Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta Señor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Señor. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de abril de 2013

El Evangelio para Niños: “¡Es el Señor!”



(Domingo III – TP – Ciclo C – 2013)
         En el Evangelio de hoy (Jn 21, 1-14), Jesús se les aparece a Pedro, a Juan y a otros amigos de Jesús, que estaban pescando a la orilla del mar. Primero, ellos no se dieron cuenta que era Jesús; lo veían a la distancia, desde la barca, y pensaban que era “un hombre que estaba en la playa”. Todavía Jesús no les había dado el Espíritu Santo, y por eso no lo podían reconocer. El Espíritu Santo es fuego, y el fuego ilumina, da mucha luz; sin el fuego y la luz del Espíritu Santo, las personas están como envueltas por una nube negra, como esas de las tormentas, y no puede ver a Jesús. En cambio, cuando recibe el Espíritu Santo, ahí sí puede verlo, y eso es lo que le pasó a Juan primero y a Pedro y los otros amigos de Jesús, después: ellos no sabían que era Jesús, porque no podían verlo, a causa de esta oscuridad que los envolvía, pero cuando Jesús les sopló su Espíritu en el alma, ellos fueron capaces de darse cuenta que ese hombre que estaba en la playa, era el mismo Jesús que había muerto el Viernes Santo, pero que ahora estaba resucitado, vivo, lleno de la gloria y de la luz de Dios, y que ya no iba a morir más.
         Al darse cuenta que era Jesús, Juan se llenó de mucha alegría y de mucho amor, porque amaba mucho a Jesús –él era el discípulo que se recostó en el pecho de Jesús en la Última Cena, y escuchó los latidos de su Sagrado Corazón, latidos que eran de Amor y de dolor, por los pecados de los hombres-, y por eso dijo, casi gritando: “¡Es el Señor!”. Y después que dijo esto, Pedro se tiró al agua, mientras Juan y los demás se iban a la orilla con la barca y los peces, porque esto es otra cosa que pasó: Jesús les dio un gran regalo, les dio el milagro de la pesca abundante porque ellos habían pasado toda la noche sin poder pescar nada. ¡Cuando aparece, Jesús siempre trae regalos, pero el más importante de todos, es el regalo que hace de su propio Corazón en la Eucaristía!
         Lo que le pasó a Juan, también nos puede pasar a nosotros: si no tenemos la luz del Espíritu Santo, no podemos saber que Jesús resucitó y no podemos verlo, con los ojos del alma, en la Eucaristía.
         Hay muchos en el mundo que no tienen la luz del Espíritu Santo, y no saben que Jesús resucitó y está en la Eucaristía; al no tener la luz del Espíritu Santo, no ven a Jesús en la Eucaristía y creen en un Jesús que no es el verdadero Jesús: por ejemplo, piensan que Jesús es un extraterrestre, que está en una nave espacial; o piensan que es como una corriente eléctrica que anda en medio de las estrellas, o piensan que es sólo un hombre. Sin la luz del Espíritu Santo, nunca vamos a saber que Jesús resucitó y que está en la Eucaristía.
         El Evangelio nos enseña entonces que debemos rezar al Espíritu Santo para que nos ilumine y seamos capaces de “ver” a Jesús resucitado en la Eucaristía. Entonces, vamos a poder decir, llenos de alegría y de amor, igual que Juan: “¡Es Jesús!”.
        
        

viernes, 23 de marzo de 2012

La Santa Misa para Niños (V) Invocaciones: Señor, ten piedad



         Esta parte de la Misa se llama “Invocaciones”. ¿Qué quiere decir “invocar”? “Invocar”, viene de “vocación”, quiere decir “llamar” a alguien, como cuando un joven está llamado a la vida religiosa, se dice que ese joven tiene “vocación”, es decir, es “llamado” por Dios.
También se dice que invocamos o llamamos a alguien cuando, por ejemplo, estamos esperando y ya se está haciendo tarde. Cuando queremos llamar a alguien, lo “invocamos”, diciendo: “Juan, vení, te estamos esperando, necesitamos que nos ayudes”, o “María, apresúrate, porque se hace tarde”.
En esta parte de la Misa “invocamos”, es decir, llamamos a alguien, pero ese alguien al que llamamos en Misa, es alguien muy especial, porque no pertenece a este mundo, a la tierra: llamamos a Jesús, que es Dios, pero como Dios no habita en la tierra, sino en el Reino de los cielos, el llamado es un poco especial.
¿Para qué llamamos a Cristo Dios? Lo llamamos para que perdone nuestros pecados; para que se apiade de nosotros, que somos débiles e inclinados al mal, con una oración que se llama “Kyrie”, que traducido significa: “Señor, ten piedad”. Antes, en el tiempo de los reyes, se usaba el título Kyrios para nombrar al rey de los reyes, que es el emperador. “Señor”, en inglés, se dice “Sir”, y en francés “Sire”, pero en francés, cuando se usa para el rey, se traduce por “Majestad” [1]. La Iglesia lo usa para su Rey y Señor, Jesucristo, que es “Rey de reyes y Señor de señores”, como dice el Apocalipsis.
En el rezo de la Misa cotidiana, los Kyries se cantan así:
Sacerdote: Señor, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.
Sacerdote: Cristo, ten piedad.
Todos: Cristo, ten piedad.
Sacerdote: Señor, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.
Llamamos a Dios para pedirle que perdone nuestros pecados y para lograr su perdón le ofrecemos las llagas, las heridas, los golpes de Jesús en la Cruz, y así estamos seguros de que Dios nos perdonará, viendo cómo ha quedado Jesús, tan herido y golpeado para salvarnos.
Rogamos a Cristo nuestro Señor, que se digne tomar en sus “sangrientas manos paternales”, en sus manos sagradas, que están crucificadas y bañadas en su sangre, nuestras oraciones y las presente ante la faz de nuestro Padre[2].
En  esta parte de la Misa somos como el ciego Bartimeo, que imploraba ser curado de su ceguera, gritando: “Señor, ten piedad de mí” (cfr. Mc 10, 47), o también como el padre de un niño poseído por el demonio: “¡Si algo puedes, ayúdanos, ten piedad de nosotros!” (Mc 9, 22). Somos como el ciego Bartimeo porque “Dios es luz” y cuando obramos el mal, vivimos en la oscuridad, y somos como el padre del niño endemoniado, porque sin la ayuda de Jesús, el demonio, que es el “Príncipe de este mundo”, nos domina y nos tiene bajo su poder. Jesús, que es Dios, tiene poder de perdonarnos nuestros pecados, de iluminarnos y de comunicarnos su bondad, y también de alejar al demonio de nuestras vidas, y para esto es que lo invocamos.
Invocamos y saludamos a Cristo así como antes se invocaba y saludaba a los reyes, que entraban triunfantes después de la batalla, trayendo encadenados a sus enemigos, solo que en la Iglesia, el que vuelve triunfante de la batalla, es nuestro Rey Jesucristo, y la insignia victoriosa que enarbola es la Cruz ensangrentada, y los enemigos vencidos y encadenados, a quienes Jesús los ha derrotado para siempre con su Cruz, son la muerte, el pecado y el demonio con todo el infierno junto.
Otro significado que tenían los Kyries en la antigüedad, era el ser cantos con los que los antiguos saludaban al sol, cuando salía por la mañana. La Iglesia tomó esta costumbre pero para cantarle no al astro sol, al sol estrella de nuestro sistema planetario -hacer eso sería un grave pecado de idolatría-, sino a Jesucristo, uno de cuyos nombres es el de Verdadero Sol de justicia, “Sol que nace de lo alto” (cfr. Lc 1, 78): “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto”. Jesús es como un sol, que viene a este mundo para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte” y para “guiar nuestros pasos por el camino de la paz”[3].
Jesucristo es la luz de Dios que ilumina a este mundo de tinieblas, que derrota para siempre a las tinieblas del infierno, que da la Vida eterna a quienes la reciben en la comunión; es el Sol de justicia, que irradia la luz divina, y se manifiesta en el tiempo sacramental de la Iglesia bajo apariencia de pan, y por todo esto lo saludamos con el Kyrie..
Por último, en la Edad Media, los Kyries eran nueve en honor a la Santísima Trinidad, y por eso es también para algunos es un himno trinitario: en los tres primeros se honra al Padre, en los tres segundos se honra al Hijo y en los tres últimos se honra al Espíritu Santo[4].





[1] Cfr. Schnitzler, ibidem.
[2] Cfr. Schnitzler, ibidem.
[3] Cfr. Liturgia de las Horas, Cántico de Laudes.
[4] Cfr. Schnitzler, ibidem.