Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

jueves, 14 de abril de 2011

Rosario meditado para niños para NACER - Misterios Dolorosos




Misterios Dolorosos

Primer Misterio Doloroso: La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos.

Jesús ora en el Huerto,
y siente mucha tristeza, y suda sangre,
porque ve que muchos no se quieren convertir.
Le prometamos a Jesús, que por mí sufre en el Huerto,
que nuestro corazón va a ser como un girasol,
que siempre lo busque a Él, el Sol de Dios.

Pasaje del Evangelio: Jn 15, 13ss.

Meditación: Este misterio se llama “La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos”, y nos acordamos de cuando Jesús fue a rezar, el día antes de subir a la cruz. Era una noche muy oscura, sin luz de luna casi, porque las nubes negras cubrían todo el cielo. A Jesús lo habían acompañado Pedro, Juan y Santiago, pero ellos, en vez de rezar con Él, se durmieron y lo dejaron solo. Cuando Jesús estaba rezando, empezó a sentir mucho pero mucho miedo, y también mucha tristeza, y sintió tanto miedo y tanta tristeza, que lloraba mucho, y además sudaba sangre.

¿Por qué sentía miedo, y por qué sentía tristeza? Sentía miedo, porque Él, como era Dios, podía ver los pecados de todos los hombres, que tienen formas horribles, como de animales muy feos y malos; además, para que Dios Padre no nos castigue a todos nosotros, Él se había ofrecido para que lo castigaran a Él, y sabía que, para quitar nuestros pecados, iba a tener que sufrir todo lo que sufrió después en la cruz. ¿Y la tristeza? Sentía mucha pero mucha tristeza, porque Él también veía que muchas almas, a pesar de que Él iba a dar su vida por ellas, no lo iban a querer, y no se iban a convertir, y se iban a morir en pecado mortal, y se iban a ir al infierno. Él sufría muchísimo cuando veía un alma que se condenaba, y por eso estaba muy triste. Pero había veces que Jesús estaba más contento, y era cuando veía almas que sí lo iban a querer, que sí lo iban a acompañar camino de la cruz, y que sí se iban a convertir y a salvar. Ahí era cuando Jesús no estaba tan triste, y tenía un poco menos de miedo.

¡Le prometamos a Jesús que vamos a rezar mucho, y que vamos a tratar de cambiar el corazón, para ser santos, y así estar con Él para siempre en el cielo!

Segundo Misterio Doloroso: La flagelación de Jesús.

Jesús es flagelado,
a causa de mis pecados.
¡Jesús, que me duelan mis pecados,
para que Tú no sufras más!

Pasaje del Evangelio: Mt 27, 26ss.

Meditación: Este misterio se llama “La flagelación de Jesús”, y nos acordamos aquí de cuando a Jesús le pegaron muchos latigazos en la espalda, en las piernas, en los brazos, y en la parte de adelante del cuerpo, en el pecho y en el abdomen, y le hicieron doler muchísimo, y le hicieron salir mucha sangre. Una vez, una santa, que se llamaba Brígida de Suecia, quería saber cuántas heridas había recibido en total en la Pasión, y Jesús se le apareció y le dijo que eran 5130 heridas. ¡Muchísimas! ¿Por qué Jesús dejó que le pegaran así? Porque Dios Padre estaba muy enojado con todos nosotros, por nuestros pecados, entonces, Jesús le dijo a Dios Padre que Él iba a reparar por nosotros, y para que Dios Padre no se enojara con nosotros, Jesús dejó que la justicia divina descargara sobre Él el castigo que merecíamos todos los hombres. Jesús se puso entre Dios Padre y nosotros, para recibir Él todo el castigo que merecíamos, y así fue como Dios nos perdonó, y todos nos hicimos amigos de Dios, gracias a Jesús.

Si Jesús se nos apareciera, ¿le pegaríamos un latigazo? ¡Por supuesto que no! Pero lamentablemente, lo que no haríamos en la imaginación, sí lo hacemos en la realidad, porque cada vez que cometemos un pecado, es como pegarle un latigazo a Jesús.

Le prometamos a Jesús que vamos a cuidar nuestro cuerpo como lo que es: el templo del Espíritu Santo, y le pidamos que, así como a Él le dolieron los latigazos, así a nosotros nos duelan los pecados, para que nunca lo ofendamos, y crezca nuestro amor a Él.

Tercer Misterio Doloroso: La coronación de espinas.

Jesús es coronado de espinas,
para que nuestros pensamientos sean puros y santos,
como los suyos.

Pasaje del Evangelio: Jn 19, 2

Meditación: Este misterio se llama: “La coronación de espinas”, y nos acordamos de cuando a Jesús le pusieron una corona de gruesas espinas. Esas espinas le hicieron doler mucho a Jesús, y le hicieron salir mucha sangre, que corrió desde su cabeza, por toda su cara, hasta la barba y el cuello, y llegó hasta el pecho y sus manos. La sangre pasó por su frente, para que tengamos pensamientos santos y puros; pasó por sus ojos, para que veamos sólo cosas buenas; pasó por su nariz y por sus oídos, para que nuestros sentidos sientan lo que Él sintió en la cruz; pasó por sus labios, para que hablemos sólo cosas buenas, como alabanzas a Dios y bendiciones a los demás; pasó por sus manos, para que nuestras manos se eleven para bendecir a Dios, y estén siempre tendidas en ayuda de nuestros hermanos; pasó por su pecho, para que nuestro corazón arda en el fuego del Amor de Dios.

¡Que por la sangre de Jesús coronado de espinas, nuestros pensamientos sean siempre santos y puros, como los tuvo Él en la cruz!

Cuarto Misterio Doloroso: Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario.

Jesús con la cruz a cuestas,
camino del Calvario.
¡Jesús, que yo te siga
en el camino de la cruz,
para llegar contigo
al Reino de los cielos!

Pasaje del Evangelio: Jn 20, 17

Meditación: Este misterio se llama: “Jesús, con la cruz a cuestas, marcha camino del Calvario”, y nos acordamos de cuando Jesús iba, con la cruz sobre sus hombros, a un monte, que se llama: “Calvario”. Jesús llevaba una cruz de madera, muy pesada, tan pesada, que lo hizo caer muchas veces a lo largo del camino. Y en cada caída, se lastimaba sus rodillas, sus manos, y le dolía mucho la espalda y también el hombro, pero siempre se levantaba y seguía. Jesús no arrastraba la cruz, sino que la abrazaba y la besaba, porque sabía que con la cruz nos iba a salvar, y nos iba a llevar al cielo. En la vida muchos nos dicen que sigamos muchos caminos: ser ingenieros, médicos, bomberos, astronautas, plomeros. En realidad, hay un solo camino: el camino de la cruz de Jesús, porque por ese camino se llega al cielo. Jesús nos pide que lo sigamos, que vayamos detrás de Él, y si nosotros le hacemos caso, y lo seguimos, cargando nuestra propia cruz, estaremos seguros, segurísimos, de llegar al cielo.

¡Jesús, que yo nunca reniegue de la cruz! ¡Dame la gracia de abrazar y besar mi cruz, y así caminar contigo, todos los días de mi vida, el Via Crucis, hasta que llegue a contemplarte en la eternidad!

Quinto Misterio Doloroso: La crucifixión de Jesús.

Jesús es crucificado.
Te adoro, Dios mío,
Jesús crucificado.
¡Que yo esté con la Virgen
al pie de la cruz,
para estar siempre contigo
en la eternidad!

Pasaje del Evangelio: Jn 20, 18

Meditación: Este misterio se llama: “La crucifixión de Jesús”, y nos acordamos de cuando Jesús estaba crucificado, en la cima del monte que se llama “Calvario”. Jesús en la cruz es pobre, porque tiene sólo lo necesario para salvarnos: la corona de espinas, los clavos de hierro, un cartel que dice: “Éste es el Rey de los judíos”, y la cruz, y así Jesús nos enseña a ser pobres, como Él, a no desear nada que no sea lo necesario para nuestra salvación. Jesús en la cruz es también es nuestro rey, que reina desde un trono que no es de oro ni de plata, sino de madera, porque es la cruz, y así como todo rey bueno da regalos a sus súbditos, así Él nos da el regalo más hermoso que podamos recibir, y es el regalo de su Cuerpo y de su Sangre, y con su Sangre, el Espíritu Santo. Todo eso lo tenemos en la Santa Misa, porque en la Misa, Jesús hace lo mismo que en la cruz: entrega su Cuerpo en la Eucaristía, y derrama su Sangre en el cáliz. Ir a Misa es ir a ver a Jesús que, invisible, baja crucificado, desde el cielo al altar, para darnos su Cuerpo en la Hostia y su Sangre en el cáliz. Ir a Misa es ir a estar junto a Jesús, que por mí muere en la cruz, y es ir a ofrecerme a Dios Padre, unido a Jesús, para la salvación del mundo.

¡Nunca dejemos la Misa, que es Jesús en la cruz, por las diversiones del mundo, que no son nada! ¡Que yo te ame, Jesús, en la cruz, en la Santa Misa!

domingo, 10 de abril de 2011

Rosario Meditado para niños para NACER - Misterios Luminosos



Misterios Luminosos

Primer misterio Luminoso: El Bautismo de Jesús en el río Jordán.

Jesús es bautizado en el Jordán

Pasaje del Evangelio: Mt 3, 13-17

Este misterio se llama “El Bautismo de Jesús en el Jordán”, y nos acordamos de cuando Juan el Bautista, que era primo de Jesús, lo bautizó en el Jordán. Jesús no necesitaba ser bautizado, porque Él es Dios, pero se dejó bautizar, para que nosotros sepamos qué pasa cuando nos bautizan: el Espíritu Santo vuela, invisible, como una paloma, así como voló cuando Jesús se bautizaba, y Dios Padre nos adopta como hijos, diciéndonos: “Ustedes son mis hijos amados”, así como le dijo a Jesús: “Éste es mi Hijo muy amado”.

En el Bautismo, recibimos al Espíritu Santo, que se queda, como una palomita muy pequeñita, en el corazón, a vivir dentro de él. Pero así como una palomita, si le estamos dando de comer en la plaza, se asusta y vuela si alguien grita, o corre, así la dulce paloma del Espíritu Santo, que hace su nido en el corazón, sale volando cuando en ese corazón hay impaciencia, enojos, gritos, egoísmo, pereza. El Espíritu Santo, que viene al corazón como una palomita blanca y hermosa, quiere quedarse ahí para siempre, convirtiendo nuestro cuerpo en templo suyo. Por eso el cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo, tiene que estar siempre limpio, bien perfumado, y bien puro, con la limpieza, el perfume y la pureza de la gracia.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Jaculatoria al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Segundo misterio Luminoso: Jesús hace un milagro en una fiesta de casamiento: convierte el agua en vino.

Jesús convierte el agua en vino en Caná de Galilea

Pasaje del Evangelio: Jn 2, 1-12

Meditación:

Este misterio se llama: “La conversión del agua en el vino en las bodas de Caná”, y aquí nos acordamos de cuando a Jesús y la Virgen los habían invitado a una fiesta de casamiento. Estaban en la fiesta, y como había muchos invitados, pasó que se acabó el vino. La Virgen se dio cuenta de lo que había pasado, y entonces le dijo a Jesús: “Hijo, se les terminó el vino”. Jesús no quería hacer un milagro, porque todavía no era la hora que el Padre le había dicho para que empezara a hacer milagros, y por eso le contestó a su Mamá que ellos eran invitados y que no tenían porqué ocuparse del vino. Pero la Virgen le insistió a Jesús, y Jesús, a pesar de que no quería hacer el milagro, terminó haciéndolo, por pedido de su Mamá, para darle el gusto a Ella. Al final, trajeron unas vasijas enormes de agua, y Jesús, con su poder de Dios, convirtió el agua en vino, y en un vino del mejor.

¿Qué podemos aprender de las bodas de Caná? Por un lado, que cuando la Virgen le pide algo a Jesús, por más difícil que sea, y aunque Jesús no quiera hacer el milagro, sólo porque lo pide Ella, lo termina haciendo. Por eso tenemos que rezarle siempre a la Virgen, para que Ella nos alcance, del Corazón de su Hijo, todas las gracias que necesitemos, y también todos los milagros que sean necesarios para llegar al cielo, a la vida eterna.

La otra cosa que tenemos que aprender, es que Jesús convirtió el agua en vino para que nosotros sepamos que en la Santa Misa también se produce un milagro parecido, pero mucho, mucho más hermoso: se convierte el vino en la sangre de Jesús.

Así como Jesús convirtió el agua en vino, así Jesús también convierte, con su poder, el vino en su Sangre, en la Santa Misa. Pidamos en este misterio maravillarnos del milagro de Caná, pero sobre todo, del milagro de la Misa.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Jaculatoria al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Tercer misterio Luminoso: La predicación del Reino y el llamado a la conversión.

Jesús predica el Reino de Dios,
que es caridad, misericordia, amor, justicia

Pasaje del Evangelio: Mt 4, 23-25

Meditación:

Este misterio se llama: “Jesús sale a predicar el Reino de Dios y llama a la conversión”. En este misterio vemos a Jesús que sale con sus Apóstoles a predicar, a pie, por los caminos de tierra de Palestina, pasando hambre, frío, calor, sed, cansancio, por todos nosotros. Agradezcamos siempre a Jesús, que por nosotros pasó hambre, sed, cansancio, y soportó el calor del día y el frío de la noche. Jesús predicaba que el Reino de Dios había llegado, y que para entrar en ese Reino, había que tener caridad y misericordia para con todos.

Pero además de anunciar la hermosa noticia de que el Reino de Dios, que está en los cielos, había llegado a la tierra, Jesús llamaba a la “conversión”. ¿Qué quiere decir “conversión”? Para saber qué es, tomemos la imagen de una flor que se llama “girasol”: durante la noche, está caído, vuelto hacia la tierra, pero cuando aparece la estrella más grande, que se llama “Estrella de la mañana”, el girasol comienza a levantarse hacia el cielo, y cuando sale el sol, lo mira y lo sigue por todo el recorrido que el sol hace en el cielo. Así es nuestro corazón: sin la conversión, es decir, sin Jesús, nuestro corazón mira hacia la tierra, hacia las cosas bajas, muchas de ellas malas; pero cuando aparece en el alma la Estrella de la mañana, la Virgen María, se levanta y comienza a mirar hacia arriba, hasta que aparece el Sol de justicia, que es Jesucristo, y entonces ahí el corazón, que se queda encantado y loco de contento porque está mirando a Jesús, sigue a Jesús, que es el Sol de Dios, por donde Él va. Pidamos en este misterio que nuestro corazón sea como un girasol, es decir que, con la ayuda de la Virgen, se convierta, que quiere decir que esté mirando todo el tiempo a Jesús.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Jaculatoria al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Cuarto misterio Luminoso: La Transfiguración en el Monte Tabor

Jesús deja salir la luz de su cuerpo en el Monte Tabor

Pasaje del Evangelio: Mt 17, 1-13

Meditación: Este misterio se llama: “La Transfiguración de Jesús”, y nos acordamos aquí de cuando Jesús, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, subió a un Monte que se llama “Tabor”, y cuando estaba ahí, Él hizo salir una luz de dentro suyo, y así su rostro, sus manos y sus pies, y toda su ropa, se volvieron blancos como la luz. La luz que salía de Jesús alumbraba todo, y era más fuerte y brillante que el sol, pero además, concedía mucha paz y provocaba una gran alegría a los que estaban cerca de Jesús, tanto es así, que Pedro quería quedarse para siempre ahí.

¿Por qué Jesús hizo salir esa luz desde dentro suyo, en el Monte Tabor? Porque dentro de poco, Él iba a subir a otro monte, el Monte Calvario, y cuando subiera ahí y fuera crucificado, nadie lo iba a reconocer, nadie se iba a dar cuenta que era Él, porque iba a estar todo lleno de golpes, de heridas, de machucones, de lastimados, de moretones, y en vez de salir luz de rostro, de sus manos y de sus pies, iba a salir sangre, por la corona de espinas y por los clavos de hierro.

Entonces Jesús deja que salga luz de su cuerpo en el Monte Tabor, para que sus amigos se acuerden de Él en el Monte Calvario, en la cruz.

¿Dónde queremos estar: en el Monte Tabor, donde Jesús no sufre, o en el Monte Calvario, donde Jesús sufre y está solo, acompañado únicamente por su Mamá, la Virgen? ¡Jesús, queremos estar contigo en el Monte Calvario, en la cruz!

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Jaculatoria al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Quinto misterio Luminoso: La institución de la Eucaristía.

Jesús nos deja en la Eucaristía
su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad

Pasaje del Evangelio: Mt 26, 26-29

Meditación: Este misterio se llama: “La institución de la Eucaristía”, y nos acordamos de cuando Jesús, en el Jueves Santo, antes de subir a la cruz, estaba cenando con sus discípulos, y nos dejó ese regalo tan hermoso que es la Eucaristía.

¿Qué cenaban en la Última Cena? En la Última Cena, Jesús y sus discípulos cenaban esta comida: carne de cordero asado, pan sin levadura, hierbas amargas, y vino. ¿Y qué pasó cuando estaban cenando? Jesús les dijo, mostrándoles el pan: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”, y después, mostrándoles el vino, les dijo: “Tomen y beban, esta es mi Sangre”. De esta manera, Jesús dejó su Cuerpo en la Hostia consagrada, y su Sangre, en el Vino consagrado. Y como Jesús es Dios, con su Cuerpo y con su Sangre, nos dejó su Alma y su Divinidad, es decir, todo Él, todo para nosotros. Lo que hizo en la Última Cena es lo mismo que hizo en la cruz: entregó su Cuerpo y derramó su Sangre, y todo lo hizo por amor a nosotros, para quedarse con nosotros hasta el fin de los tiempos, hasta el Último Día. La Eucaristía entonces no es un simple pancito bendecido: es el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, que es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios.

Comulgar la Eucaristía no es comulgar un poco de pan sin levadura: es comulgar el Cuerpo de Cristo, es estar unidos a Él, es entrar dentro de su Corazón. Cuando comulguemos, no estemos nunca distraídos, porque el que entra dentro de nuestro corazón es el mismo Jesús, que quiere encendernos en el fuego del Amor de Dios.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Jaculatoria al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

lunes, 4 de abril de 2011

Rosario meditado para Niños para NACER


El Ángel anuncia a la Virgen que va a ser la Madre de Dios.
La Virgen responde con un "Sí"

¿Qué es rezar el Rosario?

Primero, veamos qué no es rezar el Rosario: rezar el Rosario no es pasar las cuentas rápido, para terminar lo antes posible; rezar el Rosario no es cumplir un deber “aburrido” ni “pesado”; rezar el Rosario no es repetir palabras sin saber qué decimos, como si fuéramos unos robots.

Entonces, de nuevo: ¿qué es rezar el Rosario?

Rezar el Rosario es mirar, desde el Corazón de la Virgen, la vida de Jesús, para aprender de Él, y así tratar de ser como Él.

Cuando rezamos el Rosario, la Virgen nos hace “ver”, con la luz de la fe, la vida de Jesús, para que aprendamos de Él y lo imitemos.

Otra cosa que tenemos que saber es que, cuando rezamos el Rosario, nunca estamos solos, porque vienen la Virgen, acompañada por muchísimos ángeles de luz, los ángeles de Dios, y por supuesto viene también Jesús, que siempre está donde está su Mamá. Nosotros no los vemos, pero sabemos, por la fe, que están junto a nosotros, porque Jesús dijo que si dos o más se reunían a rezar en su Nombre, Él iba a estar en medio de ellos.

Por eso es que, cuando rezamos, no le rezamos a una pared que no oye, ni al aire vacío, sino a Jesús y a la Virgen, que están en medio de nosotros. Esto nos tiene que ayudar para que no nos distraigamos al rezar.

¿Cómo se reza el Rosario?

El Rosario se reza así:

-Hacemos la señal de la cruz: “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.

-Luego, pedimos perdón por nuestros pecados, que ofenden a Dios, y prometemos alejarnos de las ocasiones y no pecar más: “Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; pésame, por el infierno que merecí, y por el cielo que perdí, pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Vos. Antes, querría haber muerto que haberos ofendido, y propongo firmemente no pecar más, y evitar toda ocasión próxima de pecado. Amén”.

-Luego, rezamos el Credo: “Creo en Dios, Padre, todopoderoso, y en Jesucristo, su Único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día, resucitó de entre los muertos; subió a los cielos; está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos; creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne, y la vida eterna. Amén”.

-Enunciamos el misterio que vamos a rezar (gozosos, luminosos, dolorosos, gloriosos) y tratamos de imaginarnos la escena.

-Rezamos un Padrenuestro, diez Avemarías, y un Gloria.

-Al finalizar, se dice la oración que la Virgen les enseñó a los pastorcitos de Fátima: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Primer misterio gozoso: El Ángel Gabriel le anuncia a María que va a ser la Madre de Dios, y María responde: “Sí”.

Pasaje del Evangelio: Lc 1, 26-32. 34-35. 38



Primer Misterio Gozoso: La Anunciación del Ángel
y la Encarnación del Hijo de Dios

Meditación

Este misterio se llama “La Anunciación”, que es cuando fue a visitarla el Ángel Gabriel a la Virgen, para darle un mensaje de parte de Dios. La Virgen estaba en su dormitorio, rezando, cuando se le apareció el Ángel Gabriel. La venía a visitar, porque le traía un mensaje de parte de Dios Padre: como Ella era tan pero tan humilde, tan hermosa, tan pura y tan delicada, Dios Padre quería que fuera la Mamá de Dios Hijo. El Ángel le dijo que el Amor de Dios, el Espíritu Santo, iba a bajar sobre Ella, para que Ella se convirtiera en la Mamá de Dios Hijo, Jesús. Y entonces la Virgen, como amaba mucho a Dios, y era muy humilde, le dijo que sí, que Ella quería todo lo que Dios le pedía. Entonces el Ángel se fue al cielo, de donde había venido, para avisarle a Dios Padre que la Virgen había aceptado ser la Mamá de Jesús.

¡Qué lindo ejemplo nos deja la Virgen! Amar a Dios sobre todas las cosas, y cumplir siempre su Voluntad. Como la Virgen, le digamos siempre “Sí” a la Voluntad de Dios.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Segundo misterio gozoso: La Virgen, que lleva en su vientre al Niño Dios, va a visitar a su prima Isabel.

Pasaje del Evangelio: Lc 1, 39-45.56

Segundo Misterio Gozoso: La Visitación de María a su prima Santa Isabel

Meditación

Este misterio se llama “La Visitación”, porque la Virgen, que ya ha concebido por el Espíritu Santo, se entera de que su prima, Santa Isabel, también está embarazada, y va a visitarla. Como Isabel es ya anciana, necesita ayuda, y por eso la Virgen se pone en camino para ir a visitarla y para ayudarla en todo lo que le haga falta. A pesar de que la Virgen también está embarazada, no piensa en Ella misma, sino en los demás, y por eso hace un viaje para ayudar a Isabel.

Cuando la Virgen llega, Isabel no le dice: “Hola prima, me alegro de verte”. La saluda con un nombre nuevo: “Madre de Dios”. Además, San Juan Bautista, que está en la panza de Isabel, “salta de alegría” al saber que llegaron la Virgen y, con la Virgen, Jesús.

¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué Isabel le dice a María: “Madre de Dios” y no “prima”, como debería ser? ¿Por qué Juan el Bautista salta de alegría, si él no puede ver a Jesús, porque está en la panza de su mamá?

Todo esto pasa porque es el Espíritu Santo el que le hace saber a Isabel que la Virgen María es la Madre de Dios, y a Juan el Bautista le hace saber que dentro de la Virgen está Jesús. Isabel y el Bautista se alegran mucho cuando ven a la Virgen, porque saben que con Ella está Jesús.

Cuando rezamos el Rosario somos como Isabel y Juan Bautista: recibimos la Visita de la Virgen y de Jesús en el alma, y por eso nos alegramos, como se alegraron ellos.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Tercer misterio gozoso: El Nacimiento de Jesús en Belén.

Pasaje del Evangelio: Lc 2, 1.3-11.15-19.

Tercer Misterio Gozoso: El Nacimiento de Nuestro Señor
en un humilde portal de Belén

Este misterio se llama “El Nacimiento”, y aquí nos acordamos de cuando nació Jesús. Antes de nacer, la Virgen y San José buscaban un lugar en las posadas de Belén, pero en ninguna había lugar. Finalmente, encontraron una gruta, que servía de refugio a los animales. Allí nació Jesús: en una gruta donde dormían los animales por la noche. Jesús, siendo Dios, nació en un lugar muy pobre; además, hacía mucho frío, y por eso el Niño Dios al nacer temblaba por el frío que sentía. ¿Cómo fue el Nacimiento de Jesús? Jesús no nació como nacemos todas las personas: Él era Dios, y nació como sólo Dios puede hacerlo. Mientras la Virgen estaba arrodillada, rezando, comenzó a bajar una luz muy fuerte, muy blanca, hermosa, desde el cielo, hasta donde estaba la Virgen; después, esa luz, blanca y hermosa, comenzó a salir de la parte alta de la panza de la Virgen, y cuando se fue la luz, ya había nacido Jesús, que estaba en los brazos de la Virgen. Su Nacimiento fue, dicen los Padres de la Iglesia, “como un rayo de luz que atraviesa un cristal”. Así como la luz no le hace daño al cristal cuando lo atraviesa, así la Virgen fue Virgen antes, durante y después del parto.

¡Que nuestro corazón sea como una gruta de Belén, para que ahí nazca siempre el Niño Dios¡

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Cuarto misterio gozoso: La Presentación de Jesús en el Templo.

Pasaje del Evangelio: Lc 2, 22-25.33


Cuarto Misterio Gozoso: La Presentación del Señor

Este misterio se llama “La Presentación”, y aquí nos acordamos cuando la Virgen llevó en sus brazos a Jesús, recién nacido, para ofrecerlo a Dios. Entre los judíos, cuando el primer hijo que nacía era varón, había que llevarlo al Templo, para ofrecerlo a Dios. Por eso la Virgen y San José lo llevan a Jesús. Cuando estaban entrando en el Templo, se les acercó un anciano que se llamaba Simeón, que rezaba mucho, hacía mucho ayuno, y amaba mucho a Dios. Al ver Simeón al Niño, el Espíritu Santo le hizo saber que ese niño no era un niño cualquiera, sino que era el Niño Dios, es decir, era Dios que, sin dejar de ser Dios, se había hecho Niño. Simeón se alegró mucho al saber que el niño que llevaba María era Dios, porque desde muy chico había querido conocerlo. Pero el Espíritu Santo le avisó al oído que el Niño, cuando fuera grande, iba a morir en la cruz, y que por eso su Mamá, la Virgen, iba a sufrir mucho. Entonces Simeón le dijo a la Virgen: “Una espada de dolor te atravesará el corazón”. Y así fue: cuando Jesús estaba muriendo por nosotros en la cruz, la Virgen estaba al pie de la cruz de Jesús, y sufría tanto por su Hijo, que le parecía que tenía una espada atravesada en el corazón. La Virgen ofrecía sus dolores, junto a Jesús, para que nosotros nos salvemos.

Le pidamos a la Virgen que Ella nos lleve entre sus brazos, y nos presente ante su Hijo Jesús, y le pidamos que nos ayude a ser santos, para que podamos consolar su Corazón traspasado por el dolor.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

Quinto misterio gozoso: Nuestro Señor perdido y hallado en el Templo.

Pasaje del Evangelio: Lc 2, 22.25-33

Quinto Misterio Gozoso: Jesús perdido y hallado en el Templo

Este misterio se llama: “Jesús perdido y hallado en el Templo”. Aquí nos acordamos cuando Jesús, que tenía doce años, fue a Jerusalén con la Virgen y con San José. Cuando se volvían, la Virgen pensaba que estaba con José, y José pensaba que estaba con la Virgen. Después de un rato que iban caminando, la Virgen y San José se dieron cuenta de que Jesús no estaba con ellos, y se volvieron, muy preocupados, a Jerusalén, buscando a Jesús. Al final, lo encontraron en el Templo, en donde Jesús estaba rodeado de doctores, contestando las preguntas y enseñándoles la Palabra de Dios. Cuando lo encontraron, la Virgen le dijo: “Hijo, te estábamos buscando”, y Jesús le contestó: “Madre, tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre, Dios”.

Así como les pasó a la Virgen y a San José, así nos puede pasar a nosotros: que pensemos que hemos perdido a Jesús. Pero cuando nos pase eso, tenemos que hacer también como la Virgen y como San José, que encontraron a Jesús en el Templo. Nosotros también vamos a encontrar a Jesús en la Iglesia, en sus sacramentos, principalmente en la Sagrada Eucaristía, en donde está Jesús con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

Rezo de la decena: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Al finalizar: “Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia. Amén”.

jueves, 31 de marzo de 2011

La Semana Santa no es para pasear. Es para unirnos a Jesús, que por mí sufre y muere en la cruz



Semana Santa no es para pasear. En Semana Santa nos unimos a Jesús, que por nosotros muere en la cruz. No puedo estar paseando y divirtiéndome, mientras Jesús muere en la cruz por mí.

Le pidamos a la Virgen que nos haga ver a su Hijo Jesús, para que así lo podamos amar cada vez más.

En el Viernes Santo, Jesús está en la cruz, clavado con gruesos clavos de hierro. El cuerpo de Jesús en la cruz tiene muchas heridas, por todos lados, pero hay cinco heridas que son más grandes que las demás, y de estas heridas grande es de donde sale más sangre, y son las que más le duelen. Estas heridas más grandes son: las de las manos, las de los pies, las de la cabeza, y la herida del costado.

Tomemos el crucifijo, y recorramos cada una de las heridas de Jesús, dándole un beso, una por una, agradeciendo a Jesús que por mí muere en la cruz. Veamos cuán grandes son, y cuánta sangre sale de ellas, y veamos qué nos da Jesús en cada herida.

Veamos la herida de la mano izquierda, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano izquierda, para que no estemos a su izquierda en el Día del Juicio. En el Día del Juicio, todos los que estén a la izquierda de Jesús, se van a condenar, se van a ir derecho al infierno, y todo por no querer amar a sus hermanos. Los que vayan al infierno, van a ir porque no quisieron ser buenos, no quisieron ayudar al que lo necesitaba, no quisieron dar de beber al que tenía sed, ni dar de comer al que tenía hambre, ni visitaron al que estaba enfermo. Entonces, antes de ir al infierno, se amontonarán a la izquierda de Jesús, y luego se irán al infierno, cuando Jesús les diga: “¡Salgan de aquí, ustedes que son malos! Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, estuve enfermo y no me visitaron”. Jesús se deja clavar un clavo en la mano izquierda, para que nunca estemos a su izquierda, y para eso, tenemos que obrar la misericordia con todos y ser cada día más buenos y santos.

Veamos la herida de la mano derecha, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano derecha, y dejó que el clavo la traspasara, le hiciera doler mucho y le hiciera salir sangre, para en el Día del Juicio nos bendiga, y nos salvemos. En el Día del Juicio, por la llaga de la mano derecha de Jesús, Él nos va a bendecir, y para eso tenemos que ser cada día más buenos. En ese día, si somos buenos, si nos confesamos siempre, si venimos a Misa los Domingos para recibir a Jesús en la Eucaristía, Jesús va a levantar su mano derecha para bendecirnos, y cuando nos bendiga, nos va a decir: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed, y me disteis de comer y de beber, y estuve enfermo y me visitasteis”. También se deja clavar la mano derecha para que nuestras manos nunca se levanten para pegar a los demás, sino que se levanten sólo para rezar a Dios y para ayudar a los más necesitados. Entonces, para que la mano derecha de Jesús nos bendiga en el Último Día, y así podamos ir al cielo, ayudemos al que lo necesite, sobre todo a los enfermos, y así vamos a entrar al cielo.

Veamos la herida de los pies, y besemos sus pies clavados en la cruz. Jesús se deja clavar los pies en la cruz, para que yo siga el camino de la cruz.

Ese camino empieza en el Huerto de los Olivos, en donde Jesús sufrió mucho, de miedo por lo que iba a sufrir, y de tristeza por los que Él veía que se iban a condenar.

Cuando se fue del Huerto de los Olivos, el camino iba quedando regado con su sangre, porque tenía tanto miedo y tanta tristeza, que sudaba, como cuando alguien corre mucho, pero su sudor era sangriento, estaba mezclado con sangre. Y después, cuando subió el camino de la Cruz, el Via Crucis, también quedó este camino regado con su sangre, porque había recibido muchos, pero muchos golpes, de parte de todos los hombres.

Jesús se deja clavar los pies en el madero de la cruz, para que siempre sigamos el Camino de la Cruz. ¿Y cómo vamos a saber que es el Camino de la Cruz? Porque está todo teñido de rojo, con la sangre de Jesús.

Veamos las heridas de la santa cabeza de Jesús, y besemos su cabeza. Las espinas de la corona son muy gruesas y filosas, y son muchas, y le provocan muchos cortes, de donde sale sangre como si fuera un manantial; la sangre le corre por todo el rostro, por su frente, por sus ojos, por su nariz, boca, oídos, por el mentón. En la cabeza comienzan los pensamientos. Cuando los pensamientos son malos, entonces el corazón se pone malo también, se vuelve negro, porque sólo quiere cosas malas, y después el hombre obra el mal: peleas, envidias, enojos, gritos, insultos, robos, y muchas cosas más. Jesús se deja coronar de espinas en la cabeza, para que nosotros no tengamos nunca pensamientos malos, pero sobre todo, para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz. Cada vez que veamos a Jesús coronado de espinas, le pidamos la gracia de tener pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz.

Veamos la herida del costado de Jesús, y la besemos. Cuando Jesús murió, vino un soldado romano, y le clavó una lanza en el pecho, a la altura del corazón, y lo traspasó. Jesús ya estaba muerto. En ese momento, de su Corazón abierto por la lanza, salió sangre y agua, y con la sangre y agua, salió el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Jesús deja que un soldado le traspase su pecho con la lanza, para que de su Corazón salga el Amor de Dios, que cae como un río de fuego, que no quema, sobre los hombres.

Así es Dios: los hombres nos burlamos de Él, le ponemos una corona de espinas, lo crucificamos, le traspasamos el Corazón, y Él responde enviándonos su Espíritu de Amor. Para eso se deja traspasar Jesús, para darnos el Espíritu Santo, que es el Amor suyo y el de su Padre. Aunque nosotros seamos malos y lo hayamos crucificado, Él nos perdona y nos da su Amor. Le prometamos que nunca más vamos a ser malos, que vamos a tratar de ser siempre buenos, cada vez más buenos, y santos.

En Semana Santa, Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre en la cruz, para entregar su Cuerpo y su Sangre en la Misa, en la Eucaristía, para que nosotros, recibiendo la Eucaristía, nos unamos a Él.

En Semana Santa, aprendamos a amar mucho a Jesús, aquí en la tierra, para seguir amándolo para siempre en el cielo, en la eternidad.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Cuaresma es tiempo de lucha contra el demonio, el mundo y la carne

Jesús en el desierto
nos enseña a luchar
contra el demonio,
el mundo
y la carne

En Cuaresma seguimos a Jesús, que se va adentro, muy adentro del desierto. Nos quedamos junto a Él, noche y día, para aprender lo que Él nos enseña.

¿Qué nos enseña Jesús? Jesús en el desierto nos enseña a luchar contra los tres enemigos que nos dificultan la unión con Dios: el demonio, el mundo y la carne. Es muy importante combatir contra estos enemigos del alma, porque los tres se ponen entre nuestro corazón y Dios, y hacen sombra a nuestro corazón, tapándole la luz del Amor de Dios.

Jesús nos enseñó a luchar contra el demonio, porque fue tentado por él al final de los cuarenta días, y nos enseñó que con la Palabra de Dios podemos vencerlo: Él le contesta a todas las tentaciones del demonio, con la Biblia, por eso siempre tenemos que leer la Biblia, porque ahí encontramos la respuesta a todo lo que queremos saber.

El demonio trata de tentarnos, aprovechándose de nuestra debilidad. Nos tiende continuamente trampas, así como un cazador pone trampas a su presa para atraparla. Los trucos del demonio son tres: el primero, es hacernos desear cosas materiales, más de las que necesitamos; el segundo, es hacernos desear que los demás hablen de nosotros y nos alaben todo el tiempo; el tercero, es la soberbia: si alguien nos dice la verdad, con algo que no nos gusta, o si tenemos que pedir perdón por algo que hicimos, nos empuja para que nos sintamos mal y para que no hagamos lo que tenemos que hacer: nos hace enojar cuando nos dicen nuestros defectos, o no nos deja pedir perdón cuando tenemos que pedir perdón. Jesús nos enseña que tenemos que ser humildes como Él, que siendo Dios se hizo Niño por amor a nosotros.

Entonces, tres trucos tiene el demonio para hacernos caer, repasemos: hacernos desear bienes materiales que no necesitamos; hacernos desear que siempre nos estén alabando; y hacernos ser orgullosos y soberbios, sin querer reconocer nuestras faltas, y sin querer pedir perdón.

Si el demonio tiene tres trucos, Jesús en el desierto, que se preparaba para la cruz, nos enseñó cómo luchar contra sus trucos: para el primer enemigo, el demonio y sus trucos, nos enseñó que no tenemos que desear las cosas materiales que no necesitamos, Jesús nos enseña que tenemos que ser pobres, como Él es pobre en la cruz. Jesús no tiene nada material en la cruz, sólo tiene una corona de espinas, tres clavos de hierro y una cruz, y todo eso no es de Él, sino que son cosas que se las ha prestado Dios Padre para que pueda salvarnos. Lo único que sí es de Él, en la cruz, son las heridas de la cabeza, de las manos y de los pies. Cuando estemos tentados a tener cosas que no necesitamos, veamos a Jesús en la cruz, para darnos cuenta que sólo queremos lo que Él tiene en la cruz.

Para el deseo de ser alabado, Jesús nos enseña que hay que hacer la voluntad de Dios sin importar la alabanza de los hombres, como Él en la cruz: ahí, Él nos estaba salvando, estaba cumpliendo la voluntad de Dios, pero nadie lo alababa, sino que le decían cosas malas.

Para la tentación de ser soberbios, Jesús nos enseña a ser humildes, como Él, que siendo Dios, se hizo muy pequeño, como un Niño, para salvarnos.

En el desierto, Jesús nos enseñó también a luchar contra el otro enemigo que tenemos, que es el mundo, porque el demonio le ofreció todo el mundo: el diablo le dijo que le iba a dar mucho oro, y muchas ciudades, y que él iba a hacer que a Jesús lo siguiera mucha gente, pero antes tenía que arrodillarse delante de él, demonio, pero Jesús le contestó que sólo a Dios hay que adorar, sólo ante Dios en la Eucaristía nos tenemos que arrodillar.

Por último, Jesús en el desierto nos enseñó a luchar contra el tercer enemigo de nuestra salvación, la carne, porque Él pasó hambre y sed durante cuarenta días, y así nos enseñó que tenemos que domesticar a nuestro cuerpo, y no darle todo lo que pide, sino solo lo bueno y lo necesario. Muchas veces el cuerpo pide cosas que no son necesarias, o que son malas, y por eso lo tenemos que dominar, y no dejarnos llevar por la pereza, por la gula, por la ira. Jesús en el desierto nos enseña a dominar nuestro cuerpo: si tenemos sed, por ejemplo, podemos tomarla más tarde, para ser como Jesús, que aguantó la sed en el desierto; si tenemos hambre, y no nos gusta lo que nos sirven, lo comemos sin protestar, para ser como Jesús que no tenía nada para comer en el desierto; si estamos cansados, o si estamos con pereza, y nuestros padres nos piden que hagamos algo, no tenemos que dejarnos llevar por la pereza, y hacer lo que nos dicen con prontitud, acordándonos de Jesús, que no tuvo pereza para ir al desierto por mí.

Todo esto nos enseña Jesús en el desierto: a luchar contra el demonio, el mundo y la carne, que se ponen en el medio, entre nuestro corazón y Dios.

Si en Cuaresma hacemos lo que Jesús nos dice, entonces vamos a ganarles a esos tres enemigos, y cuando les ganemos, no va a haber nada en el medio, entre nuestro corazón y el Amor de Dios.