Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 6 de noviembre de 2014

El Evangelio para Niños: Jesús echa a latigazos a los que venden cosas en el templo


(Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán)
         El Evangelio de hoy nos muestra a un Jesús un poco extraño, o al menos, un Jesús al que pocas veces vemos así: enojado. Pero veamos porqué se enoja Jesús: se enoja porque unos señores estaban en el templo vendiendo bueyes y palomas, mientras que otros, estaban sentados en sus mesas, cambiando monedas de plata y de oro y los echa a latigazos del templo (Jn 2, 13-22). ¿Está mal hacer lo que hacían estos señores? No, no está mal vender bueyes y palomas, y tampoco está mal cambiar monedas de oro y de plata; lo que sí está mal, es el lugar donde se estos señores lo estaban haciendo: el templo de Dios. El templo es un lugar sagrado, y “sagrado” quiere decir que le pertenece a Dios; es un lugar en donde se va a hacer oración y nada más que oración. ¿Qué es “hacer oración”? Es elevar el la mente y el corazón a Dios, y el lugar ideal para hacerlo, es el templo, porque en el templo hay silencio y todo está limpio, en orden y perfumado, porque el lugar donde se hace oración, debe estar así: limpio, ordenado, perfumado, para que la oración sea más fácil hacerla. Pero no se puede hacer oración si en el templo hay algunos que traen sus animales para venderlos, porque, por un lado, esos animales –como todos los animales-, ensucian todo, porque necesitan hacer sus necesidades; además, seguramente, tienen bichitos, como garrapatas, o pulgas, o en sus pezuñas tienen barro; además, hacen sonidos propios de animales –mugidos, balidos, ladridos, etc.-, y cuando lo hacen todos juntos, se hace mucho ruido
Por todo esto es que Jesús se enoja, porque estos señores no tenían permiso de Él para vender animales en el templo de su Padre Dios, y tampoco tenían permiso para vender monedas. Tenían que hacerlo en la plaza, o en el mercado, pero no en el templo, porque el templo es solo para Dios.
Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy: el templo de Dios es solo  para rezar, y no para hacer negocios. Pero hay otra cosa que también tenemos que saber: además del templo que está hecho de ladrillos, hay otro templo que tenemos que cuidar mucho, y ese templo es nuestro cuerpo, porque así lo dice la Escritura: “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19). ¿Por qué? Porque cuando nos bautizaron, Dios Padre hizo que la Sangre de las heridas de Jesús en la cruz cayera sobre nuestras almas, quitándonos la mancha del pecado original, pero además, su Sangre nos dejó tan pero tan hermosa nuestra alma y nuestro cuerpo, que el Espíritu Santo dejó los cielos, adonde vivía, para venir a vivir en nosotros. ¡Y todo gracias al sacrificio de Jesús en la cruz y a su Sangre derramada por nosotros! Entonces, como nuestro cuerpo y nuestra alma son “templos del Espíritu Santo”, los tenemos que cuidar y vivir siempre la pureza del cuerpo y del alma, sin mancharlos con cosas impuras, ni con mentiras, ni con creencias que son contrarias al Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Y cómo vamos a hacer para mantener siempre puros nuestros cuerpos y nuestras almas, para que nuestros corazones sean como nidos de luz y de amor en donde repose siempre la Dulce Paloma del Espíritu Santo?

Consagrando nuestras vidas al Inmaculado Corazón de María, para que Ella los guarde dentro de su Purísimo Corazón durante toda nuestra vida en la tierra y los mantenga limpios y puros, como es Ella, para que cuando pasemos a la otra vida, la vida eterna, podamos ver a Jesús cara a cara, ¡para siempre! 

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