Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 24 de marzo de 2022

Recibir la Comunión no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús Hijo de Dios


 


(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones)

Recibir la Sagrada Comunión es lo más hermoso que pueda sucederle a una persona en este mundo y ahora vamos a ver porqué: cuando vemos la Eucaristía con los ojos del cuerpo, nos parece que es un pedacito de pan, de forma circular, de color blanco, no tiene levadura, por eso es aplanado; además, tiene el sabor del pan y el peso del pan. Eso es lo que nos dicen los ojos del cuerpo: parece un pedacito de pan. Pero esa no es la realidad, porque la Eucaristía parece pan, pero no es pan: es Jesús, el Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que tiene apariencia de pan, pero no es pan. En la Eucaristía está Jesús, el Hijo de Dios y está con su Cuerpo glorioso, lleno de la luz de Dios y de la gloria de Dios, así como está en el Cielo. Él baja desde el Cielo, en cada Santa Misa, para quedarse escondido en el Pan del Altar, para que nosotros lo recibamos en nuestro corazón con fe, con piedad, con devoción y sobre todo con amor, con mucho amor y esto porque Jesús no baja desde el Cielo por obligación, porque Él no necesita nada de nosotros: baja desde el Cielo por Amor, para darnos el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el momento en el que lo recibimos por la Comunión.

Esto nos hace dar cuenta que no es lo mismo recibir a Jesús en la Eucaristía, que no recibirlo: el que lo recibe, como ustedes ahora que van a hacer la Primera Comunión, recibe de Jesús el Amor de su Sagrado Corazón, el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. El que no lo recibe a Jesús, porque no quiere venir a Misa, porque no quiere confesarse –para recibirlo hay que estar confesados, al menos una vez al año-, el que se aleja de Jesús porque prefiere hacer otras cosas antes que venir a recibir a Jesús en la Eucaristía, ese se queda sin el Amor de Dios, sin el Espíritu Santo.

Recibir la Comunión, entonces, no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús, Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que parece pan, pero no es pan. Para recibir a Jesús, preparemos el corazón para darle a Jesús todo el amor de nuestro corazón, porque si Jesús nos da su Amor, hay que responder con amor, como dice el dicho: “Amor, con amor se paga”.

Vamos a pedir por ustedes, niños, en esta Misa, la siguiente gracia: que esta Primera Comunión sea la primera de muchas; que reciban a Jesús por amor y con amor todas las veces que puedan recibirlo y que no hagan lo mismo que hacen muchos otros niños, jóvenes y adultos en todo el mundo, que reciben a Jesús Eucaristía una vez y después no vuelven nunca más a comulgar. Si asisten a Misa los domingos, para recibir la Sagrada Comunión, vivirán siempre en esta vida con el Amor de Dios en sus corazones.

 

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXII – Comunión – Post – Comunión – Despedida



Sacerdote: El Cuerpo de Cristo.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía, tenemos que hacer, desde lo más profundo del corazón, un acto de fe, de amor y de adoración a Jesús, Presente en la Sagrada Hostia. Cuando el sacerdote nos muestra la Hostia consagrada y dice: “El Cuerpo de Cristo”, es ahí que tenemos que decirle a Jesús, con todo el corazón: “Jesús, te amo, te bendigo, te adoro, con todas las fuerzas de mi alma, de mi corazón; ven a Mí, oh buen Jesús, entra en mi humilde morada, dulce Jesús, y llénale con el agradable aroma de tu santidad; entra, y quédate conmigo para siempre, no permitas que nunca me aleje de ti; sólo te pido que me des tu Amor para que te ame, en el tiempo y en la eternidad”.
A este acto de fe, de amor y de adoración, tenemos que acompañarlo con un acto de fe, de amor y de adoración exterior, que es el arrodillarnos al momento de comulgar, porque este es un signo externo de adoración.
¿Por qué decimos que debemos hacer una genuflexión al comulgar? Porque si bien el acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía es ante todo interior, es muy conveniente acompañar este acto interior con un acto exterior, y la genuflexión es el gesto más indicado para expresar lo que creen la mente y el corazón: lo que estamos por recibir no es un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Que nos arrodillemos al comulgar, nos lo pide el Santo Padre Benedicto XVI: “Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (...) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”[1].
Esto es muy importante, porque de lo contrario –si no hacemos el acto de fe, acompañado de gestos internos y externos de adoración a Cristo Presente en la Eucaristía-, puede pasarnos lo que a la multitud en la multiplicación de los panes y peces, y así como la multitud no ve el signo espiritual, sino que interpreta el milagro de Jesucristo en un sentido puramente material, así también a nosotros nos puede pasar que pasemos a comulgar mecánica y distraídamente.
Meditemos entonces en el milagro de la multiplicación de panes y pescados. El Evangelio dice así: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó” (cfr. Lc 9, 1).
         La multitud ve en este gesto de Jesús un signo puramente material: les da de comer, satisface su necesidad básica y elemental. No ven un gesto mesiánico.
         No podemos reprochar a la multitud esta carencia de visión, puesto que en la Iglesia misma, a veinte siglos de distancia, muchos continúan, en muchos casos, interpretando demasiado material y humanamente el signo de Jesús, al igual que la multitud de la escena evangélica.
         Así como la multitud veía en Jesús a un maestro de religión santo que hacía milagros, entre ellos, el de multiplicar los panes y los peces, y quería hacerlo rey sólo por este hecho, dejando de lado su condición divina, así muchos ven a la Iglesia y a su acto litúrgico principal, la santa misa, como una organización de beneficencia que se dedica a la filantropía con un tinte religioso, dejando de lado la consideración de la misa como el sacrificio del Cordero, como el don del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios, y dejando de lado a la consideración de la Iglesia como a la Esposa de ese Cordero, que ofrece el Cuerpo y la Sangre de su Esposo en sacrificio a Dios por toda la humanidad.
         Ni Jesús es un hombre cualquiera, como muchos de entre la multitud lo veían, ni la Eucaristía es sólo pan bendecido, como muchos en la Iglesia sostienen hoy, ya que en Jesús predicando y obrando el milagro de la multiplicación y en Jesús donado como Pan de Vida eterna en el altar, hay un secreto oculto detrás de las apariencias. Tanto en Jesús obrando el milagro como en Jesús ofrecido como Eucaristía hay un misterio oculto: el sacramento de la Eucaristía es para nosotros lo que Jesús para sus discípulos: así como Jesús ocultaba, detrás de su naturaleza humana, al Verbo eterno del Padre, así la Eucaristía oculta, detrás de su apariencia de pan, al Verbo eterno del Padre, encarnado, muerto y resucitado.
         El cuerpo de Cristo, en uno y en otro caso, actúa como un velo que oculta y a la vez como una puerta abierta que revela lo que está detrás de ella: el cuerpo de Jesús oculta y muestra a la naturaleza divina, al ser divino de Dios Uno y Trino: “Quien me Ve, Ve a Mi Padre que me envió”, dice Jesús.
         La multitud ignora que Jesús no es el hijo del carpintero que estudió mucho y se convirtió en un hombre sabio y santo; ignora que es el Verbo eterno del Padre, que ha tomado un cuerpo humano y que se muestra a través de ese cuerpo humano y obra milagros a través de ese cuerpo humano. De la misma manera, muchos en la Iglesia ignoran que la Eucaristía no es pan bendecido y consagrado, sino el cuerpo real, verdadero, vivo y resucitado, del Cordero de Dios, que continúa ofreciéndose para nosotros en el altar así como se ofrece en la cruz.
         Como Dios-Hombre, como Pan de Vida, Cristo, Verbo del Padre, se dona en su cuerpo y junto a su cuerpo, nos entrega la divinidad, y esto es absolutamente incomprensible, de ahí que la multitud no entienda que debajo de ese cuerpo humano está Dios Hijo; de ahí que muchos en la Iglesia no entiendan que en de la Eucaristía está ese mismo Dios Hijo que nos dona su cuerpo resucitado y con su cuerpo resucitado, la divinidad.
         Hoy como ayer, Jesús, Hombre-Dios, prolonga el misterio de su don. A la multitud, les da pan y pescado: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó”. A nosotros no nos da pan terrenal, sin vida, y pescado asado: nos da su cuerpo vivo, entregado en la cruz y en el altar; no nos da ni pescado asado ni pan, nos da su cuerpo, como Pan de Vida eterna y como carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo.


Todos: Amén.

         Quiere decir: “Así es”, y es un acto de fe que hacemos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, antes de comulgar; creemos que la Eucaristía es Jesús, Hombre-Dios, y no un simple “pan bendecido”; creemos que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

         Oración después de la Comunión.

         La post-comunión no es un momento ni para cantar, ni para dar avisos parroquiales, ni para pensar que ya la Misa está por terminar. Es el momento tal vez más trascendente para la espiritualidad del fiel –y también para el sacerdote-, pues Cristo está en el alma, que lo acaba de recibir en la comunión. Es por eso que para este momento se aplica todo lo que dijimos más arriba, con relación al silencio. Para este momento resuenan las palabras de Jesús en el Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
Es decir, este momento es un tiempo de profunda intimidad con Jesucristo, que ha entrado en nuestras almas por la comunión eucarística, y mal haríamos si a tan distinguido huésped lo dejáramos en el pórtico de entrada, para distraernos con cualquier otra cosa.
“Cuando ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato, recogidos”[2].


         Para esta parte final de la Misa, dice el Misal Romano: “Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”[3].

Sacerdote: Oremos.

En nombre de todos, el sacerdote manifiesta el agradecimiento a Dios Padre por el don recibido. Con distintas palabras cada día, pide que los frutos de la Eucaristía sean eficaces y nos lleven a vivir siempre con Él en el cielo[4].

Todos: Amén.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

El sacerdote bendice al pueblo.

Antes de volver cada uno a su vida normal, recibimos la bendición de Dios para que, con su fuerza, sepamos imitar a Cristo entregándonos a los demás en el trabajo, en nuestra casa, en nuestro ambiente[5].

Sacerdote: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

Todos: Amén.

Sacerdote: Pueden ir en paz.

Hacia el final de la Misa el sacerdote despide, a los que han participado de la celebración eucarística, con un saludo de paz, diciéndoles: “Pueden ir en paz”.
Al contrario de lo que pudiera parecer, no se trata de una mera despedida, al estilo de las despedidas entre los hombres. Se trata, en realidad, más que de una despedida, de un envío a la misión, con un propósito bien claro: dar testimonio, con sus vidas, de aquello que han visto y oído en la Santa Misa. Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica[6], al explicar el nombre “(…) Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.
Es decir, el saludo de despedida del sacerdote ministerial, más que indicar el fin de una ceremonia, es una señal, para el Nuevo Pueblo Elegido, de que debe comunicar al mundo aquello de lo que ha sido espectador. El “Pueden ir en paz”, sería entonces equivalente al envío de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mt 16, 15-16). ¿Por qué es equivalente este simple anuncio a las palabras de Jesús en las que envía a la Iglesia a la misión? Porque el cristiano, debe testimoniar y proclamar al mundo, con su vida, que la Buena Nueva se actualiza en la Santa Misa, porque allí Jesús resucitado se hace Presente con su misterio pascual de muerte y resurrección.
¿Cuál es entonces el anuncio que el cristiano, que acaba de salir de Misa, debe hacer al mundo? En otras palabras: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
La respuesta la encontramos meditando el pasaje del evangelio en el que las santas mujeres de Jerusalén van al sepulcro, y lo encuentran vacío: “Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío (cfr. Mt 28, 8-15).
         La misión de la Iglesia es continuación de la misión de las santas mujeres, de la experiencia espiritual vivida por ellas el Domingo de Resurrección.
Es decir, la experiencia del Domingo de Resurrección de las santas mujeres, el hecho de contemplar el sepulcro vacío, el llenarse de alegría por esto, y correr a anunciar a los demás lo que había  sucedido, inicia, en esencia, la misión misma de la Iglesia. Como las mujeres, que se llenan de alegría al comprobar que Cristo ya no está en el sepulcro, y que inmediatamente van a anunciar la noticia a los demás discípulos, así la Iglesia, en el tiempo y en la historia humana, contemplando con la luz de la fe el misterio de la muerte y resurrección del Hombre-Dios, y asistida por el Espíritu Santo en la certeza indubitable de esta verdad de fe, llenándose Ella misma de júbilo y de alegría por este hecho, que concede a la humanidad un nuevo sentido, un sentido de eternidad, va a misionar al mundo, anunciando la alegre noticia: Cristo ha resucitado.
Sin embargo, en el anuncio de las piadosas mujeres, si bien inicia la misión de la Iglesia, debe ser completado con un anuncio todavía más sorprendente, todavía más asombroso, todavía más maravilloso, que el hecho mismo de la Resurrección. La Iglesia tiene para anunciar al mundo un hecho que, podríamos decir, supera a la misma resurrección, y es algo del cual la Iglesia, y sólo la Iglesia, es la depositaria y, aún más, Ella misma protagonista, porque este hecho se origina en su mismo seno.
La Iglesia no sólo anuncia, con alegría sobrenatural, el mismo anuncio de las mujeres piadosas, es decir, el hecho de que Cristo ha resucitado, y que el sepulcro de Cristo está vacío: la Iglesia anuncia, con alegría y asombro sobrenatural, que el sepulcro de Cristo está vacío, y que por lo mismo, ya no ocupa más la piedra del sepulcro con su Cuerpo muerto, porque Cristo ha resucitado, porque ahora, con su Cuerpo glorioso, además de estar en el cielo, está de pie, vivo, glorioso, resucitado, sobre la piedra del altar, en la Eucaristía, y la Iglesia es protagonista, porque el prodigio de la resurrección del Domingo de Pascuas, se renueva en cada Santa Misa, en donde ese Cuerpo resucitado el Domingo, es el mismo Cuerpo en el que se convierte el pan luego de la transubstanciación.
La Iglesia entonces no solo anuncia lo que anunciaron las piadosas mujeres de Jerusalén, que el sepulcro está vacío, que en la piedra sepulcral ya no está el Cuerpo muerto de Jesús, sino que anuncia, además, que el Cuerpo vivo, glorioso, luminoso, lleno de la vida de la Trinidad, se encuentra en la piedra del altar eucarístico, en virtud del sacramento del altar, la Eucaristía.
“(con la llegada de la luz del sol) Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío”. Dice el Evangelio que las mujeres, ayudadas por la luz del sol, al clarear el nuevo día, luego de ver vacía la piedra del sepulcro, corren, llenas de alegría, a anunciar que Cristo ha resucitado.
De los cristianos deberían decirse: “Los cristianos, luego de contemplar, con la luz del Espíritu Santo, que la piedra del altar está ocupada con el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, llenos de alegría, corren a anunciar al mundo, con sus obras de misericordia, que Cristo ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía”.

Todos: Demos gracias a Dios.

El sacerdote besa el altar y se retira, después de hacer una reverencia. Los fieles se retiran, aunque no sin antes hacer “una justa y debida acción de gracias[7].

El sacerdote besa el altar, que representa a Cristo, al terminar la Misa -como lo hizo al iniciar- renovando el propósito de no solo no traicionar a Jesús, sino de crecer cada día en su imitación, en su seguimiento camino del Calvario llevando la cruz, en su amor.
La misa ha comenzado con un beso al altar, que representa a Cristo, y termina también con otro beso. Es el beso de la Iglesia a Cristo, representado en el altar, y por lo mismo, debemos poner amor, para dar este mismo beso a Cristo, en ese altar interior que es el corazón[8].


[1] Ratzinger, El espíritu de la liturgia.
[2] OGMR, 56.
[3] Cfr. OGMR, 90.
[4] Cfr. Manglano Castellary, o.c.
[5] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.
[6] 1332.
[7] Congregación para el culto divino.
[8] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.

viernes, 9 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXI - “Señor no soy digno de que entres en mi casa”




Comunión
Todos: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

En esta parte de la Misa, nos tenemos que acordar de lo que le dijo una vez un soldado romano a Jesús, cuando Jesús le dijo que Él iba a ir a su casa para curar a su sirviente: “No soy digno de que entres en mi casa” (cfr. Lc 7, 1-10).
¿Qué era lo que había pasado, y porqué nos acordamos ahora en la Misa?
Lo que había pasado era que el soldado romano, que era jefe de cien soldados y por eso tenía el puesto de “centurión”, tenía un criado que se había enfermado. El centurión tenía mucha fe en Jesús, porque lo había visto hacer milagros, y también había escuchado todas las cosas maravillosas que hacía Jesús, y por eso va a pedirle a Jesús que le haga un milagro, que cure al criado enfermo.
Pero cuando Jesús le dice que va a ir a su casa a curarlo, el centurión, era muy humilde, y se consideraba indigno de que Jesús entrara en su casa, y pensaba: “Jesús es un Dios muy poderoso, muy grande, muy majestuoso. Él viene del cielo, donde los ángeles lo adoran sin cesar, día y noche. Mi casa es muy pobre para que él entre, y yo mismo soy nada delante de Él. No quiero molestarlo, porque a un Rey tan poderoso como Jesús, no hay que molestarlo por tan poca cosa. Mejor le digo que no se moleste en venir Él, y que mande a un sirviente suyo”. Después de pensar esto, el centurión le dijo a Jesús: “No soy digno de que entres en mi casa, pero envía a un servidor tuyo, que está a tus órdenes, y él te obedecerá, así como a mí me obedecen mis soldados”.
Y Jesús, viendo que tenía mucha fe y también mucha humildad, se volvió para hablarle a la gente que lo seguía, y les dijo: “Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande”. Y en premio a esta fe, y también a su humildad, porque para tener fe hay que tener humildad, Jesús le hizo el milagro de curar a su criado, y cuando volvió el centurión, este ya estaba curado.
Jesús ama los corazones en los que encuentra fe y humildad, como el del centurión, y no deja de darles toda clase de regalos y de dones espirituales.
Lo que vemos en este Evangelio, es que el centurión, por su gran fe y humildad, mereció el elogio de Jesús, y en recompensa, Jesús le hizo el milagro de curar a su criado.
¿Y porqué nos acordamos del centurión romano en esta parte de la Misa? Porque la Iglesia quiere que imitemos la fe y la humildad del centurión, antes de la comunión: como el centurión, necesitamos para la comunión esa misma fe en Cristo Jesús como Hijo de Dios, como Dios en Persona, y no solo como un hombre más, y así como el centurión tiene fe en el poder divino de Jesús, así nosotros tenemos que tener fe de que Jesús está oculto, en Persona, en la Eucaristía; como el centurión, necesitamos para la comunión su misma humildad, que lo lleva a considerarse indigno de que Jesús lo visite en su casa: “No soy digno de que entres en mi casa”, y así también nosotros tenemos que decirle a Jesús Eucaristía: “No soy digno de que entres en mi corazón; Tú conoces mi debilidad, pero envía una sola palabra de tu boca, y mi alma será sanada”.
Si tenemos la fe del centurión en el momento de la comunión, y si repetimos esta oración en silencio, desde lo más profundo del corazón, Jesús hará un milagro más grande que el que hizo para el centurión: sanará nuestro corazón con el Amor de Dios.



viernes, 2 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXX - La comunión del sacerdote



Sacerdote y Todos: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
Antes de comulgar, el sacerdote dice esta oración secreta: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti.
Antes de que comulguen los demás, lo hace en primer lugar el sacerdote. Si para cualquiera, la comunión no puede nunca ser distraída, mucho menos lo debe ser para el sacerdote. Pero para el sacerdote –y para todo fiel- la comunión no solo no debe ser distraída, sino más bien llena de amor, y es este amor el que hace que el sacerdote pida en la oración secreta que Jesús “nunca” le permita separarse de Él.
Para poder cumplir con este propósito, de “nunca” separarse de Jesús, aquí el sacerdote puede aprovechar la petición de San Ignacio en sus Ejercicios: morir antes que cometer un pecado mortal, o un pecado venial deliberado. Este pedido hace que el corazón del sacerdote se abra más al Amor de Dios, hasta llegar al amor más grande y más puro, y el más perfecto, que es amar a Jesús no por temor al infierno, ni tampoco por el deseo del cielo, sino por estar Él en la Cruz, y lo ama tanto que solo desea lo que Jesús desea en la Cruz, y solo ama lo que Jesús ama en la cruz, y así elige lo que más lo haga parecido a Cristo crucificado.
Es este amor el que le hace decir a Santa Teresa:


No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
(Santa Teresa de Ávila)



                En pocas palabras, Santa Teresa alcanza la más alta sabiduría divina, aquella que solo se puede alcanzar a los pies de la Cruz: el Amor a Dios, por parte del cristiano, el amor más perfecto y puro, que más que abrir las puertas del cielo, abre las puertas del Sagrado Corazón de Jesús, es el que se tiene, no por temor al infierno, ni por deseos del cielo, sino por compasión a Jesús crucificado, llagado y herido de amor en la Cruz.
         Es Amor perfecto, porque amar a Dios por temor al infierno, es más temer al dolor que ser movido por el amor; amar a Dios por deseo del cielo, es más amor a sí mismo por el disfrute de lo bello y santo, que amar a Dios por ser quien Es, Dios infinitamente perfecto y santo. Uno y otro son buenos amores, pero muy imperfectos, porque miran más, uno, al infierno, y el otro, al cielo, antes que a Cristo crucificado. Sólo el Amor que surge de la contemplación de Cristo crucificado, de sus llagas, de sus golpes, de su humillación, de su dolor, de su Sangre derramada, es el Amor perfecto, el Amor puro, el Amor que se enciende en el corazón del hombre como fuego de Amor vivo, porque es Amor que desciende directamente del Sagrado Corazón al corazón de quien lo contempla.
         Pero también es perfecto de toda perfección, el Amor que surge de la contemplación de la Presencia Eucarística de Dios Hijo encarnado, y por eso podríamos parafrasear a Santa Teresa y decir:

Oh Dios de la Eucaristía,
no me mueve, para quererte,
el cielo prometido,
ni me mueve, para no ofenderte,
el infierno tan temido.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
oculto en el blanco silencio
De la Hostia santa y pura;
Muéveme, y en tal manera,
Que aunque infierno no hubiera,
Y aunque cielo no esperara,
Lo mismo, 
Por tu Amor de infinita caridad,

por tu Amor Eterno,
Por tu Amor Santo,
Por tu Amor incomprensible,
Lo mismo, Te amara y adorara,
En el tiempo y en la eternidad. Amén.

Pero hay otra cosa que tiene que tener en cuenta el sacerdote –y el que comulga-, para que no le suceda lo mismo, y es el acordarse de lo que le pasó a Judas Iscariote en la Última Cena, que comulgó con el demonio, según el Evangelio: “Cuando Judas tomó el bocado Satanás entró en él” (cfr. Jn 13, 21-38). No puede ser más clara y explícita la consecuencia del pecado: la comunión con el diablo. Judas Iscariote traiciona a Jesús, y esto se traduce en la unión con el diablo, expresada en la comunión sacrílega.
Después de relatar la comunión sacrílega con Satanás, el evangelista Juan agrega: “Judas salió. (…) Afuera era de noche”. Judas sale del cenáculo donde se celebra la Última Cena, para entrar en el reino de las tinieblas: “afuera era de noche”. Las tinieblas de la noche, que siguen al día solar, son sólo una figura de las verdaderas tinieblas, las del reino del infierno, en donde mora y reina el Príncipe de las tinieblas, Satanás. Judas Iscariote traiciona a Jesús, y por la traición se aleja de Cristo, que es luz, para entrar en comunión con las tinieblas y con el demonio.
Pero no solo Judas traiciona a Jesús. También Pedro, el primer Papa, lo habrá de traicionar, y su traición es profetizada pro Jesús en el mismo momento en el que Judas consuma su traición, uniéndose al demonio por la comunión: “No cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”. Pedro traiciona a Jesús, y Judas también traiciona a Jesús, pero la diferencia entre uno y otro es el arrepentimiento: Pedro se arrepiente y acude, de rodillas ante la Virgen, a implorar de la Madre el perdón del Hijo; Judas, en cambio, no se arrepiente, se encierra en sí mismo, no pide perdón, se desespera, y termina suicidándose. Debido a que nosotros también traicionamos a Jesús, cada vez que pecamos, debemos imitar siempre a Pedro, y nunca a Judas Iscariote, acudiendo al sacramento de la confesión, pidiendo a la Madre Iglesia el perdón de Jesús.
Al aproximarse la Pasión, aflora la debilidad humana, y esto sucede en el seno mismo de la Iglesia: Pedro, el primer Papa, y Judas Iscariote, sacerdote y discípulo de Cristo, ambos participantes de la Última Cena, que es la Primera Misa, ambos traicionan a Jesús. De los hombres, sólo hay debilidad, egoísmo, cobardía y traición; de parte del Hombre-Dios, sólo hay Amor y Misericordia.
Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti”. El sacerdote pide a Jesús que no lo deje nunca separarse de Él, y para eso se une con todo su corazón al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en la comunión.

viernes, 1 de julio de 2011

El santo deseo de Bárbara

Santa Bárbara deseó recibir
a Jesús Eucaristía,
aprendamos de ella,
para rechazar todo lo que no sea
el santo Amor de Dios
contenido en la Hostia santa.

En el año 238 vivía una joven cristiana llamada Bárbara. Su padre, que no era cristiano, odiaba a la Iglesia y a Jesucristo, y cuando se enteró que su propia hija se había hecho cristiano, ordenó que la encerraran en una torre alta, oscura y fría, para obligarla a renunciar a Jesucristo[1].

Le dijo a Bárbara que la mantendría en la prisión todo el tiempo que hiciera falta, para que reniegue de Jesucristo. Cuando hiciera eso, recién la soltaría. La amenazaba con la muerte, y para obligarla a decirle que “no” a Jesucristo, la hacía pasar hambre y sed, y también frío, porque no le daba frazadas para abrigarse en la noche.

Pero Bárbara amaba mucho a Jesucristo, y por eso pasaban y pasaban los días, y Bárbara seguía encerrada en la prisión, porque seguía creyendo en Jesucristo. Bárbara estaba muy angustiada y triste, pero no por los castigos del padre, o por sus amenazas –la había amenazado incluso con matarla si no renunciaba a Jesucristo-; tampoco estaba triste porque esa torre era oscura y fría, y porque pasaba hambre. Bárbara estaba triste porque tenía temor de no poder comulgar antes de morir. Amaba tanto a Jesús Eucaristía, que la ponía triste el no poder recibirlo en la comunión, al menos una vez, antes de dar la vida por Él.

Todos los días abría la ventana de la torre, y miraba hacia el horizonte, para ver si aparecía algún sacerdote que le trajera la comunión, pero no aparecía ninguno, y Bárbara seguía sola y sin comulgar.

Un día, sintiendo gran amor por Jesucristo, y con muchos deseos de recibirlo en la Eucaristía, dijo en alta voz: “¡Jesús, ven a mí!”.

¿Qué pasó entonces? Un gran milagro: apareció un ángel, venido del cielo, y con un copón en la mano; se acercó a Bárbara, y le dio la comunión. Bárbara, llena de alegría, se arrodilló y recibió la comunión con fervor y amor.

¿Qué había pasado? Jesús escuchó en su Corazón el deseo de Santa Bárbara, y por eso envió a su ángel, para que le diera la comunión. Por eso se representa a Santa Bárbara con el copón con Hostias.

Esto nos enseña que Jesús siempre, pero siempre, escucha los deseos de nuestro corazón. Santa Bárbara tenía un solo gran deseo: recibir a Jesús en la Eucaristía. No quería ni estar calentita, ni comer bien, ni descansar. Sólo quería recibir a Jesús en la Eucaristía, y ése era el único deseo que tenía Santa Bárbara.

Viendo este ejemplo de Santa Bárbara, nos preguntamos: ¿qué cosas desea nuestro corazón?

Tal vez deseamos ir al shopping y comprar cosas

Tal vez deseamos comer comidas ricas

Tal vez deseamos salir de vacaciones

Tal vez deseamos jugar al fútbol en un club importante, y ganar millones, y ser conocido por todo el mundo

Tal vez deseamos ser estrellas de cine, y actuar en películas, y salir en todos los diarios del mundo

Tal vez deseamos ser astronautas, o cantantes famosos

Todas estas cosas no son malas en sí mismas, pero, si sabemos que Jesús escucha nuestros deseos, ¿estaría contento con estos deseos? No, porque todas estas cosas no nos llevan al cielo. Es más, muchas de ellas, nos alejan bastante del cielo.

Como Santa Bárbara, tenemos que desear las cosas del cielo.

En nuestro corazón, tenemos que tener deseos de:

Ser como Jesús.

Y ser como Jesús quiere decir ser humildes, pacientes, buenos, generosos, sacrificados, respetuosos, afectuosos con todos, incluso los que para nosotros son menos “simpáticos”.

Tenemos que desear hablar con Dios, es decir, rezar, porque el que no reza, es como el que no habla, ni come, ni bebe. Rezar con Dios es recibir su luz, su paz, su misericordia, su perdón, su compañía, su Amor.

Tenemos que desear subir a la cruz, y estar ahí, crucificados con Jesús, porque la cruz es la Puerta para ir al cielo.

Tenemos que desear estar dentro del Sagrado Corazón de Jesús, porque ahí está todo el Amor de Dios.

Tenemos que desear estar dentro del Corazón Inmaculado de la Virgen, porque ahí está todo el Amor de Dios a Jesús.

Tenemos que desear estar delante de Jesús Eucaristía, es decir, tenemos que desear hacer Adoración Eucarística, porque en la adoración eucarística Jesús nos comunica todo su Amor.

Tenemos que desear recibir a Jesús en la Eucaristía, porque en la Eucaristía recibimos todo lo que deseamos.


[1] Cfr. Rüger, El maná del Niño, 136.