Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Adviento para Niños - 1er Domingo de Adviento - Ciclo C



        
         En este Domingo comenzamos un tiempo de preparación para la Navidad, que se llama “Adviento”, que quiere decir: “Llegada”. En Adviento, entonces, nos preparamos para la “Llegada” de “Alguien” en Navidad. ¿Quién es “el que llega” en Navidad? ¡El Niño Dios, que va a nacer en Belén! Y como el Nacimiento del Niño Dios es lo más importante del mundo, la Iglesia le dedica todo un mes para que nos preparemos para de su llegada.
         ¿Cómo tenemos que prepararnos para recibir al Niño Dios?
         Para saber cómo tenemos que prepararnos, tenemos que acordarnos de cómo es Jesús, el Niño Dios: como su nombre lo dice, es Dios y por lo tanto, es santo, y santo quiere decir que es infinitamente bueno, sin la más pequeñísima sombra de maldad. Para darnos una idea, pensemos en alguien bueno que conozcamos, como algún santo, la Madre Teresa, el Padre Pío, o alguien de nuestra familia, como nuestra mamá, y lo multipliquemos por mil millones de veces; luego multipliquemos de nuevo, y así sin parar: todavía no llegaremos a la bondad del Niño Dios. Si el Niño Dios es tan bueno, porque es santo, ¿podemos recibirlo con un corazón malo, enojado? No, de ninguna manera, y es por eso que en Adviento tenemos que crecer en la bondad y en el amor al prójimo y a Dios. Sin amor en el corazón, no podemos recibir al Niño Dios, y como el amor se demuestra por obras para con los que más necesitan, y no tanto por las palabras, entonces Adviento es tiempo de obrar las obras de misericordia que nos pide la Iglesia. ¿Cuáles son? Las corporales: Dar de comer al hambriento; Dar de beber al sediento; Vestir al desnudo; Visitar a los enfermos; Asistir al preso; Dar posada al peregrino; Sepultar a los muertos. Las espirituales: Enseñar al que no sabe; Dar un buen consejo al que lo necesita; Corregir al que yerra; Perdonar las injurias; Consolar al triste; Soportar las flaquezas del prójimo; Orar por vivos y difuntos. Cuantas más obras de misericordia hagamos, más amor habrá en nuestro corazón, y así estaremos más preparados para recibir a Jesús.
         Otra cosa que tenemos que saber del Niño Dios, y que nos ayudará a prepararnos mejor para su llegada, es que Él es Dios Hijo, que vive desde siempre con su Padre, Dios, en el cielo, y como su Papá le pidió que bajara aquí a la tierra para salvarnos, el Niño Dios tuvo que dejar a su Papá Dios, para encarnarse en ese cielo en la tierra que es el seno de la Virgen María. Pero a pesar de que Jesús bajó del cielo, adonde quedó su Papá Dios, nunca dejó de estar en comunicación con Él. ¿Cómo hacía para comunicarse con su Papá que estaba en el cielo, estando Él en la tierra? En ese entonces no había teléfonos, ni internet, como hay ahora, y que son las cosas que usamos los hombres para comunicarnos; pero aunque hubieran existido estas cosas, Jesús no las habría usado para comunicarse con su Papá Dios, porque Jesús se comunicaba con su Papá por medio de la oración, que es algo mucho mejor que hablar por teléfono, porque hablar por teléfono es hablar con los labios, mientras que la oración es hablar con el corazón. El Niño Dios, desde que llegó a este mundo y se encarnó en el seno de su Mamá María, no dejó nunca de hablar con su Papá Dios, por medio de la oración del corazón. Entones nosotros, para recibir a Jesús en Navidad, tenemos que aprovechar el Adviento para hacer mucha oración, que no es repetir palabras vacías con los labios, sino hablar con amor a Dios Amor, desde lo más profundo del corazón. Cuanta más oración hagamos, mejor preparados estaremos para recibir a Jesús, porque la oración del corazón es el lenguaje de Jesús.
         Por último, hay otra cosa que tenemos que ver en la llegada de Jesús, y es que cuando Jesús dejó el cielo, donde estaba muy alegre con su Papá Dios y con Dios Espíritu Santo, vino aquí, a la tierra, a otro cielo tan lindo como ese, la panza de su Mamá, la Virgen María, y ahí también Jesús estaba muy contento y feliz, porque lo rodeaba el amor de su Mamá, que era el mismo Amor de su Papá en el cielo, el Espíritu Santo. Pero Jesús también sufría, porque desde el mismo momento en que se encarnó, en que se hizo un bebé pequeñito en la panza de su Mamá la Virgen, ahí comenzó a sufrir mucho por la salvación de todos y cada uno de nosotros. Después, cuando nació, siguió sufriendo, porque hacía mucho frío y tenía hambre, como todo bebé recién nacido, y a pesar de que la Virgen lo abrigaba y lo alimentaba, Él lo mismo seguía sufriendo, y después siguió sufriendo, en silencio, sin que nadie se diera cuenta, toda su vida, y sufrió todavía más en el Huerto de los olivos y en la Cruz, para que nosotros pudiéramos salvarnos e ir al cielo.
         Entonces, para poder recibir bien a Jesús en Navidad, tenemos que acompañar a Jesús en su sufrimiento, y si no tenemos una enfermedad dolorosa para ofrecerle, entonces podemos ofrecerle un sufrimiento voluntario, que se llama “penitencia” o “sacrificio”: privarnos de algo bueno que nos gusta, como un vaso de gaseosa helada en un día de mucho calor, o no quejarnos cuando algo nos moleste, o hacer algo bueno que nos cueste trabajo hacerlo, etc. De esta manera, con la penitencia y el sacrificio, prepararemos el corazón para recibir a Jesús que llega en Navidad, porque Jesús ama el sacrificio hecho por amor.
         Entonces, el Adviento es un tiempo para prepararnos para recibir a Jesús, y esta preparación la podemos hacer con tres cosas: obras de misericordia, oración y penitencia. Cuantas más obras de misericordia hagamos, cuanta más oración hagamos, y cuanta más penitencia hagamos, con tanto más amor recibiremos al Niño Dios, que llega para Navidad.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Cristo Rey del Universo - Homilía para Niños



         Hoy la Iglesia nos pide que nos acordemos de Jesús, que es Rey del Universo. Esto lo sabemos porque cuenta el Evangelio que cuando lo pusieron preso a Jesús, lo llevaron para que hablara con el gobernador de los romanos, que se llamaba Poncio Pilato, y cuando estuvo delante de Jesús, le preguntó: “¿Tú eres Rey de los judíos?”, y Jesús le respondió: “Tú lo dices”, que es como decir “Sí, soy Rey”.
         Entonces, nosotros festejamos a Jesús, que es Rey, porque Él mismo dijo que era Rey, y es Rey desde su nacimiento virginal del seno virgen de María, pero también es Rey desde siempre, porque Él existe en el cielo desde toda la eternidad, junto a su Papá Dios. Jesús es Rey porque Él es Hijo de Dios y también Hombre perfecto, no solo sin pecado, sino lleno de gracia y santidad.
         ¿Cómo es Jesús Rey? Para saberlo, primero tenemos que ver cómo son los reyes de la tierra: tienen corona de oro, se visten con vestimentas de seda muy fina y muy cara, bordadas con hilos de oro; el sillón desde donde reinan es grande, cómodo, y todo cubierto con terciopelo; tienen un cetro de madera de ébano, una madera muy fina, que cuesta mucho dinero, con el que mandan a los demás; toda la gente les hace reverencias y se inclinan ante ellos; cuando los eligen, el pueblo les dice: “Éste es nuestro rey”.
         Jesús, Rey eterno, es distinto a los reyes de la tierra: en vez de corona de oro, plata y diamantes, tiene una corona de espinas; en vez de una vestimenta de seda con hilos de oro, está vestido con una túnica roja que es su propia sangre, que sale de sus heridas abiertas; su cetro, con los que gobierna los corazones, son los clavos de hierro de sus manos y pies; en vez de sillón de terciopelo, su trono es la Cruz de madera; los que lo aman y lo reconocen como Rey de sus corazones, se arrodillan ante su Cruz, besan sus pies heridos y traspasados por los clavos, y lo adoran como se adora a Dios, porque Jesús crucificado es Dios crucificado; arriba de su trono, que es la Cruz, hay un cartel, puesto por los romanos, por encargo de Dios Padre, que dice: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.
         Cuando los reyes de la tierra entablan una batalla, salen con sus tropas y se colocan en un monte alto, para poder ver desde allí el curso de la batalla, y dirigir con eficacia sus ejércitos, para vencerlos para siempre, para que sus reinos se vean libres de sus enemigos.
         También Nuestro Rey Jesucristo, que reina desde el madero de la Cruz, pelea una gran guerra, y también Él se sube a un monte alto, el Monte Calvario, para que todos los hombres de todos los tiempos puedan verlo, para que viéndolo así crucificado lo amen, para que amándolo en el tiempo, se salven en la eternidad; Jesús es Rey victorioso, que no manda a sus ejércitos, que son miles de millones y de millones de ángeles de luz, sino que sale a pelear Él mismo, en Persona, para defendernos de nuestros enemigos, y Él pelea, lucha y vence en la Pasión, desde la Cruz, y es de la Cruz, que este Rey victorioso manda que por el poder infinito de su Sangre, todos se salven y que sus enemigos, que son los enemigos del hombre, el demonio, el mundo y la carne, sean destruidos para siempre y encerrados en la prisión subterránea, para que nunca más molesten a sus hermanos, los hombres.
         Por todo lo que Jesús, Nuestro Rey, ha sufrido para conseguirnos la victoria, es que debemos postrarnos delante de Él en acción de gracias, y adorarlo por su inmensa majestad y poder, y por su infinito y eterno Amor.
         Jesús es Rey de todo el Universo, el visible y el invisible; Él vendrá, al final del tiempo, el Día del Juicio Final, montado en un caballo blanco, como dice la Biblia, y tendrá escrito en su muslo: “Rey de reyes y Señor de señores”, porque es el más poderoso de todos los reyes de la tierra; Él es el Rey de los ángeles, es el Rey de los mártires, de los santos, de las vírgenes, de los doctores de la Iglesia, de los profetas, de los Apóstoles; es el Rey de todos los ángeles buenos y de todos los hombres buenos que ahora, en el cielo, se les da el nombre de “santos”, y quiere también ser nuestro Rey, pero necesita que nosotros le pidamos que sea nuestro Rey, porque Jesús no obliga a nadie a que lo acepten como Rey. Y como nosotros queremos que Jesús sea Nuestro Rey, le decimos: “Jesús, Rey eterno, inmortal, invencible, que reinas victorioso desde el leño de la Cruz; oh Rey Jesucristo, que por Amor a nosotros peleaste la batalla de nuestra salvación y venciste para siempre a nuestros enemigos, el demonio, el mundo y la carne, te lo pedimos, ven a nuestros corazones, planta en ellos tu estandarte glorioso, el estandarte ensangrentado de la Cruz, y sé nuestro Rey para siempre, y nunca permitas que te abandonemos. Ven, oh Rey eterno, reina en nuestros corazones, y te alabaremos y adoraremos por siempre, en el tiempo y en la eternidad. Amén”.
         Si rezamos esta oración desde lo más profundo del corazón, Jesús nos aceptará como súbditos de Él, y entonces podremos usar su distintivo. ¿Cuál es el distintivo de los súbditos de este rey? Porque Jesús Rey eterno reina desde el madero de la Cruz, los súbditos de este Rey bendito tienen como distintivo real el crucifijo y su bandera es el manto celeste y blanco de la Reina de cielos y tierra, la Virgen Inmaculada, María Santísima.
        

Novena al Divino Niño




Divino Niño Jesús: Tú dijiste la venerable Margarita del Santísimo Sacramento en el año 1636: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada”. Confiados en tus palabras, te rezamos esta novena en tu honor, pidiéndote una intención distinta cada día.

Día uno: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
            “Querido Niño Jesús, te pedimos la gracia de tener siempre, en la mente y en el corazón, el mandamiento más importante de todos, el que nos abre las puertas del cielo: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Haz que demostremos nuestro amor a Dios asistiendo a Misa los Domingos, y a nuestro prójimo, brindando nuestro auxilio a los más necesitados, y a todos respeto, tolerancia, paz y amor. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.


            Día dos: Honrar padre y madre.
“Querido Niño Jesús, Tú que siendo Niño honraste a tu padre adoptivo, San José, y a tu Madre, la Virgen María, obedeciéndoles en todo, tratándolos siempre con infinito amor y respeto; haz que nosotros, a imitación tuya, sepamos también amar y honrar a nuestros padres y mayores, obedeciéndolos en todo y siendo respetuosos, amables y agradecidos con ellos, y nunca permitas que cometas el pecado de la desobediencia y de la falta de respeto. Divino Niño, haz que nos santifiquemos en el amor a nuestros padres. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

            Día tres: Morir antes que pecar.
“Querido Divino Niño, Tú que siendo Dios, te hiciste Niño en el seno de tu Mamá, la Virgen, sin dejar de ser Dios; Tú, que como Niño Dios eres el Lirio purísimo de los cielos, que con su fragancia de exquisito perfume deleita a los ángeles y santos en el cielo, haz que imitemos tu Santa Pureza, y no permitas que nada impuro contamine nuestras mentes y nuestros corazones. Haz que tu Mamá, la Virgen Inmaculada, Ella también Purísima y Sin mancha, nos preserve de la contaminación del mundo, que exalta la impureza como norma de vida, y nos conceda la gracia de vivir siempre, aún cuando ya seamos grandes, con tu pureza, la pureza del Divino Niño. Amén”.  
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

            Día cuatro: Combatir la pereza.
            “Querido Divino Niño, Tú que desde muy pequeño aprendiste el oficio de carpintero ayudando a San José en su taller; Tú que colaborabas con tu Mamá, la Virgen, en las tareas domésticas de todos los días, aleja de nosotros el pecado de la pereza, tanto de la corporal, que nos lleva a evitar todo tipo de esfuerzo físico y a no cumplir con nuestro deber de estado, como la pereza espiritual o acedia, que nos lleva a sentir hastío por la oración y a descuidar el deber de amor que tenemos para contigo, deber que se salda con la oración. Haz que seamos sacrificados y nos esforcemos por cumplir nuestro deber, para así santificarnos en las tareas de todos los días. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

            Día cinco: Reconocer el espíritu del mundo.
            “Querido Divino Niño, Tú que viniste del cielo, del seno de tu Padre, en donde todo es santidad y bondad, y quieres que nosotros vayamos ahí algún día, haz que sepamos reconocer, en las cosas que nos rodean, el espíritu del mundo, que son todas las cosas malas que nos apartan de Ti. Danos el Don de Sabiduría, para saber qué es lo que te agrada, y qué es lo que te disgusta, para que así obremos lo que te agrada y evitemos lo que te ofende. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

            Día seis: Desear los bienes del cielo.
            “Querido Niño Jesús, Tú que en el Evangelio dijiste: “Atesorad tesoros en el cielo”, quita de nosotros toda codicia por los bienes terrenos, para que deseemos sólo los bienes del cielo, el primero de todos, tu Amor eterno. Haz que te amemos siempre, por encima de todo bien de la tierra, y que sepamos darnos cuenta que las cosas materiales no son para acumularlas egoístamente, sino para compartirlas generosamente con nuestros hermanos, por amor a Ti. Ayúdanos a no caer en el pecado de la codicia, y danos la gracia de tener siempre la mirada puesta en tu Sagrado Corazón, el bien más preciado que jamás alguien pueda conseguir. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

            Día siete: El amor a la Virgen.
            “Querido Niño Jesús, Tú que en la Cruz nos diste a tu Mamá, la Virgen, como verdadera Madre nuestra del Cielo, aumenta cada día nuestro amor hacia Ella, para que todo lo que pensemos, deseemos y hagamos, se lo ofrezcamos a su Corazón Inmaculado. Queremos amar a la Virgen, que es nuestra Madre, con un amor infinito y puro, y para eso Te pedimos que nos des el mismo Amor que tienes Tú en tu Sagrado Corazón, ese Amor purísimo con el que Tú la amas desde siempre. Danos Tu Amor, para amar a nuestra Madre del Cielo, la Virgen, con el mismo Amor tuyo. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

            Día ocho: El amor a la Cruz.
            “Querido Divino Niño, Tú que amaste la Cruz desde el momento de Tu Encarnación, y la llevaste todos los días desde tu niñez, hasta subir al Calvario, danos un gran amor a la Cruz, el único camino que lleva al Cielo. El camino de la Cruz es un camino estrecho, en subida, difícil de recorrer, porque hay que renunciar a uno mismo, pero es el único camino que conduce al Cielo. No permitas que nos desviemos del camino, y que en vez de subir al Calvario, bajemos al mundo, por el ancho y espacioso camino que conduce al infierno. Danos un gran amor a la Cruz, para nunca quejarnos de ella, y para abrazarla cada día con amor, para seguirte en el camino del Calvario, y desde allí, al cielo. Amén”.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
           
Día nueve: Amar a Jesús en la Eucaristía.
“Querido Niño Jesús. Aleja de nosotros el amor del mundo, que nos lleva a apartarnos de Ti; aleja de nosotros el pecado de malicia, el preferir un partido de fútbol, un programa de televisión, un paseo, a Tu Amor, donado para nosotros sin reservas en la Eucaristía, y haz que el Domingo, día de precepto, sea para nosotros el día más importante y feliz de la semana, porque Tú vienes a nuestro encuentro en la Santa Misa, bajando desde el cielo hasta el altar eucarístico, para quedarte luego en nuestros corazones por la comunión eucarística. Divino Niño, danos siempre tu luz, para que no reemplacemos tu Amor infinito, donado en la Eucaristía, por las distracciones del mundo. Haz que sintamos hambre y sed de Ti en la Eucaristía. Amén”. Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXII – Comunión – Post – Comunión – Despedida



Sacerdote: El Cuerpo de Cristo.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía, tenemos que hacer, desde lo más profundo del corazón, un acto de fe, de amor y de adoración a Jesús, Presente en la Sagrada Hostia. Cuando el sacerdote nos muestra la Hostia consagrada y dice: “El Cuerpo de Cristo”, es ahí que tenemos que decirle a Jesús, con todo el corazón: “Jesús, te amo, te bendigo, te adoro, con todas las fuerzas de mi alma, de mi corazón; ven a Mí, oh buen Jesús, entra en mi humilde morada, dulce Jesús, y llénale con el agradable aroma de tu santidad; entra, y quédate conmigo para siempre, no permitas que nunca me aleje de ti; sólo te pido que me des tu Amor para que te ame, en el tiempo y en la eternidad”.
A este acto de fe, de amor y de adoración, tenemos que acompañarlo con un acto de fe, de amor y de adoración exterior, que es el arrodillarnos al momento de comulgar, porque este es un signo externo de adoración.
¿Por qué decimos que debemos hacer una genuflexión al comulgar? Porque si bien el acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía es ante todo interior, es muy conveniente acompañar este acto interior con un acto exterior, y la genuflexión es el gesto más indicado para expresar lo que creen la mente y el corazón: lo que estamos por recibir no es un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Que nos arrodillemos al comulgar, nos lo pide el Santo Padre Benedicto XVI: “Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (...) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”[1].
Esto es muy importante, porque de lo contrario –si no hacemos el acto de fe, acompañado de gestos internos y externos de adoración a Cristo Presente en la Eucaristía-, puede pasarnos lo que a la multitud en la multiplicación de los panes y peces, y así como la multitud no ve el signo espiritual, sino que interpreta el milagro de Jesucristo en un sentido puramente material, así también a nosotros nos puede pasar que pasemos a comulgar mecánica y distraídamente.
Meditemos entonces en el milagro de la multiplicación de panes y pescados. El Evangelio dice así: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó” (cfr. Lc 9, 1).
         La multitud ve en este gesto de Jesús un signo puramente material: les da de comer, satisface su necesidad básica y elemental. No ven un gesto mesiánico.
         No podemos reprochar a la multitud esta carencia de visión, puesto que en la Iglesia misma, a veinte siglos de distancia, muchos continúan, en muchos casos, interpretando demasiado material y humanamente el signo de Jesús, al igual que la multitud de la escena evangélica.
         Así como la multitud veía en Jesús a un maestro de religión santo que hacía milagros, entre ellos, el de multiplicar los panes y los peces, y quería hacerlo rey sólo por este hecho, dejando de lado su condición divina, así muchos ven a la Iglesia y a su acto litúrgico principal, la santa misa, como una organización de beneficencia que se dedica a la filantropía con un tinte religioso, dejando de lado la consideración de la misa como el sacrificio del Cordero, como el don del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios, y dejando de lado a la consideración de la Iglesia como a la Esposa de ese Cordero, que ofrece el Cuerpo y la Sangre de su Esposo en sacrificio a Dios por toda la humanidad.
         Ni Jesús es un hombre cualquiera, como muchos de entre la multitud lo veían, ni la Eucaristía es sólo pan bendecido, como muchos en la Iglesia sostienen hoy, ya que en Jesús predicando y obrando el milagro de la multiplicación y en Jesús donado como Pan de Vida eterna en el altar, hay un secreto oculto detrás de las apariencias. Tanto en Jesús obrando el milagro como en Jesús ofrecido como Eucaristía hay un misterio oculto: el sacramento de la Eucaristía es para nosotros lo que Jesús para sus discípulos: así como Jesús ocultaba, detrás de su naturaleza humana, al Verbo eterno del Padre, así la Eucaristía oculta, detrás de su apariencia de pan, al Verbo eterno del Padre, encarnado, muerto y resucitado.
         El cuerpo de Cristo, en uno y en otro caso, actúa como un velo que oculta y a la vez como una puerta abierta que revela lo que está detrás de ella: el cuerpo de Jesús oculta y muestra a la naturaleza divina, al ser divino de Dios Uno y Trino: “Quien me Ve, Ve a Mi Padre que me envió”, dice Jesús.
         La multitud ignora que Jesús no es el hijo del carpintero que estudió mucho y se convirtió en un hombre sabio y santo; ignora que es el Verbo eterno del Padre, que ha tomado un cuerpo humano y que se muestra a través de ese cuerpo humano y obra milagros a través de ese cuerpo humano. De la misma manera, muchos en la Iglesia ignoran que la Eucaristía no es pan bendecido y consagrado, sino el cuerpo real, verdadero, vivo y resucitado, del Cordero de Dios, que continúa ofreciéndose para nosotros en el altar así como se ofrece en la cruz.
         Como Dios-Hombre, como Pan de Vida, Cristo, Verbo del Padre, se dona en su cuerpo y junto a su cuerpo, nos entrega la divinidad, y esto es absolutamente incomprensible, de ahí que la multitud no entienda que debajo de ese cuerpo humano está Dios Hijo; de ahí que muchos en la Iglesia no entiendan que en de la Eucaristía está ese mismo Dios Hijo que nos dona su cuerpo resucitado y con su cuerpo resucitado, la divinidad.
         Hoy como ayer, Jesús, Hombre-Dios, prolonga el misterio de su don. A la multitud, les da pan y pescado: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó”. A nosotros no nos da pan terrenal, sin vida, y pescado asado: nos da su cuerpo vivo, entregado en la cruz y en el altar; no nos da ni pescado asado ni pan, nos da su cuerpo, como Pan de Vida eterna y como carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo.


Todos: Amén.

         Quiere decir: “Así es”, y es un acto de fe que hacemos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, antes de comulgar; creemos que la Eucaristía es Jesús, Hombre-Dios, y no un simple “pan bendecido”; creemos que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

         Oración después de la Comunión.

         La post-comunión no es un momento ni para cantar, ni para dar avisos parroquiales, ni para pensar que ya la Misa está por terminar. Es el momento tal vez más trascendente para la espiritualidad del fiel –y también para el sacerdote-, pues Cristo está en el alma, que lo acaba de recibir en la comunión. Es por eso que para este momento se aplica todo lo que dijimos más arriba, con relación al silencio. Para este momento resuenan las palabras de Jesús en el Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
Es decir, este momento es un tiempo de profunda intimidad con Jesucristo, que ha entrado en nuestras almas por la comunión eucarística, y mal haríamos si a tan distinguido huésped lo dejáramos en el pórtico de entrada, para distraernos con cualquier otra cosa.
“Cuando ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato, recogidos”[2].


         Para esta parte final de la Misa, dice el Misal Romano: “Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”[3].

Sacerdote: Oremos.

En nombre de todos, el sacerdote manifiesta el agradecimiento a Dios Padre por el don recibido. Con distintas palabras cada día, pide que los frutos de la Eucaristía sean eficaces y nos lleven a vivir siempre con Él en el cielo[4].

Todos: Amén.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

El sacerdote bendice al pueblo.

Antes de volver cada uno a su vida normal, recibimos la bendición de Dios para que, con su fuerza, sepamos imitar a Cristo entregándonos a los demás en el trabajo, en nuestra casa, en nuestro ambiente[5].

Sacerdote: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

Todos: Amén.

Sacerdote: Pueden ir en paz.

Hacia el final de la Misa el sacerdote despide, a los que han participado de la celebración eucarística, con un saludo de paz, diciéndoles: “Pueden ir en paz”.
Al contrario de lo que pudiera parecer, no se trata de una mera despedida, al estilo de las despedidas entre los hombres. Se trata, en realidad, más que de una despedida, de un envío a la misión, con un propósito bien claro: dar testimonio, con sus vidas, de aquello que han visto y oído en la Santa Misa. Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica[6], al explicar el nombre “(…) Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.
Es decir, el saludo de despedida del sacerdote ministerial, más que indicar el fin de una ceremonia, es una señal, para el Nuevo Pueblo Elegido, de que debe comunicar al mundo aquello de lo que ha sido espectador. El “Pueden ir en paz”, sería entonces equivalente al envío de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mt 16, 15-16). ¿Por qué es equivalente este simple anuncio a las palabras de Jesús en las que envía a la Iglesia a la misión? Porque el cristiano, debe testimoniar y proclamar al mundo, con su vida, que la Buena Nueva se actualiza en la Santa Misa, porque allí Jesús resucitado se hace Presente con su misterio pascual de muerte y resurrección.
¿Cuál es entonces el anuncio que el cristiano, que acaba de salir de Misa, debe hacer al mundo? En otras palabras: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
La respuesta la encontramos meditando el pasaje del evangelio en el que las santas mujeres de Jerusalén van al sepulcro, y lo encuentran vacío: “Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío (cfr. Mt 28, 8-15).
         La misión de la Iglesia es continuación de la misión de las santas mujeres, de la experiencia espiritual vivida por ellas el Domingo de Resurrección.
Es decir, la experiencia del Domingo de Resurrección de las santas mujeres, el hecho de contemplar el sepulcro vacío, el llenarse de alegría por esto, y correr a anunciar a los demás lo que había  sucedido, inicia, en esencia, la misión misma de la Iglesia. Como las mujeres, que se llenan de alegría al comprobar que Cristo ya no está en el sepulcro, y que inmediatamente van a anunciar la noticia a los demás discípulos, así la Iglesia, en el tiempo y en la historia humana, contemplando con la luz de la fe el misterio de la muerte y resurrección del Hombre-Dios, y asistida por el Espíritu Santo en la certeza indubitable de esta verdad de fe, llenándose Ella misma de júbilo y de alegría por este hecho, que concede a la humanidad un nuevo sentido, un sentido de eternidad, va a misionar al mundo, anunciando la alegre noticia: Cristo ha resucitado.
Sin embargo, en el anuncio de las piadosas mujeres, si bien inicia la misión de la Iglesia, debe ser completado con un anuncio todavía más sorprendente, todavía más asombroso, todavía más maravilloso, que el hecho mismo de la Resurrección. La Iglesia tiene para anunciar al mundo un hecho que, podríamos decir, supera a la misma resurrección, y es algo del cual la Iglesia, y sólo la Iglesia, es la depositaria y, aún más, Ella misma protagonista, porque este hecho se origina en su mismo seno.
La Iglesia no sólo anuncia, con alegría sobrenatural, el mismo anuncio de las mujeres piadosas, es decir, el hecho de que Cristo ha resucitado, y que el sepulcro de Cristo está vacío: la Iglesia anuncia, con alegría y asombro sobrenatural, que el sepulcro de Cristo está vacío, y que por lo mismo, ya no ocupa más la piedra del sepulcro con su Cuerpo muerto, porque Cristo ha resucitado, porque ahora, con su Cuerpo glorioso, además de estar en el cielo, está de pie, vivo, glorioso, resucitado, sobre la piedra del altar, en la Eucaristía, y la Iglesia es protagonista, porque el prodigio de la resurrección del Domingo de Pascuas, se renueva en cada Santa Misa, en donde ese Cuerpo resucitado el Domingo, es el mismo Cuerpo en el que se convierte el pan luego de la transubstanciación.
La Iglesia entonces no solo anuncia lo que anunciaron las piadosas mujeres de Jerusalén, que el sepulcro está vacío, que en la piedra sepulcral ya no está el Cuerpo muerto de Jesús, sino que anuncia, además, que el Cuerpo vivo, glorioso, luminoso, lleno de la vida de la Trinidad, se encuentra en la piedra del altar eucarístico, en virtud del sacramento del altar, la Eucaristía.
“(con la llegada de la luz del sol) Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío”. Dice el Evangelio que las mujeres, ayudadas por la luz del sol, al clarear el nuevo día, luego de ver vacía la piedra del sepulcro, corren, llenas de alegría, a anunciar que Cristo ha resucitado.
De los cristianos deberían decirse: “Los cristianos, luego de contemplar, con la luz del Espíritu Santo, que la piedra del altar está ocupada con el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, llenos de alegría, corren a anunciar al mundo, con sus obras de misericordia, que Cristo ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía”.

Todos: Demos gracias a Dios.

El sacerdote besa el altar y se retira, después de hacer una reverencia. Los fieles se retiran, aunque no sin antes hacer “una justa y debida acción de gracias[7].

El sacerdote besa el altar, que representa a Cristo, al terminar la Misa -como lo hizo al iniciar- renovando el propósito de no solo no traicionar a Jesús, sino de crecer cada día en su imitación, en su seguimiento camino del Calvario llevando la cruz, en su amor.
La misa ha comenzado con un beso al altar, que representa a Cristo, y termina también con otro beso. Es el beso de la Iglesia a Cristo, representado en el altar, y por lo mismo, debemos poner amor, para dar este mismo beso a Cristo, en ese altar interior que es el corazón[8].


[1] Ratzinger, El espíritu de la liturgia.
[2] OGMR, 56.
[3] Cfr. OGMR, 90.
[4] Cfr. Manglano Castellary, o.c.
[5] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.
[6] 1332.
[7] Congregación para el culto divino.
[8] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Santa Misa de Primeras Comuniones: el inicio de una vida de comunión y de amor con Jesús Eucaristía



         ¿Qué sucede en la Primera Comunión? Sucede algo muy pero muy importante, lo más importante que le puede pasar a alguien en su vida, algo mucho más importante que ser presidente, o ganar una carrera, un mundial, o ser millonario. Lo que ocurre en la Primera Comunión es que Jesús, que es el Hijo de Dios Padre, baja del cielo para quedarse en la Eucaristía, en el altar, para entrar por primera vez en el corazón de los niños que hacen la Primera Comunión.
         Jesús los quiera tanto, pero tanto, a todos y a cada uno de ustedes, que va a bajar, dentro de poco, cuando el sacerdote diga las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, al altar, y va a convertir el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, para así poder entrar por la comunión eucarística en los corazones como si fuera pan, pero ya no es más pan, porque es Él en Persona.
         No hay nada en el mundo más importante que la Primera Comunión, porque Jesús en Persona viene a nuestro encuentro; baja del cielo obedeciendo a las palabras del sacerdote, y se queda en la Eucaristía, esperando que lo recibamos. Si nosotros estamos impacientes por recibirlo, Él lo está mucho más, porque Jesús estuvo esperando este momento desde que ustedes nacieron y fueron bautizados, y todavía más, Él estuvo esperando este momento desde antes que ustedes fueran creados y concebidos en el vientre de sus mamás. El Corazón de Jesús palpita de amor, de alegría y de emoción, esperando que llegue el Gran Momento, el momento en que ustedes tomen la Primera Comunión, porque será la Primera Vez que Él entre a ustedes como Pan de Vida eterna.
         Jesús los quiere tanto, que organizó todo lo que vemos hoy, para venir a ustedes: fue Él el que inventó la Misa; fue Él el que dispuso todas las cosas para que hoy pudiéramos celebrar esta Misa; fue Él el quien hizo que tuviéramos catequistas que nos enseñaran el Catecismo; fue Él el que trajo el coro, el que hizo que pusieran las flores, el que hizo que el templo estuviera limpio y arreglado, porque Jesús quería que todo estuviera hermoso y brillante para este momento, para el momento del encuentro suyo con cada uno de ustedes.
         Es tanto el deseo que tiene Jesús de entrar en nuestros corazones, que Él esperó todo este tiempo -¿cuánto tiempo?-, ocho años, nueve años, diez años, once, doce, trece, para que llegue este día.
         ¿Y como qué es la llegada de Jesús al corazón? Como cuando un ser querido golpea la puerta de entrada, para que le abramos. Jesús, en el Apocalipsis, el último libro de todos los libros de la Biblia, dice: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y me abre, entraré en él y cenaré con él y él conmigo”. La puerta que Jesús toca es nuestro corazón, y Él quiere entrar para darnos el alimento de los ángeles, que es la Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Pero también es como cuando en la Biblia se dice: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y como el cuerpo es templo del Espíritu, el corazón entonces es sagrario de Jesús. Al entrar Jesús, nuestro corazón tiene que ser como un sagrario, que aloje con amor a Jesús Eucaristía, y mantenga siempre encendida la llama del amor, que indica su Presencia -así como la lucecita del sagrario indica que está Jesús Eucaristía ahí presente-, con obras buenas.
         Y si el Corazón de Jesús late de amor y de impaciencia por entrar en nuestros corazones, también nosotros tenemos que estar impacientes por recibirlo, con un corazón lleno de fe y de amor, latiendo a toda prisa por el amor y la emoción de recibirlo.
Por eso, una vez que Jesús entró por la comunión, con tanto amor de parte suya , no podemos olvidarlo, ni mucho menos echarlo, y eso pasa cuando, en vez de pensar en Jesús y en su Cruz, nos pasamos el día pensando de muchas cosas, tal vez buenas, otras no tanto, pero que siempre nos alejan de Él; también lo echamos cuando obramos el mal, cuando nos portamos mal, cuando desobedecemos, cuando mentimos, cuando peleamos, porque Jesús no puede y no quiere estar en un corazón enojado. Él se siente a gusto en los corazones que son como el suyo. ¿Y cómo es el Corazón de Jesús? “Manso y humilde”, como nos dice Él en el Evangelio.
         Preparemos entonces el corazón para recibir a nuestro Dios, Jesús, y le pidamos a la Virgen que entre Ella primero, para que si ve algo que no tiene que estar en el corazón, lo saque, para que Jesús se sienta a gusto. Y recordemos que con la Primera Comunión no termina el curso de catecismo; empieza una vida nueva, una vida en íntima comunión de vida y de amor con Jesús Eucaristía. ¡Algo tan lindo, como la Primera Comunión, no puede durar sólo un día! ¡Tiene que ser todos los días de la vida, hasta que lleguemos a ver a Jesús cara a cara en el cielo, y por eso tenemos que querer recibirlo todas las veces que podamos!

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Rezar el Rosario es mirar, como en una película, la vida de Jesús - El Santo Rosario explicado para niños


El Santo Rosario explicado para Niños







            ¿Alguien sabe qué quiere decir la palabra “Rosario”? Quiere decir: “rosas”. Rezar el Rosario es como regalarle rosas a la Virgen y también a Jesús. El Rosario es el rosal de la Virgen y de Jesús.
¿Cómo se reza el Rosario? Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria por cada misterio. En el Rosario es importante saber de memoria las oraciones para no equivocarnos. Pero hay algo más importante todavía. En el Rosario, es como si nosotros estuviéramos viendo la vida de Jesús: ¿vieron cuando alguien ve un álbum de fotos de los papás, cuando eran chicos, después cuando eran más grandes, cuando iban a la universidad, cuando se casaban?
Bueno, así tiene que ser el Rosario: tiene que ser como si viéramos toda la vida de Jesús, como si nos pasaran fotos de Él. Por ejemplo, cuando rezamos los misterios de gozo. ¿Cuál es el primer misterio de gozo? “La Anunciación del Ángel a la Santísima Virgen María y la Encarnación del Hijo de Dios”. El Ángel -¿cuál de todos? Gabriel- le dice a la Virgen que Dios la ha elegido para que Ella sea la Madre de su Hijo y que el Espíritu Santo lo va a traer desde el cielo hasta dentro de su panza y la Virgen le dice que sí. Ese es el primer misterio de gozo. Jesús, el Hijo de Dios, que vivía desde siempre junto a su Padre, en el cielo, ahora, llevado por el Espíritu Santo, va a empezar a estar en la panza de la Virgen, para nacer como un Niño en Belén.
¿Qué tenemos que hacer nosotros cuando rezamos este misterio? Imaginar toda la escena: ¿qué podemos imaginar? Al ángel Gabriel, que se aparece de repente, todo lleno de luz, dentro de la casa de María; a María, que muy probablemente estaría cosiendo o haciendo las tareas de la casa, o estaría rezando; podemos imaginar lo que el ángel le dice, lo que la Virgen le contesta; podemos imaginar cómo Jesús, que es Dios invisible, es llevado por el Espíritu Santo a la panza de María.
Así podemos hacer en cada misterio: imaginarnos a las personas que actúan en cada misterio. Por ejemplo también, cuando rezamos el misterio de la coronación de espinas, o cuando rezamos la crucifixión de Jesús, o cuando rezamos la institución de la Eucaristía.
         Rezar las oraciones, imaginarnos las personas, aprender de Jesús y de María, porque ellos nos enseñan mucho con sus vidas y saber que cuando rezamos, Jesús y la Virgen están muy pero muy cerca de nosotros, están al lado nuestro, invisibles, sin que los veamos, escuchando la oración del Rosario, el rosal de la Virgen y de Jesús.

viernes, 9 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXI - “Señor no soy digno de que entres en mi casa”




Comunión
Todos: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

En esta parte de la Misa, nos tenemos que acordar de lo que le dijo una vez un soldado romano a Jesús, cuando Jesús le dijo que Él iba a ir a su casa para curar a su sirviente: “No soy digno de que entres en mi casa” (cfr. Lc 7, 1-10).
¿Qué era lo que había pasado, y porqué nos acordamos ahora en la Misa?
Lo que había pasado era que el soldado romano, que era jefe de cien soldados y por eso tenía el puesto de “centurión”, tenía un criado que se había enfermado. El centurión tenía mucha fe en Jesús, porque lo había visto hacer milagros, y también había escuchado todas las cosas maravillosas que hacía Jesús, y por eso va a pedirle a Jesús que le haga un milagro, que cure al criado enfermo.
Pero cuando Jesús le dice que va a ir a su casa a curarlo, el centurión, era muy humilde, y se consideraba indigno de que Jesús entrara en su casa, y pensaba: “Jesús es un Dios muy poderoso, muy grande, muy majestuoso. Él viene del cielo, donde los ángeles lo adoran sin cesar, día y noche. Mi casa es muy pobre para que él entre, y yo mismo soy nada delante de Él. No quiero molestarlo, porque a un Rey tan poderoso como Jesús, no hay que molestarlo por tan poca cosa. Mejor le digo que no se moleste en venir Él, y que mande a un sirviente suyo”. Después de pensar esto, el centurión le dijo a Jesús: “No soy digno de que entres en mi casa, pero envía a un servidor tuyo, que está a tus órdenes, y él te obedecerá, así como a mí me obedecen mis soldados”.
Y Jesús, viendo que tenía mucha fe y también mucha humildad, se volvió para hablarle a la gente que lo seguía, y les dijo: “Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande”. Y en premio a esta fe, y también a su humildad, porque para tener fe hay que tener humildad, Jesús le hizo el milagro de curar a su criado, y cuando volvió el centurión, este ya estaba curado.
Jesús ama los corazones en los que encuentra fe y humildad, como el del centurión, y no deja de darles toda clase de regalos y de dones espirituales.
Lo que vemos en este Evangelio, es que el centurión, por su gran fe y humildad, mereció el elogio de Jesús, y en recompensa, Jesús le hizo el milagro de curar a su criado.
¿Y porqué nos acordamos del centurión romano en esta parte de la Misa? Porque la Iglesia quiere que imitemos la fe y la humildad del centurión, antes de la comunión: como el centurión, necesitamos para la comunión esa misma fe en Cristo Jesús como Hijo de Dios, como Dios en Persona, y no solo como un hombre más, y así como el centurión tiene fe en el poder divino de Jesús, así nosotros tenemos que tener fe de que Jesús está oculto, en Persona, en la Eucaristía; como el centurión, necesitamos para la comunión su misma humildad, que lo lleva a considerarse indigno de que Jesús lo visite en su casa: “No soy digno de que entres en mi casa”, y así también nosotros tenemos que decirle a Jesús Eucaristía: “No soy digno de que entres en mi corazón; Tú conoces mi debilidad, pero envía una sola palabra de tu boca, y mi alma será sanada”.
Si tenemos la fe del centurión en el momento de la comunión, y si repetimos esta oración en silencio, desde lo más profundo del corazón, Jesús hará un milagro más grande que el que hizo para el centurión: sanará nuestro corazón con el Amor de Dios.



domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Como qué es la Primera Comunión?



     

         Es como un templo preparado para la Santa Misa: hay un altar, está todo limpio, iluminado, perfumado; hay muchas flores alrededor del altar, del sagrario, de la imagen de la Virgen; se escuchan cantos de Misa, que son cantos de alabanza y de honor a Dios Trino.
         Así tiene que estar el corazón en la Primera Comunión, como un templo preparado para la Santa Misa: al igual que el templo, el corazón tiene que estar todo perfumado, limpio, iluminado, dispuesto como un altar; tiene que tener la presencia de la Virgen, se tienen que escuchar cantos de alabanza y de honor a Dios Trino, y sobre todo, tiene que haber un gran deseo, basado en el amor, de recibir a Jesús en la Eucaristía.
         Pero al igual que sucede con el templo, que algunas veces puede no estar limpio, ni con flores, ni iluminado, también puede suceder que el corazón se encuentre sin luz, oscurecido; puede suceder que en vez de cantos de alabanza a Dios, se escuchan cantos del mundo, que aturden y ensordecen y alejan de Dios; puede suceder que en vez de amor a Jesús, el corazón esté ocupado por otros sentimientos, como sentimientos de enojo, de egoísmo, de orgullo, y como en un corazón así no está Jesús, tampoco está la Virgen, su Mamá; puede suceder que el corazón, en vez de tener paz y amor, tenga sentimientos de discordia, de desunión, y también de pereza y de ganas de no recibir a nadie.
         Entonces, ¿cómo preparar el corazón para la Primera Comunión, para que no solo no esté así, sino para que esté de fiesta, todo luminoso, todo lleno de flores, de perfumes, de alegría y con deseos de recibir a Jesús en la Eucaristía?
         La única manera de tener bien preparado el corazón para recibir a Jesús Eucaristía, es por la gracia santificante, que viene por la Confesión sacramental, porque es la gracia la que hace que el corazón esté limpio, luminoso, resplandeciente, con perfume de flores frescas; sólo la gracia santificante hace que el corazón tenga deseos de recibir a Jesús; sólo por la gracia santificante, en el corazón se encuentra la Virgen, esperando a Jesús, porque por Ella nos vienen todas las gracias, y nos viene el Autor de toda Gracia, Cristo Jesús.
         Así tiene que estar el corazón para recibir a Jesús por primera vez en la Eucaristía, pero no tiene que estar así sólo el día de la Primera Comunión, sino que tiene que estar así todos los días de la vida: limpio, fresco, puro, con perfumes más ricos que los de las flores, dispuesto como un altar para una fiesta; todos los días el corazón tiene que estar en gracia, para recibir al Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, que baja desde el cielo para venir a quedarse en nuestro corazón, y para hacer de nuestro corazón un altar en donde Él pueda quedarse para siempre.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXX - La comunión del sacerdote



Sacerdote y Todos: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
Antes de comulgar, el sacerdote dice esta oración secreta: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti.
Antes de que comulguen los demás, lo hace en primer lugar el sacerdote. Si para cualquiera, la comunión no puede nunca ser distraída, mucho menos lo debe ser para el sacerdote. Pero para el sacerdote –y para todo fiel- la comunión no solo no debe ser distraída, sino más bien llena de amor, y es este amor el que hace que el sacerdote pida en la oración secreta que Jesús “nunca” le permita separarse de Él.
Para poder cumplir con este propósito, de “nunca” separarse de Jesús, aquí el sacerdote puede aprovechar la petición de San Ignacio en sus Ejercicios: morir antes que cometer un pecado mortal, o un pecado venial deliberado. Este pedido hace que el corazón del sacerdote se abra más al Amor de Dios, hasta llegar al amor más grande y más puro, y el más perfecto, que es amar a Jesús no por temor al infierno, ni tampoco por el deseo del cielo, sino por estar Él en la Cruz, y lo ama tanto que solo desea lo que Jesús desea en la Cruz, y solo ama lo que Jesús ama en la cruz, y así elige lo que más lo haga parecido a Cristo crucificado.
Es este amor el que le hace decir a Santa Teresa:


No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
(Santa Teresa de Ávila)



                En pocas palabras, Santa Teresa alcanza la más alta sabiduría divina, aquella que solo se puede alcanzar a los pies de la Cruz: el Amor a Dios, por parte del cristiano, el amor más perfecto y puro, que más que abrir las puertas del cielo, abre las puertas del Sagrado Corazón de Jesús, es el que se tiene, no por temor al infierno, ni por deseos del cielo, sino por compasión a Jesús crucificado, llagado y herido de amor en la Cruz.
         Es Amor perfecto, porque amar a Dios por temor al infierno, es más temer al dolor que ser movido por el amor; amar a Dios por deseo del cielo, es más amor a sí mismo por el disfrute de lo bello y santo, que amar a Dios por ser quien Es, Dios infinitamente perfecto y santo. Uno y otro son buenos amores, pero muy imperfectos, porque miran más, uno, al infierno, y el otro, al cielo, antes que a Cristo crucificado. Sólo el Amor que surge de la contemplación de Cristo crucificado, de sus llagas, de sus golpes, de su humillación, de su dolor, de su Sangre derramada, es el Amor perfecto, el Amor puro, el Amor que se enciende en el corazón del hombre como fuego de Amor vivo, porque es Amor que desciende directamente del Sagrado Corazón al corazón de quien lo contempla.
         Pero también es perfecto de toda perfección, el Amor que surge de la contemplación de la Presencia Eucarística de Dios Hijo encarnado, y por eso podríamos parafrasear a Santa Teresa y decir:

Oh Dios de la Eucaristía,
no me mueve, para quererte,
el cielo prometido,
ni me mueve, para no ofenderte,
el infierno tan temido.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
oculto en el blanco silencio
De la Hostia santa y pura;
Muéveme, y en tal manera,
Que aunque infierno no hubiera,
Y aunque cielo no esperara,
Lo mismo, 
Por tu Amor de infinita caridad,

por tu Amor Eterno,
Por tu Amor Santo,
Por tu Amor incomprensible,
Lo mismo, Te amara y adorara,
En el tiempo y en la eternidad. Amén.

Pero hay otra cosa que tiene que tener en cuenta el sacerdote –y el que comulga-, para que no le suceda lo mismo, y es el acordarse de lo que le pasó a Judas Iscariote en la Última Cena, que comulgó con el demonio, según el Evangelio: “Cuando Judas tomó el bocado Satanás entró en él” (cfr. Jn 13, 21-38). No puede ser más clara y explícita la consecuencia del pecado: la comunión con el diablo. Judas Iscariote traiciona a Jesús, y esto se traduce en la unión con el diablo, expresada en la comunión sacrílega.
Después de relatar la comunión sacrílega con Satanás, el evangelista Juan agrega: “Judas salió. (…) Afuera era de noche”. Judas sale del cenáculo donde se celebra la Última Cena, para entrar en el reino de las tinieblas: “afuera era de noche”. Las tinieblas de la noche, que siguen al día solar, son sólo una figura de las verdaderas tinieblas, las del reino del infierno, en donde mora y reina el Príncipe de las tinieblas, Satanás. Judas Iscariote traiciona a Jesús, y por la traición se aleja de Cristo, que es luz, para entrar en comunión con las tinieblas y con el demonio.
Pero no solo Judas traiciona a Jesús. También Pedro, el primer Papa, lo habrá de traicionar, y su traición es profetizada pro Jesús en el mismo momento en el que Judas consuma su traición, uniéndose al demonio por la comunión: “No cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”. Pedro traiciona a Jesús, y Judas también traiciona a Jesús, pero la diferencia entre uno y otro es el arrepentimiento: Pedro se arrepiente y acude, de rodillas ante la Virgen, a implorar de la Madre el perdón del Hijo; Judas, en cambio, no se arrepiente, se encierra en sí mismo, no pide perdón, se desespera, y termina suicidándose. Debido a que nosotros también traicionamos a Jesús, cada vez que pecamos, debemos imitar siempre a Pedro, y nunca a Judas Iscariote, acudiendo al sacramento de la confesión, pidiendo a la Madre Iglesia el perdón de Jesús.
Al aproximarse la Pasión, aflora la debilidad humana, y esto sucede en el seno mismo de la Iglesia: Pedro, el primer Papa, y Judas Iscariote, sacerdote y discípulo de Cristo, ambos participantes de la Última Cena, que es la Primera Misa, ambos traicionan a Jesús. De los hombres, sólo hay debilidad, egoísmo, cobardía y traición; de parte del Hombre-Dios, sólo hay Amor y Misericordia.
Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti”. El sacerdote pide a Jesús que no lo deje nunca separarse de Él, y para eso se une con todo su corazón al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en la comunión.