Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuaresma es tiempo de cambio del corazón

Convertirse es girar el corazón,
como un girasol,
hacia el Sol de Vida eterna, Jesucristo

¿Qué es la conversión? Es el cambio del corazón. ¿Y cómo es el cambio de corazón? Para darnos una idea de qué es el "cambio de corazón", veamos qué es lo que pasa con una flor muy particular, el girasol, que, como dice su nombre, gira alrededor del sol –en inglés, “girasol” se dice: “sunflower”, que sería algo así como: “flor del sol”-: por la noche, está quieto, con sus hojas replegadas sobre la corola, y vuelto hacia el suelo, pero cuando empieza a amanecer, y en el cielo aparece una estrella, que es la estrella de la mañana, o la Aurora, y cuando empieza a salir el sol, parece como si el girasol se “despertara”: sus hojas se abren, su corola se levanta, y se enfoca en dirección al sol, y durante el día va girando hacia donde va el sol.

Nuestro corazón, sin Jesús, sin la conversión, es como el girasol durante la noche: el corazón está cerrado, frío, sin amor, y dirigido hacia el suelo, hacia la tierra, hacia las cosas bajas. Pero con la conversión, el corazón, movido por la Virgen –que también se llama “Estrella de la mañana”- se despierta, comienza a girar, y comienza a mirar para arriba, adonde está el Sol de justicia, que es Jesús.


Así debe ser nuestro corazón en Cuaresma: debe girar y enfocar hacia ese Sol de los cielos, que es Jesucristo, y debe estar siempre pero siempre enfocado en Él.

Imaginemos que vemos un campo inmenso de girasoles: cuando es de noche, están quietos, cerrados, y hacia abajo; cuando comienza a salir el sol, se abren, giran, y siguen, desde la tierra, al sol que está en el cielo. Así deben ser los corazones de los hombres, y también nuestro corazón, en Cuaresma.

Y es para esto, para que nosotros nos convirtamos, para que nuestro corazón sea como el girasol, que sufrió Jesús en el Huerto de Getsemaní. Allí en el Huerto, Jesús sufrió muchísimo, por tres cosas: como Él era Dios Hijo, veía espiritualmente toda la fealdad del mal, y eso le provocaba horror, como cuando alguien ve algo que le causa espanto, a causa de lo feo y malo que es, pero además Jesús veía no solo un pecado, sino los pecados de todos los hombres, de todos los tiempos, desde Adán y Eva, hasta el pecado original del último bebé que iba a nacer en el Último Día, el Día del Juicio Final; lo segundo por lo que Jesús sufría en el Huerto, era porque como Dios que era, veía que todos los pecados de todos los hombres, Él los iba a llevar sobres sus hombros y en su espalda, y que Dios lo iba a castigar a Él, con todo su enojo, para no tener que castigarnos a nosotros, y sabía que eso le iba a hacer doler mucho, y que también iba a morir, y por eso Jesús sufría, y sufría tanto pero tanto, que empezó a sudar sangre; lo tercero por lo cual sufría Jesús, era que Jesús veía que, a pesar de que Él iba a llevar los pecados de todos los seres humanos, y a pesar de que iba a soportar los latigazos, los insultos, la corona de espinas, y que iba a dar su vida en la cruz, derramando hasta la última gota de sangre, a pesar de eso, muchos, pero muchos hombres, iban a desperdiciar su sacrificio, porque no se iban a convertir, y se iban a condenar en el infierno.

En el Huerto, lo que más dolor le daba a Jesús, era ver cómo muchas almas caían en el infierno, porque no querían convertirse aquí en la tierra, no querían volver sus corazones a Dios, como hace el girasol cuando sale el sol; Jesús veía cómo muchos se iban a condenar porque no se querían convertir, es decir, no querían ser buenos.

Le prometamos a Jesús que en esta Cuaresma vamos a tratar de no hacerlo sufrir, y vamos a buscar la conversión, para que nuestro corazón, como el girasol, desde la tierra, mire siempre hacia el cielo, adonde está ese hermosísimo Sol que es Jesús.

Así como los girasoles giran, buscando la luz del sol,
así nuestros corazones deben buscar la gracia de Jesucristo,
Sol divino

lunes, 21 de marzo de 2011

En Cuaresma tenemos que rezar, como Jesús en el desierto


La oración es al alma

lo que la respiración al cuerpo

En el evangelio para Cuaresma, se dice: “Jesús se retiró al desierto para orar” (cfr. Mt 4, 1-11). Como sabemos, fue al desierto durante cuarenta días y noches, a ayunar y a rezar por todos nosotros, y por eso decíamos que, en Cuaresma, tenemos que hacer penitencia, sacrificios, mortificación, y también tenemos que rezar, para estar siempre unidos a Jesús.

En Cuaresma entonces tenemos que hacer penitencia y tenemos que orar. ¿Qué es “orar”?

Orar es como cuando hablamos con alguien, sólo que al orar, hablamos con Dios, con Jesús, con la Virgen, con los ángeles, con los santos. Así como hablamos con nuestros padres, hermanos, amigos, para comunicarnos, para decirles cuánto los queremos, o qué es lo que necesitamos, o qué es lo que nos está pasando, así sucede con Dios, por la oración. Hacer oración es hablar con Dios, que es Uno y Trino, Uno en naturaleza –hay un solo Dios- y Trino en Personas, es decir, hay Tres Personas en Dios; hacer oración es hablar con las Tres Divinas Personas: con el Padre, con el Hijo, o con el Espíritu Santo. Orar es también hablar con Jesús, que es Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios; es hablar con la Madre de Dios, la Virgen María; es hablar con los santos; es hablar con los ángeles buenos.

Orar es también como comer: así como alimentamos nuestros cuerpos con los alimentos, y no podemos vivir sin comer, porque empiezan a faltarnos las fuerzas y nos sentimos cada vez más débiles, así también necesitamos de la oración, que es el alimento del alma, para que el alma esté con fuerzas. La oración y la Palabra de Dios son el alimento más exquisito que puede recibir el alma.

Orar es como tomar agua: el cuerpo no puede vivir sin agua, porque el agua es muy necesario para que los órganos funcionen bien. El agua es muy importante, porque gran parte de nuestro cuerpo está formado por agua, y por eso sentimos tanto su ausencia, y cuando pasa un tiempo sin beber, empezamos a sentir mucha sed. Así pasa con la oración, que nos abre la fuente del “agua viva” que es la gracia de Dios; la gracia es al alma lo que el agua al cuerpo, y la gracia se abre para nosotros cuando rezamos, así como el agua comienza a correr cuando abrimos el grifo.

Orar es como respirar: no podemos vivir sin respirar; a lo sumo, podemos aguantar unos cuantos segundos sin tomar aire, pero en seguida necesitamos respirar. Si una persona está bajo el agua, por ejemplo, en una piscina, después de nadar un poco, tiene que salir a tomar aire, porque si no se asfixia y se muere. La oración es para el alma lo que el aire para el cuerpo: no podemos vivir sin rezar, porque por la oración el alma toma oxígeno que viene del cielo, que es la vida y la gracia de Jesús.

Orar es como estar iluminados por una fogata, o por el sol, después de una noche oscura. Imaginemos que estamos en una noche muy oscura, en medio de un bosque; no hay luz de luna, porque la luna está tapada por nubes muy negras; las sombras que nos rodean nos parecen bestias feroces, y las bestias feroces nos parecen sombras, y por eso tenemos mucho miedo. Estar sin oración es como estar en ese bosque, en medio de la noche. Rezar, en cambio, es como si estamos en el bosque, en la noche oscura, y encendemos una fogata, que nos da luz y nos da calor; también es como cuando la noche va pasando, y empieza a amanecer, en donde se ve que empiezan a aparecer las estrellas, sobre todo el Lucero del alba, y después empieza a salir el sol: cuando aparece la primera estrella, la más grande de todas, la Estrella de la mañana, sabemos que ya la noche está por terminar, y está por salir el sol, y después, cuando sale el sol, ya no sentimos miedo ni frío, y podemos ver bien, porque el sol nos ilumina. Así es con la oración: cuando comenzamos a rezar, aparece en la noche del alma una estrella, la más brillante y hermosa de todas, la Virgen María, y después, aparece el Sol, que es Jesús.

Finalmente, orar es como cuando uno se encuentra con un ser querido, que puede ser la madre, el padre, algún hermano, algún amigo. Así como nos da alegría encontrarnos con alguien a quien queremos mucho, así por la oración nos encontramos con Jesús y con la Virgen, que alegran nuestros corazones con sus Presencias.

Como todo esto es orar, y por eso tenemos que orar en Cuaresma, para estar junto a Jesús que por mí fue al desierto, pero también tenemos que orar todos los días del año.

¿Y qué tenemos que orar? Eso lo veremos después.

martes, 15 de marzo de 2011

Jesús reza y ayuna en el desierto por mí

Después de ayunar durante cuarenta días y noches,
Jesús es tentado por el demonio,
que se le aparece como un fraile con cuernos
Autor: Juan de Flandes

Estamos en Cuaresma, y por eso el sacerdote usa ornamentos de color morado. ¿Qué quiere decir “Cuaresma”? ¿Qué tenemos que hacer en Cuaresma?

Para responder qué es la Cuaresma, y qué tenemos que hacer en Cuaresma, tenemos que fijarnos en Jesús, porque “Cuaresma” viene de “cuarenta”, que son los días que Jesús se fue al desierto, sin comer nada, y rezando todo el día.

“Cuaresma” quiere decir entonces “cuarenta”, por los cuarenta días que Jesús estuvo en el desierto. Y si Jesús fue al desierto, nos tenemos que preguntar si Jesús estuvo cómodo en el desierto, o no. Para saberlo, veamos cómo es el desierto.

¿Cómo es el desierto? ¿Alguien fue alguna vez a un desierto, o aunque sea lo vio en películas? Seguramente, que casi ninguna de nosotros ha estado en el desierto, pero tal vez hemos visto alguna vez el desierto en un documental, o en las clases de geografía o de historia en la escuela. Bueno, resulta que el desierto es un lugar muy peligroso, porque no hay nada ni nadie; no hay nada de comida –no se puede plantar nada porque en vez de tierra, hay arena, y en la arena no crecen las plantas, sólo los cactus, pero los cactus no se pueden comer-; no hay nada de agua, porque no llueve nunca, porque nunca hay nubes en el cielo, sino solamente el sol, que quema la piel y que hace tener mucha sed; puede ser que haya agua en algún pozo, que se llama “oasis”, pero capaz que hasta que encontrás uno, ya te morís; en el desierto no hay personas, porque nadie puede vivir en un lugar así; en el desierto también hay animales como las víboras, que son venenosas, y si te muerden, te matan, porque te inyectan el veneno; además hay insectos como las arañas, que también son peligrosas; también hace mucho, muchísimo calor durante el día, y no hay ni un árbol para que te haga un poco de sombra, y a la noche, hace mucho pero mucho frío, con temperaturas bajo cero, y sino te tapás bien con una frazada, te podés morir congelado.

Jesús fue al desierto por nosotros, y por eso en Cuaresma nos acordamos de todo lo que Jesús sufrió en el desierto por nosotros: calor, frío, hambre, sed; el peligro de las alimañas, como las víboras, las arañas; y al final de todo, tuvo que soportar verlo al diablo, con todo lo feo que es, y además lo dejó que lo tentara, para enseñarnos que nosotros podemos vencer al diablo con la ayuda de Él, que es Dios.

Jesús no tuvo ninguna comodidad en el desierto, y sufrió mucho, y todo lo que Él sufrió, lo sufrió por nosotros, por amor a nosotros, para que nosotros pudiéramos salvarnos.

En Cuaresma entonces tenemos que acordarnos de Jesús, que por nosotros, para salvarnos, se fue al desierto, a pasar hambre y sed, frío y calor, y después le ganó al demonio cuando éste lo trató de engañar con las tentaciones.

Pero no solo nos tenemos que acordar de Jesús: también tenemos que unirnos a Jesús, es decir, tenemos que tratar de entrar dentro del Corazón de Jesús. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos entrar dentro del Corazón de Jesús? Haciendo algún pequeño sacrificio, como por ejemplo, privarme de algo que me gusta, o comer sin protestar lo que no me gusta, o hacer todo lo que me pidan sin renegar, o no pelear con los hermanos, o contestar bien a los papás y a los mayores, o también no jugar tanto a los video-juegos, estudiar más, ayudar más en la casa. Todo eso se llama “mortificación” y “penitencia”, y es la forma en la que podemos estar junto a Jesús que está en el desierto.

No puedo yo estar cómodo en mi casa, jugando todo el día, o portándome mal o más o menos, si Jesús está en el desierto sufriendo por mí.

Por eso, en Cuaresma, para ser agradecidos con Jesús, que por mi salvación está en el desierto, le prometamos a Jesús que vamos a tratar de hacer más penitencia y más mortificación, y vamos a rezar todos los días, para estar cerca, muy cerca de Él en el desierto. Y si hacemos penitencia y mortificación, y si rezamos y tratamos de ser buenos, vamos a estar muy pero muy cerca de Jesús: tan cerca, que vamos a estar dentro de su Sagrado Corazón.

sábado, 12 de marzo de 2011

Hora Santa para Niños y Adolescentes para Cuaresma


Entramos respetuosamente en el Oratorio. Jesús está en la Hostia, escondido, y desde allí me ve, me oye, y lee todos mis pensamientos. Sabe qué pienso, qué quiero, qué voy a decir, qué voy a hacer. Jesús es Dios, y está en la Eucaristía por amor a mí. Nos arrodillamos ante Su Presencia, con el deseo de adorarlo y amarlo cada vez más. Nos persignamos y hacemos la señal de la cruz: “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.

Estamos en Cuaresma, y nos acordamos de los cuarenta días que Jesús estuvo en el desierto, sin comer nada, y rezando a Dios Padre. También nosotros vamos a rezar junto con Jesús, y vamos a hacer ayuno, sobre todo de las obras malas. La Cuaresma es tiempo de ayuno y de oración, y es el tiempo de cambiar el corazón, para que el corazón se vuelva cada vez más parecido al Corazón de Jesús, manso y humilde.

-Inicio: Canto de entrada: Oh Víctima Inmolada.

-Oración de NACER: “Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman” (Tres veces).

-Oración para comenzar la adoración: “Querido Jesús Eucaristía, venimos a visitarte en tu Oratorio, para decirte que te queremos mucho. Queremos estar junto a Ti, porque estar contigo es más lindo que estar en el cielo. Ahora que comenzamos la Cuaresma, venimos a decirte que queremos preparar nuestro corazón por el ayuno y la oración, para recibir tu gracia y así cambiar el corazón. Te prometemos el ayuno, sobre todo de las obras malas: queremos portarnos bien, ser buenos con todos, especialmente con los papás, los hermanos y los seres queridos. Te prometemos que no vamos a pelear con nadie, y que vamos a pedir perdón si hemos faltado el respeto a alguien, y vamos a perdonar a quien nos haya ofendido. Queremos, en esta Cuaresma, rechazar todo mal pensamiento, todo mal deseo, toda mirada mala, y tener los mismos pensamientos que tenías Vos cuando estabas en el desierto.

-Silencio de tres minutos. En este momento de oración en silencio, aprovechamos para hablarle a Jesús no con los labios, sino con el corazón. Le podemos decir que lo queremos mucho, y que queremos estar en el cielo con Él para siempre.

-Canto eucarístico. Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.

-Oración intermedia: “Querido Jesús Eucaristía, Tú eres un horno ardiente de caridad. Nuestros corazones son como carbones, negros, secos, duros. Te pedimos que tomes nuestros corazones y los introduzcas en ese horno ardiente de Amor que es Tu Corazón, para que ellos también se incendien en el fuego del Espíritu Santo. Sé bueno con nosotros, danos un poquito de Tu Amor, y así nosotros podremos ser cada día más buenos. Te damos gracias porque pasaste cuarenta días en el desierto rezando por nosotros, aguantando el calor del sol durante el día, y el frío de hielo por las noches. Te damos gracias, Jesús, porque estás en la Eucaristía por amor a nosotros. Te damos gracias porque Tú eres un mar infinito de Amor eterno, y todo ese amor nos lo das en la cruz y en la Eucaristía”.

-Silencio de tres minutos. Rezamos con el corazón, en silencio. Le pedimos por nuestros seres queridos, y también por aquellos a los que no queremos tanto. Que todos conozcan y amen a Jesús Eucaristía.

-Oración de despedida: “Querido Jesús, en este rato de oración, nos pareció estar en algo más lindo que el cielo, porque estuvimos en Tu Corazón. Volvemos al mundo, que es muy oscuro cuando Tú no lo alumbras. Ilumina nuestros corazones, para que nosotros podamos iluminar a nuestros padres, a nuestros hermanos, y a todo el mundo, con la luz de Tu Amor.

-Oración de NACER: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran, ni Te aman” (tres veces).

-Oración final: “Querido Jesús Eucaristía. Ya es hora de retirarnos. Debemos regresar a nuestros hogares y a nuestra tarea cotidiana. Nos vamos, y nos despedimos de Ti, pero aunque nos vayamos con el cuerpo, dejamos nuestros corazones a los pies de Tu altar, para que estén siempre delante de ti. Tú dijiste en el Evangelio que donde estuviera nuestro tesoro, allí estaría nuestro corazón. Nuestro tesoro eres Tú en la Eucaristía, y por eso los dejamos a tus pies. No dejes que nunca nos apartemos de Ti”.

-Canto de despedida. Canción de los pastorcitos de Fátima.

domingo, 6 de marzo de 2011

Te amo Jesús, Dios mío, porque por mí estás en la cruz


Una vez, una santa, que se llamaba Santa Teresa, compuso una poesía para Jesús, que decía así:

"No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera".

Para esta santa, que amaba mucho a Jesús, no le importaban ni el infierno, ni el cielo, sino solo Jesús crucificado, coronado de espinas, clavado en la cruz con gruesos clavos de hierro, con su cara toda llena de golpes y de moretones, con uno de sus ojos hinchado por una trompada que le dieron a Jesús cuando estaba delante de los judíos; a santa Teresa le importaba, más que condenarse en el infierno o salvarse en el cielo, Jesús crucificado, porque Jesús en la cruz tenía mucha sed, porque en la cruz nadie le daba agua, sino vinagre; a santa Teresa le importaba Jesús, porque Jesús en la cruz tenía mucho dolor en su cuerpo, porque le dolían las manos y los pies, por los clavos, y también la cabeza, por la corona de espinas, pero sobre todo tenía dolor en su alma, porque Él veía que muchos se iban a condenar, porque no lo iban a aceptar a Él como Salvador; a santa Teresa le importaba Jesús en la cruz, y no tanto el infierno ni el cielo, porque Jesús en la cruz estaba solo, porque la Única que lo acompañaba era su Mamá, la Virgen María, porque todos sus amigos habían salido corriendo asustados y lo habían dejado solo, mientras que todos los que estaban cerca de Él lo insultaban.

La santa le dice a Jesús que a ella no lo ama porque hay un infierno, porque lo mismo ella podía seguir ofendiéndolo, pero tampoco lo ama porque hay un cielo como premio: ella lo ama porque lo ve así como está en la cruz, todo herido, golpeado, con su cara sangrando, con su ojo hinchado, con su corona de espinas, con los clavos de hierro que le hacen doler sus manos y sus pies, y porque Jesús está así en la cruz, tan dolorido y tan solo, es que ella lo ama, y le promete que va a ser buena, que no va a cometer pecados.

Santa Teresa le dice a Jesús que, viéndolo así en la cruz, lo ama tanto, que aún si no hubiera infierno, lo mismo lo temería, y no se portaría mal, y aún si no hubiera cielo, lo mismo lo amaría y trataría de ser buena.

Aprendamos esta hermosa poesía de Santa Teresa, pero no sólo con la memoria, sino ante todo con el corazón, para recitársela a Jesús todos los días.

lunes, 24 de enero de 2011

En el cielo, nos alegraremos para siempre al ver a la Virgen y a Jesús


¿Alguien vio alguna vez una foto de cuando nace una estrella?

¿Alguien vio alguna vez la cantidad de colores hermosos que aparecen en el cielo, cuando nace una nueva estrella?

Antes, cuando no había todo lo que hay ahora -naves espaciales, cohetes, telescopios gigantes, filmadoras y cámaras de fotos muy avanzadas-, no se podía saber cómo era cuando una nueva estrella aparecía en el cielo. Pero ahora sí se puede, porque se inventaron muchas cosas, y así los astronautas, subidos en los cohetes, van muy alto, hasta el cielo, cerca de las estrellas, y les sacan fotos, y así se puede ver lo hermoso que es el nacimiento de una estrella.

Gracias a los avances tecnológicos, como la estación espacial, el transbordador, el telescopio espacial Hubble, se han obtenido y se obtienen imágenes hermosísimas, fantásticas, luminosas y llenas de colorido, de la galaxia y del nacimiento de las estrellas.

Cuando alguien ve esto, le pasa algo que se llama "asombro", que es quedarse con la boca abierta, sin saber qué decir, porque la hermosura que visto en la naturaleza lo ha dejado sin palabras.

Si esto sucede con el nacimiento de una estrella en la galaxia; si este nacimiento es una explosión de colores y de majestuosidad; ¿qué es lo que sería ver el nacimiento, no de una estrella del cielo, sino el Nacimiento de la Virgen María, que es llamada "Estrella del Alba," "Lucero de la Nueva Mañana del Día eterno", que anuncia la próxima llegada del Sol de justicia, Jesucristo?

¿Sería alguien capaz de sobrevivir frente al espectáculo de semejante hermosura?

Si una estrella común y corriente deja estupefactos de admiración a quien lo contempla; ¿qué sucederá con quienes contemplen el nacimiento de la Virgen, Estrella Luciente y Llena de gracia, del seno de Dios Padre? Si alguien pudiera ver el Nacimiento de la Virgen, con toda seguridad, se quedaría mudo del asombro y de la alegría.

Sin embargo, si el sólo hecho de considerar estas cosas admirables, aún sin tener el privilegio de poder mirarlas tal como son, llenan de admiración, hay cosas todavía más esplendorosas y magníficas.

Hay otro espectáculo todavía más hermoso, y que nunca pasó en la Naturaleza: jamás, desde una estrella -brillante, luciente, con todo su luminoso esplendor-, surgió ni podrá surgir un sol, pero esto, que es imposible que pase en el universo que vemos, que es el universode los planetas, pasa en el mundo de los cielos invisibles, por el poder de Dios Padre.

Lo que no puede pasar en el universo que podemos ver, pasa en el universo invisible, en el que no podemos ver: de una Estrella, la Virgen María, surge un Sol esplendoroso, el Sol de justicia, Jesucristo.

De una Estrella surge el Sol; el Sol pasa a través de la Estrella del Alba, sin dañarla, dejando estupefactos de amor y de admiración a los ángeles y a los santos, testigos del prodigio.

Y ese Sol Naciente, que brota de la Estrella, se encarna en un Pan, que se encuentra en el altar, y desde ese Pan, ingresa en las almas, en los corazones humanos, para iluminarlos con su luz, para alumbrarlas con su calor en el frío invierno de la existencia humana, para darles el Amor de su Corazón de Hombre-Dios.

¿Alguien vio alguna vez cuando nace una estrella? ¿Alguien vio alguna vez a la Virgen María, más hermosa que todas las estrellas juntas?

Cuando estemos en el cielo, vamos a ver a la Virgen y a Jesús, y habrá alegría en nuestros corazones para siempre, para siempre.

lunes, 3 de enero de 2011

Los Reyes Magos visitan al Niño Dios para adorarlo


Cuando nació Jesús, muchos se alegraron de su Nacimiento, y fueron a visitarlo, porque querían conocerlo, y entre los que lo fueron a ver, estaban los pastores, y también los Reyes Magos.

¿Cómo fue que se enteraron que Jesús había nacido? ¿Quién les avisó a los pastores y a los Reyes que había nacido Jesús? Los que les avisaron que Jesús había nacido, fueron los ángeles y una estrella: a los pastores, le avisaron los ángeles, y a los Magos, una estrella.

¿Cómo eran los Reyes Magos? Los Reyes Magos venían de lejos, y venían en camellos. Tenían turbantes, joyas, y ropas y capas grandes y finas, porque eran gente muy importante, pero no porque tuvieran dinero, sino porque el Niño había nacido para ellos. Lo que hacía que ellos fueran gente importante no eran las cosas que poseían, sino que Dios Padre los amaba tanto, que para ellos les mandó a su Hijo a nacer en un Pesebre. Y entonces también nosotros somos importantes, porque también para nosotros nació el Niño Dios.

Los Magos, que siempre leían la Palabra de Dios, sabían que la señal de que iba a nacer el Salvador, era cuando apareciera una estrella en el cielo, y por eso siempre miraban al cielo, buscando esa estrella: si la veían, eso quería decir que había nacido el Mesías. Por eso, cuando nació Jesús, y vieron la estrella que Dios Padre había encendido en el cielo, prepararon todo para el viaje, pusieron en sus alforjas los regalos para el Niño Dios, se subieron a los camellos, y comenzaron a viajar. Miraban siempre al cielo, y caminaban siempre detrás de la estrella, con mucha alegría en el corazón, porque sabían que iban a conocer a su Salvador.

¿Y cómo fue que apareció la estrella en el cielo? Fue Dios Padre quien encendió la estrella, y la colocó encima de Belén. ¿Vieron como cuando mamá o papá encienden una vela en la noche, y llevan de un lugar para otro? Bueno, así, algo parecido, hizo Dios Padre con la estrella de Belén. ¿Y por qué usó una estrella? Porque el que iba a nacer era su Hijo, y como Él amaba mucho a su Hijo, quiso que el lugar de su Nacimiento estuviera alumbrado nada menos que por una estrella.

Al final, Dios Padre detuvo la estrella en Belén, y entonces los Magos supieron que ése era el lugar donde estaba el Niño, y se fueron despacito en los camellos, hasta que llegaron a Belén. Ahí encontraron a Jesús, que estaba recién nacido, envuelto en pañales, y la Virgen María lo tenía en sus brazos.

Apenas lo vieron, se alegraron mucho, y bajaron de sus camellos, y comenzaron a sacar todo lo que habían traído de sus alforjas: oro, incienso y mirra, para dárselos a Jesús como regalo. Y entonces nos podemos preguntar: ¿por qué los Magos le trajeron estos regalos a Jesús, en vez de traerle juguetes? Los Magos le trajeron estos regalos –oro, incienso y mirra-, en vez de juguetes, porque ellos sabían que Jesús no era un niño como todos los demás; ellos sabían que Jesús era Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, que había venido a este mundo envuelto en el cuerpo de un niño, y por eso, porque sabían que el Niño era Dios, le traían al Niño Dios regalos que sólo se hacen a Dios. A nadie más que a Dios se le hacían esos regalos, y como los Magos sabían que Jesús era Dios, por eso le hicieron esos regalos.

El Niño Jesús se alegró mucho por los regalos, pero más se alegró por los Magos, porque los Magos eran humildes y sencillos, a pesar de ser muy importantes. El Niño recibió los regalos, pero al mismo tiempo, Él les dio un regalo mucho, mucho más grande que el oro, el incienso y la mirra: les dio el Amor de Dios. Y es que para eso vino el Niño Dios: para regalarnos el amor de Dios, y ese regalo del Niño lo recibe todo aquél que se acerca con amor al Pesebre.

Seamos entonces como los Reyes Magos, nos acerquemos al Niño Dios, que está en el Pesebre, en brazos de la Virgen, con mucha alegría, y le hagamos también nosotros nuestro regalo. Pero como no tenemos oro, porque cuesta caro, y como tampoco tenemos incienso ni mirra, le podemos regalar otras cosas: en vez de oro, nuestras obras buenas; en vez de incienso, la oración de todos los días; en vez de mirra, el cuerpo y el alma puros.

Y Dios Niño, desde el Pesebre, desde los brazos de la Virgen, sonreirá, abrirá sus brazos con mucho amor, y nos dará el Amor de Dios Padre, para llevarnos a la vida eterna.