Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 16 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Perdona siempre


(Domingo XXIV - TO - Ciclo A – 2017)

         “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a quien lo haya ofendido. Le pregunta si es suficiente con perdonar “hasta siete veces”, porque pensaba que eso era suficiente. Entonces, si tenía que perdonar hasta siete veces, quería decir que a la vez número ocho, ya podía actuar contra su prójimo, aplicando la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”.
         Pero Jesús lo sorprende al responderle que no basta con perdonar siete veces, sino “hasta setenta veces siete”, lo cual no quiere decir “seiscientas cuarenta veces”, sino “siempre”.
         ¿Por qué tenemos que perdonar siempre?
         Para encontrar la respuesta, tenemos que mirar a Jesús crucificado. En la Cruz, Jesús se interpone entre la Ira de Dios, desencadenada por nuestros pecados, y nosotros. Es decir, Él recibió el castigo que todos y cada uno debíamos recibir, en justicia, y así lo dice el profeta Isaías: “Fue herido por nuestros pecados”. Cuando contemplemos a Jesús crucificado, con su corona de espinas, con sus manos y pies clavados a la cruz por gruesos clavos de hierro, con sus heridas sangrantes, con todo el dolor que estar en la cruz supone, pensemos que así debíamos estar nosotros, delante de Dios, para siempre, y que Él se ofreció a sufrir la cruz, para que nosotros no fuéramos castigados. Pero no solo nos perdonó nuestros pecados, sino que nos dio el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que se derramó sobre nuestras almas con la Sangre que brotó de su Corazón traspasado.
         Entonces, así como Jesús nos perdonó a cada uno de nosotros, hasta la muerte de cruz, y además de perdonarnos nos dio el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo, así tenemos que hacer nosotros, “siempre”.

         Cuando alguien nos hace un daño, por grave que sea, jamás tenemos que pensar en venganza, porque eso desagrada mucho a Dios; tenemos que acordarnos de lo que la Virgen nos dice: “Hagan lo que Él les diga”. ¿Y qué nos dice Jesús que tenemos que hacer cuando alguien nos ofende? “Perdona setenta veces siete”, es decir, “siempre”, porque Yo te perdoné para siempre desde la cruz. Si yo te perdoné para siempre, tú perdona siempre a tu prójimo”. Así, vamos a estar haciendo lo que Él nos dice: “perdona setenta veces siete”, “ama a tus enemigos”. Y así, imitaremos a Cristo, que es perfecto, y seremos “perfectos, como nuestro Padre del cielo”.

sábado, 11 de junio de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús perdona a la mujer arrepentida y nos perdona a nosotros en la Confesión



(Domingo XI – TO – Ciclo C – 2016)

         En el Evangelio de hoy, una mujer se acerca a Jesús con un frasco de perfume, rompe el frasco y derrama el perfume sobre los pies de Jesús; mientras hace esto, llora y con sus lágrimas moja los pies de Jesús; luego los seca con sus cabellos y los besa. Con esta acción, la mujer demuestra mucho amor a Jesús y Jesús le perdona todos sus pecados, que eran muchos, y dice por qué le perdona todos sus pecados: porque la mujer “tiene mucho amor” en su corazón hacia Jesús. Aunque es muy pecadora, la mujer se da cuenta que sus pecados ofenden al Corazón de Jesús y lo lastiman; se arrepiente de sus pecados y llora de pena por haber ofendido a Jesús. Siente que su corazón es como una piedra que ha sido triturada, y lo que ha triturado su corazón de piedra es el Amor de Jesús, y eso se llama “contrición” o dolor perfecto del corazón por los pecados cometidos. Cuando alguien comete un pecado, su corazón se vuelve duro como una piedra, y el Amor de Jesús es el único que puede triturar el corazón de piedra -así como cuando alguien tritura una piedra con un martillo, por ejemplo- para convertirlo en un corazón de carne.
         El que tiene mucho amor a Jesús se da cuenta que Jesús recibe un golpe en el Corazón por cada pecado cometido, y eso lo lleva a arrepentirse de haber golpeado a Jesús con sus pecados, y entonces, con el corazón triturado por el dolor y el amor, se decide a preferir morir antes que pecar.
         Cuando cometemos un pecado, el pecado nos hace sentir “bien”, aunque es una falsa sensación de bienestar, porque después nos sentimos mal, con remordimiento y culpa por el pecado. Por ejemplo, cuando cometemos el pecado de la ira, nos sentimos “bien” porque nos desahogamos, pero luego viene el remordimiento por habernos comportado mal. El pecado es como un veneno con gusto dulce en la boca, pero que cuando llega al estómago, comienza a hacer daño. Pero, como decíamos, el pecado nos hace sentir bien al inicio, y esto es lo que tenemos que saber: si a nosotros nos hace sentir bien en un primer momento, a Jesús, en cambio, le provoca mucho dolor, en su Cuerpo y en su Corazón, porque el pecado nuestro es un golpe de látigo, una trompada en la cara, una espina de su corona, un golpe en el pecho, los clavos en sus manos o en sus pies. Cuando peleamos con nuestros hermanos o amigos; cuando contestamos mal a nuestros padres; cuando hacemos pereza; cuando cometemos cualquier pecado, estamos golpeando a Jesús y le provocamos mucho, pero mucho dolor y también tristeza.
La mujer del Evangelio se dio cuenta de que sus pecados le habían provocado mucho dolor y mucha pena a Jesús, y que lo habían herido y ofendido mucho, y es por eso que llora arrepentida y decide no volver a pecar más. Y así como Jesús la perdona, así también nos perdona a nosotros nuestros pecados, en la Confesión Sacramental.

         Entonces, cuando tengamos la tentación de algún pecado –ira, pereza, gula, soberbia, etc.-, recordemos que nuestros pecados golpean a Jesús y le hacen salir sangre y le provocan mucho dolor y mucha tristeza, y hagamos el propósito de confesarnos y nunca más volver a cometer el pecado del que nos confesamos, para nunca más golpear a Jesús, que sufre por mis pecados en la cruz.

jueves, 26 de mayo de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 25 – El perdón de los pecados - Parte 1


Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 25 – El perdón de los pecados - Parte 1[1] 

            Doctrina

         ¿Tiene la Iglesia poder para perdonar los pecados? La Iglesia tiene poder, recibido de Jesucristo, para perdonar todos los pecados de los hombres, por muchos y graves que sean.

         ¿Cuándo concedió Jesucristo a la Iglesia el poder de perdonar los pecados? Jesucristo concedió a la Iglesia el poder de perdonar los pecados cuando el día de la Resurrección dijo a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonáreis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retuviéreis les serán retenidos” (Jn 20, 21-23). También lo hizo cuando el Señor dijo a San Pedro: “Te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que atares en la tierra, será atado en el cielo, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16, 19). Con estas palabras dio el Señor a los apóstoles y a sus sucesores y sacerdotes el poder de perdonar los pecados.

         ¿Quiénes tienen poder para perdonar los pecados? Tienen poder para perdonar los pecados los obispos y los sacerdotes que están debidamente autorizados.

         Explicación

         En la imagen vemos una representación de la parábola del hijo pródigo, propuesta por Jesucristo para indicarnos el gran amor de Dios para con nosotros, al perdonarnos nuestros pecados.
         El hijo pródigo que se aleja de la casa paterna representa al pecador que deja de pertenecer al Cuerpo de la Iglesia, por el pecado y el apartamiento de Dios. El hijo pródigo que se entrega a los placeres del mundo y no se alimenta de los alimentos de la mesa de su padre, representa al pecador que, por pereza, no asiste los Domingos a Misa para alimentarse con el manjar del cielo que nos brinda Dios Padre, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía. El hijo pródigo, luego de gastar todo su dinero, queda  en la ruina, completamente pobre y miserable. Ya no tiene amigos, se muere de hambre y debe trabajar para un granjero, que lo envía a cuidar cerdos, sin siquiera poder alimentarse de las bellotas que comen los cerdos: representa al hombre que, por el pecado, se aparta de Dios y su gracia y, sin poder alimentarse de la Eucaristía a causa del pecado, se vuelve esclavo de Satanás. Al final de la parábola, el hijo pródigo se arrepiente y decide regresar a la casa del padre, pidiéndole perdón por haberlo abandonado y por haber dilapidado su fortuna; el buen padre lo perdona, lo abraza y lo viste, no como sirviente, sino como hijo: representa la Confesión Sacramental, en la que el pecador arrepentido, después de haber implorado el perdón de sus pecados, mediante una buena confesión es restituido a la gracia y amistad del Padre celestial.

         Práctica: con frecuencia, ante mis pecados o faltas cometidas, haré breves oraciones de arrepentimiento: ¡Dios mío, perdona mis pecados! ¡Señor, apiádate de mí, que soy un pecador! ¡Señor, purifícame! ¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador! También repetiré la oración de Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión: “¡Prefiero morir, antes que pecar!”.

         Palabra de Dios: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras” (1 Cor 15, 3). Jesús perdonó, durante su vida en la tierra, muchas veces a los pecadores: perdonó a la mujer arrepentida, en casa de Simeón (Lc 7, 48); perdonó a la mujer adúltera (Jn 23, 42-43); perdonó a Zaqueo (Lc 19, 1-10); perdonó a sus verdugos (Lc 23, 34); perdonó al buen ladrón (Lc 23, 42-43).

         Ejercicios bíblicos: Lc 1, 50; 1 Jn 1, 9; Lc 15, 2; 1 Tim 2, 4; Ez 33, 11.
        




[1]                      Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (I): Primera Aparición del Ángel de Portugal



Debido a que Su Santidad el Papa Francisco ha decidido consagrar su pontificado a Nuestra Señora de Fátima, presentaremos, Dios mediante, una serie de artículos en los que desarrollaremos las apariciones de la Virgen, acompañando las mismas con una breve reflexión, destinada a generar, incentivar y cultivar la vida espiritual y sobrenatural de los niños. Con respecto a las apariciones, hay que decir que la Virgen no se apareció inmediatamente en persona a los niños; como preparación a las apariciones de Nuestra Señora, se les apareció primero un ángel, quien se identificó como el "Ángel de Portugal" y "Ángel de la paz".

Al momento de las apariciones, en la Portugal rural del año 1916, era frecuente ver a los niños llevando a sus rebaños a pastorear. Esto es lo que los niños de las familias Marto y Santos estaban haciendo cuando se les apareció el ángel. Casi siempre eran Lucía Santos, Francisco Marto y su hermana Jacinta, los que con gusto tomaban esta responsabilidad agradecidos por la oportunidad de jugar al aire libre mientras las ovejas pastoreaban en silencio.  Los pastorcitos solían llevar a pequeños grupos de ovejas a pastorear en parcelas pertenecientes a sus padres en diferentes partes de la sierra, el altiplano en el que se encontraba el pueblito de Fátima (donde se encontraba la Iglesia parroquial) y Aljustrel (donde vivían los niños). Dos miradores favoritos eran las colinas que miraban a Aljustrel, cerca de un campo llamado Loca do Cabeco (Lugar de la Cabeza) y la Cova da Iria (Enseñada de Irene) a poca distancia de Fátima.

En estos lugares ocurrieron las apariciones que cambiarían el curso de la vida de estos niños y anunciarían eventos futuros que involucrarían a toda la humanidad.

        La primera aparición del Ángel

En la primavera de 1916 Lucía, Francisco y Jacinta tuvieron su primer encuentro con un ángel de Dios. En sus memorias, compuestas bajo obediencia a su obispo, Lucía nos cuenta sobre esa primera aparición: “Fuimos esa vez a la propiedad de mis padres, que está abajo del Cabeco, mirando hacia el este. Se llama Chousa Velha. Como a mitad de mañana comenzó a lloviznar y subimos la colina, seguidos de las ovejas, en busca de una roca que nos protegiera. Así fue como entramos por primera vez en el lugar santo. Está en la mitad de una arboleda de olivos que pertenece a mi padrino, Anastasio. Desde allí uno puede ver la aldea donde yo nací, la casa de mi padre y también Casa Velha y Eira da Pedra. La "Arboleda de los obispos", que en realidad pertenece a varias personas, se extiende hasta estos lugares. Pasamos el día allí, a pesar que la lluvia había finalizado y el sol brillaba en el cielo azul. Comimos nuestros almuerzos y comenzamos a rezar el rosario. Después de eso comenzamos a jugar un juego con guijarros. Pasaron tan solo unos segundos cuando un fuerte viento comenzó a mover los árboles y miramos hacia arriba para ver lo que estaba pasando, ya que era un día calmo, sin brisa. Luego comenzamos a ver, a la distancia, sobre los árboles que se extendían hacia el este, una luz más blanca que la nieve con la forma de un joven, algo transparente, tan brillante como un cristal en los rallos del sol. Al acercarse pudimos ver sus rasgos. Nos quedamos asombrados y absortos y no nos dijimos nada el uno al otro.
Luego él dijo: “No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo”. Él se arrodilló, inclinando su rostro hasta el suelo. Con un impulso sobrenatural hicimos lo mismo, repitiendo las palabras que le oímos decir: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”. Después de repetir esta oración tres veces el ángel se incorporó y nos dijo: “Oren de esta forma. Los corazones de Jesús y María están atentos a vuestras súplicas”.

Y desapareció. Nos dejó en una atmósfera de lo sobrenatural que era tan intensa que estuvimos por largo rato sin darnos cuenta de nuestra propia existencia. La presencia de Dios era tan poderosa e íntima que aún entre nosotros mismo no podíamos hablar. Al día siguiente, continuaba esta atmósfera, y fue disminuyendo gradualmente hasta desaparecer. Ninguno de nosotros pensó en hablar de esta aparición o hacer ningún tipo de promesa en secreto. Las palabras del ángel impactaron tan profundamente en nuestras mentes que nunca las olvidamos, hasta el punto en que pasábamos largos ratos de rodillas repitiéndolas, a veces hasta que nos caíamos exhaustos”.

        Sentido espiritual y sobrenatural de la primera aparición del ángel

-Se aparece a los niños, y no a adultos, y esto significa dos cosas: que todo el contenido del mensaje se debe apreciar con el espíritu de un niño, es decir, la sencillez y la inocencia, recordando las palabras de Jesús: “El que no se haga como niño no entrará en el Reino de los cielos”. Quiere decir no cuestionar con razonamientos humanos y tendenciosos el contenido del mensaje, así como un niño pequeño no cuestiona lo que su madre le dice. El otro motivo por el que se aparece a los niños es que el contenido del mensaje no debe ser ocultado a nadie, ni siquiera a los niños pequeños. Se habla de penitencia, de ayuno, de oración, de infierno, de conversión, y la que lo hace es principalmente la Virgen, quien incluso muestra a los niños y les hace sentir de cerca la experiencia del infierno. No se deben ocultar estas cosas a nadie, y menos a los niños.
            -Antes de la Virgen, se aparece un ángel de luz, como preparación a las apariciones de la Virgen. Los ángeles de luz son diferentes a los ángeles de la oscuridad: se los distingue porque siempre traen paz al corazón, además de conducirnos siempre a Dios y aumentar nuestro amor a Jesús y María, dejándonos el deseo de hacer oración. Lo contrario sucede con los ángeles de la oscuridad, los ángeles caídos, los demonios.
            -Cuando se les aparece a los niños, les enseña una oración que expresa el amor y la adoración a Dios. Por su parte, los niños han hecho bien todo lo que tenían que hacer; es decir, cuidar las ovejas, rezar el Rosario y jugar. Quiere decir que en todo momento se debe elevar el alma a Dios, aun en medio de las tareas cotidianas. Además, el Ángel se aparece a los niños que cumplen su deber de estado: ayudar en las tareas del hogar y de la familia -cuidan las ovejas-, rezar -están rezando el Rosario- y jugar -cuando se aparece el Ángel, están jugando "con guijarros".
           -Se identifica como "Ángel de Portugal", lo cual quiere decir que toda Nación -y también toda familia y todo grupo humano y toda sociedad humana- tiene un ángel, al cual hay que rezarle con devoción y con frecuencia.
           -Se identifica también como "Ángel de la paz", lo cual quiere decir que nos transmite la paz de Dios, la paz de Jesús, que no es la paz del mundo, sino la verdadera paz, la paz que nace del perdón que Cristo nos da desde la Cruz, y que es la paz que debemos transmitir a nuestros hermanos.
            -Siendo él un ángel de luz, y por lo tanto lleno de gracia y de amor, se postra con la frente en la tierra para adorar a Dios, en señal de humillación ante la majestad divina. Nos enseña a amar y adorar a Dios, ante quien únicamente el hombre debe postrarse en adoración. Una señal externa del amor y de la adoración externa es recibir la comunión de rodillas. Los ángeles de la oscuridad son soberbios y no aman a Dios, y por eso no se postran ante Él. Un santo vio al demonio con las rodillas para atrás, indicando que por su soberbia no se puede arrodillar ante Dios. Arrodillarse ante Jesús Eucaristía es una muestra de amor y adoración externa, que complementa el amor y la adoración interna que se tributa con el alma y el corazón.
            

viernes, 15 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: El que esté libre de pecados que tire la primera piedra



         En esta parte del Evangelio un grupo de judíos llevan a María Magdalena delante de Jesús, porque la habían sorprendido cometiendo un pecado (cfr. Jn 8, 1-11). Todos tenían piedras en las manos y la querían apedrear porque ese era el castigo adecuado para el pecado que había cometido María Magdalena.
Cuando llegan delante de Jesús, le preguntan qué es lo que tienen que hacer. Jesús los miró y no les dijo nada; se puso en cuclillas y comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Los que habían llevado a María Magdalena delante de Jesús, se comenzaban a poner impacientes, porque Jesús seguía escribiendo en el suelo y no les decía nada, y ellos ya querían llevarla para tirarle piedras. Entonces Jesús, como ellos insistían, se levantó y les dijo: “El que esté libre de pecados, que tire la primera piedra”. Ahí todos se quedaron en silencio, porque se dieron cuenta que nadie estaba libre de pecados; se dieron cuenta que ellos tenían tantos o más pecados que aquella a quien querían apedrear y que si la apedreaban, también los tenían que apedrear a ellos. Y como todos tenían pecados, y nadie estaba libre de pecados, nadie pudo tirar ninguna piedra. Todos dejaron las piedras en el suelo, y se retiraron despacito, sin decir nada, muy arrepentidos. Entonces María Magdalena besó llorando los pies de Jesús, y le agradeció que le hubiera salvado la vida. Jesús le dijo que no volviera a pecar más, y a partir de este encuentro con Jesús, María Magdalena no sólo no volvió a pecar nunca más, sino que fue cada vez más buena, y creció tanto en la gracia de Dios, que llegó a ser Santa María Magdalena.
Esto nos enseña que la gracia de Jesús es como una luz que nos ilumina por dentro, y nos hace dar cuenta de que pensamos, decimos y hacemos cosas malas, es decir, de que somos pecadores, y que por lo tanto, no podemos juzgar, condenar y castigar a nuestros hermanos, porque si lo hacemos, entonces también nos tienen que juzgar, condenar y castigar a nosotros. Pero no lo podemos hacer, porque el Único que puede juzgar, condenar y castigar, es Dios, porque Él es el Juez más grande de todos los jueces. Pero Dios es también Amor puro y Misericordia muy grande, como un océano sin playas, y por eso Él siempre quiere perdonar y no castigar. Dios perdona a todos, pero al que no perdona, es al que no le pide perdón, porque ese demuestra que no quiere ser perdonado. Por ejemplo, al Diablo. Dios no perdonó al Diablo, porque el Diablo no quiso pedirle perdón, y Dios no puede dar algo a alguien que no quiere eso que Él quiere dar, porque lo desperdiciaría. Nadie puede dar un regalo a otro, si sabe que ese otro lo va a tirar al regalo apenas lo reciba. Así hizo Dios con el Diablo, porque el Diablo no quería recibir el perdón. Pero a nosotros sí nos perdona, cada vez que nos arrepentimos, porque demostramos que queremos recibir el perdón de Dios. Pero para recibir el perdón de Dios, que nos lo da Jesús en la Cruz, tenemos que perdonar a nuestros hermanos, y nunca tenemos que juzgarlos, ni condenarlos y, mucho menos, castigarlos.
Cuando no tenemos la luz de la gracia, somos como esos judíos que querían apedrear a María Magdalena: nos sentimos superiores a los demás, creemos que somos jueces y que podemos decir todo lo que se nos ocurra de nuestros hermanos, y así demostramos que no tenemos compasión ni amor, y si no levantamos una piedra, sí levantamos la voz, o la mano, o decimos cosas hirientes.
La Virgen, que es nuestra Mamá del cielo, quiere que seamos como Jesús en el Evangelio: Él no condenó a María Magdalena, sino que la perdonó. Entonces nosotros, con nuestros hermanos, no tenemos que condenarlos, y si hicieron algo malo contra nosotros, los tenemos que perdonar con el mismo perdón con el que Jesús nos perdonó desde la Cruz, y amarlos con el mismo Amor con el que nos amó Jesús desde la Cruz.
Jesús nos enseña, en el Evangelio de hoy, a reconocernos pecadores y a ser misericordiosos con los demás, pasando por alto sus errores.
         

viernes, 13 de abril de 2012

Domingo de la Divina Misericordia para Niños y Adolescentes



Una vez, hace mucho tiempo, Jesús se le apareció a una monjita, que ahora está en el cielo y que se llama Sor Faustina Kowalska, y le dijo lo siguiente: “Hija Mía, habla al mundo entero de Mi insondable Misericordia, para que toda la humanidad conozca la infinita Misericordia mía. Es la señal de los últimos tiempos. Después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos. Antes de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi Misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia”.

Jesús le dice a Sor Faustina que hable al mundo entero de su “misericordia”, pero, ¿qué quiere decir "misericordia”? Quiere decir un amor especial, infinito, de Dios, para el hombre lleno de miseria, es decir, de pecado. La “misericordia” es entonces el amor que Dios tiene al hombre pecador.

¿Cómo es este amor misericordioso de Dios? Para darnos cuenta de cómo es este amor de Dios, tenemos que leer la Biblia, en el libro del Profeta Isaías, en donde Dios nos dice cómo es su amor: como el amor que nace del corazón de la madre o del corazón de un padre: “¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti” (Is 49, 15). El amor de Dios es más fuerte que el amor de una madre, que puede tal vez querer muy oco a su hijo, pero jamás se puede olvidar de él, y si una madre de la tierra no se olvida de su hijo, porque lo ama, mucho, muchísimo más, es el amor de una madre. En los Salmos se dice así del amor de Dios: “Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles” (Sal 102, 8-13).

“Divina Misericordia”, entonces, quiere decir el amor especial que Dios tiene para el hombre pecador, un amor que es como si fuera el amor de madre o de padre, pero multiplicado al infinito y por toda la eternidad, porque es un amor que nace de Dios, que es infinito y eterno.

¿Dónde encontramos este amor misericordioso de Dios? En el Sagrado Corazón de Jesús. La fuente de la Divina Misericordia es el Corazón de Jesús, de donde salen Sangre y Agua al ser traspasado, como lo dice el mismo Jesús: “De todas Mis llagas, como de arroyos, fluye la misericordia para las almas, pero la herida de Mi Corazón es la fuente de la Misericordia sin límites, de esta fuente brotan todas las gracias para las almas. Me queman las llamas de compasión, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres” . De ese corazón Santa Faustina, vio salir dos rayos de luz que iluminan el mundo: Estos dos rayos, le explicó Jesús, representan la sangre y el agua que brotaron de su Corazón traspasado.

Entonces, es del Sagrado Corazón de Jesús de donde brota la misericordia de Dios, como de una fuente, en forma de rayos, uno blanco y otro rojo. Así cuenta Sor Faustina la aparición de Jesús: “En la noche cuando estaba en mi celda, vi al Señor Jesús vestido de blanco. Una mano estaba levantada en ademán de bendecir y, con la otra mano, se tocaba el vestido, que aparecía un poco abierto en el pecho, brillaban dos rayos largos: uno era rojo y, el otro blanco. Yo me quedé en silencio contemplando al Señor. Mi alma estaba llena de miedo pero también rebosante de felicidad. Después de un rato, Jesús me dijo: Pinta una imagen Mía, según la visión que ves, con la inscripción : “¡Jesús, yo confío en Ti!”. Yo deseo que esta Imagen sea venerada, primero en tu capilla y después en el mundo entero. Yo prometo que el alma que honrare esta imagen, no perecerá. También le prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, pero especialmente a la hora de su muerte. Yo el Señor la defenderé como a Mi propia Gloria. Por orden de su confesor Santa Faustina le preguntó al Señor el significado de los rayos que aparecen en la imagen emanando del corazón y el Señor le respondió: “Los dos rayos significan Sangre y Agua- el rayo pálido representa el Agua que justifica a las almas; el rayo rojo simboliza la Sangre, que es la vida de las almas-. Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando mi corazón agonizado fue abierto por una lanza en la Cruz... Bienaventurado aquel que se refugie en ellos, porque la justa mano de Dios no le seguirá hasta allí”. Yo le ofrezco a todos un instrumento por el cual podrán recibir gracias de la fuente de misericordia. Este instrumento es la imagen con la inscripción; “Jesús, en ti confío.”

¿Quiere decir entonces, que si Dios es misericordioso, cada uno puede hacer lo que quiera, portarse mal, porque al final Dios lo va a perdonar? No es así.

Jesús nos ofrece a todos su misericordia, pero también nos dice: “Antes de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi Misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia”. Esto es así porque nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica y también la Biblia, que Dios es Amor infinito, pero también es Justicia infinita, porque si no, no sería Dios.

Porque Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente justo, es que premia a los buenos y castiga a los malos: para los buenos, el cielo; para los malos, para los que no quisieron aprovechar su misericordia, el infierno.

En realidad, más que castigar, lo que hace Dios se dar a cada uno lo que cada uno quiere: el cielo, para los buenos -los pecadores que, reconociendo que eran malos, se arrepintieron, se confesaron y obraron el bien- que aprovecharon la Misericordia; para los malos -es decir, para los pecadores que no reconocieron su pecado, no se arrepintieron de obrar el mal y siguieron siendo malos hasta el último segundo de su vida, sin pedir perdón a Dios-, el infierno.

Entonces, que Dios sea infinitamente misericordioso, no quiere decir que cada uno va a hacer lo que quiera, total Dios va a perdonar a todos.

Dios sí va a perdonar a todos, pero a todos aquellos que se arrepientan de sus pecados y de sus malas obras, y acudan al Río de gracias que es la confesión sacramental, reciban en sus corazones ese Océano sin fondo y sin playas que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y den el amor recibido a sus prójimos, con obras de misericordia, las catorce obras que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, dentro de las cuales, una de las más grandes, es orar y hacer sacrificios por los pecadores, como lo pide también la Virgen en Fátima.

domingo, 18 de marzo de 2012

La Santa Misa para Niños (IV) Acto penitencial



Sacerdote: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre, y la comunión del Espíritu Santo, estén con todos ustedes. 

 Esta introducción nos habla, desde el comienzo, el gran amor que nos muestra la Santísima Trinidad al invitarnos a la Santa Misa: Jesús nos da su gracia, Dios Padre nos da su Amor, y el Espíritu Santo nos une en el amor con Dios Padre y Dios Hijo. 

En la Misa vemos cómo de Dios Trinidad sólo obtenemos bienes y amor, y por eso nos da pena por todos aquellos que, en vez de la Misa, en donde se recibe el Amor deDios, muchos prefieren las atracciones de la tierra. El otro motivo por el que el sacerdote saluda de esta manera, es que la Misa no es nunca una obra de los hombres, sino de la Santísima Trinidad, y por eso es que el sacerdote pide la gracia de Jesús, el amor de nuestro Padre Dios, y la comunión del Espíritu Santo, para que podamos aprovechar a fondo el misterio del altar. Sin la ayuda de las Tres Divinas Personas, nos vamos a equivocar, y vamos a pensar que la Misa es aburrida y que la Eucaristía es solamente un pedacito de pan, pero con la ayuda de la Trinidad, vamos a darnos cuenta de que es el sacrificio de Jesús en el altar. 

 Acto penitencial. Sacerdote: Hermanos, para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados. 

 Todos: Yo confieso, ante Dios Todopoderoso, y antes ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos, y a ustedes hermanos, que intercedan por mí ante Dios nuestro Señor.

 ¿Por qué rezamos el acto penitencial? Para saberlo, tenemos que pensar primero en qué es lo que vamos a recibir en la Comunión: el Amor de Dios, que late en el Corazón Eucarístico de Jesús, que es como un océano sin playas. Para recibir al Amor, nuestro corazón tiene que tener amor, y como puede suceder que hayamos tenido faltas en el amor, a lo largo de la semana, entonces es necesario que confesemos estas culpas, que se llaman “pecados veniales”. 

¿Cuáles son estas faltas de amor? Tal vez cosas que no son muy grandes, pero que a la larga van apagando el fuego del amor en el corazón, como cuando uno tiene un brasero con muchas brasas, y de a poco le va arrojando agua: al final, en vez de fuego, queda solo humo, carbón negro y cenizas. 

Para que no ocurra eso, reconocemos nuestras faltas, como por ejemplo: un gesto de fastidio, un enojo, una contestación enfadada, antipática, un gesto agrio al saludar, haber hecho pereza en la semana, jugando en exceso en la Play o en Internet, o viendo mucha televisión, también haber desobedecido a los papás, cuando nos mandaban a estudiar, o a hacer algo en la casa, o haber peleado con los hermanos, o con los compañeros de la escuela, o haber contestado a alguna maestra, o haber dicho mentiras, etc. Todas estas son faltas pequeñas pero que, si son muchas, se vuelven muy importantes, además que impiden que podamos recibir al Amor de Dios que late en el Corazón de Jesús. 

Es como cuando alguien está con mucho calor y mucha sed, y quiere tomar agua de un arroyo de la montaña, que es un agua fresquita, transparente, cristalina, y usa un vaso de vidrio limpio pero que, en el fondo, tiene barro. ¿Qué sucede cuando quiere tomar el agua? Que el agua se mezcla con el barro, y ya no está más transparente. Así se pone nuestro corazón con los pecados veniales, y por eso no podemos tomar del agua fresca que es el Amor divino que late en el Corazón Eucarístico de Jesús. Con el acto penitencial, nos acordamos de esas faltas, para no volverlas a repetir nunca más, y así, de esta manera, verdaderamente arrepentidos de haber hecho, dicho, pensado u obrado esas cosas malas, nuestro corazón es purificado por la absolución del sacerdote, y ya podemos recibir en paz a Jesús que vendrá dentro de poco, desde el cielo, hasta la Eucaristía. 

¿Cómo qué más es un corazón con pecado? 

Un corazón con pecado mortal es como una cueva, excavada en la montaña, muy profunda y a oscuras, en donde no entra la luz del sol, porque el hueco por donde se ingresa es pequeño y no deja pasar ni el más pequeño rayo de luz, y no se puede ver nada; en esta cueva se refugian y merodean, en cada rincón y por todos lados, toda especie de alimañas, algo así como si fueran roedores, grandes, de mal olor; es un lugar lleno además de insectos repugnantes, como cucarachas y arañas; es un lugar asfixiante, sin aire, todo maloliente. Un alma con pecados veniales en cambio es como una habitación en penumbras: no está ni toda iluminada, ni toda oscura; se pueden ver algunas cosas, pero es más lo que no se ve que lo que se ve; está limpia, pero no tanto, ya que hay mucha humedad y mucha tierra que cubre todos los objetos; hay varios insectos, muy molestos, como los mosquitos. Y una habitación sin pecado mortal, sin pecado venial, y con mucho deseo de amar a Dios, es como una habitación limpia, perfumada, ordenada, iluminada, sin insectos ni alimañas. 

¿Cómo es nuestra alma antes de recibir a Jesús que quiere entrar en nuestro pobre corazón? Porque Él, desde la Eucaristía, nos dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien me escucha y me abre, entraré y cenaré con él y él Conmigo” (Ap 3, 20). 

Jesús Eucaristía no puede entrar en una cueva; y le es un poco triste entrar en una habitación que esté un poco descuidada. Jesús quiere entrar en una habitación limpia, luminosa, aireada, fragante, humilde, sencilla, sin lujos, sin cosas costosas e innecesarias, en donde hay un lugar central en donde se levante un altar, para que Él sea adorado como Dios. 

Entonces, pedimos perdón, en esta parte de la Misa, para que se nos perdonen los pecados veniales –no los mortales, que sí o sí deben ser confesados en la confesión sacramental- y para que nuestro corazón esté limpio, puro, perfumado con la gracia divina, para poder recibir a Jesús y recibir de Él todo su Amor y toda su gracia.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad para Niños y Adolescentes




         ¿Qué vemos en el pesebre? Vemos a una Madre, a un Niño, a un padre, a algunos animales. ¿Qué significa esta escena? ¿Es un nacimiento más, como tantos otros? ¿Lo que vemos en el pesebre es todo lo que hay, o hay algo más escondido?
         Hay algo más escondido, porque no es el nacimiento de un niño más, es el Nacimiento del Niño Dios, de Dios, hecho Niño sin dejar de ser Dios. Todo lo que vemos en el pesebre tiene un sentido sobrenatural: la Madre, el Niño, el padre adoptivo, la gruta, los animales, los pastores, los ángeles.
         Empecemos por el Niño que vemos acostado en el pesebre de Belén. ¿Quién es este Niño? Es Dios, que viene a nosotros no como vino a Moisés y al Pueblo Elegido, en medio de rayos y truenos y temblores de tierra; Dios no viene a nosotros para amedrentarnos, para hacernos tener miedo; Dios viene a nosotros como un Niño pequeño, recién nacido, para que no dudemos de sus intenciones: ¿acaso alguien puede pensar que un niño recién nacido puede hacer daño? ¿O puede tener malas intenciones? ¿O puede o quiere hacer algún mal? De ninguna manera; un niño recién nacido, ni puede hacer daño, ni tiene malas intenciones, ni puede ni quiere hacer mal; un niño recién nacido es todo inocencia, amor, pureza y ternura; es la obra de las Manos de Dios Padre, y si Dios viene a nosotros como un Niño recién nacido, y extiende sus brazos, es para que lo alcemos, lo abracemos, y lo cubramos de besos.
         Si Dios quisiera, podría venir en medio de fulgores, rayos, truenos, porque cuando Dios se enoja, tiemblan hasta los ángeles del cielo, dice la Virgen a Sor Faustina; pero Dios viene como un niño recién nacido, para que no tengamos dudas de que viene a perdonarnos, a darnos su Amor, a bendecirnos, a darnos su paz, su alegría, su vida divina y, sobre todo, viene a nuestra tierra, a nuestro mundo, a nuestro tiempo, para llevarnos al cielo, a su Reino, a la eternidad.
La Madre que toma en sus brazos al Niño recién nacido y lo mece suavemente, y lo abriga  para después colocarlo suavemente en la cuna, no es una madre más: es la Madre de Dios, la Virgen María, Aquella que fue concebida en gracia y sin pecado original, Llena del Espíritu Santo, para ser precisamente la Madre de Dios Hijo, para poder concebir y alumbrar luego virginalmente a su Niño Dios.
La Virgen también es la otra señal del Amor infinito de Dios, porque Dios viene a este mundo acompañado no de millones de ángeles guerreros, con las espadas de la justicia de Dios listas para descargarlas sobre los pecadores -como por otra parte, tiene todo el derecho Dios de hacerlo, visto la maldad del corazón de los hombres-: Dios viene a este mundo por medio de María Santísima, la Madre más dulce y amorosa de todas las madres dulces y amorosas. Y si Dios viene a este mundo traído por su Mamá, ¿acaso quiere hacernos algún mal? ¿No es su Mamá la garantía de que Dios quiere nuestro amor? ¿No nos está diciendo Dios, al querer ser sostenido por los brazos de una Mujer, la Virgen María, que lo único que quiere es perdonarnos y darnos su Amor? ¿Quién puede resistirse al ver a la Madre de Dios que después de concebir virginalmente a su Hijo, nos lo da amorosamente, para que luego de adorarlo, lo tomemos en nuestros brazos y lo besemos con respeto y amor?
Veamos al padre adoptivo, San José: no es el padre real del Niño, porque el padre real del Niño es Dios Padre, que engendró a su Hijo Dios desde toda la eternidad. San José es el padre virgen, casto y puro, que ama virginal y castamente a la Virgen María y a su hijo adoptivo, Jesús. San José adopta al Hijo de Dios, para que Dios adopte a los hombres como hijos suyos. Como es carpintero, enseñará a su Hijo a trabajar la madera, como un modo de prepararlo para cuando deba subir a la Cruz de madera para ser crucificado y morir allí por todos los hombres.
La gruta en la que nace el Niño, es en realidad un albergue para animales, oscuro, frío, con su suelo lleno de las cosas que los animales hacen, las cuales son limpiadas por la Virgen, mientras San José va a buscar leña para que el Niño tenga luz y calor.
La Virgen y San José deben ir obligadamente a este lugar para hacer nacer al Niño, ya que los otros lugares más cómodos y calientes, los hospedajes y las casas de Belén, están todos ocupados, y en todos les han dicho que no pueden entrar, y les han cerrado las puertas en la cara, sin apiadarse de una mujer embarazada que está a punto de dar a luz.
Los hospedajes y casas de Belén, que no se abren cuando la Virgen golpea a las puertas para poder entrar y hacer nacer al Niño Dios, representan a los corazones de los hombres, endurecidos por el pecado y el mal, que se niegan a la conversión y rechazan a Dios.
La gruta, oscura y fría, representa el corazón humano, que sin Dios, es oscuro y frío, mientras que los animales representan a las pasiones sin control, y así como la gruta, cuando nazca Dios Niño, será iluminada con la luz de la Gracia Increada, que es más fuerte y brillante que mil soles juntos, porque es la luz de Dios, así también el corazón humano, cuando nazca el Niño Dios por la gracia, será iluminado con esta misma luz, la luz que brota del Corazón del Niño Dios, una luz más brillante que mil soles juntos.
Los pastores representan a los hombres de buena voluntad que, aún sin conocer a Dios, obran el bien según el dictado de sus conciencias: están trabajando, porque están pastoreando al momento de recibir el anuncio, y están por lo tanto despiertos y vigilando, atentos a que el lobo no despedace con sus dientes a sus ovejas, es decir, evitan obrar el mal. Esta actitud de los pastores los prepara para recibir la Buena Noticia del Nacimiento de Dios como Niño en Belén.
Por último, los ángeles, los mensajeros de Dios, son los encargados de anunciar, con sus cantos de alegría, que para los hombres ha terminado la oscura noche del pecado, de la triste y penosa rebelión del hombre contra Dios, porque Dios en Persona ha venido a este mundo, como un Niño, para perdonarles sus pecados y, todavía más, para hacerlos ser hijos de Dios y llevarlos al Cielo, a la feliz eternidad en compañía de las Tres Personas de la Trinidad, de la Virgen, y de todos los ángeles buenos. Los ángeles cantan “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”, es decir, paz a aquellos que son como los pastores, que están atentos y vigilantes para obrar el bien y evitar el mal. Y la Iglesia toma el Gloria de los ángeles, para glorificar a Dios que continúa su Nacimiento en el altar, en la Eucaristía, convirtiendo al altar en un Nuevo Pesebre de Belén.
Pero además de los ángeles buenos, también hay un ángel malo, con muchos de sus secuaces, ángeles de sombra y de maldad, no de luz y de amor, como los ángeles de Dios, que no se alegran por el Nacimiento, sino que se llenan de odio y de rabia porque saben que ese Niño los derrotará para siempre cuando abra sus brazos en la Cruz, y también se enojan con su Mamá, porque saben que la Mamá de este Niño, con su delicado piececito, les aplastará la cabeza y los sepultará en el infierno para siempre.
Cuando miremos el Pesebre, entonces, meditemos en todo lo que se ve, y también en lo que no se ve, y pensemos que ese Niño, que es Dios, que abre sus bracitos en su cuna, ha venido a este mundo para abrir después sus brazos en la Cruz, para dar su vida por nosotros, para perdonar nuestros pecados, para hacernos ser hijos de Dios, y para llevarnos al Cielo al final de nuestro paso por la tierra.
Es por esto por lo que nos alegramos en Navidad.