Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 26 de abril de 2013

El Evangelio para Niños: “Ámense como Yo los he amado”


 
(Domingo V - TP - Ciclo C - 2013)
        El Evangelio para Niños: “Ámense como Yo los he amado”
(Domingo V - TP - Ciclo C - 2013)
         En este Evangelio, Jesús nos dice qué tenemos que hacer para entrar en el cielo: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Jesús nos quiere decir que, para poder entrar en el cielo, tenemos que cumplir un solo mandamiento, uno nuevo, el que nos dejó Él antes de subir al cielo: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.
        Entonces, uno puede decir: “¡Qué lindo mandamiento!”. Porque es hermoso amar a los papás, a los hermanos, a los seres queridos.
         Es hermoso amar a los que nos aman, y por eso este mandamiento parece fácil; pero resulta que a veces no es tan fácil amar, porque estamos enojados, o contrariados, o porque hay veces que no es tan lindo amar, sobre todo a quien llamamos “enemigo”.
         El primer mandamiento entonces es fácil de cumplir algunas veces, pero otras veces, en cambio, es difícil de cumplir.
         ¿Cómo podemos cumplir este mandamiento, cuando parece difícil?
        Lo que tenemos que hacer es mirar a Jesús en la Cruz, porque Él nos ha amado desde la Cruz, ha dado su vida por amor a nosotros en la Cruz. Ahí es donde tenemos que aprender a amar a los demás.
         Cuando nos resulta difícil amar, ya sea a nuestros seres queridos, o a alguien con el cual estamos enemistados –un hermano, un compañero, un amigo-, lo que tenemos que hacer es ver a Jesús en la Cruz y ahí nos vamos a dar cuenta cómo nos ha amado Jesús.
         Miremos su cabeza coronada de espinas, que le produjeron muchísimo dolor y le hicieron salir mucha sangre, y ahí nos daremos cuenta que Jesús pidió perdón a Dios Padre por todos nuestros malos pensamientos, enojos y deseos de venganza, y le ofreció a Dios Padre sus dolores y su Sangre, para que nosotros no sufriéramos ningún castigo.
         Miremos las manos de Jesús, clavadas con gruesos clavos de hierro, y ahí nos daremos cuenta de cómo nos amó Jesús, que pidió perdón al Padre por todas las veces que hicimos mal con las manos –si levantamos la mano para pelear, o para tomar cosas que no son nuestras-, y le ofreció sus manos doloridas y con Sangre, y perforadas por los clavos, para que Dios Padre nos perdone.
         Miremos los pies de Jesús, perforados por un grueso clavo de hierro, que le causó un dolor insoportable y le hizo salir mucha sangre, y nos daremos cuenta que Jesús nos amó tanto en la Cruz, que prefirió que le perforaran sus pies y no los nuestros, cuando nosotros lo teníamos merecido, cada vez que usamos los pies y caminamos para hacer el mal.
         Miremos el Corazón traspasado de Jesús, y ahí nos daremos cuenta que Jesús dejó que traspasaran su Corazón con una lanza, para que Dios Padre nos perdonara todos los pecados del corazón, todas las veces que pensamos mal de las personas, todas las veces que no quisimos amar a los demás, todas las veces que no quisimos ser buenos.
         Mirando a Jesús crucificado y repasando todas sus heridas, aprenderemos a amar a los demás como Él nos ha amado: con el Amor de la Cruz.

jueves, 18 de abril de 2013

El Evangelio para Niños: "Yo Soy el Buen Pastor"



         Jesús se llama a sí mismo: “Buen Pastor” (Jn 10, 27-30). Imaginemos entonces cómo es un buen pastor, para saber cómo es Jesús. Un buen pastor se preocupa por sus ovejas y por eso las lleva a un lugar con mucho pasto verde, con agua fresca, con árboles que protejan del sol, para que las ovejitas se alimenten, tomen agua y descansen. Además, el buen pastor está atento por si viene el lobo, que quiere comerse las ovejas. El buen pastor no trabaja por el dinero, ni tampoco le importa la lana de las ovejas; lo que le importa es que la oveja esté bien, se alimente, y esté protegida del lobo. Algunas veces le puede pasar al pastor que una de las ovejas, distraída, se separa del redil, y se va caminando lejos por lugares peligrosos, como la ladera de un barranco, que termina en un precipicio. Si la ovejita se separa de las demás, se pierde, y si se hace la noche, no puede ver bien y se cae por el barranco. En su caída, la ovejita se va lastimando con las piedras, las cuales le van cortando su piel y le van haciendo salir mucha sangre. Al llegar al fondo del precipicio, está tan malherida, que ya no puede moverse ni levantarse. Pero lo peor de todo está por llegar, porque en el fondo del barranco vive el lobo, que tiene un olfato muy bueno, y cuando huele la sangre de las heridas de la ovejita, se acerca en seguida para comérsela entera con sus dientes afilados. La ovejita pide auxilio, con sus débiles balidos, pero si no viene alguien a auxiliarla prontamente, entonces está lista.
         En este caso, ¿qué hace un buen pastor? Un buen pastor deja al resto de las ovejas, que están a salvo, y escuchando los balidos de la ovejita en el fondo del barranco, va su busca. Baja por el barranco, apoyándose en su cayado, llega hasta donde está la ovejita, ahuyenta al lobo con su sola presencia, derrama aceite en las heridas de la ovejita, las venda, la carga sobre sus hombros, y sube por la ladera escarpada para llevarla de nuevo con las demás, sana y salva. El buen pastor da la vida por sus ovejas.
         Ahora que vimos cómo es un buen pastor de la tierra, podemos saber cómo es Jesús, que es el Buen Pastor del cielo. En esta imagen de las ovejitas y el pastor, nosotros somos esas ovejitas, y cuando no vivimos los Mandamientos de Dios –cuando no venimos a Misa, cuando no rezamos, cuando desobedecemos a los papás, cuando peleamos, decimos mentiras, somos egoístas, perezosos-, entonces somos como la ovejita que se aparta de las demás y se cae por el barranco. La caída es la tentación consentida –cuando consentimos la pereza, el enojo, la impaciencia, el mal trato, etc.-, y las heridas son los pecados; el fondo del barranco es nuestra alma sin la gracia; el lobo es el ángel caído. Esto quiere decir que cuando no vivimos los Mandamientos de Dios, cuando no hacemos el esfuerzo por luchar contra nuestra pereza, impaciencia, enojo, fastidio, egoísmo, nos alejamos de Jesús y de su gracia y nos caemos en el fondo del abismo, que es el pecado. Además quiere decir que, alejándonos de Jesús, nos acercamos al Lobo del infierno, que es el demonio, y quedamos a merced suya. Y el demonio, al que no tiene la protección de Jesús, lo destroza con sus dientes de bestia furiosa, que anda “buscando a quien devorar”.
Jesús entonces es el Buen Pastor, y por eso viene en nuestro auxilio y no nos deja solos. Jesús dice que “sus ovejas escuchan su voz” porque lo conocen, entonces, cuando Él viene a buscarnos, nos llama con el dulce silbido de su voz, y esto significa el llamado al arrepentimiento y a la contrición del corazón. Por eso dice Jesús que sus ovejas “escuchan su voz y lo siguen”, porque la voz de Jesús, Buen Pastor que nos busca, al mismo tiempo que nos llama, nos pone el corazón el arrepentimiento perfecto y el deseo de no volver nunca más a pecar, para vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios.
El que escucha la voz de Jesús, recibe en el alma la gracia de la contrición perfecta, por la cual está dispuesto a “morir antes que pecar”, como pedía Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión. El que escucha la voz de Jesús, se arrepiente tan profundamente de sus pecados, que quiere que se haga realidad lo que pide en cada confesión sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.
Jesús nos llama con su dulce voz, dándonos el arrepentimiento, y la ovejita que responde con sus débiles balidos somos nosotros, que hemos escuchado su voz y le contestamos. Él escucha nuestra respuesta y baja, pero no por un barranco, sino desde el cielo, y no con un cayado de madera, de esos que usan los pastores de la tierra, sino con su cayado celestial, que es la Cruz de madera; ahuyenta no a un lobo de la tierra, sino que con su sola Presencia ahuyenta al Lobo del infierno, el demonio, y le ordena que esté bien lejos de nosotros y que no nos haga daño; cura nuestras heridas, con la Sangre de sus heridas; nos venda las heridas con su Amor, nos carga en sus hombros, es decir, nos sube a su Cruz, y sube llevándonos sobre sus hombros al lugar del reposo y del descanso eterno, esas praderas verdes con aguas cristalinas y árboles que dan sombra fresca, el Reino de los cielos.
Somos las ovejas del Buen Pastor, conocemos su voz y la escuchamos; hagamos entonces caso de lo que nos pide, para poder entrar en el Reino de los cielos: “Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo, niégate a ti mismo y carga tu Cruz de todos los días y sígueme”. Si hacemos así, nunca, ni en esta vida ni en la otra, nos apartaremos de Jesús, Buen Pastor.

sábado, 13 de abril de 2013

El Evangelio para Niños: “¡Es el Señor!”



(Domingo III – TP – Ciclo C – 2013)
         En el Evangelio de hoy (Jn 21, 1-14), Jesús se les aparece a Pedro, a Juan y a otros amigos de Jesús, que estaban pescando a la orilla del mar. Primero, ellos no se dieron cuenta que era Jesús; lo veían a la distancia, desde la barca, y pensaban que era “un hombre que estaba en la playa”. Todavía Jesús no les había dado el Espíritu Santo, y por eso no lo podían reconocer. El Espíritu Santo es fuego, y el fuego ilumina, da mucha luz; sin el fuego y la luz del Espíritu Santo, las personas están como envueltas por una nube negra, como esas de las tormentas, y no puede ver a Jesús. En cambio, cuando recibe el Espíritu Santo, ahí sí puede verlo, y eso es lo que le pasó a Juan primero y a Pedro y los otros amigos de Jesús, después: ellos no sabían que era Jesús, porque no podían verlo, a causa de esta oscuridad que los envolvía, pero cuando Jesús les sopló su Espíritu en el alma, ellos fueron capaces de darse cuenta que ese hombre que estaba en la playa, era el mismo Jesús que había muerto el Viernes Santo, pero que ahora estaba resucitado, vivo, lleno de la gloria y de la luz de Dios, y que ya no iba a morir más.
         Al darse cuenta que era Jesús, Juan se llenó de mucha alegría y de mucho amor, porque amaba mucho a Jesús –él era el discípulo que se recostó en el pecho de Jesús en la Última Cena, y escuchó los latidos de su Sagrado Corazón, latidos que eran de Amor y de dolor, por los pecados de los hombres-, y por eso dijo, casi gritando: “¡Es el Señor!”. Y después que dijo esto, Pedro se tiró al agua, mientras Juan y los demás se iban a la orilla con la barca y los peces, porque esto es otra cosa que pasó: Jesús les dio un gran regalo, les dio el milagro de la pesca abundante porque ellos habían pasado toda la noche sin poder pescar nada. ¡Cuando aparece, Jesús siempre trae regalos, pero el más importante de todos, es el regalo que hace de su propio Corazón en la Eucaristía!
         Lo que le pasó a Juan, también nos puede pasar a nosotros: si no tenemos la luz del Espíritu Santo, no podemos saber que Jesús resucitó y no podemos verlo, con los ojos del alma, en la Eucaristía.
         Hay muchos en el mundo que no tienen la luz del Espíritu Santo, y no saben que Jesús resucitó y está en la Eucaristía; al no tener la luz del Espíritu Santo, no ven a Jesús en la Eucaristía y creen en un Jesús que no es el verdadero Jesús: por ejemplo, piensan que Jesús es un extraterrestre, que está en una nave espacial; o piensan que es como una corriente eléctrica que anda en medio de las estrellas, o piensan que es sólo un hombre. Sin la luz del Espíritu Santo, nunca vamos a saber que Jesús resucitó y que está en la Eucaristía.
         El Evangelio nos enseña entonces que debemos rezar al Espíritu Santo para que nos ilumine y seamos capaces de “ver” a Jesús resucitado en la Eucaristía. Entonces, vamos a poder decir, llenos de alegría y de amor, igual que Juan: “¡Es Jesús!”.
        
        

viernes, 12 de abril de 2013

Hora Santa para Niños y Jóvenes



         Inicio: Venimos a adorar al Divino Niño, que está Presente pero oculto, invisible, en la Eucaristía. No lo vemos con los ojos del cuerpo, y por eso le pedimos a la Virgen, la Mamá del Niño Jesús, que nos dé sus ojos para verlo y su Corazón Inmaculado para amarlo. También les pedimos a nuestros ángeles custodios y a San Miguel Arcángel que nos ayuden para que la adoración sea del agrado del Niño Jesús. Venimos a pedirle por nosotros y por los niños y jóvenes del mundo entero. Hacemos silencio “por fuera”, y por eso no hablamos, y hacemos silencio también “por dentro”, pensando sólo en Jesús y en la Virgen y en nadie más.

         Canto de entrada: “Oh buen Jesús”.

Acto de fe
¡Oh, buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar.
Acto de humildad
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa Comunión;
Jesús que ves mi nada y mi pecado,
/prepara Tú mi pobre corazón./ (bis)
Acto de dolor
Pequé Señor, ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
me pesa ya; perdón, Señor, te pido,
/eres mi Dios, apelo a tu bondad./ (bis)
Acto de esperanza
Espero en Ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz que dice “Ven a mí”,
porque eres fiel, por eso en Ti confío;
/todo Señor, lo espero yo de Ti./ (bis)
Acto de amor
¡Oh, buen pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que constante
/he de vivir tan sólo de tu amor./ (bis)
Acto de deseo
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien te come bien;
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida,
/desciende a mí, hasta mi pecho ven./ (bis)

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación

         Jesús, Divino Niño, que siendo Dios omnipotente viniste a nosotros como un Niño en Belén, para que no tuviéramos miedo en acercarnos a Ti, enciende en nuestros corazones el amor hacia Ti.
Tú eres un Dios con corazón de niño, por eso te pedimos que siempre conservemos la inocencia que da la gracia.
Haz que recordemos siempre tu Nacimiento milagroso en Belén y que te conozcamos en el misterio de la Eucaristía.
Divino Niño, queremos adorarte en la Eucaristía así como te adoraron los pastores en Belén en la Noche de Navidad; queremos presentarte regalos, como los regalos que te hicieron los Reyes Magos, que te llevaron oro, incienso y mirra.
Con tu ayuda, nosotros queremos darte el oro de la adoración, el incienso de la oración y la mirra de la mortificación.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que luego de nacer fuiste presentado en el templo llevado en los brazos de la Virgen María, haz que seamos siempre como niños pequeños, para que también seamos llevados en los brazos de María y por Ella seamos presentados ante Ti, Dios nuestro.
         Jesús, Divino Niño, que en tu divina infancia fuiste criado y educado por María y José, haz que también ellos nos críen y eduquen para que seamos niños y jóvenes santos, y no permitas que las vanas atracciones del mundo nos alejen de Ti. Hoy el mundo nos muestra muchas distracciones, la mayoría de ellas malas, como la música cumbia, el rock, las diversiones malas, los programas de televisión y de internet que ofenden a Dios.
         Si nos dejamos llevar por estas cosas malas, somos como un niño que se desprende de las manos de sus padres y corre hacia un precipicio muy hondo, en cuyo fondo habita el ángel de la oscuridad, el ángel caído, el demonio. Así como Tú, siendo Niño, ibas siempre de la mano de tus papás, no permitas que nunca nos soltemos de la mano de la Virgen y de San José.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que a los doce años te quedaste en el templo en vez de volver con tus padres, porque “tenías que ocuparte de las cosas de tu Padre Dios”, por este misterio de tu Divina Infancia, haz que te encontremos siempre en el templo, en el sagrario, en la Eucaristía; haz que nunca nos separemos de la verdadera y única Iglesia, la Iglesia Católica; haz que nunca cometamos el pecado de apostasía, que es ir a otras iglesias, a otros cultos, a otras religiones; haz que nunca cometamos el pecado de idolatría, que es rezarle a ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte; haz que nunca creamos en el horóscopo, en el Tarot, en el juego de la copa, en la magia o en la brujería, porque como dice el Papa Francisco, “no nos salva ni la brujería, ni el Tarot, ni nosotros mismos, sino Cristo Jesús”; haz que Te encontremos en el templo, en el sagrario, en donde nos esperas en el invento de tu Amor, la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Jesús, Divino Niño, que “creciendo en gracia y sabiduría” te hiciste adolescente y luego joven, y permaneciste en tu adolescencia y juventud siempre en la obediencia amorosa a tus padres, María y José, haz que nosotros vivamos siempre con amor el Cuarto Mandamiento, “Honrarás padre y madre”, el mandamiento que manda amar a los padres, honrándolos con la obediencia, el respeto, el trato afectuoso, la compasión, la ayuda en sus dificultades. No permitas que nunca cometamos el gravísimo error de faltarles el respeto, de levantarles la voz, de desobedecerlos, de no auxiliarlos cuando necesiten de nuestra ayuda. Antes bien, ayúdanos a ser como Tú, Hijo ejemplar, amoroso y dedicado, y que nuestros padres puedan sentirse amados y respetados por nosotros.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que siendo ya adulto no dejaste nunca de amar a tus padres terrenos, pero que luego de la muerte de San José te separaste de la tu Mamá, la Virgen, para cumplir la Voluntad de Dios Padre, que quería que murieras en la Cruz para salvar nuestras almas, haz que a ejemplo tuyo, sepamos separarnos de nuestros seres queridos si esa es tu Voluntad, para que vivamos la vocación a la cual Tú nos has llamado, ya sea el matrimonio o la vida consagrada.

Silencio para meditar.

         Peticiones:

         A cada intención respondemos: “Por los dolores de la Virgen María, escúchanos Señor”.

-Por el Santo Padre Francisco, por los obispos y sacerdotes de la Santa Iglesia Católica, para que guiados por Ti, Divino Niño, sepan dar testimonio de tu Amor. Oremos al Señor.

         -Por nuestras familias y las familias del mundo entero, para que el Divino Niño, Presente en la Eucaristía, sea su único tesoro. Oremos al Señor.

         -Por los niños y jóvenes de nuestra comunidad y de todo el mundo, para que Te conozcan a Ti, Divino Niño, Presente en la Eucaristía, para que sus vidas sean iluminadas con el resplandor de tu gloria. Oremos al Señor.

         -Por los niños que sufren, cualquiera sea su causa, para que encuentren en Ti, Divino Niño, su consuelo en esta vida y en la vida eterna. Oremos al Señor.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación final: Divino Niño Jesús, debemos ya retirarnos. En esta Hora Santa, hemos recibido de Ti torrentes infinitos de Amor y de gracia, de luz, de vida, de amor y de alegría. Queremos dar a los demás todo lo que de tu Sagrado Corazón hemos recibido. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos y a acordarnos siempre de Ti, y para eso, le pedimos a tu Mamá, la Virgen, que imprima tu imagen en nuestros corazones; así, cada latido nuestro dirá: “Jesús, María, os amo”.

         Canto de salida: “El trece de mayo”.

A tres pastorcitos la Madre de Dios,
descubre el misterio de su corazón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Haced penitencia, haced oración,
por los pecadores implorad perdón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Las modas arrastran al fuego infernal,
vestid con decencia si os queréis salvar.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

El Santo Rosario constantes rezad,
y la paz del mundo el Señor os dará.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

¡Qué pura y qué bella se muestra María,
qué llena de gracia en Cova de Iria!
Ave, ave, ave Maria. Ave, ave, ave Maria.

viernes, 5 de abril de 2013

La Divina Misericordia para Niños



         Una vez Jesús le dijo a una monjita, que se llamaba Sor Faustina y que ahora está en el cielo para siempre, que Él quería que en la Iglesia se hiciera una fiesta muy grande y muy linda y que Él quería que se llame “Fiesta de la Divina Misericordia”.
         Esa fiesta –que no era una fiesta como las de cumpleaños, con globos, tortas, y todas esas cosas, pero era una fiesta más linda que la más linda fiesta de cumpleaños- se tenía que hacer un día muy especial: el domingo después de su Resurrección.
         Jesús también le dijo a Sor Faustina que pintara un cuadro así como lo veía y que pusiera abajo un cartel que decía: “Jesús en Vos confío”. Jesús quería que Sor Faustina hiciera un cuadro igual a como Él estaba cuando se le apareció en el convento. ¿Cómo estaba Jesús? Jesús estaba muy hermoso, con ojos que reflejaban amor y paz, los mismos ojos con los que nos mira desde la Cruz; su mano izquierda estaba en su Corazón, y su mano derecha estaba en alto, como cuando el sacerdote da la bendición. Llevaba puesta una túnica blanca, con un cinturón dorado, y estaba descalzo. De su Corazón salía una luz blanca y una luz roja: la luz blanca quiere decir el Agua que limpia al alma del pecado que la ensucia; la luz roja, quiere decir su Sangre, que cuando cae sobre el alma, le da la vida que tiene Dios, que es vida eterna.
         Jesús prometió además que ese día, el día de la Fiesta de la Divina Misericordia, si alguien se confesaba, iba a quedar con su alma sin pecados. Y un alma sin pecados, es muy parecida al alma de la Virgen. ¿Cómo era el alma de la Virgen? Era más que limpia, limpidísima, porque cuando Ella comenzó a existir en la panza de su mamá, Santa Ana, desde ese entonces, tuvo siempre a su alma limpita de pecados; además, como la Virgen era tan Hermosa y Pura, Dios la amaba tanto a la Virgen, que le envió al Espíritu Santo para que viviera en su Corazón. Por eso es que la Virgen se llama “Inmaculada Concepción” y “Llena de gracia”, porque está sin pecados, y porque el Espíritu Santo, que se aparece como una paloma, vive en Ella, y le gusta tanto estar con la Virgen, que hizo del Corazón de la Virgen su nido de luz y de amor.
         Bueno, Jesús quiere que para esta fiesta, nosotros seamos como la Virgen, es decir, que nuestras almas estén limpias de pecado y llenas de la gracia de Dios, y esto se consigue con la Confesión sacramental y con la Comunión eucarística: con la Confesión se limpian los pecados; con la comunión, el alma se llena de gracia –que es como decir la luz, la vida y el Amor de Dios-, porque viene al alma Jesús, que es la Gracia Increada.
         Si nos confesamos y comulgamos, recibiendo a Jesús con Amor en el corazón, entonces vamos a disfrutar mucho de esta gran fiesta del cielo, la Fiesta de la Divina Misericordia.