Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

sábado, 27 de julio de 2013

El Evangelio para Niños: Jesús nos enseña a rezar


(Domingo XVII – TO – Ciclo C – 2013)
Una vez los amigos de Jesús le pidieron que les enseñara a rezar, porque ellos no sabían rezar. Entonces Jesús les dijo que cuando rezaran, no lo hicieran solamente con los labios, sino que la oración tenía que nacer del amor del corazón; Jesús les enseñó que para poder rezarle a Dios, tenían que tener amor en el corazón, un amor de hijos, y que así como un hijo se dirige a su padre no de cualquier manera, sino con amor, así también había que rezarle a Dios: con amor de hijos, y por eso había que nombrarlo con un nombre nuevo, un nombre que nadie le había dado antes a Dios, y era el nombre de: “Padre”. Jesús nos enseña entonces que para rezar, antes que mover los labios, hay que mover el corazón con la fuerza del amor; para rezar, antes que decir palabras, hay que decirle a Dios desde el corazón: “Te amo, Dios mío, Te amo, Jesús, ven a mi corazón”.
Otra cosa que nos enseña Jesús para rezar es que tenemos que rezar con confianza, sabiendo que Dios es tan pero tan bueno, y tiene tanto pero tanto amor -su amor es como un océano sin playas, me decía mi mamá-, que cuando le pedimos algo, Él siempre nos dará cosas buenas y nada más que cosas buenas; Dios nunca puede darnos algo malo, porque aunque Él es Todopoderoso y tiene más fuerza que trillones de ángeles juntos, hay algo que Él no puede hacer, y es el mal. Dios amás puede hacer el mal, ni tampoco desearlo, ni siquiera el más pequeñito mal, porque Él es infinitamente bueno; entonces, cuando rezamos, tenemos que saber que siempre Dios nos dará cosas buenas, porque si ningún padre de la tierra, cuando un hijo le pide pan, le da piedra, y cuando le pide un huevo, no le da un escorpión, mucho menos Dios, que es nuestro Padre del cielo, porque es un Dios en cuyo Corazón solo hay Amor y más Amor. Y si deja que algo malo nos pase, es porque por su poder, puede convertir ese poquitito de mal que deja que nos pase, en un bien inmensamente grande.
Hay algo más que nos enseña Jesús es que, cuando recemos, no tenemos que contentarnos con rezar un día, o dos, o tres: tenemos que rezar con perseverancia, todos los días, porque si rezar es recibir el Amor de Dios, para que nuestro corazón se llene de su Amor; si rezar es que nuestro corazón se llena del Fuego de Dios, que es Amor, entonces, ¿por qué no rezar más seguido? ¿Acaso no es lo más lindo del mundo, que nuestro corazón, que es como un carbón, negro, frío y duro, se convierta, por el fuego del Amor de Dios, en una brasa ardiente, que se enciende en el Amor divino? ¿No nos gusta que nuestro corazón sea como un nido de luz y de amor, en donde venga a descansar la Dulce Paloma divina, el Espíritu Santo, y nos llene de Dios, que es Amor?

Entonces, si esto es rezar, ¿qué esperamos para rezar?

domingo, 21 de julio de 2013

El Evangelio para Niños: María ha escogido la mejor parte

(Domingo XVI - TO – Ciclo C – 2013)
         Una vez Jesús fue a la casa de unos amigos muy queridos de Él, que vivían en un pueblito que se llamaba Betania. Sus amigos eran tres hermanos, un varón, Lázaro, y dos mujeres, Marta y María. Jesús los quería mucho, y ellos lo querían mucho a Jesús, y por eso Jesús iba con frecuencia a su casa, a visitarlos. Sucedió que una vez que Jesús estuvo en la casa, Marta se puso a limpiar todo y a preparar cosas ricas para comer, porque quería así demostrarle su amor a Jesús. Pero mientras Marta estaba toda apresurada trabajando, María en cambio se quedó a los pies de Jesús, mirándolo y adorándolo, porque era el Hombre-Dios.

         Las dos hermanas amaban a Jesús, y las dos demostraban su amor de modo distinto: Marta, a través del trabajo, porque trabajaba para Jesús, para que Jesús tuviera una rica comida y para que todo estuviera limpio en su honor, y esta forma de amar a Jesús a través del trabajo, se llama “apostolado”; María, a su vez, también amaba a Jesús, pero su modo de demostrar el amor, era mirarlo y amarlo, amarlo y mirarlo, en el silencio del corazón, y esa forma de mirar y de amar a Dios, en el silencio y con el corazón, se llama “contemplación”.         Estas dos formas de amar a Jesús existen en la Iglesia, y se llaman “vida apostólica” y “vida contemplativa”. La vida apostólica es la que lleva el sacerdote de la parroquia, por ejemplo; la vida contemplativa, es la de los monjes y monjas que viven en los monasterios. Las dos son formas de amar a Dios, y es Dios en Persona el que llama a una o a otra. ¿Cómo te gustaría amar a Jesús? ¿Con el trabajo apostólico, como Marta, llevando al mundo a Dios? ¿O por la contemplación, como María, amando a Jesús día y noche en el convento? 

sábado, 13 de julio de 2013

El Evangelio para Niños: La parábola del Buen Samaritano


(Domingo XV – TO – Ciclo C – 2013)
         En este Evangelio, un señor que sabía mucho de religión –y por eso lo llamaban “doctor de la ley”- le pregunta a Jesús qué es lo que hay que hacer para entrar en la vida eterna. Jesús le responde con una parábola, la parábola del Buen Samaritano. En esta parábola, un hombre que va caminando un día por ahí, es golpeado por unos ladrones, que lo dejan tirado en el suelo. Al rato, pasa un levita –era de los que estaban encargados de la sacristía, podríamos decir-; lo mira, pero no lo ayuda y sigue de largo; después, pasó un sacerdote, que también lo miró, pero tampoco lo ayudó, y lo dejó tirado. Finalmente, pasó un samaritano, y éste sí lo ayudó: le lavó las heridas, le puso aceite –porque el aceite calma el dolor-, lo cargó sobre sus hombros, lo puso en su caballo, y lo llevó a una posada, donde lo siguió curando. Al otro día, le pagó por adelantado al posadero y le dijo que lo atendiera, le diera de comer y que le prepare una habitación, que él iba a pagar toda la cuenta cuando volviera.
         Con esta parábola, Jesús le responde al doctor de la ley su pregunta acerca de qué cosas había que hacer para ganar la vida eterna: Jesús nos enseña que no hay que ir a la luna, ni subir una montaña, ni caminar miles de kilómetros: hay que ayudar a nuestros hermanos más necesitados, así como el Buen Samaritano lo hizo con el hombre herido del camino.
En la parábola, los personajes representan las cosas del cielo: el Buen Samaritano es Jesús, que con su sacrificio en Cruz nos cura nuestras heridas del alma con el aceite de su gracia y con su Amor; el hombre herido somos nosotros, caídos por el pecado original; los asaltantes del camino son los demonios, que pueden golpear a los hombres, como le pasaba al Padre Pío: el demonio lo atacaba y le daba muchos golpes, porque estaba muy enojado con él, porque le tendía muchas trampas, pero no podía nunca hacerlo pecar; los que pasan de largo y no ayudan, son los que en la Iglesia rezan pero son malos con sus hermanos; el posadero y la posada, son la Iglesia, que nos cura con los sacramentos.
En la parábola, Jesús le dice al doctor de la ley que para ganar la vida eterna, tiene que tener compasión de su prójimo más necesitado. Si nosotros le preguntamos a Jesús qué tenemos que hacer para ganar la vida eterna, Jesús nos dice: “Si quieres ganar la vida eterna, si quieres ir al cielo para ser feliz para siempre, haz lo mismo que el Buen Samaritano: ten compasión de los más necesitados”.

         

sábado, 6 de julio de 2013

El Evangelio para Niños: “Digan a todos que el Reino de Dios está cerca”


(Domingo XIV – TO – Ciclo C – 2013)
         ¿Cómo hacían antes, los reyes, cuando tenían que avisar de algo importante a sus súbditos? Porque en ese entonces, no había ni teléfonos celulares, ni “tablets”, ni mensajes de texto, ni “Whatsapp”, ni nada por el estilo. ¿Cómo hacían? Muy sencillo: enviaban un mensajero. Antes, cuando los reyes vivían en sus castillos y querían decirles algo a los que vivían en los pueblos, mandaban unos mensajeros, que se llamaban “heraldos”. Estos, una vez llegados al pueblo, se paraban en medio de la plaza, hacían sonar un tambor o una trompeta, para llamar la atención, y ahí sacaban del bolsillo el papel con el mensaje del rey, y lo leían en voz alta. Los que lo escuchaban, era como si estuvieran escuchando al rey.
         Bueno, eso que hacían los heraldos, en la época antigua, es lo que quiere Jesús -que es nuestro Rey y vive en algo más lindo que un castillo, y es el Reino de Dios-, que hagamos nosotros con todo el mundo: que anunciemos que el Reino de Dios está cerca: “Digan a todos que el Reino de Dios está cerca”. ¿Y esto qué quiere decir? ¿Quiere decir que tenemos que ir a la plaza más cercana, y cuando estemos ahí, tocar la trompeta y el tambor, sacar un papel en donde esté escrito: “El Reino de Dios está cerca”? No, Jesús no nos dice que hagamos eso. Quiere que digamos a todos que el Reino de Dios está cerca, pero de otra manera. ¿De qué manera? ¿Cómo quiere Jesús que anunciemos el Reino? Más que con palabras, Jesús quiere que anunciemos el Reino de su Papá, que es donde Él vive, con las cosas que hacemos todos los días.
         Jesús quiere que seamos como Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. El que no sea como Jesús –es decir, el que sea peleador y orgulloso- no podrá entrar en el Reino de los cielos y nadie sabrá que hay un reino en el que todos son como Jesús. En cambio, si alguien es como Jesús, manso y humilde, entonces todos van a saber que Jesús está vivo y viven en el Reino de su Papá, en los cielos.
         Jesús quiere que recemos, todos los días, y mucho, porque rezar es hablar con Dios Trinidad, y es recibir de las Tres Divinas Personas todo lo que estas Divinas Personas tienen para darnos, principalmente Amor y luz del cielo: el que reza mucho, tiene mucho amor y mucha luz; el que reza poco y nada, no tiene ni Amor ni luz, y vive en la oscuridad, y así nadie se va a enterar que hay un reino en donde todo es Amor y luz de Dios.
         Jesús quiere que lo amemos mucho a Él, a su Mamá, la Virgen, y a nuestros hermanos, porque en el Reino de los cielos sólo hay amor y nada más que amor; entonces, el que ama a Jesús, a la Virgen, y a sus hermanos en esta vida, y demuestra ese amor todos los días, por medio de la paciencia, el respeto, la bondad, la ayuda a los demás, les está diciendo que hay un reino, el Reino de Dios, en donde sólo hay amor, y que para poder entrar en él, lo único que hay que hacer es amar a Jesús, a la Virgen, y a los hermanos.
         Así es como Jesús quiere que anunciemos el Reino; Él es nuestro Rey que, desde el cielo, en donde vive con su Papá, nos envía a nosotros como heraldos de su Evangelio, para que digamos a todo el mundo que el Reino de Dios está cerca.
        
        


domingo, 30 de junio de 2013

El Evangelio para Niños: “¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo?”

         (Domingo XIII – TO – Ciclo C – 2013)
         Una vez Jesús iba caminando hacia Jerusalén, porque Él quería cuanto antes subir a la Cruz para ofrecerse en sacrificio por nuestra salvación. Junto con Él iban sus amigos, y entre ellos, Santiago y Juan. En el camino, pasaron por un pueblo de samaritanos, que cuando se enteraron que iban a Jerusalén, no los quisieron recibir, porque los judíos y los samaritanos estaban peleados.
         Entonces, Santiago y Juan se enojaron mucho y le dijeron a Jesús: “Jesús, ya que estos samaritanos no nos quieren recibir, porque son nuestros enemigos, ¿querés que hagamos bajar fuego del cielo para que queden todos cocinados?”. Cuando Santiago y Juan le dijeron eso a Jesús, Él se sintió muy apenado, y a pesar que no quería hacerlo, los retó, porque Santiago y Juan, a pesar de que pasaban mucho tiempo con Jesús y escuchaban todas sus enseñanzas, no habían aprendido cuál era la enseñanza principal de Jesús: el amor. Jesús les había dicho: “Amen a Dios y a su prójimo, y amen también a sus enemigos, como Yo los amo, hasta la muerte de cruz”. Santiago y Juan no habían entendido qué quería decir: “Amar a los enemigos”, y todavía seguían con la ley del Talión, que mandaba devolver “ojo por ojo y diente por diente” al enemigo que había hecho un daño. Pero con Jesús esa ley, la ley del Talión, ya no va más: ya nunca más hay que devolver mal con mal; ahora, Jesús nos dice que hay que amar y bendecir a los que nos hacen algún daño y que incluso tenemos que rezar por ellos. Esta es la ley nueva del amor que ha venido a traer Jesús, y es la ley que Él nos da desde la cruz, y se aprende solo quedándose arrodillados al pie de la cruz.
         Si hay que amar a los enemigos, ¿cuál tenía que ser el pedido de Santiago y Juan? Tenían que pedirle a Jesús que baje fuego del cielo, pero no el fuego que quema y destruye y provoca dolor, sino el fuego del Espíritu Santo, el Fuego del Amor de Dios, que quema los corazones sin provocar dolor, y los llena de amor, de paz y de alegría del cielo. Si se hubieran acordado lo que Jesús les había enseñado, que tenían que amar a los enemigos, Santiago y Juan tendrían que haber dicho: “Jesús, estos samaritanos son nuestros enemigos, y no han querido recibirnos porque vamos a Jerusalén. ¿Quieres hacer bajar fuego del cielo, el Fuego del Amor de Dios, para que encienda sus corazones en el Amor divino, y así sean nuestros amigos y hermanos para siempre?”. Eso mismo tenemos que pedirle nosotros a Jesús, para aquellos que son nuestros enemigos: que el Espíritu Santo, que es Fuego de Amor, encienda sus corazones y los nuestros, para que todos vivamos en el Amor de Dios, el Amor que Jesús nos da desde la Cruz.

         

miércoles, 26 de junio de 2013

Las Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños - Sexta y última Aparición de la Virgen


13 de octubre de 1917

Tal como sucedió en las otras apariciones de la Virgen, los videntes notaron el reflejo de una luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. Luego comenzó el diálogo entre la Virgen y Lucía:
Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?
Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor. Que soy la Virgen del Rosario. Y que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.
Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...
Nuestra Señora: A unos sí, a otros noEs preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.
Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.
En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el sol!
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Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los misterios gozosos del rosario, después los dolorosos y finalmente los gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).
Aparecieron, al lado del sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.
Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.
Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del cielo y de la tierra, con el Niño Jesús en los brazos.
Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud de 50 a 70 mil espectadores asistía al milagro del sol.
Había llovido durante toda la aparición.
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Cual gigantesca rueda de fuego, el sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas. Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.
Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días.
El ciclo de las apariciones había terminado.
Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente.
El milagro del sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.   


Unas 50 a 70 mil personas asistieron a la Sexta y última Aparición de la Virgen




         Enseñanzas espirituales de la Sexta y última Aparición de la Virgen

         -La Virgen pide que se construya una capilla: el templo material es muy necesario para el Pueblo de Dios, porque como somos seres humanos, necesitamos de un lugar y de un espacio físico para reunirnos a orar a Dios. Si bien se puede orar en cualquier lugar y en cualquier momento, es muy necesario el reunirse en un templo, porque allí se le dedica y se le presta más atención a la oración y a la Presencia de Dios. Hay que recordar, sin embargo, que el templo material, hecho de piedras, ladrillos, techos, puertas y ventanas, es solo una figura y representación de ese templo de Dios que es infinitamente más valioso, y es el cuerpo humano. Por el bautismo, cada cuerpo ha sido convertido en templo del Espíritu Santo, por eso el templo material sirve para saber cómo debemos cuidar el templo que es el cuerpo. Por ejemplo: ¿a alguien se le ocurriría hacer entrar todo tipo de animales en el templo material? Por supuesto que no, porque dejarían todo sucio y ofenderían la Presencia de Jesús en el sagrario. Bueno, esos animales son figura de las pasiones y sus pecados, que no deben entrar en el cuerpo, porque se ofende al Espíritu Santo. ¿Alguien escucharía música mala e indecente, como la cumbia y algunos géneros de rock, o incluso solamente música mundana en la capilla? Por supuesto que no, y mucho menos en el cuerpo que es templo del Espíritu. ¿A alguien se le ocurriría gritar, enojarse, patalear, hablar mal de otras personas, o planear cosas malas contra alguien, en la capilla? Por supuesto que no, y por supuesto que mucho menos en el templo que es el cuerpo.
         -La Virgen da su nombre: “Virgen del Rosario”, y vuelve a pedir que se rece el Rosario todos los días, además de prometer que la guerra terminará pronto. ¡Cómo será de importante el rezo del Rosario, que la Reina de los cielos, en persona, ha venido a nuestro mundo, para pedirnos que lo recemos! Las promesas que da la Virgen por el rezo del Rosario son hermosísimas, y la más hermosa de todas, es que promete la gracia de la conversión final para quien lo rece todos los días.
         -Nuevamente, la Virgen dice que curará “a unos sí y a otros no”. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo por el cual la Virgen no va a curar a todos? El motivo es que Dios nos da, a través de la Virgen, aquello que nos conviene para nuestra salvación. Si la curación va a servir para que demos mayor gloria a Dios, entonces nos curará; pero si la curación servirá para que una vez sanos nos olvidemos de Dios y comencemos a recorrer el camino de la perdición, entonces no nos curará. Pero también puede suceder que no cura a una persona, porque esa enfermedad, ofrecida a Jesús en la cruz, sirve para abrirle las puertas del cielo a esa persona y a muchas otras más. Es decir, la Virgen puede no curar a una persona, porque esa persona, a través de su enfermedad, llegará al cielo, junto con muchas otras personas más. Si la Virgen lo curara, no iría al cielo. No lo cura, para que vaya directamente al cielo, como le pasó a Jacinta y a Francisco, que a pesar de haber recibido la visita de la Virgen, Ella no los curó, para que fueran directamente al cielo, sin pasar por el Purgatorio.
         -Además, la Virgen dice que le importa más la conversión del corazón, que la curación del cuerpo, porque por la conversión del corazón, el alma no solo deja de ofender a Dios, sino que lo ama cada vez más. Por este motivo es que la Virgen se pone triste, pidiendo que no ofendamos más a Dios. Para que nos demos cuenta, una mentira, una impaciencia, un enojo, un acto de pereza, de orgullo, de vanidad, ofenden a Dios, porque en Dios no hay nada de estas cosas malas. Pero hay que saber que, además de ofenderlo, un alma que es perezosa, enojona, impaciente, o dice mentiras, no puede estar delante de Dios, en quien no se encuentra absolutamente nada de estas cosas malas. Un alma sin convertir, es decir, un alma que no busque en esta vida, ser “mansa y humilde de corazón” como el Sagrado Corazón de Jesús; un alma que no busque ser “pura e inmaculada”, por la gracia santificante, como el Inmaculado Corazón de María, jamás entrará en el Reino de los cielos, de ahí la importancia de la conversión y la insistencia de la Virgen en la conversión.
         -Luego de este diálogo, viene la representación en el cielo: la Virgen había dicho que Ella era la Reina del Rosario, y por eso en el cielo se representan las imágenes de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y esto es una forma de enseñarnos a rezar el Rosario. El que dice que “se aburre” cuando reza el Rosario, es porque no lo sabe rezar como lo enseña la Virgen. Rezar el Rosario es repasar, con los ojos del alma y del corazón, los misterios de la vida de Jesús, misterios que pasan ante los ojos del alma como si fueran una película que se proyecta en las paredes del corazón, película de la cual no somos meros espectadores, sino actores de reparto, porque rezamos el Rosario para aprender de la vida de Jesús. Debemos “meternos” en las escenas, como dice San Ignacio de Loyola, para ver y escuchar a los actores principales, Jesús y María, para que la Virgen vaya grabando en nuestros corazones la vida y el Amor de su Hijo Jesús. Rezar el Rosario no es nunca repetir oraciones vacías dichas al aire: es entrar en el Corazón Inmaculado de María, para que Ella nos enseñe la vida de su Hijo Jesús y vaya grabando sus virtudes en nuestros corazones, de modo que cada vez seamos más y más parecidos a Él.
         -También aparece la Sagrada Familia: San José, el Niño y la Virgen, esto para enseñarnos cómo es la verdadera y única familia creada y querida por Dios: papá-varón (aunque San José era solo el padre adoptivo de Jesús), mamá-mujer, y el hijo, que es el fruto del amor de los esposos (aunque en este caso, el Niño Jesús es fruto del Amor del Espíritu Santo, Esposo de la Virgen María). Luego aparecen Nuestro Señor “agobiado de dolor camino del Calvario”, para recordarnos la Pasión de Amor que sufrió Jesús por cada uno de nosotros: cuando lo contemplemos así, con la cruz a cuestas, tenemos que pensar que en esa cruz están todos mis pecados, que Él los lleva al Calvario para destruirlos con su Sangre, y para donarme su Vida eterna, hacerme hijo de Dios, y llevarme al cielo para ser feliz para siempre. ¡Cuánto nos ama Jesús! Aparece en el cielo también Nuestra Señora de los Dolores, para recordarnos que la Virgen es Corredentora, es decir, Ella, unida a su Hijo Jesús, también nos salva, y aunque no haya sufrido los latigazos, ni haya sido coronada de espinas, ni haya llevado la cruz como Jesús, Ella sufrió todo eso en su espíritu, y se unió a su Hijo Jesús en su sufrimiento, y por eso Ella se llama “Corredentora”. Por último, apareció en el cielo la imagen de Nuestra Señora del Carmen, para recordarnos el uso del Santo Escapulario, el cual, según sus promesas, nos evita el infierno si morimos con él y, sobre todo, si nos comprometemos a vivir en estado de gracia y a preferir “morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado”, como dice Santo Domingo Savio.
         -Finalmente, la Virgen realizó el milagro que había prometido, para que todos creyeran, y es el milagro del baile del sol. Ella hace girar al sol y lo hacer acercarse tanto, que la gente cree que se va a estrellar contra la tierra. La Virgen lo puede hacer, porque Ella es la “Reina y Señora de todo lo creado”, por su condición de Madre de Dios, Ella es la “Mujer revestida de sol, con la luna a sus pies”, como la describe el Apocalipsis, y por eso es que tiene poder sobre toda la Creación visible, pero también es Reina de los ángeles, y por eso tiene poder sobre todos los ángeles; es Reina de todos los santos del cielo, y es por eso que su poder sobre ellos es el de una amorosísima madre sobre unos hijos bondadosos.


Los peregrinos se conmueven ante la magnitud del milagro del sol

         Para apreciar mejor la magnitud de este milagro, hay que tener en cuenta que había llovido durante toda la aparición, por lo cual toda la gente, unos 50 a 70 mil espectadores, a pesar de los paraguas, estaban todos empapados. Esto es muy importante saberlo, porque cuando finalizó el milagro del sol, todos estaban completamente secos, y esto se debió a la escasa distancia a la cual se acercó el sol a la tierra. La secuencia del milagro, según los relatos de los testigos presenciales, fue así: cuando terminó el diálogo de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba “¡Miren el sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. En ese momento, el sol comenzó una serie de movimientos inéditos, que todos coincidieron en llamar “el baile del sol”. Este baile consistió en que el sol comenzó a girar rápidamente, se detuvo por un momento, para enseguida volver a girar sobre sí mismo, como un disco; luego, sus bordes se volvieron de color rojo-escarlata (recordando el color de la Sangre de Jesús) y cuando esto sucedió, comenzó a girar como un remolino, esparciendo llamas de color rojo. Esta luz rojiza se reflejaba en los árboles, arbustos, en los rostros y ropas de las personas, para luego cambiar a tonalidades de diferentes colores. Luego, sucedió algo todavía más impresionante: el sol se movió por tres veces, como sacudido por un temblor, y luego se precipitó sobre la multitud, acercándose a la tierra vertiginosamente, en zig-zag. Esto duró unos diez minutos, y luego el sol volvió, también en zig-zag, a su lugar de siempre, quedando tranquilo y brillante, resplandeciendo con la luz de todos los días. La gente observó que sus ropas se habían secado completamente, como fruto de la cercanía del sol con la tierra: se acercó tanto, que parecía que iba a chocar con ella. Este milagro fue observado no solo por los testigos de las apariciones, sino también hasta una distancia de unos 40 kilómetros, y fue descripto al día siguiente por numerosos periódicos.
Con el “baile del sol”, terminaron las apariciones[1] en Fátima.

        


[1] Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 66-71.

domingo, 23 de junio de 2013

El Evangelio para Niños: “Jesús, Tú eres el Hijo de Dios”


(Domingo XII – TO – Ciclo C – 2013)
         El Evangelio de hoy cuenta lo que pasó cuando Jesús una vez les preguntó a sus amigos si ellos sabían qué era lo que las personas decían de Él. Sus amigos le dijeron que muchos creían que era un profeta que se llamaba Elías, otros, creían que era un hombre santo. Pero solo Pedro dijo la verdad: “Jesús, Tú eres el Hijo de Dios”. Pedro, que era el primer Papa, era el único que sabía la repuesta, porque el Espíritu Santo se lo había dicho al oído. Y eso mismo que Pedro dijo a Jesús, lo tenemos que decir nosotros cada vez que estemos delante del sagrario, porque la Eucaristía es el mismo Jesús, que es el Hijo de Dios.
         Es muy importante saber que Jesús no es un hombre más como cualquier otro, sino que es el Hijo de Dios, que ha venido a nuestro mundo y se ha hecho hombre, sin dejar de ser Dios, para hacernos a todos nosotros hijos adoptivos de Dios y así poder llevarnos al cielo.
         También es importante saber que Jesús es Dios, porque así sí vale la pena dar la vida por Jesús: si Jesús fuera solo un hombre y nada más, no tendría sentido ni dar la vida ni seguirlo ni tratar de ser como Él, porque ningún hombre puede perdonar los pecados, dar el Espíritu Santo, y llevar a todos al cielo, como hace Jesús. Pero como Jesús es Dios, entonces todo lo que Él promete, lo cumple. Jesús promete que si nosotros lo amamos y lo seguimos, diciendo “no” a nuestros caprichos, a la pereza, a la falta de paciencia, a la falta de amor a los demás, y luchamos cada día por ser más y más buenos para ser como Jesús, llevando la Cruz de cada día, Él nos va a llevar al cielo, a la Casa de su Papá, en donde vamos a vivir alegres para siempre junto a Jesús, a la Virgen y a todos los ángeles y santos.

         Cuando vayamos a rezar delante del sagrario, nos tenemos que acordar del primer Papa, Pedro, que le dijo a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios”, y le tenemos que decir a Jesús que está en la Eucaristía: “Jesús Eucaristía, Tú eres el Hijo de Dios y te has quedado en el sagrario para darme tu Amor. Haz que te ame tanto pero tanto, que después de esta vida, siga amándote para siempre en el cielo, junto a tu Mamá, la Virgen, que es también mi Mamá del cielo”.