Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

jueves, 12 de mayo de 2022

Las Apariciones de Fátima nos enseñan la Adoración Eucarística, el rezo del Rosario y la existencia del Infierno

 



Hay tres cosas que nos enseñan las Apariciones de Fátima: la Presencia de Jesús en la Eucaristía, el rezo del Rosario y la existencia del Infierno.

Nos enseña que Jesús es Dios y está Presente en forma real, verdadera y substancial en la Eucaristía, porque los Pastorcitos relatan que estaban ellos haciendo pastar a las ovejas, cuando sintieron una fuerte ráfaga de viento y vieron una luz muy intensa y fue ahí que apareció, flotando en el aire, una Hostia, de la cual chorreaba sangre y debajo de la Hostia, un Cáliz, también flotando en el aire. La sangre que caía de la Hostia, era recogida en el Cáliz. En ese momento, se apareció un Ángel, que ellos describen como luminoso y como de una edad de unos catorce años; el ángel se colocó delante de la Hostia y el Cáliz y se arrodilló, postrándose con la frente en el suelo y dijo esta oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”. Repitió esta oración por tres veces y luego les dio la Sagrada Comunión a los Pastorcitos, quienes la recibieron de rodillas. Luego les dijo: “Tomad y beber el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

En otra ocasión, estando los niños jugando, se les apareció el Ángel y les dijo: “¿Que estáis haciendo? ¡Tenéis que rezar! ¡Rezar! Los corazones de Jesús y María tienen designios Misericordiosos para vosotros. Debéis ofrecer vuestras oraciones y sacrificios a Dios, el Altísimo. Ofreced constantemente al Altísimo  plegarias y sacrificios. De todo lo que podáis, ofreced un sacrificio en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe”. En la primera aparición, el Ángel les enseñó esta oración: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”.

Esto nos enseña, por un lado, que la Hostia consagrada es Jesús y que Jesús es Dios, porque sólo a Dios se debe adorar y el ángel se arrodilló en señal de adoración; nos enseña también que en la Hostia está el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que derrama su Sangre sobre nuestras almas cuando comulgamos y, con su Sangre, el Amor de su Corazón, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

El Ángel nos enseña lo que nos enseña el Catecismo: que Jesús es Dios Hijo, que está en Persona en la Eucaristía, que nos dona su Corazón en cada Comunión y con su Corazón, el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo. Por eso es que debemos recibir a Jesús Eucaristía con el alma limpia por la Confesión y con el corazón lleno de amor agradecido a Jesús.

Otra cosa que nos enseñan las Apariciones de Fátima es el rezo del Santo Rosario: la Virgen pide que lo recemos todos los días y especialmente los días sábados, para pedir perdón por las ofensas que se hacen a los Sagrados Corazones de Jesús y María y también para pedir por la conversión de los pobres pecadores.

La tercera cosa que nos enseñan las Apariciones de Fátima es la existencia del Infierno: los tres Pastorcitos fueron llevados allí por la Virgen y vieron cómo caían en el lago de fuego las almas de los pecadores que morían en pecado mortal, es decir, sin arrepentirse de sus pecados. También la Virgen les dijo que muchos de los que caían en el Infierno, era porque no había nadie que rezara por ellos, por eso es que tenemos que rezar siempre el Rosario, pidiendo por la conversión de los pecadores, para que no caigan en el Infierno y se salven y vayan al Cielo.

Entonces, estas son las tres cosas principales que nos enseñan las Apariciones de la Virgen en Fátima: creer firmemente que Jesús está en Persona en la Eucaristía, adorarlo con el espíritu y con el cuerpo, recibiéndolo de rodillas en la Comunión; rezar el Rosario en desagravio por las ofensas contra el Inmaculado Corazón de María y vivir siempre en gracia, para evitar ir al Infierno y en cambio ir al Cielo, para vivir con Jesús y la Virgen para siempre.

martes, 19 de abril de 2022

En la Resurrección, el Santo Sepulcro resplandeció y se escucharon cantos de ángeles

 



         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesús?

         Para saber cómo fue, entremos respetuosamente, con el espíritu y el corazón, al Santo Sepulcro, el día del Viernes Santo y quedémonos ahí arrodillados, en un rincón, viendo lo que pasa.

         En el Santo Sepulcro está, tendido sobre la loza, el Cuerpo muerto de Jesús; allí lo habían llevado sus amigos después de desclavarlo y bajarlo de la cruz. Se lo entregaron a su Mamá, la Virgen, para que lo tuviera un rato entre sus brazos y luego lo envolvieron en una sábana y lo llevaron en procesión hasta el sepulcro.

         De rodillas, vemos cómo la Virgen es la última en salir del sepulcro; luego, los amigos de Jesús cierran la puerta con una pesada piedra. En el Santo Sepulcro, todo es oscuridad y silencio; no se puede ver nada, porque no entra la luz del sol y no se escucha nada, porque sólo se encuentra Jesús, que está muerto sobre la piedra fría.

         De pronto, sucede algo inesperado: a la altura del Corazón de Jesús, se comienza a ver una pequeña lucecita, la cual se va haciendo cada vez más grande y más intensa; además, esta luz empieza a correr rápidamente por todo el Cuerpo de Jesús, dándole vida a todo su Cuerpo, además de iluminarlo. Así, en un segundo, la luz que había nacido en el Corazón de Jesús, recorrió todo su Cuerpo, iluminándolo y dándole vida, de manera que en cerrar y abrir de ojos, Jesús vuelve a la vida, iluminando todo el Santo Sepulcro, con una luz más fuerte que miles de millones de soles juntos.

         Pero además pasa otra cosa: cuando la luz aparece en el Corazón de Jesús, el Corazón comienza a latir con mucha fuerza, porque vuelve a la vida y como late con mucha fuerza, se escucha el retumbar del Corazón de Jesús en todo el Santo Sepulcro y a los latidos de Jesús se les suman los cantos de los ángeles, que bajan del Cielo y comienzan a cantar, alegres porque Jesús vuelve a la vida. Entonces, si antes de la Resurrección solo había oscuridad y silencio, ahora está resplandeciente con la luz de la gloria de Dios que brota del Cuerpo de Jesús y se escuchan los latidos del Corazón de Jesús y los cantos de los ángeles. Jesús vuelve a la vida que Él tenía junto al Padre desde la eternidad y así se aparece primero a su Mamá y después a los discípulos y al finalizar los cuarenta días, sube al Cielo, en donde está sentado a la derecha de Dios Padre. En esto consiste la Resurrección de Jesús.

         Por último, debemos recordar que Jesús está en el Cielo, glorioso y resucitado, pero también está aquí en la tierra, con el mismo Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía y así Jesús cumple la promesa de que iba a estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Acerquémonos entonces a Jesús resucitado y glorioso, para que Él nos dé luz, la vida y el Amor de Dios.     

 

lunes, 18 de abril de 2022

Jesús resucitó y está vivo y glorioso en la Eucaristía


 


         Hemos vivido la Semana Santa, en la cual hemos participado de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

         ¿Qué quiere decir “resurrección”? ¿Qué importancia tiene para mi vida personal?

         Primero, recordemos lo que pasó el Viernes Santo: Jesús estuvo en la cruz desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde. A las tres de la tarde, como consecuencia de toda la sangre que había perdido a causa de las heridas, y porque ya no podía respirar más porque estaba colgado de la cruz, Jesús murió. Esto quiere decir que su Alma se separó de su Cuerpo; con su Alma, unida a Dios, bajó al Limbo de los justos, para rescatar a los santos del Antiguo Testamento y llevarlos al Cielo y nos abrió las puertas del Reino de los cielos, que estaban cerradas para nosotros por causa del pecado de Adán y Eva. Con su Cuerpo unido a Dios, Jesús quedó en el Santo Sepulcro y ahí nos quedamos nosotros, de rodillas, contemplando lo que pasa. Ahí estaba todo oscuro y todo en silencio. Jesús estaba muerto, tendido en la loza y cubierto con la Sábana Santa. Así pasó todo el Viernes Santo y todo el Sábado Santo. Entonces, el Domingo por la madrugada, a la altura del Corazón de Jesús, comenzó a brillar una luz pequeñita al inicio, pero que se fue haciendo cada vez más grande y comenzó a expandirse por todo el Cuerpo de Jesús; a medida que la luz corría por el Cuerpo de Jesús, volvía a la vida y así, cuando llegó a su Corazón la luz, su Corazón comenzó a latir, con mucha fuerza y ahí fue cuando Jesús, volviendo a la vida, con su Cuerpo lleno de la luz de Dios, se puso de pie en el Santo Sepulcro, venciendo a la muerte, al demonio y al pecado.

         Entonces, si antes en el Santo Sepulcro estaba todo a oscuras y en silencio, ahora estaba todo iluminado, como si hubiera mil soles juntos, porque era la luz de Dios que salía del Cuerpo glorioso de Jesús y si antes estaba todo en  silencio, ahora se escuchaba el latido del Corazón de Jesús, que había vuelto a latir y que se hacía escuchar por todo el Sepulcro. También comenzaron a escucharse cantos de los ángeles de Dios, que se alegraban y le cantaban contentos a Jesús, porque había resucitado.

         Así fue la Resurrección de Jesús: su Cuerpo, que estaba muerto, sin vida, en el Santo Sepulcro, ahora estaba vivo, resplandeciente, luminoso, de pie y es así como está ahora en el Cielo, adonde lo adoran los ángeles y los santos.

         ¿Y cuál es la importancia para mi vida? Es muy importante, porque el mismo Jesús que está resucitado en el Cielo, es el mismo Jesús que está resucitado en la Eucaristía y cuando yo recibo la Eucaristía, recibo la vida de Dios que está en el Corazón de Jesús. Y así, viviendo todavía en esta vida de la tierra, ya empiezo a vivir la vida del Cielo, una vida que es para siempre y en donde no hay tristeza, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte, sino alegría y felicidad para siempre. Entonces, si yo quiero vivir en el Cielo para siempre, tengo que recibir a Jesús resucitado en la Eucaristía, hasta el último día de mi vida, para seguir viviendo para siempre en el Cielo.

jueves, 24 de marzo de 2022

Recibir la Comunión no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús Hijo de Dios


 


(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones)

Recibir la Sagrada Comunión es lo más hermoso que pueda sucederle a una persona en este mundo y ahora vamos a ver porqué: cuando vemos la Eucaristía con los ojos del cuerpo, nos parece que es un pedacito de pan, de forma circular, de color blanco, no tiene levadura, por eso es aplanado; además, tiene el sabor del pan y el peso del pan. Eso es lo que nos dicen los ojos del cuerpo: parece un pedacito de pan. Pero esa no es la realidad, porque la Eucaristía parece pan, pero no es pan: es Jesús, el Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que tiene apariencia de pan, pero no es pan. En la Eucaristía está Jesús, el Hijo de Dios y está con su Cuerpo glorioso, lleno de la luz de Dios y de la gloria de Dios, así como está en el Cielo. Él baja desde el Cielo, en cada Santa Misa, para quedarse escondido en el Pan del Altar, para que nosotros lo recibamos en nuestro corazón con fe, con piedad, con devoción y sobre todo con amor, con mucho amor y esto porque Jesús no baja desde el Cielo por obligación, porque Él no necesita nada de nosotros: baja desde el Cielo por Amor, para darnos el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el momento en el que lo recibimos por la Comunión.

Esto nos hace dar cuenta que no es lo mismo recibir a Jesús en la Eucaristía, que no recibirlo: el que lo recibe, como ustedes ahora que van a hacer la Primera Comunión, recibe de Jesús el Amor de su Sagrado Corazón, el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. El que no lo recibe a Jesús, porque no quiere venir a Misa, porque no quiere confesarse –para recibirlo hay que estar confesados, al menos una vez al año-, el que se aleja de Jesús porque prefiere hacer otras cosas antes que venir a recibir a Jesús en la Eucaristía, ese se queda sin el Amor de Dios, sin el Espíritu Santo.

Recibir la Comunión, entonces, no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús, Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que parece pan, pero no es pan. Para recibir a Jesús, preparemos el corazón para darle a Jesús todo el amor de nuestro corazón, porque si Jesús nos da su Amor, hay que responder con amor, como dice el dicho: “Amor, con amor se paga”.

Vamos a pedir por ustedes, niños, en esta Misa, la siguiente gracia: que esta Primera Comunión sea la primera de muchas; que reciban a Jesús por amor y con amor todas las veces que puedan recibirlo y que no hagan lo mismo que hacen muchos otros niños, jóvenes y adultos en todo el mundo, que reciben a Jesús Eucaristía una vez y después no vuelven nunca más a comulgar. Si asisten a Misa los domingos, para recibir la Sagrada Comunión, vivirán siempre en esta vida con el Amor de Dios en sus corazones.

 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Nunca estamos solos, porque Jesús es nuestro Amigo Fiel, que nunca falla

 



(Homilía en ocasión de Misa de egresados para niños de Primaria)

         Inician una nueva etapa en sus vidas y en esta nueva etapa, no van a estar solos, porque cuentan, por supuesto, con el apoyo de sus seres queridos, de sus padres, de sus familias. Pero también hay que tener en cuenta que además, ustedes tienen un Amigo al que nunca hay que olvidar y este Amigo se llama “Jesús”, que es Dios y como es Dios, está en el Cielo, pero también está aquí en la tierra, en una casita especial llamada “sagrario”. Jesús está en el sagrario esperando que vayamos a visitarlo, así como se visita al mejor amigo que tenemos y nos espera para darnos el Amor de su Sagrado Corazón. Nunca nos olvidemos de Jesús; lamentablemente, muchos niños y jóvenes se olvidan de Jesús y no se acuerdan más de Él; no lo vienen a visitar nunca en el sagrario; lo dejan solo y abandonado y así se Jesús queda solo y triste, porque no lo vienen a visitar. Muchos niños y jóvenes no vienen nunca a visitarlo en su casita en la tierra, que es el sagrario y se olvidan de Él y sólo se acuerdan de Él cuando están por casarse o incluso recién cuando son viejitos y están por morir.

         No cometamos ese error; debemos saber que Jesús está esperando en el sagrario todo el día, todos los días, en cualquier momento y en cualquier circunstancia en la que nos encontremos; Jesús nos está esperando para darnos la luz, la vida y el amor de Dios Trinidad y es por eso que, cuando venimos a visitar a Jesús, nunca, pero nunca, nos retiramos con las manos vacías.

         Hagamos entonces el propósito de visitar a Jesús en el sagrario, de no olvidarnos de Él, que es el Amigo Fiel, el Amigo que nunca falla, el Amigo que nunca abandona, el Amigo que está con nosotros en todo momento y le prometamos a la Virgen, que es la Madre de Dios, la Madre de Jesús, que nunca nos vamos a olvidar de su Hijo Jesús, que está en la Eucaristía, en el sagrario, para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico

martes, 20 de julio de 2021

El Divino Niño Jesús y la necesidad de la infancia espiritual para alcanzar el Reino de los cielos

 



Cuando nos preguntamos acerca del origen de la devoción, hay que decir que desde los primeros tiempos de la Iglesia, el misterio de la infancia del Hombre-Dios Jesucristo ha sido motivo de gran devoción, además de ser objeto de estudio y de asombro para todos los santos, porque el hecho de que Dios se haya encarnado es lo más grandioso que le pueda haber ocurrido a la humanidad y dentro de ese misterio, está el hecho de que el Hombre-Dios ha querido vivir todas las etapas de la vida humana, incluida la niñez y esto es motivo de asombro, de estudio, de contemplación y de crecer cada vez más en el amor a Dios, que por tener nuestro amor, no ha dudado en encarnarse y en vivir como niño. Por otra parte y también en cuanto al origen de la devoción, hay quienes afirman que la devoción al Divino Niño empezó en el Monte Carmelo (Israel), donde, según la tradición, Jesús iba frecuentemente a pasear y a rezar con sus padres, San José y la Virgen María, y sus abuelos San Joaquín y Santa Ana[1].

Al contemplar al Divino Niño y considerando que ese Niño es Dios, surge una pregunta: ¿porqué Dios se nos manifiesta como Niño, siendo que podría manifestarse en todo el esplendor de su gloria y majestad? A esta pregunta hay que decir que Dios se ha encarnado y ha querido vivir como niño, incluso como niño recién nacido para que, entre otras cosas, no tengamos miedo en acudir a Dios, porque así como nadie tiene miedo de un recién nacido, así tampoco nadie puede poner como excusas de que tiene miedo de acercarse a Dios, por su gran majestad, cuando Él se ha hecho niño para que nosotros nos acerquemos a Él. Pero también se ha hecho niño por otro motivo: para que lo imitemos a Él en su niñez y así lo dice desde las Sagradas Escrituras, el mismo Jesús: “Quien no se haga como niño, no entrará en el Reino de los cielos”. Esto no significa ser infantiles, sino adquirir la verdadera infancia espiritual, caracterizada por la inocencia y la pureza de cuerpo y alma, todo lo cual no lo conseguimos por nosotros mismos, sino que nos lo concede la gracia santificante. Cuando Jesús nos dice que nos hagamos “como niños” para entrar en el Reino de los cielos, quiere en primer lugar que lo imitemos a Él en su niñez: en su inocencia –Él es la Inocencia Increada-; en su vivir en su humanidad en completo, plenísimo y perfectísimo estado de gracia –Él es la Gracia Increada- y así, si perdimos la gracia por la desgracia del pecado, acudamos al Sacramento de la Confesión para recuperarla; quiere que lo imitemos en su niñez porque es la etapa de su vida terrena en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, porque si bien siendo ya joven y adulto no se separó nunca espiritual y místicamente de la Virgen, sí se separó físicamente, porque tenía que predicar y que sufrir la Pasión, por eso la edad de su niñez es la edad en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, físicamente hablando: Jesús quiere que lo imitemos en esto y si bien no podemos estar físicamente entre los brazos de la Virgen, sí podemos, como hijos pequeños de la Virgen que somos, consagrarnos a su Inmaculado Corazón y vivir dentro del Corazón de la Virgen, como niños pequeños, hasta que llegue el momento de nuestra partida terrena a la otra vida.

Imitemos entonces al Niño Jesús en su niñez, pero como dijimos, esto no depende de nuestras fuerzas, sino de la gracia santificante, porque es la gracia la que nos comunica la inocencia, la pureza, la candidez, del Niño Jesús; por eso, cuanto más estemos en gracia, tanto más seremos como niños y tanto más estaremos seguros de entrar en el Reino de los cielos.

Por último, hay que decir que todos los santos, sin excepción, tuvieron, en mayor o menor grado, devoción al Niño Jesús. En el año 1636, Jesús le hizo una promesa a una monja carmelita del convento de Beaune en Francia, conocida como la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento. Cristo le dijo: “Todo lo que quieras pedir, pídemelo por los méritos de mi infancia, y nada te será negado”. Otra anécdota entre los santos es la que le sucedió a Santa Teresa de Ávila, de quien se dice en su biografía que cuando emprendía el camino para fundar un convento, llevaba consigo una hermosa imagen del Niño Jesús, porque era muy devota del Niño Jesús. Se cuenta una anécdota, real, que experimentó la santa, como premio a su amor por el Niño Jesús: una vez estaba la santa en el convento, al pie de unas escaleras, cuando ve hacia arriba, en el rellano de las escaleras, a un niño; entonces la santa, extrañada por la presencia de un niño, le dijo: “¿Quién eres, Niño? Yo soy Teresa de Jesús”, a lo que el Niño Jesús le respondió: “Y Yo Soy Jesús de Teresa”. Y luego desapareció.

Honremos y adoremos a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que nosotros, hechos niños por la gracia, seamos capaces de entrar en el Reino de los cielos.

 

martes, 16 de marzo de 2021

La obra del Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación

 



         Como todos sabemos, porque así lo enseña el Catecismo, en el Sacramento de la Confirmación se recibe el don del Espíritu Santo. Es decir, el Espíritu Santo “entra” en nosotros, por así decirlo, cuando recibimos el Sacramento de la Confirmación. Por eso tenemos que preguntarnos qué obra hace el Espíritu Santo cuando está dentro de nosotros. Y la respuesta a esta pregunta está en la Biblia: el Espíritu Santo convierte nuestros cuerpos –y nuestras almas- en templos de Él, en templos del Espíritu Santo (cfr. 1 Cor 6).

         ¿Qué imagen podemos tomar para darnos cuenta de la obra del Espíritu Santo? Podemos tomar un templo cualquiera de nuestra Iglesia Católica, como este en el que estamos aquí: el templo es nuestro cuerpo y el altar es nuestro corazón. Así como está el templo, iluminado, limpio, perfumado, con flores que adornan el altar y el sagrario, así está nuestra alma cuando está en gracia: iluminada por la luz de Dios, limpia con la santidad divina, perfumada con el buen olor de Cristo Jesús. Pero las paredes siguen siendo paredes, formadas por ladrillos y es aquí donde obra el Espíritu Santo: cuando entra el Espíritu Santo en un alma, por medio del Sacramento de la Confirmación, es como si convirtiera a los ladrillos en ladrillos de oro puro; es como si las puertas y las ventanas estuvieran hechas con diamantes, rubíes, y piedras preciosas de todo tipo; es como si altar fuera hecho de oro puro y no de cemento; es como si el techo fuera todo de oro; es como si los candelabros y las columnas fueran de plata. Así de hermoso, y mucho más todavía, quedan nuestros cuerpos y nuestras almas cuando recibimos al Espíritu Santo por el Sacramento de la Confirmación.

         Pero también hay algo más: a partir de que el Espíritu Santo entra en mi cuerpo, ya deja de ser mío, para ser DEL Espíritu Santo: es como si en el plano civil, se firmara la escritura de una casa a nombre de otra persona; hasta este momento, podemos decir que el cuerpo es nuestro, pero cuando recibamos el Sacramento de la Confirmación, será propiedad exclusiva del Espíritu Santo y eso es lo más hermoso que nos pueda pasar en esta vida, además de recibir a Jesús en la Eucaristía.

         Ahora bien, el hecho de que mi cuerpo sea propiedad del Espíritu Santo, quiere decir muchas cosas: por un lado, que tengo en mi alma un Huésped Divino, porque el Espíritu Santo no es una paloma, aunque aparezca como paloma, sino una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad y como toda Persona, mira, escucha, observa. Esto es importante a tenerlo en cuenta, porque a partir de ahora, todo pensamiento que yo tenga, bueno o malo, será escuchado por el Espíritu Santo, porque será como si pusiéramos parlantes aquí en el templo y dijéramos en voz alta lo que estamos pensando; todo lo que yo vea, con mis ojos corporales, será visto por el Espíritu Santo, porque será como si proyectáramos, en las paredes, nuestros pensamientos, como si fueran imágenes de una película. Por esto, tenemos que tener mucha precaución en pedir la gracia de tener pensamientos y sentimientos santos y puros como los tienen Jesús, coronado de espinas, y la Virgen, Nuestra Reina y Señora de los Dolores. Todo lo bueno o malo que pensemos, hagamos o digamos, será pensado, dicho o hecho en Presencia del Espíritu Santo.

         Otra cosa a tener en cuenta es que si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal, a partir de ahora un pecado mortal será como quemar el templo desde sus cimientos; dejar de recibir a Jesús Eucaristía y creer en otras cosas, como los ídolos paganos, será como poner en el altar a esos ídolos paganos y eso no le gusta a Jesús para nada. En nuestro corazón, que es el altar interior nuestro, debe estar sólo Jesús Eucaristía y nadie más que Jesús Eucaristía, para ser amado, adorado y alabado por nosotros.

         Que el cuerpo no sea ya más nuestro, quiere decir que hay cosas que no podemos hacer con el cuerpo, como por ejemplo, tatuarnos, porque eso no le agrada al Espíritu Santo; tampoco podemos escuchar música indecente o indecorosa, porque eso ofende al Espíritu Santo. Además, así como en el templo se hace silencio para poder escuchar la voz de Dios, así también tenemos que apreciar el silencio, interior y exterior, para poder escuchar al Espíritu Santo, que quiere decirnos, de parte de Dios, cuánto nos ama Dios.

         Entonces, como vemos, recibir el Sacramento de la Confirmación no es algo sin importancia, o una simple costumbre religiosa: convierte nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo y nuestros corazones en altares de Jesús Eucaristía. Pidamos la gracia de nunca olvidar el día de nuestra Confirmación, el día en el que nuestros cuerpos se convirtieron en propiedad exclusiva del Espíritu Santo.