Misa y se confiesan, pero no se arrepienten de verdad, y viven y mueren en pecado, pero Dios lo mismo los va a salvar, porque es misericordioso. Para ellos, Dios es misericordioso, pero no es justo; es un Dios in-justo, un Dios que no aplica la Justicia Divina, entonces uno puede ser malo en esta vida, y lo mismo se puede salvar, y esto es ser presuntuoso y esto es tentar a Dios, y esto es lo que Jesús le responde, al demonio y a estos cristianos: “No tentarás a Dios”. No tenemos que tentar a Dios, pensando presuntuosamente que vamos a salvarnos sin una verdadera conversión, sin arrepentirnos, sin convertirnos, sin rezar, sin pedir perdón por nuestros pecados, sin detestar el mal y las obras malas.
         La última tentación, es la del Egoísmo, la del Poder y la de la Avaricia, que es la tentación de la Idolatría: el demonio le dice que se postre ante él, y él dará mucho dinero y hará que todos lo alaben y le digan muchas cosas lindas sobre él. Es una tentación que vemos todos los días: a muchos seres humanos, simples hombres, se les rinde un culto como si fueran dioses, aunque no nos demos cuenta: el día domingo, que es el día dedicado a Dios, todo el día debe girar en torno a la Misa, porque  Dios ha creado el Domingo para la Misa, para que el hombre vaya a Misa, porque la Misa es el Día del Sol, que es Jesucristo; el Domingo es el día de la semana que participa del Domingo de Resurrección y por eso está iluminado con una luz especial, que no es la luz del astro sol, sino que es la luz del Cordero, Jesús, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial; el domingo está iluminado por la luz del Sol de justicia, Jesús resucitado, y por eso es el Día del Señor, y todo el Domingo está dedicado a la Santa Misa, y no es el día para el fútbol, ni para el paseo, ni para hacer compras, ni para descansar.
         A quienes usan el domingo, Día del Señor, para esas cosas, Jesús les dice: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”.

         Por último, el desierto es una figura de nuestra alma, y como el Espíritu Santo lleva a Jesús al alma, entonces también está en nuestra alma, que es como un desierto, cuando estamos en gracia. A Él le tenemos que pedir que nos ayude, con su gracia, a vencer la tentación, y Él nos ayuda y nos enseña a hacerlo, por medio de la oración y el ayuno cuaresmal. Al final del pasaje, el Evangelio dice que “el demonio se alejó” de Jesús, porque Jesús lo venció con el ayuno y la oración; entonces también se alejará de nosotros y nosotros lo venceremos con el ayuno, la oración y la Presencia de Jesús en nuestra alma por la gracia. Así como el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, así la gracia lo trae a nuestra alma, para que se quede con nosotros en Cuaresma y para Pascua, en el tiempo y por toda la eternidad.

sábado, 1 de marzo de 2014

El Evangelio para Niños - No se puede servir a Dios y al dinero


(Domingo VIII – TO – Ciclo A – 2014)
         Jesús nos dice que “no se puede servir a Dios y al dinero”. O, dicho de otra manera, “sí se puede servir a Dios”, pero “no se puede servir al dinero”. ¿Por qué? Porque Dios nos creó y cuando nos creó, nos puso como un sello en el alma, en el corazón, imborrable, un sello que lleva la marca de Dios, un sello que dice que somos de Dios, hechos por Dios y para Dios, un sello que dice: “Hecho por Dios y para Dios, de propiedad exclusiva del Señor Dios Uno y Trino. No puede ser usado por nadie más que Él”. Es por esto que lo más normal para nosotros, es servir a Dios. Lo más normal y natural, por ejemplo, es ser monaguillos, para los varones, y para las nenas, lo más normal y natural, es ayudar en la sacristía. Y cuando sean grandes, lo más normal y natural, es servir a Dios en la vida consagrada, siendo sacerdotes, si son varones, o religiosas, si son mujeres, si es que tienen vocación a la vida consagrada, o casándose, si es que tienen vocación para la vida matrimonial, porque la vida matrimonial también es un servicio a Dios, porque así se dan hijos para Dios.
         Es decir, como hemos sido creados por Dios, lo más normal para nosotros, es servir a Dios, ya sea en el sacerdocio o en la vida consagrada, o en el matrimonio, porque lo llevamos impreso en el alma.
Lo que nos quiere hacer ver Jesús, es que no se puede servir al dinero porque no hemos sido creados para servir al dinero, por eso es que Jesús nos dice: “no se puede servir a Dios y al dinero”, porque fuimos creados para servir, amar y honrar a Dios, pero no al dinero. El que pretende servir al dinero, se hace sumamente infeliz, porque el dinero puede dar algunas cosas, que aparentan dar felicidad, pero esa felicidad se termina muy rápido, y luego empieza la tristeza, y el alma se queda al final sin Dios, que es el único que puede dar una felicidad que no termina nunca, una felicidad que dura para siempre, la felicidad del cielo.
 “No se puede servir a Dios y al dinero”. El que quiera servir a Dios, tiene que acercarse a la cruz y a la Eucaristía, y renunciar al dinero, y prepararse para la prueba y la tribulación; el que quiera servir al dinero y al demonio, tiene que alejarse de la cruz y de la Eucaristía, y acercarse al dinero y al demonio, y gozar de sus vanidades y renunciar al cielo para siempre.

Que la Virgen María siempre nos ayude a servir a Dios, y solo a Dios, en el tiempo y en la eternidad.

jueves, 24 de octubre de 2013

El Evangelio para Niños: “El que se cree el mejor es el peor”


(Domingo XXX – TO – Ciclo C - 2013)
         En este Evangelio, Jesús nos hace ver a Dios le gustan los soberbios, o sea, aquellos que se creen mejores que los demás, y que sí le gustan los humildes, aquellos que saben que sin Dios no son nada.
Jesús nos cuenta de dos señores que entran en la Iglesia, uno, un fariseo, llamado así porque era alguien que estaba siempre en el templo y sabía mucho de la Biblia y de la Ley de Dios; el otro, llamado publicano, al que todos lo conocían por ser un pecador. El fariseo era muy creído de sí mismo y pensaba que como él sabía mucho de la Biblia y de la Ley de Dios y estaba todo el día en el templo y hacía ayuno, era mejor que todo los demás, incluido el publicano. Por eso se iba a los bancos que están cerca del altar, para que todos lo vieran, y se paseaba como un pavo real de aquí para allá. En su corazón, decía: “Te doy gracias, Dios mío, porque soy muy bueno y soy mucho mejor que todos estos que están acá. Hago ayuno, sé mucho de la Biblia y de tu Ley, y no robo ni soy injusto. Soy muy bueno y por eso todos me deberían alabar”.
Esto era lo que decía para sus adentros el fariseo, y Dios escuchaba todos sus pensamientos, pero no los aprobaba, porque no eran ciertos; además, Dios sabía que el fariseo, si bien estaba todo el día en el templo, sabía mucho de la Biblia y de la Ley, tenía un corazón frío y duro para con los demás y no le importaba si alguien necesitaba ayuda o si pasaba hambre o frío. Y esto a Dios no le gusta.
En el fondo del templo, estaba en cambio el publicano, que sabía que era un pecador y se reconocía como pecador, y le daban mucha vergüenza sus pecados; tanta, que no era capaz de ir adelante del templo, porque ahí lo iban a ver todos. El publicano estaba al final del templo, arrodillado y rezaba a Dios así: “Dios mío, me duele el corazón por mis pecados; reconozco que delante de tu majestad infinita soy nada más pecado; te ruego que me perdones y me des tu gracia y sabiduría para de ahora en adelante no pecar más y ser santo, para asemejarme a Ti, que eres Dios Tres veces Santo. Toma mi corazón pecador, endurecido y frío, y dame tu Sagrado Corazón, que arde en el Amor de Dios”. Dios, que estaba escuchando sus pensamientos, se quedó muy contento con la oración del publicano y le concedió su gracia, que lo hizo ser santo.
En esta parábola de Jesús vemos que Dios lee los pensamientos de la mente y los deseos de los corazones de los que estamos en la Iglesia, y que no hay ningún pensamiento ni deseo que se le escape, porque todo está ante Él como en el día más claro. Aunque no digamos nada a nadie, basta con que lo pensemos o lo deseemos, y Dios ya lo sabe; todavía más, Él sabe lo que ni siquiera nosotros sabemos que vamos a pensar, decir, desear o hacer, hasta el último día de nuestra vida, y por eso a Dios nadie lo puede engañar.
Pero sobre todo, la parábola de Jesús nos enseña que a Dios no le gustan los de corazón soberbio, como el fariseo, porque esos se parecen al Gran Soberbio, el Demonio, y como los soberbios, al igual que el Demonio, no pueden estar delante de él, así el fariseo, y todos los que son como él, no pueden estar delante de Dios.

La parábola nos enseña, en cambio, que a Dios sí le gustan los humildes, como el publicano, que se reconocen pecadores y que sin la gracia de Dios son igual a nada más pecado. Los humildes se parecen mucho a su Hijo Jesús; tanto se parecen, que Dios cree que son su Hijo Jesús en Persona, y los colma de bendiciones en la tierra y les prepara un trono de luz en el cielo.

sábado, 17 de agosto de 2013

Evangelio para niños: "No he venido a traer la paz, sino la división"


(Domingo XX - TO - Ciclo C - 2013)
          Para entender el Evangelio de hoy, en donde Jesús nos dice que "no ha venido a traer la paz, sino la división", tenemos que imaginarnos a dos ejércitos que están luchando, uno dirigido por un capitán bueno, y otro, por un capitán malo. De pronto, en medio de la lucha, el capitán de uno de los ejércitos, el capitán bueno, sin tener miedo, se mete dentro de las filas de los soldados del otro ejército, y los convence, uno por uno, de que dejen de pelear contra él y comiencen a pelear contra el otro capitán, que es muy malo. así, este capitán bueno, introduce la división dentro del ejército enemigo, y hace que muchos de los que eran sus enemigos, ahora sean amigos de él y enemigos del capitán malo.
          Los dos ejércitos, que luchan uno contra otro, son el ejército de Jesús y María, y el ejército de Satanás. El ejército de Jesús está en un lugar alto, con mucho césped, con el cielo despejado y con un sol resplandeciente; el Jefe y Supremo Capitán de este ejército bien disciplinado y aguerrido es Jesucristo, y su estandarte es el estandarte ensangrentado de la Cruz; al lado suyo, está su Mamá, la Virgen, que es la celestial Capitana de este ejército; está rodeada de sus hijos más fieles, los que aman con todo el corazón y se han consagrado a Ella; los que rezan el Rosario todos los días; los que obran la misericordia, corporal y espiritual, por amor a su Hijo Jesús; los que prefieren morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. Los integrantes de este ejército tienen una coraza poderosísima, y es la humildad, que está reforzada a la altura del corazón, y esta humildad así reforzada hace que sea un corazón contrito y humillado. El casco y el escudo protector es la oración, y las armas que usan, poderosísimas, son el Santo Rosario, el amor a la Eucaristía y a la Santa Misa. Sus otras armas, igualmente poderosas, son: castidad, diligencia, templanza, paciencia, generosidad y, la más poderosa de todas, la caridad, que es el Amor mismo del Sagrado Corazón.
          El otro ejército, es el ejército de Satanás, que es su capitán; este ejército está en una hondanada, un lugar todo sucio con barro y agua estancada; el lugar está lleno de humo, que se levanta desde el trono de Satanás, pero el humo, en vez de subir al cielo, no lo hace, porque no puede entrar en el cielo el humo de Satanás, y entonces este humo, oscuro, espeso, de mal olor, invade todo su ejército. Este está formado por los ángeles caídos y por los hijos de las tinieblas, que son los hombres aliados con ellos; las armas son la soberbia, que hace que el corazón sea duro y frío como una piedra, y todos están atados al trono del demonio con gruesas cadenas de hierro, que tienen distintos nombres: pereza, gula, avaricia, ira, lujuria y envidia. Este ejército malo hace la guerra a Dios, a su Iglesia y a los hombres de buena voluntad.
          Los dos ejércitos están así, uno frente al otro, dispuestos para la batalla, pero en un momento determinado, el Capitán del ejército bueno, Jesús, acompañado por su Mamá, se dirige hacia el campamento del ejército malo. Nadie los puede ver, porque la soberbia los vuelve ciegos a todo lo que se refiere a Dios, y así es como se acercan a los hombres que están encadenados al trono de Satanás, y les hablan al corazón, primero la Virgen y después Jesús, para que se conviertan y se pasen al ejército bueno. A los que aceptan, Jesús y la Virgen los liberan de sus cadenas de hierro, y los llevan al campamento del ejército bueno; a los que no aceptan, los dejan así, para volver después y tratar de convencerlos.
          Esta es la división que viene a traer Jesús: la división dentro del ejército malo, convirtiendo los corazones de los que estaban atadas con cadenas de hierro al trono de Satanás y luchaban contra Dios. Antes eran enemigos de Dios por el pecado; ahora son amigos de Dios por la gracia.
          Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice que "no ha venido a traer la paz, sino la división", porque el cristiano no está en paz con el Demonio; el enemigo del cristiano no es su hermano, sino el Demonio, y Cristo ha venido para hacerle la guerra al Demonio, y por eso dice que "no ha venido a traer la paz".

          Jesús quiere que estemos en paz con Dios y con los hermanos y que, unidos a Él y a la Virgen, con la Cruz y con el Rosario, le hagamos la guerra al Demonio. Jesús ha venido para que dejemos de ser amigos del Demonio y seamos sus enemigos; Jesús ha venido para que, de enemigos de Dios que éramos, nos convirtamos en sus amigos.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Cristo Rey del Universo - Homilía para Niños



         Hoy la Iglesia nos pide que nos acordemos de Jesús, que es Rey del Universo. Esto lo sabemos porque cuenta el Evangelio que cuando lo pusieron preso a Jesús, lo llevaron para que hablara con el gobernador de los romanos, que se llamaba Poncio Pilato, y cuando estuvo delante de Jesús, le preguntó: “¿Tú eres Rey de los judíos?”, y Jesús le respondió: “Tú lo dices”, que es como decir “Sí, soy Rey”.
         Entonces, nosotros festejamos a Jesús, que es Rey, porque Él mismo dijo que era Rey, y es Rey desde su nacimiento virginal del seno virgen de María, pero también es Rey desde siempre, porque Él existe en el cielo desde toda la eternidad, junto a su Papá Dios. Jesús es Rey porque Él es Hijo de Dios y también Hombre perfecto, no solo sin pecado, sino lleno de gracia y santidad.
         ¿Cómo es Jesús Rey? Para saberlo, primero tenemos que ver cómo son los reyes de la tierra: tienen corona de oro, se visten con vestimentas de seda muy fina y muy cara, bordadas con hilos de oro; el sillón desde donde reinan es grande, cómodo, y todo cubierto con terciopelo; tienen un cetro de madera de ébano, una madera muy fina, que cuesta mucho dinero, con el que mandan a los demás; toda la gente les hace reverencias y se inclinan ante ellos; cuando los eligen, el pueblo les dice: “Éste es nuestro rey”.
         Jesús, Rey eterno, es distinto a los reyes de la tierra: en vez de corona de oro, plata y diamantes, tiene una corona de espinas; en vez de una vestimenta de seda con hilos de oro, está vestido con una túnica roja que es su propia sangre, que sale de sus heridas abiertas; su cetro, con los que gobierna los corazones, son los clavos de hierro de sus manos y pies; en vez de sillón de terciopelo, su trono es la Cruz de madera; los que lo aman y lo reconocen como Rey de sus corazones, se arrodillan ante su Cruz, besan sus pies heridos y traspasados por los clavos, y lo adoran como se adora a Dios, porque Jesús crucificado es Dios crucificado; arriba de su trono, que es la Cruz, hay un cartel, puesto por los romanos, por encargo de Dios Padre, que dice: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.
         Cuando los reyes de la tierra entablan una batalla, salen con sus tropas y se colocan en un monte alto, para poder ver desde allí el curso de la batalla, y dirigir con eficacia sus ejércitos, para vencerlos para siempre, para que sus reinos se vean libres de sus enemigos.
         También Nuestro Rey Jesucristo, que reina desde el madero de la Cruz, pelea una gran guerra, y también Él se sube a un monte alto, el Monte Calvario, para que todos los hombres de todos los tiempos puedan verlo, para que viéndolo así crucificado lo amen, para que amándolo en el tiempo, se salven en la eternidad; Jesús es Rey victorioso, que no manda a sus ejércitos, que son miles de millones y de millones de ángeles de luz, sino que sale a pelear Él mismo, en Persona, para defendernos de nuestros enemigos, y Él pelea, lucha y vence en la Pasión, desde la Cruz, y es de la Cruz, que este Rey victorioso manda que por el poder infinito de su Sangre, todos se salven y que sus enemigos, que son los enemigos del hombre, el demonio, el mundo y la carne, sean destruidos para siempre y encerrados en la prisión subterránea, para que nunca más molesten a sus hermanos, los hombres.
         Por todo lo que Jesús, Nuestro Rey, ha sufrido para conseguirnos la victoria, es que debemos postrarnos delante de Él en acción de gracias, y adorarlo por su inmensa majestad y poder, y por su infinito y eterno Amor.
         Jesús es Rey de todo el Universo, el visible y el invisible; Él vendrá, al final del tiempo, el Día del Juicio Final, montado en un caballo blanco, como dice la Biblia, y tendrá escrito en su muslo: “Rey de reyes y Señor de señores”, porque es el más poderoso de todos los reyes de la tierra; Él es el Rey de los ángeles, es el Rey de los mártires, de los santos, de las vírgenes, de los doctores de la Iglesia, de los profetas, de los Apóstoles; es el Rey de todos los ángeles buenos y de todos los hombres buenos que ahora, en el cielo, se les da el nombre de “santos”, y quiere también ser nuestro Rey, pero necesita que nosotros le pidamos que sea nuestro Rey, porque Jesús no obliga a nadie a que lo acepten como Rey. Y como nosotros queremos que Jesús sea Nuestro Rey, le decimos: “Jesús, Rey eterno, inmortal, invencible, que reinas victorioso desde el leño de la Cruz; oh Rey Jesucristo, que por Amor a nosotros peleaste la batalla de nuestra salvación y venciste para siempre a nuestros enemigos, el demonio, el mundo y la carne, te lo pedimos, ven a nuestros corazones, planta en ellos tu estandarte glorioso, el estandarte ensangrentado de la Cruz, y sé nuestro Rey para siempre, y nunca permitas que te abandonemos. Ven, oh Rey eterno, reina en nuestros corazones, y te alabaremos y adoraremos por siempre, en el tiempo y en la eternidad. Amén”.
         Si rezamos esta oración desde lo más profundo del corazón, Jesús nos aceptará como súbditos de Él, y entonces podremos usar su distintivo. ¿Cuál es el distintivo de los súbditos de este rey? Porque Jesús Rey eterno reina desde el madero de la Cruz, los súbditos de este Rey bendito tienen como distintivo real el crucifijo y su bandera es el manto celeste y blanco de la Reina de cielos y tierra, la Virgen Inmaculada, María Santísima.
        

miércoles, 30 de marzo de 2011

Cuaresma es tiempo de lucha contra el demonio, el mundo y la carne

Jesús en el desierto
nos enseña a luchar
contra el demonio,
el mundo
y la carne

En Cuaresma seguimos a Jesús, que se va adentro, muy adentro del desierto. Nos quedamos junto a Él, noche y día, para aprender lo que Él nos enseña.

¿Qué nos enseña Jesús? Jesús en el desierto nos enseña a luchar contra los tres enemigos que nos dificultan la unión con Dios: el demonio, el mundo y la carne. Es muy importante combatir contra estos enemigos del alma, porque los tres se ponen entre nuestro corazón y Dios, y hacen sombra a nuestro corazón, tapándole la luz del Amor de Dios.

Jesús nos enseñó a luchar contra el demonio, porque fue tentado por él al final de los cuarenta días, y nos enseñó que con la Palabra de Dios podemos vencerlo: Él le contesta a todas las tentaciones del demonio, con la Biblia, por eso siempre tenemos que leer la Biblia, porque ahí encontramos la respuesta a todo lo que queremos saber.

El demonio trata de tentarnos, aprovechándose de nuestra debilidad. Nos tiende continuamente trampas, así como un cazador pone trampas a su presa para atraparla. Los trucos del demonio son tres: el primero, es hacernos desear cosas materiales, más de las que necesitamos; el segundo, es hacernos desear que los demás hablen de nosotros y nos alaben todo el tiempo; el tercero, es la soberbia: si alguien nos dice la verdad, con algo que no nos gusta, o si tenemos que pedir perdón por algo que hicimos, nos empuja para que nos sintamos mal y para que no hagamos lo que tenemos que hacer: nos hace enojar cuando nos dicen nuestros defectos, o no nos deja pedir perdón cuando tenemos que pedir perdón. Jesús nos enseña que tenemos que ser humildes como Él, que siendo Dios se hizo Niño por amor a nosotros.

Entonces, tres trucos tiene el demonio para hacernos caer, repasemos: hacernos desear bienes materiales que no necesitamos; hacernos desear que siempre nos estén alabando; y hacernos ser orgullosos y soberbios, sin querer reconocer nuestras faltas, y sin querer pedir perdón.

Si el demonio tiene tres trucos, Jesús en el desierto, que se preparaba para la cruz, nos enseñó cómo luchar contra sus trucos: para el primer enemigo, el demonio y sus trucos, nos enseñó que no tenemos que desear las cosas materiales que no necesitamos, Jesús nos enseña que tenemos que ser pobres, como Él es pobre en la cruz. Jesús no tiene nada material en la cruz, sólo tiene una corona de espinas, tres clavos de hierro y una cruz, y todo eso no es de Él, sino que son cosas que se las ha prestado Dios Padre para que pueda salvarnos. Lo único que sí es de Él, en la cruz, son las heridas de la cabeza, de las manos y de los pies. Cuando estemos tentados a tener cosas que no necesitamos, veamos a Jesús en la cruz, para darnos cuenta que sólo queremos lo que Él tiene en la cruz.

Para el deseo de ser alabado, Jesús nos enseña que hay que hacer la voluntad de Dios sin importar la alabanza de los hombres, como Él en la cruz: ahí, Él nos estaba salvando, estaba cumpliendo la voluntad de Dios, pero nadie lo alababa, sino que le decían cosas malas.

Para la tentación de ser soberbios, Jesús nos enseña a ser humildes, como Él, que siendo Dios, se hizo muy pequeño, como un Niño, para salvarnos.

En el desierto, Jesús nos enseñó también a luchar contra el otro enemigo que tenemos, que es el mundo, porque el demonio le ofreció todo el mundo: el diablo le dijo que le iba a dar mucho oro, y muchas ciudades, y que él iba a hacer que a Jesús lo siguiera mucha gente, pero antes tenía que arrodillarse delante de él, demonio, pero Jesús le contestó que sólo a Dios hay que adorar, sólo ante Dios en la Eucaristía nos tenemos que arrodillar.

Por último, Jesús en el desierto nos enseñó a luchar contra el tercer enemigo de nuestra salvación, la carne, porque Él pasó hambre y sed durante cuarenta días, y así nos enseñó que tenemos que domesticar a nuestro cuerpo, y no darle todo lo que pide, sino solo lo bueno y lo necesario. Muchas veces el cuerpo pide cosas que no son necesarias, o que son malas, y por eso lo tenemos que dominar, y no dejarnos llevar por la pereza, por la gula, por la ira. Jesús en el desierto nos enseña a dominar nuestro cuerpo: si tenemos sed, por ejemplo, podemos tomarla más tarde, para ser como Jesús, que aguantó la sed en el desierto; si tenemos hambre, y no nos gusta lo que nos sirven, lo comemos sin protestar, para ser como Jesús que no tenía nada para comer en el desierto; si estamos cansados, o si estamos con pereza, y nuestros padres nos piden que hagamos algo, no tenemos que dejarnos llevar por la pereza, y hacer lo que nos dicen con prontitud, acordándonos de Jesús, que no tuvo pereza para ir al desierto por mí.

Todo esto nos enseña Jesús en el desierto: a luchar contra el demonio, el mundo y la carne, que se ponen en el medio, entre nuestro corazón y Dios.

Si en Cuaresma hacemos lo que Jesús nos dice, entonces vamos a ganarles a esos tres enemigos, y cuando les ganemos, no va a haber nada en el medio, entre nuestro corazón y el Amor de Dios.