Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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martes, 19 de abril de 2022

En la Resurrección, el Santo Sepulcro resplandeció y se escucharon cantos de ángeles

 



         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesús?

         Para saber cómo fue, entremos respetuosamente, con el espíritu y el corazón, al Santo Sepulcro, el día del Viernes Santo y quedémonos ahí arrodillados, en un rincón, viendo lo que pasa.

         En el Santo Sepulcro está, tendido sobre la loza, el Cuerpo muerto de Jesús; allí lo habían llevado sus amigos después de desclavarlo y bajarlo de la cruz. Se lo entregaron a su Mamá, la Virgen, para que lo tuviera un rato entre sus brazos y luego lo envolvieron en una sábana y lo llevaron en procesión hasta el sepulcro.

         De rodillas, vemos cómo la Virgen es la última en salir del sepulcro; luego, los amigos de Jesús cierran la puerta con una pesada piedra. En el Santo Sepulcro, todo es oscuridad y silencio; no se puede ver nada, porque no entra la luz del sol y no se escucha nada, porque sólo se encuentra Jesús, que está muerto sobre la piedra fría.

         De pronto, sucede algo inesperado: a la altura del Corazón de Jesús, se comienza a ver una pequeña lucecita, la cual se va haciendo cada vez más grande y más intensa; además, esta luz empieza a correr rápidamente por todo el Cuerpo de Jesús, dándole vida a todo su Cuerpo, además de iluminarlo. Así, en un segundo, la luz que había nacido en el Corazón de Jesús, recorrió todo su Cuerpo, iluminándolo y dándole vida, de manera que en cerrar y abrir de ojos, Jesús vuelve a la vida, iluminando todo el Santo Sepulcro, con una luz más fuerte que miles de millones de soles juntos.

         Pero además pasa otra cosa: cuando la luz aparece en el Corazón de Jesús, el Corazón comienza a latir con mucha fuerza, porque vuelve a la vida y como late con mucha fuerza, se escucha el retumbar del Corazón de Jesús en todo el Santo Sepulcro y a los latidos de Jesús se les suman los cantos de los ángeles, que bajan del Cielo y comienzan a cantar, alegres porque Jesús vuelve a la vida. Entonces, si antes de la Resurrección solo había oscuridad y silencio, ahora está resplandeciente con la luz de la gloria de Dios que brota del Cuerpo de Jesús y se escuchan los latidos del Corazón de Jesús y los cantos de los ángeles. Jesús vuelve a la vida que Él tenía junto al Padre desde la eternidad y así se aparece primero a su Mamá y después a los discípulos y al finalizar los cuarenta días, sube al Cielo, en donde está sentado a la derecha de Dios Padre. En esto consiste la Resurrección de Jesús.

         Por último, debemos recordar que Jesús está en el Cielo, glorioso y resucitado, pero también está aquí en la tierra, con el mismo Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía y así Jesús cumple la promesa de que iba a estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Acerquémonos entonces a Jesús resucitado y glorioso, para que Él nos dé luz, la vida y el Amor de Dios.     

 

lunes, 18 de abril de 2022

Jesús resucitó y está vivo y glorioso en la Eucaristía


 


         Hemos vivido la Semana Santa, en la cual hemos participado de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

         ¿Qué quiere decir “resurrección”? ¿Qué importancia tiene para mi vida personal?

         Primero, recordemos lo que pasó el Viernes Santo: Jesús estuvo en la cruz desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde. A las tres de la tarde, como consecuencia de toda la sangre que había perdido a causa de las heridas, y porque ya no podía respirar más porque estaba colgado de la cruz, Jesús murió. Esto quiere decir que su Alma se separó de su Cuerpo; con su Alma, unida a Dios, bajó al Limbo de los justos, para rescatar a los santos del Antiguo Testamento y llevarlos al Cielo y nos abrió las puertas del Reino de los cielos, que estaban cerradas para nosotros por causa del pecado de Adán y Eva. Con su Cuerpo unido a Dios, Jesús quedó en el Santo Sepulcro y ahí nos quedamos nosotros, de rodillas, contemplando lo que pasa. Ahí estaba todo oscuro y todo en silencio. Jesús estaba muerto, tendido en la loza y cubierto con la Sábana Santa. Así pasó todo el Viernes Santo y todo el Sábado Santo. Entonces, el Domingo por la madrugada, a la altura del Corazón de Jesús, comenzó a brillar una luz pequeñita al inicio, pero que se fue haciendo cada vez más grande y comenzó a expandirse por todo el Cuerpo de Jesús; a medida que la luz corría por el Cuerpo de Jesús, volvía a la vida y así, cuando llegó a su Corazón la luz, su Corazón comenzó a latir, con mucha fuerza y ahí fue cuando Jesús, volviendo a la vida, con su Cuerpo lleno de la luz de Dios, se puso de pie en el Santo Sepulcro, venciendo a la muerte, al demonio y al pecado.

         Entonces, si antes en el Santo Sepulcro estaba todo a oscuras y en silencio, ahora estaba todo iluminado, como si hubiera mil soles juntos, porque era la luz de Dios que salía del Cuerpo glorioso de Jesús y si antes estaba todo en  silencio, ahora se escuchaba el latido del Corazón de Jesús, que había vuelto a latir y que se hacía escuchar por todo el Sepulcro. También comenzaron a escucharse cantos de los ángeles de Dios, que se alegraban y le cantaban contentos a Jesús, porque había resucitado.

         Así fue la Resurrección de Jesús: su Cuerpo, que estaba muerto, sin vida, en el Santo Sepulcro, ahora estaba vivo, resplandeciente, luminoso, de pie y es así como está ahora en el Cielo, adonde lo adoran los ángeles y los santos.

         ¿Y cuál es la importancia para mi vida? Es muy importante, porque el mismo Jesús que está resucitado en el Cielo, es el mismo Jesús que está resucitado en la Eucaristía y cuando yo recibo la Eucaristía, recibo la vida de Dios que está en el Corazón de Jesús. Y así, viviendo todavía en esta vida de la tierra, ya empiezo a vivir la vida del Cielo, una vida que es para siempre y en donde no hay tristeza, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte, sino alegría y felicidad para siempre. Entonces, si yo quiero vivir en el Cielo para siempre, tengo que recibir a Jesús resucitado en la Eucaristía, hasta el último día de mi vida, para seguir viviendo para siempre en el Cielo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: El que quiera ser primero sea el servidor de todos



(Domingo XXV – TO – Ciclo C – 2018)

         “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Mientras Jesús les está hablando a sus discípulos y les revela por anticipado qué es lo que le va a suceder –será traicionado, encarcelado, crucificado y luego resucitará-, ellos, en vez de prestar atención a lo que Jesús les dice, estaban “discutiendo entre sí” y la razón de la discusión era porque todos querían ser el más grande. Es decir, mientras Jesús les avisa que se vienen tiempos de mucho peligro y dolor, porque Él será crucificado y morirá y que solo después de esto vendrá la alegría y la resurrección, los discípulos no escuchan a Jesús y si lo escuchan, no les importa lo que les está diciendo: cada uno de ellos está pensando en otra cosa; cada uno de ellos piensa en ser el más importante; cada uno de ellos piensa en recibir aplausos, honores, agasajos. Jesús les habla de la Cruz y de la Resurrección, que es lo más importante en esta vida, y ellos están pensando en quién va a ser el más grande, para recibir el aplauso de los hombres. Con esto, demuestran que no entienden lo que Jesús les dice –el Evangelio afirma que “no comprendían” lo que Jesús les decía- y que no les importa tampoco, porque en vez de la Cruz y la Resurrección, ellos quieren que los traten como a gente importante.
         Lo que Jesús les dice, acerca de la Cruz y la Resurrección, es lo que realmente importa en esta vida, porque estamos en esta vida para subirnos a la Cruz, morir al hombre viejo y luego resucitar para la vida eterna. Lo que los discípulos quieren, el ser considerados como importantes y así recibir los aplausos de los hombres, no sirve para nada, porque los aplausos que los hombres se dan entre sí, no valen nada ante los ojos de Dios. Los hombres acostumbran a aplaudirse unos a otros -y muchas veces se aplaude al que hace el mal-, pero este aplauso se llama “gloria mundana” y no sirve de nada ante los ojos de Dios. A los ojos de Dios, solo tiene valor la gloria de Dios y la gloria de Dios es Jesús crucificado. Si realmente queremos ser los primeros, no busquemos el aplauso de los demás: trabajemos por el Reino de los cielos, subamos a la Cruz y así seremos llevados al Cielo, en donde reinaremos con Jesús y la Virgen para siempre.

domingo, 16 de abril de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús resucitó


(Domingo de Resurrección – Ciclo A - 2017)

         El Domingo de Resurrección, la Iglesia está de fiesta, una fiesta que es más grande todavía que Navidad. ¿Por qué? Porque Jesús resucitó. ¿Qué quiere decir “resucitó”?
         Para saberlo, recordemos qué pasó el Viernes Santo: después de estar tres horas crucificado, es decir, clavado en la cruz sus manos y sus pies con tres clavos de hierro, Jesús murió y su Cuerpo fue llevado a un sepulcro nuevo, excavado en la roca.
Hagamos de cuenta que nosotros estamos dentro del sepulcro, junto con Jesús: Jesús está tendido sobre la roca, y el sepulcro está todo oscuro, en silencio y frío. Así pasó todo lo que quedaba del día del Viernes Santo y todo el Sábado Santo, hasta que el Domingo a la mañana, bien tempranito, vemos algo: a la altura del Corazón de Jesús, comienza a brillar una luz, que es muy pequeñita primero, pero que va creciendo y va recorriendo todo el Cuerpo de Jesús, y a medida que lo recorre, le va devolviendo la vida, hasta que todo el Cuerpo de Jesús está lleno de luz y de vida, y Jesús se levanta del sepulcro, vivo y glorioso, resplandeciente, con una luz que brilla más que miles de soles juntos. Si antes había silencio en el sepulcro, ahora se escuchan, primero, los latidos del Corazón de Jesús y, después, los cantos de los ángeles; si antes estaba oscuro, ahora todo brilla con la luz de la gloria de Dios, que sale del Cuerpo vivo de Jesús; si antes estaba frío, ahora lo invade todo el calor del Amor de Dios. Y nosotros, que estamos ahí en el sepulcro, nos alegramos y nos arrodillamos, para adorar a Jesús, que ha resucitado. Esto es lo que sucedió el Domingo de Resurrección: Jesús volvió a la vida, pero una vida distinta a esta que tenemos, porque su Cuerpo adquiere poderes especiales: es luminoso, puede atravesar puertas y paredes –cuando resucita, no se saca la Sábana Santa como lo hacemos cuando nos levantamos de dormir, sino que atraviesa la Sábana Santa y deja su imagen allí impresa-, no sufre ni siente dolor, no envejece y, lo más importante, ¡no muere más!
Pero lo más lindo de todo es que este Jesús resucitado, con su Cuerpo así glorioso y lleno de la vida, la luz y el Amor de Dios, viene a nosotros en cada comunión eucarística, para darnos esa misma luz, que es su Vida eterna, como una semilla, para que ya tengamos, como en germen, la resurrección, para que también nosotros seamos capaces de resucitar junto con Él. Cuando resucitemos, nuestro cuerpo tendrá los mismos poderes de Jesús: estará lleno de luz, no sufrirá, podremos atravesar puertas y paredes, y estaremos llenos de la gloria y del Amor de Dios. ¿Por qué hace todo esto Jesús? Porque Él quiere que nosotros estemos con Él en el cielo, y es para eso que, en cada comunión, nos da la vida eterna como en germen, como en semilla. Esto es entonces lo que festejamos en la Resurrección: que Jesús ha vencido a la muerte, que está con su Cuerpo glorioso en la Eucaristía, y que cuando comulgamos, recibimos su vida eterna en germen, para después poder resucitar. Cada vez que comulguemos, nos acordemos entonces de cómo resucitó Jesús el Domingo de Resurrección, y le agradezcamos, con todo el amor del que seamos capaces, que haya resucitado y que nos dé su vida eterna y su Amor en cada comunión.


sábado, 1 de abril de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús resucita a Lázaro


(Domingo V – TC – Ciclo A – 2017)

         En este Evangelio Jesús realiza un milagro impresionante: resucita a su amigo Lázaro, que ya estaba muerto desde hacía cuatro días. Para darnos cuenta de lo grandioso de este milagro y del poder divino de Jesús, recordemos qué pasa en el momento de la muerte: el alma, que es espiritual y tiene vida, se separa del cuerpo, que es material y, sin el alma, queda sin vida. El alma va, inmediatamente, a recibir lo que el Catecismo llama: “Juicio Particular”, en donde Dios da el premio a los que obraron el bien –el cielo- y el castigo –el infierno- a los que obraron el mal. El cuerpo queda en la tierra, para ser velado y sepultado y apenas el alma se separa de él, comienza un proceso de descomposición orgánica y por esa razón, hay que sepultarlo. Esto era lo que le había sucedido a Lázaro: su alma se había separado de su cuerpo y por lo tanto, su cuerpo estaba muerto y ya desde hacía cuatro días.
         Cuando llega Jesús, después de hablar con Marta –Jesús era muy amigo de los tres hermanos de Betania, María, Marta y Lázaro- y después de decirle que Él es “la resurrección y la vida”, le dice a Lázaro, que yace en la tumba: “¡Lázaro, levántate y sal afuera!”. En ese momento, el alma de Lázaro, reconociendo la voz de su Dios, el Dios que la había creado, se une inmediatamente a su cuerpo y el cuerpo, unido al alma, comienza a vivir como antes de la muerte.
         Es un milagro de resurrección, asombroso, que sólo Dios puede hacer y que nos demuestra que Jesús es Dios y que Él tiene poder sobre la muerte; Él es más fuerte que la muerte, porque Él es la Vida en sí misma.
         El milagro de la resurrección de Lázaro nos da muchas fuerzas, porque por un lado, si sufrimos la pérdida de un ser querido, sabemos que Jesús ha vencido a la muerte y que, por su misericordia, existe la posibilidad de reencontrarnos con ellos, si obramos el bien, vivimos en gracia y evitamos el pecado. Por otro lado, nos reconforta el saber que nuestro Dios es más poderoso y fuerte que la muerte, porque Él es el Dios de la vida.
         Pero hay algo que tenemos que saber, y es que en la Misa, Jesús obra un milagro más grande todavía que el de Lázaro, porque en el Evangelio lo que hizo fue simplemente unir el alma con el cuerpo, mientras que en la Misa, convierte el pan sin vida en su Cuerpo y Sangre, que es la Eucaristía; además, con nosotros nos demuestra un amor infinitamente más grande que para con sus amigos Marta, María y Lázaro, porque a Marta sólo le dijo que Él era la “resurrección y la vida”, mientras que a nosotros no nos dice que es la resurrección y la vida, sino que nos da esa misma resurrección y vida eterna, como en germen, como en semilla, en la Eucaristía, porque en la Eucaristía es Él mismo, el Dios de la vida, en Persona.

         “¡Lázaro, levántate y sal afuera!”. Si a Lázaro lo llamó a una nueva vida, que era en realidad la vida que ya tenía antes de morir, a nosotros, en la Santa Misa, al donarse Él mismo en la Eucaristía y siendo Él la resurrección y la vida, nos llama a levantarnos de nuestra muerte espiritual y salir fuera del mundo, para vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia, la vida de Dios, por lo que no podemos seguir viviendo más como hijos de las tinieblas, sino como hijos de la luz, es decir, como hijos de Dios, que es Luz.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Evangelio para Niños: “En el cielo nadie se casa, porque todos son como ángeles”


(Domingo XXXII – TO – Ciclo C – 2016)

         En la época de Jesús había una gente que decía que no era verdad que después de esta vida, había resurrección. Pero Jesús les contesta y les dice: “En el cielo nadie se casa, porque todos son como ángeles, y los que vivan en gracia en esta vida, van a resucitar, porque el que los va a resucitar es Dios, que es el Dios de la Vida”.
         Pero después dice también que Él es ese Dios de la Vida: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida (…) Yo Soy el Pan de Vida y el que come de este Pan, aunque muera, vivirá, porque Yo doy la Vida eterna”. Y como ese Pan de Vida es la Eucaristía, quiere decir que Jesús, que es Dios, está en la Eucaristía, y desde la Eucaristía nos da la vida eterna a los que toman la Comunión Eucarística con fe y con amor.
         Entonces, nosotros, los católicos, tenemos que considerarnos muy afortunados, porque no solo creemos que existe la resurrección, sino que recibimos, por la Comunión Eucarística, al Dios Viviente, que está oculto en la Eucaristía y que desde la Eucaristía nos da su vida divina.

         Esta es la alegre noticia que debemos transmitir los católicos: que Jesús ha resucitado y está vivo y glorioso en la Eucaristía. ¿Y cómo podemos decir esto a los demás? Con obras de misericordia y viviendo en gracia.

domingo, 22 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños: “El grano de trigo tiene que morir para dar fruto”


(Domingo V – TC – Ciclo B – 2015)

         Jesús habla de un grano de trigo, que tiene que caer en la tierra, hundirse, desaparecer y así morir, como grano, para dar lugar al fruto, que es la espiga, cargada de trigo, con el cual se hace el pan. Si el grano de trigo no cae y muere, no puede dar fruto.
         ¿Quién es ese grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto?
         Es Él en la cruz: Él, en la cruz, es el grano de trigo que muere el Viernes Santo, es sepultado en el sepulcro, permaneciendo allí tres días, hasta el Domingo de Resurrección, y el Domingo, da el fruto de la Resurrección. Él es el grano de trigo que muere y germina, dando el fruto de la Resurrección, que es el Pan de Vida eterna, su Cuerpo resucitado.
         Así como el grano de trigo muere, es enterrado, germina, da el fruto de la espiga de trigo y al trigo se lo cuece con el fuego, para hacer el pan que nos alimenta y nos da vida, así Jesús en la cruz, es el grano de trigo que muere en la cruz, es sepultado en el sepulcro, y germina, es decir, da el fruto de la resurrección, porque su Cuerpo, que es como la espiga de trigo, recibe, en el sepulcro, de Él mismo y del Padre, el soplo del Espíritu Santo, que es Fuego de Amor Divino, y ese Fuego que es el Espíritu Santo, es el Fuego que cuece, que cocina el trigo, y convierte el trigo, que es el Cuerpo de Jesús, en Pan Vivo bajado del cielo, que cuando lo consumimos en la Comunión, nos da la vida eterna.

         Si Jesús es el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto, nosotros también somos el grano de trigo que tiene caer en tierra y morir para dar fruto: morir al hombre viejo, el hombre dominado por el enojo, el egoísmo, la pereza, la envidia, los deseos malos, para así dar fruto, que es vivir la vida de la gracia, la vida de la pureza, de la castidad, del Amor de Dios a los papás, a los hermanos y a todo el mundo.

sábado, 5 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: “Lázaro sal fuera”


(Domingo V - TC – Ciclo C – 2014)
         Jesús tenía unos amigos a los cuales quería mucho: Lázaro, Marta y María. Un día, Lázaro se enfermó gravemente, y entonces sus hermanas Marta y María lo mandaron a llamar para que lo fuera a sanar. Pero resulta que Jesús, en vez de ir en el mismo momento, esperó dos días antes de ir a casa de Lázaro y cuando llegó, Lázaro ya había fallecido.
Muchos se preguntaban por qué Jesús se demoró tanto en ir a la casa de Lázaro, porque Jesús haber subido a un caballo o a un carro e ir a todo galope y así podía llegar rápidamente para hacer un milagro y salvar a Lázaro. O incluso ni siquiera tenía necesidad de viajar hasta donde estaba Lázaro: Jesús era Dios, y podía hacer el milagro a distancia, como lo había hecho en otras oportunidades. Pero Jesús dejó que Lázaro muriera, y muchos se preguntaban por qué Jesús hizo eso. Y otra cosa que se preguntaban muchos era que si Lázaro había muerto ya hacía cuatro días, ¿dónde estaba su alma? ¿Adónde fue el alma de su amigo Lázaro esos cuatro días en que estuvo muerto?
Para la primera pregunta, de porqué Jesús dejó que Lázaro muriera, la respuesta es que Jesús dejó que Lázaro muriera para que todos fueran testigos de que Él era Dios en Persona y de que Él tenía el poder de resucitar y de dar la vida, algo que sólo puede hacer Dios y nadie más que Dios, y eso es lo que Jesús hace cuando le dice a Lázaro parado fuera de la tumba: “Lázaro, sal fuera”.
Para la segunda pregunta, la respuesta es que Lázaro fue al infierno, pero no al infierno de los condenados, sino al infierno de los justos, a ese infierno al que bajó Jesús, el que nosotros rezamos en el Credo, cuando decimos: “Descendió a los infiernos” (cfr. IV Concilio Lateranense, 1215), porque ahí iban todos los justos del Antiguo Testamento antes de la Resurrección de Cristo. ¿Cuándo bajó Jesús a los infiernos? Cuando murió en la cruz el Viernes Santo. En ese momento, su Alma gloriosa se desprendió de su Cuerpo glorioso y bajó al Infierno –no al infierno de los condenados, sino al Seno de Abraham, donde estaban todos los justos del Antiguo Testamento, y donde había ido el alma de Lázaro-, y allí estaban Adán y Eva y todas las almas buenas que habían muerto en paz con Dios y con el prójimo pero que no podían entrar en el cielo. Entonces Jesús bajó con su Alma gloriosa para llevar a todas esas almas justas al cielo, y eso es lo que nosotros creemos y repetimos en cada Domingo, y cada vez que rezamos el Credo cuando decimos: “Descendió a los infiernos”. A ese infierno, que no es el de los condenados –porque los condenados en el infierno donde está el Diablo ya no pueden salir nunca más- es  adonde fue Lázaro. Y como Cristo es Dios, cuando Jesús llegó a casa de Lázaro y le dijo: “Lázaro, sal fuera”, con esa sola orden, le ordenó a su alma que regresara de la región del infierno, del Hades, y que su alma se uniera a su cuerpo y volviera a vivir.

En este Evangelio, entonces, Jesús nos muestra que Él es Dios y que es la Resurrección y la Vida y que así como resucitó a Lázaro, así nos va a resucitar a nosotros. Imaginemos el asombro de los que veían a Lázaro que estaba muerto y empezaba a caminar porque Jesús le había hecho el milagro de resucitarlo. Pero nosotros en la Misa, en la comunión, recibimos un milagro muchísimo más grande que ser vueltos a la vida, porque recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús y eso vale mucho más que el don de la vida terrena que recibió Lázaro.

domingo, 31 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: Domingo de Resurrección



¿Cómo fue la resurrección de Jesús? Desde el Viernes Santo, cuando dejaron el Cuerpo en la tumba y cerraron la puerta con una piedra grande, el sepulcro había quedado muy oscuro, tan oscuro que casi no se veía nada. También estaba todo muy silencioso. Así pasó todo el Viernes y también todo el Sábado Santo, hasta que el Domingo a la mañana bien tempranito, antes de que cante el gallo y de que salga el sol, cuando se empezaba a ver en el cielo la estrella de la mañana –esa estrella grande que avisa que la noche está terminando y que ya llega el nuevo día porque está por salir el sol-, en el sepulcro pasaba lo siguiente: en el Cuerpo de Jesús, en su pecho, a la altura de su Corazón, comenzó a brillar una lucecita, muy pequeña, pero muy brillante.
Al principio era muy chiquita, pero después empezó a crecer cada vez más y a ponerse cada vez más brillante, y comenzó también a correr por todo el Cuerpo de Jesús, y a medida que iba alcanzando su Cuerpo, lo iba transformando de material en glorioso, llenándolo de luz, de vida y de gloria, y cuando llegó a su Cabeza, a sus manos y sus pies, es decir, cuando la luz que salía de su Corazón llenó todo el Cuerpo, Jesús abrió los ojos y, atravesando el sudario –que desde entonces se llama “Sábana Santa”-, se puso de pie, iluminando el sepulcro con una luz más brillante que miles de millones de soles juntos.
Otra cosa que pasó en el sepulcro el Domingo, el Día de la Resurrección fue que, hasta que la lucecita empezó a brillar en el Corazón de Jesús, hasta ese momento, estaba todo en un silencio tan grande que no se escuchaba nada. Pero cuando la lucecita empezó a brillar, y a medida que se iba haciendo cada vez más grande, se empezó a escuchar como si fuera un tambor, con un sonido muy dulce. Se escuchaba, cada vez con más fuerza, algo así como: “Tum-tuc; tum-tuc”. ¿Qué era ese ruido de tambor? ¡Era el Corazón de Jesús, que volvía a latir después de haber estado quieto, sin latir, desde el Viernes Santo! “¡Tum-tuc! ¡Tum-tuc! ¡Tum-tuc! ¡Tum-tuc!”. Los ángeles –ahí estaban todos, desde San Miguel Arcángel, que es el Jefe de la milicia celestial, hasta mi ángel guardián, y el de mi mamá, el de mi papá, los de mis hermanos, los de todo el mundo- se alegraron tanto cuando sintieron el latido del Corazón de Jesús, que comenzaron a cantar hermosísimas melodías en honor de Jesús, y el canto de los ángeles era tan armonios y fuerte, que hacía vibrar las paredes del sepulcro. También la Virgen, que no estaba en el sepulcro, sino en su casita, rezando, sintió el latido del Corazón de su Hijo, que volvía a la vida, y por eso se alegró muchísimo: “¡Jesús ha resucitado!”, decía con alegría la Virgen, y cantaba un canto más hermoso que el canto de los ángeles.
Después, Jesús, que ya estaba de pie en el sepulcro, salió atravesando las paredes, porque su Cuerpo estaba lleno de la gloria de Dios, y se fue a visitarla a su Mamá, la Primera que supo que Él había resucitado, y sólo después de darle estrecharla contra su Corazón, fue a avisarles a los demás que había resucitado, pero eso lo vamos a ver en otro momento, si Dios quiere.
¡Así fue la Resurrección de Jesús!

viernes, 26 de octubre de 2012

La Santa Misa para Niños XXIX - La fracción del Pan



Fracción del Pan.

En esta parte de la Misa, dice así el Misal Romano (el libro rojo que el Padre lee en el altar): “El celebrante toma el pan consagrado y lo parte sobre la patena”. El sacerdote parte la Hostia consagrada por la mitad, corta un pequeño pedacito, y lo echa en el cáliz. ¿Por qué hace esto el sacerdote?
Para saberlo, tenemos que acordarnos de tres cosas: del Jueves Santo, cuando Jesús estaba en la Última Cena, del Viernes Santo, cuando Jesús murió en la Cruz, y de esa vez que Jesús, después de resucitar, se encontró con los discípulos de Emaús.
En la Última Cena Jesús también tomó el pan, dio gracias a su Papá del cielo, lo partió y se lo dio a sus amigos, y les dijo: “Tomen y coman todos de Él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por ustedes”.
Lo que Jesús nos quiere decir es que por este Pan, que es la Eucaristía, todos somos hermanos, no de sangre, sino por el Espíritu Santo, porque todos comemos del mismo Pan, y como en este Pan está el Espíritu Santo, todos recibimos el Espíritu Santo.
Pero también es una profecía –Jesús, como era Dios, sabía todo lo que iba a pasar en el futuro- sobre su propia muerte en la cruz: así como el Pan es “roto” o “partido” sobre la patena, así su Cuerpo será –como el pan- “roto” y “partido” en la cruz.
También, como Jesús era judío, hace esto porque ésa era la costumbre entre los judíos: el jefe de la familia, el padre, tomaba el pan en la Pascua, lo partía y lo distribuía entre la familia, y esa costumbre la toma Jesús, y pasa a la Iglesia. Por eso es que sólo los sacerdotes pueden distribuir la Hostia consagrada, y por eso es que los fieles no pueden, por sí mismos, tomar la Hostia o el cáliz por sí mismo.
Al partir el pan, Jesús nos está diciendo que nos entrega su Cuerpo, que ha sido “roto” en la Cruz, por todos los azotes, los golpes, los clavos, y nos recuerda que su muerte por nosotros no fue sin dolor, por el contrario, fue muy dolorosa, y esto nos tiene que servir para decidirnos a evitar el mal y vivir la vida de la gracia, puesto que todo pecado, por pequeño que sea, es como continuar dándole golpes a Jesús.
Otra parte del Evangelio que nos tenemos que acordar aquí es cuando Jesús parte el pan a los discípulos de Emaús: en ese momento, ellos abren los ojos del alma y reconocen a Jesús, además de sentir arder sus corazones en el amor de Dios. Esto les sucede porque al partir el pan, Jesús les comunica su Espíritu Santo, que les ilumina la mente para reconocerlo, y les llena el corazón de Amor, para que lo amen.
Después de partir el pan, el sacerdote corta un pedacito de la Hostia y la pone dentro del caliz.

El celebrante parte la Sagrada Hostia y deposita una pequeña parte en el cáliz, (…) 

Esto que hace el sacerdote se nombra con una palabra un poco difícil, que es “inmixtión”, y quiere decir “mezcla”. Es para que sepamos lo siguiente: el sacerdote consagra primero el pan y después el vino, y los consagra por separado porque en la Cruz, el Cuerpo se separa de la Sangre, porque es un sacrificio, y eso nos hace ver que en la Misa pasa lo mismo que en el Calvario: Jesús muere en la Cruz, al separarse la sangre del cuerpo; pero lo otro que tenemos que saber es que, al mezclarlos después, al unir el Pan y el Vino consagrados, con eso se quiere decir que Jesús resucitó, que su Cuerpo y su Sangre ya no están más separados, como en el sacrificio de la Cruz, sino que están juntos, como en el Domingo de Resurrección.
Con esto vemos cómo por la Misa no comulgamos el Cuerpo muerto de Jesús, sino su Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la luz, del Amor, de la gloria y de la paz de Dios.
(…) mientras dice esta oración secreta: “El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna.
Con esta oración secreta, el sacerdote cree en la Eucaristía con la Fe de la Iglesia: no es un pan bendecido, sino Cristo, Dios eterno en Persona, que da la vida eterna a quien lo recibe en la comunión sacramental con fe y con amor.

 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Vamos al Sacrificio de Jesús (XXIII) En la Misa asistimos a la muerte y resurrección de Jesús




         Después que el pan y el vino se convirtieron en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el sacerdote dice: “Este es el misterio de la fe”, y todos responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
Los que están en Misa dicen dos cosas de Jesús: que murió y que resucitó, y que eso es lo que hay que ir a avisar a los demás, a los que no están en Misa.
La primera parte dice: “Anunciamos tu muerte”, porque se lo decimos a Jesús, que ya está en Persona en el altar. Lo que le estamos diciendo a Jesús es que creemos, aunque no vemos, que en el altar se renovó misteriosamente su muerte de Cruz; decimos que creemos en la muerte de Jesús en la Cruz, y que por un misterio que no sabemos cómo pasa, se renueva en el altar, oculta y escondida detrás del velo de los sacramentos. Le decimos a Jesús que creemos sin dudar ni un segundo que Él murió con su Cuerpo en la Cruz el Viernes Santo, y que cada vez que se celebra la Santa Misa, se renueva misteriosamente esa misma muerte, y por eso decimos que asistir a Misa es como haber asistido al Calvario.
Y porque asistir a Misa es como asistir al Calvario, el que asiste a Misa tiene que tener el corazón como eran los corazones de la Virgen María y de Juan, cuando estaban al pie del Calvario.
Los que vienen a Misa no tienen que venir buscando una misa “divertida”, ni “simpática”, ni “alegre”; y tampoco hay que inventar cosas raras; los que vienen a Misa tienen que querer subir con el alma al altar, donde está Jesús con su Cruz, para ofrecerse a Dios Padre junto a Jesús; tienen que querer subir con el corazón a la Cruz, para estar junto a Jesús, y eso quiere decir estar dispuestos a soportar todas las ofensas que les haga el prójimo; los que vienen a Misa, como quieren estar cerca de Jesús que está en la Cruz, tienen que afinar el oído –y para eso hay que hacer silencio-, para escuchar las palabras que Jesús dice desde la Cruz:  “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34); “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43);  “Mujer, he aquí a tu hijo; hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26-27);  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34); “Tengo sed” (Jn 19, 28); “Todo está cumplido” (Jn 19, 30);  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
La segunda parte dice: “Proclamamos tu resurrección”, porque creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, y que está en el Cielo, pero también está en la Eucaristía, en el altar y en el sagrario.
Esto quiere decir que el que viene a Misa, además de asistir al Calvario, asiste también a la tumba de Jesús, llamada Sepulcro de la Resurrección, porque Jesús en la Eucaristía no es el Jesús muerto de la Cruz, sino el Jesús vivo, glorioso, luminoso, el mismo que se levantó de la piedra del sepulcro, donde estaba tendido, con su Cuerpo frío y sin vida, para no morir nunca más, el Domingo de Resurrección.
Entonces, como venir a Misa es lo mismo que venir  tiene que tener en el corazón la misma alegría que tuvieron las santas mujeres cuando fueron al sepulcro y lo encontraron vacío: “Llenas de alegría, corrieron a avisar a los demás que el sepulcro estaba vacío”.
         La última parte dice: “Ven, Señor Jesús”, porque llamamos a Jesús, que está en la Eucaristía, para que venga pronto a nuestros corazones por la comunión. Él ya vino desde el cielo, donde vive junto a su Papá, y se quedó en la Eucaristía, y ahora nosotros lo llamamos para que entre en nuestro corazón, y para eso vamos preparándonos, para recibirlo con fe y con toda la fuerza del corazón. Esto es lo que queremos decir cuando decimos: “Ven, Señor Jesús”.