Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 23 de mayo de 2014

El Evangelio para Niños: “El que me ama, cumplirá mis mandamientos”


(Domingo VI – TP – Ciclo A - 2014)
         En este Evangelio, Jesús nos da una llave con la que nosotros podemos abrir las puertas del cielo. Es una llave muy especial, con la cual podemos vivir los Mandamientos con mucha facilidad y viviendo los Mandamientos con facilidad, entramos fácilmente en el cielo. ¿Cuál es la llave que nos da Jesús en este Evangelio? La llave que nos da Jesús es el amor, porque Jesús dice así: “El que me ama, cumplirá mis mandamientos”. Jesús dice: “el que me ama”; no dice: “el que me tiene miedo” cumplirá mis mandamientos; tampoco dice: “el que espera una recompensa” cumplirá mis mandamientos; tampoco dice: “el que quiere el cielo más que a Mí” cumplirá mis mandamientos; tampoco dice: “el que tiene miedo al infierno” pero no me quiere a Mí” cumplirá mis mandamientos. Jesús dice: “el que me ama” cumplirá mis mandamientos. Porque alguien puede cumplir los mandamientos por temor a un castigo, pero eso no es amar a Jesús, porque cumple los mandamientos para que no lo castiguen, pero no porque ama a Dios; alguien puede cumplir los mandamientos porque quiere ganar una recompensa, pero eso no es amar a Jesús; alguien puede cumplir los mandamientos porque ha oído que el cielo es un lugar hermoso y que es como una fiesta maravillosa, en el que todo el mundo está feliz para siempre, y quiere ir ahí, entonces cumple los mandamientos para merecer el cielo, pero eso no es amar a Jesús, porque eso es amar más al cielo que a Dios; alguien puede cumplir los mandamientos porque ha oído que el infierno es un lugar horrible, en donde se sufre mucho y adonde van los que no cumplen los mandamientos, entonces cumple los mandamientos porque no quiere ir al infierno, pero no los cumple por amor a Dios, sino por temor al infierno, y eso no es amar a Dios. Ninguno de estos tiene la llave para ir al cielo.
         El que escucha este Evangelio y lo pone en práctica, ése sí tiene la llave para entrar en el cielo, porque ese no va a obrar, ni por miedo al castigo, ni por deseo de recompensa, ni por miedo al infierno, ni por amor al cielo, sino simplemente, por amor a Dios. El que escucha este Evangelio y lo entiende, va a amar a Jesús por amarlo, por el solo hecho de ser Él quien es, Dios de majestad infinita, de hermosura infinita, de bondad infinita, y lo va a amar sin esperar nada a cambio, y lo va a amar, aun si no hubiera un cielo de recompensa, y aun si no hubiera un infierno de castigo; lo va a amar por amarlo, solo por amarlo y nada más que por amarlo, porque es Dios y por ser Dios, porque es Dios y porque Dios es Amor Puro y merece ser amado y al amarlo, va a cumplir sus mandamientos, porque el que ama a Dios, no comete ningún pecado, porque el Amor le impide cometer faltas. Por eso Jesús dice: “El que me ama, cumplirá mis mandamientos”. El que ama a Dios, se ve libre de toda falta, de todo pecado, de toda cosa mala, por eso San Agustín decía: “Ama –a Dios- y haz lo que quieras”. Todavía más, el que ama a Dios, vive siempre en el Bien, en el Amor, y nada de lo malo lo alcanza, ni siquiera lo roza, porque el Amor lo protege, lo cuida, lo tiene dentro de sí, como la sangre está dentro del corazón, y así, el que ama a Dios, está dentro de Dios y Dios está dentro de él.

         “El que me ama, cumplirá mis mandamientos”. El amor a Dios, a Jesús, que es Dios, es entonces la llave para entrar en el cielo. Y después Jesús promete, para Pentecostés, el envío del Espíritu Santo, el Amor de Dios, que es como un Fuego de Amor que nos hace amar todavía más a Dios, pero eso es otra historia.

viernes, 16 de mayo de 2014

El Evangelio para Niños: “Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida”


(Domingo V – TP - 2014)
         Jesús en el Evangelio nos dice que Él es tres cosas: Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 1-12).
         Jesús es el Camino, el Único Camino, para ir al Cielo, y no hay otro camino que no sea Jesús. Nadie puede ir al cielo, sino es por el Camino que es Jesús. Es verdad que no es un camino fácil, porque se trata del camino de la cruz y además, es un camino en subida y muy estrecho, pero es el único camino y no hay otro camino que el Camino que es Jesús. En este camino, Jesús va delante, llevando la cruz, y nosotros lo seguimos por detrás, pero no estamos solos: con nosotros está la Virgen, que nos ayuda a llevar la cruz y por eso el camino de la cruz, aunque sea en subida y aunque sea difícil y largo, se hace fácil y corto, porque la Virgen nos acompaña con su amor maternal, así como lo acompañó a Jesús en su camino al Calvario y así la cruz se nos hace mucho más liviana. Jesús es el camino, pero, ¿dónde termina este camino? El camino de la cruz, por el que nos conduce Jesús, nos lleva a un lugar es más hermoso que el cielo y que es la Casa de Dios Padre, una casa enorme, más grande que el cielo, donde hay infinitas habitaciones, en donde entramos todos los seres humanos. Jesús es el Camino que por la Cruz, nos lleva a la Casa de su Papá, que es más grande que el cielo y por eso es que Jesús dice: “Yo Soy el Camino”.
         Jesús es la Verdad, y es la única Verdad que tenemos que saber para poder salvarnos. ¿Cuál es esta Verdad? La que nos enseña la Iglesia en el Credo: que Dios es Padre Todopoderoso y que Él creó todo con su poder; que Jesús es Dios Hijo, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios; nació de Santa María Virgen, padeció en tiempos de Poncio Pilato, murió en la cruz, resucitó el Domingo de Resurrección, subió a los cielos, envió al Espíritu Santo en Pentecostés, y se quedó en la Eucaristía para estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, y al fin del mundo, vendrá para juzgar a vivos y muertos; a los buenos les dará como recompensa el cielo, y a los malos, les dará lo que los malos eligieron, que es el infierno. No hay otra Verdad que debamos creer, sino esta, y es la única verdad, la Verdad que nos enseña el Credo de nuestra Santa Iglesia Católica.
         Jesús es la Vida, y una vida muy especial, que se llama “eterna”, porque es la vida de Dios. Solo Dios tiene “Vida eterna”, y como Jesús es Dios, solo Él tiene “Vida eterna”. Nadie más que Jesús da la “Vida eterna”, y Jesús da la Vida eterna en la Eucaristía, por eso la Eucaristía se llama “Pan de Vida eterna”. La Eucaristía no es un pan sin vida, como el pan de mesa, sino que es un Pan que tiene vida, la vida misma de Dios y como viene del cielo hasta el altar de la misa, se llama también “Pan Vivo bajado del cielo”. Cuando comulgamos, no consumimos un pan sin vida, como el pan de mesa, sino que consumimos un Pan Vivo, un Pan que late con los latidos de un corazón, porque la Eucaristía es el Sagrado Corazón de Jesús, que late con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y por eso, cuando comulgamos, recibimos toda la vida de Dios, que es la Vida y que es Amor al mismo tiempo.

         Y todo esto es Jesús en la Eucaristía: Camino, Verdad y Vida. 

sábado, 10 de mayo de 2014

El Evangelio para Niños: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”


(Domingo IV – TP – Ciclo A – 2014)
         En este Evangelio, Jesús se compara con una puerta, y con la puerta de un corral de ovejas. ¿Por qué se compara Jesús con una puerta? Primero veamos qué hace una puerta abierta, y qué hace una puerta cerrada: una puerta abierta, les permite a las ovejitas, por la mañana, salir a comer pasto fresco y verde y beber agua fresca y pura; por la noche, cuando todas las ovejitas han entrado, la puerta se cierra, y todas quedan seguras de los peligros de la noche: los lobos y los ladrones, que se las quieren robar para quitarles su lana.
         Ahora podemos saber por qué Jesús se compara con una puerta: Jesús es la Puerta abierta de las ovejas porque en la Cruz, su Sagrado Corazón fue abierto por la lanza de los soldados romanos, entonces nosotros, que somos sus ovejas, podemos entrar por el costado abierto del Corazón de Jesús, para encontrar los pastos verdes y el agua fresca y pura, es decir, la gracia santificante, el Amor Puro y Santo de su Sagrado Corazón y su Divina Misericordia.
          Jesús es la Puerta cerrada de las ovejas, porque cuando nosotros nos refugiamos en su Sagrado Corazón, estamos bien seguros y resguardados de los peligros del mundo y de los lobos, es decir, las tentaciones del mundo y las trampas que nos tienden los ángeles caídos, los demonios. Cuando entramos en el Sagrado Corazón de Jesús y en el Inmaculado Corazón de María, estamos bien resguardados y seguros, como las ovejas en el redil, aseguradas por la puerta cerrada, porque ahí no pueden entrar los demonios ni los asaltantes, y las tentaciones del mundo no nos hacen nada.
         Jesús dice que Él es la Puerta y que el que entra por Él, se va a salvar, porque va la oveja que entre por la Puerta abierta que es Él, va a tener Vida, es decir, siempre va a estar segura, protegida y nunca se va a enfermar, y va a encontrar protección, cariño y amor; esto quiere decir que el Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por la lanza en la cruz es la Puerta abierta al Amor de Dios y si nosotros entramos en Él, nunca nos vamos a enfermar, porque en Él encontramos la gracia de Dios y encontramos algo más grande que el cielo, encontramos la Vida y el Amor de Dios, que es infinito y eterno, como un mar sin fondo y sin orillas, como un cielo estrellado, que no tiene fin.

         Por todo esto, Jesús es la Puerta de las ovejas, que somos nosotros.

viernes, 2 de mayo de 2014

El Evangelio para Niños: Los discípulos de Emaús


(Ciclo A – 2014)
         El Evangelio nos cuenta que Jesús, después que resucitó, se apareció a muchos discípulos, entre ellos, a dos a los que se los llamó “discípulos de Emaús”, porque iban camino de un pueblo llamado Emaús. Estos discípulos eran amigos de Jesús, habían recibido las enseñanzas de Jesús y habían sido testigos de muchos de sus milagros, y cuando Jesús fue arrestado y llevado a juicio y después encarcelado y cargado con la cruz, ellos estuvieron siempre cerca, junto con todos los demás discípulos. Vieron todo lo que pasó en Semana Santa y se habían quedado muy tristes y acongojados después de la muerte y sepultura de Jesús el Viernes y Sábado Santo.
         Y justamente, estaban tan tristes por lo que había pasado el Viernes Santo, que se habían olvidado de las promesas de Jesús; se habían olvidado que Él les había dicho que “al tercer día”, es decir, el Domingo, iba a resucitar. Por eso, ahora que Jesús se les aparecía, todo glorioso y resucitado, no lo reconocen, piensan que es un extranjero, un desconocido, a pesar de que ellos lo conocían bien, porque eran sus discípulos. Los discípulos de Emaús no reconocen a Jesús porque tienen algo misterioso en la mente y en el corazón, como un velo oscuro, negro, que les impide reconocer a Jesús. A pesar de esto, Jesús se pone a caminar con ellos, y mientras camina con ellos, les va explicando las Escrituras, tratando de hacerles recordar todo lo que las Escrituras decían acerca de que el Mesías tenía que sufrir para poder después resucitar.
         Cuando llegaron a Emaús, Jesús hizo como que se iba para otro lugar, pero ellos estaban tan contentos con Jesús, que lo invitaron a que se quedara con ellos, diciéndole: “¡Quédate con nosotros, Jesús, que el día ya se acaba!”.  Y Jesús, que los quería mucho, se quedó con ellos. Se pusieron a cenar, y cuando estaban cenando, Jesús tomó un trozo de pan, lo partió, y cuando lo partió, Jesús, que como sabemos, es Dios Hijo en Persona, sopló sobre ellos al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo les quita ese velo oscuro y con su luz les ilumina la mente y el corazón con una luz celestial, hermosísima, que los hace conocer y amar a Jesús como Jesús se conoce y se ama a sí mismo, y como lo conocen y lo aman Dios Padre y Dios Espíritu Santo, y por eso los discípulos de Emaús, cuando Jesús parte el pan, lo conocen como al Hombre-Dios, como al Mesías Salvador, y el corazón se les llena de un Amor tan pero tan grande por Jesús, que parece que el corazón les va a estallar de tanto amor, de tanta alegría, de tanto gozo que siente por Jesús, de tanto ardor que sienten por Jesús, y en ese mismo momento, Jesús desaparece de la vista de ellos.
         Ahí, los discípulos de Emaús se dan cuenta que Jesús ha resucitado, ya no está muerto y ya no va a morir más, y se preguntan: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?”, porque se dan cuenta que cuando Jesús les hablaba, era el Amor del Espíritu Santo lo que Jesús les transmitía a sus corazones. Y entonces, llenos de alegría y de amor, fueron a contarles a los demás la noticia más alegre que jamás alguien puede escuchar en esta vida: ¡Jesús ha resucitado y está vivo, glorioso, lleno de la gloria y de la vida divina en los cielos y en la Eucaristía!

         Y ese mismo mensaje, que fueron a dar los discípulos de Emaús a sus amigos, es el mismo mensaje que tenemos que dar nosotros a todo el mundo, porque esa es la misión que nos encargó Dios Trinidad en esta vida.

sábado, 26 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: La Divina Misericordia


         Una vez Jesús se le apareció a una monjita que se llamaba Sor Faustina y le dijo que pintara una imagen así, tal como lo veía. Jesús estaba de pie y de su pecho salían dos rayos: uno rojo, que da la vida de Dios al alma, y uno blanco, que significa la gracia que nos santifica.
         Jesús también le dijo que a las tres de la tarde se acordara siempre de Él, porque era la hora en la que Él murió en la cruz, y que a esa hora, pidiera perdón y misericordia por todos los pecadores, que Él no le iba a negar nada de lo que le pidiera, por los méritos de su Pasión, si eso no era contrario a su salvación.
También le enseñó una oración que se reza con el Rosario y que se “Coronilla de la Divina Misericordia” y le dijo que si se la rezaba al lado de alguien que estaba por morir, Él personalmente se iba a poner entre esa persona y Dios Padre y le iba a decir a Dios Padre que le perdonara todos sus pecados y lo iba a llevar al cielo. Y que todo aquel que rezara la Coronilla, por más que fuera muy pecador, Él le iba a dar todas las gracias necesarias, para que se arrepintiera e hiciera una buena confesión y se salvara.
También le dijo que esta imagen era la última devoción hasta que Él viniera por Segunda Vez; que todos los que quisieran salvarse, tenían que mirarlo a Él en esa imagen y rezarle y tenerle mucho amor y mucha confianza, que si no le rezaban y no le tenían confianza, no se podían salvar.
Jesús también le mandó un ángel a Sor Faustina para que la llevara al infierno y le mostrara que el infierno existe y que está ocupado con personas que no creían en el infierno y Dios le dijo que volviera y contara a todo el mundo lo que había visto, para que nadie dijera que el infierno no existe o que está vacío.
Después se le apareció la Virgen a Sor Faustina, y le dijo que su Hijo Jesús es muy misericordioso, pero que no hay que abusar de la misericordia, y que cuando Él venga por Segunda Vez, no va a venir como Rey de Misericordia, sino como Justo Juez, y que ese día, hasta los ángeles del cielo van a temblar; que el mundo tenía que prepararse para su Segunda Venida y que teníamos que obrar la misericordia, pero no abusar de ella, es decir, no tenemos que creer que porque Jesús es misericordioso, podemos vivir como queramos, sin preocuparnos por la gracia, pensando que podemos vivir en pecado y que nos vamos a confesar cinco minutos antes de morir.
Si queremos ir al cielo, tenemos que hacer obras de misericordia, corporales y espirituales, las que nos pide la Iglesia; tenemos que rezar a las tres de la tarde, que es la Hora de la misericordia; tenemos que rezar la Coronilla de la Misericordia; tenemos que venerar la imagen de Jesús Misericordioso, en la Iglesia y también en un pequeño altar que podemos hacer en nuestros hogares, pero sobre todo, la imagen de Jesús Misericordioso debe estar en ese altar vivo que es nuestro corazón en gracia: allí debe estar entronizado Jesús Misericordioso y allí le debemos rendir homenaje, día y noche, con cantos de alabanza y de adoración, en esta vida y en la otra vida, por toda la eternidad, en el cielo, para siempre.


viernes, 11 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: Domingo de Ramos


(Ciclo A - 2014)
          Jesús ingresa en Jerusalén montado en un borrico. Cuando los habitantes de Jerusalén se dan cuenta de que Jesús está por pasar bajo las puertas de Jerusalén, todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, salen a su encuentro, cantando hosannas y aleluyas. Todos están muy contentos con Jesús, porque se acuerdan de los milagros que hizo. Ahí están los que se habían alimentado el día que Jesús multiplicó los panes y los peces; están los que habían bebido el vino milagroso de las Bodas de Caná; está el hijo de la viuda de Naím, que volvió milagrosamente a la vida; están los que se alimentaron con los peces de las pescas milagrosas; están los que habían sido liberados de los demonios; están los que habían vuelto a ver, a oír y hablar, y los que habían sido sanados de toda clase de enfermedades, y están también los que recibieron muchísimos otros milagros, que no están relatados en los Evangelios porque si no habría lugar en el mundo para poner tantos libros, pero que sí sucedieron y fueron realidad. Todos los habitantes de Jerusalén, movidos por el Espíritu Santo, llenos de alegría, reconocieron en Jesús al Hombre-Dios, al Rey de los cielos, al Rey de hombres y ángeles, y por eso le cantaban: "Viva Jesús, el Rey de Israel", y al pasar Jesús, montado en un burrito, agitaban hojas de palma y lo aclamaban muy contentos.
          Esto es lo que sucedió el Domingo de Ramos. Pero algo debió pasar entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, porque esa misma gente, que el Domingo de Ramos tenía al Espíritu Santo en sus corazones y por eso aclamaba llena de alegría a Jesús como a su Rey y le cantaba hosannas y aleluyas dejándolo entrar en la ciudad de Jerusalén, símbolo del corazón del hombre, el Viernes Santo, ya no lo reconoce más como a su Rey, lo acusa de mentiroso, no se acuerda más de sus milagros, le hace un juicio injusto con testigos falsos y mentiroso porque todo lo que dicen es mentira, lo condena a muerte, lo insulta, lo flagela, le coloca una corona de espinas, le carga una cruz de madera, lo expulsa de la ciudad de Jerusalén, que es símbolo del corazón -entonces, si el Domingo lo había dejado entrar en el corazón, ahora lo expulsa del corazón-, le hace subir por el Camino del Calvario y, finalmente, una vez llegado a la Cima del Monte Calvario, lo crucifica.
          ¿Qué pasó en el corazón de los habitantes de Jerusalén, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo?
         Lo que pasó es lo que San Pablo llama el "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7)y es cuando el corazón humano deja de adorar al Dios Verdadero y da lugar al diablo, es decir, cuando hace el mal, cuando comete el pecado, y eso es lo que les pasó a los habitantes de Jerusalén.
          ¿Cómo sucedió? Sucedió que el Domingo de Ramos, sus corazones estaban llenos del Espíritu Santo y por eso todos estaban alegres y contentos con Jesús y todos le cantaban hosannas y aleluyas y lo aclamaban como a su Rey y Señor, pero el Viernes Santo, como habían expulsado de sus corazones al Espíritu Santo, en sus corazones reinaba el Príncipe de las tinieblas, Satanás, y por eso desconocían a Jesús y preferían a Barrabás, que era un ladrón, y al no reconocer a Jesús, que era el Cordero de Dios, creyeron que Jesús era un impostor y lo condenaron a muerte. Estaban engañados por el Diablo. Una santa, Ana Catalina Emmerich, vio en una visión, que los que insultaban y crucificaban a Jesús, estaban rodeados de muchos ángeles caídos, de formas horribles, que los animaban a que insultaran y golpearan y crucificaran a Jesús. Dice así la santa: "El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mí, cuanto que veía figuras horrorosas de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles, y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y en el corazón de los circunstantes y se ponían sobre sus hombros, y estos sentían el alma llena de pensamientos abominables o proferían horribles imprecaciones" (cfr. Pasión y Resurrección de Jesús. Visiones y Revelaciones, Editorial Guadalupe, Ágape Libros, Buenos Aires 2007, 138). Esto es lo que hace el pecado en el alma: expulsar a Jesús del corazón, como les pasó a  los habitantes de Jerusalén: primero lo recibieron con palmas, y eso es el estado de gracia, cuando Jesús entra en Jerusalén; pero cuando el alma peca y Jesús es expulsado, eso es el pecado mortal, y en ese corazón, Jesús ya no es más el rey de ese corazón, sino que en esa ciudad, en ese corazón, reina el Príncipe de las tinieblas, porque Jesús ha sido expulsado.
          Pero no todos los habitantes de Jerusalén rechazaron a Jesús; el Viernes Santo había un pequeño grupo, los Hijos de María, que estaba junto con la Virgen, orando, que amaba mucho a Jesús y nunca renegó de Él y este grupo, muy pequeño, estaba junto con la Virgen, alrededor suyo, y como la Virgen irradiaba mucha luz, también ellos, aunque había mucha oscuridad alrededor, los alcanzaba la luz que salía de la Virgen, que estaba cerca la cruz. Los que formaban este grupo mariano sí tenían al Espíritu Santo en sus corazones y por eso sus corazones estaban iluminados y radiantes, porque nunca habían expulsado a Jesús de sus corazones y junto con la Virgen, daban mucho consuelo a Jesús con sus oraciones en el Viernes Santo, en el Calvario, en medio de tantos sufrimientos. La Beata Ana Catalina veía muchos ángeles alrededor de Jesús, de la Virgen y de los amigos de Jesús: "Veía con frecuencia sobre Jesús figuras de ángeles llorando o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús" (cfr. Pasión y Resurrección, ibidem).

          Nosotros somos los Hijos de María; no nos comportemos como la multitud del Domingo de Ramos, que un día aclama a Jesús y al otro día lo expulsa de su corazón; como la Virgen, permanezcamos junto a la cruz, y arrepentidos de nuestros pecados, nos arrodillemos para besar los pies ensangrentados de Jesús.

sábado, 5 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: “Lázaro sal fuera”


(Domingo V - TC – Ciclo C – 2014)
         Jesús tenía unos amigos a los cuales quería mucho: Lázaro, Marta y María. Un día, Lázaro se enfermó gravemente, y entonces sus hermanas Marta y María lo mandaron a llamar para que lo fuera a sanar. Pero resulta que Jesús, en vez de ir en el mismo momento, esperó dos días antes de ir a casa de Lázaro y cuando llegó, Lázaro ya había fallecido.
Muchos se preguntaban por qué Jesús se demoró tanto en ir a la casa de Lázaro, porque Jesús haber subido a un caballo o a un carro e ir a todo galope y así podía llegar rápidamente para hacer un milagro y salvar a Lázaro. O incluso ni siquiera tenía necesidad de viajar hasta donde estaba Lázaro: Jesús era Dios, y podía hacer el milagro a distancia, como lo había hecho en otras oportunidades. Pero Jesús dejó que Lázaro muriera, y muchos se preguntaban por qué Jesús hizo eso. Y otra cosa que se preguntaban muchos era que si Lázaro había muerto ya hacía cuatro días, ¿dónde estaba su alma? ¿Adónde fue el alma de su amigo Lázaro esos cuatro días en que estuvo muerto?
Para la primera pregunta, de porqué Jesús dejó que Lázaro muriera, la respuesta es que Jesús dejó que Lázaro muriera para que todos fueran testigos de que Él era Dios en Persona y de que Él tenía el poder de resucitar y de dar la vida, algo que sólo puede hacer Dios y nadie más que Dios, y eso es lo que Jesús hace cuando le dice a Lázaro parado fuera de la tumba: “Lázaro, sal fuera”.
Para la segunda pregunta, la respuesta es que Lázaro fue al infierno, pero no al infierno de los condenados, sino al infierno de los justos, a ese infierno al que bajó Jesús, el que nosotros rezamos en el Credo, cuando decimos: “Descendió a los infiernos” (cfr. IV Concilio Lateranense, 1215), porque ahí iban todos los justos del Antiguo Testamento antes de la Resurrección de Cristo. ¿Cuándo bajó Jesús a los infiernos? Cuando murió en la cruz el Viernes Santo. En ese momento, su Alma gloriosa se desprendió de su Cuerpo glorioso y bajó al Infierno –no al infierno de los condenados, sino al Seno de Abraham, donde estaban todos los justos del Antiguo Testamento, y donde había ido el alma de Lázaro-, y allí estaban Adán y Eva y todas las almas buenas que habían muerto en paz con Dios y con el prójimo pero que no podían entrar en el cielo. Entonces Jesús bajó con su Alma gloriosa para llevar a todas esas almas justas al cielo, y eso es lo que nosotros creemos y repetimos en cada Domingo, y cada vez que rezamos el Credo cuando decimos: “Descendió a los infiernos”. A ese infierno, que no es el de los condenados –porque los condenados en el infierno donde está el Diablo ya no pueden salir nunca más- es  adonde fue Lázaro. Y como Cristo es Dios, cuando Jesús llegó a casa de Lázaro y le dijo: “Lázaro, sal fuera”, con esa sola orden, le ordenó a su alma que regresara de la región del infierno, del Hades, y que su alma se uniera a su cuerpo y volviera a vivir.

En este Evangelio, entonces, Jesús nos muestra que Él es Dios y que es la Resurrección y la Vida y que así como resucitó a Lázaro, así nos va a resucitar a nosotros. Imaginemos el asombro de los que veían a Lázaro que estaba muerto y empezaba a caminar porque Jesús le había hecho el milagro de resucitarlo. Pero nosotros en la Misa, en la comunión, recibimos un milagro muchísimo más grande que ser vueltos a la vida, porque recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús y eso vale mucho más que el don de la vida terrena que recibió Lázaro.