Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

jueves, 31 de marzo de 2011

La Semana Santa no es para pasear. Es para unirnos a Jesús, que por mí sufre y muere en la cruz



Semana Santa no es para pasear. En Semana Santa nos unimos a Jesús, que por nosotros muere en la cruz. No puedo estar paseando y divirtiéndome, mientras Jesús muere en la cruz por mí.

Le pidamos a la Virgen que nos haga ver a su Hijo Jesús, para que así lo podamos amar cada vez más.

En el Viernes Santo, Jesús está en la cruz, clavado con gruesos clavos de hierro. El cuerpo de Jesús en la cruz tiene muchas heridas, por todos lados, pero hay cinco heridas que son más grandes que las demás, y de estas heridas grande es de donde sale más sangre, y son las que más le duelen. Estas heridas más grandes son: las de las manos, las de los pies, las de la cabeza, y la herida del costado.

Tomemos el crucifijo, y recorramos cada una de las heridas de Jesús, dándole un beso, una por una, agradeciendo a Jesús que por mí muere en la cruz. Veamos cuán grandes son, y cuánta sangre sale de ellas, y veamos qué nos da Jesús en cada herida.

Veamos la herida de la mano izquierda, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano izquierda, para que no estemos a su izquierda en el Día del Juicio. En el Día del Juicio, todos los que estén a la izquierda de Jesús, se van a condenar, se van a ir derecho al infierno, y todo por no querer amar a sus hermanos. Los que vayan al infierno, van a ir porque no quisieron ser buenos, no quisieron ayudar al que lo necesitaba, no quisieron dar de beber al que tenía sed, ni dar de comer al que tenía hambre, ni visitaron al que estaba enfermo. Entonces, antes de ir al infierno, se amontonarán a la izquierda de Jesús, y luego se irán al infierno, cuando Jesús les diga: “¡Salgan de aquí, ustedes que son malos! Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, estuve enfermo y no me visitaron”. Jesús se deja clavar un clavo en la mano izquierda, para que nunca estemos a su izquierda, y para eso, tenemos que obrar la misericordia con todos y ser cada día más buenos y santos.

Veamos la herida de la mano derecha, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano derecha, y dejó que el clavo la traspasara, le hiciera doler mucho y le hiciera salir sangre, para en el Día del Juicio nos bendiga, y nos salvemos. En el Día del Juicio, por la llaga de la mano derecha de Jesús, Él nos va a bendecir, y para eso tenemos que ser cada día más buenos. En ese día, si somos buenos, si nos confesamos siempre, si venimos a Misa los Domingos para recibir a Jesús en la Eucaristía, Jesús va a levantar su mano derecha para bendecirnos, y cuando nos bendiga, nos va a decir: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed, y me disteis de comer y de beber, y estuve enfermo y me visitasteis”. También se deja clavar la mano derecha para que nuestras manos nunca se levanten para pegar a los demás, sino que se levanten sólo para rezar a Dios y para ayudar a los más necesitados. Entonces, para que la mano derecha de Jesús nos bendiga en el Último Día, y así podamos ir al cielo, ayudemos al que lo necesite, sobre todo a los enfermos, y así vamos a entrar al cielo.

Veamos la herida de los pies, y besemos sus pies clavados en la cruz. Jesús se deja clavar los pies en la cruz, para que yo siga el camino de la cruz.

Ese camino empieza en el Huerto de los Olivos, en donde Jesús sufrió mucho, de miedo por lo que iba a sufrir, y de tristeza por los que Él veía que se iban a condenar.

Cuando se fue del Huerto de los Olivos, el camino iba quedando regado con su sangre, porque tenía tanto miedo y tanta tristeza, que sudaba, como cuando alguien corre mucho, pero su sudor era sangriento, estaba mezclado con sangre. Y después, cuando subió el camino de la Cruz, el Via Crucis, también quedó este camino regado con su sangre, porque había recibido muchos, pero muchos golpes, de parte de todos los hombres.

Jesús se deja clavar los pies en el madero de la cruz, para que siempre sigamos el Camino de la Cruz. ¿Y cómo vamos a saber que es el Camino de la Cruz? Porque está todo teñido de rojo, con la sangre de Jesús.

Veamos las heridas de la santa cabeza de Jesús, y besemos su cabeza. Las espinas de la corona son muy gruesas y filosas, y son muchas, y le provocan muchos cortes, de donde sale sangre como si fuera un manantial; la sangre le corre por todo el rostro, por su frente, por sus ojos, por su nariz, boca, oídos, por el mentón. En la cabeza comienzan los pensamientos. Cuando los pensamientos son malos, entonces el corazón se pone malo también, se vuelve negro, porque sólo quiere cosas malas, y después el hombre obra el mal: peleas, envidias, enojos, gritos, insultos, robos, y muchas cosas más. Jesús se deja coronar de espinas en la cabeza, para que nosotros no tengamos nunca pensamientos malos, pero sobre todo, para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz. Cada vez que veamos a Jesús coronado de espinas, le pidamos la gracia de tener pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz.

Veamos la herida del costado de Jesús, y la besemos. Cuando Jesús murió, vino un soldado romano, y le clavó una lanza en el pecho, a la altura del corazón, y lo traspasó. Jesús ya estaba muerto. En ese momento, de su Corazón abierto por la lanza, salió sangre y agua, y con la sangre y agua, salió el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Jesús deja que un soldado le traspase su pecho con la lanza, para que de su Corazón salga el Amor de Dios, que cae como un río de fuego, que no quema, sobre los hombres.

Así es Dios: los hombres nos burlamos de Él, le ponemos una corona de espinas, lo crucificamos, le traspasamos el Corazón, y Él responde enviándonos su Espíritu de Amor. Para eso se deja traspasar Jesús, para darnos el Espíritu Santo, que es el Amor suyo y el de su Padre. Aunque nosotros seamos malos y lo hayamos crucificado, Él nos perdona y nos da su Amor. Le prometamos que nunca más vamos a ser malos, que vamos a tratar de ser siempre buenos, cada vez más buenos, y santos.

En Semana Santa, Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre en la cruz, para entregar su Cuerpo y su Sangre en la Misa, en la Eucaristía, para que nosotros, recibiendo la Eucaristía, nos unamos a Él.

En Semana Santa, aprendamos a amar mucho a Jesús, aquí en la tierra, para seguir amándolo para siempre en el cielo, en la eternidad.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Cuaresma es tiempo de lucha contra el demonio, el mundo y la carne

Jesús en el desierto
nos enseña a luchar
contra el demonio,
el mundo
y la carne

En Cuaresma seguimos a Jesús, que se va adentro, muy adentro del desierto. Nos quedamos junto a Él, noche y día, para aprender lo que Él nos enseña.

¿Qué nos enseña Jesús? Jesús en el desierto nos enseña a luchar contra los tres enemigos que nos dificultan la unión con Dios: el demonio, el mundo y la carne. Es muy importante combatir contra estos enemigos del alma, porque los tres se ponen entre nuestro corazón y Dios, y hacen sombra a nuestro corazón, tapándole la luz del Amor de Dios.

Jesús nos enseñó a luchar contra el demonio, porque fue tentado por él al final de los cuarenta días, y nos enseñó que con la Palabra de Dios podemos vencerlo: Él le contesta a todas las tentaciones del demonio, con la Biblia, por eso siempre tenemos que leer la Biblia, porque ahí encontramos la respuesta a todo lo que queremos saber.

El demonio trata de tentarnos, aprovechándose de nuestra debilidad. Nos tiende continuamente trampas, así como un cazador pone trampas a su presa para atraparla. Los trucos del demonio son tres: el primero, es hacernos desear cosas materiales, más de las que necesitamos; el segundo, es hacernos desear que los demás hablen de nosotros y nos alaben todo el tiempo; el tercero, es la soberbia: si alguien nos dice la verdad, con algo que no nos gusta, o si tenemos que pedir perdón por algo que hicimos, nos empuja para que nos sintamos mal y para que no hagamos lo que tenemos que hacer: nos hace enojar cuando nos dicen nuestros defectos, o no nos deja pedir perdón cuando tenemos que pedir perdón. Jesús nos enseña que tenemos que ser humildes como Él, que siendo Dios se hizo Niño por amor a nosotros.

Entonces, tres trucos tiene el demonio para hacernos caer, repasemos: hacernos desear bienes materiales que no necesitamos; hacernos desear que siempre nos estén alabando; y hacernos ser orgullosos y soberbios, sin querer reconocer nuestras faltas, y sin querer pedir perdón.

Si el demonio tiene tres trucos, Jesús en el desierto, que se preparaba para la cruz, nos enseñó cómo luchar contra sus trucos: para el primer enemigo, el demonio y sus trucos, nos enseñó que no tenemos que desear las cosas materiales que no necesitamos, Jesús nos enseña que tenemos que ser pobres, como Él es pobre en la cruz. Jesús no tiene nada material en la cruz, sólo tiene una corona de espinas, tres clavos de hierro y una cruz, y todo eso no es de Él, sino que son cosas que se las ha prestado Dios Padre para que pueda salvarnos. Lo único que sí es de Él, en la cruz, son las heridas de la cabeza, de las manos y de los pies. Cuando estemos tentados a tener cosas que no necesitamos, veamos a Jesús en la cruz, para darnos cuenta que sólo queremos lo que Él tiene en la cruz.

Para el deseo de ser alabado, Jesús nos enseña que hay que hacer la voluntad de Dios sin importar la alabanza de los hombres, como Él en la cruz: ahí, Él nos estaba salvando, estaba cumpliendo la voluntad de Dios, pero nadie lo alababa, sino que le decían cosas malas.

Para la tentación de ser soberbios, Jesús nos enseña a ser humildes, como Él, que siendo Dios, se hizo muy pequeño, como un Niño, para salvarnos.

En el desierto, Jesús nos enseñó también a luchar contra el otro enemigo que tenemos, que es el mundo, porque el demonio le ofreció todo el mundo: el diablo le dijo que le iba a dar mucho oro, y muchas ciudades, y que él iba a hacer que a Jesús lo siguiera mucha gente, pero antes tenía que arrodillarse delante de él, demonio, pero Jesús le contestó que sólo a Dios hay que adorar, sólo ante Dios en la Eucaristía nos tenemos que arrodillar.

Por último, Jesús en el desierto nos enseñó a luchar contra el tercer enemigo de nuestra salvación, la carne, porque Él pasó hambre y sed durante cuarenta días, y así nos enseñó que tenemos que domesticar a nuestro cuerpo, y no darle todo lo que pide, sino solo lo bueno y lo necesario. Muchas veces el cuerpo pide cosas que no son necesarias, o que son malas, y por eso lo tenemos que dominar, y no dejarnos llevar por la pereza, por la gula, por la ira. Jesús en el desierto nos enseña a dominar nuestro cuerpo: si tenemos sed, por ejemplo, podemos tomarla más tarde, para ser como Jesús, que aguantó la sed en el desierto; si tenemos hambre, y no nos gusta lo que nos sirven, lo comemos sin protestar, para ser como Jesús que no tenía nada para comer en el desierto; si estamos cansados, o si estamos con pereza, y nuestros padres nos piden que hagamos algo, no tenemos que dejarnos llevar por la pereza, y hacer lo que nos dicen con prontitud, acordándonos de Jesús, que no tuvo pereza para ir al desierto por mí.

Todo esto nos enseña Jesús en el desierto: a luchar contra el demonio, el mundo y la carne, que se ponen en el medio, entre nuestro corazón y Dios.

Si en Cuaresma hacemos lo que Jesús nos dice, entonces vamos a ganarles a esos tres enemigos, y cuando les ganemos, no va a haber nada en el medio, entre nuestro corazón y el Amor de Dios.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuaresma es tiempo de cambio del corazón

Convertirse es girar el corazón,
como un girasol,
hacia el Sol de Vida eterna, Jesucristo

¿Qué es la conversión? Es el cambio del corazón. ¿Y cómo es el cambio de corazón? Para darnos una idea de qué es el "cambio de corazón", veamos qué es lo que pasa con una flor muy particular, el girasol, que, como dice su nombre, gira alrededor del sol –en inglés, “girasol” se dice: “sunflower”, que sería algo así como: “flor del sol”-: por la noche, está quieto, con sus hojas replegadas sobre la corola, y vuelto hacia el suelo, pero cuando empieza a amanecer, y en el cielo aparece una estrella, que es la estrella de la mañana, o la Aurora, y cuando empieza a salir el sol, parece como si el girasol se “despertara”: sus hojas se abren, su corola se levanta, y se enfoca en dirección al sol, y durante el día va girando hacia donde va el sol.

Nuestro corazón, sin Jesús, sin la conversión, es como el girasol durante la noche: el corazón está cerrado, frío, sin amor, y dirigido hacia el suelo, hacia la tierra, hacia las cosas bajas. Pero con la conversión, el corazón, movido por la Virgen –que también se llama “Estrella de la mañana”- se despierta, comienza a girar, y comienza a mirar para arriba, adonde está el Sol de justicia, que es Jesús.


Así debe ser nuestro corazón en Cuaresma: debe girar y enfocar hacia ese Sol de los cielos, que es Jesucristo, y debe estar siempre pero siempre enfocado en Él.

Imaginemos que vemos un campo inmenso de girasoles: cuando es de noche, están quietos, cerrados, y hacia abajo; cuando comienza a salir el sol, se abren, giran, y siguen, desde la tierra, al sol que está en el cielo. Así deben ser los corazones de los hombres, y también nuestro corazón, en Cuaresma.

Y es para esto, para que nosotros nos convirtamos, para que nuestro corazón sea como el girasol, que sufrió Jesús en el Huerto de Getsemaní. Allí en el Huerto, Jesús sufrió muchísimo, por tres cosas: como Él era Dios Hijo, veía espiritualmente toda la fealdad del mal, y eso le provocaba horror, como cuando alguien ve algo que le causa espanto, a causa de lo feo y malo que es, pero además Jesús veía no solo un pecado, sino los pecados de todos los hombres, de todos los tiempos, desde Adán y Eva, hasta el pecado original del último bebé que iba a nacer en el Último Día, el Día del Juicio Final; lo segundo por lo que Jesús sufría en el Huerto, era porque como Dios que era, veía que todos los pecados de todos los hombres, Él los iba a llevar sobres sus hombros y en su espalda, y que Dios lo iba a castigar a Él, con todo su enojo, para no tener que castigarnos a nosotros, y sabía que eso le iba a hacer doler mucho, y que también iba a morir, y por eso Jesús sufría, y sufría tanto pero tanto, que empezó a sudar sangre; lo tercero por lo cual sufría Jesús, era que Jesús veía que, a pesar de que Él iba a llevar los pecados de todos los seres humanos, y a pesar de que iba a soportar los latigazos, los insultos, la corona de espinas, y que iba a dar su vida en la cruz, derramando hasta la última gota de sangre, a pesar de eso, muchos, pero muchos hombres, iban a desperdiciar su sacrificio, porque no se iban a convertir, y se iban a condenar en el infierno.

En el Huerto, lo que más dolor le daba a Jesús, era ver cómo muchas almas caían en el infierno, porque no querían convertirse aquí en la tierra, no querían volver sus corazones a Dios, como hace el girasol cuando sale el sol; Jesús veía cómo muchos se iban a condenar porque no se querían convertir, es decir, no querían ser buenos.

Le prometamos a Jesús que en esta Cuaresma vamos a tratar de no hacerlo sufrir, y vamos a buscar la conversión, para que nuestro corazón, como el girasol, desde la tierra, mire siempre hacia el cielo, adonde está ese hermosísimo Sol que es Jesús.

video
Así como los girasoles giran, buscando la luz del sol,
así nuestros corazones deben buscar la gracia de Jesucristo,
Sol divino

lunes, 21 de marzo de 2011

En Cuaresma tenemos que rezar, como Jesús en el desierto


La oración es al alma

lo que la respiración al cuerpo

En el evangelio para Cuaresma, se dice: “Jesús se retiró al desierto para orar” (cfr. Mt 4, 1-11). Como sabemos, fue al desierto durante cuarenta días y noches, a ayunar y a rezar por todos nosotros, y por eso decíamos que, en Cuaresma, tenemos que hacer penitencia, sacrificios, mortificación, y también tenemos que rezar, para estar siempre unidos a Jesús.

En Cuaresma entonces tenemos que hacer penitencia y tenemos que orar. ¿Qué es “orar”?

Orar es como cuando hablamos con alguien, sólo que al orar, hablamos con Dios, con Jesús, con la Virgen, con los ángeles, con los santos. Así como hablamos con nuestros padres, hermanos, amigos, para comunicarnos, para decirles cuánto los queremos, o qué es lo que necesitamos, o qué es lo que nos está pasando, así sucede con Dios, por la oración. Hacer oración es hablar con Dios, que es Uno y Trino, Uno en naturaleza –hay un solo Dios- y Trino en Personas, es decir, hay Tres Personas en Dios; hacer oración es hablar con las Tres Divinas Personas: con el Padre, con el Hijo, o con el Espíritu Santo. Orar es también hablar con Jesús, que es Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios; es hablar con la Madre de Dios, la Virgen María; es hablar con los santos; es hablar con los ángeles buenos.

Orar es también como comer: así como alimentamos nuestros cuerpos con los alimentos, y no podemos vivir sin comer, porque empiezan a faltarnos las fuerzas y nos sentimos cada vez más débiles, así también necesitamos de la oración, que es el alimento del alma, para que el alma esté con fuerzas. La oración y la Palabra de Dios son el alimento más exquisito que puede recibir el alma.

Orar es como tomar agua: el cuerpo no puede vivir sin agua, porque el agua es muy necesario para que los órganos funcionen bien. El agua es muy importante, porque gran parte de nuestro cuerpo está formado por agua, y por eso sentimos tanto su ausencia, y cuando pasa un tiempo sin beber, empezamos a sentir mucha sed. Así pasa con la oración, que nos abre la fuente del “agua viva” que es la gracia de Dios; la gracia es al alma lo que el agua al cuerpo, y la gracia se abre para nosotros cuando rezamos, así como el agua comienza a correr cuando abrimos el grifo.

Orar es como respirar: no podemos vivir sin respirar; a lo sumo, podemos aguantar unos cuantos segundos sin tomar aire, pero en seguida necesitamos respirar. Si una persona está bajo el agua, por ejemplo, en una piscina, después de nadar un poco, tiene que salir a tomar aire, porque si no se asfixia y se muere. La oración es para el alma lo que el aire para el cuerpo: no podemos vivir sin rezar, porque por la oración el alma toma oxígeno que viene del cielo, que es la vida y la gracia de Jesús.

Orar es como estar iluminados por una fogata, o por el sol, después de una noche oscura. Imaginemos que estamos en una noche muy oscura, en medio de un bosque; no hay luz de luna, porque la luna está tapada por nubes muy negras; las sombras que nos rodean nos parecen bestias feroces, y las bestias feroces nos parecen sombras, y por eso tenemos mucho miedo. Estar sin oración es como estar en ese bosque, en medio de la noche. Rezar, en cambio, es como si estamos en el bosque, en la noche oscura, y encendemos una fogata, que nos da luz y nos da calor; también es como cuando la noche va pasando, y empieza a amanecer, en donde se ve que empiezan a aparecer las estrellas, sobre todo el Lucero del alba, y después empieza a salir el sol: cuando aparece la primera estrella, la más grande de todas, la Estrella de la mañana, sabemos que ya la noche está por terminar, y está por salir el sol, y después, cuando sale el sol, ya no sentimos miedo ni frío, y podemos ver bien, porque el sol nos ilumina. Así es con la oración: cuando comenzamos a rezar, aparece en la noche del alma una estrella, la más brillante y hermosa de todas, la Virgen María, y después, aparece el Sol, que es Jesús.

Finalmente, orar es como cuando uno se encuentra con un ser querido, que puede ser la madre, el padre, algún hermano, algún amigo. Así como nos da alegría encontrarnos con alguien a quien queremos mucho, así por la oración nos encontramos con Jesús y con la Virgen, que alegran nuestros corazones con sus Presencias.

Como todo esto es orar, y por eso tenemos que orar en Cuaresma, para estar junto a Jesús que por mí fue al desierto, pero también tenemos que orar todos los días del año.

¿Y qué tenemos que orar? Eso lo veremos después.

martes, 15 de marzo de 2011

Jesús reza y ayuna en el desierto por mí

Después de ayunar durante cuarenta días y noches,
Jesús es tentado por el demonio,
que se le aparece como un fraile con cuernos
Autor: Juan de Flandes

Estamos en Cuaresma, y por eso el sacerdote usa ornamentos de color morado. ¿Qué quiere decir “Cuaresma”? ¿Qué tenemos que hacer en Cuaresma?

Para responder qué es la Cuaresma, y qué tenemos que hacer en Cuaresma, tenemos que fijarnos en Jesús, porque “Cuaresma” viene de “cuarenta”, que son los días que Jesús se fue al desierto, sin comer nada, y rezando todo el día.

“Cuaresma” quiere decir entonces “cuarenta”, por los cuarenta días que Jesús estuvo en el desierto. Y si Jesús fue al desierto, nos tenemos que preguntar si Jesús estuvo cómodo en el desierto, o no. Para saberlo, veamos cómo es el desierto.

¿Cómo es el desierto? ¿Alguien fue alguna vez a un desierto, o aunque sea lo vio en películas? Seguramente, que casi ninguna de nosotros ha estado en el desierto, pero tal vez hemos visto alguna vez el desierto en un documental, o en las clases de geografía o de historia en la escuela. Bueno, resulta que el desierto es un lugar muy peligroso, porque no hay nada ni nadie; no hay nada de comida –no se puede plantar nada porque en vez de tierra, hay arena, y en la arena no crecen las plantas, sólo los cactus, pero los cactus no se pueden comer-; no hay nada de agua, porque no llueve nunca, porque nunca hay nubes en el cielo, sino solamente el sol, que quema la piel y que hace tener mucha sed; puede ser que haya agua en algún pozo, que se llama “oasis”, pero capaz que hasta que encontrás uno, ya te morís; en el desierto no hay personas, porque nadie puede vivir en un lugar así; en el desierto también hay animales como las víboras, que son venenosas, y si te muerden, te matan, porque te inyectan el veneno; además hay insectos como las arañas, que también son peligrosas; también hace mucho, muchísimo calor durante el día, y no hay ni un árbol para que te haga un poco de sombra, y a la noche, hace mucho pero mucho frío, con temperaturas bajo cero, y sino te tapás bien con una frazada, te podés morir congelado.

Jesús fue al desierto por nosotros, y por eso en Cuaresma nos acordamos de todo lo que Jesús sufrió en el desierto por nosotros: calor, frío, hambre, sed; el peligro de las alimañas, como las víboras, las arañas; y al final de todo, tuvo que soportar verlo al diablo, con todo lo feo que es, y además lo dejó que lo tentara, para enseñarnos que nosotros podemos vencer al diablo con la ayuda de Él, que es Dios.

Jesús no tuvo ninguna comodidad en el desierto, y sufrió mucho, y todo lo que Él sufrió, lo sufrió por nosotros, por amor a nosotros, para que nosotros pudiéramos salvarnos.

En Cuaresma entonces tenemos que acordarnos de Jesús, que por nosotros, para salvarnos, se fue al desierto, a pasar hambre y sed, frío y calor, y después le ganó al demonio cuando éste lo trató de engañar con las tentaciones.

Pero no solo nos tenemos que acordar de Jesús: también tenemos que unirnos a Jesús, es decir, tenemos que tratar de entrar dentro del Corazón de Jesús. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos entrar dentro del Corazón de Jesús? Haciendo algún pequeño sacrificio, como por ejemplo, privarme de algo que me gusta, o comer sin protestar lo que no me gusta, o hacer todo lo que me pidan sin renegar, o no pelear con los hermanos, o contestar bien a los papás y a los mayores, o también no jugar tanto a los video-juegos, estudiar más, ayudar más en la casa. Todo eso se llama “mortificación” y “penitencia”, y es la forma en la que podemos estar junto a Jesús que está en el desierto.

No puedo yo estar cómodo en mi casa, jugando todo el día, o portándome mal o más o menos, si Jesús está en el desierto sufriendo por mí.

Por eso, en Cuaresma, para ser agradecidos con Jesús, que por mi salvación está en el desierto, le prometamos a Jesús que vamos a tratar de hacer más penitencia y más mortificación, y vamos a rezar todos los días, para estar cerca, muy cerca de Él en el desierto. Y si hacemos penitencia y mortificación, y si rezamos y tratamos de ser buenos, vamos a estar muy pero muy cerca de Jesús: tan cerca, que vamos a estar dentro de su Sagrado Corazón.

sábado, 12 de marzo de 2011

Hora Santa para Niños y Adolescentes para Cuaresma


Entramos respetuosamente en el Oratorio. Jesús está en la Hostia, escondido, y desde allí me ve, me oye, y lee todos mis pensamientos. Sabe qué pienso, qué quiero, qué voy a decir, qué voy a hacer. Jesús es Dios, y está en la Eucaristía por amor a mí. Nos arrodillamos ante Su Presencia, con el deseo de adorarlo y amarlo cada vez más. Nos persignamos y hacemos la señal de la cruz: “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.

Estamos en Cuaresma, y nos acordamos de los cuarenta días que Jesús estuvo en el desierto, sin comer nada, y rezando a Dios Padre. También nosotros vamos a rezar junto con Jesús, y vamos a hacer ayuno, sobre todo de las obras malas. La Cuaresma es tiempo de ayuno y de oración, y es el tiempo de cambiar el corazón, para que el corazón se vuelva cada vez más parecido al Corazón de Jesús, manso y humilde.

-Inicio: Canto de entrada: Oh Víctima Inmolada.

-Oración de NACER: “Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman” (Tres veces).

-Oración para comenzar la adoración: “Querido Jesús Eucaristía, venimos a visitarte en tu Oratorio, para decirte que te queremos mucho. Queremos estar junto a Ti, porque estar contigo es más lindo que estar en el cielo. Ahora que comenzamos la Cuaresma, venimos a decirte que queremos preparar nuestro corazón por el ayuno y la oración, para recibir tu gracia y así cambiar el corazón. Te prometemos el ayuno, sobre todo de las obras malas: queremos portarnos bien, ser buenos con todos, especialmente con los papás, los hermanos y los seres queridos. Te prometemos que no vamos a pelear con nadie, y que vamos a pedir perdón si hemos faltado el respeto a alguien, y vamos a perdonar a quien nos haya ofendido. Queremos, en esta Cuaresma, rechazar todo mal pensamiento, todo mal deseo, toda mirada mala, y tener los mismos pensamientos que tenías Vos cuando estabas en el desierto.

-Silencio de tres minutos. En este momento de oración en silencio, aprovechamos para hablarle a Jesús no con los labios, sino con el corazón. Le podemos decir que lo queremos mucho, y que queremos estar en el cielo con Él para siempre.

-Canto eucarístico. Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.

-Oración intermedia: “Querido Jesús Eucaristía, Tú eres un horno ardiente de caridad. Nuestros corazones son como carbones, negros, secos, duros. Te pedimos que tomes nuestros corazones y los introduzcas en ese horno ardiente de Amor que es Tu Corazón, para que ellos también se incendien en el fuego del Espíritu Santo. Sé bueno con nosotros, danos un poquito de Tu Amor, y así nosotros podremos ser cada día más buenos. Te damos gracias porque pasaste cuarenta días en el desierto rezando por nosotros, aguantando el calor del sol durante el día, y el frío de hielo por las noches. Te damos gracias, Jesús, porque estás en la Eucaristía por amor a nosotros. Te damos gracias porque Tú eres un mar infinito de Amor eterno, y todo ese amor nos lo das en la cruz y en la Eucaristía”.

-Silencio de tres minutos. Rezamos con el corazón, en silencio. Le pedimos por nuestros seres queridos, y también por aquellos a los que no queremos tanto. Que todos conozcan y amen a Jesús Eucaristía.

-Oración de despedida: “Querido Jesús, en este rato de oración, nos pareció estar en algo más lindo que el cielo, porque estuvimos en Tu Corazón. Volvemos al mundo, que es muy oscuro cuando Tú no lo alumbras. Ilumina nuestros corazones, para que nosotros podamos iluminar a nuestros padres, a nuestros hermanos, y a todo el mundo, con la luz de Tu Amor.

-Oración de NACER: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran, ni Te aman” (tres veces).

-Oración final: “Querido Jesús Eucaristía. Ya es hora de retirarnos. Debemos regresar a nuestros hogares y a nuestra tarea cotidiana. Nos vamos, y nos despedimos de Ti, pero aunque nos vayamos con el cuerpo, dejamos nuestros corazones a los pies de Tu altar, para que estén siempre delante de ti. Tú dijiste en el Evangelio que donde estuviera nuestro tesoro, allí estaría nuestro corazón. Nuestro tesoro eres Tú en la Eucaristía, y por eso los dejamos a tus pies. No dejes que nunca nos apartemos de Ti”.

-Canto de despedida. Canción de los pastorcitos de Fátima.

domingo, 6 de marzo de 2011

Te amo Jesús, Dios mío, porque por mí estás en la cruz


Una vez, una santa, que se llamaba Santa Teresa, compuso una poesía para Jesús, que decía así:

"No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera".

Para esta santa, que amaba mucho a Jesús, no le importaban ni el infierno, ni el cielo, sino solo Jesús crucificado, coronado de espinas, clavado en la cruz con gruesos clavos de hierro, con su cara toda llena de golpes y de moretones, con uno de sus ojos hinchado por una trompada que le dieron a Jesús cuando estaba delante de los judíos; a santa Teresa le importaba, más que condenarse en el infierno o salvarse en el cielo, Jesús crucificado, porque Jesús en la cruz tenía mucha sed, porque en la cruz nadie le daba agua, sino vinagre; a santa Teresa le importaba Jesús, porque Jesús en la cruz tenía mucho dolor en su cuerpo, porque le dolían las manos y los pies, por los clavos, y también la cabeza, por la corona de espinas, pero sobre todo tenía dolor en su alma, porque Él veía que muchos se iban a condenar, porque no lo iban a aceptar a Él como Salvador; a santa Teresa le importaba Jesús en la cruz, y no tanto el infierno ni el cielo, porque Jesús en la cruz estaba solo, porque la Única que lo acompañaba era su Mamá, la Virgen María, porque todos sus amigos habían salido corriendo asustados y lo habían dejado solo, mientras que todos los que estaban cerca de Él lo insultaban.

La santa le dice a Jesús que a ella no lo ama porque hay un infierno, porque lo mismo ella podía seguir ofendiéndolo, pero tampoco lo ama porque hay un cielo como premio: ella lo ama porque lo ve así como está en la cruz, todo herido, golpeado, con su cara sangrando, con su ojo hinchado, con su corona de espinas, con los clavos de hierro que le hacen doler sus manos y sus pies, y porque Jesús está así en la cruz, tan dolorido y tan solo, es que ella lo ama, y le promete que va a ser buena, que no va a cometer pecados.

Santa Teresa le dice a Jesús que, viéndolo así en la cruz, lo ama tanto, que aún si no hubiera infierno, lo mismo lo temería, y no se portaría mal, y aún si no hubiera cielo, lo mismo lo amaría y trataría de ser buena.

Aprendamos esta hermosa poesía de Santa Teresa, pero no sólo con la memoria, sino ante todo con el corazón, para recitársela a Jesús todos los días.