Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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viernes, 31 de agosto de 2012

La Santa Misa para Niños (XXII) Lo que pasa en el altar es un misterio: el “misterio de la fe”.



Después de decir las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, el sacerdote dice: “Éste es el  misterio de la fe”. ¿Qué quiere decir “misterio”? Es algo que está escondido, oculto. ¿Y qué es lo que está escondido u oculto en el altar? El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. No lo podemos ver con los ojos del cuerpo, y por eso es un misterio, porque está escondido, pero sí lo podemos ver con los ojos de la fe, y por eso decimos que es un “misterio de la fe”. Es como cuando alguien se esconde detrás de una puerta y nos habla: no lo podemos ver, pero escuchamos su voz, y así sabemos quién es el que está detrás de la puerta. Lo mismo pasa con Jesús en la Eucaristía: no lo vemos con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe.
Esto que sucede en el altar, que el pan y el vino se convierten, por las palabras que dice el sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, tiene una palabra que se llama: “transubstanciación”. Es un poco difícil, pero no imposible de aprender: “tran-subs-tan-ciación”. Con esta palabra, le ponemos un nombre al “misterio de la fe”, y así podemos saber qué es lo que pasó en el altar después que el sacerdote dijo las palabras de la consagración.
¿Y cómo pasó esto? No lo sabemos; sólo sabemos que pasó y pasa cada vez que el sacerdote celebra la Misa, y es posible por el poder de Jesús, que habla a través del sacerdote, dándole la fuerza de Dios a las palabras de la consagración.
Aunque no sabemos cómo pasó, sí podemos darnos una idea, sabiendo qué es lo que vieron algunos santos en la Misa, como por ejemplo una gran santa que se llamaba Hildegarda de Bingen, que nació en la Edad Media, una época en donde no había ni televisión, ni Internet, ni autos, ni aviones, ni trenes, pero en donde la gente era más feliz, porque todos, desde los reyes hasta los más plebeyos, pensaban en Dios y lo amaban.
¿Qué fue lo que vio Santa Hildegarda de Bingen? Ella nos lo cuenta así[1]: “Y después de esto vi que, mientras el Hijo de Dios pendía en la cruz” –recordemos que Hildegarda está asistiendo a Misa, y ve a Jesús en la Cruz porque la Misa es el mismo sacrificio de Jesús en la Cruz, por eso, asistir a Misa, es asistir al Calvario de Jesús, y nosotros tenemos que ir a Misa con los mismos sentimientos con los que la Virgen María y Juan Evangelista estaban al lado de Jesús crucificado- “(…) vi como un altar (…) Entonces, al acercarse al altar un sacerdote revestido con los ornamentos sagrados para celebrar los divinos misterios” –todo esto que ve Santa Hildegarda, lo ve en el momento durante una Misa, y ella lo llama: “divinos misterios”-, “vi que súbitamente una luz grande y clara que venía del cielo acompañada de la reverencia de los ángeles envolvió con su fulgor todo el altar” –apenas comienza la Misa, una luz baja desde el cielo, y los ángeles la saludan con mucha reverencia, porque viene de Dios mismo-, “y permaneció allí hasta que el sacerdote se retiró del altar, después de la finalización del misterio” –esa luz se queda todo el tiempo que dura la Misa.
Pero además de esta luz celestial, Santa Hildegarda ve cómo, en el momento de la consagración, baja desde el cielo un relámpago de fuego muy luminoso, que baja hasta el pan y el vino del altar, los sube hasta el cielo y después los vuelve a bajar, ya convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aún cuando a los ojos del cuerpo sigan pareciendo que son solamente pan y vino: “Pero también allí, una vez leído el Evangelio de la paz y depositada sobre el altar la ofrenda que debía ser consagrada, cuando el sacerdote hubo entonado la alabanza de Dios todopoderoso –que es el ‘Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos’– para comenzar así la celebración de los misterios, repentinamente un relámpago de fuego de inconmensurable claridad descendió del cielo abierto sobre la ofrenda misma, y la inundó toda con su luz, tal como el sol ilumina aquello que traspasa con sus rayos. Y mientras la iluminaba de este modo, la elevó invisiblemente hacia los [lugares] secretos del cielo y nuevamente la bajó poniéndola sobre el altar, como el hombre atrae el aire hacia su interior y luego lo arroja fuera de sí: así la ofrenda fue transformada en verdadera carne y verdadera sangre, aunque a la mirada humana apareciera como pan y como vino”.
Así vivían los santos la Misa, y esto es lo que sucede en realidad, y por eso se llama la Misa: “misterio de la fe”. No podemos ver nada de esto con los ojos, pero con la luz de la fe, sí podemos verlo.
Pero en la Misa hay todavía más cosas: en la Misa pasa toda la vida de Jesús, sin que nos demos cuenta, y por eso asistir a Misa es más que si leyéramos toda la Biblia; asistir a Misa es vivir el Evangelio de Jesús. Dice así Santa Hildegarda: “Mientras yo veía estas cosas, repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo”. Santa Hildegarda ve cómo en la Misa, misteriosamente, se desarrolla toda la vida de Jesús, como si estuviéramos viendo la película de la Pasión, de Mel Gibson, pero mucho mejor, porque la película es sólo una película, mientras que la Misa es la realidad de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
Todo lo que sucede en el altar, es para que nosotros nos alimentemos, del Cuerpo y la Sangre de Jesús, para que tengamos el Amor de Dios en nuestros corazones, y sepamos darlo a los demás. Dice así Santa Hildegarda: “Pero, mientras el sacerdote entonaba el cántico del Cordero Inocente –que es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo– y se presentaba para recibir la Santa Comunión, el relámpago de fuego antes mencionado se retiró hacia los cielos; y tan pronto como el cielo se cerró oí una voz que desde el cielo decía: ‘Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia’”. Mientras dura nuestra vida en la tierra, nos tenemos que alimentar con la Eucaristía, porque esta vida es como un desierto, en donde nos acechan el calor ardiente del sol de las tentaciones; los alacranes, escorpiones y arañas del desierto, que son los demonios, y el frío de la noche del desierto, que es la dureza y frialdad del corazón: para combatir todo esto, nos sirve el alimento de la Eucaristía, porque nos preserva del pecado mortal y venial, al hacernos ver las cosas del mundo pequeñas y sin importancia, como cuando alguien ve la tierra desde la ventanilla de un avión; nos libra de las insidias del demonio, porque el demonio no se acerca a quien lleva a Jesús Eucaristía en el corazón, y convierte nuestro corazón, duro y frío como la roca, en una brasa de amor ardiente a Dios. Todo esto, hasta que lleguemos al cielo, por eso la voz de Dios Padre le dice a Santa Hildegarda: “Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo –la Eucaristía- para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia”.
Para asistir a Misa, por lo tanto, debemos pedir siempre la luz del Espíritu Santo, para que podamos vivirla con toda intensidad. La Misa no es ni “divertida” ni “aburrida”, o, si queremos, es, más que “divertida”, alegre, fascinante, maravillosa, porque es asistir al milagro más grande y maravilloso de todos los milagros grandes y maravillosos de Dios: es el fascinante misterio de la renovación sacramental del sacrificio en Cruz de Jesús.

“…repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo”.
(Santa Hildegarda de Bingen)


[1] Hildegardis Scivias II, 6-1. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B.. In: Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis. Vol. 43-43a. Turnhout: Brepols, 1978.

viernes, 27 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIX) Jesús entrega su Cuerpo en la Cruz y en el altar para salvarnos



“Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”.

Cuando el sacerdote pronuncia estas palabras, tenemos que estar muy atentos, porque es Jesús quien las pronuncia a través del sacerdote. Por eso el sacerdote no dice: “Esto es el Cuerpo de Jesús”, sino que dice: “Esto es mi Cuerpo”, y no está diciendo que es el cuerpo suyo, el del sacerdote, sino el de Jesús. Si el sacerdote hablara por sí mismo, diría: “Esto es el Cuerpo de Jesús”, pero no lo dice; por el contrario, dice: “Esto es mi Cuerpo”, porque el que pronuncia esas palabras, es Jesús. Es Jesús quien habla a través del sacerdote; es la Persona divina del Hijo de Dios el que habla a través del sacerdote ministerial.
Sabiendo entonces que es Jesús en Persona el que habla, ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir Jesús cuando dice que su Cuerpo será “entregado” por nosotros?
Para entender porqué Jesús dice que su Cuerpo será entregado por nosotros, y para saber también porqué la Misa es un “sacrificio”, tenemos que pensar primero en Dios, en su infinita bondad, y en cómo le responden los hombres.
Primero, hay que saber que Dios es infinitamente bueno, y esto quiere decir que nunca nada de lo que Él piense, desee, haga, o diga, puede ser malo, porque sino, dejaría de ser Dios. Si Dios pudiera desear algo malo, aunque sea pequeñísimo, ya no sería Dios, por eso, para que Dios sea Dios, tiene que ser incapaz de nada malo. Dios puede permitir que nos pase algo que llamamos “malo”, pero es solo porque Él puede convertir, con su infinito poder, a eso “malo” en algo bueno para nosotros. Dios permite el mal, porque por su poder puede sacar grandes bienes para nosotros, pero eso no quiere decir que pueda o quiera hacer el mal. Entonces, todo lo que recibimos de Dios, es producto de su infinita bondad, y no hay nada que de Él recibamos –así sean tribulaciones- que no provenga de su infinita bondad y de su infinito amor.
Pero a pesar de esto, el hombre, frente a su bondad, responde con el pecado, es decir, pensando el mal, deseando el mal, haciendo el mal, y portándose mal. Como Dios quiere mucho al hombre, lo perdona siempre, pero muchas veces el hombre no quiere arrepentirse, y sigue obrando el mal. Esto lo vemos todos los días, con los asaltos, robos, guerras, etc.
Esto sucede porque Adán y Eva, en el Paraíso, en vez de escuchar la Voz de Dios, escucharon el silbido de la serpiente, Satanás, y así perdieron el Paraíso y la gracia, cometiendo un pecado que se llama "original". A causa de este pecado, Dios decidió cerrar la puerta de los cielos y dejar que Adán y Eva se fueran, porque ellos perdieron el Paraíso por propia voluntad. A partir de entonces, entró el mal en el mundo, y es así como los hermanos se pelean entre ellos, como sucedió con Caín y Abel, y es así también como entró la mentira, la falsedad, el engaño, y toda clase de males. Por el pecado de Adán y Eva, Dios decidió cerrar las puertas del Paraíso a todos los hombres, y por eso nadie podía entrar. Y no solo eso, sino que, además de cerrarse las puertas del Paraíso, se abrieron las puertas del infierno, adonde estaban condenados todos los hombres al morir, porque sin la gracia de Dios, perdida por el pecado original, además de no poder entrar en el Cielo, todos los hombres, iban a ir al infierno, luego de esta vida.
Esto sucedió porque Dios es infinitamente bueno, pero también es infinitamente justo y respeta lo que el hombre elige, y si el hombre quiere portarse mal y no quiere hacer el bien, y si quiere escuchar el silbido de la serpiente antigua, Satanás, en vez de su Palabra, Dios deja que el hombre haga su voluntad, pero el precio de hacer el mal en esta vida, sin arrepentirse, es, en la otra vida, en el infierno. Dios no puede dejar de dar a cada uno lo que cada uno quiere, y el que quiere obrar el mal y no se arrepiente, es porque quiere vivir en el infierno, y Dios le da a cada uno lo que cada uno quiere y merece con sus obras: para los malos que no se arrepienten, les da el infierno, porque delante suyo, en los cielos, no puede haber nadie que tenga un corazón malo, envidioso, rencoroso, pendenciero, desobediente.
Como toda la humanidad, después del pecado de Adán y Eva, estaba condenada a la perdición, para que todos nos salvemos, y para que nadie vaya al infierno, Jesús, que es Dios Hijo, vino a esta tierra, "entró" dentro de un cuerpo humano, y se puso en lugar nuestro, por amor, dejando que la Justicia divina lo castigue a Él en vez de a nosotros, para así conseguirnos el perdón divino y el Cielo. Cada pecado que cometemos, sea venial, y mucho más, el mortal, merece un castigo de la Justicia Divina. Jesús entrega su Cuerpo para que la Justicia de Dios lo castigue a Él y no a nosotros, y es por eso que el Cuerpo de Jesús es flagelado, golpeado, y Él es coronado de espinas, y crucificado. Como cada pecado merece un castigo, y como los castigos que merecemos nosotros los recibe Jesús en lugar nuestro, el Cuerpo de Jesús es golpeado en la Pasión. Cada golpe que recibe Jesús, representa un pecado nuestro. Por ejemplo, una mentira leve, un enojo, o cualquier pecado venial, pueden ser una bofetada recibida en el rostro de Jesús; un mal pensamiento, es una espina de la corona de espinas, y así con todos; los pecados mortales, por el contrario, son los golpes más fuertes que recibe Jesús, como las trompadas en la cara, los latigazos, los clavos en las manos y en los pies. Jesús recibe en su Cuerpo el castigo que merecemos nosotros, por nuestros pecados, para que la Justicia de Dios no nos haga nada.
Por eso es que Jesús dice que “entrega” su Cuerpo: lo entrega en la Cruz y en el altar, para que seamos perdonados por Dios y para que Él derrame su Espíritu de Amor divino en nuestros corazones. Y todo esto lo hace Jesús no porque tenga necesidad de nosotros, ni porque alguien lo obligue, sino porque nos ama con un amor infinito, sin medida, más grande que todos los cielos y que todos los universos juntos.
Cuando escuchemos entonces las palabras de Jesús dichas con la voz del sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”, pensemos en la Pasión de Jesús, en cómo Él sufre por causa nuestra, y le agradezcamos, con toda la fuerza del corazón, por su infinito amor, y hagamos el propósito de morir antes que pecar.

sábado, 16 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIII) El sacerdote se lava las manos



Ahora el sacerdote se lava las manos.
¿Por qué el sacerdote se lava las manos, si ya las tiene limpias? Porque así como el agua quita las manchas y suciedades que puedan tener las manos, así la gracia y la misericordia de Dios quitan las manchas y suciedades del alma del sacerdote (imperfecciones, pecados veniales, amor propio, faltas de amor, impaciencia, soberbia, orgullo, etc.)[1]. Esto es muy necesario para seguir con esta parte de la Misa: debemos continuar con las manos puras, pero sobre todo, con un corazón puro[2].
Sólo el sacerdote se lava las manos, pero también nosotros, que asistimos en la Santa Misa, podemos unirnos los asistentes pueden y deben pedir lo mismo, uniéndose espiritualmente a la oración del sacerdote: “¡Señor, lávame totalmente de mi culpa y limpia mi pecado!”. El agua que lava las manos simboliza la gracia que purifica el alma dejándola preparada para recibir el Santísimo Sacramento del altar. Pero para el sacerdote tiene además otro significado: debido a que sus manos van a de tocar el Cuerpo de Jesús, luego de la transubstanciación, deben mantenerse libres de toda mancha terrena[3], de toda impureza y de todo afecto impuro. ¿Cómo podría darle un disgusto a Jesús, haciéndolo bajar en manos sucias y con olor a cosas malas? El sacerdote se lava las manos para que el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía no sea tocado con manos impuras.
Además de estos significados, hay otro más en el gesto del lavado de manos, y para saber cuál es, debemos recordar la Pasión de Jesús, en el momento en el que Pilatos, acobardado ante los judíos que piden que Jesús sea crucificado diciendo: “¡No queremos que este reine sobre nosotros! (cfr. Lc 19, 11-27) ¡Crucifícalo!” (Lc 23, 21), se lava las manos para desentenderse de su muerte. En realidad, es un acto de cobardía, porque Jesús ya estaba muy malherido, muy golpeado, con mucha sangre que salía de sus heridas. Estaba indefenso y débil, afiebrado por toda la sangre que había perdido, cansado, agotado, con hambre y sed, muy dolorido, entristecido. No representaba un peligro para nadie; por el contrario, despertaba compasión verlo así tan golpeado y con tanto dolor. Y sin embargo, Pilatos se lava las manos, como diciendo: “Yo se los entrego, con tal que ustedes no me demanden al César, porque si ustedes me demandan, voy a perder el puesto de gobernador. Prefiero seguir siendo gobernador, y no me importa si para eso lo tienen que matar. Yo me lavo las manos!”.
Al realizar este gesto el sacerdote, de lavarse las manos, que se afirme nuestro corazón en el amor de Cristo crucificado, pidiendo la gracia, al mismo tiempo, de morir antes que negarlo, y que resuene en nuestro corazón un potente grito: “¡Nunca como Pilatos!”[4].
Y ya que nos hemos trasladado espiritualmente al momento en el que Pilatos niega a Jesús, recordemos que la multitud pide que la sangre de Jesús caiga sobre ellos: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros!” (Mt 27, 25), porque también nosotros pedimos lo mismo, pero no en el sentido blasfemo y sacrílego de la multitud, sino como una súplica ardiente a Dios, porque no será el agua, sino la Sangre de Cristo, que será derramada en al altar de la cruz y recogida en el cáliz del altar, la que limpiará nuestros pecados y los pecados de los hombres.


[1] Cfr. Manglano Castellary, o. c., 44.
[2] Cfr. Schnitzler, o. c., 448.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. Schnitzler, o. c., 449.

sábado, 26 de mayo de 2012

La Santa Misa para Niños (X) Oración universal y presentación de las ofrendas




Oración universal.

En esta parte de la Misa nos acordamos del Pueblo Elegido –los hebreos-, cuando atravesaba a pie el desierto para llegar a la Tierra Prometida, Jerusalén. En ese entonces, los hebreos iban conducidos por una nube luminosa que los guiaba en el camino, y eran alimentados por el maná, un alimento milagroso venido del cielo.
Ahora nosotros, por Jesús, somos el Nuevo Pueblo Elegido, que peregrina tamibén en un desierto, el desierto de la vida, en dirección a Jerusalén, pero no la de la tierra, sino la Jerusalén Celestial, y como los hebreos, también somos guiados por una nube luminosa, la Virgen María, y somos alimentados con el maná verdadero, el Pan bajado del cielo, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía.
Como somos el Pueblo de Dios, en este momento le rezamos a Dios Uno y Trino para que no nos deje solos en nuestro caminar hacia la Jerusalén del cielo, y le pedimos también por nuestras necesidades, sobre todo las espirituales, las que más necesitamos para llegar al Cielo.
Es importante saber que, por el bautismo, somos sacerdotes, profetas y reyes, porque estamos unidos a Cristo que es Sacerdote, Profeta y Rey, y por lo tanto nuestra oración tiene mucha importancia ante Dios Trinidad, porque es la “oración de los fieles”[1].
¿Y cuando pedimos, qué tenemos que pedir? Nos lo dice la misma Iglesia: “por las necesidades de la Iglesia; por los que gobiernan y por la salvación del mundo; por los que sufren por cualquier dificultad; por la comunidad local, y por alguna intención particular”[2].
Con esta oración que hacemos en este momento, no hace falta hacer ninguna “cosa rara”, como por ejemplo, aplaudir, bailar, o cosas por el estilo, porque con la oración nos unimos fuertemente a Jesús, que por nosotros intercede ante el Padre.
Pero además de pedir, podemos hacer otra cosa, más importante que pedir: ofrecernos como “víctimas”, junto a Jesús, que es “Víctima perfecta” en la Cruz, para la salvación del mundo[3].



Presentación de las ofrendas.

¿Qué es una “ofrenda”?
La ofrenda es un regalo que hacemos a Dios Uno y Trino para expresarle nuestro respeto y nuestro amor, porque Dios es infinitamente bueno para con nosotros. Es algo parecido a cuando queremos agasajar a nuestros papás por alguna ocasión especial, como por ejemplo, en sus cumpleaños: les hacemos un regalo, para demostrarles que los amamos y los respetamos.
Presentamos ofrendas porque tenemos para con Dios un deber de amor y una deuda de gratitud, debido a la enorme cantidad de bienes y de regalos que Él nos hace cada día, todos los días, desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, y también mientras dormimos. Por ejemplo, son muestras del Amor de Dios el solo hecho de que el sol salga en el horizonte; que la luna ilumine con su luz plateada y de que las estrellas brillen en la noche; que los pájaros canten en los árboles; que la tierra siga girando sobre su eje; que existan paisajes tan hermosos; que podamos saborear las ricas frutas; que podamos alimentarnos con los frutos de la tierra; que existan animales que son útiles para la vida y que además nos hacen compañía…
Solo por estas cosas somos deudores de Dios, de su bondad sin límites.
Pero además de todo esto, que son regalos maravillosos de Dios –los podemos llamar “naturales” o “de la naturaleza”-, hay otros regalos todavía más maravillosos, regalos del cielo, y por eso se llaman “celestiales” o “sobrenaturales”: haber sido adoptados por Dios en el Bautismo, lo cual quiere decir que Dios Padre Todopoderoso ¡es nuestro Padre!; recibir la Palabra de Dios en la Iglesia; recibir el Pan de Vida eterna en cada Santa Misa; recibir el Corazón de Jesús, lleno del Amor de Dios, en cada Eucaristía, y así podríamos seguir días y días contando los bienes de todo tipo que de Dios Trino hemos recibido.
Por todo esto, nuestra deuda de amor y de gratitud para con Dios es infinita e imposible de pagar, y es para saldar esta deuda que presentamos las ofrendas.
Y si presentamos el pan y el vino, ¿quiere decir que con ellos “pagamos” nuestra deuda con Jesús?
No, jamás podríamos saldar la deuda de amor con Dios con simplemente pan y vino. Entonces, ¿para qué presentamos el pan y el vino? Para que sean convertidas en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
¿Cuándo sucede esto? En el momento de la consagración, cuando el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, porque ahí es cuando el Espíritu Santo, con su poder de Dios, convierte el pan y el vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Y esta sí es una ofrenda digna de Dios, y agradable a sus ojos.
Cuando presentamos el pan y el vino, tenemos que saber que estos tienen que ser transformados por el Espíritu Santo para que puedan subir al Cielo.
 Esto sucede en la consagración eucarística, en el altar: el pan y el vino son transformados por el fuego del Espíritu Santo y son convertidos en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.
Es decir, la ofrenda con la que agradaremos a Dios y le daremos retribución por su bondad, no son el pan y el vino, porque en sí mismos no tienen ningún valor y nunca podríamos pagar la deuda de amor que tenemos con Dios. En cambio, cuando el pan y el vino se convierten, por la transubstanciación, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, con esto sí podemos saldar la deuda de amor con Dios Trino. Y con esta ofrenda santa, agradabilísima a Dios, no solo saldaremos nuestra deuda de amor, sino que quedaremos con saldo a nuestro favor.



[1] Cfr. OGMR, 69.
[2] Cfr. OGMR, 69.
[3] La fórmula utilizada en la OGMR promulgada en 1969 por Pablo VI define a la misa como “acción de Cristo y del pueblo de Dios jerárquicamente ordenado”.