Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta Nuestra Señora de la Eucaristía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nuestra Señora de la Eucaristía. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de agosto de 2016

La Santa Misa explicada a las familias integrantes de CAFA (Catequesis Familiar)



Introducción.
Al asistir a la Santa Misa, debemos tener en cuenta algo muy importante: se trata del Misterio de Jesús en la cruz, que está en el altar, invisible, y por eso no podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero sí podemos verlo con los ojos de la fe. Para asistir a la Santa Misa, es muy importante que hagamos silencio, exterior e interior, y también es muy conveniente traer al alma el recuerdo del Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado, porque ese mismo Jesús crucificado, se hará Presente, invisible, en el altar, en la consagración. Esta es la razón por la que la Santa Misa se llama también: “Santo Sacrificio del Altar”, porque se trata del mismo y único sacrificio de la cruz, sólo que oculto bajo lo que parece pan y vino. En otras palabras, asistir a Misa es como asistir a la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo, por lo que debemos pedirle a la Virgen que nos dé sus mismos sentimientos y su mismo amor, los que Ella tenía cuando estaba de pie al lado de la Cruz, para que así asistamos a la Santa Misa.

Ahora sí, veamos brevemente los diferentes momentos de la Santa Misa.
La Santa Misa inicia con lo que se denomina Rito de Entrada. En este momento, desde el inicio mismo de la Santa Misa, debemos tener en cuenta, antes que nada, que la Santa Misa es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que en la Misa se desarrolla algo que no podemos ni entender con nuestra razón, ni podemos ver con los ojos del cuerpo, y que solo lo podemos apreciar con la fe y con la luz del Espíritu Santo. Para asistir a la Santa Misa con provecho, tenemos que considerar que es un misterio del cielo, que se desarrolla ante nuestros ojos, es decir, hay una realidad invisible que no es percibida con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Y esta realidad misteriosa, que no se ve, que es invisible, es la representación del sacrificio en cruz de Jesús, lo cual quiere decir que la realidad invisible de la Misa es el Santo Sacrificio del Calvario, el sacrificio de la cruz de Jesús en el Monte Calvario, el Viernes Santo. Lo primero que tenemos que tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa, es el sacrificio en cruz de Jesús, el sacrificio de su vida por nuestra salvación. Y puesto que es un sacrificio por amor, porque Jesús no tenía ninguna obligación de salvarnos, entonces, lo que debemos tener al venir a la Santa Misa, es amor y agradecimiento a Jesús, por su muerte en cruz por nosotros. La alegría que debemos experimentar es la alegría que viene de saber que Jesús nos ama tanto, que ha llegado al extremo de dar su vida por nosotros. Desde ya vemos cómo la Misa no es ni divertida ni aburrida, sino un misterio fascinante, porque es casi como viajar en el tiempo, para estar en la cima del Monte Calvario, de rodillas ante la cruz y acompañados por la Virgen. El que se aburre en Misa es porque no se da cuenta de que está viviendo el misterio más fascinante que puede existir en el cielo y en la tierra, y el que busca diversión en la misa, es porque tampoco entendió que Jesús se sacrifica en el altar, como lo hizo en la cruz, no para divertirnos, sino para salvarnos y darnos el Amor infinito de su Sagrado Corazón.
En el Acto Penitencial, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es decir, por todas las faltas a su Amor, porque el pecado es eso: un acto de malicia de nuestros corazones, que ofende a Dios, que es infinitamente bueno. Pedimos perdón por las veces que dijimos mentiras, por las veces que nos dejamos llevar por la pereza, por las veces que contestamos mal a nuestros padres, por las veces que tuvimos envidia, en vez de alegrarnos por las cosas buenas que les suceden a nuestros hermanos. Nos reconocemos pecadores y hacemos el propósito de no volver a pecar. Cuando el sacerdote da la absolución, esta absolución, más la Comunión Eucarística, nos perdonan los pecados veniales, aunque no los pecados mortales. Si solo tenemos pecados veniales, con esta absolución del sacerdote, ya podemos comulgar, pero no podemos comulgar si tenemos pecados mortales.
Luego viene la Liturgia de la Palabra, en la que escuchamos el Antiguo Testamento, los Salmos y el Nuevo Testamento, para lo cual necesitamos estar en silencio y muy atentos, porque Dios habla en el silencio, y además San Agustín dice que la Biblia es una carta personal que Dios escribe para cada uno de nosotros, entonces, tenemos que estar atentos para escuchar lo que nuestro Papá Dios nos escribe, con mucho amor, desde el cielo.
Luego viene la Presentación de las ofrendas, que consisten en pan y vino, aunque lo que tenemos que tener en cuenta aquí que las ofrendas consisten, ante todo, en el pan y el vino que han sido convertidos en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En este momento, y en silencio, desde lo más profundo del corazón, tenemos que ofrecernos, con el pan y el vino que van a ser depositados en el altar, con todo nuestro ser, con lo que somos y tenemos, con nuestra vida pasada, la presente y la futura, para unirnos al sacrificio de Jesús que hará en el altar, en el momento de la consagración.
En el Prefacio, esa oración larga que dice el sacerdote y que finaliza con el canto del triple “Santo”, tenemos que estar muy atentos, porque el sacerdote se dirige a Dios en nombre nuestro, y nos presenta ante Él, para que, en el silencio, le expresemos el amor de nuestros corazones y la adoración que se merece, adoración que la unimos a la adoración de los ángeles y santos en el cielo. Luego llega la Plegaria Eucarística, que es el momento más maravilloso y grandioso de todos, porque cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, se produce el Milagro de los milagros, que se llama “transubstanciación” y significa que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ese momento es que debemos adorar la Eucaristía, porque ya está Presente, sobre el altar, la Presencia real del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Es el momento en el que debemos maravillarnos y alegrarnos, sorprendernos y maravillarnos, porque sobre el altar, oculto en lo que parece ser un poco de pan, está el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, a quien adoran, en el cielo, los ángeles y santos. Podemos decir que, luego de la consagración, tenemos con nosotros al Verbo de Dios, lo que quiere decir estamos en la tierra ante Jesús, así como los ángeles y santos están ante el mismo Jesús en el cielo.
Luego viene el Rito de Comunión, en el que se reza el Padrenuestro, en el cual agradecemos a Nuestro Padre celestial por el don de su Hijo Jesús en la Eucaristía. En el saludo de la paz, se da solamente a quien está a mi lado, y hay que considerar que no es un saludo tal como nos saludamos en la calle; se trata de un saludo en el que damos la paz a nuestros hermanos, a los que tenemos al lado, pero también a aquellos con los cuales podemos estar enemistados, por algún motivo circunstancial. El saludo de la paz que damos, es el saludo de la paz que nos da Jesús, que pacifica nuestros corazones y los reconcilia con Dios, al lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la cruz. Cuando el sacerdote parte la Eucaristía y coloca una fracción en el Cáliz, eso significa la Resurrección de Jesús, así como la consagración por separado del pan y el vino significaba la separación del Cuerpo y Sangre de Jesús en la cruz.
Luego viene la Comunión, momento en el que tenemos que estar muy atentos, no solo rechazando todo pensamiento que nos pueda distraer, sino poniendo toda nuestra atención en la Comunión, porque el Rey del cielo, Cristo Jesús, viene a nuestras almas; debemos disponer nuestros corazones para alojar allí, con todo el amor del que seamos capaces, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para amarlo y adorarlo con todas nuestras fuerzas. Al comulgar, debemos adorar la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, además de amarlo con todas las fuerzas de nuestros corazones. Al comulgar, entonces, debemos hacerlo con la mente despierta, para creer firmemente en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, y con nuestro corazón listo para adorar y amar al Cordero de Dios, que dio su vida por mi amor.
Finalmente, viene el Rito de despedida, finalizando la Santa Misa con la bendición del sacerdote. Contrariamente a lo que pueda parecer, con la bendición final y despedida, no es que “termina la misa”, sino que comienza nuestra tarea como cristianos, que es la de dar a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia, al menos una ínfima parte del Amor recibido del Sacrificio de Jesús en la cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el altar.
Como vemos, en la Santa Misa, cuando se participa adecuadamente, es decir, espiritual e interiormente, con el silencio, con la mente despierta y concentrada en el misterio del altar, que es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz, y con el corazón deseoso de dar todo nuestro amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que baja del cielo a la Eucaristía sólo para darme su Amor, no tenemos tiempo para aburrirnos, ni tampoco para “divertirnos”, sino para vivir, intensamente, el misterio más fascinante y maravilloso de todos los misterios de Dios, y es la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Y si no sabemos cómo participar, interiormente y con amor, de la Santa Misa, tenemos que pedirle que nos ayude a hacerlo a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que ama y adora a su Hijo Jesús en ese sagrario viviente que es su Inmaculado Corazón.


viernes, 29 de julio de 2016

Adoración Eucarística guiada para Niños y Adolescentes


         Hacemos silencio exterior y también interior; estamos en Presencia del Dios de la Eucaristía, Jesús, nuestro Rey y Salvador. Necesitamos el silencio, ante todo el interior, porque Dios habla en el silencio, en lo más profundo de nuestros corazones, y si conversamos, o si nos distraemos con pensamientos vanos, no podremos escuchar la suave y dulce voz de Dios. Les pedimos a la Virgen y a nuestros santos ángeles custodios que nos acompañen y que nos enseñen a amar y adorar a Jesús Eucaristía.
         Breve silencio.
         Oración inicial: rezamos a Jesús Eucaristía una de las oraciones que el Ángel de Portugal les enseñara a los Pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
         Meditación.
         Jesús, Tú eres, en la Eucaristía, el Dios Viviente, el Dios que es la Vida en sí misma, y el que cree en Ti y te recibe con amor en la Eucaristía, no morirá jamás.
Jesús, Tú nos das tu Vida eterna en la Comunión Eucarística y queremos recibir esta Vida al comulgar, para vivir siempre unidos a Ti.
         Jesús, venimos ante tu Presencia Eucarística para expresarte nuestro amor y al adorarte, sentimos la necesidad de comulgar, para recibirte en nuestros corazones.
         Jesús, te ofrecemos nuestros corazones para que Tú reposes en ellos: así como naciste en un pobre Portal de Belén, toma del mismo modo nuestros pobres corazones para que allí puedas nacer y para que así los ilumines con la luz de tu gracia.
         ¡Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no permitas que nos apartemos de tu Amor!
         Breve silencio.
         Petición.
Querido Jesús Eucaristía, Tú eres el Amigo Fiel, el Amigo que nunca falla y por eso, confiados en Ti, queremos pedirte por nuestros seres queridos, por nuestros padres, hermanos, amigos y familiares, para que Tú los bendigas, los protejas de todo mal, y les hagas sentir la dulzura del Amor de tu Sagrado Corazón Eucarístico.
         Breve silencio.
         Ofrecimiento y despedida.
Querido Jesús Eucaristía, debemos ya retirarnos, pero es tan hermoso y agradable estar junto a Ti, que le pedimos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que tome nuestros corazones, los estreche contra su Inmaculado Corazón, y los deposite al pie del sagrario, para que en todo momento estemos ante tu Presencia de Amor en la Eucaristía. Y si nos olvidamos de Ti, haz que María Virgen nos lleve de nuevo a tu Sagrado Corazón Eucarístico.
         Nos comprometemos, ¡oh Buen Jesús!, a dar a nuestros padres, hermanos, amigos y a todo prójimo, aunque sea una pequeña parte del Amor Misericordioso que de Ti hemos recibido en esta adoración.
         Oración Final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman" (tres veces).

        

         

jueves, 12 de noviembre de 2015

La Primera Comunión es recibir al Niño que tiene la Virgen entre sus brazos


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones de niños de la Catequesis Familiar -          CAFA)

         ¿En qué consiste la Primera Comunión? Para saberlo, contemplemos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía: la Virgen está de pie, avanzando hacia nosotros, con el gesto de entregarnos a su Niño; el Niño, a su vez, tiene un racimo de uvas rojas, que sostiene con su mano izquierda, ayudado por su Madre. La Virgen que nos da a su Niño, representa a la Iglesia, que por medio del sacerdote ministerial nos da al Hijo de María, Jesús, en la Eucaristía; el Niño que está en brazos de la Virgen y que la Virgen nos entrega, representa a ese Niño Jesús, nacido en Belén, Casa de Pan, que se nos entrega voluntariamente en la Eucaristía, Pan de Vida eterna, con su Cuerpo y con su Sangre: así como en la imagen la Madre de Jesús, la Virgen nos entrega a su Niño con su Cuerpo real y también con su Sangre, representada en las uvas –con las uvas se hace el vino de Misa y el vino en la Misa se convierte en la Sangre de Jesús por la “Tran-subs-tan-cia-ción”, así la Santa Madre Iglesia nos entrega, en la Misa, el Cuerpo de Jesús Sacramentado, en la Eucaristía, y su Sangre, vertida en el cáliz.
La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, en la que la Virgen que nos da a su Niño nacido en Belén, Casa de Pan, representa a la Iglesia y al sacerdote ministerial que por la Misa nos dan a Jesús, Pan de Vida eterna; el Cuerpo real del Niño en brazos de la Virgen representa al Cuerpo de Jesús, lleno de luz y de gloria, resucitado, en la Eucaristía; las uvas que lleva el Niño, representan su Sangre, derramada en la cruz y vertida en el cáliz en la Santa Misa, porque con las uvas se hace el vino y el vino, por la Transubstanciación, se convierte en la Sangre de Jesús.
         Entonces, cuando contemplemos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, recordemos que así es la Comunión: así como la Virgen nos entrega el Cuerpo y la Sangre de su Hijo, así la Santa Madre Iglesia nos entrega el Cuerpo y la Sangre de su Hijo en la Eucaristía. Y como la Virgen nos entrega a su Hijo por Amor, para que su Hijo nos dé el Amor de su Sagrado Corazón, así nosotros, debemos entregarle, en la Primera Comunión y en toda comunión, nuestros corazones con todo el amor allí contenido, a Jesús. Recibir la Primera Comunión es recibir al Hijo de la Virgen María, Jesús Eucaristía, como si estuviéramos parados delante de la imagen, para recibir al Niño que nos da la Virgen: la diferencia con la imagen, en donde la Virgen nos da a su Niño y por lo tanto tenemos que estirar los brazos para recibirlo, es que en la Primera Comunión recibimos al Hijo de María en el corazón, porque viene a nosotros por la Eucaristía. Si en la imagen la Virgen da un paso hacia adelante para darnos a su Hijo Jesús, en la Primera Comunión recibimos al Hijo de María Virgen, que nos lo da la Iglesia oculto en apariencia de pan.
         Por lo tanto, al recibir la Primera Comunión, pensemos en el Niño que la Virgen tiene entre sus brazos, porque ese Niño Jesús está en la Eucaristía, no representado en un yeso, sino en la realidad, y viene a mi corazón para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón y para darme el fruto de las uvas, que es su Sangre derramada por cada uno de nosotros en la cruz. Al recibir a Jesús Eucaristía por primera vez en nuestros corazones, no debemos estar distraídos con cosas que no son Jesús: debemos pensar en Él y sólo en Él, como cuando invitamos a nuestro mejor amigo a nuestra casa, para estar con él y sólo con él. La Primera Comunión es el primer intercambio de amor entre el Corazón Eucarístico de Jesús y el nuestro: Jesús nos da su Corazón –que late, vivo, con toda la fuerza del Amor de Dios, el Espíritu Santo- contenido en la Eucaristía y con Él nos da todo su Amor, por lo que nosotros no podemos hacer otra cosa que entregarle nuestro corazón, con todo el amor a Él allí contenido, por pequeño que sea.

Por último, la Primera Comunión no puede ni debe ser nunca la “última”, como ocurre en muchos casos, lamentablemente: es la Primera de muchas, porque cuanto más amemos a Jesús, más desearemos comulgar en gracia, para que más tiempo esté Jesús con nosotros, en nuestro corazón. La Eucaristía recibida en la Primera Comunión debe quedar entronizada en nuestros corazones, para ser allí amada y adorada, para que la Eucaristía sea el Centro de vida y amor divinos que guíe nuestras vidas. Y puesto que estamos en familia, la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre que nos da la Virgen María, debe ser el alimento celestial no solo para los niños de las familias que hoy reciben la Primera Comunión, sino para toda la familia, para todos los integrantes de la familia; es decir, la Eucaristía –sólo la Eucaristía y nada más que la Eucaristía- debe ser el centro de vida y amor de la familia; si algo reemplaza a la Eucaristía –el televisor, la computadora, el celular, etc.-, nada de eso podrá ser lo que la Eucaristía es para toda la familia: el centro y la fuente inagotable del Amor, de la Paz, de la Alegría de Dios Hijo encarnado, el Hijo de María.