"Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"
(Domingo
XXIX – TO – Ciclo A – 2014)
En este Evangelio, unos señores le llevan una moneda de
plata, que tenía dibujada la cara del emperador de Roma –se llamaba Tiberio- y
le preguntan si estaba bien pagarle con esa moneda al emperador. En realidad,
lo que querían estos señores, era tenderle una trampa a Jesús, porque si Jesús
decía que había que pagar, entonces lo iban a acusar de que Él estaba de parte
de los romanos y en contra de los hebreos; si decía que no había que pagar,
también lo iban a acusar lo mismo, porque entonces iban a decir que Jesús
andaba diciendo que no había que pagar los impuestos al emperador de Roma. O sea
que, ya sea que Jesús respondiera que sí había que pagar, o que no había que
pagar con la moneda de plata que tenía dibujada la cara del emperador romano
Tiberio, lo iban a acusar de todos modos.
Pero la respuesta que les da Jesús los deja calladitos a
todos. Jesús les dice: “¿De quién es ésa figura y inscripción?”. Y ellos le
dijeron: “Es del César”. Entonces Jesús les dijo: “Den al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios”. Y así Jesús los dejó a todos callados,
porque de esa manera, nos enseña, a ellos y a nosotros, que hay que pagar los
impuestos y que hay que obedecer a las autoridades civiles de la Patria,
siempre y cuando no se opongan a la Ley de Dios.
Pero hay otra cosa que también nos enseña Jesús cuando nos
dice: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, porque el “César”
es también el mundo, que ha sido vencido para siempre por Jesús en la cruz; entonces, al César hay que darle todo lo que no nos sirve
para entrar en el cielo y es el hombre viejo y todo lo que hay en el hombre
viejo: los pecados, las malas inclinaciones, los malos deseos, los malos
pensamientos, las malas obras y cualquier cosa que nos aleje de Dios; a Dios,
en cambio, hay que darle lo que le pertenece: nuestro corazón, renovado por la
gracia, y con él, todo lo que somos y lo que tenemos, junto con nuestros seres
queridos, los papás, los hermanos, los abuelos, los amigos, y se lo damos a
través del Corazón Inmaculado de María, porque así nos aseguramos que Dios lo
recibirá, ya que Dios nunca rechaza nada de lo que María le da.
“Den
al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Al César le
pertenecen las pasiones, a Dios los corazones. Le demos al César nuestras
pasiones, para que queden vencidas, junto al mundo, pisados y vencidos bajo la cruz, y le
demos a la Virgen nuestros corazones, para que Ella se los dé a Nuestro amado Dios Jesús.
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