Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 6 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús se transfigura en el Monte Tabor


(Ciclo  A – 2017)

         En un lugar que se llama “Monte Tabor”, Jesús se transfigura delante de sus discípulos. “Transfigurarse” quiere decir que su Rostro brillaba como miles de soles juntos y que su vestimenta estaba cubierta de luz, pero no de una luz que venía de afuera, sino una luz que venía de adentro de Jesús. Y esto sucede porque Jesús es Dios y Dios es luz, pero no una luz como nosotros la conocemos aquí en la tierra, sino que es una luz desconocida, de origen celestial, que da la Vida y el Amor de Dio al que ilumina.
         ¿Por qué se transfigura Jesús? Porque Él quiere que lo vean revestido de luz, para que se den cuenta de que Él es Dios, porque en poco tiempo tendrá que sufrir la Pasión, y ahí aparecerá en el Monte Calvario todo cubierto de sangre, de heridas abiertas, de golpes, de hematomas; en la Pasión aparecerá no cubierto de gloria, sino de humillación; no cubierto de la gloria de Dios, sino de la Sangre que los hombres le harán salir a causa de las flagelaciones y los golpes. Se transfigura para que cuando lo vean así en la Pasión –coronado de espinas, sangrando, humillado-, se acuerden de que Él es Dios y así tomen valor en esas duras y amargas horas.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que así como es el Cuerpo de Jesús en el Monte Tabor: en el cielo, todos estaremos resplandecientes de luz, con la luz de Dios; no habrá enfermedades, ni dolor, ni llanto, ni tampoco nadie envejecerá, sino que todos seremos eternamente jóvenes.

         Pero es también para que sepamos que, así como Jesús, antes de subir resucitado y glorioso, tuvo que pasar por la Cruz, así también nosotros, si queremos llegar al Cielo en la otra vida, en esta vida tenemos que abrazarnos a la Cruz y seguir por detrás de Jesús.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La Santa Misa para Niños (XXV) La Mamá de Jesús, la Virgen, está en la Misa



         El sacerdote nombra a la Virgen, pero no para que solamente nos acordemos de Ella, sino para que nos demos cuenta de que la Virgen está en la Misa, en persona, en cuerpo y alma. ¿Por qué está la Virgen? ¿De qué manera?
         Para saber por qué y cómo está la Virgen en la Misa, tenemos que acordarnos que la Misa es el mismo sacrificio en Cruz de Jesús, sólo que está “oculto”, invisible, como cuando algo está detrás de un velo, de una cortina: sabemos que está ahí, pero no lo vemos con los ojos del cuerpo. En la Misa, Jesús se hace presente con su Cruz, igual que cuando estuvo hace dos mil años en Palestina, en el Monte Calvario, pero nosotros no lo podemos ver con los ojos del cuerpo, aunque sí lo podemos “ver” con los ojos de la fe.
         Y si Jesús está en el altar con su Cruz, como estuvo hace dos mil años, también está la Virgen en el altar, al pie de la Cruz, así como estuvo al pie de la Cruz, hace dos mil años, acompañando a su Hijo Jesús.
         La Virgen está en la Misa, porque en la Misa está su Hijo Jesús en la Cruz, y donde está el Hijo, ahí está la Madre.
         ¿Y qué hace la Virgen en la Misa? Hace lo mismo que hizo en el Monte Calvario, hace dos mil años: acompaña a su Hijo Jesús, que da su vida por nosotros, y aunque es lo que más quiere en el mundo, no duda en ofrecerlo a Dios Padre para nuestra salvación. Y, al igual que en el Calvario, hace de Madre para con nosotros, porque fue ahí, en el Calvario, que Jesús le pidió que nos adoptara a todos nosotros como hijos suyos.
Entonces, en la Misa, la Virgen está presente, en persona, aunque invisible, y reza por nosotros, por todos y cada uno de nosotros, y no sólo reza, sino que ofrece a su Hijo Jesús, que está en el altar, en la Cruz y en la Eucaristía, a Dios Padre, para que Dios nos perdone nuestros pecados, nos libre del demonio, que quiere nuestra perdición, pero también ofrece a su Hijo Jesús para que Dios Padre, viendo a su Hijo, nos adopte Él como hijos suyos.
En la Misa, la Virgen le dice a Dios Padre: “Padre Santo, Fuente de toda santidad, te ofrezco a mi Hijo Jesús, presente en el altar, en la Cruz y en la Eucaristía, para que no tengas en cuenta todo el mal que hacen los hombres, para que perdones sus pecados, para que alejes al demonio de sus vidas, para que los adoptes como hijos tuyos muy amados, para que les des tu Espíritu de Amor, así ellos puedan amarte a Ti y a Jesús con la fuerza de tu mismo Amor, en el tiempo y para toda la eternidad. Padre Santo, te ofrezco a Jesús, mi Hijo amado, para que tus hijos vivan en gracia en el tiempo y te adoren en la eternidad. Amén”.
Entonces, cuando vayamos a Misa, y escuchemos que el sacerdote nombra a la Virgen, nos acordemos que Ella está presente, invisible, en el altar, pidiendo por todos y cada uno de nosotros, y le pidamos la gracia de asistir a la Misa así como Ella asistió al Calvario, y le pidamos también la gracia de amar a su Hijo Jesús con el mismo Amor de su Corazón Inmaculado.

sábado, 31 de marzo de 2012

Domingo de Ramos para Niños y Adolescentes




El Evangelio nos habla de Jesús que entra en Jerusalén montado en una cría de asno. A su paso, todos los habitantes de Jerusalén, le cantan en su honor y con mucha alegría lo saludan a su paso, agitando palmas y formando con estas una especie de alfombra, porque para ellos Jesús es tan importante, que no solo Él, sino ni siquiera su burrito debe ensuciarse los pies con el polvo del camino.
         Todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, reciben a Jesús con ramos de olivo y palmas, que agitan a su paso, exclamando: “Hosanna al Hijo de David”, “Hosanna al Mesías”. Todos acompañan con gran alegría a Jesús, que entra en la ciudad de Jerusalén, y lo hacen porque se acuerdan de cómo Jesús les había dado de comer, multiplicando panes y peces; los había curado de muchas enfermedades graves, como la lepra; les había dado la vista a los ciegos, y había curado a sordos y mudos; había resucitado a los muertos; había expulsado a los demonios. Todos se acuerdan de todos los milagros que Jesús había hecho, y cantan cantos en su honor, y lo saludan con gran alegría, acompañándolo en su ingreso a Jerusalén.
         Pero resulta que esos mismos que el Domingo de Ramos lo acompañan con cantos y con alegría en su entrada a Jerusalén, porque se acordaban de todo lo que Jesús había hecho por ellos, unos pocos días después, el Viernes Santo, olvidándose de todos los favores de Jesús para con ellos, lo sacan fuera de Jerusalén, y en vez de cantarle cantos de alegría y de fiesta, lo insultan, y en vez de agitar palmas y ramos de olivo, agitan sus puños en alto, armados con palos, para descargarlos en Jesús.
Si el Domingo de Ramos dicen amar a Jesús, el Viernes Santo expresan rabia y furor, que los lleva a crucificar a Jesús en el Monte Calvario.
En esta gente, que cambia tanto, nos tenemos que ver reflejados nosotros, que también puede ser que en un momento decimos que amamos a Jesús, y en otro momento, nos enojamos con Él y lo golpeamos.
¿Cuándo sucede esto?
Por ejemplo, cuando venimos a Misa, y escuchamos la Palabra de Dios, y cantamos los cantos de la Misa, y acudimos a comulgar con amor, somos como los habitantes de Jerusalén el Domingo de Ramos.
¿Y cuándo nos comportamos como los habitantes de Jerusalén en el Viernes Santo?
Cuando nos enojamos con nuestro prójimo, y le decimos cosas malas; cuando desobedecemos a nuestros padres o a los mayores; cuando hacemos pereza y dejamos de hacer lo que tenemos que hacer, en la casa y en la escuela; cuando mentimos; cuando faltamos a Misa por pereza; cuando no rezamos por pereza. Todo esto nos hace parecer a los habitantes de Jerusalén en el Viernes Santo, porque con nuestros pecados, volvemos a crucificar a Jesús.
Le prometamos entonces a Jesús que vamos a tratar de nunca más pecar, para no crucificarlo, y que además vamos a hacer todo el esfuerzo para vivir en el amor y en el bien, dando amor y bondad a los que nos rodean.