Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 3 de diciembre de 2017

El Evangelio para Niños: Adviento es prepararnos para la Venida del Señor que vino, que viene y que vendrá


"Niño Jesús Rey"
(de la Escuela de Cuzco)

(Domingo I – TA – Ciclo B – 2017 – 2018)

         ¿Qué quiere decir la palabra “Adviento”? Significa “venida” o “llegada” y para nosotros los católicos es la venida o llegada de Jesús. El Adviento se coloca antes de la Navidad, porque nos preparamos para recordar, por medio de la liturgia, la Primera Venida de Jesús. Otro significado del Adviento es la preparación para cuando Jesús llegue por Segunda Vez, en su gloria, en los cielos.
         Entonces, como dijimos, el Adviento es tiempo para prepararnos espiritualmente para recordar litúrgicamente cuando Jesús vino por Primera Vez: vino como un Niño, siendo Dios, y vino sin que casi nadie lo supiera, a excepción de su Mamá, la Virgen y de San José, su padre adoptivo, además de los pastores, a los que les anunciaron los ángeles. Por eso es que en Adviento se leen algunas lecturas como la profecía de Isaías de que “el Mesías iba a nacer de una Virgen”.
         Además, el Adviento es tiempo de prepararnos espiritualmente para otra venida de Jesús, que es la Segunda Venida en la gloria, en la cual todos los veremos, porque habremos de estar delante de Él, para recibir el premio o el castigo por nuestras obras.
         Entre la Primera Venida en Belén y la Segunda Venida en las nubes del cielo, podemos decir que hay una “Venida intermedia”, que consiste en que Jesús baja del cielo, por el poder del Espíritu Santo, para que nosotros lo recibamos por la comunión eucarística. Por eso, cada Misa debe ser vivida con la expectativa de alguien que espera a la persona que ama: a quien se ama, no se espera de cualquier manera, sino lo mejor vestido posibles, perfumados y, si es posible, un pequeño presente, como por ejemplo, un niño que espera a su madre, la cual cumple años. En Adviento esperamos a Jesús en la gloria y como agradecimiento, le ofrecemos nuestro pobre corazón, adonado con la gracia santificante.
         Jesús viene en Navidad, viene en cada Santa Misa, viene para juzgarnos al Final del mundo y es para estas tres veces que viene Jesús, que la Iglesia nos da el tiempo de Adviento, para que nos preparemos para recibirlo en nuestros corazones, en estado de gracia y con mucho amor. ¿Cómo prepararnos para recibirlo? Por el sacrificio y la penitencia –eso significa el color morado- . ¿De qué manera podemos hacer sacrificio y penitencia? Como el Ángel les dijo a los pastorcitos, “De todo podéis hacer sacrificio”, lo cual quiere decir, por ejemplo, privarnos de cosas buenas que nos gustan, como un helado, pero sin decirlo a nadie, etc. hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, por amor y a través de las manos de la Virgen a Jesús, cosas que cuestan trabajo, como ser amable con el vecino que no nos simpatiza o ayudar a otro en su trabajo[1]. La penitencia es lo que hacemos, interior o exteriormente –por ejemplo, oración, ayuno, limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás-, con la intención de reparar por nuestros pecados y los de nuestros hermanos[2], además de reforzar nuestro deseo de luchar contra el pecado y de vivir en gracia, como hijos de Dios.
         Otra manera de vivir el Adviento es mediante la oración, porque sin oración no hay vida espiritual posible. Por último, la otra forma de vivir el Adviento, es obrando la misericordia –según las catorce obras de misericordia dispuestas por la Iglesia-, para que así nuestro corazón sea digno de recibir a Jesús, que es la Divina Misericordia encarnada, el Dios que vino, que viene y que vendrá.      

viernes, 6 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños – 2do Domingo de Adviento: "Preparen los caminos y allanen los senderos"


(Ciclo A - 2013/13)
         En este Evangelio, Juan Bautista nos dice que en el tiempo de Adviento, antes de Navidad, debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”.
¿Qué quiere decir Juan Bautista? Nos quiere decir que tenemos que hacer como cuando alguien se pone en el trabajo de enderezar un camino y dejarlo todo derechito y plano, porque el corazón del hombre es como un camino lleno de curvas y de subidas y bajadas.   
El camino lleno de curvas y de pendientes, subidas y bajadas, es nuestro corazón, porque así como un camino con curvas primero dobla para un lado y después dobla para otro, así es nuestro corazón, que primero quiere una cosa y después quiere otra: primero quiere portarse bien pero al rato hace algo que no está bien. El profeta Jeremías dice: “Más engañoso que todo, es el corazón” (17, 9), y Jesús dice en el Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (Mc 7, 21).
El corazón es también como un camino con subidas y bajadas, porque en un momento queremos a Dios y deseamos las cosas del cielo –y eso sería un camino en subida- y queremos ser los más santos del mundo, y en otro momento queremos las cosas de la tierra, sin importarnos el cielo –eso sería un camino en bajada-.
Es por esto que Juan el Bautista nos dice que tenemos que “preparar los caminos y allanar los senderos”, para que el camino sea recto y sin subidas y bajadas. ¿Por qué? Porque ya viene caminando, con paso lento pero firme, el burrito que trae a la Virgen y al Niño Dios, que viene dentro de la panza de la Virgen porque todavía no nació. Si el burrito encuentra un camino con muchas curvas y con muchas subidas y bajadas, no va a poder llegar para Navidad, y nos vamos a quedar sin el Niño Dios. Es decir, si nuestro corazón es orgulloso, caprichoso, egoísta, desobediente y perezoso, el Niño Dios no va a poder nacer. Pero si el burrito encuentra un camino todo derechito, sin subidas y bajadas, es decir, si nuestro corazón es humilde y está lleno de la gracia de Dios, entonces sí va a poder nacer el Niño Dios en él, y nos va a llenar de su luz, de su paz, de su Amor, y esa es la verdadera Navidad.
¿Cómo hacer para que nuestro corazón sea como un camino todo derechito y liso? Con la penitencia, la oración y las buenas obras.

Para que el Niño Dios nazca en nuestros corazones en Navidad, es que Juan Bautista nos dice que en Adviento debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El Adviento para Niños: 1er Domingo - “Estén preparados para la llegada de Jesús, que vendrá para Navidad como un Niño”


(Domingo I de Adviento - Ciclo A - 2013-14)
         Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento, para prepararnos para celebrar, una vez más, la Navidad. ¿Por qué la Iglesia repite todos los años las mismas misas? Porque por una parte, es igual que en la escuela, que todos los años repite las mismas lecciones para sus alumnos; así la Iglesia quiere que aprendamos las hermosas lecciones que son la vida de Jesús. La Iglesia quiere que todos los años nos acordemos de Jesús, para que así vayamos aprendiendo cada vez más de Él y así todos lleguemos a ser como Él.
         Pero hay algo más: cuando la Iglesia celebra la Navidad una y otra vez –y también la Pascua, una y otra vez-, no es porque solamente quiere que nos acordemos de Jesús: por la liturgia y por la Misa, Jesús baja del cielo en Persona para darnos su Amor y para quedarse con nosotros, y para darnos todos los frutos de la Redención. ¿Vieron cuando un árbol está cargado de frutos –cualquier que nos podamos imaginar: manzanas, peras, duraznos, etc.- y uno se acerca para cortarlos y comerlos, disfrutando de su dulzura? Bueno, Jesús está en la Cruz, que es el Árbol de la Vida eterna, y el que se acerca a este Árbol bendito, recibe su fruto exquisito, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comer este fruto, que es la Eucaristía, se deleita y se goza con la dulzura del Amor de Jesús. Para que nosotros podamos hacer esto, es decir, para que podamos comer del Fruto exquisito del Árbol de la Vida, que es la Eucaristía, la Iglesia, todos los años, comienza un nuevo Año Litúrgico, en el que celebramos, principalmente, la Navidad y la Pascua de Jesús.
         ¿Qué quiere decir “Adviento”? “Adviento” significa “venida” y se refiere a la venida de Jesucristo para Navidad. En este tiempo, en la Iglesia esperamos que venga Jesús, como Niño, para Navidad, así como los justos del Antiguo Testamento esperaban que viniera el Mesías Salvador (aunque nosotros sabemos que ya nació, murió en la Cruz y resucitó).
         ¿Cómo tenemos que vivir este tiempo de “Adviento”?
         La Iglesia nos pide lo siguiente para vivir el Adviento, que es la preparación para la Navidad: oración, penitencia, misericordia, alegría.
         Oración: porque la oración es al alma lo que la respiración y el alimento es al cuerpo. ¿Alguien puede vivir sin respirar? No, a lo sumo, alguno podrá aguantar la respiración en la pileta, debajo del agua, no más de dos minutos, pero no se puede pasar la vida sin respirar; así tampoco se puede vivir sin rezar, porque la oración es lo que le permite al alma respirar con la vida de Dios. ¿Alguien puede vivir sin comer? No, nadie puede vivir sin comer, porque se muere de hambre a los pocos días; así también, no se puede vivir sin rezar, porque el alma que no reza, es un alma que muere, porque se queda sin la vida de Dios.
         Penitencia: porque somos pecadores y el pecado nos impide recibir a Dios que viene como Niño. Haciendo penitencia y confesándonos, vamos a preparar nuestro corazón, que va a quedar limpito, como la gruta de Belén, para que ahí pueda nacer el Niño Dios.
Misericordia: que quiere decir “amor dado a los demás con obras y no con palabras”. Jesús es Dios de Amor, y viene para Navidad como un Niño, sin dejar de ser Dios, para darme su Amor; entonces, yo tengo que dar de este mismo amor a los que me rodean, empezando los papás y los hermanos.
         Alegría: no hay nada más hermoso en este mundo que Jesús y saber que Jesús me ama y que va a venir como un Niño para llevarme al cielo, es la causa de mi alegría, y esa alegría es la que tengo que dar a los demás, junto al amor.

         Así es como tenemos que vivir el Adviento, como nos pide la Iglesia: oración, penitencia, misericordia, alegría. Esa es la manera de prepararnos para la Venida de Jesús.

miércoles, 12 de junio de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (VII) - Cuarta Aparición de la Virgen – 19 de agosto de 1917



Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (V) - Cuarta Aparición de la Virgen – 19 de agosto de 1917

El día 13 de agosto, en que debía darse la cuarta aparición, los videntes no pudieron a la cita con la Virgen en Cova da Iría, pues fueron raptados por el Administrador de Ourém quien, con amenazas, quiso arrancarles el secreto. Sin embargo, a pesar de su corta edad y a pesar de la violencia moral y verbal dirigida contra ellos, bajo la forma de múltiples amenazas –incluso los amenazaron de muerte, diciéndoles que los iban a “freír en aceite”, los niños permanecieron firmes y no cedieron a las presiones.
Sin los niños, retenidos por la fuerza, la Virgen lo mismo se hizo presente. A la hora de costumbre, se oyó en Cova da Iría un trueno, al que siguió un relámpago, habiendo notado los espectadores una pequeña nube blanca que se posó algunos minutos sobre la encina. Se observaron también fenómenos cromáticos de diversos colores en el rostro de las personas, en las ropas, en los árboles y en el suelo. Esto indicaba que Nuestra Señora había venido, pero no encontró a los videntes.
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Tres días más tarde, el día 19 de agosto, para cuando ya habían sido liberados los niños, Lucía estaba con Francisco y otro primo en el lugar llamado Valinhos, en una propiedad de uno de sus tíos, cuando a eso de las cuatro de la tarde, comenzaron a producirse las alteraciones atmosféricas que precedían a las apariciones de Nuestra Señora en Cova da Iría: un súbito refrescar de la temperatura, un oscurecimiento del sol y el característico relámpago. Lucía, sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y los envolvía, mandó llamar rápidamente a Jacinta, que llegó a tiempo para ver a la Virgen aparecerse sobre una encina un poco mayor que la de Cova da Iría.
El diálogo entre Lucía y la Virgen, en la Cuarta Aparición de la Virgen, fue el siguiente:
Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?
Nuestra Señora: Quiero que continuéis yendo a Cova da Iría el día 13 y que sigáis rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean.
Lucía: ¿Qué desea que hagamos con el dinero que deja la gente en Cova da Iría?
Nuestra Señora: Que hagan dos andas. Una la llevas tú con Jacinta y otras dos niñas vestidas de blanco, y la otra que la lleve Francisco y otros tres niños. Las andas son para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El dinero que sobre, es para ayuda de una capilla que mandarán hacer.
Lucía: Quería pedirle la curación de algunos enfermos.
Nuestra Señora: Sí, a algunos curaré durante el año. Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas.
Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este.
Los videntes cortaron ramas del árbol sobre el cual Nuestra Señora se había aparecido, y las llevaron a casa. Las ramas exhalaban un perfume singularmente suave[1].    


         -Los niños no pueden acudir a la cita porque son secuestrados por las autoridades civiles de Ourem, quienes incluso los amenazan de muerte. De esta manera, se cumplen las promesas de la Virgen, de que sufrirían tribulaciones en caso de aceptarlas libremente por la conversión de los pecadores. El hecho de que los detuvieran y los amenazaran de muerte, pero sin finalmente llevar a cabo esta amenaza, demuestra que es vano el intento del hombre de detener el designio de Dios, ya que es como pretender ocultar el sol con una mano: puede ser que de momento no se reciba la luz del sol en el rostro, porque está oculto por la mano, pero el sol continúa existiendo e irradiando su luz sobre la tierra, y así sucede con los planes de Dios, que siempre se llevan a cabo. También es importante considerar que incluso hasta quien obra el mal, como el caso de las autoridades civiles de Ourem, es conducido por Dios para que su Voluntad siempre se realice. En este caso, los niños sufrieron la angustia de la persecución por el Nombre de Jesús, con lo cual adquirieron la bienaventuranza de ser perseguidos por Él y por el Reino de Dios. Los que obran el mal también tienen oportunidad de santificación, porque si se arrepienten del mal realizado, Dios, que es Misericordia infinita, los perdona siempre.
         Significado espiritual de la Cuarta Aparición de la Virgen
         -La Virgen vuelve a pedir el rezo del Rosario todos los días, por la conversión de los pecadores, y vuelve a pedir también las mortificaciones o sacrificios, por la misma intención. Para animarnos a la oración, al rezo del Rosario y a hacer sacrificios, la Virgen nos recuerda la visión del infierno de la Aparición anterior: “muchos se condenan en el infierno porque no hay nadie que rece ni haga sacrificios por ellos”. Esto quiere decir que cuando rezamos y cuando hacemos alguna mortificación o sacrificio, o cuando aceptamos con paciencia y amor alguna mortificación que nos sobrevenga, y unimos esto interiormente al sacrificio de Jesús en la Cruz y en la Santa Misa, estamos haciendo algo infinitamente más grande que lo que parece o puede parecer a simple vista. Por ejemplo, si en vez de protestar por la comida que no nos gusta, nos acordamos a Jesús que en la Cruz tiene hambre y sed, y se lo ofrecemos en silencio y con amor, lo que estamos haciendo, en realidad, no es simplemente “ser buenos”, ni tampoco simplemente estamos ejercitándonos en la virtud: lo que estamos haciendo, al unir ese pequeño sacrificio, con el sacrificio de Jesús, es: ¡salvar un alma! Cuando rezamos el Rosario, no estamos simplemente recitando unas oraciones de memoria: nos unimos espiritualmente a Jesús, que en la Cruz y en la Santa Misa, ora por nuestra salvación a Dios Padre. Por este motivo, el hecho de rezar -y sobre todo rezar el Rosario- y hacer sacrificios o mortificaciones, es algo grandísimo, algo que solo en el cielo podremos llegar a apreciar en todo su significado: por recitar las Avemarías meditando los misterios de la vida de Jesús; por no quejarnos, por hacer lo que nos piden, por ser pacientes, por ejercer la humildad, estamos salvando un alma de la condenación eterna, porque estamos uniéndonos a Dios en su obra de iluminar las almas con su gracia, y cuando Dios ilumina con su gracia al alma, en lo más profundo del corazón y de la mente, esa persona deja de obrar el mal y empieza a amar a Dios y a obrar el bien, y así comienza su camino de salvación, su camino para ir al cielo, y eso se llama “conversión”.
         Como vemos, rezar el Rosario y hacer sacrificios, penitencias y mortificaciones, son pequeñas acciones que, unidas al Sacrificio de Jesús en la Cruz y en la Santa Misa –que es el mismo y único sacrificio-, se convierten en algo grandioso: ¡unidos a Jesús y a la Virgen, salvamos muchas almas de condenarse en el infierno!  


[1] Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 61-65.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Adviento para Niños - 1er Domingo de Adviento - Ciclo C



        
         En este Domingo comenzamos un tiempo de preparación para la Navidad, que se llama “Adviento”, que quiere decir: “Llegada”. En Adviento, entonces, nos preparamos para la “Llegada” de “Alguien” en Navidad. ¿Quién es “el que llega” en Navidad? ¡El Niño Dios, que va a nacer en Belén! Y como el Nacimiento del Niño Dios es lo más importante del mundo, la Iglesia le dedica todo un mes para que nos preparemos para de su llegada.
         ¿Cómo tenemos que prepararnos para recibir al Niño Dios?
         Para saber cómo tenemos que prepararnos, tenemos que acordarnos de cómo es Jesús, el Niño Dios: como su nombre lo dice, es Dios y por lo tanto, es santo, y santo quiere decir que es infinitamente bueno, sin la más pequeñísima sombra de maldad. Para darnos una idea, pensemos en alguien bueno que conozcamos, como algún santo, la Madre Teresa, el Padre Pío, o alguien de nuestra familia, como nuestra mamá, y lo multipliquemos por mil millones de veces; luego multipliquemos de nuevo, y así sin parar: todavía no llegaremos a la bondad del Niño Dios. Si el Niño Dios es tan bueno, porque es santo, ¿podemos recibirlo con un corazón malo, enojado? No, de ninguna manera, y es por eso que en Adviento tenemos que crecer en la bondad y en el amor al prójimo y a Dios. Sin amor en el corazón, no podemos recibir al Niño Dios, y como el amor se demuestra por obras para con los que más necesitan, y no tanto por las palabras, entonces Adviento es tiempo de obrar las obras de misericordia que nos pide la Iglesia. ¿Cuáles son? Las corporales: Dar de comer al hambriento; Dar de beber al sediento; Vestir al desnudo; Visitar a los enfermos; Asistir al preso; Dar posada al peregrino; Sepultar a los muertos. Las espirituales: Enseñar al que no sabe; Dar un buen consejo al que lo necesita; Corregir al que yerra; Perdonar las injurias; Consolar al triste; Soportar las flaquezas del prójimo; Orar por vivos y difuntos. Cuantas más obras de misericordia hagamos, más amor habrá en nuestro corazón, y así estaremos más preparados para recibir a Jesús.
         Otra cosa que tenemos que saber del Niño Dios, y que nos ayudará a prepararnos mejor para su llegada, es que Él es Dios Hijo, que vive desde siempre con su Padre, Dios, en el cielo, y como su Papá le pidió que bajara aquí a la tierra para salvarnos, el Niño Dios tuvo que dejar a su Papá Dios, para encarnarse en ese cielo en la tierra que es el seno de la Virgen María. Pero a pesar de que Jesús bajó del cielo, adonde quedó su Papá Dios, nunca dejó de estar en comunicación con Él. ¿Cómo hacía para comunicarse con su Papá que estaba en el cielo, estando Él en la tierra? En ese entonces no había teléfonos, ni internet, como hay ahora, y que son las cosas que usamos los hombres para comunicarnos; pero aunque hubieran existido estas cosas, Jesús no las habría usado para comunicarse con su Papá Dios, porque Jesús se comunicaba con su Papá por medio de la oración, que es algo mucho mejor que hablar por teléfono, porque hablar por teléfono es hablar con los labios, mientras que la oración es hablar con el corazón. El Niño Dios, desde que llegó a este mundo y se encarnó en el seno de su Mamá María, no dejó nunca de hablar con su Papá Dios, por medio de la oración del corazón. Entones nosotros, para recibir a Jesús en Navidad, tenemos que aprovechar el Adviento para hacer mucha oración, que no es repetir palabras vacías con los labios, sino hablar con amor a Dios Amor, desde lo más profundo del corazón. Cuanta más oración hagamos, mejor preparados estaremos para recibir a Jesús, porque la oración del corazón es el lenguaje de Jesús.
         Por último, hay otra cosa que tenemos que ver en la llegada de Jesús, y es que cuando Jesús dejó el cielo, donde estaba muy alegre con su Papá Dios y con Dios Espíritu Santo, vino aquí, a la tierra, a otro cielo tan lindo como ese, la panza de su Mamá, la Virgen María, y ahí también Jesús estaba muy contento y feliz, porque lo rodeaba el amor de su Mamá, que era el mismo Amor de su Papá en el cielo, el Espíritu Santo. Pero Jesús también sufría, porque desde el mismo momento en que se encarnó, en que se hizo un bebé pequeñito en la panza de su Mamá la Virgen, ahí comenzó a sufrir mucho por la salvación de todos y cada uno de nosotros. Después, cuando nació, siguió sufriendo, porque hacía mucho frío y tenía hambre, como todo bebé recién nacido, y a pesar de que la Virgen lo abrigaba y lo alimentaba, Él lo mismo seguía sufriendo, y después siguió sufriendo, en silencio, sin que nadie se diera cuenta, toda su vida, y sufrió todavía más en el Huerto de los olivos y en la Cruz, para que nosotros pudiéramos salvarnos e ir al cielo.
         Entonces, para poder recibir bien a Jesús en Navidad, tenemos que acompañar a Jesús en su sufrimiento, y si no tenemos una enfermedad dolorosa para ofrecerle, entonces podemos ofrecerle un sufrimiento voluntario, que se llama “penitencia” o “sacrificio”: privarnos de algo bueno que nos gusta, como un vaso de gaseosa helada en un día de mucho calor, o no quejarnos cuando algo nos moleste, o hacer algo bueno que nos cueste trabajo hacerlo, etc. De esta manera, con la penitencia y el sacrificio, prepararemos el corazón para recibir a Jesús que llega en Navidad, porque Jesús ama el sacrificio hecho por amor.
         Entonces, el Adviento es un tiempo para prepararnos para recibir a Jesús, y esta preparación la podemos hacer con tres cosas: obras de misericordia, oración y penitencia. Cuantas más obras de misericordia hagamos, cuanta más oración hagamos, y cuanta más penitencia hagamos, con tanto más amor recibiremos al Niño Dios, que llega para Navidad.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La Espiritualidad de Jacinta



La vida de Jacinta, testigo de las apariciones de la Virgen en Fátima, no solo cambió a partir de su encuentro personal con la Madre de Dios, sino que nos dejó a todos, niños y adultos, un grandísimo testimonio de fe y de amor a Dios, a la Virgen, a los pecadores. Para describir su vida, nos basamos en una entrevista dada por Sor Lucía.

Según relata Sor Lucía, su prima, en una entrevista sobre el carácter de Jacinta realizada por el padre José Galamba de Oliveira, quien era el Presidente Diocesano de la Comisión para la causa de Jacinta y Francisco Marto, Jacinta experimentó una transformación que fue creciendo cada vez más, hasta llegar a su punto culminante antes de morir.
         El cambio fue tan notorio, que hay un antes y un después en la vida de la niña. Por ejemplo, antes de encontrarse con la Virgen, Jacinta era caprichosa, susceptible, y hasta antipática. Si alguien la contradecía en el juego, inmediatamente se enojaba y dejaba de jugar, y para lograr que volviera, había que dejarla elegir según su gusto y parecer, y todos debían hacer lo que ella quería.
         Pero después de las apariciones, todo esto desaparece y Jacinta cambia completamente. La razón, dice Sor Lucía, es que Jacinta recibió “una mayor abundancia de gracia, y un mejor conocimiento de Dios y de la virtud”.
         Quienes estaban en su compañía experimentaban la presencia de “una persona santa que se comunicaba con Dios en todo momento; su comportamiento era siempre serio, modesto y amable, y parecía manifestar la presencia de Dios en todas sus acciones, como una persona de edad y virtud avanzada y no como una niña”. Después de las apariciones, Sor Lucía dejó de notar la frivolidad excesiva o el entusiasmo infantil por los juegos, comunes en los niños, además de desaparecer por completo el capricho y el enojo, y su comportamiento parece corresponder a alguien más maduro: “Todo ese capricho y susceptibilidad desapareció, toda esa energía la volcó en orar y sacrificarse por los pecadores, por su conversión”.
En todo momento está Dios presente; por ejemplo, si algún niño o adulto decían o hacían algo en su presencia que no estaba totalmente correcto, ella les reprobaba diciéndoles que no hicieran eso que ofendía a Dios, quien estaba ya demasiado ofendido.
Pero no perdió su condición de niña, a pesar de este crecimiento interior, ya que demostraba gusto por el canto y el baile, y también manifestaba cosas propias de niñas de su edad. Por ejemplo, cuando iba a Loca de Cabeso, el lugar de las apariciones, le gustaba recoger flores silvestres las cuales le entregaba a su prima Lucía, y algunas veces tomaba en sus brazos a una pequeña ovejita, en imitación del Señor, el Buen Pastor, que buscaba la oveja perdida.
Cuando estaban con ella, dice Sor Lucía, “muchos sentían reverencia en su presencia y esto denota la profundidad y el carácter que se desarrolló en ella después de las apariciones”.
Es decir, luego de las apariciones, Jacinta dejó de lado sus caprichos y susceptibilidades, para adquirir en cambio un espíritu de mortificación y penitencia, como por ejemplo, dejar de beber agua para sufrir voluntariamente la sed, o dejar de comer para darle la comida a los más pobres.
La razón de esto, dice Sor Lucía, es que, primero, “Dios quiso derramar en ella una gracia especial, a través del Inmaculado Corazón de María y, segundo, fue porque ella vio el infierno, y vio la ruina de las almas que caen en él”.
         Fue la visión del infierno y la meditación en su realidad, lo que llevó a Jacinta a crecer cada vez más en santidad, según Sor Lucía. Luego de que la Virgen les mostrara el infierno, Jacinta meditaba frecuentemente en él, según su prima: “Con frecuencia se sentaba en el suelo o en alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir: "¡El infierno, el infierno!”.
         Pero Jacinta no obraba por temor, sino por amor, pues se sacrificaba y hacía mortificaciones y mucha oración, porque estaba movida por un gran amor hacia los pecadores. No tenía miedo al infierno, pues confiaba en el amor y en la misericordia de Dios, pero sí tenía temor por los pecadores, y por ellos ofrecía su vida de niña.
         En otras palabras, la meditación en el infierno no significaba para ella una mortificación, sino que la hacía crecer en el amor espiritual a sus prójimos, sobre todo, aquellos que están más alejados de Dios, porque son quienes están próximos a caer en él.
         Muchos cristianos, que aparentemente son “buenos”, porque rezan y van a Misa, se desentienden, sin embargo, de la salud espiritual y del destino eterno de sus prójimos, considerando que no es asunto suyo, y olvidando que la misericordia es requisito indispensable para entrar en el cielo.
         Esta es la gran enseñanza de Jacinta Matos: el amor a las almas –por otra parte, un amor comunicado por el mismo Jesucristo y por la Virgen-, es lo que la lleva a padecer sed y hambre, a refrenar su enojo, a combatir sus caprichos, a implorar a Dios por la salvación de ellos.

         Al meditar en el infierno, y al tenerlo siempre presente, Jacinta nos da una lección de amor, de vida y de espiritualidad: en vez de angustiarse inútilmente ante la pavorosa realidad del infierno, Jacinta ofrece mortificaciones, ayunos, privaciones, oraciones, por la conversión de los pecadores, demostrando un gran amor por ellos, y con esto, imita a nuestro Señor, que sufrió la Pasión para salvar precisamente a los pecadores.
         Jacinta, siendo niña, adquirió, luego de las apariciones, una profunda visión de la malicia del pecado, que ofende a Dios, que es Bondad infinita, y de sus consecuencias para quien no se arrepiente, la condenación eterna.
Dice Sor Lucía: “Jacinta tomó la misión de hacer sacrificios por la conversión de los pecadores tan seriamente en su corazón, que nunca permitió que se le escapara una sola oportunidad... la sed de Jacinta por hacer sacrificios parecía insaciable. Con una delicada sensibilidad, Jacinta quedó llena de pena por esas pobres almas caídas en la perdición. Acostumbraba retirarse, y permanecía mucho tiempo, de rodillas, rezando por aquellos que se encontrasen en mayor peligro de condenación”.
Con frecuencia, llamaba a sus primos y les preguntaba: “¿Estáis rezando conmigo? Es necesario rezar mucho para librar las almas del infierno... ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiese mostrarles el infierno!”.
Y cuando, ya enferma, presentía su próxima muerte, le decía a Lucía: “Yo voy al cielo, pero tú que quedas aquí, si te permite nuestra Señora, dí a la gente cómo es el infierno para que no cometan más pecados y no vayan para allá”.
Nunca perdió el sentido sobrenatural que para todo ser humano tiene esta vida, y no sólo eso, sino que cada vez aumentó más, llegando al máximo cuando más enferma estaba y cuando más dolores padecía, pues la enfermedad, con sus sufrimientos, era para ella ocasión de crecer en la adoración y el amor de Dios, amor que le aumentaba a su vez el amor a las almas, lo cual la llevaba a hacer cada vez más penitencia y más mortificación por la conversión de los pecadores.
Es por esto que, después de estar enferma –lo cual eventualmente fue lo que la llevó a la muerte-, se bajaba de la cama, se postraba con la cabeza hacia el suelo y oraba como el Ángel les había enseñado por la gloria de Dios, a Jesús en los Tabernáculos del mundo, en reparación por las ofensas, sacrilegios e indiferencia por los que Dios era ofendido y para rogar por la conversión de los pobres pecadores.
Esto lo hizo siempre, incluso con la enfermedad muy avanzada, y como al hacerlo caía con frecuencia en el suelo, debido a su debilidad, un sacerdote la dijo que podía hacer la oración en la cama.
Este amor a los pecadores fue lo que llevó a Jacinta a mortificarse de una manera admirable. Por ejemplo, se mortificaba dejando de comer y dándole la comida a los pobres, y cuando lo hacía, decía así: “Ofrezco este sacrificio por los pecadores que comen demasiado”.
También hacía el sacrificio de beber agua sucia y en el mes de agosto dejaba de tomar agua durante todo el mes. Como forma de penitencia ella y su hermano usaban una cuerda amarrada a la cintura.
Por la conversión de los pecadores, y para evitar que cayeran en el infierno, aceptó la enfermedad, los alimentos y las medicinas que en esas circunstancias más le repugnaban.
También en el plano afectivo sufrió mucho, y todo lo aceptó con heroísmo: ofreció el sacrificio de ser separada de sus familiares y compañeros e ir al hospital, lejos de su casa y finalmente el sacrificio de morir sola, como le había dicho la Santísima Virgen.
Con relación a estas circunstancias que, vistas humanamente, son penosas y dolorosas, Sor Lucía escribe lo que Jacinta le dijo al despedirse: “Nuestra Señora me ha dicho que voy a Lisboa, a otro hospital, que no te volveré a ver más ni a mis padres. Que, después de sufrir mucho moriré sola; pero que no tenga miedo; que Ella me irá a buscar para llevarme al Cielo”. Luego abrazó a Lucía diciéndole: “Nunca más volveré a verte; tú no irás a visitarme allí. ¡Oye! reza mucho por mí, que moriré sólita”.
No puede entenderse la vida y muerte de Jacinta, sin aceptar primero que es la Virgen quien está, en persona, detrás de su vida, así como una madre amorosa está detrás de su hija. Y si la Virgen no sólo permitió, sino que le pidió algunos sacrificios, como el morir sola, es porque, uniendo Jacinta sus sacrificios y dolores a los de Cristo en la cruz, buscaba la salvación de los pecadores y el evitar que se condenaran.
Otro cambio que se notó en Lucía fue el amor a Jesús Crucificado y a la Eucaristía. Dice así Sor Lucía: “Estaba constantemente en una profunda contemplación de Dios, en un coloquio íntimo con Él. Buscaba el silencio y la soledad, y de noche se levantaba de la cama para expresarle su amor al Señor con mayor libertad. Decía: ‘¡Amo tanto a Dios! En algunos momentos, me parece que tengo un fuego en mi corazón, pero no me quema!’. Contemplaba con amor a Cristo crucificado y lloraba siempre que escuchaba el relato de la Pasión de Cristo”.
También aumentó en ella el amor por Jesús en la Eucaristía, a quien visitaba con frecuencia y por largo tiempo en la parroquia , escondiéndose en el púlpito donde nadie la podía ver. Anhelaba recibir el Cuerpo de Cristo, pero no se le era permitido por su edad.
Su amor por la Eucaristía se manifestaba en su participación en la Misa diariamente, después que se enfermó, pidiendo por la conversión de los pecadores, y les enseñaba a las enfermeras a arrodillarse frente a “Jesús escondido”, en el tabernáculo, en reparación por quienes lo ofendía. El amor a Jesús Eucaristía la llevaba a pedir que colocaran su cama cerca del balcón para poder ver el tabernáculo de la capilla del hospital.
Además de Jesús y los pecadores, Jacinta amaba, con amor tierno de hija, a la Santísima Virgen. Una mentalidad racionalista diría que no podría amar a quien la había hecho sufrir mostrándole el infierno, pero en las cosas de Dios el racionalismo es superado por la Sabiduría divina, y es así como Jacinta demostraba su amor creciente a la Virgen secundando todos sus pedidos –desde el inicio, sus ansias de mortificación, sus ayunos, sus penitencias, se debían todas al deseo de complacer a la Virgen-, rezando el Rosario y jaculatorias en su honor, y entre estas, su preferida era: “Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”.
La Santísima Virgen se convirtió en su directora espiritual, y bajo su dirección maternal Jacinta se convirtió en una mística.
Como no podía recibir la Comunión en reparación, como lo había pedido la Virgen ella exclamaba: “¡Tengo tanta pena de no poder comulgar e reparación de los pecados que se cometen contra el Inmaculado Corazón de María!”.
A pesar de su corta edad, y a pesar de que a los ojos del mundo nada podía hacer, pues se encontraba en la fase terminal de una enfermedad mortal, ofrecía todo lo que le era posible: oraciones y sacrificios, y todos sus sufrimientos, tanto los físicos, producidos por la enfermedad, como los espirituales, producidos por la separación de sus seres queridos. Le decía a Lucía: “Sufro mucho, pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para reparar al Corazón Inmaculado de María”.
Para quienes se escandalizan porque una niña no coma y no beba, y ofrezca sus sufrimientos para que otros eviten el infierno, están las palabras del cardenal Prelado de Lisboa, en el 25º aniversario de las apariciones de Fátima, quien dijo que la vida de Jacinta “es un perfecto resumen de los que María santísima pidió en Fátima y nos sigue pidiendo a cada uno de nosotros. Podríamos decir que la vida de Jacinta es como la ‘llave’ que nos abre el mensaje del Inmaculado Corazón”.
En otras palabras, es la Santísima Virgen María quien le pide a una niña que haga todo esto, y si se critica a la niña, se critica entonces a la Santísima Virgen.
También amaba mucho al Papa, como Vicario de Cristo, y luego de una visión que tuvo, en la que veía al Santo Padre sufrir mucho, su amor por él aumentó todavía más. Fue a Sor Lucía a quien le reveló esta visión sobre el Papa: “Un día...me llamó Jacinta. ¿No has visto al Santo Padre? -No. –“No sé cómo fue. Vi al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas delante de una mesa, con las manos en la cara llorando. Afuera había mucha gente, unos le tiraban piedras, otros le maldecían y le decían muchas palabras feas. ¡Pobrecito el Santo Padre!. Tenemos que rezar mucho por él!”.
Jacinta tuvo todavía otra visión más acerca del Santo Padre, la cual es relatada así por Sor Lucía: “En otra ocasión me llama Jacinta: -‘¿No ves tantas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada que comer? ¿Y el santo Padre en una Iglesia rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?’”.
¿A cuál de los Papas se refiere Lucía? Podrían ser los Papas Benedicto XV, que reinó durante la primera guerra mundial, y Pío XII, que hizo lo propio durante la segunda, pero es imposible saberlo.
Sea como fuere, Jacinta ofrecía oraciones y sacrificios por el Santo Padre y tenía un deseo muy grande de que el Papa fuera a Fátima. Esto se cumplió después de su muerte.
Antes de morir, Jacinta le dijo a Lucía: “Yo, en el cielo, voy a pedir mucho por ti, por el Santo Padre, por Portugal para que la guerra no venga aquí y por todos los sacerdotes”.
Mientras las fuerzas de su cuerpo iban decayendo por la enfermedad, su abandono a la voluntad de Dios fue completo.
Tres días antes de morir, la Santísima Virgen la visitó, y le prometió que iba a venir a buscarla y le quitó todos los dolores. La Virgen le dijo también que moriría el 20 de febrero de 1920. Ese día, recibió el sacramento de la confesión pero, como el sacerdote no la veía tan mal le dijo que le daría el viático al día siguiente. Jacinta sabía que no llegaría al día siguiente y aceptó el no poder recibir a Jesús en la Eucaristía. Esa noche a las 10:30 P.M. la Santísima Virgen vino a buscar a su fiel discípula y amante de su Inmaculado Corazón y amiga de los pecadores.
Una vez muerta, su cuerpo experimentó también una transformación, y se sucedieron varios hechos prodigiosos. La enfermera Nadeja Silvestre dijo al contemplar el cuerpo inmóvil de Jacinta: “No parecía ser la misma niña; se transformó en radiante y preciosa”.
Cuando la Madre Gohdino hacía vigilia junto al féretro de Jacinta se fijó en la pequeña lámpara que brillaba a su lado. Quedó sorprendida al ver como la lámpara ardía tan brillantemente y no tenía nada de aceite.
Su cuerpo, que debido a la enfermedad y a las heridas de su cuerpo no despedía un olor agradable antes de morir, después que murió despedía un perfume suave.
Cuando su cuerpo fue llevado a la Iglesia de Lisboa, las campanas comenzaron a tocar sin que nadie las estuviese moviendo y con la puerta cerrada. Una vez Jacinta dijo que había escuchado a los ángeles cantar, pero que ellos no cantaban como los hombres. Y es muy probable que hayan sido los ángeles los que hayan tocado las campanas de la Iglesia dándole la bienvenida a la que entregó toda su corta vida cumpliendo los designios del Corazón de Jesús a través del Corazón de María.
         Cuando Jacinta se despidió de Lucía, le dijo estas palabras, que nos las dice también a nosotros: “Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho,  que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María”.



martes, 15 de marzo de 2011

Jesús reza y ayuna en el desierto por mí

Después de ayunar durante cuarenta días y noches,
Jesús es tentado por el demonio,
que se le aparece como un fraile con cuernos
Autor: Juan de Flandes

Estamos en Cuaresma, y por eso el sacerdote usa ornamentos de color morado. ¿Qué quiere decir “Cuaresma”? ¿Qué tenemos que hacer en Cuaresma?

Para responder qué es la Cuaresma, y qué tenemos que hacer en Cuaresma, tenemos que fijarnos en Jesús, porque “Cuaresma” viene de “cuarenta”, que son los días que Jesús se fue al desierto, sin comer nada, y rezando todo el día.

“Cuaresma” quiere decir entonces “cuarenta”, por los cuarenta días que Jesús estuvo en el desierto. Y si Jesús fue al desierto, nos tenemos que preguntar si Jesús estuvo cómodo en el desierto, o no. Para saberlo, veamos cómo es el desierto.

¿Cómo es el desierto? ¿Alguien fue alguna vez a un desierto, o aunque sea lo vio en películas? Seguramente, que casi ninguna de nosotros ha estado en el desierto, pero tal vez hemos visto alguna vez el desierto en un documental, o en las clases de geografía o de historia en la escuela. Bueno, resulta que el desierto es un lugar muy peligroso, porque no hay nada ni nadie; no hay nada de comida –no se puede plantar nada porque en vez de tierra, hay arena, y en la arena no crecen las plantas, sólo los cactus, pero los cactus no se pueden comer-; no hay nada de agua, porque no llueve nunca, porque nunca hay nubes en el cielo, sino solamente el sol, que quema la piel y que hace tener mucha sed; puede ser que haya agua en algún pozo, que se llama “oasis”, pero capaz que hasta que encontrás uno, ya te morís; en el desierto no hay personas, porque nadie puede vivir en un lugar así; en el desierto también hay animales como las víboras, que son venenosas, y si te muerden, te matan, porque te inyectan el veneno; además hay insectos como las arañas, que también son peligrosas; también hace mucho, muchísimo calor durante el día, y no hay ni un árbol para que te haga un poco de sombra, y a la noche, hace mucho pero mucho frío, con temperaturas bajo cero, y sino te tapás bien con una frazada, te podés morir congelado.

Jesús fue al desierto por nosotros, y por eso en Cuaresma nos acordamos de todo lo que Jesús sufrió en el desierto por nosotros: calor, frío, hambre, sed; el peligro de las alimañas, como las víboras, las arañas; y al final de todo, tuvo que soportar verlo al diablo, con todo lo feo que es, y además lo dejó que lo tentara, para enseñarnos que nosotros podemos vencer al diablo con la ayuda de Él, que es Dios.

Jesús no tuvo ninguna comodidad en el desierto, y sufrió mucho, y todo lo que Él sufrió, lo sufrió por nosotros, por amor a nosotros, para que nosotros pudiéramos salvarnos.

En Cuaresma entonces tenemos que acordarnos de Jesús, que por nosotros, para salvarnos, se fue al desierto, a pasar hambre y sed, frío y calor, y después le ganó al demonio cuando éste lo trató de engañar con las tentaciones.

Pero no solo nos tenemos que acordar de Jesús: también tenemos que unirnos a Jesús, es decir, tenemos que tratar de entrar dentro del Corazón de Jesús. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos entrar dentro del Corazón de Jesús? Haciendo algún pequeño sacrificio, como por ejemplo, privarme de algo que me gusta, o comer sin protestar lo que no me gusta, o hacer todo lo que me pidan sin renegar, o no pelear con los hermanos, o contestar bien a los papás y a los mayores, o también no jugar tanto a los video-juegos, estudiar más, ayudar más en la casa. Todo eso se llama “mortificación” y “penitencia”, y es la forma en la que podemos estar junto a Jesús que está en el desierto.

No puedo yo estar cómodo en mi casa, jugando todo el día, o portándome mal o más o menos, si Jesús está en el desierto sufriendo por mí.

Por eso, en Cuaresma, para ser agradecidos con Jesús, que por mi salvación está en el desierto, le prometamos a Jesús que vamos a tratar de hacer más penitencia y más mortificación, y vamos a rezar todos los días, para estar cerca, muy cerca de Él en el desierto. Y si hacemos penitencia y mortificación, y si rezamos y tratamos de ser buenos, vamos a estar muy pero muy cerca de Jesús: tan cerca, que vamos a estar dentro de su Sagrado Corazón.