Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 18 de octubre de 2015

El Evangelio para Niños: Los amigos de Jesús le piden ir al cielo




(Domingo XXIX - TO - Ciclo B - 2015)

         Dos de los amigos de Jesús, Santiago y Juan, que eran hermanos, le piden a Jesús ir al cielo y sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús (cfr. Mc 10, 35-45). Jesús no les dice que no, pero les pregunta si pueden hacer dos cosas: si pueden beber del cáliz que Él ha de beber, y si pueden recibir el bautismo que Él va a recibir.
¿Qué cáliz tiene que beber? El cáliz de la Última Cena, que es el cáliz de la Pasión, y es un cáliz amargo espiritualmente, porque quiere decir que Jesús va a ser traicionado, encarcelado, juzgado, condenado a muerte, flagelado, coronado de espinas y luego crucificado.
¿Qué bautismo tiene que recibir? No es el bautismo del Jordán, que era de agua; ahora va a ser bautizado con su propia Sangre, porque cuando lo coronen de espinas, como esas espinas son tan grandes, gruesas y filosas, le van a hacer salir mucha sangre y con esa sangre va a ser bautizado. Además, de su Cuerpo va a salir mucha sangre también, a causa de los golpes, los latigazos y todas las heridas que se le produzcan cuando Él, cargando con la cruz, caiga por el camino del Calvario.
Para ir al cielo, dice Jesús, tienen que beber de mi cáliz y recibir mi bautismo; es decir, tienen que estar al lado suyo en el Via Crucis y después, arrodillados, junto a la cruz, para ser bañados por la Sangre de Jesús.
Los amigos de Jesús, Santiago y Juan, que aman mucho a Jesús, dicen: “Podemos”, porque ellos están dispuestos a seguir a Jesús por el camino de la cruz y también están dispuestos a estar arrodillados, al pie de la cruz, besando los pies ensangrentados de Jesús, para ser bañados con su Sangre. Esto que piden los amigos de Jesús, también debemos pedirlo nosotros: seguir a Jesús por el camino de la cruz y ser bañados con su Sangre, para que así podamos llegar al cielo.

Por último, los otros diez, se enojan con Santiago y Juan, pero Jesús les dice que no se tienen que enojar, porque tienen que hacer lo mismo que Santiago y Juan, beber del cáliz y recibir su bautismo de Sangre. Sólo el que hace esto, es agradable a los ojos de Dios; el que hace esto, es perfecto a los ojos de Dios.

jueves, 20 de agosto de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado[1]  
         Doctrina
         ¿Por qué quiso sufrir tanto Jesucristo en la Pasión y en la cruz? Jesucristo quiso sufrir tanto en la Pasión y en la cruz para mostrarnos más su amor e inspirarnos horror al pecado.
Dos ejemplos para entender esto: “para demostrarnos más su amor”, se entiende como cuando un esposo ama a su esposa (o viceversa): no es lo mismo que le diga: “Te amo mucho”, pero cuando la esposa tiene alguna necesidad se queda cruzado de brazos, a decirle: “Te amo mucho” y cuando tiene alguna necesidad, hace de verdad todo tipo de esfuerzos y sacrificios para auxiliarla: en el primer caso, no demuestra el amor, en el segundo, sí; pues bien, esto es lo que hizo Jesucristo al morir en la cruz por nosotros, y es demostrarnos hasta dónde llega su amor: hasta la muerte de cruz, que es una muerte dolorosa y humillante. Para que nos demos una idea de cuánto sufrió Jesús en la cruz, tenemos que pensar que el dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo[2]. Se tuvo que inventar una nueva palabra llamada “excruciante” (que significa “de la cruz”) para describir semejante dolor[3].
         “Para inspirarnos horror al pecado”: todos nuestros pecados fueron cargados sobre sus espaldas; quiere decir que Él sufrió el castigo que cada uno de nosotros merecía, ante la Justicia Divina. Si queremos saber qué consecuencias tiene un pecado nuestro, elevemos nuestra mirada a Jesús crucificado y contemplemos todas y cada una de sus llagas, porque Él “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53, 1-12). Entonces, somos nosotros y nadie más que nosotros la causa de sus heridas: si Jesús está en la cruz, con tantas heridas y golpes y con su Sangre vertiendo por sus heridas, es por causa de nuestros pecados y cada pecado nuestro es una herida en el Cuerpo de Jesús crucificado. Esto tiene que llevarnos al propósito de no pecar más, con tal de no seguir hiriendo a Nuestro Señor. Al verlo crucificado, movidos por el Amor del Espíritu Santo, deberíamos decir, con Santa Teresa de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte/Tú me mueves, Señor,/ muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido,/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./
         ¿Por quiénes padeció Jesucristo? Jesucristo padeció y murió por todos y cada uno de los hombres, desde Adán, hasta el último hombre nacido en el Último Día. Toda la Pasión la sufrió de modo individual por cada uno de nosotros, de manera tal que si sólo nosotros hubiéramos pecado en todo el mundo, Él se habría encarnado y sufrido la Pasión sólo por nosotros.
         ¿Dónde y cuándo murió Jesucristo? Jesucristo murió sobre el Calvario en Jerusalén, la tarde del Viernes Santo. Según la Tradición, la cruz fue clavada en el Monte Calvario, en el mismo sitio en donde Adán fue enterrado, de manera tal que la Sangre de Jesucristo, cayendo desde la cruz, se infiltró por la tierra hasta llegar a Adán, para darle nueva vida, la vida eterna.


La crucifixión, de Fra Angelico
En esta imagen vemos representada la crucifixión de Jesús. El cráneo que se observa abajo es, según la Tradición, el cráneo de Adán. Al tomar contacto con la Sangre de Jesús, Adán es vuelto a la vida, al recibir la vida eterna. Después de haber sufrido toda suerte de insultos y burlas, al llegar Jesús al Calvario le despojaron de sus vestiduras y con fuertes clavos sujetaron sus manos y pies a la cruz.
El Señor, después de ser crucificado y puesto entre dos ladrones, estuvo tres horas en agonía; y después de haber pronunciado siete palabras, que encierran sublimes y sobrenaturales enseñanzas, expiró a las tres de la tarde. Por eso la Hora de la Divina Misericordia es a las tres de la tarde.
He aquí las siete palabras que dijo Jesús en la cruz:
1ª. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Jesús pedía perdón al Padre por todos y cada uno de nosotros, que fuimos los que lo crucificamos. En vez de pedir justicia y venganza a Dios, Jesús pide perdón para nosotros, y ése es el fundamento de porqué tenemos que perdonar a nuestros enemigos: porque Jesús nos perdonó primero desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos.
2ª. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). Jesús promete al buen ladrón el paraíso, porque se arrepintió a tiempo, antes de morir y así se convirtió en uno de los primeros santos en ser redimidos por la Sangre de Jesús. Como el buen ladrón, también nosotros debemos reconocer a Jesús como nuestro Salvador, para escuchar de sus labios estas dulces palabras, el día de nuestra muerte: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
3ª. “He aquí a tu Madre. Mujer, he aquí a tu hijo” (Jn 19, 26-27). Jesús nos dona a su Madre, como Madre nuestra del cielo, porque en Juan estábamos todos representados. ¡Hasta dónde llega el amor de Jesús por nosotros, que nos regala lo que más amaba en la tierra, su amantísima Madre, la Virgen María! ¡Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, haz que seamos dignos hijos tuyos, nacidos para el cielo al pie de la cruz!
4ª. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 6). En realidad, Dios nunca abandonó a Jesús, pero permitió que Jesús experimentara el abandono, para que nosotros supiéramos que Dios está siempre con nosotros y nunca nos abandona. Un detalle: si Dios Padre parece abandonar a Jesús –aunque en realidad no lo hace nunca-, la Virgen permanece siempre al pie de la cruz, y eso es un consuelo para nosotros, porque sabemos que nuestra Madre del cielo nunca nos abandona, así como no abandonó a su Hijo Jesús cuando agonizaba y moría en la cruz.
5ª. “Tengo sed” (Jn 19, 28). Como consecuencia de la abundante pérdida de Sangre, Jesús experimenta, entre otras cosas, una sed ardentísima; escuchándolo decir: “Tengo sed”, los soldados le alcanzan para beber una esponja con agua, mezclada con vinagre y con un calmante para los dolores. Sin embargo, Jesús se niega a beber, porque la sed más ardiente de Jesús no es la del Cuerpo, sino la de su Corazón: es su Corazón Sagrado el que siente sed del amor de los hombres, y los hombres, en vez del agua pura del amor a Dios, le dan vinagre, es decir, la malicia y el rechazo de Dios, porque eso es lo que representa el vinagre: la malicia de nuestros pecados, que da sabor agrio al agua, es decir, a la vida, cuyo Autor es Jesús, el Hombre-Dios. Jesús rechaza también el calmante y esto lo hace para sufrir hasta lo último, por nuestro amor y por nuestra salvación. ¡Jesús, cuánto has sufrido por nosotros, con dolores inconcebibles e inimaginables! ¡Permite, por los dolores de tu Madre, que saciemos tu sed de amor con la acción de gracias y con el amor de nuestro pobre corazón!
6ª. “Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Con estas palabras, Jesús revela que el sacrificio en el tiempo, por el cual habría de salvarnos, está consumado; significa que, desde ahora, sus brazos abiertos en la cruz nos descubren su Sagrado Corazón, Puerta de la eternidad, que será traspasado por la lanza, para abrirnos paso al Reino de los cielos. Jesús ha cumplido con la Voluntad del Padre, dando hasta la última gota de su Sangre por nuestra salvación; Jesús ha cumplido el tiempo de su Pasión, por medio de la cual nos obtuvo una eternidad de alegría y de bienaventuranzas; Jesús. ¡Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, nos abriste las puertas del cielo!
7ª. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Luego de decir estas palabras, Jesús muere en la cruz. Al producirse su muerte, el universo todo muestra su luto y su dolor al oscurecerse el sol y temblar la tierra, demostrando así con estos prodigios, que el que moría en la cruz no era un hombre más entre tantos, sino el Hombre-Dios. Jesús ha cumplido su misterio pascual: venía del Padre, ahora retorna al Padre, desde donde inhabita por la eternidad. Que siempre, pero sobre todo en la hora de nuestra muerte, seamos revestidos de la Sangre de Jesús, para que a imitación suya encomendemos, por manos de María, nuestra alma al Padre, para que el Padre, viéndonos revestidos de la Sangre del Cordero, bese nuestras almas con el sello de su Amor, el Espíritu Santo, y así comencemos a vivir en la felicidad eterna del Reino de los cielos.
Además, como consecuencia de su sacrificio redentor, algunos muertos resucitaron, liberados por Él del Hades, el limbo de los justos del Antiguo Testamento, indicando así el accionar de la Divina Misericordia a través de Jesús; sin embargo, para otros, la Divina Misericordia daba paso a la Justicia Divina, y fue así como el velo del templo se rasgó de arriba abajo, sin que nadie lo tocara, indicando que finalizaba la Ley Antigua, para dar paso a la Ley Nueva de la gracia santificante.
Práctica: tendré presente siempre la muerte de Jesús en la cruz y cuánto sufrió por mi amor, para cumplir el propósito de no pecar más, para no herirlo más en la cruz. Imitaré su ejemplo de sufrir sin quejarse, y aún gustoso, porque así nos redimía y nos conducía al cielo, reparando ante el Padre las ofensas del pecado, al tiempo que nos abría las puertas del cielo, dándonos ejemplo extraordinario de paciencia, conformidad y penitencia. A imitación suya, no solo no me quejaré ante las dificultades, sino que todo lo sufriré en unión con su Pasión y Muerte en cruz, para salvar a mis hermanos.
También, cuando pase ante una cruz, saludaré a mi Redentor diciendo: “Te adoramos, Señor y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste el mundo”.
Palabra de Dios: “Cargó con nuestras iniquidades y sufrió por nuestros pecados” (Is 53, 5-6). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito, para que sea salvo por Él” (Jn 3, 17). “Dios nos ha arrebatado del poder de las tinieblas para llevarnos al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados” (Col 1, 13-14). “Nos amó y se entregó a la muerte por nosotros” (Gál 2, 20). “Cristo padeció por nosotros…” (2 Pe 2, 21). “Él es propiciación por nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2).
Ejercicios bíblicos: Mc 10, 45; Lc 23, 33; Jn 3, 16; Rom 8, 18.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.
[2] Cfr. http://www.corazones.org/jesus/sufrimientos_pasion_medicina.htm
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 27 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIX) Jesús entrega su Cuerpo en la Cruz y en el altar para salvarnos



“Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”.

Cuando el sacerdote pronuncia estas palabras, tenemos que estar muy atentos, porque es Jesús quien las pronuncia a través del sacerdote. Por eso el sacerdote no dice: “Esto es el Cuerpo de Jesús”, sino que dice: “Esto es mi Cuerpo”, y no está diciendo que es el cuerpo suyo, el del sacerdote, sino el de Jesús. Si el sacerdote hablara por sí mismo, diría: “Esto es el Cuerpo de Jesús”, pero no lo dice; por el contrario, dice: “Esto es mi Cuerpo”, porque el que pronuncia esas palabras, es Jesús. Es Jesús quien habla a través del sacerdote; es la Persona divina del Hijo de Dios el que habla a través del sacerdote ministerial.
Sabiendo entonces que es Jesús en Persona el que habla, ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir Jesús cuando dice que su Cuerpo será “entregado” por nosotros?
Para entender porqué Jesús dice que su Cuerpo será entregado por nosotros, y para saber también porqué la Misa es un “sacrificio”, tenemos que pensar primero en Dios, en su infinita bondad, y en cómo le responden los hombres.
Primero, hay que saber que Dios es infinitamente bueno, y esto quiere decir que nunca nada de lo que Él piense, desee, haga, o diga, puede ser malo, porque sino, dejaría de ser Dios. Si Dios pudiera desear algo malo, aunque sea pequeñísimo, ya no sería Dios, por eso, para que Dios sea Dios, tiene que ser incapaz de nada malo. Dios puede permitir que nos pase algo que llamamos “malo”, pero es solo porque Él puede convertir, con su infinito poder, a eso “malo” en algo bueno para nosotros. Dios permite el mal, porque por su poder puede sacar grandes bienes para nosotros, pero eso no quiere decir que pueda o quiera hacer el mal. Entonces, todo lo que recibimos de Dios, es producto de su infinita bondad, y no hay nada que de Él recibamos –así sean tribulaciones- que no provenga de su infinita bondad y de su infinito amor.
Pero a pesar de esto, el hombre, frente a su bondad, responde con el pecado, es decir, pensando el mal, deseando el mal, haciendo el mal, y portándose mal. Como Dios quiere mucho al hombre, lo perdona siempre, pero muchas veces el hombre no quiere arrepentirse, y sigue obrando el mal. Esto lo vemos todos los días, con los asaltos, robos, guerras, etc.
Esto sucede porque Adán y Eva, en el Paraíso, en vez de escuchar la Voz de Dios, escucharon el silbido de la serpiente, Satanás, y así perdieron el Paraíso y la gracia, cometiendo un pecado que se llama "original". A causa de este pecado, Dios decidió cerrar la puerta de los cielos y dejar que Adán y Eva se fueran, porque ellos perdieron el Paraíso por propia voluntad. A partir de entonces, entró el mal en el mundo, y es así como los hermanos se pelean entre ellos, como sucedió con Caín y Abel, y es así también como entró la mentira, la falsedad, el engaño, y toda clase de males. Por el pecado de Adán y Eva, Dios decidió cerrar las puertas del Paraíso a todos los hombres, y por eso nadie podía entrar. Y no solo eso, sino que, además de cerrarse las puertas del Paraíso, se abrieron las puertas del infierno, adonde estaban condenados todos los hombres al morir, porque sin la gracia de Dios, perdida por el pecado original, además de no poder entrar en el Cielo, todos los hombres, iban a ir al infierno, luego de esta vida.
Esto sucedió porque Dios es infinitamente bueno, pero también es infinitamente justo y respeta lo que el hombre elige, y si el hombre quiere portarse mal y no quiere hacer el bien, y si quiere escuchar el silbido de la serpiente antigua, Satanás, en vez de su Palabra, Dios deja que el hombre haga su voluntad, pero el precio de hacer el mal en esta vida, sin arrepentirse, es, en la otra vida, en el infierno. Dios no puede dejar de dar a cada uno lo que cada uno quiere, y el que quiere obrar el mal y no se arrepiente, es porque quiere vivir en el infierno, y Dios le da a cada uno lo que cada uno quiere y merece con sus obras: para los malos que no se arrepienten, les da el infierno, porque delante suyo, en los cielos, no puede haber nadie que tenga un corazón malo, envidioso, rencoroso, pendenciero, desobediente.
Como toda la humanidad, después del pecado de Adán y Eva, estaba condenada a la perdición, para que todos nos salvemos, y para que nadie vaya al infierno, Jesús, que es Dios Hijo, vino a esta tierra, "entró" dentro de un cuerpo humano, y se puso en lugar nuestro, por amor, dejando que la Justicia divina lo castigue a Él en vez de a nosotros, para así conseguirnos el perdón divino y el Cielo. Cada pecado que cometemos, sea venial, y mucho más, el mortal, merece un castigo de la Justicia Divina. Jesús entrega su Cuerpo para que la Justicia de Dios lo castigue a Él y no a nosotros, y es por eso que el Cuerpo de Jesús es flagelado, golpeado, y Él es coronado de espinas, y crucificado. Como cada pecado merece un castigo, y como los castigos que merecemos nosotros los recibe Jesús en lugar nuestro, el Cuerpo de Jesús es golpeado en la Pasión. Cada golpe que recibe Jesús, representa un pecado nuestro. Por ejemplo, una mentira leve, un enojo, o cualquier pecado venial, pueden ser una bofetada recibida en el rostro de Jesús; un mal pensamiento, es una espina de la corona de espinas, y así con todos; los pecados mortales, por el contrario, son los golpes más fuertes que recibe Jesús, como las trompadas en la cara, los latigazos, los clavos en las manos y en los pies. Jesús recibe en su Cuerpo el castigo que merecemos nosotros, por nuestros pecados, para que la Justicia de Dios no nos haga nada.
Por eso es que Jesús dice que “entrega” su Cuerpo: lo entrega en la Cruz y en el altar, para que seamos perdonados por Dios y para que Él derrame su Espíritu de Amor divino en nuestros corazones. Y todo esto lo hace Jesús no porque tenga necesidad de nosotros, ni porque alguien lo obligue, sino porque nos ama con un amor infinito, sin medida, más grande que todos los cielos y que todos los universos juntos.
Cuando escuchemos entonces las palabras de Jesús dichas con la voz del sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”, pensemos en la Pasión de Jesús, en cómo Él sufre por causa nuestra, y le agradezcamos, con toda la fuerza del corazón, por su infinito amor, y hagamos el propósito de morir antes que pecar.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Adviento para Niños y Adolescentes (III)



En Adviento nos preparamos espiritualmente para recibir a Dios Hijo que viene a nuestro mundo como un Niño, sin dejar de ser Dios. En Adviento tenemos que prepararnos para que nuestro corazón sea como un Nuevo Belén, como un Belén de carne en donde el Niño, traído por la Virgen María, pueda nacer por la gracia.
Y cuando el Niño nazca, abrirá sus bracitos en el Pesebre, para darnos su Amor, porque vino solamente para eso: para darnos su Amor. El Niño que abre sus bracitos en el Pesebre de Belén para abrazarnos, es el mismo que, años después, cuando sea grande, abrirá también sus brazos para abrazarnos, pero no ya en un pesebre, sino en la Cruz, para llevarnos a todos al Cielo.
El Niño de Belén viene para darnos su Amor, y por eso abre sus brazos en el Pesebre, y abre sus brazos en la Cruz, para abrazar a toda la humanidad y llevarla al Cielo, hasta la Casa de Dios Padre, por medio del Espíritu de Amor.
Es decir, el Niño Dios viene a darnos su Amor, muriendo en la Cruz para perdonarnos nuestros pecados y así poder llevarnos al Cielo. Si Él no hubiera hecho esto, las puertas del Cielo habrían quedado cerradas para siempre para nosotros.
Él viene a darnos Amor.
¿Y qué es lo que le dan los hombres, sobre todo los niños?
Hubieron muchos santos que vieron al Niño recién nacido y cómo era tratado por los niños principalmente. Uno de estos santos es, por ejemplo, la Beata Ana Catalina Emmerich[1].
Dice así esta santa: “Lo vi recién nacido (al Niño Dios) y vi a otros niños venir al pesebre a maltratarlo. La Madre de Dios no estaba presente y no podía defenderlo. Llegaban con todo género de varas y látigos y le herían en el rostro, del cual brotaba sangre y todavía presentaba el Niño las manos como para defenderse benignamente; pero los niños más tiernos le daban golpes en ellas con malicia. A algunos sus padres les enderezaban las varas para que siguieran hiriendo con ellas al Niño Jesús. Venían con espinas, ortigas, azotes y varas de distinto género, y cada cosa tenía su significación (…)Vi crecer al Niño y que se consumaban en Él todos los tormentos de la crucifixión. ¡Qué triste y horrible espectáculo! Lo vi golpeado y azotado, coronado de espinas, puesto y clavado en una cruz, herido su costado; vi toda la Pasión de Cristo en el Niño. Causaba horror el verlo. Cuando el Niño estaba clavado en la cruz, me dijo: "Esto he padecido desde que fui concebido hasta el tiempo en que se han consumado exteriormente todos estos padecimientos”.
La Beata Ana Catalina nos muestra entonces al Niño recién nacido que es golpeado por muchos otros niños, con toda clase de varas y látigos, y nos dice también que eso tiene un “significado”. ¿Qué significa esta escena de los niños con varas y látigos que golpean al Niño Dios? Los niños que golpean a Jesús somos todos los hombres, los que ahora son niños, y los que alguna vez fueron niños y ahora son adultos.
¿Y los golpes, qué significan? Los golpes que el Niño recibe por parte de otros niños, significan todos nuestros pensamientos, deseos y obras malas: nuestros berrinches, enojos, peleas con hermanos y amigos, malas contestaciones a los padres, a los maestros y a los mayores, egoísmos, mezquindades, deseos de devolver mal con mal, venganzas, mentiras, rencores, pereza, vagancia, prejuicios, malos juicios al prójimo, etc.
Los golpes que recibe el Niño Dios, recién nacido, son entonces todas las cosas malas que todos los hombres, varones y mujeres, de todos los tiempos, hicieron en su niñez, incluidos los que ahora son niños.
Esto es así porque el corazón humano, sin Dios, se vuelve malo y egoísta, y de él salen muchas cosas malas, como dice Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 14-23).
         Por eso es que Jesús nos dice que aprendamos de su Corazón: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Si nuestro corazón no es como el de Jesús, manso y humilde, entonces es malo, agresivo y soberbio, y un corazón así nunca podrá entrar en el Cielo.
A medida que se acerca Navidad, los comercios ofrecen más y más regalos, y por eso los niños empiezan a pedir cosas al Niño Dios. Pero nosotros no tenemos que ser así. Más que pedir regalos, tenemos que ofrecerle algo al Niño Dios. ¿Y qué regalo le podemos dar al Niño Dios?
Los niños de la visión de Ana Catalina le daban al Niño golpes y más golpes, pero no es eso lo que queremos darle: queremos darle Amor en vez de golpes. ¿Cómo seríamos capaces de golpear a un niño recién nacido?
Hagamos la promesa a la Virgen María, que nos trae a su Hijo, y a Jesús, que va a nacer en Navidad, que vamos a tratar de ser buenos con todos: con nuestros padres, respondiéndoles bien y obedeciendo en todo, y aún más, ofreciendo alguna ayuda antes de que nos pidan algo; con nuestros hermanos, siendo buenos y generosos, compartiendo nuestras cosas y nuestro tiempo, respetándolos y amándolos, y perdonándolos si nos ofenden, y pidiéndoles perdón si los ofendemos; con cualquier prójimo, tratar de amarlo como lo haría el mismo Jesús, ayudando a quien lo necesite, en la medida de nuestras posibilidades.
Que en este tiempo de Adviento que nos queda nos sirva para obra el bien, para preparar nuestro corazón, para que cuando venga el Niño Dios, le ofrezcamos nuestro corazón y junto con él nuestro amor, en vez de palos y golpes, como los niños de la visión de Ana Catalina.


[1] Cfr. Beata Ana Catalina Emmerich, Nacimiento e infancia de Jesús. Visiones y revelaciones, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 2004, 165-166.

viernes, 20 de mayo de 2011

Los nombres de la Misa (III): Memorial

La Santa Misa
se llama "Memorial",
porque el Espíritu de Dios
hace viva y presente
la Pasión de Amor
de Jesús Salvador.

Ya vimos dos de los nombres de la Misa: “Santo sacrificio del altar”, y “Banquete Eucarístico”. Ahora vamos a ver un tercer nombre, y es el de “Memorial”. Es la Santa Iglesia quien le da este nombre a la Misa, porque después de la consagración del pan y del vino, el sacerdote dice: "Así, Padre, al celebrar ahora el MEMORIAL de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación..." (cfr. Misal Romano, Plegariua Eucarística II, pág. 516)¿A qué suena esta palabra? ¿A qué nos hace acordar? Suena a la palabra “memoria”, y algo tiene que ver con la memoria, pero es un poco distinto.

Veamos qué pasa con la memoria, para saber porqué le decimos a la Misa que se llama “Memorial”. Cuando hacemos memoria, recordamos, o nos acordamos, de algo que pasó, y que quedó ahí, en nuestro cerebro, almacenado. La memoria es como una habitación con varias repisas, y en las repisas se guardan carpetas con hojas: las carpetas con hojas son las cosas que vivimos, y que nos impresionaron por algo, y por eso nos acordamos. En esta habitación, dejamos los malos recuerdos al fondo, en la oscuridad, mientras que hacemos lugar para los buenos recuerdos en la parte central de la habitación. Cuando “hacemos memoria”, es como entrar en esa habitación, ir a una repisa, tomar una carpeta, abrirla y mirar dentro lo que hay. Por supuesto que no buscamos los malos recuerdos, sino solamente los buenos. Lo que tenemos que tener en cuenta es que el recuerdo es solo recuerdo, es decir, por más que nos acordemos, eso que nos acordamos, no se vuelve a hacer realidad, porque está solo en nuestra memoria.

Todos los días usamos la memoria, porque la necesitamos para muchas cosas, por ejemplo, para acordarnos dónde dejamos la cartuchera, el cuaderno, la mochila. ¿Se imaginan si alguien se olvidara a cada momento de lo que hizo? No se podría vivir. Otras veces, usamos la memoria para acordarnos de cosas lindas, como por ejemplo, cuando hicimos aquel gol espectacular, después de pasar a cinco rivales del equipo contrario, o de cuando hicimos esa excursión que estuvo re-divertida, o de cuando fuimos a ese cumpleaños que la pasamos re-bien con todos nuestros amigos. También usamos la memoria para acordarnos de los seres queridos, y de todos los que conocimos, sabiendo que de las personas sólo hay que acordarse de lo buenas que son, y nunca de sus defectos.

Usamos la memoria también para acordarnos de los hechos de los héroes del pasado, como por ejemplo, el cruce de la Cordillera de los Andes, de San Martín, o la creación de la Bandera Nacional, con los colores de la Virgen Inmaculada de Luján, por Belgrano, o las batallas que pelearon los soldados argentinos en el Combate de Obligado, o en las Islas Malvinas.

¿Y en la Misa? La Misa se llama “Memorial” porque hacemos “memoria”. ¿Y de qué nos acordamos en la Misa? En la Misa, el “Memorial”, hacemos “memoria”, es decir, nos acordamos, de lo que Jesús hizo por nosotros, por nuestra salvación. Pero la diferencia con los recuerdos es que, aunque nos acordemos, los recuerdos son solo recuerdos, no son la realidad, en cambio, en la Misa, en el “Memorial”, el recuerdo se hace realidad, por el poder de Dios.

En la Misa nos acordamos que Jesús hizo un gran sacrificio por nosotros, el más grande que ninguno pueda hacer, y es el sacrifico de su vida, en la cruz; nos acordamos que, así como entregó su vida en la cruz y derramó su sangre, así en la Misa entrega su Cuerpo en la Hostia, y derrama su Sangre en el cáliz; en la Misa nos acordamos de Dios Padre, porque es Él quien nos invita a su Banquete, el Banquete Eucarístico, en donde se nos sirve un manjar exquisito, venido del cielo: carne de Cordero, asada en el fuego de Espíritu Santo; Pan de Vida eterna, el Cuerpo de Jesús resucitado en la Hostia, y Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es la Sangre de Jesús, y es un vino que los niños y jóvenes sí pueden tomar, porque es un vino que no es vino, sino la Sangre de Jesús; en la Misa, que es “Memorial”, nos acordamos del Amor de Jesús, porque todo esto que Jesús hace en la Misa no lo hace por obligación, sino porque nos ama con un amor enorme, que no tiene medidas, como un océano sin playas.

En la Misa como "Memorial" nos acordamos de la Pasión de Jesús, por medio de la cual derramó su Amor sobre todos los hombres.