Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 5 de noviembre de 2023

Santa Misa de Primeras Comuniones

 


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones en Capilla San José 
en Alto Verde, Parroquia Nuestra Señora del Valle en Alvear, 
Concepción, 051123)


         En la Santa Misa se confecciona, se realiza, se produce, un sacramento, la Eucaristía.

         Como todo sacramento, la Eucaristía tiene dos partes: una visible y otra invisible.

         La parte visible es lo que vemos, oímos, sentimos: el altar, las oraciones, los libros, etc,.

         La parte invisible es lo que no vemos, pero que igualmente sucede porque sin lo invisible, no hay sacramento.

         Lo visible viene de la tierra; lo invisible, viene del cielo.

         Entonces, en la Santa Misa, en el altar, sucede algo visible y algo invisible: lo invisible consiste en que Jesús EN PERSONA baja desde el Cielo y convierte el pan en su Cuerpo y convierte el vino en su Sangre, que queda en el Cáliz; por eso el pan deja de ser pan y se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino deja de ser vino y se convierte en la Sangre de Cristo. En ese momento debemos hacer silencio interior y exterior, porque Cristo está misteriosamente en el sacerdote, obrando el milagro.

         Por eso cuando comulgamos, no comulgamos pan, sino el Cuerpo de Jesús y no bebemos el vino sino la Sangre de Jesús.

         Cuando comulgamos no comulgamos pan, aunque a los ojos y al gusto parezcan pan, sino que comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, comulgamos a Jesús en Persona; cuando comulgamos, recibimos con la boca la Eucaristía y con el corazón a Jesús que en Persona viene a nuestros corazones por la Comunión.

         Antes de comulgar y cuando hemos comulgado, debemos hacer un acto de amor y de adoración interior, en silencio, sin que nos importe nada de lo que pasa en el exterior, concentrándonos en nuestro interior, porque Jesús está en nuestros corazones. No vamos a sentir nada sensiblemente, pero eso no quiere decir que Jesús no esté; aunque no sintamos nada, Jesús está en nuestros corazones por la Eucaristía y por eso debemos regresar a nuestros asientos luego de la Comunión, arrodillarnos y dar gracias a Jesús por haber bajado desde el cielo para venir a nuestros corazones.

         Este hermosísimo milagro sucede en cada Misa; Jesús baja desde el Cielo, acompañado por su Madre, la Virgen y por cientos de miles de ángeles y santos y el altar se convierte en una parte del Cielo, deja de ser de cemento para ser de cielo, donde está Jesús.

         Jesús hace este milagro en cada Misa para venir a nuestros corazones, para que lo recibamos a nuestros corazones; deja el cielo en donde está con sus ángeles y santos, para estar con nosotros, para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

         No hay nada más hermoso en el mundo que recibir a Jesús con el corazón purificado por la confesión, en la Sagrada Eucaristía.

         Los niños deben preguntarse: si Dios quiere darme su Amor, el Espíritu Santo, ¿yo me voy a quedar durmiendo o jugando o viendo televisión? Para eso tengo todo el día, primero voy a recibir al Corazón de Jesús en la Eucaristía y después todo lo demás.

         No cometamos el error de muchísimos niños y jóvenes, que se pierden de recibir el Amor del Sagrado Corazón de Jesús por cosas que no tienen importancia. NADA tiene más importancia que Jesús en la Eucaristía.

         Algo que deben tener en cuenta los papás es que son responsables ante Dios por sus hijos, porque van a responder ante el Juicio de Dios, en el Juicio Final, por si se preocuparon o no por traerlos los Domingos para que reciban a Jesús Eucaristía, al menos hasta que cumplan la mayoría de edad.

jueves, 27 de octubre de 2022

En la Confirmación el Espíritu Santo convierte sus cuerpos en su templo y sus corazones en altares de Jesús Eucaristía

 


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Confirmaciones)


¿Qué sucede en la Confirmación?

A decir verdad, suceden varias cosas, pero nos detendremos en un solo aspecto: cuando alguien recibe el Sacramento de la Confirmación, su cuerpo se convierte en algo especial, en algo más valioso que todo el oro del mundo entero: se convierte en templo del Espíritu Santo. Además, el corazón se convierte en altar en donde debe ser adorado única y exclusivamente, Jesús Eucaristía.

¿De qué manera el cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo? Lo hace porque, en primer lugar, Nuestro Señor Jesucristo lo “compró”, por así decirlo, a un precio altísimo, al precio de su Preciosísima Sangre derramada en la Cruz y vertida en el Cáliz del altar.

Para darnos una idea de cómo el cuerpo es templo del Espíritu Santo, imaginemos que nuestro cuerpo es como este templo: el altar es el corazón, las paredes y el techo son la cabeza y el resto del cuerpo. Ahora hagamos este ejercicio de reflexión: a este templo material, en el que estamos celebrando la Santa Misa, ¿podríamos convertirlo en un establo para caballos, por ejemplo? Por supuesto que no, porque sería una gran ofensa a Jesús Eucaristía; de la misma manera, no podemos dejar que las pasiones sin la gracia -ira, envidia, gula, lujuria- dominen nuestro cuerpo. A este templo, ¿podríamos pintarlo con toda clase de letreros, de frases indecentes? Por supuesto que no, y por eso no podemos hacernos tatuajes en nuestro cuerpo. A este templo, ¿podríamos poner música a todo volumen, música indecente, que incite a cosas malas, y podríamos colocar luces de colores, como se hace un lugar donde se va a bailar? ¿Podríamos consumir cosas que no se deben consumir? Por supuesto que no, y por esa razón, nuestro cuerpo no puede escuchar música inapropiada, ni tampoco beber cosas que no se deben beber, ni consumir cosas que no se deben consumir.

En otras palabras, a partir de la Confirmación, nuestro cuerpo es sagrado y por este motivo es que el cuerpo debe ser tratado con respeto, con veneración, porque ya no nos pertenece: es propiedad del Espíritu Santo. Esto incluye muchas cosas, como por ejemplo, no escuchar música indecente, no mirar cosas que no se deben mirar, no colocarse tatuajes, no colocarse cosas de metal incrustadas en la piel, no modificarlo con  cirugías innecesarias -hay quienes se hacen cirugías para parecerse a marcianos, o a vampiros, por ejemplo-.

Por el contrario, en nuestro cuerpo deben resonar cantos de alabanza a Dios, de adoración a Jesús Eucaristía y así como en el altar y en el sagrario se adora a Jesús Eucaristía, así también en nuestro corazón no se debe adorar a nadie más que no sea Jesús Eucaristía. Por el Sacramento de la Confirmación, nuestro cuerpo es propiedad del Espíritu Santo, es templo del Espíritu Santo, del Amor de Dios y por eso debemos cuidarlo y respetarlo.

viernes, 20 de mayo de 2022

En la Santa Misa sucede algo misterioso: Jesús baja del cielo para quedarse en la Eucaristía

 


(Homilía para niños del Ciclo Primario del Colegio La Asunción, Leales, Tucumán, Argentina)

¿Qué sucede en la Santa Misa?

Para saberlo, debemos tener en cuenta que existe una realidad invisible a los ojos del cuerpo, misteriosa, sobre el altar, cuando se celebra la Misa. Necesitamos para eso, no solo usar la imaginación, sino pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine la mente y el corazón, así podremos saber qué es lo que pasa en la Santa Misa. Para eso, podemos rezar la siguiente oración: “Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, ilumina nuestras mentes y corazones, para que veamos a Jesús en la Cruz del Altar”.

Una vez que pedimos la ayuda del Espíritu Santo, tenemos que saber lo siguiente: cuando se celebra la Misa, primero el altar se convierte en una parte del Cielo y segundo, cuando el sacerdote dice las palabras de la consagración sobre el pan y el vino –cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el cáliz y dice “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, Jesús baja del Cielo, con su cruz y convierte con su poder divino el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Por eso, cuando comulgamos, no comulgamos un trocito de pan sin levadura, aunque tenga sabor a pan sin levadura, sino que comulgamos el Corazón de Jesús, que está envuelto en las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo y cuando el sacerdote bebe del cáliz, no bebe vino, aunque tiene sabor a vino, sino que bebe la Sangre del Corazón de Jesús y con la Sangre de Jesús, bebe el Espíritu Santo.

Otra cosa que tenemos que saber es que en la Misa Jesús hace, invisiblemente, lo mismo que hace en el Calvario: ofrece su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el Cáliz y todo esto, sin que sepamos cómo y sin que nos demos cuenta de cómo sucede, porque es algo que Jesús hace de forma invisible, pero sucede realmente. Por eso la Misa es como viajar en el tiempo, es como si nosotros viajáramos a Palestina, en el día del Viernes Santo, o como si Jesús, con su Cruz, viniera hasta nosotros. En la Misa Jesús renueva su sacrificio de la Cruz y por eso debemos estar en Misa como estuvieron la Virgen y San Juan al pie de la Cruz: adorando a Jesús, que por nuestra salvación se ofreció al Padre para morir en la Cruz.

Entonces, cuando participemos de la Santa Misa, pidamos al Espíritu Santo su luz celestial, para que seamos capaces de ver, con los ojos de la fe, lo que pasa sobre el altar: Jesús baja del Cielo para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos, con un corazón puro y en gracia y así nuestro corazón se convierta en el Cielo del Rey del Cielo.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El Evangelio para Niños: Dios Padre se alegra cuando nos confesamos


(Domingo XXIV – TO – Ciclo C – 2016)
“Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que no necesitan conversión” (Lc 15, 1-32). Jesús nos narra tres parábolas, que tienen algo parecido: en las tres, algo se pierde –una moneda, una oveja, un hijo pródigo-; en las tres parábolas, el dueño va en busca de lo que se ha perdido –la mujer que barre la casa, el pastor que sale a buscar la oveja, el padre de la parábola que sale a esperar a su hijo hasta que regrese-; en las tres parábolas, el dueño de lo que se ha perdido, se alegra al encontrarlo –la mujer, el pastor, el padre-; en la última parábola, el padre organiza una fiesta, para celebrar el regreso de su hijo.
¿Qué nos enseña Jesús en estas parábolas?
Para responder, tenemos que saber que aquello que se pierde en la parábola –la dracma o moneda, la oveja, el hijo pródigo-, somos nosotros, pecadores, que por el pecado, nos ocultamos de la vista de Dios, así como Adán y Eva, en el Paraíso, se ocultaron de los ojos de Dios después de cometer el pecado original. Nosotros, o cualquiera que comete un pecado, se aparta de la vista de Dios, pero Dios nos ama tanto, que sale a buscarnos, y así tenemos que ver el amor de Dios que nos busca, por medio de Jesús, en la mujer que barre para buscar la dracma, en el pastor que sale a buscar su oveja, y en el cordero sacrificado por el padre de la parábola, para festejar el regreso de su hijo. La mujer que busca su moneda, el pastor que busca su oveja, y el padre que espera el regreso de su hijo, representan a Dios Padre, que sale a buscarnos por medio de Jesús, y que se alegra cuando nos confesamos, porque el vestido nuevo que le manda a poner a su hijo, las sandalias y el anillo, significan que es hijo suyo y no sirviente, y este vestido de fiesta simboliza la gracia santificante que recibimos cuando nos confesamos.
¿Y la fiesta que organiza el padre de la parábola? ¿Qué significa? Representa la Santa Misa: el padre hace sacrificar un cordero, y ese cordero representa a Jesús, que es el Cordero de Dios, que con su Sangre derramada en la cruz, quita los pecados del corazón del hombre. El banquete que nos sirve Dios Padre, para festejar nuestro regreso, cuando nos confesamos y nos revestimos con la gracia santificante, es la Santa Misa, y está compuesto de: Carne, Pan y Vino: la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, la Eucaristía; el Pan Vivo bajado del cielo, su Cuerpo glorificado en la Hostia; y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de Jesús derramada en la cruz y recogida en el cáliz del altar eucarístico.
La Santa Misa es el banquete organizado por Dios Padre, en el que sacrifica su Cordero, Jesús, para festejar nuestro regreso a su Casa, que se produce luego de confesarnos.


martes, 16 de agosto de 2016

La Santa Misa explicada a las familias integrantes de CAFA (Catequesis Familiar)



Introducción.
Al asistir a la Santa Misa, debemos tener en cuenta algo muy importante: se trata del Misterio de Jesús en la cruz, que está en el altar, invisible, y por eso no podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero sí podemos verlo con los ojos de la fe. Para asistir a la Santa Misa, es muy importante que hagamos silencio, exterior e interior, y también es muy conveniente traer al alma el recuerdo del Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado, porque ese mismo Jesús crucificado, se hará Presente, invisible, en el altar, en la consagración. Esta es la razón por la que la Santa Misa se llama también: “Santo Sacrificio del Altar”, porque se trata del mismo y único sacrificio de la cruz, sólo que oculto bajo lo que parece pan y vino. En otras palabras, asistir a Misa es como asistir a la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo, por lo que debemos pedirle a la Virgen que nos dé sus mismos sentimientos y su mismo amor, los que Ella tenía cuando estaba de pie al lado de la Cruz, para que así asistamos a la Santa Misa.

Ahora sí, veamos brevemente los diferentes momentos de la Santa Misa.
La Santa Misa inicia con lo que se denomina Rito de Entrada. En este momento, desde el inicio mismo de la Santa Misa, debemos tener en cuenta, antes que nada, que la Santa Misa es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que en la Misa se desarrolla algo que no podemos ni entender con nuestra razón, ni podemos ver con los ojos del cuerpo, y que solo lo podemos apreciar con la fe y con la luz del Espíritu Santo. Para asistir a la Santa Misa con provecho, tenemos que considerar que es un misterio del cielo, que se desarrolla ante nuestros ojos, es decir, hay una realidad invisible que no es percibida con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Y esta realidad misteriosa, que no se ve, que es invisible, es la representación del sacrificio en cruz de Jesús, lo cual quiere decir que la realidad invisible de la Misa es el Santo Sacrificio del Calvario, el sacrificio de la cruz de Jesús en el Monte Calvario, el Viernes Santo. Lo primero que tenemos que tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa, es el sacrificio en cruz de Jesús, el sacrificio de su vida por nuestra salvación. Y puesto que es un sacrificio por amor, porque Jesús no tenía ninguna obligación de salvarnos, entonces, lo que debemos tener al venir a la Santa Misa, es amor y agradecimiento a Jesús, por su muerte en cruz por nosotros. La alegría que debemos experimentar es la alegría que viene de saber que Jesús nos ama tanto, que ha llegado al extremo de dar su vida por nosotros. Desde ya vemos cómo la Misa no es ni divertida ni aburrida, sino un misterio fascinante, porque es casi como viajar en el tiempo, para estar en la cima del Monte Calvario, de rodillas ante la cruz y acompañados por la Virgen. El que se aburre en Misa es porque no se da cuenta de que está viviendo el misterio más fascinante que puede existir en el cielo y en la tierra, y el que busca diversión en la misa, es porque tampoco entendió que Jesús se sacrifica en el altar, como lo hizo en la cruz, no para divertirnos, sino para salvarnos y darnos el Amor infinito de su Sagrado Corazón.
En el Acto Penitencial, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es decir, por todas las faltas a su Amor, porque el pecado es eso: un acto de malicia de nuestros corazones, que ofende a Dios, que es infinitamente bueno. Pedimos perdón por las veces que dijimos mentiras, por las veces que nos dejamos llevar por la pereza, por las veces que contestamos mal a nuestros padres, por las veces que tuvimos envidia, en vez de alegrarnos por las cosas buenas que les suceden a nuestros hermanos. Nos reconocemos pecadores y hacemos el propósito de no volver a pecar. Cuando el sacerdote da la absolución, esta absolución, más la Comunión Eucarística, nos perdonan los pecados veniales, aunque no los pecados mortales. Si solo tenemos pecados veniales, con esta absolución del sacerdote, ya podemos comulgar, pero no podemos comulgar si tenemos pecados mortales.
Luego viene la Liturgia de la Palabra, en la que escuchamos el Antiguo Testamento, los Salmos y el Nuevo Testamento, para lo cual necesitamos estar en silencio y muy atentos, porque Dios habla en el silencio, y además San Agustín dice que la Biblia es una carta personal que Dios escribe para cada uno de nosotros, entonces, tenemos que estar atentos para escuchar lo que nuestro Papá Dios nos escribe, con mucho amor, desde el cielo.
Luego viene la Presentación de las ofrendas, que consisten en pan y vino, aunque lo que tenemos que tener en cuenta aquí que las ofrendas consisten, ante todo, en el pan y el vino que han sido convertidos en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En este momento, y en silencio, desde lo más profundo del corazón, tenemos que ofrecernos, con el pan y el vino que van a ser depositados en el altar, con todo nuestro ser, con lo que somos y tenemos, con nuestra vida pasada, la presente y la futura, para unirnos al sacrificio de Jesús que hará en el altar, en el momento de la consagración.
En el Prefacio, esa oración larga que dice el sacerdote y que finaliza con el canto del triple “Santo”, tenemos que estar muy atentos, porque el sacerdote se dirige a Dios en nombre nuestro, y nos presenta ante Él, para que, en el silencio, le expresemos el amor de nuestros corazones y la adoración que se merece, adoración que la unimos a la adoración de los ángeles y santos en el cielo. Luego llega la Plegaria Eucarística, que es el momento más maravilloso y grandioso de todos, porque cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, se produce el Milagro de los milagros, que se llama “transubstanciación” y significa que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ese momento es que debemos adorar la Eucaristía, porque ya está Presente, sobre el altar, la Presencia real del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Es el momento en el que debemos maravillarnos y alegrarnos, sorprendernos y maravillarnos, porque sobre el altar, oculto en lo que parece ser un poco de pan, está el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, a quien adoran, en el cielo, los ángeles y santos. Podemos decir que, luego de la consagración, tenemos con nosotros al Verbo de Dios, lo que quiere decir estamos en la tierra ante Jesús, así como los ángeles y santos están ante el mismo Jesús en el cielo.
Luego viene el Rito de Comunión, en el que se reza el Padrenuestro, en el cual agradecemos a Nuestro Padre celestial por el don de su Hijo Jesús en la Eucaristía. En el saludo de la paz, se da solamente a quien está a mi lado, y hay que considerar que no es un saludo tal como nos saludamos en la calle; se trata de un saludo en el que damos la paz a nuestros hermanos, a los que tenemos al lado, pero también a aquellos con los cuales podemos estar enemistados, por algún motivo circunstancial. El saludo de la paz que damos, es el saludo de la paz que nos da Jesús, que pacifica nuestros corazones y los reconcilia con Dios, al lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la cruz. Cuando el sacerdote parte la Eucaristía y coloca una fracción en el Cáliz, eso significa la Resurrección de Jesús, así como la consagración por separado del pan y el vino significaba la separación del Cuerpo y Sangre de Jesús en la cruz.
Luego viene la Comunión, momento en el que tenemos que estar muy atentos, no solo rechazando todo pensamiento que nos pueda distraer, sino poniendo toda nuestra atención en la Comunión, porque el Rey del cielo, Cristo Jesús, viene a nuestras almas; debemos disponer nuestros corazones para alojar allí, con todo el amor del que seamos capaces, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para amarlo y adorarlo con todas nuestras fuerzas. Al comulgar, debemos adorar la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, además de amarlo con todas las fuerzas de nuestros corazones. Al comulgar, entonces, debemos hacerlo con la mente despierta, para creer firmemente en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, y con nuestro corazón listo para adorar y amar al Cordero de Dios, que dio su vida por mi amor.
Finalmente, viene el Rito de despedida, finalizando la Santa Misa con la bendición del sacerdote. Contrariamente a lo que pueda parecer, con la bendición final y despedida, no es que “termina la misa”, sino que comienza nuestra tarea como cristianos, que es la de dar a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia, al menos una ínfima parte del Amor recibido del Sacrificio de Jesús en la cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el altar.
Como vemos, en la Santa Misa, cuando se participa adecuadamente, es decir, espiritual e interiormente, con el silencio, con la mente despierta y concentrada en el misterio del altar, que es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz, y con el corazón deseoso de dar todo nuestro amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que baja del cielo a la Eucaristía sólo para darme su Amor, no tenemos tiempo para aburrirnos, ni tampoco para “divertirnos”, sino para vivir, intensamente, el misterio más fascinante y maravilloso de todos los misterios de Dios, y es la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Y si no sabemos cómo participar, interiormente y con amor, de la Santa Misa, tenemos que pedirle que nos ayude a hacerlo a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que ama y adora a su Hijo Jesús en ese sagrario viviente que es su Inmaculado Corazón.


jueves, 11 de agosto de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 32 – La Santa Misa. La Eucaristía como sacrificio

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 32 – La Santa Misa. La Eucaristía como sacrificio
Doctrina
¿Qué es la Santa Misa? La Santa Misa es el sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo ofrecido en nuestros altares bajo las especies de pan y vino, en memoria del sacrificio de la Cruz.
¿Por qué decimos que la Santa Misa es sacrificio? Decimos que la Santa Misa es sacrificio porque en ella Jesucristo se ofrece como víctima en reconocimiento de la suprema majestad de Dios y en reparación por nuestros pecados.
¿Es la Misa el mismo sacrificio de la cruz? Sí, porque en uno y otro el mismo Jesucristo es sacerdote y víctima.
La Misa es, pues, el sacrificio de la cruz perpetuado; en sustancia es el mismo que ofreció Jesucristo en el Calvario, y la diferencia que hay entre uno y otro es accidental:
1)                                 En el Calvario, o sea, en la cruz se ofreció Él mismo, y en la Misa se ofrece bajo las especies de pan y vino por el ministerio de los sacerdotes; 2) En la cruz el sacrificio fue cruento o con derramamiento de sangre, y en la Misa es incruento o sacramental; 3) en la cruz Jesucristo nos redimió, y aunque bastó para redimirnos, porque el sacrificio de la cruz es infinito, sin embargo el sacrificio de la Misa actualiza y perpetúa el sacrificio de la cruz, no para añadir eficacia a aquel, sino para aplicarnos los frutos de la redención. En otras palabras: cuando asistimos a la Santa Misa, es como si asistiéramos, el Viernes Santo, a la Crucifixión de Jesús, solo que no podemos vez de ver a Jesús con los ojos del cuerpo, porque está invisible y oculto en lo que parece pan y vino, la Eucaristía.
2)                                 El sacrificio es inmolación o destrucción de una víctima ofrecida a Dios en reconocimiento de su supremo dominio sobre todas las cosas. El sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Misa, son un único y mismo sacrificio, por lo que en los dos se inmola, por nosotros, la Víctima Inocente, Jesús, solo que en el Calvario se inmola en la Cruz, y en la Misa se inmola, invisible, en el Altar.
¿Cuáles son los fines de la Santa Misa? Los fines de la Santa Misa son cuatro: adorar a Dios, darle gracias, pedirle beneficios y satisfacer por nuestros pecados.
¿Cuántas partes tiene la Misa?

Las partes de la Misa con dos: Liturgia de la Palabra y Liturgia de la Eucaristía.
         Explicación

El Padre Pío celebrando la Santa Misa.
Cuando el sacerdote ofrece el Sacrificio del Altar, que es la Santa Misa, se actualiza y se perpetúa el Santo Sacrificio de la Cruz, es decir, en la Santa Misa es como si estuviéramos delante de Jesús, que muere en la Cruz el Viernes Santo, en el Calvario. Dios Padre recibe, por lo tanto, con el mismo agrado con el que recibió el Sacrificio de Jesús en la Cruz, el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. Para Dios Padre, la Misa es tan agradable como el Sacrificio de Jesús en el Calvario, porque es el mismo y único sacrificio, solo que ofrecido de modo incruento y sacramental.
         La Eucaristía no es únicamente un sacramento, sino que es además el sacrificio perenne de la Nueva Ley. Este sacrificio se llama la Santa Misa. El sacrificio de la Misa es el mismo sacrificio del Calvario, y fue anunciado cinco siglos antes por el profeta Malaquías (1, 11).
         En la Santa Misa primero se consagra el Cuerpo de Cristo y luego separadamente la Sangre, para representar mejor a Cristo como Víctima en el sacrificio: así como en la Cruz el Cuerpo de Jesús se separó de su Sangre, porque su Sangre salió a borbotones de sus heridas y de su Costado traspasado, así en la Misa se consagran el Cuerpo y la Sangre separados, para indicar que es el mismo sacrificio de la cruz. La diferencia es que la Sangre de Jesús, que en el Calvario caía en la tierra, en la Misa se recoge en el Cáliz del altar.
         Cuando se ofrece la Santa Misa por las Almas del Purgatorio, estas se ven libres de sus penas y así pueden entrar en el cielo. Luego, esas almas, ya siendo santos en el cielo, interceden por nosotros.
         En la Santa Misa también podemos “impetrar”, es decir, pedir a Dios por nuestras necesidades, sean materiales o espirituales, y el que pide por nosotros a Dios Padre, es el mismo Jesucristo en Persona.
         De Dios recibimos innumerables beneficios –la vida, el ser hijos de Dios por el bautismo, el alimentarnos con su Cuerpo y Sangre, el recibir el Espíritu Santo en la Confirmación, etc.-, y como no podemos “pagar” por todo lo que Dios nos da gratuitamente, la Santa Misa es el medio digno de dar gracias por todo lo que de su Divina Bondad recibimos. Es decir, la acción de gracias es uno de los motivos por los que tenemos que mandar celebrar una Misa.
         Práctica: amar la Misa y asistir con frecuencia. Si yo supiera que Jesús bajará del cielo sólo para mí, y sólo para darme su Corazón, lleno del Amor de Dios, ¿pondría algún pretexto para faltar a la cita? Pues bien, ¡eso es lo que sucede en la Santa Misa! Jesús baja del cielo en la Santa Misa y en el altar hace lo mismo que en la Cruz: así como en la cruz entregó su Cuerpo y derramó su Sangre por mi amor, así en la Misa entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para darme su Amor, el Amor de Dios. En la Santa Misa, Jesús me da su Sagrado Corazón Eucarístico, lleno del Amor de Dios. ¡No me lo puedo perder por nada del mundo!
         Palabra de Dios: la Misa sustituyó a todos los sacrificios de la Antigua Ley, por eso no tiene sentido realizar esos sacrificios, que ya no valen nada a los ojos de Dios: “Así dice el Señor: ‘No tengo en vosotros complacencia alguna, no me son gratas las ofrendas de vuestras manos, porque desde que sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece al hombre mío una oblación pura” (Mal 1, 11). Ese sacrificio es la Santa Misa.
         Ejercicios bíblicos: 1 Cor 11, 23; Lc 22, 19; Hech 4, 32; 1 Cor 10, 17.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

sábado, 1 de agosto de 2015

El Evangelio para Niños: Jesús es el Pan que da la vida de Dios


(Domingo XVIII – TO – Ciclo B – 2015)

El Evangelio nos cuenta que la gente busca a Jesús para hacerlo rey, porque Jesús les ha hecho el milagro de multiplicar panes y pescados y les ha satisfecho el hambre que tenían (cfr. Jn 6, 24-35). Pero Jesús no se deja coronar rey, porque Él no es rey de la tierra, sino Rey del cielo; Él quiere ser Rey de nuestros corazones, no de un lugar de la tierra, sino de nuestros corazones.
Jesús les dice que más importante que el pan de la tierra, el pan que comemos todos los días en la mesa, es el Pan del cielo, el Pan que alimenta no el cuerpo, con trigo y agua, sino el alma, con la Vida de Dios. El pan de la tierra nos nutre con trigo y agua y fortalece el cuerpo; el Pan que nos da Jesús, que es Él mismo en la Eucaristía, nos alimenta el alma, con la Vida de Dios.
Hagamos esta comparación, para darnos cuenta de qué es lo que quiere enseñarnos Jesús: el pan que comemos todos los días en la mesa, es un pan hecho de harina de trigo y agua; es cocido en el horno de la panadería, con fuego de la tierra, el fuego que todos conocemos, y cuando lo comemos, nos alimenta el cuerpo, porque nuestro aparato digestivo lo descompone en partes pequeñas, para que luego el tubo digestivo lo asimile y distribuya sus nutrientes, por medio de la sangre, por el organismo.
El Pan que nos da Jesús, la Eucaristía, en la Santa Misa, es un Pan que parece pan de trigo y agua, pero no es pan de trigo y agua, porque es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad; es un Pan que es cocido con un fuego que no es de la tierra, sino del cielo, el Fuego del Espíritu Santo; es un pan que se cuece en el horno ardiente del Amor de Dios, y cuando lo consumimos, no alimenta nuestro cuerpo: se disuelve en la boca, y en vez de distribuirse por el organismo, como lo hace el pan común, este Pan del cielo se distribuye por el alma y nos nutre con la Vida de Dios y el Amor de Dios, y así nuestra alma queda toda llena de Dios, de su Vida y de su Amor, y así ya no quiere ninguna otra cosa.

Entonces: el pan de la tierra nos alimenta el cuerpo con trigo y agua; el Pan del cielo, la Eucaristía, nos alimenta el alma con el Amor de Dios.

Busquemos siempre este Pan, la Eucaristía, porque la Eucaristía es el alimento del alma, que nos alimenta con la Vida y con el Amor del Sagrado Corazón de Jesús.

sábado, 30 de mayo de 2015

La Santa Misa explicada a Monaguillos 3


         Dijimos que la Santa Misa es un “sacrificio”. Vamos a repasar un poco lo que significa “sacrificio” y porqué la Misa es “sacrificio”.
¿Qué es un “sacrificio”?
En general, un sacrificio es entregar un don, un regalo, costoso, de mucho valor, a alguien, a una persona a quien se ama, para demostrarle nuestro amor y respeto.
         Cuando hablamos de la Misa, decimos que la Misa es un sacrificio, porque en la Misa se cumple todo lo necesario para que haya un sacrificio: entregamos un don, costoso, a alguien, a quien amamos, para demostrarle nuestro amor y respeto.
         Para que se cumpla el sacrificio, necesitamos lo siguiente: que haya un don, que haya alguien a quien lo entreguemos, y que esa entrega sea por amor y respeto.
         Veamos de qué manera se cumplen estos requisitos en la Misa.
         -El Don o regalo: el don o regalo que entregamos, es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, es decir, la Eucaristía; la Misa es el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que se ofrece en el altar bajo las especies del pan y del vino, en memoria del sacrificio de la cruz; es el mismo y único sacrificio de la cruz, solo que ofrecido de forma incruenta, sacramental, sin derramamiento de sangre.
         -a Alguien: el Ser divino a quien le entregamos la Eucaristía, es Dios Uno y Trino, a quien amamos;
         -Porqué lo entregamos: para demostrarle nuestro amor y respeto.
         Como vemos, en la Santa Misa se cumplen todas las condiciones para que sea un verdadero “sacrificio”.

         

sábado, 9 de mayo de 2015

La Santa Misa explicada a Monaguillos 2


         En la Primera Parte, dijimos que la Misa era un “sacrificio”, el mismo y único “Santo Sacrificio de la Cruz”. Ahora bien, para poder comprender el sentido espiritual del Sacrificio de la Misa, leamos y meditemos acerca de un milagroso suceso ocurrido por medio del profeta Elías, en el Antiguo Testamento[1]. Dicho suceso se encuentra en el Primer Libro de los Reyes, entre los versículos 21 al 39 y dice así: “21. Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste.» Pero el pueblo no le respondió nada. 22. Dijo Elías al pueblo: «He quedado yo solo como profeta de Yahveh, mientras que los profetas de Baal son 450. 23. Que se nos den dos novillos; que elijan un novillo para ellos, que los despedacen y lo pongan sobre la leña, pero que no pongan fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego. 24. Invocaréis el nombre de vuestro dios; yo invocaré el nombre de Yahveh. Y el dios que responda por el fuego, ése es Dios.» Todo el pueblo respondió: «¡Está bien!» 25. Elías dijo a los profetas de Baal: «Elegíos un novillo y comenzad vosotros primero, pues sois más numerosos. Invocad el nombre de vuestro dios, pero no pongáis fuego.» 26. Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!» Pero no hubo voz ni respuesta. Danzaban cojeando junto al altar que habían hecho. 27. Llegado el mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: «¡Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará!» 28. Gritaron más alto, sajándose, según su costumbre, con cuchillos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos. 29. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta la hora de hacer la ofrenda, pero no hubo voz, ni quien escuchara ni quien respondiera. 30. Entonces Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí.» Todo el pueblo se acercó a él. Reparó el altar de Yahveh que había sido demolido. 31. Tomó Elías doce piedras según el número de las tribus de los hijos de Jacob, al que fue dirigida la palabra de Yahveh diciendo: «Israel será tu nombre.» 32. Erigió con las piedras un altar al nombre de Yahveh, e hizo alrededor del altar una zanja que contenía como unas dos arrobas de sembrado. 33. Dispuso leña, despedazó el novillo y lo puso sobre la leña. 34. Después dijo: «Llenad de agua cuatro tinajas y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña.» Lo hicieron así. Dijo: «Repetid» y repitieron. Dijo: «Hacedlo por tercera vez.» Y por tercera vez lo hicieron. 35. El agua corrió alrededor del altar, y hasta la zanja se llenó de agua. 36. A la hora en que se presenta la ofrenda, se acercó el profeta Elías y dijo: «Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado toda estas cosas. 37. Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahveh, eres Dios que conviertes sus corazones.» 38. Cayó el fuego de Yahveh que devoró el holocausto y la leña, y lamió el agua de las zanjas. 39. Todo el pueblo lo vió y cayeron sobre su rostro y dijeron: «¡Yahveh es Dios, Yahveh es Dios!»”.
         Aquí tenemos que notar dos cosas: una, que es un milagro que llueva fuego del cielo, y que eso solo lo puede hacer Dios; la segunda cosa, es que cae tanto fuego, que asa la carne cruda del novillo y la convierte en humo que se eleva al cielo y esto significa que la ofrenda ha dejado de pertenecer a los hombres, para pasar a pertenecer a Dios, y lo que ha perfeccionado a la ofrenda, ha sido el fuego. Antes, cuando el novillo estaba “crudo”, por así decirlo, estaba en la tierra, y todavía no le pertenecía a Dios, pero por la acción del fuego, el novillo es asado y convertido en humo y así, convertido en humo, asciende al cielo y así puede pertenecer a Dios. Es el fuego el que perfecciona a la ofrenda del sacrificio. Esto es importante tenerlo en cuenta para lo que sigue.
         ¿Por qué nos interesa este episodio del Antiguo Testamento?
         Porque es una figura de lo que sucede en la Santa Misa. Cada elemento del episodio de Elías, es una figura de la Santa Misa: Elías representa al sacerdote ministerial; el altar de piedra, representa al altar de la parroquia; el novillo, representa el pan y el vino sin consagrar; el agua que se derrama, representa las gotitas de agua que se vierten sobre el agua; el fuego que cae del cielo milagrosamente y consume el novillo, transmutándolo en humo que asciende al cielo, representa al Espíritu Santo, que es Fuego de Amor Divino, que por las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, “caen” sobre las ofrendas, produciendo lo que se llama “TRANSUBSTANCIACIÓN”, convirtiendo el pan y el vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, que es la verdadera ofrenda del sacrificio, que se eleva al cielo, glorificada, para adorar a Dios en nombre nuestro, expiando nuestros pecados, dando gracias en nombre nuestro e impetrando misericordia ante el trono de Dios Uno y Trino. Es decir, antes de la consagración, el pan y el vino representan el novillo crudo del profeta Elías, que no pueden elevarse a Dios; después de la consagración, el fuego del Espíritu Santo, que cae sobre el pan y el vino y los convierte en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, hace que estos sí puedan elevarse hasta el trono de Dios, porque están glorificados y santificados con la gloria de Dios. La verdadera ofrenda del sacrificio es la Eucaristía, y no el pan y el vino, porque la Eucaristía ha sido TRANSUBSTANCIADA por la acción del Espíritu Santo, que ha descendido sobre el pan y el vino en el momento de la consagración.
         Por último, al igual que los que contemplaron el milagro de Elías -que hizo llover fuego del cielo sobre el altar, para convertir la carne cruda del novillo en humo que ascendía al cielo y por lo tanto en ofrenda perfecta que le pertenecía a Dios-, que luego del milagro, reconociendo el poder de Dios, se postraron sobre sus rostros y adoraron a Dios diciendo: “¡Yahveh es Dios!”, así también nosotros, reconociendo que es el Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, el que convierte el pan y el vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús en la Eucaristía, luego de la consagración eucarística, debemos adorar, desde lo más profundo de nuestros corazones, a Jesús en la Eucaristía, diciendo: “¡Jesús Eucaristía es Dios!”.



[1] http://www.bibliacatolica.com.br/es/la-biblia-de-jerusalen/i-reyes/18/#.VU4J-fl_NBc

sábado, 2 de mayo de 2015

La Santa Misa explicada a Monaguillos 1


         ¿Qué es la Misa?
         La Misa es un sacrificio.
         ¿Qué es un sacrificio?
         Según la Real Academia Española, “sacrificio” es la “Ofrenda a Dios en señal de homenaje o expiación”[1].
         Para que haya sacrificio, debe haber una víctima, un altar y un sacerdote que sacrifique a la víctima. Todo esto se cumple en la Misa, como veremos más adelante (Jesucristo es, al mismo tiempo, Sacerdote, Altar y Víctima).
         Si la Misa es un sacrificio, ¿quién es el que se sacrifica en la Misa?
         El que se sacrifica en la Misa es Jesucristo, el Hombre-Dios.
         ¿Por qué la Misa es un sacrificio?
         Porque la Misa es el mismo y único sacrificio del Calvario. Se diferencia del Sacrificio de la Cruz del Calvario, en el modo: en el Calvario, el sacrificio es cruento y con derramamiento de sangre, en la Misa, es incruento y sin derramamiento de sangre, porque el sacrificio está oculto en las especies sacramentales. El Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son uno y el mismo; no son dos, sino uno solo; la única diferencia, es el modo en el que se ofrecen.
         ¿Cómo es posible esto? A simple vista, solo vemos pan y vino; no vemos a Jesús muriendo en la cruz, como en el Calvario; ¿cómo puede ser la Misa la renovación del sacrificio de la cruz?
         Ante todo, debemos saber que la fe es “creer en lo que no se ve”; por otra parte, tenemos que saber también que lo que sucede en el altar eucarístico es “misterio de la fe”, es decir, es algo que supera nuestra capacidad de entendimiento y que la realidad sobrenatural de la Misa va mucho más allá de lo que podemos captar por los sentidos. Es posible porque el que obra el “misterio de la fe”, es decir, el que hace que el Sacrificio del Calvario sea el mismo Sacrificio de la Cruz, es el mismo Jesucristo, Dios Hijo encarnado. Debido a que Él es Dios, lo puede hacer, con su poder divino. Cuando asistimos a Misa, entonces, asistimos al mismo y único Santo Sacrificio del Calvario; por eso, uno de los nombres de la Misa es: “Santo Sacrificio del Altar”.




[1] Cfr. http://lema.rae.es/drae/srv/search?id=5hFogU2WpDXX20dDl1S0

sábado, 5 de octubre de 2013

El Evangelio para Niños: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a la morera que se plante en el mar, y lo haría"


(Domingo XXVII - TO - Ciclo C - 2013)
          En este Domingo, Jesús nos habla de la fe: "Si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirían a la morera: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y ella les obedecería" (Lc 17, 3b-10). Jesús nos quiere decir que si tuviéramos fe, aunque sea una fe muy pero muy chiquita, tan chiquita como un grano de mostaza -que es como una bolita negra pequeña-, seríamos los seres más poderosos del mundo: ¡imagínense, que con solo decirle a un árbol que se arranque de raíz, que saque todas sus raíces del suelo, y se vaya volando hasta el mar, y se plante en el mar, el árbol lo haría! Ni siquiera Superman puede hacer eso, porque primero que Superman no existe, y nosotros en cambio, sí, y segundo, que Superman, si existiera, usaría su fuerza bruta, y no la fuerza de la fe. Jesús entonces quiere que seamos, más que super-héroes, súper-santos, porque la fe nos hace ser santos, y si tenemos fe como para arrancar un árbol y plantarlo en el mar, ¡entonces ya somos santos!
          ¿Cómo hacer para tener fe? Primero, saber lo que quiere decir "fe": es "creer en lo que no se ve". ¿Y en qué tenemos que creer, que no vemos? En Dios, que es Uno y Trino; en Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios; en la Virgen María, que es la Madre de Jesús y por eso es Madre de Dios, porque Jesús es Dios; en la gracia que nos dan los sacramentos, que es invisible, pero real y nos hace ser hijos adoptivos de Dios. Y también tenemos que creer en la Santa Misa, en el poder del sacerdote ministerial, que por las palabras de la consagración, hace bajar del cielo a Jesús, para que Jesús se quede, escondido en algo que parece ser pan, pero que ya no es más pan, sino que es la Eucaristía.

          Creer en todo esto, es tener una fe más grande que un grano de mostaza, porque es una fe que hace algo más grande que arrancar un árbol de raíz y plantarlo en el mar: esta fe nos hace arrancar nuestro corazón de la tierra y nos lo lleva hasta el trono de Dios en los cielos. ¿Cómo hacer para tener esta fe? Pidiéndosela a Jesús, como se la pedían sus amigos: "Señor, auméntanos la fe".

viernes, 8 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: la Parábola del Hijo Pródigo



         En este Domingo, Jesús nos narra la “Parábola del Hijo pródigo”. Para saber qué nos quiere enseñar Jesús con esta hermosa parábola, tenemos saber primero qué quiere decir “pródigo”. “Pródigo” se dice a alguien que gasta sin pensar un bien de mucho valor.
         ¿Qué sucede en la parábola? Se trata de un padre que tiene dos hijos; un día, y a pesar de que el padre era muy bueno, el hijo menor decide irse de su casa, y le pide a su padre que le de la herencia que le correspondía. El padre no quería que su hijo se fuera, pero respeta la decisión y le da la parte de su herencia. El hijo pródigo toma el dinero, se lleva sus cosas en un envoltorio, y se va hacia un país lejano, desconocido. Aunque ahí no conocía a nadie, muy pronto comenzó a tener muchos amigos, porque estos se enteraron de que tenía dinero. El joven se sentía muy feliz, porque se decía a sí mismo: “Al fin soy libre y puedo hacer lo que quiero. En casa de mi padre estaba bien, pero no quería cumplir lo que mi padre me mandaba; aquí, no tengo a nadie que me mande, yo soy mi propio dueño y a partir de ahora, haré lo que yo quiera”.
El joven empezó entonces a hacer lo que quería, pero como su voluntad deseaba cosas malas, y además no tenía la orientación de los mandatos de su padre, que le ayudaban a obrar siempre el bien, comenzó a hacer muchas cosas malas. Además, estaba siempre rodeado de amigos, pero estos amigos no eran buenos amigos, porque eran amigos interesados: estaban al lado suyo porque él tenía dinero, y no lo querían a él, sino a su dinero. Y también eran malos amigos porque todo lo que deseaban eran cosas malas, ya que eran como el hijo pródigo: todos habían abandonado su casa paterna, y todos se habían propuesto hacer lo que querían.
Así fue pasando el tiempo, y el joven pródigo, que al principio se sentía feliz, comenzó a notar que ya no era tan feliz; además, el dinero se le terminó enseguida, y comenzó a tener hambre. En ese momento, en que ya no tenía dinero y estaba con hambre, se dio cuenta que aquellos que él creía que eran sus amigos, lo habían abandonado, dejándolo solo.
El joven se encontraba solo, con hambre, sin dinero, y sentía tanta hambre, que se ofreció a trabajar como cuidador de cerdos. El dueño de los cerdos era tan tacaño, que no le dejaba ni siquiera comer de las bellotas con las que se alimentaban los cerdos. Así pasaron muchos días, y el joven sentía cada vez más hambre, pero al mismo tiempo, comenzó a sentir algo que nunca antes había sentido: arrepentimiento de su mal obrar. Se acordó de la vez que le había dicho a su padre que se quería ir de la casa; se acordó de cómo no le había importado que su padre, con lágrimas en los ojos, le pidiera que se quedara, y se dolió de haber tenido un corazón tan duro y frío. Se acordó también de todas las cosas malas que había hecho con esos malos amigos, y prometió que nunca más lo haría. Con el arrepentimiento en el corazón, el hijo pródigo se dijo a sí mismo: “Me levantaré y volveré a la casa de mi padre, de donde nunca debí salir. Le pediré perdón por haberlo tratado tan mal, y por haber renegado de sus amorosos mandamientos, y le diré que no me trate como hijo, porque no me merezco su amor”. Y se levantó y fue a la casa de su papá.
Su papá, que desde que se había ido no se cansaba de esperarlo –todas las tardes iba hasta la puerta de entrada de la casa a esperarlo, con la esperanza de verlo venir-, cuando lo vio venir a lo lejos, salió corriendo a su encuentro y, en vez de retarlo, como el mismo hijo pródigo esperaba –también el hijo mayor, hermano del hijo pródigo, esperaba que el padre le diera un buen reto-, “lo abrazó y lo cubrió de besos”, dice Jesús, y estaba tan contento el padre, que mandó a sus criados que hicieran una fiesta, que mataran al ternero cebado y que llamaran a los músicos para que en la fiesta todo fuera alegría, y además les dijo que le pusieran “la mejor ropa, además de un anillo y sandalias”, para que se distinguiera su hijo de los sirvientes, que no llevaban ni buena ropa, ni anillos ni sandalias. El padre estaba muy contento porque su hijo pródigo, que estaba perdido, había regresado.
¿Qué quiere decir esta parábola? Que nosotros somos el hijo pródigo, y que el padre de la parábola es Dios Padre. ¿Cuándo nos comportamos como el hijo pródigo? Cuando, como el hijo de la parábola, no queremos cumplir los mandamientos de Dios: cuando no queremos obedecer, cuando no queremos hacer caso, cuando peleamos, cuando decimos mentiras, cuando nos enojamos, cuando hacemos un poco de pereza, cuando no queremos rezar… Somos el hijo pródigo cuando, en vez de cumplir los mandamientos de Dios, que nos manda amar a Dios y al prójimo, empezando por los papás y los hermanos, contestamos a los papás o peleamos con los hermanos; somos como el hijo pródigo cada vez que elegimos hacer nuestra propia voluntad, en vez de hacer la Voluntad de Dios, que está en los Diez Mandamientos. También quiere decir que si hacemos nuestra voluntad en vez de la Voluntad de Dios, nada bueno obtendremos. Si decimos, como el hijo pródigo: “Yo hago lo que quiero”, entonces tenemos que saber que sólo cosas malas nos habrán de suceder. Por el contrario, si vivimos y cumplimos los Mandamientos de Dios, estaremos siempre seguros de que hacemos la Voluntad de Dios, que es infinitamente bueno.
Pero también esta parábola nos quiere hacer ver que el amor del padre de la parábola, es el Amor de Dios Padre, y que ese Amor lo recibimos en su Iglesia, en los sacramentos: el sacramento de la confesión está representado en el abrazo del padre al hijo pródigo, que además lo cubre de besos, porque en la confesión sacramental, Dios Padre nos da su Amor al perdonarnos, cubriéndonos con la Sangre de su Hijo Jesús; el sacramento de la Eucaristía está representado en el banquete que ordena hacer el padre de la parábola, que manda a sacrificar al ternero cebado y hacer una gran fiesta, además de hacerle poner la mejor ropa, un anillo y sandalias: esto es la Santa Misa, porque la Santa Misa es el Banquete del cielo que prepara Dios Padre para nosotros, sirviéndonos Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, la Eucaristía; Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo de Jesús resucitado, y Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz y recogida en el cáliz del altar eucarístico.
         Lo que Jesús nos quiere enseñar con esta parábola, es que la vivimos en primera persona cada vez que nos confesamos y cada vez que asistimos a Misa, porque recibimos el abrazo de Dios Padre, que nos da su Amor y nos cubre con la Sangre de su Hijo Jesús. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXII – Comunión – Post – Comunión – Despedida



Sacerdote: El Cuerpo de Cristo.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía, tenemos que hacer, desde lo más profundo del corazón, un acto de fe, de amor y de adoración a Jesús, Presente en la Sagrada Hostia. Cuando el sacerdote nos muestra la Hostia consagrada y dice: “El Cuerpo de Cristo”, es ahí que tenemos que decirle a Jesús, con todo el corazón: “Jesús, te amo, te bendigo, te adoro, con todas las fuerzas de mi alma, de mi corazón; ven a Mí, oh buen Jesús, entra en mi humilde morada, dulce Jesús, y llénale con el agradable aroma de tu santidad; entra, y quédate conmigo para siempre, no permitas que nunca me aleje de ti; sólo te pido que me des tu Amor para que te ame, en el tiempo y en la eternidad”.
A este acto de fe, de amor y de adoración, tenemos que acompañarlo con un acto de fe, de amor y de adoración exterior, que es el arrodillarnos al momento de comulgar, porque este es un signo externo de adoración.
¿Por qué decimos que debemos hacer una genuflexión al comulgar? Porque si bien el acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía es ante todo interior, es muy conveniente acompañar este acto interior con un acto exterior, y la genuflexión es el gesto más indicado para expresar lo que creen la mente y el corazón: lo que estamos por recibir no es un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Que nos arrodillemos al comulgar, nos lo pide el Santo Padre Benedicto XVI: “Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (...) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”[1].
Esto es muy importante, porque de lo contrario –si no hacemos el acto de fe, acompañado de gestos internos y externos de adoración a Cristo Presente en la Eucaristía-, puede pasarnos lo que a la multitud en la multiplicación de los panes y peces, y así como la multitud no ve el signo espiritual, sino que interpreta el milagro de Jesucristo en un sentido puramente material, así también a nosotros nos puede pasar que pasemos a comulgar mecánica y distraídamente.
Meditemos entonces en el milagro de la multiplicación de panes y pescados. El Evangelio dice así: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó” (cfr. Lc 9, 1).
         La multitud ve en este gesto de Jesús un signo puramente material: les da de comer, satisface su necesidad básica y elemental. No ven un gesto mesiánico.
         No podemos reprochar a la multitud esta carencia de visión, puesto que en la Iglesia misma, a veinte siglos de distancia, muchos continúan, en muchos casos, interpretando demasiado material y humanamente el signo de Jesús, al igual que la multitud de la escena evangélica.
         Así como la multitud veía en Jesús a un maestro de religión santo que hacía milagros, entre ellos, el de multiplicar los panes y los peces, y quería hacerlo rey sólo por este hecho, dejando de lado su condición divina, así muchos ven a la Iglesia y a su acto litúrgico principal, la santa misa, como una organización de beneficencia que se dedica a la filantropía con un tinte religioso, dejando de lado la consideración de la misa como el sacrificio del Cordero, como el don del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios, y dejando de lado a la consideración de la Iglesia como a la Esposa de ese Cordero, que ofrece el Cuerpo y la Sangre de su Esposo en sacrificio a Dios por toda la humanidad.
         Ni Jesús es un hombre cualquiera, como muchos de entre la multitud lo veían, ni la Eucaristía es sólo pan bendecido, como muchos en la Iglesia sostienen hoy, ya que en Jesús predicando y obrando el milagro de la multiplicación y en Jesús donado como Pan de Vida eterna en el altar, hay un secreto oculto detrás de las apariencias. Tanto en Jesús obrando el milagro como en Jesús ofrecido como Eucaristía hay un misterio oculto: el sacramento de la Eucaristía es para nosotros lo que Jesús para sus discípulos: así como Jesús ocultaba, detrás de su naturaleza humana, al Verbo eterno del Padre, así la Eucaristía oculta, detrás de su apariencia de pan, al Verbo eterno del Padre, encarnado, muerto y resucitado.
         El cuerpo de Cristo, en uno y en otro caso, actúa como un velo que oculta y a la vez como una puerta abierta que revela lo que está detrás de ella: el cuerpo de Jesús oculta y muestra a la naturaleza divina, al ser divino de Dios Uno y Trino: “Quien me Ve, Ve a Mi Padre que me envió”, dice Jesús.
         La multitud ignora que Jesús no es el hijo del carpintero que estudió mucho y se convirtió en un hombre sabio y santo; ignora que es el Verbo eterno del Padre, que ha tomado un cuerpo humano y que se muestra a través de ese cuerpo humano y obra milagros a través de ese cuerpo humano. De la misma manera, muchos en la Iglesia ignoran que la Eucaristía no es pan bendecido y consagrado, sino el cuerpo real, verdadero, vivo y resucitado, del Cordero de Dios, que continúa ofreciéndose para nosotros en el altar así como se ofrece en la cruz.
         Como Dios-Hombre, como Pan de Vida, Cristo, Verbo del Padre, se dona en su cuerpo y junto a su cuerpo, nos entrega la divinidad, y esto es absolutamente incomprensible, de ahí que la multitud no entienda que debajo de ese cuerpo humano está Dios Hijo; de ahí que muchos en la Iglesia no entiendan que en de la Eucaristía está ese mismo Dios Hijo que nos dona su cuerpo resucitado y con su cuerpo resucitado, la divinidad.
         Hoy como ayer, Jesús, Hombre-Dios, prolonga el misterio de su don. A la multitud, les da pan y pescado: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó”. A nosotros no nos da pan terrenal, sin vida, y pescado asado: nos da su cuerpo vivo, entregado en la cruz y en el altar; no nos da ni pescado asado ni pan, nos da su cuerpo, como Pan de Vida eterna y como carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo.


Todos: Amén.

         Quiere decir: “Así es”, y es un acto de fe que hacemos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, antes de comulgar; creemos que la Eucaristía es Jesús, Hombre-Dios, y no un simple “pan bendecido”; creemos que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

         Oración después de la Comunión.

         La post-comunión no es un momento ni para cantar, ni para dar avisos parroquiales, ni para pensar que ya la Misa está por terminar. Es el momento tal vez más trascendente para la espiritualidad del fiel –y también para el sacerdote-, pues Cristo está en el alma, que lo acaba de recibir en la comunión. Es por eso que para este momento se aplica todo lo que dijimos más arriba, con relación al silencio. Para este momento resuenan las palabras de Jesús en el Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
Es decir, este momento es un tiempo de profunda intimidad con Jesucristo, que ha entrado en nuestras almas por la comunión eucarística, y mal haríamos si a tan distinguido huésped lo dejáramos en el pórtico de entrada, para distraernos con cualquier otra cosa.
“Cuando ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato, recogidos”[2].


         Para esta parte final de la Misa, dice el Misal Romano: “Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”[3].

Sacerdote: Oremos.

En nombre de todos, el sacerdote manifiesta el agradecimiento a Dios Padre por el don recibido. Con distintas palabras cada día, pide que los frutos de la Eucaristía sean eficaces y nos lleven a vivir siempre con Él en el cielo[4].

Todos: Amén.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

El sacerdote bendice al pueblo.

Antes de volver cada uno a su vida normal, recibimos la bendición de Dios para que, con su fuerza, sepamos imitar a Cristo entregándonos a los demás en el trabajo, en nuestra casa, en nuestro ambiente[5].

Sacerdote: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

Todos: Amén.

Sacerdote: Pueden ir en paz.

Hacia el final de la Misa el sacerdote despide, a los que han participado de la celebración eucarística, con un saludo de paz, diciéndoles: “Pueden ir en paz”.
Al contrario de lo que pudiera parecer, no se trata de una mera despedida, al estilo de las despedidas entre los hombres. Se trata, en realidad, más que de una despedida, de un envío a la misión, con un propósito bien claro: dar testimonio, con sus vidas, de aquello que han visto y oído en la Santa Misa. Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica[6], al explicar el nombre “(…) Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.
Es decir, el saludo de despedida del sacerdote ministerial, más que indicar el fin de una ceremonia, es una señal, para el Nuevo Pueblo Elegido, de que debe comunicar al mundo aquello de lo que ha sido espectador. El “Pueden ir en paz”, sería entonces equivalente al envío de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mt 16, 15-16). ¿Por qué es equivalente este simple anuncio a las palabras de Jesús en las que envía a la Iglesia a la misión? Porque el cristiano, debe testimoniar y proclamar al mundo, con su vida, que la Buena Nueva se actualiza en la Santa Misa, porque allí Jesús resucitado se hace Presente con su misterio pascual de muerte y resurrección.
¿Cuál es entonces el anuncio que el cristiano, que acaba de salir de Misa, debe hacer al mundo? En otras palabras: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
La respuesta la encontramos meditando el pasaje del evangelio en el que las santas mujeres de Jerusalén van al sepulcro, y lo encuentran vacío: “Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío (cfr. Mt 28, 8-15).
         La misión de la Iglesia es continuación de la misión de las santas mujeres, de la experiencia espiritual vivida por ellas el Domingo de Resurrección.
Es decir, la experiencia del Domingo de Resurrección de las santas mujeres, el hecho de contemplar el sepulcro vacío, el llenarse de alegría por esto, y correr a anunciar a los demás lo que había  sucedido, inicia, en esencia, la misión misma de la Iglesia. Como las mujeres, que se llenan de alegría al comprobar que Cristo ya no está en el sepulcro, y que inmediatamente van a anunciar la noticia a los demás discípulos, así la Iglesia, en el tiempo y en la historia humana, contemplando con la luz de la fe el misterio de la muerte y resurrección del Hombre-Dios, y asistida por el Espíritu Santo en la certeza indubitable de esta verdad de fe, llenándose Ella misma de júbilo y de alegría por este hecho, que concede a la humanidad un nuevo sentido, un sentido de eternidad, va a misionar al mundo, anunciando la alegre noticia: Cristo ha resucitado.
Sin embargo, en el anuncio de las piadosas mujeres, si bien inicia la misión de la Iglesia, debe ser completado con un anuncio todavía más sorprendente, todavía más asombroso, todavía más maravilloso, que el hecho mismo de la Resurrección. La Iglesia tiene para anunciar al mundo un hecho que, podríamos decir, supera a la misma resurrección, y es algo del cual la Iglesia, y sólo la Iglesia, es la depositaria y, aún más, Ella misma protagonista, porque este hecho se origina en su mismo seno.
La Iglesia no sólo anuncia, con alegría sobrenatural, el mismo anuncio de las mujeres piadosas, es decir, el hecho de que Cristo ha resucitado, y que el sepulcro de Cristo está vacío: la Iglesia anuncia, con alegría y asombro sobrenatural, que el sepulcro de Cristo está vacío, y que por lo mismo, ya no ocupa más la piedra del sepulcro con su Cuerpo muerto, porque Cristo ha resucitado, porque ahora, con su Cuerpo glorioso, además de estar en el cielo, está de pie, vivo, glorioso, resucitado, sobre la piedra del altar, en la Eucaristía, y la Iglesia es protagonista, porque el prodigio de la resurrección del Domingo de Pascuas, se renueva en cada Santa Misa, en donde ese Cuerpo resucitado el Domingo, es el mismo Cuerpo en el que se convierte el pan luego de la transubstanciación.
La Iglesia entonces no solo anuncia lo que anunciaron las piadosas mujeres de Jerusalén, que el sepulcro está vacío, que en la piedra sepulcral ya no está el Cuerpo muerto de Jesús, sino que anuncia, además, que el Cuerpo vivo, glorioso, luminoso, lleno de la vida de la Trinidad, se encuentra en la piedra del altar eucarístico, en virtud del sacramento del altar, la Eucaristía.
“(con la llegada de la luz del sol) Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío”. Dice el Evangelio que las mujeres, ayudadas por la luz del sol, al clarear el nuevo día, luego de ver vacía la piedra del sepulcro, corren, llenas de alegría, a anunciar que Cristo ha resucitado.
De los cristianos deberían decirse: “Los cristianos, luego de contemplar, con la luz del Espíritu Santo, que la piedra del altar está ocupada con el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, llenos de alegría, corren a anunciar al mundo, con sus obras de misericordia, que Cristo ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía”.

Todos: Demos gracias a Dios.

El sacerdote besa el altar y se retira, después de hacer una reverencia. Los fieles se retiran, aunque no sin antes hacer “una justa y debida acción de gracias[7].

El sacerdote besa el altar, que representa a Cristo, al terminar la Misa -como lo hizo al iniciar- renovando el propósito de no solo no traicionar a Jesús, sino de crecer cada día en su imitación, en su seguimiento camino del Calvario llevando la cruz, en su amor.
La misa ha comenzado con un beso al altar, que representa a Cristo, y termina también con otro beso. Es el beso de la Iglesia a Cristo, representado en el altar, y por lo mismo, debemos poner amor, para dar este mismo beso a Cristo, en ese altar interior que es el corazón[8].


[1] Ratzinger, El espíritu de la liturgia.
[2] OGMR, 56.
[3] Cfr. OGMR, 90.
[4] Cfr. Manglano Castellary, o.c.
[5] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.
[6] 1332.
[7] Congregación para el culto divino.
[8] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.