Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

martes, 31 de diciembre de 2013

Solemnidad de Santa María Madre de Dios para Niños




         Cuando termina el año, el día 31 de Diciembre, y empieza el Nuevo Año, el 1º de enero, la gente, que se reúne alrededor de la mesa –que todavía es mesa de Navidad-, festeja y brinda. Pero resulta que, a las 00.01 segundos del día 1º de enero, los católicos tenemos un motivo más grande para festejar y celebrar, y es que ese día la Iglesia nos hace acordar de la Virgen con una fiesta grande –cuando la fiesta es grande se llama “solemnidad”-, y por ese motivo, los hijos de la Virgen, además de festejar por el Año Nuevo, festejamos por el día de Santa María, Madre de Dios y por eso, al brindar, además de decir: “Feliz Año Nuevo”, debemos decir: “Feliz día de Santa María, Madre de Dios”.
Entonces nos preguntamos: ¿por qué la Iglesia nos hace acordar de la Virgen justo cuando comenzamos el Año Nuevo?  ¿Tiene algo que ver la Virgen con los días del Nuevo Año que comenzamos el 1º de enero, o se trata de pura casualidad?
         No, no se trata de pura casualidad y veremos por qué.
         Como sabemos, la Virgen nos trae a su Hijo Jesús, que es Dios, y como Jesús es Dios, es también “eterno”. Jesús, el Hijo de María Virgen, es Dios eterno. ¿Qué quiere decir “eterno”? ¿Qué quiere decir “eternidad”? La eternidad es como si fuera un “ahora para siempre”, que no termina más. En la eternidad de Dios, todo es alegría y felicidad. En la eternidad del infierno, no. Tanto si la eternidad es alegre o no, es para siempre. ¿Cómo es la eternidad, comparada con nuestra vida? No lo sabemos, pero para darnos una idea, imaginemos que nuestra vida en la tierra es como un granito de arena, mientras que la eternidad es como el cielo estrellado.
         Jesús, que es Dios eterno y santo, ha venido a nuestro mundo, a través de la Virgen, al nacer en Navidad, para que nosotros, santificando nuestro tiempo en la tierra, vivamos luego una eternidad de felicidad. Desde que Jesús nació en Nochebuena, todo nuestro tiempo -cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, toda mi vida- le pertenece a Jesús, y por eso tenemos que ser, más que buenos, santos, porque el Dueño de mi vida, Jesús, es Santo.
         Entonces, la Virgen nos trae a Jesús, Dios eterno, para que todo nuestro tiempo –los segundos, minutos, horas, días, meses, años-, esté consagrado a Jesús. Quiere decir que todo lo que hagamos en el tiempo y en esta vida, lo tenemos que hacer pensando en la feliz eternidad de Jesús.
         Por eso es que la Iglesia nos hace acordar de la Virgen al comienzo del Año Nuevo: para que consagremos el Año Nuevo, con todos sus días, a su Inmaculado Corazón, para que todo el año vivamos bajo su manto maternal, y para que cuando termine nuestro tiempo en la tierra, sea Ella quien nos lleve a la feliz eternidad con su Hijo Jesús.

jueves, 26 de diciembre de 2013

La Sagrada Familia de Nazareth para Niños




(Ciclo A – 2013)
         Como todos sabemos, cuando en el matrimonio formado por papá-varón y mamá-mujer, nace un hijo, el matrimonio se convierte en “familia”. Eso es lo que pasó en Nochebuena: cuando nació Jesús, el Niño Dios, el matrimonio de San José y María Virgen, se convirtió en “familia”, y como todo en esta familia es santo, porque todo viene de Dios, se llamó “Sagrada Familia de Nazareth”.
         Esta Familia, formada por Jesús, María y José, es la familia más santa y más hermosa de todas las familias del mundo; nunca hubo una familia como esta, y nunca habrá una familia que sea más santa y más hermosa, y toda familia que quiera llegar al cielo, tiene que mirar a esta familia y tratar de ser como ella. Los papás, tienen que mirar a San José y tratar de ser como él; las mamás, tienen que mirar a la Virgen, y tratar de ser como Ella; los hijos, tienen que mirar a Jesús, y tratar de ser como Él.
         Para todo papá que quiera ser santo, San José es el ejemplo a seguir, porque si bien San José era esposo solamente “legal” de la Virgen –quiere decir que la quería solo como hermano-, la quiso mucho y la cuidó toda su vida, siendo un esposo que siempre estuvo a su lado, trabajando para que nada le faltara, ni a Ella ni a Jesús. San José es también ejemplo de padre, porque si bien no era el papá “real” de Jesús –porque el Papá de Jesús es Dios-, siempre quiso a Jesús como si fuera su hijo, sabiendo que era también al mismo tiempo su Creador. Como papá terreno de Jesús, San José lo educó, lo cuidó, lo protegió y le enseñó a trabajar la madera, porque Jesús fue carpintero, como él. San José cumplió a la perfección su papel de esposo legal de la Virgen y de padre adoptivo de Jesús, y por eso todo papá que quiera ser un esposo y padre santo y así llegar al cielo, debe tratar de imitarlo.
         Para toda mamá que quiera ser santa, la Virgen es el ejemplo a seguir, porque si bien la Virgen era solamente esposa “legal” de San José –quiere decir que lo quería solo como hermano-, la Virgen siempre quiso mucho a San José y se preocupó siempre de que la casa estuviera limpia y en orden, y de que al regresar de su trabajo, tuviera una rica comida para reparar fuerzas. Pero sobre todo, la Virgen se destacó como Madre amantísima de su Hijo Jesús, porque lo amó y lo cuidó desde que se encarnó en su seno virginal por obra del Espíritu Santo, y continuó cuidándolo, protegiéndolo, alimentándolo y educándolo, durante toda su niñez, su juventud, incluso hasta cuando Jesús ya era grande y tuvo que salir a predicar el Evangelio de la salvación. La Virgen estuvo con Él mientras Jesús moría en la Cruz para salvarnos, y fue la primera en recibir su visita luego de resucitar de entre los muertos. La Virgen cumplió a la perfección su papel de Esposa legal de San José y de Madre de Dios -porque era Madre de Jesús, que es Dios-, y por eso toda mamá que quiera ser esposa y madre santa y así llegar al cielo, debe imitarla.
         Para todo hijo que quiera ser santo, Jesús es el ejemplo a seguir, porque vivió a la perfección el Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás padre y madre”. Como hijo que amaba locamente a sus padres, jamás les dio un disgusto, jamás les desobedeció, jamás les contestó mal, y no solo eso, sino que siempre los amó hasta el extremo, siendo en todo momento amoroso y respetuoso. El motivo es que Jesús amaba a sus papás de la tierra, así como amaba a su Papá del cielo, Dios Padre, y como el que ama desea lo mejor para aquél a quien ama, fue por amor que no solo nunca les levantó la voz, sino que siempre los trató con el mayor de los cariños.  Para todo hijo que quiera ser santo, santificándose en el amor a los padres, y así llegar al cielo, lo único que tiene que hacer es mirar a Jesús y tratar de ser como Él.
         Todos los papás, las mamás, los hijos, de todas las familias del mundo, que quieran ser santos y llegar al cielo, tienen que mirar a la Sagrada Familia de Nazareth y tratar de ser como ellos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Nochebuena para Niños: el Niño Dios nació como un rayo de sol atraviesa un cristal


         Hoy la Iglesia canta de alegría porque ¡nació el Niño Dios!
         ¿Cómo nació el Niño Dios?
         No fue un nacimiento común. Fue un nacimiento milagroso.
¿Cómo fue? Los Padres de la Iglesia dicen que fue “como un rayo de sol atraviesa un cristal”: así como el rayo de sol atraviesa el cristal y lo deja intacto antes, durante y después que pasa por él, así Jesús, que es el Sol de justicia, pasó a través de la panza de su Mamá, la Virgen, que siguió siendo Virgen antes, durante y después del parto.
         También podemos decir que el Nacimiento del Niño Dios fue como cuando la luz pasa a través de un diamante: el diamante es una “roca de cristal” y cuando viene la luz, la atrapa, la encierra dentro de su interior –por eso el brillante “brilla” con mucha luz y por eso es una piedra muy apreciada- y recién después deja salir la luz; bueno, así hizo la Virgen, que es el Diamante de los cielos: después de decirle “Sí” al Anuncio del Ángel Gabriel, que le avisaba de parte de Dios que iba a ser la Madre de Jesús, la Virgen recibió, primero en su mente y en su Corazón, y después en su Cuerpo y en su útero virginal, a la Luz Eterna, Jesús, Dios Hijo; la encerró en su seno virginal durante nueve meses, y cuando llegó el momento de dar a la luz, estando Ella arrodillada en oración, salió de la parte de arriba de su vientre una Luz hermosísima, su Hijo Jesús, que se materializó en brazos de los ángeles como un Niño recién nacido y así, de los brazos de los ángeles, le fue entregado a su Mamá.
         La Virgen entonces, en el Nacimiento, fue como un Diamante del cielo: recibió la Luz eterna, la encerró en su seno virginal por nueve meses, y luego, cuando llegó el tiempo de dar a luz –como se dice cuando tiene que nacer un niño-, dio esa Luz al mundo, que se aparecía como Niño, para que el mundo fuera iluminado con la Luz de Dios.

         Y eso es lo que pasó en la Noche de Belén, cuando nació el Niño Dios: la Luz eterna de Dios iluminó a todos los hombres. Así fue el Nacimiento del Niño Dios: como un rayo de sol que atraviesa un cristal, como la luz que se irradia a través de un diamante, y por eso todos nosotros, en la Iglesia, nos alegramos y cantamos en Navidad.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El Evangelio para Niños - 4to Domingo de Adviento: el Niño de Belén es Dios


         Muchos dicen que el Niño de Belén era un niño como cualquier otro, pero el Evangelio de hoy, nos dice que no, que ese Niño es Dios, porque eso es lo que el Ángel le dice a San José en sueños: “El niño que ha sido engendrado en María proviene del Espíritu Santo”. Y ésta es la noticia más hermosa que podríamos recibir, porque no es lo mismo que sea un niño común, a que sea el Niño-Dios.
¿Qué pasaría si Jesús fuera un niño común y no el Niño Dios?
Si Jesús fuera un niño común, la Virgen no sería nuestra Madre del cielo y no nos protegería como lo hace cada día.
Si Jesús fuera un niño común, nunca nos habría salvado desde la Cruz, ni hubiera vencido al diablo, ni nos habría quitado nuestros pecados en la confesión, ni tampoco seríamos hijos de Dios por el bautismo.
Si Jesús fuera un niño común, el Papa no sería el Representante de Dios en la tierra, y la Iglesia Católica no sería la Única Iglesia verdadera.
Si Jesús fuera un niño común, la Eucaristía no sería el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús, y sería solo un pancito bendecido, pero no la Carne gloriosa y resucitada del Cordero de Dios.
Si Jesús fuera un niño común, después de la muerte no tendríamos esperanzas de ir al cielo, porque no habría nadie que nos perdonara los pecados, y si los pecados no se perdonan, entonces las Puertas del cielo quedan cerradas, porque nadie puede entrar en el cielo con pecados en el corazón.
Pero, gracias a Dios, el Niño de Belén, que nacerá para Navidad, es el Niño Dios; es Dios, hecho Niño, sin dejar de ser Dios, y es esto lo que el Ángel Gabriel le dice a San José en sueños: “El niño que ha sido engendrado en María proviene del Espíritu Santo”.
Y porque el Niño de Belén es el Niño Dios, esperamos la Navidad con mucha, muchísima alegría, porque entonces quiere decir que la Virgen es la Madre de Dios y es también nuestra Madre del cielo, que nos ama y nos protege y nos cuida día a día.
Porque el Niño de Belén es el Niño Dios, Él nos salva desde la Cruz, porque así como abre sus bracitos en el Pesebre de Belén, así en la Cruz abre sus brazos para salvarnos, para que de su Corazón traspasado salga su Sangre, para que caiga sobre nosotros y nos salve.
Porque el Niño de Belén es Dios, entonces el diablo ha sido vencido para siempre, porque el Niño Dios, al crecer, subió a la Cruz y desde ahí lo derrotó para siempre con su poder de Dios.
Porque el Niño de Belén es Dios, somos adoptados por Dios como hijos suyos muy queridos y los pecados se nos quitan en la confesión.
Porque el Niño de Belén es Dios, el Papa es el Representante de Dios en la tierra, y la Iglesia Católica es la Única Iglesia verdadera.
Porque el Niño de Belén es Dios, la Eucaristía es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y también todo su Amor de Dios, porque el Hijo de Dios se hizo Carne en el Niño de Belén, para que nosotros, al comer la Carne gloriosa del Cordero de Dios, nos alimentáramos con el Amor de Dios en la Eucaristía.
Porque el Niño de Belén es Dios, tenemos la esperanza de ir al cielo, porque el Niño Dios nos perdona los pecados y así las Puertas del cielo se abren y podemos entrar en él, porque al cielo van todos los que mueren confesados y con sus almas lavadas con la Sangre del Niño de Belén, que desde la Cruz cae en el alma.
Porque el Niño de Belén es Dios, es que nos alegramos y saltamos de gozo para Navidad, que es cuando nace el Niño de Belén en nuestros corazones, por la gracia.



jueves, 12 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños: 3er Domingo de Adviento: Día de Alegría

Niños alegres esperando al Niño Dios que viene para Navidad


(Ciclo A - 2013-14)
         El tercer domingo de Adviento se llama también “de la alegría” y por eso el sacerdote cambia el color de la casulla, que en vez de ser violeta o morado, que significa “penitencia”, usa el blanco o el rosado, que significa “alegría”.
         ¿Por qué se cambia el color morado por el blanco o rosado?
         Porque cada día de Adviento que pasa, nos acercamos más y más a la Navidad, al Nacimiento de Dios que viene como Niño y esto nos llena de alegría porque “Dios es Alegría infinita”, como decía una santa que se llamaba Santa Teresa de los Andes. Cada día que pasa, es como que sentimos que el corazón late más y más rápido por la emoción y la alegría de saber que Dios, que es Alegría infinita, viene para estar con nosotros. Se puede decir que aunque todavía no estamos en Navidad, es como que ya empezamos a sentir la alegría de Dios que nace como un Niño de una Madre Virgen. A medida que nos acercamos a la Navidad, empezamos a sentir en la Iglesia la Alegría de Dios, a Dios, que es Alegría, y por eso expresamos nuestra alegría con el cambio de color de las vestimentas litúrgicas. En este Domingo de Adviento, comenzamos a sentir la alegría que sintieron los ángeles y los pastorcitos en Belén, cuando después del Nacimiento del Niño Dios en Belén, fueron a adorarlo.
Pero hay algo que nos hace estar todavía más alegres que los ángeles y los pastorcitos, porque si en ese entonces ellos se alegraron porque Jesús nació en un Portal de Belén, cuánto más nos tenemos que alegrar nosotros, porque Jesús va a nacer ¡en nuestros corazones!

El tercer Domingo de Adviento es entonces un día de alegría, de mucha alegría, una alegría que hace que nuestros corazones comiencen a latir cada vez más rápido y más fuerte por la emoción de saber que el Niño Dios va a nacer en el Nuevo Portal de Belén, nuestro corazón, y también estamos alegres porque sabemos que cuando venga, el Niño Dios nos va a traer muchos regalos, los regalos de su Corazón, que son su Amor, su Paz, su Luz y su Alegría. Entonces, todos juntos le decimos: "¡Ven, Niño Dios, alegres esperamos que nazcas en nuestros corazones!".

viernes, 6 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños – 2do Domingo de Adviento: "Preparen los caminos y allanen los senderos"


(Ciclo A - 2013/13)
         En este Evangelio, Juan Bautista nos dice que en el tiempo de Adviento, antes de Navidad, debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”.
¿Qué quiere decir Juan Bautista? Nos quiere decir que tenemos que hacer como cuando alguien se pone en el trabajo de enderezar un camino y dejarlo todo derechito y plano, porque el corazón del hombre es como un camino lleno de curvas y de subidas y bajadas.   
El camino lleno de curvas y de pendientes, subidas y bajadas, es nuestro corazón, porque así como un camino con curvas primero dobla para un lado y después dobla para otro, así es nuestro corazón, que primero quiere una cosa y después quiere otra: primero quiere portarse bien pero al rato hace algo que no está bien. El profeta Jeremías dice: “Más engañoso que todo, es el corazón” (17, 9), y Jesús dice en el Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (Mc 7, 21).
El corazón es también como un camino con subidas y bajadas, porque en un momento queremos a Dios y deseamos las cosas del cielo –y eso sería un camino en subida- y queremos ser los más santos del mundo, y en otro momento queremos las cosas de la tierra, sin importarnos el cielo –eso sería un camino en bajada-.
Es por esto que Juan el Bautista nos dice que tenemos que “preparar los caminos y allanar los senderos”, para que el camino sea recto y sin subidas y bajadas. ¿Por qué? Porque ya viene caminando, con paso lento pero firme, el burrito que trae a la Virgen y al Niño Dios, que viene dentro de la panza de la Virgen porque todavía no nació. Si el burrito encuentra un camino con muchas curvas y con muchas subidas y bajadas, no va a poder llegar para Navidad, y nos vamos a quedar sin el Niño Dios. Es decir, si nuestro corazón es orgulloso, caprichoso, egoísta, desobediente y perezoso, el Niño Dios no va a poder nacer. Pero si el burrito encuentra un camino todo derechito, sin subidas y bajadas, es decir, si nuestro corazón es humilde y está lleno de la gracia de Dios, entonces sí va a poder nacer el Niño Dios en él, y nos va a llenar de su luz, de su paz, de su Amor, y esa es la verdadera Navidad.
¿Cómo hacer para que nuestro corazón sea como un camino todo derechito y liso? Con la penitencia, la oración y las buenas obras.

Para que el Niño Dios nazca en nuestros corazones en Navidad, es que Juan Bautista nos dice que en Adviento debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Santa Misa de Primeras Comuniones


(Homilía para los Niños del Colegio "Las Colinas" de Yerba Buena, Tucumán, Argentina, que reciben la Primera Comunión)

         ¿Como qué es la Misa de Primera Comunión?
         Es como haber sido invitados al sacrificio de la Cruz de Jesús; es como si hubiéramos estado en la época de Jesús, cuando lo llevaban camino del Calvario para crucificarlo, y alguien nos hubiera dicho: “Mirá, ahí lo llevan a Jesús, lo llevan para crucificarlo, vamos a acompañarlo, caminemos detrás de Él y nos quedemos cerquita suyo y de la Virgen, porque Jesús va a dar su vida por nosotros en la Cruz, para salvarnos”. Porque la Misa es como el Calvario de Jesús: en el altar, Jesús está invisible, en la Cruz, entregando su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, solo que sin dolor y sin derramar sangre. No lo podemos ver con los ojos del cuerpo, pero sí lo podemos ver con los ojos de la Fe, y para eso hemos estudiado el Catecismo durante dos años, para poder “ver” a Jesús, que está invisible, sobre el altar. La Fe del Catecismo, la Fe que nos enseñaron nuestros catequistas, nos da una luz que nos hace ver más allá de lo que podemos ver con los ojos del cuerpo, y eso que podemos ver con los ojos de la Fe, es la Presencia de Jesús en el altar eucarístico, escondido detrás de algo que parece pan, pero que ya no es más pan, sino Jesús, vivo y resucitado, lleno de la luz y del Amor de Dios, en la Eucaristía. Por la Fe del Catecismo, podemos ver algo que antes no veíamos y ni sabíamos que existía: vemos a Jesús bajar del cielo con su Cruz y quedarse encerrado en algo que parece un poco de pan, que se llama “Eucaristía”.
         La Misa de Primera Comunión es también como cuando alguien es invitado a una fiesta, en donde hay una mesa con muchísimas cosas ricas; en la Misa, que es la Fiesta que Dios Padre prepara para nosotros; es una fiesta en donde se sirve un manjar delicioso, exquisito, tan pero tan rico, que no existe ninguna cosa rica en la tierra que se le pueda parecer. Aún más, si comparamos las cosas más ricas que hayamos probado alguna vez, comparadas con este manjar que se sirve en la Mesa del Altar, son como si uno comiera cenizas. ¿Qué cosas se sirven en la Fiesta de Dios Padre? Se sirve una carne exquisita, Carne de Cordero -el Cordero de Dios, Jesús-, asada en el Fuego del Espíritu Santo; se sirve un pan delicioso, el Pan Vivo bajado del cielo; y para beber, se sirve un vino también exquisito –el único vino que pueden tomar los niños, porque el vino de mesa común no pueden nunca tomarlo-, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz y recogida en el cáliz del sacerdote.
         La Misa de Primera Comunión es como cuando entramos a un templo, como el nuestro, todo ornamentado y arreglado: así como el templo está todo iluminado, limpio, ordenado, con flores que adornan y perfuman el altar y el sagrario, y con la hermosa música del coro parroquial, que entona alabanzas a Dios, así el corazón, para la Primera Comunión -y para todas las que vendrán- tiene que estar iluminado con la luz de la fe, perfumado y limpio por la gracia de Jesucristo, y convertido en altar y sagrario para recibir a Jesús Eucaristía, y en él sólo se deben escuchar cantos de amor y de alabanzas a Jesús. Ahora bien, todo esto lo hace la gracia: solo por la gracia de la confesión sacramental, el corazón se ilumina con un resplandor más fuerte que mil soles juntos; solo por la gracia el corazón posee un perfume exquisito, el "buen olor de Jesucristo"; solo por la gracia el corazón se convierte en un altar y sagrario para recibir, con fe y con amor, a Jesús Sacramentado, y solo por la gracia, se escuchan en este corazón así preparado y dispuesto, cantos de amor, de alegría y de alabanza a Nuestro Dios que, del cielo, baja en la Cruz para quedarse en la Eucaristía, con su Cuerpo lleno de la luz, de la gloria y del Amor de Dios. De esto vemos qué importante es el Sacramento de la Penitencia antes de comulgar, para que la gracia de Jesús prepare nuestros corazones y los deje llenos de luz, para recibir a Jesús.
Pero lo que hace a la Santa Misa de Primeras Comuniones algo muy pero muy especial, y tan pero tan especial, que no hay nada en el mundo que se le pueda comparar, es que junto con la Carne del Cordero, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, y el Pan Vivo bajado del cielo, va por dentro de estos alimentos celestiales el Amor de Dios. Quiere decir que cuando comulgamos, nos alimentamos con el Amor de Dios, que es como un Fuego que quiere encender nuestros corazones el Amor Divino.
La Santa Misa de Primeras Comuniones es entonces como ser invitados a un banquete en donde se sirven manjares, pero es un banquete del cielo, y los manjares que se sirven son también del cielo, porque tienen un condimento maravilloso y es el Amor de Dios. 
         La Santa Misa de Primeras Comuniones es como ser invitados a acompañar a Jesús al Calvario, y es como ser invitados al banquete del cielo, en donde nos alimentamos del Amor de Dios contenido en la Eucaristía, y es también como entrar a un templo hermoso, lleno de luz y con perfume de flores y esto es algo tan pero tan lindo, que querríamos que nunca se termine y que todos los días sean como el día de la Primera Comunión. Nosotros podemos hacer que “no termine nunca”. ¿De qué manera? Asistiendo todos los días que podamos, a la Misa y así todos los días van a ser para nosotros como la Misa de Primeras Comuniones.
                Por último, este es un día muy especial y para este día, nos hemos estado preparando durante dos años, estudiando el Catecismo y acudiendo a las clases que nos daban con mucho cariño nuestros catequistas. Estamos ansiosos de recibir a Jesús en nuestro corazón, después de dos años de preparación. Pero hay Alguien que ha estado esperando este momento desde hace nueve, diez, once años, desde que ustedes nacieron y todavía más, desde toda la eternidad; hay Alguien que está esperando desde hace mucho pero mucho tiempo para entrar en sus corazones, y ese Alguien es Jesús. Y a medida que se acerca la hora de la Primera Comunión de ustedes, el Sagrado Corazón de Jesús late cada vez más rápido y más fuerte, porque Él está muy ansioso de estar con cada uno de ustedes por la Comunión. Cuando comulguemos, entonces, no estemos distraídos: cerremos los ojos y en silencio, le digamos a Jesús en la Eucaristía: “¡Jesús, Dios mío, Te amo con todo mi corazón y nunca permitas que me aleje de Ti!” y le prometamos que la Primera Comunión no solo no va a ser la última, sino que va a ser la Primera de muchas, hasta llegar al cielo, momento en que ya no vamos a necesitar comulgar porque lo vamos a ver con nuestros propios ojos.

El Adviento para Niños: 1er Domingo - “Estén preparados para la llegada de Jesús, que vendrá para Navidad como un Niño”


(Domingo I de Adviento - Ciclo A - 2013-14)
         Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento, para prepararnos para celebrar, una vez más, la Navidad. ¿Por qué la Iglesia repite todos los años las mismas misas? Porque por una parte, es igual que en la escuela, que todos los años repite las mismas lecciones para sus alumnos; así la Iglesia quiere que aprendamos las hermosas lecciones que son la vida de Jesús. La Iglesia quiere que todos los años nos acordemos de Jesús, para que así vayamos aprendiendo cada vez más de Él y así todos lleguemos a ser como Él.
         Pero hay algo más: cuando la Iglesia celebra la Navidad una y otra vez –y también la Pascua, una y otra vez-, no es porque solamente quiere que nos acordemos de Jesús: por la liturgia y por la Misa, Jesús baja del cielo en Persona para darnos su Amor y para quedarse con nosotros, y para darnos todos los frutos de la Redención. ¿Vieron cuando un árbol está cargado de frutos –cualquier que nos podamos imaginar: manzanas, peras, duraznos, etc.- y uno se acerca para cortarlos y comerlos, disfrutando de su dulzura? Bueno, Jesús está en la Cruz, que es el Árbol de la Vida eterna, y el que se acerca a este Árbol bendito, recibe su fruto exquisito, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comer este fruto, que es la Eucaristía, se deleita y se goza con la dulzura del Amor de Jesús. Para que nosotros podamos hacer esto, es decir, para que podamos comer del Fruto exquisito del Árbol de la Vida, que es la Eucaristía, la Iglesia, todos los años, comienza un nuevo Año Litúrgico, en el que celebramos, principalmente, la Navidad y la Pascua de Jesús.
         ¿Qué quiere decir “Adviento”? “Adviento” significa “venida” y se refiere a la venida de Jesucristo para Navidad. En este tiempo, en la Iglesia esperamos que venga Jesús, como Niño, para Navidad, así como los justos del Antiguo Testamento esperaban que viniera el Mesías Salvador (aunque nosotros sabemos que ya nació, murió en la Cruz y resucitó).
         ¿Cómo tenemos que vivir este tiempo de “Adviento”?
         La Iglesia nos pide lo siguiente para vivir el Adviento, que es la preparación para la Navidad: oración, penitencia, misericordia, alegría.
         Oración: porque la oración es al alma lo que la respiración y el alimento es al cuerpo. ¿Alguien puede vivir sin respirar? No, a lo sumo, alguno podrá aguantar la respiración en la pileta, debajo del agua, no más de dos minutos, pero no se puede pasar la vida sin respirar; así tampoco se puede vivir sin rezar, porque la oración es lo que le permite al alma respirar con la vida de Dios. ¿Alguien puede vivir sin comer? No, nadie puede vivir sin comer, porque se muere de hambre a los pocos días; así también, no se puede vivir sin rezar, porque el alma que no reza, es un alma que muere, porque se queda sin la vida de Dios.
         Penitencia: porque somos pecadores y el pecado nos impide recibir a Dios que viene como Niño. Haciendo penitencia y confesándonos, vamos a preparar nuestro corazón, que va a quedar limpito, como la gruta de Belén, para que ahí pueda nacer el Niño Dios.
Misericordia: que quiere decir “amor dado a los demás con obras y no con palabras”. Jesús es Dios de Amor, y viene para Navidad como un Niño, sin dejar de ser Dios, para darme su Amor; entonces, yo tengo que dar de este mismo amor a los que me rodean, empezando los papás y los hermanos.
         Alegría: no hay nada más hermoso en este mundo que Jesús y saber que Jesús me ama y que va a venir como un Niño para llevarme al cielo, es la causa de mi alegría, y esa alegría es la que tengo que dar a los demás, junto al amor.

         Así es como tenemos que vivir el Adviento, como nos pide la Iglesia: oración, penitencia, misericordia, alegría. Esa es la manera de prepararnos para la Venida de Jesús.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El Evangelio para Niños: Cristo Rey


(Ciclo C – TO – 2013)
         En este día la Iglesia está muy contenta y hace fiesta porque celebra a su Rey, Jesús. Para todos nosotros, que estamos en la Iglesia, Jesús es nuestro Rey, y como todo rey, tiene corona, un cetro, un sillón real, un manto real, y vive en un castillo. Pero Jesús es un rey especial, muy distinto a los que conocemos. ¿Por qué? Veamos porqué.
Dijimos que tiene una corona, pero esa corona no es de oro, ni tiene rubíes y diamantes, como las coronas de los reyes de la tierra; es una corona hecha de espinas, muy grandes y con mucho filo, que le traspasan su Cabeza y le hacen salir mucha sangre, que es la Sangre con lo que lava nuestros malos pensamientos.
Jesús Rey tiene también un cetro –un bastón-, como los reyes de la tierra; el cetro indica el poder del rey, y quiere decir que el que tiene el cetro, es el que manda a todos los demás. El cetro de Jesús no es un bastón de marfil: son los tres clavos de hierro que clavan sus manos y sus pies a la Cruz, porque así Jesús le pide perdón a Dios Padre por las obras malas que hacemos con las manos y por los pasos malos que caminamos cuando cometemos algún pecado.
Jesús Rey tiene un sillón real, pero no es como los de los reyes de la tierra, que están todos pintados en oro y tienen almohadones grandes de seda roja para que el rey se siente cómodo; el sillón desde donde Jesús Rey gobierna el Universo, es el Leño Santo de la Cruz, el Madero de la Cruz, y desde allí Jesús nos mira, esperando que vayamos a arrodillarnos al pie de la Cruz, para darnos su bendición y su Amor.
Jesús tiene un manto real, pero su manto no es como el de los reyes de la tierra, que tienen mantos hechos de pieles finas, de telas muy caras, cosidas con hilos de oro y plata; el manto de Jesús, que es de color rojo fuerte, está hecho de su propia Sangre, la Sangre que sale de sus heridas abiertas por nuestros pecados.

Por último, como todo rey, Jesús vive en un castillo, pero no es un castillo de piedra, rodeado de agua con cocodrilos, ni tampoco tiene una puerta de madera que se levanta y se baja para permitir el paso de los que quieren entrar o salir del castillo, como se ve en las películas; el castillo en donde vive Jesús es el Reino de los cielos, allí vive con su Papá y con el Espíritu Santo, con la Virgen y con todos los ángeles y santos del cielo. En el cielo, Jesús vive lleno de la luz y de la gloria de Dios, y ya no va a morir nunca más, y va a venir el Día del Juicio Final para darles un premio a los buenos y para castigar a los malos con el Infierno.
Jesús Rey está entonces en la Cruz y está en ese "castillo" especial y muy hermoso que e el cielo, y desde allí reina en las almas que lo aman. 
Ah, pero también aquí en la tierra Jesús Rey vive en un castillo: ese castillo se llama “sagrario”, y allí está nuestro Rey Jesús, escondido detrás de algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, es decir, es la Eucaristía. Allí nos espera nuestro Rey Jesús, en la Eucaristía, para que vayamos a decirle que lo amamos mucho, tanto, que lo adoramos, y que así como lo amamos y adoramos en la tierra, así también queremos amarlo y adorarlo en el cielo, para siempre, con todos nuestros seres queridos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

El Evangelio para Niños: “Antes de mi Segunda Venida, los perseguirán pero se salvarán los que tengan fe”


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo C - 2013)

         En este Evangelio Jesús nos dice que, antes de su Segunda Venida, a todos los que crean en Él y lo amen, los van a perseguir y los van a poner presos, pero que Él les va a estar con ellos, a su lado, invisible y, más que a su lado, va a estar en sus corazones, y les va a dictar en secreto lo que tienen que decir en esos momentos: que Jesús es el Hijo de Dios y que ha muerto en la Cruz y ha resucitado para salvarnos, para derrotar al diablo y al pecado, para hacernos ser hijos adoptivos de Dios y llevarnos al cielo.
         Lo que sucede es que todo este mundo, así como lo conocemos, va a desaparecer en el Último Día, el Día del Juicio Final, así como se enrolla una hoja de papel, para que todos podamos ver a las Tres Personas de la Trinidad; en ese momento, Dios nos va a juzgar por nuestras obras y, si son buenas, nos dará como premio el cielo. Si alguien no tiene obras buenas, nunca va a poder entrar en el cielo y va a tener que ir a un lugar de mucho sufrimiento que se llama “Infierno”.
         Pero antes de que pase eso, a todos los que crean en Jesús en la Eucaristía y lo amen y lo adoren, los van a poner presos y les va a pasar algo parecido a los cristianos de antes, que los llevaban presos y después los llevaban al circo romano para que los coman los leones. Pero así como estos cristianos, antes de morir, les decían a todos que amaban a Jesús y que con gusto daban sus vidas por Jesús, y esto lo podían hacer porque el Espíritu de Dios les daba fuerzas y amor -estos cristianos se llaman "mártires" y e que muere como mártir tiene un lugar en el cielo, al lado de Jesús-, así también, a los que los persigan y pongan presos antes del Juicio Final, también va a estar con ellos el Espíritu Santo y también les va a dar fuerzas y amor para que puedan decirles a todos que Jesús ha resucitado y está vivo en la Eucaristía. Y así, ellos se van a salvar, porque todo el que da la vida por Jesús se salva.
A nosotros no nos llevan al circo romano para que nos coman los leones, ni tampoco nos llevan presos porque creemos y amamos a Jesús, pero igualmente, todos los días, tenemos que decirle al mundo, con nuestras buenas obras, que Jesús ha muerto en la Cruz y ha resucitado y está vivo, con su Cuerpo resucitado y lleno de la gloria de Dios, en la Eucaristía, y que lo amamos y adoramos con toda la fuerza de nuestros corazones. Si hacemos así, dice Jesús que vamos a salvar nuestras almas.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Evangelio para niños: “En el cielo nadie se casa porque todos son como ángeles”


(Domingo XXXII – TO – Ciclo C – 2013)
         En este Evangelio, Jesús nos cuenta cómo es el cielo: en el cielo, no hay casamientos, porque todos los que están en el cielo “son como ángeles” y por eso no hay necesidad de casarse (cfr. Lc 20, 27-38).
         ¿Qué quiere decir “ser como ángeles”? Quiere decir tener un cuerpo, este mismo cuerpo, pero resucitado, sano y sin ninguna enfermedad, lleno de la luz y de la gloria de Dios.
¿Cómo es un cuerpo “resucitado”? Es un cuerpo que no siente cansancio ni necesidad de dormir; tampoco experimenta hambre ni sed, y por eso no hay necesidad en el cielo de comer papas fritas ni tomar gaseosa, porque ya no hay más hambre ni sed; puede atravesar las paredes, como hizo Jesús cuando, después de resucitar el Domingo de Resurrección, entró en la habitación donde estaban los discípulos con la puerta cerrada; es un cuerpo que se puede mover muy rápido, basta pensar con ir a un lugar, para ya estar ahí en ese mismo momento; es un cuerpo que ya no se enferma, ni tiene fiebre, ni envejece, y es siempre joven; tampoco siente ningún dolor y, lo más importante de todo, está unido a su alma, que está siempre feliz, alegre, contenta, porque está siempre mirando a Tres Personas hermosas, las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, y eso le causa una gran alegría, tanta, que no puede creer de tanta alegría que tiene.
¿Y quiénes son los que resucitan?

Los que mueren en gracia de Dios, porque la gracia santificante es como una lucecita en el corazón, que no se ve en esta vida, pero que en el momento de la muerte, empieza a volverse cada vez más grande, hasta ocupar todo el cuerpo, y a medida que va ocupando el cuerpo, lo va llenando de la vida, de la luz y de la gloria de Dios, hasta que el cuerpo queda todo lleno de luz, y esto es lo mismo que le pasó a Jesús el día que, con sus propias fuerzas, después de haber muerto el Viernes Santo, resucitó el Domingo de Resurrección. El que resucita es el que está unido a Jesús por la gracia, por la fe y por el Amor, y nadie puede resucitar para ir al cielo, sino es por la gracia de Jesús, y por eso es tan importante vivir y morir en gracia de Dios. Los que no están en gracia de Dios, también resucitan, pero su cuerpo, en vez de ser un cuerpo de luz, es un cuerpo oscuro, como el carbón, y como no están en gracia, nunca van a poder entrar en el cielo; esos van a un lugar donde no está Dios, y es el Infierno. El que va a ese lugar, es porque eligió morir en pecado y no en gracia de Dios. Por eso hay que rezar todos los días, pidiendo la gracia de la perseverancia final en la fe y en las buenas obras, para morir en gracia y resucitar y así, con el cuerpo y el alma llenos de la luz y de la gloria de Dios, entrar en la Casa del Padre para siempre.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El Evangelio para Niños: “La salvación ha llegado a esta casa”


(Domingo XXXI – TO – Ciclo C – 2013)
         En este Evangelio (Lc 19, 1-10), Jesús  le dice a Zaqueo, que era un señor que tenía mucha plata pero que también era muy pecador, que quiere ir a alojarse a su casa.
¿Cómo era Zaqueo? Tenemos que saber cómo era, porque se ve que Jesús lo quería mucho, porque le pide alojarse en su casa.  Bueno, Zaqueo era rico, lo cual no nos ayuda para entrar en el cielo, porque en el cielo no hay dinero, ni oro, ni plata, ni cosas materiales de ninguna clase, porque no hacen falta, porque todo lo que hay en el cielo es muchísimo más lindo que todo lo que hay acá, y no hay necesidad ni de comprar ni de vender nada. Pero además de rico, Zaqueo también era “publicano”, lo cual quiere decir, que era conocido como pecador por todos y como sabemos, el pecado es algo malo, muy malo, y es tan malo, que nadie con pecado puede entrar en el cielo, y es por esta razón que los que tienen pecado mortal, van al infierno, y los que tienen pecado venial, van al Purgatorio. Resulta entonces que Zaqueo tenía su corazón apegado a la tierra, y también era pecador, pero a pesar de eso, Jesús lo ama y lo ama tanto, que quiere entrar en su casa para comer con él y llevarle la salvación.
Lo que tenemos que saber es que todos somos un poco como Zaqueo, porque todos tenemos el corazón pegado a los bienes materiales –y si no, hagamos la prueba de no pedir nada a nuestros papás, o de regalar a nuestros hermanos o amigos los juguetes y las cosas que más queremos, y ahí nos daremos cuenta de cuánto están apegados nuestros corazones a las cosas de la tierra, y esto es lo que quiere decir ser “rico” como Zaqueo; además, todos somos pecadores, porque “el justo peca siete veces al día”, dice la Escritura, y si bien nos confesamos, volvemos luego a pecar, y seguiremos siendo pecadores hasta el día de nuestra muerte. Pero también, al igual que Zaqueo, Jesús nos ama, y nos ama tanto pero tanto pero tanto, que a Él no le importa que nuestro corazón esté lejos de Él, ni tampoco le importa que seamos pecadores; o también podemos decir que nos ama justamente porque somos débiles y pecadores para darnos su Amor y Misericordia y, todavía más, cuantos más pecados tenga un alma, más Amor y Misericordia recibirá de Jesús. Al igual que con Zaqueo, Jesús también quiere entrar en nuestra casa, pero no a nuestra casa material, sino a nuestra casa espiritual, que es nuestra alma. ¿Cómo quiere entrar Jesús? Lo quiere hacer a través de la Comunión Eucarística: cada vez que comulgamos, Jesús golpea a las puertas de nuestro corazón y nos dice, igual que le dijo a Zaqueo: “Quiero alojarme en tu casa” y también, al igual que Zaqueo, nosotros tenemos que abrirle presurosos las puertas de nuestros corazones, con mucha fe y amor, para que Jesús entre y convierta a nuestros pobres corazones en su morada. Y para que Jesús esté a gusto en esa casa que es nuestro corazón, le prometeremos que compartiremos nuestras cosas con los hermanos y amigos, que nunca haremos mal a nadie y que trataremos de crecer en la santidad todos los días”. Si hacemos así, escucharemos la dulce voz de Jesús que, desde el fondo de nuestro corazón, nos dirá: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.