Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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martes, 4 de agosto de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión: Lección 11 - La Redención de Jesucristo, el Hombre Dios

Catecismo para Niños de Primera Comunión  Lección 11 La Redención de Jesucristo el Hombre Dios[1]  

Jesús suda Sangre en el Huerto de los Olivos

         Doctrina

         ¿Qué es el misterio de la Redención? Es el misterio de Jesucristo sufriendo y muriendo en la cruz, para nuestra salvación. Jesús nos redimió ofreciendo el sacrificio de su vida en la cruz; Él recibió, en la Pasión y en la cruz, el castigo que justamente merecíamos por nuestros pecados. Siendo Él Inocente –como Dios no podía tener ningún pecado, y como Hombre perfecto tampoco-, quiso ofrecerse voluntariamente a Dios Padre, para que nosotros no recibiéramos el castigo que la Justicia Divina tenía preparado para nosotros, por nuestros pecados. Él se interpuso entre nosotros y Dios, recibiendo en su Cuerpo lo que merecíamos por haber ofendido a Dios con la malicia del corazón, el pecado. Al morir en cruz y derramar su Sangre, lavó con su Sangre nuestros pecados y nos dio la gracia de ser hijos adoptivos de Dios, y en eso consiste el misterio de la Redención.
         ¿De qué nos ha redimido Jesús? Jesús nos ha redimido del pecado y de la eterna condenación. En la Plegaria Eucarística I del Misal Romano, la Iglesia hace esta petición: “Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. [Por Cristo, nuestro Señor”. Es decir, la Iglesia pide a Dios, para nosotros, dos cosas: que nos libre de la “condenación eterna” y que nos lleve al cielo: “cuéntanos entre tus elegidos”, y todo esto que pide la Iglesia, nos consiguió Jesucristo por el misterio de la Redención, su muerte en cruz.
         Entonces, ¿qué es lo que Jesús nos obtuvo y mereció para nosotros con su Pasión y Muerte en cruz? Jesús nos obtuvo el perdón de los pecados, interponiéndose entre la Justicia Divina y nosotros, nos libró así de la “condenación eterna”, y con su Sangre derramada, nos donó el Espíritu Santo, que nos otorga la gracia de ser hijos adoptivos de Dios. ¡Hermosísimos regalos del Hombre-Dios Jesucristo para con todos los hombres!
         ¿Con qué disposición de ánimo entregó Jesús su vida? Jesús dio su vida por obediencia a su Padre celestial y por amor a nosotros, hombres pecadores. Jesús entregó su vida voluntariamente, y esto quiere decir, de forma libre, no obligado, y por puro Amor a su Padre Dios, que era quien le pedía que muriese en la cruz para salvarnos. Jesús no subió a la cruz ni a la fuerza, ni con miedo, ni ningún mal sentimiento: subió a la cruz con Amor, obedeciendo a Dios Padre con todo el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo. Con esa misma disposición de ánimo, debemos nosotros asistir a la Santa Misa, para unirnos al sacrificio de Jesús, por la salvación del mundo.
         Explicación


Jesús ora en el Huerto de Getsemaní y suda Sangre, a causa de la enormidad de la malicia de los corazones de los hombres.
         En esta imagen vemos a Jesús postrado en tierra y orando a Dios Padre, pidiendo perdón por nuestros pecados. Mientras oraba, Jesús no solo vio pasar ante sí la horrible fealdad de nuestros pecados –nuestros pecados personales y los de todo el mundo-, sino que cargó VERDADERAMENTE sobre sí a esos pecados. La vista de tanta fealdad y maldad y el saber que iba a sufrir inútilmente para muchos, porque muchos lo iban a rechazar, hizo que Jesús sintiera tanta angustia y dolor, que comenzó a sudar Sangre. Así empezaba a lavar nuestros pecados, al precio de su Sangre Preciosísima. Y mientras Jesús oraba al Padre, pidiendo por nosotros, sus Apóstoles –Pedro, Santiago y Juan- “dormían”, a pesar de que Él les había pedido que “oraran junto con Él”,lo cual motiva el dulce reproche de Jesús: “¿No habéis podido orar una hora conmigo?” (Mt 26, 36-46). De la misma manera, muchos cristianos prefieren dormir –o divertirse, o hace cualquier otra cosa-, en vez de visitar y adorar a Jesús Eucaristía en el sagrario. La falta de oración, o la oración hecha con tibieza, es la causa de la falta de fuerzas espirituales para luchar contra la tentación; los Apóstoles, debido a que no fueron capaces de acompañar a Jesús mientras oraba en el Huerto de Getsemaní, luego no tuvieron fuerzas para defender a Jesús cuando llegaron los soldados romanos y los judíos para apresar a Jesús, y huyeron.


Judas Iscariote entrega a Jesús con un beso, vendiéndolo por 30 monedas de plata.

         Aquí vemos a Judas Iscariote, que con un beso en la mejilla, entrega a Jesús, pues él les había dado esta señal: “Aquel a quien yo besare, ése es; prendedle” (Mc 14, 44).
         Al darle el beso traidor, Jesús le dice a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” (Mt 14, 44; Lc 22, 48). Al tratarlo de “amigo”, Jesús le concedió a Judas, en ese momento, la gracia del arrepentimiento, pero Judas despreció esa gracia, no se arrepintió, se desesperó y se ahorcó.
         Práctica: Consideraré los dolores del Redentor con íntima compasión, agradeciéndole cada dolor sufrido por mí y cada gota de Sangre derramada por mí. Le pediré la gracia a la Virgen, de imitar a Jesús en el Huerto de los olivos, y cumplir siempre la Voluntad del Padre, aun cuando me cueste hacerlo.
         Palabra de Dios: “Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por los amigos” (Jn 15, 13); (Jesús en el Huerto de los Olivos oraba): “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). “Habéis sido rescatados… no con plata y oro, corruptibles, sino con la Sangre preciosa de Jesucristo” (1 Pe 1, 18-19).
         Ejercicios bíblicos: Col 1, 14; 1 Jn 2, 2; 2 Pe 2, 21.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

jueves, 23 de julio de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 10: La Redención y los Milagros de Jesucristo, el Hombre-Dios

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 10: La Redención y los  Milagros de Jesucristo, el Hombre-Dios



         Doctrina
         ¿Qué es un milagro? Es un hecho extraordinario y sensible, que supera las fuerzas de la naturaleza; esto quiere decir que es algo que puede ser visto por los ojos del cuerpo y puede ser percibido por los sentidos del cuerpo, y que sólo puede hacerse por una intervención especial de Dios (como por ejemplo, la resurrección de un muerto, la curación de un ciego de nacimiento).
         ¿Qué nos demostró Jesús con sus milagros? Nos demostró que Él era Dios Todopoderoso, Señor de las cosas, de los elementos de la Naturaleza, de la vida y de la muerte.
         Ejemplos:
1.     Jesús es Señor de las cosas del mundo: lo demuestra cuando obra la multiplicación de panes y peces: Mc 14, 21.
2.     Jesús es dueño de los elementos de la naturaleza: lo demuestra cuando calma con su sola voz a la tormenta, aquietando el viento y la tempestad: Mc 4, 35.
3.     Jesús es Señor de la vida y de la muerte: lo demuestra cuando devuelve la vida al hijo de la viuda de Naím: Lc 7, 11-17; a la hija de Jairo: Mc 5, 35-44; a Lázaro: Jn 11, 1-44.
         ¿Hay algún milagro más grande que todos los milagros juntos? Sí, hay un milagro que es más grande que todos los milagros juntos, el “Milagro de los milagros” y se llama “TRANSUBSTANCIACIÓN”.
         ¿En qué consiste la TRANSUBSTANCIACIÓN? Consiste en que Jesús convierte las substancias del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Por la TRANSUBSTANCIACIÓN, que se produce en el altar, las ofrendas del pan y del vino se convierten en el CORDERO DE DIOS, es decir, la EUCARISTÍA, en donde late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que posee en su interior todo el infinito Amor de Dios, para comunicarnos ese Amor cada vez que comulgamos.
¿Para qué hizo Jesús los milagros? Para confirmar, con sus obras, que lo que Él decía era verdad. Es decir, Él decía de sí mismo que era Dios; entonces, hacía obras –los milagros- que sólo Dios puede hacer; por lo tanto, si decía que era Dios y hacía obras que sólo Dios puede hacer, entonces, era Dios. Los milagros son la prueba de que Jesús es quien dice ser: Dios Hijo encarnado. Si alguien viene y dice: “Yo Soy Dios”, pero es incapaz de hacer verdaderos milagros –resucitar un muerto, dar la vista a un ciego, el habla a un mudo, devolver la capacidad de oír a un sordo, multiplicar panes y peces, expulsar demonios, etc.-, entonces ese alguien demuestra que lo que dice es falso.
         ¿Qué pasa si alguien no cree en los milagros? Si alguien no cree en los milagros, deja de creer en Jesús como Hijo de Dios. Por eso Jesús les dice a los que lo ven hacer milagros y no creen que Él sea Dios: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed las obras; para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10, 37-38). Es decir, Jesús les dice: “Crean en Mí, al menos por los obras que hago”.
         Nota: Jesús realizó la redención de nuestros pecados, sufriendo en su Pasión lo que nosotros merecíamos por ellos, y además, nos concedió el ser hijos adoptivos de Dios por la gracia, y esta es la obra más grande del Amor de su Sagrado Corazón.
1.     Con su doctrina y sus milagros, o sea, con la luz del Evangelio iluminando nuestro entendimiento.
2.     Con sus mandamientos y promesas, inclinando nuestra voluntad hacia el bien, y especialmente,
3.     Con su Pasión y muerte de cruz, sufridas voluntariamente como sacrificio expiatorio –quiere decir que fue castigado como si fuera culpable, aunque Él era Inocente, por ser el Hombre-Dios-, mereciendo así para nosotros la gracia de Dios y la vida eterna.
Durante su vida pública, Jesús no sólo predicó su doctrina, sino que la confirmó obrando multitud de milagros con su propio poder, a diferencia de los santos, quienes hacen milagros, pero no con poder propio, sino con el poder de Dios.







Explicación de las imágenes:


En esta imagen, vemos a Jesús en Cafarnaúm que cura, con su sola palabra, a un paralítico, que había sido llevado delante de Él, postrado en una camilla. Jesús lo curó milagrosamente al decir: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 1-12).



En esta otra imagen, vemos a un santo, el Padre Pío, que realizaba muchos milagros. Los santos obran milagros, como dijimos, con el poder de Dios, que les “presta”, por así decir, su poder, para que los santos puedan hacer los milagros y así aliviar a la gente que sufre. Nadie puede hacer milagros, si Dios no le concede su poder. Sólo Jesús, que es Dios Hombre, puede hacer milagros con su propio poder.
Práctica: Creeré firmemente y confesaré ante todos los hombres que Jesucristo es Dios, y amaré todos sus milagros, hechos por su bondad y amor, especialmente amaré al Milagro de los milagros, la TRANSUBSTANCIACIÓN, la Eucaristía, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.
Palabra de Dios: Los milagros confirman la Palabra de Dios; así lo dijo Jesús: “Si no me creéis a Mí (a mis palabras), creed en mis obras (los milagros) que ellos dan testimonio de Mí” (Jn 10, 38). Y como veremos en la lección siguiente, Jesús hizo el milagro de la resurrección de Lázaro para confirmar su misión divina (Jn 11, 42).

Ejercicios bíblicos: Jn 12, 18-19; Mt 14, 20-21; Mc 4, 41.

Nota: Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

martes, 21 de julio de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 9 – Jesucristo, el Hombre-Dios

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 9 – Jesucristo, el Hombre-Dios

         Doctrina

         ¿Quién es Jesucristo? Jesucristo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eterno de Dios Padre, que naciendo milagrosamente de la Virgen María, se hizo hombre sin dejar de ser Dios y esa es la razón por la cual es el “Hombre-Dios”. Jesucristo es el Salvador del mundo, el Mesías anunciado en el Antiguo Testamento; en Él se cumplen todas las profecías, siendo el enviado de Dios para redimir a la humanidad y conducirla al Reino de los cielos.
¿Para qué se hizo hombre el Hijo de Dios?
1.     El Hijo de Dios se hizo hombre para redimirnos del pecado, para salvarnos del mundo y de la “condenación eterna” (cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I) y para donarnos la vida divina de la gracia.
-Para redimirnos del pecado: “Jesucristo vino a este mundo a salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15);  “Recibid el Espíritu Santo (…) a los que perdonen los pecados, les serán perdonados; a los que se los retengan, les serán retenidos” (Jn 20, 23).
-Para salvarnos del mundo y de la condenación eterna: “Jesús ha venido para destruir las obras del demonio” (1 Jn 3, 8); “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones; el que crea y se bautice, se salvará, pero el que se niegue a creer, se condenará” (Mc 16, 16).
-Para donarnos la vida divina de la gracia: “Yo he venido para que las almas tengan vida” (Jn 10, 10); “El que coma de este Pan tendrá vida eterna” (Jn 6, 51).
2. El Hijo de Dios también se hizo hombre para anunciarnos el Reino de      Dios: “El Reino de Dios está cerca; arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Pero Jesús no solo nos anunció que el Reino de Dios está cerca, sino que nos mostró el Camino para ir hacia ese Reino, que es Él mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) y nos dio la gracia santificante, que nos permite no solo imitarlo, sino ser como Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

         Nota: es muy importante saber que Jesús es una Persona histórica –es decir, que existió real y verdaderamente- y que por lo tanto, NO ES un “invento” de las comunidades primitivas cristianas. Toda su vida está documentada por la Sagrada Escritura –que, en este sentido, es un libro de historia-. Puesto que es un ser real y no ficticio o imaginario, podemos saber acerca de toda su vida, leyendo los Evangelios. Según estos, nació en Belén –que significa “Casa de Pan”- milagrosamente de la Virgen María –que por ese hecho se convirtió en Madre de Dios, sin dejar de ser Virgen-, en tiempos del rey Herodes (Mt 2, 1) y pasó 30 años de vida oculta, pobre y laboriosa, en Nazareth (Lc 3, 23) y durante ellos fue un hijo ejemplar, obediente a sus papás terrenos, San José y la Virgen María, “creciendo en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52), en el sentido de que cada día daba más muestras al exterior de la ciencia y virtud divinos que poseía, por ser Él la Segunda Persona de la Trinidad. A los 30 años comenzó su vida pública de predicación, recorriendo los pueblos de Palestina, el actual Israel y confirmando su doctrina -que Él era Dios Hijo-, con milagros: “Si no me creéis a Mí, al menos creed las obras que hago” (Jn 10, 38; Jn 14, 20).


Explicación de las imágenes:


         En esta imagen, vemos a Jesús predicando, como lo dice el Evangelio: “Jesús se compadeció de la gente, porque eran como ovejas sin pastor (…) estuvo enseñándoles un largo rato” (Mc 6, 30-34).  A diferencia de los fariseos y de los doctores de la ley, Jesús cautiva a sus oyentes, porque “habla como quien tiene autoridad”, porque Él es la “Sabiduría de Dios Encarnada”. En la figura, señala con el índice hacia el cielo, indicando que es de donde Él ha venido, e indicando la procedencia de su sabiduría. Sólo Jesús tiene “palabras de vida eterna”, y es la razón por la cual, quienes lo escuchan, como los que aparecen retratados en la escena, quedan profundamente conmovidos, porque la Palabra de Dios llega a lo más profundo del ser del hombre. Todos están atentos a las enseñanzas de Jesús; hacen silencio y se acercan para escuchar la Voz del Verbo que habla con labios humanos; pero no solo los hombres quieren escuchar al Verbo de Dios Encarnado: también los ángeles de Dios, que bajan del cielo, como los dos pequeños querubines, que se acercan sigilosamente para escuchar las enseñanzas de Jesús.
Las principales enseñanzas de Jesús son: que debemos ser “mansos y humildes de corazón como Él” (Mt 11, 29); que debemos amar a Dios y al prójimo y sobre todo, que debemos “amar a los enemigos” (Mt 5, 44); que debemos ser misericordiosos con los más necesitados, si queremos entrar en el Reino de los cielos (Mt 25, 35-45); que debemos alimentarnos de la Eucaristía para tener en nosotros la Vida eterna (Jn 6, 56), etc.

         En esta otra imagen, vemos a un sacerdote enseñando el Catecismo, el cual continúa así la predicación y obra de Jesucristo, pues de Él ha recibido la misión de predicar y enseñar las verdades de la fe y la moral cristianas, además de celebrar la Santa Misa, perdonar los pecados en la Confesión, etc. El que escucha al sacerdote, escucha a Dios.
         Pero no solo el sacerdote puede y debe enseñar el Catecismo, sino todo bautizado que esté capacitado. Con respecto al significado de la enseñanza del Catecismo a los niños, dice San Marcelino Champagnat:




         Práctica: Leeré con frecuencia el Evangelio o Buena Nueva para conocer mejor a Jesucristo y ayudaré a otros a que se enteren del Evangelio, pero sobre todo, trataré de vivir según el Evangelio. Pío XII dijo: “Ningún hogar sin el Evangelio”. Papa Francisco: el Evangelio se resume en esta expresión: “Dios nos ama con amor gratuito y sin límites”.
         Palabra de Dios: “Jesucristo vino a este mundo a salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15). “En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros” (1 Jn 3, 16). “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se o dará por añadidura” (Mt 6, 33).
         Ejercicios bíblicos: Jn 7, 46; Lc 2, 47; Mc 2, 12; Hch 10, 38.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

jueves, 25 de junio de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 7 – La Encarnación


Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 7 – La Encarnación


         Doctrina
         ¿Qué es la Encarnación? La Encarnación es el misterio del Hijo de Dios hecho Hombre por amor al hombre, para salvar al hombre de su eterna perdición.
         ¿Cuál de las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad se hizo hombre? Sólo se hizo hombre la Segunda, que es el Hijo.
         ¿Cómo se realizó la Encarnación? La Encarnación del Hijo de Dios se realizó así: 1) El Espíritu Santo creó en las entrañas purísimas de la Virgen María un cuerpo perfectísimo, el cuerpo del Hijo de Dios, el cual, como todos los hombres al ser concebidos, tenía el tamaño de una célula y era solo una célula. La diferencia con los demás hombres es que en la concepción del Hijo de Dios hecho hombre, no hubo intervención de varón, porque su concepción fue virginal. 2) El Espíritu Santo creó también de la nada un alma humana, perfecta, y la unió a aquel cuerpo; 3) en el mismo instante, a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios –y en esto consiste la “Encarnación”, porque el Espíritu Puro que es el Hijo de Dios, se “encarna”, es decir, se une a la “carne”, a la naturaleza humana-, y el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, comenzó a ser Hombre perfecto, Jesús de Nazareth. Por ese motivo, Jesús es llamado el “Hombre-Dios”.
         ¿Cuántas naturalezas hay en Jesucristo? En Jesucristo hay dos naturalezas: una divina, porque es Dios, y otra humana, porque es hombre.
         ¿Cuántas Personas hay en Jesucristo? En Jesucristo hay una sola Persona, que es divina, y es la Segunda de la Santísima Trinidad.
        






Explicación
         En esta imagen se representa el misterio de la Encarnación. Vemos al Arcángel San Gabriel, quien se aparece a la Virgen María en su casita de Nazareth, para anunciarle que Dios la ha elegido para ser Madre del Salvador; la saluda con estas palabras: “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”.
         María respondió al ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Y en ese mismo instante, el Verbo, la Palabra del Padre, fue llevada por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, desde el seno del Padre, al seno de la Virgen, quien se convertía así en la Madre de Dios. Así se producía la Encarnación de Jesucristo, Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios[2].
         Práctica: durante el día (en algunas partes tocan las campanas tres veces al día en recuerdo de la Encarnación) me acordaré de que el Hijo de Dios se hizo hombre por mí y rezaré el Angelus[3].
         Palabra de Dios: “Al principio (de la Creación, como en el Gén 1, 1) era (existía) ya el Verbo, y el Verbo (la Palabra del Padre, Jesucristo, por el cual fueron hechas todas las cosas) era Dios… Y el Verbo se encarnó, se hizo hombre” (Jn 1, 1 y 14) (Léase Lc 1, 26-38).
         Ejercicios bíblicos: la Encarnación es obra del Amor de Dios: Jn 3, 17; Gál 2, 20; Jn 15, 13; Ef 5, 2.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla 3 1997.
[2] Conviene advertir que el nombre de “Jesucristo” se compone de “Jesús” y “Cristo”, y por eso unas veces lo llamamos Jesús, otras Cristo, el Mesías, el Salvador, etc.
[3] Explicar esta oración a los niños

jueves, 11 de junio de 2015

Formación para Catequistas - Encuentro 2 - “Jesucristo, Hombre-Dios”


         ¿Quién es Jesús?
         Para sus connacionales: “es el hijo del carpintero” (Mt 13, 55); “el hijo de José y María” (Mc 6, 3); “sus hermanos están con nosotros (en el pueblo)” (cfr. Mc 6, 4).
         Según Él mismo: Él es el Hijo de Dios; es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6); es el Camino al Padre, nadie va al Padre sino es por Él (Jn 14, 7); es el Dador del Espíritu Santo (Jn 14, 26); es el Mesías; el Redentor; el Salvador (Mt 16, 13-19).
         Según el Bautista, inspirado por el Espíritu Santo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).
Según Juan: “es Amor” (1 Jn 4, 8).
Según la Santa Iglesia Católica, en la Eucaristía: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Misal Romano).
         ¿Quién es Jesucristo según el Magisterio de la Iglesia Católica?
Según el Catecismo: es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: “Creo en Jesucristo, su Único Hijo, Nuestro Señor” (Símbolo de los Apóstoles); es Dios Hijo que procede de Dios Padre: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios  verdadero” (Credo Niceno-Constantinopolitano).
         En síntesis, según nuestra fe católica, apostólica y romana, Jesús es el Hombre-Dios.
Es Hombre-Dios:
Es Hombre Perfectísimo: nacido sin concurso de varón, puesto que su naturaleza humana –alma humana y cuerpo humano- fueron creados en el instante mismo de la concepción y encarnación en el seno de María Santísima. Al no haber intervención de varón –San José era meramente esposo legal y su trato afectivo era como de hermanos con la Virgen-, la carga genética correspondiente al gameto masculino, fue creado en el instante de la concepción y encarnación, siendo unido inmediatamente a su alma humana inmaculada y perfecta, también creada en ese instante. Tanto su Alma humana como su Cuerpo humano –que en el instante de la Encarnación, al ser creado, tenía el tamaño de una célula, un cigoto-, fueron unidos a la Persona Divina del Verbo de Dios, y fueron ungidos con el Espíritu Santo, por eso Jesús es Hombre Perfecto, porque no solo no tiene pecado alguno, sino que además es la Humanidad Santísima del Verbo de Dios, unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona del Hijo de Dios, y ungida personalmente por el Espíritu Santo. No hay posibilidad alguna de error, de malicia, de ignorancia, ni siquiera de la más ligera imperfección en Jesucristo, en cuanto Hombre Perfecto, por ser el Hombre-Dios.
         Es Dios Perfectísimo: porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que posee el Ser divino trinitario; es Espíritu Puro y por lo tanto, para cumplir el plan de salvación pedido por el Padre, necesitaba de un Cuerpo para ofrecer en la cruz, motivo por el cual es llevado por Dios Espíritu Santo al seno de María Santísima para su Encarnación.
         Las dos naturalezas, la divina y la humana, están unidas en Jesucristo sin mezcla ni confusión.
         Jesús, el Hombre-Dios, es nuestro Redentor y Salvador.
¿De qué nos salva?
         Para entender de qué nos salva Jesús, hay que entender a qué nos condenaba el pecado original: a la muerte física, al pecado y al dominio del demonio. Sin la Redención de Jesucristo, los hombres estábamos condenados irremediablemente a la muerte física, a vivir y morir en pecado mortal –Santo Tomás dice que el hombre no se puede mantener mucho tiempo sin la gracia-, y a la muerte eterna.
Es por eso que Jesús nos otorga una triple salvación: nos salva de la “eterna condenación” (Misal Romano, Plegaria Eucarística I); del pecado; de la muerte física. Pero además, nos otorga la filiación divina, lo cual es un don infinitamente más grandioso que el (triple) don grandioso de la salvación.
         ¿Qué relación hay entre el Jesús histórico que sufre la Pasión, el milagro de Corpus Christi y la Eucaristía de la Santa Misa de todos los días?
El Cristo histórico que sufre la Pasión; el Cristo del milagro eucarístico de Corpus Christi y el Cristo glorioso de la Eucaristía, es el mismo y único Cristo, el Hombre-Dios, engendrado eternamente en el seno del Padre en cuanto Dios Hijo y encarnado en el seno de la Virgen en el tiempo en cuanto Hombre.
¿Qué lleva al Verbo de Dios a encarnarse?
Siendo Espíritu Puro, el Verbo de Dios “necesitaba” un cuerpo para cumplir el plan de redención, que era darnos su Amor, y esa es la razón por la cual Jesús se encarna y sufre la Pasión. Podríamos decir que el Cuerpo y la Sangre es el “envoltorio” del Amor de Dios: al desgarrar el Cuerpo y derramar la Sangre en el sacrificio de la cruz, se abre el envoltorio del don de Dios, su Amor, y se derrama sobre nosotros, su Divina Misericordia. De esa manera, con su Cuerpo entregado y su Sangre derramada en el sacrificio cruento de la cruz, demuestra la inmensidad del Amor Divino con el que nos ama, porque podría habernos redimido sin su sacrificio en cruz, pero lo hizo para darnos muestra de hasta dónde llega la “locura” de su Amor por todos y cada uno de nosotros: hasta el extremo de entregar su Cuerpo y su Sangre por nuestra salvación, que significa, en fin de cuentas, que todos estemos con Él, al fin de nuestras vidas terrenas, en el cielo.
         Esto es lo que Él quiere expresar en la Última Cena, cuando dice: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”: entrega anticipadamente, incruentamente, su Cuerpo y su Sangre –y con su Cuerpo y su Sangre, su Amor-, en la Eucaristía, para luego entregarlo en la cruz, y es lo que hace en cada Santa Misa, y esto lo hace con el único objetivo de demostrarnos su Amor, como dice la Antífona 1 de las Vísperas de San Bernabé: “Con amor eterno nos amó Dios; por eso levantado sobre la tierra nos atrajo a su corazón, compadeciéndose de nosotros”[1].
         El Milagro de Corpus Christi lo que hace es evidenciar lo que Él hizo en la Última Cena, lo que hizo en la cruz, y lo que hace en cada Santa Misa: entregar su Cuerpo y su Sangre. En Bolsena, parte de la Hostia se convirtió en su músculo cardíaco, vivo, que comenzó a manar Sangre, la cual manchó el corporal y luego el pavimento; es la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre que sucedió en la Última Cena y es la misma conversión que se produce en cada Santa Misa, y es el ofrecimiento de su Cuerpo y Sangre que se realiza en la cruz, en el Calvario, que se perpetúa en la Santa Misa, para que nosotros tengamos a mano los frutos de la Redención, así como alguien tiene a mano los frutos maduros de un árbol, para poder cortar los frutos de este árbol y comer de él.
         Con su sacrificio en cruz, con el don de su Cuerpo y Sangre –renovado cada vez en la Santa Misa-, Jesús nos dona su Amor, nos diviniza, expía nuestros pecados, da gracias al Padre, y adora y glorifica al Padre en nombre nuestro, y esa es la razón por la cual en la Santa Misa debemos ofrecernos con Él, al Padre, con todo nuestro ser.
        



[1] Liturgia de las Horas, I Vísperas del 11 de Junio, día de San Bernabé.

domingo, 10 de agosto de 2014

El Evangelio para Niños: “Quédense tranquilos, Soy Yo, no tengan miedo”


(Domingo XXIX –TO – Ciclo A – 2014)
         El Evangelio de hoy nos cuenta de una vez que Jesús venía caminando sobre el agua, y los amigos de Jesús, que estaban en el barco, cuando lo vieron que venía caminando sobre el agua, se asustaron mucho y comenzaron a gritar, porque creían que era un fantasma. Además, había mucho viento y las olas del mar eran muy altas, y la barca se movía para muchos lados y como entraba mucha agua, parecía que estaban por hundirse.
Entonces Jesús, como veía que sus amigos estaban con mucho miedo, les dijo que se tranquilizaran, que era Él y que no tenían nada de qué temer: “Quédense tranquilos, Soy Yo, no tengan miedo”. Después, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, si eres Tú, mándame a ir a tu encuentro sobre el agua”. Y Jesús le dijo que fuera junto a Él: “Ven”. Entonces Pedro comenzó a caminar sobre el agua. Como al principio Pedro tenía mucha fe en Jesús, cuando empezó a caminar en el agua, no se hundió, sino que para Pedro era como caminar en tierra firme, pero después, empezó a sentir el viento, que soplaba muy fuerte –representaba al diablo, que le decía que no creyera en Jesús-, y ahí Pedro empezó a vacilar en su fe en Jesús, y ahí fue cuando comenzó a hundirse, entonces Pedro dio un grito pidiendo auxilio a Jesús: “Señor, sálvame”. Y Jesús, que estaba a su lado, extendió la mano y no dejó que se siguiera hundiendo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”, como diciéndole: “Si Yo estoy a tu lado, ¿por qué gritas como si Yo no estuviera?”. Entonces, Jesús lo hizo subir a la barca a Pedro, sano y salvo, y también Jesús le ordenó al viento y al mar que se calmasen.
Luego, Pedro y los amigos de Jesús, se arrodillaron delante de Jesús y lo adoraron, porque se dieron cuenta que Jesús no era un fantasma, como ellos creían al principio, sino que, iluminados por el Espíritu Santo, supieron que Jesús era el Hombre-Dios, porque solo Dios hecho hombre tenía el poder de hacer todos esos milagros que había hecho Jesús: caminar sobre las aguas, hacer que Pedro caminara sobre las aguas, y calmar al viento y al mar. Esto nos enseña el Evangelio de hoy: Jesús no es un fantasma, sino el Hombre-Dios, y Él está vivo y lleno de la gloria y de la luz de Dios, con su Cuerpo de luz y con su Corazón lleno del Amor de Dios, en la Eucaristía, esperándonos en el sagrario, para que vayamos a visitarlo y a decirle que nosotros, como Pedro y los discípulos, creemos que Él no es un fantasma, sino el Hombre-Dios, que está escondido ahí, en el sagrario, en algo que parece pan, pero ya no es más pan, sino que es la Eucaristía, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. También nosotros, como Pedro, le decimos a Jesús en la Eucaristía: “Jesús, Tú eres Dios en la Eucaristía, mándame a ir a Ti, porque quiero recibir tu Amor”.

Y al ir a recibir la comunión, no tenemos que dudar de que Jesús es Dios en la Eucaristía, que está ahí para darnos todo su Amor.

viernes, 2 de mayo de 2014

El Evangelio para Niños: Los discípulos de Emaús


(Ciclo A – 2014)
         El Evangelio nos cuenta que Jesús, después que resucitó, se apareció a muchos discípulos, entre ellos, a dos a los que se los llamó “discípulos de Emaús”, porque iban camino de un pueblo llamado Emaús. Estos discípulos eran amigos de Jesús, habían recibido las enseñanzas de Jesús y habían sido testigos de muchos de sus milagros, y cuando Jesús fue arrestado y llevado a juicio y después encarcelado y cargado con la cruz, ellos estuvieron siempre cerca, junto con todos los demás discípulos. Vieron todo lo que pasó en Semana Santa y se habían quedado muy tristes y acongojados después de la muerte y sepultura de Jesús el Viernes y Sábado Santo.
         Y justamente, estaban tan tristes por lo que había pasado el Viernes Santo, que se habían olvidado de las promesas de Jesús; se habían olvidado que Él les había dicho que “al tercer día”, es decir, el Domingo, iba a resucitar. Por eso, ahora que Jesús se les aparecía, todo glorioso y resucitado, no lo reconocen, piensan que es un extranjero, un desconocido, a pesar de que ellos lo conocían bien, porque eran sus discípulos. Los discípulos de Emaús no reconocen a Jesús porque tienen algo misterioso en la mente y en el corazón, como un velo oscuro, negro, que les impide reconocer a Jesús. A pesar de esto, Jesús se pone a caminar con ellos, y mientras camina con ellos, les va explicando las Escrituras, tratando de hacerles recordar todo lo que las Escrituras decían acerca de que el Mesías tenía que sufrir para poder después resucitar.
         Cuando llegaron a Emaús, Jesús hizo como que se iba para otro lugar, pero ellos estaban tan contentos con Jesús, que lo invitaron a que se quedara con ellos, diciéndole: “¡Quédate con nosotros, Jesús, que el día ya se acaba!”.  Y Jesús, que los quería mucho, se quedó con ellos. Se pusieron a cenar, y cuando estaban cenando, Jesús tomó un trozo de pan, lo partió, y cuando lo partió, Jesús, que como sabemos, es Dios Hijo en Persona, sopló sobre ellos al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo les quita ese velo oscuro y con su luz les ilumina la mente y el corazón con una luz celestial, hermosísima, que los hace conocer y amar a Jesús como Jesús se conoce y se ama a sí mismo, y como lo conocen y lo aman Dios Padre y Dios Espíritu Santo, y por eso los discípulos de Emaús, cuando Jesús parte el pan, lo conocen como al Hombre-Dios, como al Mesías Salvador, y el corazón se les llena de un Amor tan pero tan grande por Jesús, que parece que el corazón les va a estallar de tanto amor, de tanta alegría, de tanto gozo que siente por Jesús, de tanto ardor que sienten por Jesús, y en ese mismo momento, Jesús desaparece de la vista de ellos.
         Ahí, los discípulos de Emaús se dan cuenta que Jesús ha resucitado, ya no está muerto y ya no va a morir más, y se preguntan: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?”, porque se dan cuenta que cuando Jesús les hablaba, era el Amor del Espíritu Santo lo que Jesús les transmitía a sus corazones. Y entonces, llenos de alegría y de amor, fueron a contarles a los demás la noticia más alegre que jamás alguien puede escuchar en esta vida: ¡Jesús ha resucitado y está vivo, glorioso, lleno de la gloria y de la vida divina en los cielos y en la Eucaristía!

         Y ese mismo mensaje, que fueron a dar los discípulos de Emaús a sus amigos, es el mismo mensaje que tenemos que dar nosotros a todo el mundo, porque esa es la misión que nos encargó Dios Trinidad en esta vida.