Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 5 de noviembre de 2023

Santa Misa de Primeras Comuniones

 


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones en Capilla San José 
en Alto Verde, Parroquia Nuestra Señora del Valle en Alvear, 
Concepción, 051123)


         En la Santa Misa se confecciona, se realiza, se produce, un sacramento, la Eucaristía.

         Como todo sacramento, la Eucaristía tiene dos partes: una visible y otra invisible.

         La parte visible es lo que vemos, oímos, sentimos: el altar, las oraciones, los libros, etc,.

         La parte invisible es lo que no vemos, pero que igualmente sucede porque sin lo invisible, no hay sacramento.

         Lo visible viene de la tierra; lo invisible, viene del cielo.

         Entonces, en la Santa Misa, en el altar, sucede algo visible y algo invisible: lo invisible consiste en que Jesús EN PERSONA baja desde el Cielo y convierte el pan en su Cuerpo y convierte el vino en su Sangre, que queda en el Cáliz; por eso el pan deja de ser pan y se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino deja de ser vino y se convierte en la Sangre de Cristo. En ese momento debemos hacer silencio interior y exterior, porque Cristo está misteriosamente en el sacerdote, obrando el milagro.

         Por eso cuando comulgamos, no comulgamos pan, sino el Cuerpo de Jesús y no bebemos el vino sino la Sangre de Jesús.

         Cuando comulgamos no comulgamos pan, aunque a los ojos y al gusto parezcan pan, sino que comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, comulgamos a Jesús en Persona; cuando comulgamos, recibimos con la boca la Eucaristía y con el corazón a Jesús que en Persona viene a nuestros corazones por la Comunión.

         Antes de comulgar y cuando hemos comulgado, debemos hacer un acto de amor y de adoración interior, en silencio, sin que nos importe nada de lo que pasa en el exterior, concentrándonos en nuestro interior, porque Jesús está en nuestros corazones. No vamos a sentir nada sensiblemente, pero eso no quiere decir que Jesús no esté; aunque no sintamos nada, Jesús está en nuestros corazones por la Eucaristía y por eso debemos regresar a nuestros asientos luego de la Comunión, arrodillarnos y dar gracias a Jesús por haber bajado desde el cielo para venir a nuestros corazones.

         Este hermosísimo milagro sucede en cada Misa; Jesús baja desde el Cielo, acompañado por su Madre, la Virgen y por cientos de miles de ángeles y santos y el altar se convierte en una parte del Cielo, deja de ser de cemento para ser de cielo, donde está Jesús.

         Jesús hace este milagro en cada Misa para venir a nuestros corazones, para que lo recibamos a nuestros corazones; deja el cielo en donde está con sus ángeles y santos, para estar con nosotros, para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

         No hay nada más hermoso en el mundo que recibir a Jesús con el corazón purificado por la confesión, en la Sagrada Eucaristía.

         Los niños deben preguntarse: si Dios quiere darme su Amor, el Espíritu Santo, ¿yo me voy a quedar durmiendo o jugando o viendo televisión? Para eso tengo todo el día, primero voy a recibir al Corazón de Jesús en la Eucaristía y después todo lo demás.

         No cometamos el error de muchísimos niños y jóvenes, que se pierden de recibir el Amor del Sagrado Corazón de Jesús por cosas que no tienen importancia. NADA tiene más importancia que Jesús en la Eucaristía.

         Algo que deben tener en cuenta los papás es que son responsables ante Dios por sus hijos, porque van a responder ante el Juicio de Dios, en el Juicio Final, por si se preocuparon o no por traerlos los Domingos para que reciban a Jesús Eucaristía, al menos hasta que cumplan la mayoría de edad.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Tomar la Primera Comunión es comenzar a vivir una vida nueva en Cristo

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones, Fronterita, Leales)

         ¿Qué es recibir la Primera Comunión?

         Visto desde afuera, es como si alguien recibiera en su boca un pedacito de pan blanco, sin levadura.

         Sin embargo, tomar la Primera Comunión es algo muy distinto, porque la Eucaristía no es un pedacito de pan, es una Persona, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que está vivo, glorioso, resucitado, en persona, en la Eucaristía. Jesús baja del cielo, en la Santa Misa, para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos en nuestros corazones, que deben estar purificados por la gracia que recibimos en la Confesión sacramental.

         Entonces, si recibir la Primera Comunión no es comer un pedacito de pan, sino recibir a una Persona, al Hijo de Dios, entonces la Primera Comunión es comenzar una nueva vida en la que Jesús es el centro. Recibir la Primera Comunión es recibir a Jesús en Persona y como es una persona -la Segunda de la Trinidad-, entonces comulgar es establecer una relación de vida y de amor con Dios Hijo, con Jesús. Cuanto más lo reciba en mi corazón, con amor, con fe, con piedad, en estado de gracia, tanto más crecerá mi amistad y mi amor con Jesús Eucaristía.

         Muchos pueden decir: “Yo no siento nada, no escucho a Jesús, no veo a Jesús” y es así, porque no vemos ni escuchamos a Jesús con los ojos y los oídos del cuerpo, pero no porque no lo veamos, no quiere eso decir que Jesús no esté Presente, en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía. Por eso es tan importante y tan hermoso recibir la Comunión, porque es recibir a Jesús en Persona, quien me da todo el Amor de su Sagrado Corazón.

         No cometamos el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión es la última, porque luego nunca más vuelven a la Iglesia para recibir a Jesús. Primera Comunión no significa “última”, sino la primera de muchas, tantas como pueda recibirlas. Además, si recibir la Comunión es lo más hermoso de esta vida, ¿porqué nos vamos a privar de lo más hermoso que tiene esta vida?

         Antes de comulgar por primera vez, digamos esta oración a Jesús: “Querido Jesús Eucaristía, Tú bajas desde el cielo en cada Santa Misa, para venir a mi corazón y para darme tu Amor; ayúdame a recibirte con amor y piedad y que esta Primera Comunión sea la primera de muchas más. Jesús Eucaristía, Tú me das tu Corazón en cada comunión, yo a cambio te doy mi pobre corazón, para que lo enciendas en el Fuego de tu Amor. Amén”.

sábado, 22 de octubre de 2022

En la Eucaristía, Jesús nos da su Sagrado Corazón

 



Una vez, en una de sus apariciones a Santa Margarita, Jesús le dijo lo siguiente: le dijo que le diera su corazón y la santa así lo hizo, entregándoselo a Jesús. Ella decía que su corazón, comparado con el horno de fuego que era el pecho de Jesús, era como un granito de arena en un inmenso horno de fuego.

Entonces Jesús tomó el corazón de la santa y lo introdujo en su pecho, luego lo sacó y se lo devolvió, pero no ya como corazón de carne, sino como una llama en forma de corazón. Estas llamas eran las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo, las mismas llamas que envuelven al Sagrado Corazón. El Sagrado Corazón había convertido al corazón de Margarita en una pequeña copia de su propio Corazón Divino.

Cuando pensamos sobre esta experiencia, nos ponemos a pensar cuán dichosa fue la santa, porque Jesús convirtió su corazón en una copia del suyo. Pero cuando nos ponemos a pensar bien, con cada Comunión Eucarística -y no solo con la Primera Comunión-, Jesús hace con nosotros algo infinitamente más grande y hermoso: a nosotros, Jesús no nos pide nuestro corazón para introducirlo en su pecho, sino que NOS DA su propio Sagrado Corazón en la Eucaristía, para que nosotros lo introduzcamos en nuestros pechos por la Comunión. Y una vez que el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús está en nuestro pecho, le transmite las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones se incendien de amor con el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. Aunque no sintamos nada, si recibimos la Eucaristía con fe y con amor y en estado de gracia, después de confesarnos, lo que sucede es eso: el Sagrado Corazón nos comunica su Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones ardan en el Fuego del Divino Amor. Por esta razón es que no hay nada más hermoso, en esta vida, que recibir la Sagrada Comunión, porque lo que recibimos, que por fuera parece un pan, en realidad es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Cuando nosotros vemos una imagen del Sagrado Corazón, vemos una representación, pero en la Eucaristía, el Sagrado Corazón está vivo, palpitando de Amor Divino; está real, glorioso, resucitado, deseoso de concedernos su Amor.

Ustedes van a recibir ahora al Sagrado Corazón en la Eucaristía por primera vez, y eso es lo más hermoso que le puede pasar a una persona en esta vida. No cometan el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión es la última, porque nunca más vuelven a recibir a Jesús Eucaristía. En cada Santa Misa, Jesús repite el milagro de bajar del Cielo para dejar su Corazón en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos con un corazón puro y lleno de amor. Si ustedes no vienen a recibir al Sagrado Corazón en las misas de Domingo, Jesús se queda triste y solo en el sagrario. Hagamos el propósito de asistir a la Santa Misa del Domingo, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

viernes, 14 de octubre de 2022

Recibir la Primera Comunión es recibir al Rey del cielo, Cristo Jesús


 


         ¿Qué es recibir la Primera Comunión?

         Cuando uno mira desde afuera y ve que alguien comulga, le parece como si estuviera recibiendo un pedacito de pan; en este caso, un pan bendecido en una ceremonia religiosa.

         Pero la Sagrada Comunión, la Eucaristía, no es eso, no es un pedacito de pan bendecido: es una Persona y esa Persona es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es Dios Hijo encarnado que continúa su Encarnación en la Eucaristía. En la Eucaristía está Jesús en Persona, vivo, glorioso, resucitado, con su Corazón Eucarístico lleno del Amor de Dios, el Espíritu Santo, para darnos todo su Amor cuando lo recibimos en gracia, con fe, con piedad y con amor.

         Comulgar no es comer un pedacito de pan, es recibir al Rey del cielo, al Rey de reyes y Señor de señores, que viene desde el cielo solo para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos con un corazón puro y santo por la gracia santificante de la Confesión sacramental. Comulgar es abrir de par en par las puertas del corazón para que ingrese el Rey de los cielos, Cristo Jesús. No hay nada más hermoso en este mundo que recibir la Sagrada Eucaristía, porque es recibir al Rey de los ángeles y de los hombres, Cristo Jesús, nuestro Dios, nuestro Señor y nuestro Redentor. Somos nosotros los que necesitamos de su Amor, de su Fuerza, de su Paz, de su Alegría y no es Él quien necesita de nosotros. A partir de ahora debe comenzar una nueva vida en ustedes, niños, una vida caracterizada por la relación de amor personal con Cristo Jesús en la Eucaristía, pero si ustedes no vienen los Domingos, nunca van a ser amigos de Jesús y se van a perder lo mejor de esta vida, que es la amistad y el Amor con Jesús Eucaristía.

Por eso da tanta pena ver a tantos niños y jóvenes que desprecian la Eucaristía, toman la Primera Comunión y ya no la vuelven a tomar más, dejándolo solo a Jesús en el Sagrario. No cometan el mismo error, no dejen a Jesús solo en el sagrario, vengan a visitarlo, a conversar con Él, a dejarse amar por Él, vengan los Domingos a recibirlo en la Eucaristía, con el corazón purificado por la Confesión Sacramental.

        

miércoles, 12 de octubre de 2022

Recibir la Primera Comunión quiere decir comenzar una nueva vida en Cristo

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Muchos niños y jóvenes, cuando toman la Primera Comunión, al terminar el tiempo de formación en Catequesis, piensan que con eso, han terminado sus compromisos con la Iglesia y con Dios. Muchos piensan, equivocadamente, que recibir la Primera Comunión es como cuando alguien termina la primaria o la secundaria: así como quien termina la primaria y la secundaria no regresa más, así también muchos, luego de recibir la Primera Comunión, no regresan más y nunca más vuelven, ni a confesarse, ni a comulgar. Alguno, con suerte, asistirá a alguna misa cuando lo inviten para el aniversario de un difunto, o para cuando algún conocido cumpla años, pero por lo general, no volverá nunca más, ni a la Confesión sacramental, ni a la Sagrada Comunión. Para estos, la Primera Comunión es la última, pero eso indica que no entendieron nada de lo que en realidad se trata el Sacramento de la Eucaristía.

         Recibir la Primera Comunión no es finalizar algo, sino comenzar algo, es comenzar una nueva vida, una vida caracterizada por la relación personal con Jesús, que es Dios y que se queda en Persona en la Eucaristía, para venir a nuestros corazones y para colmarnos con el Amor de su Sagrado Corazón. Por esta razón es que comulgar no es comer un pedacito de pan bendecido: comulgar es abrir el corazón para recibir a Jesús con todo el amor del que seamos capaces, para adorarlo, para darle gracias, para bendecirlo y para hablar con Él, así como se habla con un padre, con un amigo, con un hermano. Comulgar es recibir a una Persona, la Segunda Persona de la Trinidad, que por la Eucaristía viene a habitar en mi corazón, pero no porque Él tenga obligación de hacerlo, sino solamente porque me ama con todo el Amor de su Corazón, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         No cometamos el error de muchos que toman la Primera Comunión y luego desaparecen de la Iglesia. Recibir la Primera Comunión es comenzar una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, la vida de la luz de Dios, la vida en la que Jesús Eucaristía tiene que ocupar el centro de mi vida y de mi corazón.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Comulgar no es comer un poco de pan, es recibir al Hijo de Dios, Jesús

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Recibir la Primera Comunión es el acontecimiento más maravilloso, más grandioso, más hermoso que pueda sucederle a una persona en esta vida terrena. Para saber por qué, recordemos qué es lo que enseña la Iglesia Católica acerca de la Santa Misa.

         Cuando el sacerdote extiende las manos sobre el pan y el vino y pronuncia las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Éste es el Cáliz de mi Sangre”-, sucede algo misterioso, invisible, pero no menos real: Jesús, el Hijo de Dios, baja desde el cielo y, con su poder divino, convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, de manera que la Eucaristía deja de ser pan, para ser solo apariencia de pan, puesto que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Ahora bien, el Cuerpo y la Sangre de Jesús no están solos, en el aire, por así decirlo, sino que pertenecen a Jesús y Jesús está donde está su Cuerpo y su Sangre, de la misma manera a como ahora, en este momento, nuestro cuerpo y nuestra sangre están con nosotros y nosotros estamos donde está nuestro cuerpo y nuestra sangre. Esto quiere decir que cuando decimos que la Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, estamos diciendo que con el Cuerpo y la Sangre de Jesús está Jesús en Persona. Esto quiere decir también que en la Eucaristía Jesús está en el altar así como está en el cielo, es decir, con su Cuerpo y con su Sangre gloriosos y resucitados y es por eso que nosotros adoramos la Eucaristía, porque adoramos a Jesús, que es el Cordero de Dios, que está en Persona y es Dios Hijo.

         Por todo esto, es que decimos que comulgar no es comer un pedacito de pan: es recibir al Hijo de Dios, Jesús, que está en Persona en la Eucaristía; comulgar es abrir el corazón para que ingrese Dios Hijo encarnado, Jesús, oculto en algo que parece pan, pero no es pan, sino el Hijo de Dios en Persona. No recibamos la Comunión como si fuera un poco de pan; antes de comulgar, hagamos un acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía y recibámoslo de rodillas, con todo el amor con el que seamos capaces de dar a Jesús. Por último, recordemos que recibir la Primera Comunión no es el fin de algo, sino el comienzo de una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, en la que nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibidos en cada Domingo. Antes de recibir a Jesús, de rodillas y en la boca, debemos repetir interiormente esta oración: "¡Jesús, Dios Eterno, te amo, ven a mi corazón por la Sagrada Eucaristía!".

viernes, 29 de julio de 2022

La Sangre de Cristo nos purifica y nos hace santos

 



(Homilía para niños y jóvenes del Colegio La Asunción de Leales, Tucumán, Argentina)

En el mes de julio, la Iglesia Católica recuerda, celebra y adora a la Sangre de Cristo y la razón es que la Sangre de Cristo nos purifica y nos da la Vida eterna. Esto quiere decir que si no recibimos la Sangre de Cristo, no somos puros ni tampoco tenemos la Vida eterna. Para darnos una idea acerca de cuánta sangre derramó Jesús por nosotros, recordemos una anécdota de una santa de la Iglesia, Santa Brígida de Suecia.

Una vez, una santa, Santa Brígida de Suecia –una de las más grandes santas de la Iglesia Católica- viendo a Jesús todo cubierto de heridas, le preguntó cuántas heridas había recibido en la Pasión. Jesús le dijo que 5480[1]. 5480 heridas, todas profundas, desde la cabeza hasta los pies; heridas abiertas de las que brotaba sangre a borbotones. Imaginemos cómo se sentiría Jesús si hacemos la siguiente reflexión: supongamos que estamos cortando el pan en rebanadas para el almuerzo y, por un descuido, nos cortamos accidentalmente en el dedo, sin embargo, es un corte apenas superficial, pero como las yemas de los dedos están muy irrigadas, hay muchos vasos sanguíneos, casi siempre suele salir mucha sangre, en comparación con el tamaño del corte. Cuando nos cortamos, soltamos el cuchillo, nos tomamos el dedo en el que sufrimos el corte, nos quejamos, procuramos colocarnos una pequeña venda. Ahora, pensemos en Jesús, en el Cuerpo de Jesús en la Pasión y multipliquemos ese corte, en tamaño y profundidad, por diez; multipliquemos ese corte por cien; multipliquemos ese corte por mil; multipliquemos ese corte por cinco mil y nos daremos cuenta de la cantidad y profundidad de las heridas que recibió Jesús y de la cantidad de sangre que brotó de esas heridas. Esa Sangre de Jesús es la Sangre de Dios, que nos salva. Sin la Sangre de Jesús, estamos perdidos.

Si esto es así, entonces nos preguntamos: ¿cuándo recibimos la Sangre de Jesús? Es decir, ¿cómo llega la Sangre de Jesús a mi alma? Principalmente, a través de los Sacramentos, sobre todo la Confesión sacramental y la Eucaristía. Y cuando la recibimos, la sangre de Jesús nos purifica, nos quita nuestros pecados y además, nos santifica, nos da la gracia santificante, que nos hace santos, nos hace ser supra-humanos, porque nos hace ser hijos adoptivos de Dios, que viven con la vida misma de Dios, que es Vida eterna. Por eso es que decimos que la Sangre de Cristo nos purifica y nos da la Vida eterna.

La Sangre de Jesús comenzó, en la Pasión, en el momento en el que el jefe de los guardias del Sumo Sacerdote, luego de que Jesús dijera que Él es el Hijo de Dios, le diera una bofetada en la cara, con el revés de la mano: como el jefe de los guardias tenía un anillo, además del golpe, Jesús recibió un corte en la cara y comenzó a sangrar. Luego siguieron los azotes, con distintos instrumentos, que literalmente arrancaron la piel de Jesús, haciendo que su Sangre corriera a borbotones. Si Jesús no hubiera sido Dios, no habría podido soportar ni un uno por ciento de todos los latigazos que recibió. Con su Sangre, Jesús nos salva, nos quita los pecados y nos da la Vida eterna. Por eso es que debemos siempre estar agradecidos a Jesús y en acción de gracias a Jesús por haber derramado su Sangre para salvarnos y llevarnos al Cielo, le decimos a Jesús crucificado esta oración: “Oh Jesús mío, beso y adoro la Sangre que brota de tus manos y pies desgarrados por clavos de hierro; beso y adoro la Sangre que brota de tu Cabeza coronada de espinas; beso y adoro la Sangre que brota de tu Corazón traspasado; a cambio de mi beso, te pido que por tu Sangre me des el Amor de tu Corazón, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Amén”.

 



[1] Por mucho tiempo, Santa Brígida había deseado saber cuántos latigazos había recibido Nuestro Señor en Su Pasión. Cierto día se le apareció Jesucristo, diciéndole: “Recibí en Mi Cuerpo cinco mil, cuatrocientos ochenta latigazos; son 5.480 azotes. Si queréis honrarlos en verdad, con alguna veneración, decid 15 veces el Padre Nuestro; también 15 veces el Ave María, con las siguientes oraciones, durante un año completo. Al terminar el año, habréis venerado cada una de Mis Llagas”. (Nuestro Señor mismo le dictó las oraciones a la santa.). Cfr. https://www.corazones.org/santos/brigida.htm

jueves, 14 de julio de 2022

Comulgar no es comer un pedacito de pan, sino abrir el corazón para recibir a Jesús, el Hijo de Dios, en Persona

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

¿Qué es lo mejor que puede sucederle a alguien en esta vida? Cuando se hace esta pregunta, muchos responden que lo mejor es ganarse la lotería, o tener mucho dinero, o ser famoso, o ser un futbolista exitoso, o ser un cantante de moda, o tener muchos seguidores en las redes sociales y cosas así por el estilo. Pero nada de esto es verdad. Lo mejor que puede sucederle a una persona en esta vida es comulgar, es decir, recibir la Comunión, recibir la Eucaristía. ¿Y por qué es lo mejor de esta vida? Porque la Comunión, o la Eucaristía, no es lo que parece: parece un pedacito de pan, que tiene sabor y apariencia de pan, pero no es pan; la Eucaristía es una Persona y esa Persona se llama Jesús de Nazareth. Debido a que Jesús es Dios, Él nos ama tanto, pero tanto, que inventó una forma de quedarse en medio nuestro, aquí en la tierra, así como está en el Cielo, con su Cuerpo lleno de la luz de la gloria de Dios, resplandeciente como un sol, con su Corazón envuelto en las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo y esa forma de quedarse entre nosotros, es la Eucaristía. En la Eucaristía, Jesús está oculto -escondido, podemos decir- en algo que parece pan, pero ya no es pan, sino Jesús, con su Corazón vivo y glorioso, latiendo con todo el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Por eso es que decimos que no hay nada mejor en el mundo que comulgar, que recibir la Sagrada Eucaristía, porque la Eucaristía es Jesús, que es Dios, y cuando Jesús entra en nuestros corazones por la Comunión, nos sopla el Espíritu Santo, el Amor de Dios. ¡Y no hay nada más hermoso que el Amor de Dios!

Comulgar, entonces, no es lo que parece: parece como si alguien recibiera un pedacito de pan, pero nosotros sabemos, por la fe, que comulgar es recibir a Jesús en Persona, que nos regala su Sagrado Corazón, envuelto en las llamas del Amor de Dios; comulgar no es comer un pedacito de pan, sino abrir el corazón para recibir a Jesús, el Hijo de Dios, en Persona, por eso nosotros tenemos que pedir que nuestros corazones sean como el leño seco o como el pasto seco, para que al contacto con las llamas del Corazón de Jesús, se enciendan en el Amor de Dios. No hay nada más hermoso que recibir a Jesús en la Comunión. Preparemos nuestros corazones para recibir a Jesús, diciendo: “Jesús, te amo, ven a mi corazón por la Sagrada Eucaristía”.

viernes, 24 de junio de 2022

El Sagrado Corazón de Jesús está vivo y lleno del Amor de Dios en la Eucaristía

 


(Homilía en ocasión de una Santa Misa celebrada para niños y jóvenes del Colegio La Asunción, Leales, Tucumán)

Jesús se le apareció a una monja santa llamada Margarita María de Alacquoque como el Sagrado Corazón de Jesús y, estando delante de ella, se sacó el Corazón y se lo mostró, colocando a su Corazón delante de ella.

¿Cómo era el Corazón de Jesús?

Era transparente como el cristal y esto quiere decir que Dios es así, es transparente, en el sentido de que en Él no hay mancha alguna de error, de falsedad, de mentira. Dios jamás puede mentir, en Él no hay el más pequeño rastro de maldad, porque es la Bondad Increada en Sí misma; si nosotros queremos ser como el Sagrado Corazón de Jesús, si queremos ser transparentes como Él, no debemos nunca decir mentiras y debemos amar siempre la Verdad.

El Corazón de Jesús tenía una cruz en la base y esto significa que quien quiera disfrutar de las delicias del Corazón de Jesús, tiene que subirse a la cruz, porque el Corazón de Jesús está en la cruz, que por eso se llama “Árbol de la Vida”; es como cuando uno ve un fruto muy rico en la rama alta de un árbol, para conseguirlo, hay que subirse al árbol; bueno, así pasa con el que quiera disfrutar del fruto exquisito del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, debe subirse a la Cruz, para así poder tomar ese fruto delicioso que se llama “Sagrado Corazón de Jesús”.

El Corazón de Jesús estaba envuelto en llamas y esto quiere decir que en el Corazón de Jesús está todo el Amor de Dios, que es el Espíritu Santo y que es como un Fuego de Amor Divino y por eso, quien recibe al Corazón de Jesús en la Eucaristía, recibe el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo.

El Corazón de Jesús tenía una corona de espinas que lo apretaba fuertemente a su alrededor, produciéndole mucho dolor en cada latido: cuando el corazón se ensancha, las espinas entran en el Corazón y le provocan mucho dolor a Jesús; cuando el Corazón se contrae, para expulsar la sangre, las espinas también le provocan dolor, porque le provocan un desgarro. ¿Qué significan las espinas de la corona? Son nuestros pecados: cuando nos enojamos, cuando peleamos, cuando contestamos mal, cuando somos perezosos, a nosotros no nos pasa nada, pero a Jesús le provoca mucho pero mucho dolor en su Sagrado Corazón, por eso hoy vamos a hacer el propósito de ser buenos y santos, para no provocarle dolor a Jesús.

Finalmente, al Sagrado Corazón nosotros podemos verlo en las imágenes, ya sea pintado, dibujado, o esculpido en una escultura y por eso para nosotros esas imágenes y esculturas del Sagrado Corazón las queremos mucho y las veneramos, pero ahí no está en la realidad. Hay un lugar en donde el Sagrado Corazón sí está en la realidad y es en la Eucaristía: en la Eucaristía late, con el Amor de Dios, el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso es que, antes de comulgar, tenemos que hacer un acto de amor y de adoración interior al Sagrado Corazón de Jesús; al acercarnos a comulgar, nos arrodillamos para adorarlo no solo interiormente sino también exteriormente y para expresarle nuestro amor, podemos decirle esta oración: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, te amo con toda mi alma”.

viernes, 20 de mayo de 2022

En la Santa Misa sucede algo misterioso: Jesús baja del cielo para quedarse en la Eucaristía

 


(Homilía para niños del Ciclo Primario del Colegio La Asunción, Leales, Tucumán, Argentina)

¿Qué sucede en la Santa Misa?

Para saberlo, debemos tener en cuenta que existe una realidad invisible a los ojos del cuerpo, misteriosa, sobre el altar, cuando se celebra la Misa. Necesitamos para eso, no solo usar la imaginación, sino pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine la mente y el corazón, así podremos saber qué es lo que pasa en la Santa Misa. Para eso, podemos rezar la siguiente oración: “Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, ilumina nuestras mentes y corazones, para que veamos a Jesús en la Cruz del Altar”.

Una vez que pedimos la ayuda del Espíritu Santo, tenemos que saber lo siguiente: cuando se celebra la Misa, primero el altar se convierte en una parte del Cielo y segundo, cuando el sacerdote dice las palabras de la consagración sobre el pan y el vino –cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el cáliz y dice “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, Jesús baja del Cielo, con su cruz y convierte con su poder divino el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Por eso, cuando comulgamos, no comulgamos un trocito de pan sin levadura, aunque tenga sabor a pan sin levadura, sino que comulgamos el Corazón de Jesús, que está envuelto en las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo y cuando el sacerdote bebe del cáliz, no bebe vino, aunque tiene sabor a vino, sino que bebe la Sangre del Corazón de Jesús y con la Sangre de Jesús, bebe el Espíritu Santo.

Otra cosa que tenemos que saber es que en la Misa Jesús hace, invisiblemente, lo mismo que hace en el Calvario: ofrece su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el Cáliz y todo esto, sin que sepamos cómo y sin que nos demos cuenta de cómo sucede, porque es algo que Jesús hace de forma invisible, pero sucede realmente. Por eso la Misa es como viajar en el tiempo, es como si nosotros viajáramos a Palestina, en el día del Viernes Santo, o como si Jesús, con su Cruz, viniera hasta nosotros. En la Misa Jesús renueva su sacrificio de la Cruz y por eso debemos estar en Misa como estuvieron la Virgen y San Juan al pie de la Cruz: adorando a Jesús, que por nuestra salvación se ofreció al Padre para morir en la Cruz.

Entonces, cuando participemos de la Santa Misa, pidamos al Espíritu Santo su luz celestial, para que seamos capaces de ver, con los ojos de la fe, lo que pasa sobre el altar: Jesús baja del Cielo para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos, con un corazón puro y en gracia y así nuestro corazón se convierta en el Cielo del Rey del Cielo.

martes, 19 de abril de 2022

En la Resurrección, el Santo Sepulcro resplandeció y se escucharon cantos de ángeles

 



         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesús?

         Para saber cómo fue, entremos respetuosamente, con el espíritu y el corazón, al Santo Sepulcro, el día del Viernes Santo y quedémonos ahí arrodillados, en un rincón, viendo lo que pasa.

         En el Santo Sepulcro está, tendido sobre la loza, el Cuerpo muerto de Jesús; allí lo habían llevado sus amigos después de desclavarlo y bajarlo de la cruz. Se lo entregaron a su Mamá, la Virgen, para que lo tuviera un rato entre sus brazos y luego lo envolvieron en una sábana y lo llevaron en procesión hasta el sepulcro.

         De rodillas, vemos cómo la Virgen es la última en salir del sepulcro; luego, los amigos de Jesús cierran la puerta con una pesada piedra. En el Santo Sepulcro, todo es oscuridad y silencio; no se puede ver nada, porque no entra la luz del sol y no se escucha nada, porque sólo se encuentra Jesús, que está muerto sobre la piedra fría.

         De pronto, sucede algo inesperado: a la altura del Corazón de Jesús, se comienza a ver una pequeña lucecita, la cual se va haciendo cada vez más grande y más intensa; además, esta luz empieza a correr rápidamente por todo el Cuerpo de Jesús, dándole vida a todo su Cuerpo, además de iluminarlo. Así, en un segundo, la luz que había nacido en el Corazón de Jesús, recorrió todo su Cuerpo, iluminándolo y dándole vida, de manera que en cerrar y abrir de ojos, Jesús vuelve a la vida, iluminando todo el Santo Sepulcro, con una luz más fuerte que miles de millones de soles juntos.

         Pero además pasa otra cosa: cuando la luz aparece en el Corazón de Jesús, el Corazón comienza a latir con mucha fuerza, porque vuelve a la vida y como late con mucha fuerza, se escucha el retumbar del Corazón de Jesús en todo el Santo Sepulcro y a los latidos de Jesús se les suman los cantos de los ángeles, que bajan del Cielo y comienzan a cantar, alegres porque Jesús vuelve a la vida. Entonces, si antes de la Resurrección solo había oscuridad y silencio, ahora está resplandeciente con la luz de la gloria de Dios que brota del Cuerpo de Jesús y se escuchan los latidos del Corazón de Jesús y los cantos de los ángeles. Jesús vuelve a la vida que Él tenía junto al Padre desde la eternidad y así se aparece primero a su Mamá y después a los discípulos y al finalizar los cuarenta días, sube al Cielo, en donde está sentado a la derecha de Dios Padre. En esto consiste la Resurrección de Jesús.

         Por último, debemos recordar que Jesús está en el Cielo, glorioso y resucitado, pero también está aquí en la tierra, con el mismo Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía y así Jesús cumple la promesa de que iba a estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Acerquémonos entonces a Jesús resucitado y glorioso, para que Él nos dé luz, la vida y el Amor de Dios.     

 

lunes, 18 de abril de 2022

Jesús resucitó y está vivo y glorioso en la Eucaristía


 


         Hemos vivido la Semana Santa, en la cual hemos participado de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

         ¿Qué quiere decir “resurrección”? ¿Qué importancia tiene para mi vida personal?

         Primero, recordemos lo que pasó el Viernes Santo: Jesús estuvo en la cruz desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde. A las tres de la tarde, como consecuencia de toda la sangre que había perdido a causa de las heridas, y porque ya no podía respirar más porque estaba colgado de la cruz, Jesús murió. Esto quiere decir que su Alma se separó de su Cuerpo; con su Alma, unida a Dios, bajó al Limbo de los justos, para rescatar a los santos del Antiguo Testamento y llevarlos al Cielo y nos abrió las puertas del Reino de los cielos, que estaban cerradas para nosotros por causa del pecado de Adán y Eva. Con su Cuerpo unido a Dios, Jesús quedó en el Santo Sepulcro y ahí nos quedamos nosotros, de rodillas, contemplando lo que pasa. Ahí estaba todo oscuro y todo en silencio. Jesús estaba muerto, tendido en la loza y cubierto con la Sábana Santa. Así pasó todo el Viernes Santo y todo el Sábado Santo. Entonces, el Domingo por la madrugada, a la altura del Corazón de Jesús, comenzó a brillar una luz pequeñita al inicio, pero que se fue haciendo cada vez más grande y comenzó a expandirse por todo el Cuerpo de Jesús; a medida que la luz corría por el Cuerpo de Jesús, volvía a la vida y así, cuando llegó a su Corazón la luz, su Corazón comenzó a latir, con mucha fuerza y ahí fue cuando Jesús, volviendo a la vida, con su Cuerpo lleno de la luz de Dios, se puso de pie en el Santo Sepulcro, venciendo a la muerte, al demonio y al pecado.

         Entonces, si antes en el Santo Sepulcro estaba todo a oscuras y en silencio, ahora estaba todo iluminado, como si hubiera mil soles juntos, porque era la luz de Dios que salía del Cuerpo glorioso de Jesús y si antes estaba todo en  silencio, ahora se escuchaba el latido del Corazón de Jesús, que había vuelto a latir y que se hacía escuchar por todo el Sepulcro. También comenzaron a escucharse cantos de los ángeles de Dios, que se alegraban y le cantaban contentos a Jesús, porque había resucitado.

         Así fue la Resurrección de Jesús: su Cuerpo, que estaba muerto, sin vida, en el Santo Sepulcro, ahora estaba vivo, resplandeciente, luminoso, de pie y es así como está ahora en el Cielo, adonde lo adoran los ángeles y los santos.

         ¿Y cuál es la importancia para mi vida? Es muy importante, porque el mismo Jesús que está resucitado en el Cielo, es el mismo Jesús que está resucitado en la Eucaristía y cuando yo recibo la Eucaristía, recibo la vida de Dios que está en el Corazón de Jesús. Y así, viviendo todavía en esta vida de la tierra, ya empiezo a vivir la vida del Cielo, una vida que es para siempre y en donde no hay tristeza, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte, sino alegría y felicidad para siempre. Entonces, si yo quiero vivir en el Cielo para siempre, tengo que recibir a Jesús resucitado en la Eucaristía, hasta el último día de mi vida, para seguir viviendo para siempre en el Cielo.

jueves, 24 de marzo de 2022

Recibir la Comunión no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús Hijo de Dios


 


(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones)

Recibir la Sagrada Comunión es lo más hermoso que pueda sucederle a una persona en este mundo y ahora vamos a ver porqué: cuando vemos la Eucaristía con los ojos del cuerpo, nos parece que es un pedacito de pan, de forma circular, de color blanco, no tiene levadura, por eso es aplanado; además, tiene el sabor del pan y el peso del pan. Eso es lo que nos dicen los ojos del cuerpo: parece un pedacito de pan. Pero esa no es la realidad, porque la Eucaristía parece pan, pero no es pan: es Jesús, el Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que tiene apariencia de pan, pero no es pan. En la Eucaristía está Jesús, el Hijo de Dios y está con su Cuerpo glorioso, lleno de la luz de Dios y de la gloria de Dios, así como está en el Cielo. Él baja desde el Cielo, en cada Santa Misa, para quedarse escondido en el Pan del Altar, para que nosotros lo recibamos en nuestro corazón con fe, con piedad, con devoción y sobre todo con amor, con mucho amor y esto porque Jesús no baja desde el Cielo por obligación, porque Él no necesita nada de nosotros: baja desde el Cielo por Amor, para darnos el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el momento en el que lo recibimos por la Comunión.

Esto nos hace dar cuenta que no es lo mismo recibir a Jesús en la Eucaristía, que no recibirlo: el que lo recibe, como ustedes ahora que van a hacer la Primera Comunión, recibe de Jesús el Amor de su Sagrado Corazón, el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. El que no lo recibe a Jesús, porque no quiere venir a Misa, porque no quiere confesarse –para recibirlo hay que estar confesados, al menos una vez al año-, el que se aleja de Jesús porque prefiere hacer otras cosas antes que venir a recibir a Jesús en la Eucaristía, ese se queda sin el Amor de Dios, sin el Espíritu Santo.

Recibir la Comunión, entonces, no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús, Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que parece pan, pero no es pan. Para recibir a Jesús, preparemos el corazón para darle a Jesús todo el amor de nuestro corazón, porque si Jesús nos da su Amor, hay que responder con amor, como dice el dicho: “Amor, con amor se paga”.

Vamos a pedir por ustedes, niños, en esta Misa, la siguiente gracia: que esta Primera Comunión sea la primera de muchas; que reciban a Jesús por amor y con amor todas las veces que puedan recibirlo y que no hagan lo mismo que hacen muchos otros niños, jóvenes y adultos en todo el mundo, que reciben a Jesús Eucaristía una vez y después no vuelven nunca más a comulgar. Si asisten a Misa los domingos, para recibir la Sagrada Comunión, vivirán siempre en esta vida con el Amor de Dios en sus corazones.

 

sábado, 24 de noviembre de 2018

La Eucaristía no es algo, sino Alguien: Cristo Jesús



(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones para CAFA, Catequesis Familiar)
         Cuando vemos la Eucaristía, nuestros sentidos nos engañan, porque vemos algo que parece pan. Cuando comulgamos la Eucaristía, nuestros sentidos nos engañan, porque el sabor es el sabor del pan. Es decir, si nosotros vemos la Eucaristía según nuestros sentidos y según nuestros pensamientos, pensamos que la Eucaristía es “algo”, como si fuera una “cosa”. Sin embargo, no nos debemos dejar llevar por nuestros sentidos y debemos acudir a la fe, para saber la verdad última acerca de la Eucaristía. La fe católica nos dice que la Eucaristía no es “algo”, sino “Alguien”; es decir, la fe nos dice que la Eucaristía no es una “cosa” sino una “persona”. ¿Y quién es esa persona? Esa Persona, que está en la Eucaristía, invisible pero real, es Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad hecho hombre, sin dejar de ser Dios. Entonces, si nuestros sentidos y nuestra razón nos dicen que la Eucaristía es “algo”, una “cosa”, con sabor y apariencia de pan, la fe católica nos dice algo muy distinto, nos dice que la Eucaristía es Alguien, es una Persona y esa Persona es Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios. Por esta razón es que comulgar no es igual a comer, aun cuando visto desde afuera, parezca que es un acto igual al que hace alguien cuando ingiere un poco de pan: comulgar es entrar en comunión de vida y amor con Jesús, es abrirle las puertas del corazón a Jesús, para que Jesús entre en nuestros corazones, en nuestras almas, para derramar todo el contenido de su Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cuando comulguemos, por lo tanto, no debemos hacer caso de nuestra razón y de nuestros sentidos, porque si no, seremos engañados, ya que pensaremos que estamos recibiendo sólo un poco de pan bendecido: cuando comulguemos, dejemos que la fe ilumine nuestra inteligencia y nuestro corazón, para que sepamos en realidad qué es lo que estamos haciendo: no estamos ingiriendo un trocito de pan bendecido, sino que estamos abriendo las puertas del corazón a Dios Hijo, Jesús de Nazareth. En el libro del Apocalipsis, Jesús dice: “He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré en él y cenaré con él y él conmigo”. Este pasaje del Apocalipsis se refiere a la Comunión Eucarística, porque está hablando de qué es lo que sucede cuando comulgamos: cuando comulgamos, Jesús está a las puertas de nuestros corazones y llama, suavemente, como cuando alguien golpea la puerta y llama a quien más ama –la madre, el padre, los hermanos, los amigos-, esperando que quien está adentro le responda, abriendo la puerta. Antes de comulgar, Jesús está en la Eucaristía y golpea a las puertas de nuestros corazones, llamándonos por nuestro nombre y espera que nosotros lo recibamos, es decir, que comulguemos, que lo hagamos entrar en nuestros corazones. Comulgar, entonces, no es comer un pedacito de pan: es responder al llamado de Amor de Cristo Jesús que, oculto en la Eucaristía, quiere entrar en nuestros corazones, para colmarlos con el Amor de su Sagrado Corazón.
         Es muy importante distinguir y saber, entonces, que la Eucaristía no es “algo”, sino “Alguien” y ese “Alguien” es Cristo Jesús. A muchos les pasa que creen que la Eucaristía es una “cosa”, un pedacito de pan y así, nunca pueden entrar en comunión de vida y amor con Jesús. Nosotros, que sabemos que la Eucaristía es “Alguien”, una persona que se llama Cristo Jesús, el Hijo de Dios, al comulgar, no comulguemos como quien come un poco de pan: movidos por el Amor de Dios, abramos las puertas de nuestros corazones para que Jesús entre en nuestros corazones y derrame en ellos el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón Eucarístico.

martes, 13 de noviembre de 2018

La Eucaristía es más valiosa que el cielo porque es Dios Hijo en Persona



(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones)

         En el mundo existe mucha gente de buen corazón, pero que a pesar de esto, no tuvo la dicha de recibir la gracia del Bautismo y por lo tanto de ser hijos adoptivos de Dios. Y al no tener la gracia del Bautismo, tampoco tuvo el don de recibir en sus corazones al mismísimo Hijo de Dios en Persona, tal como ustedes lo van a hacer ahora. Mucha gente de buen corazón, querría estar en el lugar de ustedes el día de hoy, pero no lo está, porque no recibieron la dicha y el regalo enorme de Dios de ser adoptados como hijos suyos por el Bautismo y tampoco recibieron el regalo de hacer el Catecismo para tomar la Primera Comunión. Si se enteraran de lo que es la Eucaristía, Dios Hijo en Persona, muchos darían la vida por estar sentados donde ustedes están sentados. Muchos buscan a Dios con un corazón lleno de amor, pero no saben lo que ustedes saben, no saben que Jesús es Dios y está en la Eucaristía y por eso se quedan frustrados, al no poderlo recibir en sus corazones.
         No hay nada más valioso en el mundo que la Eucaristía, porque la Eucaristía es Dios Hijo en Persona, que viene a nuestra alma para darnos el Amor de su Sagrado Corazón. ¡Cuán errados están aquellos que, habiendo recibido el don del Bautismo y el don de la Eucaristía, una vez que recibieron la Primera Comunión, abandonan la Iglesia y dejan de comulgar! Quienes esto hacen, no saben lo que hacen, porque están perdiendo a Dios Hijo, Presente en Persona en la Eucaristía, por unos bienes mundanos y perecederos. Muchos católicos tienen estos dones, recibidos gratuitamente del cielo, y sin embargo, lo desprecian y lo desaprovechan, porque prefieren las cosas de la tierra antes que la Eucaristía. Hay muchos que el Domingo, en vez de acudir a la Iglesia para recibir el don de la Eucaristía, prefieren el fútbol, el paseo, la diversión, sin darse cuenta de la grandeza infinita y del inmenso valor de lo que pierden, al dejar de lado la Eucaristía.
         Para que nos demos cuenta del inmenso valor de la Eucaristía, consideremos lo siguiente: en las Escrituras se narra que San Pablo fue llevado a los cielos, estando aún en vida y quedó tan maravillado por las hermosura del cielo, que dijo que “ningún ojo vio” lo que Dios tiene preparado para los que lo aman., Nosotros no somos llevados al cielo y sin embargo podemos decir que comulgar la Eucaristía es un don inmensamente más grande que ser llevado al cielo, porque viene a nuestro corazón no el cielo con sus hermosuras, sino Dios en Persona, que es la Belleza y la Hermosura Increada y por quien es bello y hermoso todo lo que es bello y hermoso.
San Pablo fue llevado a los cielos, pero no recibió a Dios en su corazón, sino que vio las maravillas de Dios; cuando comulgamos, no somos llevados al cielo, sino que es el Dios de los cielos, el Dios ante el cual los cielos son nada, el que viene a nuestros corazones. Es decir, en vez de nosotros subir al cielo, Dios baja desde el cielo para quedarse en nuestros corazones y así convertir nuestros corazones en un cielo, porque allí se encuentra Dios en Persona. Pero todo esto sucede cuando el alma comulga y comulga en gracia; no sucede cuando el alma, por pereza, deja de asistir a Misa, o cuando comulga en estado de pecado mortal. Recibir la Sagrada Comunión es un don infinitamente más valioso que ser transportado a los cielos en esta vida mortal, porque es recibir al mismo Hijo de Dios en Persona; no dejemos la Comunión por las cosas del mundo y acudamos, con el corazón limpio por la gracia y convertido en trono de Jesús Eucaristía, a recibir la Eucaristía cada Domingo. No cometamos el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión se convierte en la última. Que nuestra Primera Comunión sea la Primera de muchas que, por la gracia de Dios, recibiremos en esta vida, para que así nuestros corazones queden colmados con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Tomar la Primera Comunión es comenzar a vivir una vida nueva en Cristo



(Homilía en ocasión de la Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Hasta antes de tomar la Primera Comunión, solo habíamos oído hablar de Jesús: su vida, sus milagros, sus enseñanzas. Sólo lo conocíamos de oídas y a causa de tener que aprender las lecciones para aprobar las pruebas de Catecismo. Una vez que finalizamos el estudio, estamos en condiciones de tomar la Primera Comunión. Pero eso no significa que haya terminado nuestra tarea: ahora comienza una nueva etapa en nuestras vidas. Si antes conocíamos a Jesús sólo de oídas, ahora, por la Comunión Eucarística, lo vamos a conocer de otra manera: personalmente. Es decir, vamos a comenzar a entablar una relación de vida y de amor con Cristo Jesús, Dios Hijo hecho hombre, porque cada vez que yo comulgue, Jesús va a venir a mi corazón y yo voy a poder conocerlo y amarlo personalmente, no sólo de oídas. Por la Comunión Eucarística, Jesús entra en mi corazón y entra para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Eso quiere decir que yo, al comulgar, debo estar muy atento, para escuchar los latidos del Corazón de Jesús y para eso, debo permanecer en silencio y recoger mis sentidos, de manera tal que sólo piense en Jesús y sólo escuche no los latidos de mi corazón, sino los latidos del Corazón de Jesús. Tomar la Primera Comunión quiere decir comenzar la mejor etapa de nuestras vidas, porque quiere decir que Dios vendrá a mi corazón y me hablará al oído y de lo que Dios me quiere hablar, es sólo del Amor que Él siente por mí, un Amor tan pero tan grande, que lo llevó a dar su vida por mí en la cruz, en el Calvario, hace dos mil años y lo lleva a renovar cada vez, en la Santa Misa, el don de su vida divina, por la Eucaristía. Comulgar quiere decir que voy a comenzar a conocer en Persona a Jesús, porque Jesús en Persona va a venir a mi corazón. Si amo a Jesús, entonces voy a tratar de comulgar todas las veces que pueda y cuando no pueda hacerlo sacramentalmente, entonces haré una comunión espiritual. Cuando dos personas se aman, quieren verse y esto es lo que Jesús quiere hacer conmigo: me ama tanto, pero tanto, que baja desde el cielo, invisible, en cada Santa Misa, para quedarse en la Eucaristía y así poder entrar en mi corazón. Quien ame a Jesús, se va a diferenciar de quien no lo ame, por la Comunión Eucarística: quien no ame a Jesús, no le importará no venir a Misa y no recibir la Comunión; en cambio, el que ame a Jesús, hará todo lo posible para venir a Misa y comulgar en gracia, no solo el Domingo, sino todos los días, si fuera posible. En esto se diferencian aquellos que no aman a Jesús y aquellos que sí lo aman: quienes sí lo aman, desean recibirlo en sus corazones por la Eucaristía y por eso acuden a la Santa Misa, no por obligación, sino por amor, para recibir el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Que esta Primera Comunión sea la primera de muchas y que por la Comunión comencemos la mejor etapa de nuestras vidas: el conocimiento personal de Jesús y la comunión de vida y amor con Él, Presente en la Eucaristía.
Le vamos a pedir a Nuestra Señora de la Eucaristía que nuestros corazones sean como la madera seca o como el pasto seco, para que al contacto con ese Carbón encendido en el Fuego del Amor de Dios, que es la Eucaristía, ardan al instante con las llamas del Espíritu Santo.

viernes, 26 de octubre de 2018

Comulgar no es comer un pedacito de pan, es recibir el Amor infinito de Dios




(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Debido a que la Eucaristía parece pan, tiene el sabor del pan, el color del pan, muchos piensan que comulgar es igual a cuando en el hogar comemos un trocito de pan. Muchos piensan que la comunión es algo similar a cuando comemos un poco de pan, solo que la comunión es comer un poco de pan en un ambiente distinto al del hogar. Pero es un error pensar así, porque solo externamente la comunión eucarística es algo similar a cuando comemos un poco de pan. Comulgar, recibir la comunión, tomar la comunión, es algo infinitamente más grandioso que comer un trocito de pan, por dos motivos: porque la Eucaristía no es un pedacito de pan, aunque parece pan, y porque lo que nuestra alma recibe no es la materia del pan, sino el Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús.
         Cuando comemos un poco de pan, en el hogar, por ejemplo, sentimos el gusto y el sabor del pan y vemos el pan antes de comer y cuando el pan ingresa a nuestro cuerpo, lo alimenta con su substancia. Comer un poco de pan alimenta el cuerpo y permite que el cuerpo no muera de hambre, porque le da de su substancia y así le permite seguir con vida. Si alguien tiene mucha hambre y su vida peligra por falta de comida, el pan ingerido lo salva, porque permite que su cuerpo siga viviendo.
         Pero no es esto lo que sucede cuando comulgamos, aunque exteriormente parezca lo mismo. No es lo mismo comer un poco de pan, que comulgar, porque la Eucaristía NO ES pan, sino Jesús, el Hijo de Dios, oculto en algo que parece pan pero ya no lo es. Comulgar es recibir a Jesús en Persona, al mismo Jesús que es Dios y que en el Cielo es adorado por ángeles y santos. El mismo Jesús que está glorioso en el Cielo, es el mismo Jesús que ingresa en nuestra alma, en nuestro corazón, cuando comulgamos. Y cuando comulgamos, Jesús nos da una nueva vida, la vida suya, que es la vida de Dios y nos da también el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo. Por eso comulgar no es comer un poco de pan, sino que es recibir el Amor infinito de Dios, que late en la Eucaristía, en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. No es nuestro cuerpo el que es alimentado con un poco de trigo y agua, como sucede cuando comemos el pan en el hogar, sino que es nuestra alma, la que es colmada con el Amor infinito del Corazón de Dios, el Corazón de Jesús, cuando comulgamos. No comulguemos distraídamente; no nos dejemos engañar por los sentidos del cuerpo, que  nos hacen creer que la Eucaristía es un pedacito de pan, que tiene sabor a pan y apariencia de pan: cuando comulguemos, recordemos lo que aprendimos en el Catecismo, que la Eucaristía ya no es pan, sino Jesús en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, que viene a nosotros desde su Cielo, no porque necesite algo de nosotros, que siendo Dios no necesita de nada ni de nadie, sino que viene para darnos su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón. ¡Cuán equivocados están quienes confunden a la Eucaristía con un pedacito de pan y la desprecian, dejando de venir a Misa los Domingos, dejando de confesarse, porque así se pierden la mayor alegría y el mayor honor que alguien jamás pueda tener en esta vida, que es el recibir el Amor infinito del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús! No cometamos el error de tantos niños y jóvenes y también adultos, que dejan de lado la Eucaristía por creer que es solo un poco de pan bendecido y acudamos cada Domingo –cada día, si fuera posible-, a recibir la Comunión, a recibir el Amor infinito del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Que esta Primera Comunión no sea la última, sino la Primera de muchas, muchas comuniones que por la gracia de Dios haremos en la vida, para llenar nuestras almas del Amor de Dios.

jueves, 18 de octubre de 2018

La Primera Comunión es el comienzo de una nueva vida en Cristo


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)


         La finalización del estudio del Catecismo puede hacer creer, tanto al catequista, como al niño, que ha finalizado una etapa. En efecto, se puede decir, tal vez: “Hemos finalizado el Catecismo de Primera Comunión. Terminó una etapa. Ahora empieza la etapa final, que es la de la Confirmación. Pero la etapa de la Primera Comunión está finalizada”. No hay nada más erróneo que pensar de esta manera. Finalizar la instrucción del Catecismo, preparándonos para recibir la Primera Comunión, no significa el fin de nada, sino el Principio de una nueva vida, la vida de la unión, en la fe y en el amor, con Jesús Eucaristía. A partir de la finalización de la Primera Comunión, comienza una nueva etapa en la vida del niño, la etapa del conocimiento y de la unión con Jesús de un nuevo modo, bajo la Eucaristía. Si antes conocíamos a Jesús sólo de oídas, ahora, por la comunión sacramental, lo podemos conocer de un nuevo modo, mucho más íntimo, personal, interior, porque Jesús ahora viene, por la Eucaristía, en Persona a mi corazón. Ya no es que pienso en Jesús, deseo estar con Jesús, me imagino a Jesús: ahora, Jesús EN PERSONA viene a mi corazón por la Comunión Eucarística. Y el hecho de que venga en Persona, quiere decir que lo que comulgo no es un poco de pan, sino a Jesús en apariencia de pan, que viene con su Cuerpo glorioso, con su Sangre resucitada, con su Alma glorificada, con su Divinidad, a mi corazón, para darme miles y miles de gracias, en cada Comunión Eucarística y tantas pero tantas gracias, que si las pudiéramos ver aunque sea por un momento, moriríamos de alegría y de amor. Eso es lo que le pasó a Imelda Lambertini, la niña que murió de amor en el día de su Primera Comunión: su corazón estaba tan dispuesto por la gracia, para recibir todo el amor que Jesús le pudiera comunicar, que murió de amor. Su corazón no resistió tanta alegría y tanto amor y por eso murió de amor luego de su Primera Comunión. Si a nosotros no nos pasa eso, lo más probable, se debe a que estamos tan distraídos al momento de comulgar, que Jesús entra en nuestras almas y se queda ahí, con todos los regalos de su gracia, sin poder darnos nada, a causa de nuestra distracción. Es como si invitáramos a nuestro mejor amigo a pasar a nuestra casa y nuestro amigo, que viene con un montón de regalos para nosotros, se queda solo, porque lo dejamos solo y nos vamos a otro lado. No comulguemos de modo distraído, sino que prestemos atención al momento de comulgar, pensando en Jesús y cómo Jesús quiere colmar mi corazón con su gracia, su alegría y su amor.  Finalizar la Primera Comunión no significa que ya no tengo que venir a la Iglesia; por el contrario, significa que ahora es cuando más debo comenzar a venir, para recibir a Jesús Eucaristía todos los días, si fuera posible. Cuando dos personas se aman, se verían todos los días, si fuera posible. Jesús me ama y quiere venir a mi corazón todos los días por la Eucaristía, pero si yo no acudo a la Iglesia para recibirlo, no me puede dar su amor.
         Entendamos, entonces, que finalizar la Primera Comunión es en realidad comenzar la Primera Comunión de muchas comuniones, realizadas en la fe y en el amor, para unir nuestros corazones cada vez más a Jesús Eucaristía.

sábado, 25 de agosto de 2018

El Evangelio para Niños: “Son duras estas palabras”



(Domingo XXII – TO – Ciclo B – 2018)

          “Son duras estas palabras”. Cuando Jesús les dice a sus discípulos que deben “comer su Carne y beber su Sangre”–alimentarse de la Eucaristía- y cuando les dice que deben “cargar la cruz de cada día y seguirlo” –negarse a sí mismos- para ir al Cielo –dejar de pensar en esta vida como si fuera la definitiva- muchos de sus discípulos se molestan con Jesús y lo abandonan, diciéndole: “Son duras estas palabras”.
         ¿Por qué? Porque para comulgar, hay que dejar de estar pensando en los manjares terrenos que alimentan el cuerpo, para desear el alimento celestial que es la Eucaristía y para eso, para poder comulgar, hay que comulgar en estado de gracia, para lo cual hay que confesarse con frecuencia. Para llevar la cruz de cada día, hay que luchar contra las propias pasiones, contra la tendencia a la ira, a la pereza, a la gula, etc., y esa lucha es ardua, árida, porque implica parecerse a Jesús, que es casto, puro, manso y humilde de corazón. Para ir al Reino de los cielos hay que desear ir al Reino y para eso, hay que asumir que algún día hemos de morir y por lo tanto hay dejar de pensar menos en las cosas de este mundo, que son pasajeras, y pensar más en la muerte, en el Juicio Particular, en el Cielo, el Purgatorio y el Infierno y también en el Juicio Final y eso quiere decir dejar de pensar en la comodidad de esta vida y comenzar a desear el Cielo y comenzar a obrar de manera tal de ganar el Reino de los cielos.
         “Son duras estas palabras”. Cuando Jesús hace milagros como multiplicar panes y peces y expulsar demonios, todos lo quieren seguir, incluso lo quieren hacer rey. Pero cuando no hace milagros ni expulsa demonios y dice qué es lo que hay que hacer para ir al cielo –cargar la cruz y seguirlo a Él, combatir contra uno mismo, luchar contra las pasiones, vivir los Diez Mandamientos, alimentarse de la Eucaristía, confesarse con frecuencia, pensar en que esta vida se termina pronto y viene la eterna, pensar que si no morimos en gracia nos condenamos-, entonces, dicen: “son duras estas palabras” y muchos de sus discípulos lo abandonan.
         Pero Pedro no lo abandona: él dice: “¿A quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Imitemos a Pedro y no a los discípulos que dejan a Jesús, y sigamos a Jesús por el camino de la cruz, alimentándonos de la Eucaristía cada día, para que así lleguemos algún día a la Vida eterna en el Reino de los cielos.