Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 16 de abril de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 2 – Existencia de Dios

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1]

Lección 2 – Existencia de Dios

¿Quién es Dios? Dios es nuestro Padre, el Ser Supremo, todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Así lo decimos en el Credo: “Creo en Dios Padre, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra”.
Dios es nuestro Padre. Jesús nos enseñó a llamarlo así, al decirnos: “Cuando recéis, hacedlo así: ‘PADRE NUESTRO que estás en el cielo…”. Es nuestro Padre porque es nuestro Creador, ya que nos da la vida, el ser y todas las cosas (Hch 17, 25), pero también es PADRE NUESTRO porque por el bautismo, fuimos hechos hijos adoptivos suyos, de manera tal que somos más hijos de Dios, que de nuestros propios padres biológicos.
¿Cómo es Dios? Dios es espíritu purísimo, infinitamente perfecto, eterno, inmenso, bueno, sabio, justo, principio y fin de todas las cosas, premiador de buenos y castigador de malos; además, es Amor infinito y también, Justicia infinita. De Dios nadie se burla. Él es omnisciente (todo lo sabe); omnipresente (está en todos lados: Jer 23, 24; Sal 139) y lee todos nuestros pensamientos, aun antes de que los pensemos; todos nuestros actos y toda nuestra vida, pasada, presente y futura, está ante sus ojos, como en un eterno presente. Nada se escapa a su mirada; Él lee nuestros pensamientos y nuestros corazones. Él es el Creador del universo visible e invisible; es el Rey de los hombres y de los ángeles; los ángeles más poderosos, son ante Él menos que un granito de arena; por eso, el demonio, si bien comparado con nosotros es muy poderoso y nos domina, comparado con Dios, el demonio es menos que un gusano.
Dios es eterno, y esto quiere decir que siempre existió y siempre existirá, es decir, nadie le dio origen, y nadie le pondrá fin, porque Él no tiene principio ni fin.
¿Cómo se da a conocer Dios?
Dios se da a conocer:
-1º: Por el mundo visible que nos rodea: nada de lo creado se explica sino es por Dios que lo ha creado. Demos un ejemplo para explicar la existencia de Dios a través de lo creado: si alguien ve sobre la mesa una torta de chocolate, por ejemplo, nadie puede decir que “apareció de la nada”, puesto que todo el mundo sabe que la torta de chocolate fue hecha por un repostero. De la misma manera, cuando vemos las montañas, los ríos, el cielo, el sol, las estrellas, los animales, las personas, no decimos que “aparecieron de la nada”, sino que decimos que “fueron creadas” por un Ser inteligentísimo y poderosísimo, al que llamamos “Dios”. La suma perfección, armonía y belleza de la Creación del universo visible y del invisible (los ángeles), son solo un pálido reflejo de la Suma Perfección, Armonía y Belleza que es Dios en sí mismo. Dice San Juan de la Cruz que la hermosura de la Creación es suma fealdad, comparada con la hermosura de Dios, que es su Creador.
-2º: Por nuestra propia conciencia: la conciencia, que nos dice lo que está bien y lo que está mal, es la “voz de Dios”.
-3º: Sobre todo, por la Biblia o Revelación divina.


En esta imagen vemos a Moisés que está a punto de postrarse en tierra para adorar a Dios presente en la zarza que arde sin consumirse (…). Dios es “espíritu purísimo”, no tiene cuerpo como nosotros; es omnisciente y omnipresente; todo lo ve y todo lo sabe; nada ni nadie escapa a su poder y a su conocimiento. Dios, al aparecerse a Moisés, le habló así: “Yo Soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Mi nombre es ‘Yo Soy’, ‘Yahvé’…” (Éx 6, 15). “Yahvé” quiere decir “el que es”, o sea, el ser por esencia, del cual dependen para ser todos los demás seres. Es decir, nosotros somos y existimos, porque Dios así lo quiere. Dios habló a Moisés y a los profetas y por ellos y por medio de su Hijo Jesucristo nos habla a nosotros. Las palabras de Dios las tenemos ahora en la Biblia.
Práctica: “Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia las obras de sus manos” (Sal 19, 2). “Lo cognoscible de Dios es manifiesto… porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son conocidos mediante las creaturas” (Rom 1, 19).
Ejercicios bíblicos: 1 Cor 8, 4; Hch 4, 11; Rom 2, 14-15. Antiguo Testamento: Job 12, 7-10; Sab 13, 1; Sal 14, 1.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla 3 1997.

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 1 – La señal de la Cruz

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1]



         Lección 1 – La señal de la Cruz

         A partir del día en el que recibimos la gracia del Bautismo, los bautizados en la Iglesia Católica comenzamos a llamarnos nos llamamos “cristianos”.
         ¿Qué quiere decir “cristianos”? Cristiano quiere decir discípulo de Cristo, nuestro Maestro y Salvador.
         ¿Quién es buen cristiano? El que cree en su doctrina y la practica. No basta con ser bautizados: hay que poner por obra lo que se cree por la fe. La Virgen nos dice en el Evangelio, en las Bodas de Caná: “Hagan lo que Él les dice” (Jn 2, 1-11). Ser cristianos quiere decir creer en las palabras de Jesús y poner por obras sus palabras. También lo dice San Pablo: “Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras, te mostraré mi fe” (St 2, 18).
         ¿Por qué somos “cristianos católicos”? Porque pertenecemos a la Iglesia Católica.
         ¿Cuál es la señal del cristiano? La señal del cristiano es la Santa Cruz, porque Jesús murió en la cruz para redimirnos. Antes de Jesús, la cruz era señal de dolor, de muerte y de humillación; a partir de Jesús, la cruz es señal de victoria sobre los tres grandes enemigos del hombre: el demonio, la muerte y el pecado, porque Jesús en la cruz los venció de una vez y para siempre a los tres.
         ¿De cuántas maneras usa el cristiano la señal de la cruz? De dos maneras: signar y santiguar.
         ¿Qué es signar? Es hacer tres cruces con el dedo pulgar de la mano derecha: la primera en la frente, para que Dios no solo nos libre de los malos pensamientos, sino para que nos conceda los pensamientos santos y puros de Jesús crucificado. La segunda en la boca, para que Dios no solo nos libre de las malas palabras, sino para que nos conceda siempre palabras de paz y de bendición para con nuestros prójimos, y de alabanza y de adoración para con Él. Y la tercera en el pecho, para que Dios no solo nos libre de las malas obras y deseos, sino para que nos conceda tener siempre deseos y sentimientos santos y puros, como los que tienen los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Se hace así: -“Por la señal + de la Santa Cruz (se traza la señal de la cruz en la frente); de nuestros + enemigos (se traza la señal de la cruz en los labios); líbranos Señor + Dios nuestro (se traza la señal de la cruz en el pecho). Amén”.
         ¿Qué es santiguarse? Es formar una cruz con los dedos pulgar e índice de la mano derecha y trazar a su vez una cruz invisible que va desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, invocando a la Santísima Trinidad. Se comienza en la frente, arriba, para indicar que Jesús es Dios Hijo y viene desde el cielo a salvarnos; se continúa hacia abajo, hasta el pecho, para indicar que Jesús se encarnó, es decir, vino a la tierra, para morir en la cruz; se continúa por el hombro izquierdo, pasando por el corazón, para recordarnos que Jesús nos dio todo el Amor de su Sagrado Corazón cuando fue traspasado por la lanza; se finaliza con el hombro derecho, para recordarnos que Jesús abre sus brazos en la cruz, para abrazarnos y llevarnos a todos al cielo, a la Casa de su Papá.
         Se hace así: -“En el nombre del Padre y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén”.
         ¿Cuándo usamos esta señal? Siempre que comencemos una buena obra, o cuando estemos en algún peligro, o cuando estemos en alguna necesidad, o enfrentemos una tentación; también al levantarnos, al acostarnos, al ir a la cama, al entrar a la Iglesia, antes de rezar.


Soneto a Cristo crucificado de Santa Teresa de Ávila
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

         Práctica: cuando hagas la señal de la cruz, hazla con seriedad y lentamente; muchos hacen la señal de la cruz de modo apresurado, como si tuvieran vergüenza de decir y mostrarse cristianos. A estos tales, valen las palabras de Jesús: “Al que me niegue delante de los hombres, Yo lo negaré delante de mi Padre” (Mt 10, 33).
         Palabra de Dios: “Lejos de gloriarme, si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6, 14); “Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gál 2, 20); “El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24).
         Ejercicios bíblicos: Hch 11, 26; Jn 13, 35; Lc 23, 33; Mt 20, 17-19; 1 Cor 1, 18.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. Benjamín Sánchez, Apostolado Mariano, Sevilla 3 1997.

jueves, 9 de abril de 2015

Formación para Catequistas - El Pésame como oración



         Analizaremos el “Pésame” como oración y no como mera fórmula a ser evaluada, para que el Catequista no se conforme con que el niño –de Primera Comunión, de Confirmación, o el Adulto que recibe Catequesis- aprenda la fórmula de memoria, sino que sepa qué es lo que está diciendo. En otras palabras, el Catequista no debe conformarse con que el catequizando sepa recitar de memoria el Pésame; debe apuntar más alto, o más profundo, si se quiere: debe apuntar a que el catequizando entienda que el Pésame no es una “verso” que debe decir de memoria, sino una oración, que debe recitarla desde lo más profundo de su corazón, con un corazón contrito y humillado, y si no, no sirve. Tomar a la ligera tanto la Confesión Sacramental, como los Mandamientos de la Ley de Dios, lleva a la ruina de la vida espiritual.
Analizaremos frase por frase, reflexionando brevemente sobre el significado de cada una de ellas.
“Pésame”
         Desde el inicio, se trata de una oración, de un acto de profundo dolor espiritual; se trata de un “peso” espiritual: “pésame”; no es un “pesar” intelectual. Es un pesar espiritual, personal –me pesa-, por los pecados personales, -a mí, por mis pecados-, y la oración se dirige de modo personal a Dios.
         “Dios mío”.
         ¿Quién es este “Dios”? Puesto que la fórmula se realiza en el contexto del Sacramento de la Penitencia, se dirige al sacerdote ministerial, en quien se encuentra, oculto, Jesucristo, y es a Él a quien se dirige la oración de arrepentimiento y de quien se espera obtener la absolución.
         “Y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido”.
         En esta frase está la clave de la confesión y el secreto para una confesión bien hecha: “me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido”. En esta frase se encierra la contrición del corazón: si alguien pronuncia esta frase entendiendo lo que significa y sintiendo espiritualmente –no sensiblemente, sino espiritualmente-, ha alcanzado la contrición del corazón, y por lo tanto, ha alcanzado el arrepentimiento perfecto y está a un paso de la santidad. “Arrepentirse de todo corazón de ofender a Dios” significa comprender a fondo la inmensidad de la malicia del pecado, por un lado, y por otro, significa comprender la infinitud de la bondad y la santidad de Dios Trino. No significa que hay que ser teólogos, ni sacerdotes, ni monjas, ni tener estudios: basta con la iluminación de la gracia, porque se puede ser analfabetos e ignorantes en las ciencias humanas, pero iluminados por la gracia de Dios, para comprender cuán bueno es Dios, cuán detestable es la malicia del corazón y cuánto lo ofende la maldad del corazón del hombre, y es en esto en lo que consiste el arrepentimiento perfecto, en que se comparan las dos cosas y se desea nunca haber cometido el mal.
         “Pésame, por el Infierno que merecí”.
         Aquí, el Catequizando debe ser consciente de lo que está diciendo, porque es una verdad de fe la existencia del Infierno, no como estado, sino como lugar definitivo en el que van a parar los condenados, junto con los ángeles rebeldes, y en donde permanecerán para toda la eternidad. El Infierno, como lugar de castigo divino para los hombres impíos y para los ángeles apóstatas, es una verdad de fe revelada: “El Infierno consiste en la eterna condenación de quienes, por libre elección, deciden morir en pecado mortal” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212). Todos los Papas, incluido el actual Papa Francisco, han hablado del Infierno, advirtiendo acerca de él, siendo precisamente el Papa Francisco uno de los que más ha hablado de él: incluso, últimamente, ha tenido una intervención muy gráfica: hablando de los corruptos que no se convierten, ha dicho que, de no hacerlo, “los perros del infierno beberán su sangre” (sic). Desde el cielo mismo se nos advierte acerca de la existencia del Infierno y del peligro de condenación eterna: en las apariciones de Fátima (una de las apariciones marianas aprobadas oficialmente por la Iglesia), la Virgen no solo les muestra el Infierno a los tres Pastorcitos, sino que, en cierta medida, les hace tener una experiencia mística del mismo, conduciéndolos allí y haciéndoles ver cómo caían las almas en “lago de fuego”, como “copos de nieve”, según relato de la Hermana Lucía, lo cual le hace a ella soltar un grito de terror. El Catequizando debe tener conciencia, de alguna manera, de que el pecado impenitente, el pecado sin confesar, el pecado del cual la persona no se arrepiente, es algo malo que no puede estar en la Presencia de Dios y que solo sirve para ser quemado en el Infierno, de ahí la necesidad de desprenderse del pecado. El pecado anida en el corazón humano y solo puede ser quitado por la Sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, porque Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y si Él no lo quita, por medio de la Confesión sacramental, el pecado permanece en el corazón y este pecado arrastra al Infierno, porque nadie con pecado puede estar delante de Dios. El pecado, entonces, hace merecedor, al pecador, del Infierno, con todas sus penas y dolores, y esto es lo que el penitente tiene que entender, para que saque más provecho de su confesión.
         “Y por el cielo que perdí”.
         Con su muerte en cruz, Jesús no solo nos quita el pecado, sino que nos concede su gracia santificante, que nos concede la filiación divina, haciéndonos ser hijos adoptivos de Dios. Quien muere en estado de gracia, sin pecados veniales, inmediatamente después de morir, y antes de la resurrección de los cuerpos, pasa a gozar de la visión beatífica de Dios Uno y Trino, y es en esto en lo que consiste el “cielo”, que es también un lugar: “vi un cielo y una tierra nueva”. Así como la gracia nos concede el cielo gratuitamente, así el pecado, por libre voluntad de la persona, nos quita el cielo que nos había conquistado y regalado Jesucristo. El cielo es un lugar inimaginablemente hermoso, en el que no solo no hay tristeza, ni llanto, ni amarguras, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte, sino que en él todo es amor, alegría, paz, felicidad, bondad, cantos, risas, porque los santos y los ángeles viven en Dios y de la vida de Dios, y Dios es Amor, Alegría, Paz, Luz, y por eso comunica a los ángeles y santos de lo que Él es. En el cielo, todos son jóvenes, nadie tiene más de treinta y tres años, la edad de Cristo al morir; todos tienen cuerpos glorificados; todos tienen cuerpos perfectos, sanos, hermosos; no hay concupiscencia, no hay malicia, no hay nada imperfecto.
“Pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí, a un Dios tan bueno y tan grande como Vos”.
Pero sobre todo, lo que hace más hermoso el cielo, más que estas “inconcebibles hermosuras y maravillas”, como dice Santa Faustina Kowalska, cuando es llevada al cielo, aun en vida, es la contemplación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad y de la Santísima Virgen María. Todo eso se pierde por el pecado, y eso es lo que el penitente tiene que saberlo, para aprovechar la Confesión y aumentar el dolor de los pecados.
         “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.
Santo Domingo Savio, a los nueve años, en su Primera Comunión, pide la gracia de “morir antes de cometer un pecado mortal”. ¿Por qué? Porque toma conciencia del infinito valor de la gracia, valor que reside en el hecho de hacer partícipe al alma de la vida de Dios Trino, lo cual es un bien que no se puede equiparar a ningún bien terreno y por lo cual vale la pena perder la vida, antes que perderla. Santo Domingo Savio se da cuenta que la gracia es el mayor tesoro que un alma puede poseer en esta tierra, un tesoro más grande que el más grande tesoro terreno, más valioso que el oro y la plata, porque hace partícipes de la vida divina, y si el alma muere en gracia, entra a participar de la eterna bienaventuranza en el acto. Por el contrario, si el alma pierde la gracia, a causa del pecado, esto constituye la mayor desgracia, aun cuando el alma esté rodeada de placeres, de lujos y de comodidades terrenas, porque ha perdido la unión y la amistad con Dios, en el tiempo y si muere en ese estado, esa pérdida será para siempre. Es por eso que Santo Domingo Savio pide “morir antes que pecar”, que es el sentido con el cual se debe pronunciar esta frase: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”, es decir, se debe tener la intención de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado; se debe tener la intención de morir, de perder la vida terrena, antes de perder la vida de la gracia, porque eso implica el riesgo de perder la vida eterna, por causa del pecado mortal o venial deliberado.
“Propongo firmemente no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén”.

Es el propósito de enmienda, que también debe ser firme y debe estar presente y consciente, como el dolor de los pecados, para que la confesión sea válida. El Catequizando debe entender, también, que las “ocasiones próximas de pecado” deben ser evitadas, tal como lo dice en la fórmula, ya que no debe convertirse en una expresión vacía.

domingo, 29 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños - Domingo de Ramos




(2015)

         Jesús entra en Jerusalén, montado en un borriquito. Toda la gente sale a saludarlo, cantándole y diciéndole: “¡Viva Jesús, el Mesías!”. Todos están muy contentos con Jesús: los niños, los adultos, los ancianos. Se acuerdan de los milagros que Jesús les hizo, y lo nombran Rey de Jerusalén, y por eso le abren las puertas de la ciudad y lo hacen entrar, en medio de cantos de alegría, y cuando Jesús pasa, lo saludan con ramos de palmas y extienden alfombras a su paso. Todos están muy contentos con Jesús el Domingo de Ramos, porque se acuerdan de los milagros que Jesús hizo por ellos.
         Pero solo unos pocos días más tarde, el Viernes Santo, la misma gente que lo saludaba y le cantaba y estaba contenta con Jesús, y lo hacía entrar en la ciudad santa, ahora se enoja con Jesús, dice muchas mentiras sobre Él, se olvida de todo lo que Jesús hizo por ellos, le hace un juicio injusto en donde lo condenan a muerte, lo azotan, le ponen una corona de espinas, le cargan una cruz sobre sus hombros, lo echan fuera de Jerusalén, le dicen muchas malas palabras, lo insultan, lo patean, le pegan trompadas, lo escupen en la cara, y lo llevan, a empujones, hasta la cima de un monte, llamado “Monte Calvario”, adonde lo crucifican, y lo dejan durante tres horas, hasta que Jesús muere, a las tres de la tarde. Ahora también le dicen “Rey de los judíos”, como el Domingo de Ramos, pero burlándose de Él.
         ¿Por qué pasó esto?
         Porque la Ciudad Santa de Jerusalén representa nuestro corazón: cuando está en gracia, es como el Domingo de Ramos: lo dejamos entrar a Jesús y lo reconocemos a Jesús como a nuestro Rey, y nuestra alma está contenta y alegre y le canta cánticos de alabanza y de alegría.
         Pero cuando estamos en pecado, el pecado expulsa a Jesús del corazón, como sucedió el Viernes Santo en Jerusalén, y así en nuestro corazón ya no está más Jesús, y Jesús ya no es más nuestro Rey, y en nuestra alma reinan las tinieblas, como cuando murió Jesús el Viernes Santo, y hubo un terremoto y se produjo un eclipse en el cielo.
         ¡Que nuestros corazones sean siempre como Jerusalén el Domingo de Ramos, en donde Jesús siempre sea nuestro Rey, y que en nuestra alma siempre resuenen cantos de amor y alabanza a Jesús, nuestro amado Rey y Señor!

         

domingo, 22 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños: “El grano de trigo tiene que morir para dar fruto”


(Domingo V – TC – Ciclo B – 2015)

         Jesús habla de un grano de trigo, que tiene que caer en la tierra, hundirse, desaparecer y así morir, como grano, para dar lugar al fruto, que es la espiga, cargada de trigo, con el cual se hace el pan. Si el grano de trigo no cae y muere, no puede dar fruto.
         ¿Quién es ese grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto?
         Es Él en la cruz: Él, en la cruz, es el grano de trigo que muere el Viernes Santo, es sepultado en el sepulcro, permaneciendo allí tres días, hasta el Domingo de Resurrección, y el Domingo, da el fruto de la Resurrección. Él es el grano de trigo que muere y germina, dando el fruto de la Resurrección, que es el Pan de Vida eterna, su Cuerpo resucitado.
         Así como el grano de trigo muere, es enterrado, germina, da el fruto de la espiga de trigo y al trigo se lo cuece con el fuego, para hacer el pan que nos alimenta y nos da vida, así Jesús en la cruz, es el grano de trigo que muere en la cruz, es sepultado en el sepulcro, y germina, es decir, da el fruto de la resurrección, porque su Cuerpo, que es como la espiga de trigo, recibe, en el sepulcro, de Él mismo y del Padre, el soplo del Espíritu Santo, que es Fuego de Amor Divino, y ese Fuego que es el Espíritu Santo, es el Fuego que cuece, que cocina el trigo, y convierte el trigo, que es el Cuerpo de Jesús, en Pan Vivo bajado del cielo, que cuando lo consumimos en la Comunión, nos da la vida eterna.

         Si Jesús es el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto, nosotros también somos el grano de trigo que tiene caer en tierra y morir para dar fruto: morir al hombre viejo, el hombre dominado por el enojo, el egoísmo, la pereza, la envidia, los deseos malos, para así dar fruto, que es vivir la vida de la gracia, la vida de la pureza, de la castidad, del Amor de Dios a los papás, a los hermanos y a todo el mundo.

sábado, 14 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños: Moisés levantó en alto la serpiente, el sacerdote levanta en alto la Hostia


(Domingo IV – TC – Ciclo B - 2015)

         En el Evangelio de este Domingo (cfr. Jn 3, 14-21), Jesús nos hace acordar de una vez que en el Antiguo Testamento, el Pueblo Elegido tenía que pasar por el desierto para llegar a Jerusalén y le aparecieron muchas víboras venenosas que los mordían a los judíos; entonces Dios le dijo a Moisés que fabricara una serpiente de bronce y que la pusiera en un palo y la levantara bien alto y que hiciera que la miraran todos los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas, para que se curaran, y así sucedió.
         ¿Por qué Jesús nos hace acordar esto que pasó hace mucho en el desierto?
         Porque ahí estábamos representados nosotros: los católicos somos el Nuevo Pueblo Elegido; el desierto es esta vida; la Jerusalén a la que vamos, no es la de la tierra, sino la del cielo; las serpientes que atacaban a los judíos, son los demonios; el veneno de las serpientes, es el pecado; el veneno les producía la muerte del cuerpo a los judíos, a nosotros el pecado nos produce la muerte del alma, porque nos quita la vida de la gracia; Moisés, representaba a Dios Padre, pero también representa al sacerdote ministerial. Pero falta una cosa: ¿qué representa la serpiente de bronce? Representa a Jesús en la cruz, porque así lo dice el mismo Jesús: “Así como Moisés levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que el cree en él, tenga vida eterna”. Los judíos, cuando miraban la serpiente de bronce de Moisés, quedaban curados, porque por un milagro, recibían la curación que venía de Dios; nosotros, cuando nos arrodillamos delante de Jesús crucificado, recibimos su Vida eterna, porque Él la da a quien lo ama y deja que su Sangre le quite sus pecados, porque Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Y como en la Misa, Jesús hace lo mismo que hizo en la cruz, cuando el sacerdote eleva la Eucaristía, eleva a Jesús, y eso quiere decir que, cuando miramos la Eucaristía y la adoramos, es decir, la amamos con toda la fuerza del amor de nuestros corazones, entonces recibimos la Vida eterna que sale del Corazón de Jesús, así como el agua cristalina sale de la fuente.

viernes, 6 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños – Jesús echa a latigazos del templo a los mercaderes



(Domingo III – TC – Ciclo B – 2015)

         En este Evangelio, Jesús echa a latigazos del templo, a unos señores que vendían bueyes, ovejas y palomas y a otros que cambiaban monedas. ¿Por qué Jesús hace esto, si Jesús es bueno? Porque el hecho de que Jesús sea bueno, no quiere decir que tenga que dejar que la Casa de su Papá, la Iglesia, sea convertida en una casa de comercio. La Iglesia es una casa de oración y no puede ser convertida en lugar para vender y comprar animales y cambiar dinero, y por eso Jesús se enoja y hace un látigo para echar a los mercaderes. Lo que tenemos que saber es que cuando Jesús se enoja, como en este caso, no comete un pecado, porque Él es Dios, y Dios no comete pecados, porque es santo; su enojo se llama “la Ira santa de Dios”, y es siempre justa; en cambio, cuando nosotros nos enojamos, sí cometemos pecado, porque no somos santos, como Dios.

         Otra cosa que tenemos que saber es que nuestra alma y nuestro cuerpo son también templo de Dios, porque fueron creados por Dios y santificados por la Sangre de Jesús, para que en nuestros cuerpos fuera a vivir el Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo no puede ir a vivir si nuestro cuerpo, templo de Dios, está ocupado por las pasiones, como la ira, la pereza, el egoísmo, la vanidad, o cualquier otra pasión, o si nuestro corazón, que debe alojar a Jesús Eucaristía, está interesado por las cosas materiales o por el dinero. Cuando esto sucede, Jesús se enoja, como en el pasaje del Evangelio de hoy, y se queda fuera de nuestros corazones. Le pidamos a la Virgen, la Mamá de Jesús, que nos ayude a sacar de nuestros corazones, todo lo que no sea del agrado de Jesús, para que Jesús pueda entrar en nuestros corazones y ser adorado y amado como lo merece, por ser el Cordero de Dios en la Eucaristía.