(Domingo
XXIX - TO - Ciclo A – 2017)
“Den
al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21). ¿Qué quiere decir Jesús?
El César es el mundo, lo que no es Dios; al César le corresponde el dinero, porque
el dinero no es Dios. Lo que quiere decir Jesús es que no debemos apegarnos al
dinero ni a lo que el dinero da: fama mundana, éxito mundano, bienes
materiales, placeres terrenos. En el corazón del hombre hay un solo lugar, en
el que puede caber, o el dinero, que es “el estiércol del Demonio”, como dicen
los santos, o Dios. Es decir, en el corazón del hombre hay lugar para uno de
dos: o el dinero –y detrás del dinero, el demonio-, o Dios. Si nos apegamos al
dinero, nos olvidamos de Dios. Por eso Jesús nos dice que no debemos apegarnos
al dinero, porque si nos aferramos al dinero y a lo que el dinero da, entonces,
nos olvidamos de Dios, y lo peor que le puede pasar a una persona, es que se
olvide de Dios, porque así, aunque tenga todo el mundo para él, su alma se va a
perder en el Infierno.
A
Dios debemos darle lo que es de Dios. ¿Y qué es lo que es de Dios? Lo que es de
Dios, es todo nuestro ser, todo lo que somos y tenemos, porque Dios nos creó,
nos salvó en la cruz por la Sangre de Jesús y nos santificó al darnos el
Espíritu Santo, en Pentecostés y en la Confirmación. ¿Y qué quiere decir darle
a Dios lo que somos y tenemos? Darle todo, desde la respiración que hacemos en
este momento –por ejemplo, diciendo, “Te doy gracias, Dios mío, porque puedo
respirar y estoy vivo”-, hasta el más pequeño pensamiento, rechazando todo
pensamiento malo, porque nada malo podemos darle a Dios.
“Al
César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”. Al César, el dinero y
todo lo que el dinero da, para que nos desapeguemos, tanto del dinero, como lo
que el dinero puede proporcionarnos; a Dios, nuestro ser, nuestra alma, nuestro
corazón y nuestro cuerpo. ¿Dónde le damos a Dios todo lo que somos y tenemos? En
la Santa Misa, porque en la Santa Misa Jesús baja del cielo, para quedarse en
la patena con su Cuerpo y para dejar su Sangre en el cáliz. Desde lo más
profundo del corazón, le decimos a Dios Padre: “Oh Dios mío, me ofrezco a Ti,
con todo lo que soy lo que tengo, por medio de tu Hijo Jesús. Tú me creaste, me
redimiste y me santificaste. Toma, Señor, mi humilde corazón, y únelo al
Corazón de Jesús, para que unido al Sagrado Corazón, mi corazón sea inmolado
con Jesús, para la salvación del mundo”.
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