Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 1 de julio de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús resucita a la hija de Jairo y demuestra que es Dios



(Domingo XIII - TO - Ciclo B – 2018)

“¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!” (Mc 5, 21-43). En este Evangelio, Jesús hace un milagro que se llama “de resurrección”, porque vuelve a la vida a una niña que estaba muerta y con este milagro Jesús demuestra que es Dios, porque nadie más que Dios puede hacer este tipo de milagros. ¿En qué consiste el milagro? Para saberlo, tenemos que saber qué sucede cuando una persona muere: su alma se separa del cuerpo y como el alma es la que tiene vida –y por eso sigue viva después de la muerte-, el cuerpo se queda sin vida. Sucede algo parecido a como cuando a un robot se le quita la batería, por ejemplo.
         A la niña del Evangelio le había pasado que se había enfermado gravemente y mientras su papá, que se llamaba Jairo, iba a verlo a Jesús para pedirle que la cure, se agrava todavía más y termina por morir.
         Cuando Jesús llega, todos están llorando porque la niña ha muerto. Jesús entra con sus papás, con Santiago y Juan y toma la mano de la niña mientras le dice: “Talitá kum”, que quiere decir: “¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!”. En ese instante, la niña volvió a la vida y comenzó a caminar. ¿Qué es lo que sucedió? Lo que sucedió fue que Jesús, que es Dios, con su poder de Dios, hizo que el alma volviera a unirse al cuerpo de la niña. Como esto es algo que solo Dios lo puede hacer, con este milagro Jesús demostró que es Dios. Jesús le dijo a la niña: “Niña, Yo Soy quien te creó, ordeno que tu alma se una nuevamente a tu cuerpo, para que vuelvas a la vida y así me glorifiques”. El alma de la niña, escuchando la voz de su Creador, hizo lo que Jesús le decía y así volvió a la vida.
         Algo muy importante que tenemos que tener en cuenta es que el papá de la niña, Jairo, tenía mucha fe en Jesús: él sabía que Jesús era Dios y que tenía el poder de hacer este milagro y por eso, porque sabía que era Dios, se postró ante su Presencia, adorándolo. Sólo ante Dios debemos postrarnos y sólo a Él debemos adorarlo.
         Nosotros, como Jairo, el papá de la niña, también debemos tener fe en que la Eucaristía es el mismo y único Jesús, el Jesús que es Dios y que volvió a la vida a la niña en el Evangelio y por eso debemos postrarnos ante la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo Dios y debemos darle gracias por su infinito amor, porque recibir su Cuerpo y su Sangre en la comunión es un milagro del Amor de Jesús por nosotros muchísimo más grande que volver a la vida a un cuerpo.

domingo, 25 de octubre de 2015

El Evangelio para Niños: “Jesús, que yo te pueda ver”


(Domingo XXX – TO – Ciclo B – 2015)

         En este Evangelio, un ciego llamado Bartimeo, al escuchar que es Jesús el que pasa, se pone a llamarlo a los gritos. A pesar de que muchos le dicen que se calle, Bartimeo, grita cada vez más fuerte, para que Jesús lo escuche. Efectivamente, Jesús lo escucha, lo hace llamar y le pregunta si qué quiere que haga por él. Bartimeo, que es ciego, le pide ver: “Maestro, que yo pueda ver”. Jesús le concede lo que le pide y Bartimeo se pone a seguirlo a Jesús.
         Tenemos mucho que aprender de Bartimeo, sobre todo, la fe que tiene en Jesús: sabe que Jesús es Dios, porque ha escuchado hablar de los otros milagros que hizo Jesús –multiplicó panes y peces, resucitó muertos, calmó la tormenta- y como sabe que esos milagros sólo los puede hacer Dios, entonces, si Jesús los hizo, Jesús es Dios; Bartimeo sabe que Jesús es Dios y que tiene el poder de curarle su ceguera y por eso lo llama a los gritos. Esta fe Bartimeo, es la fe que tenemos que tener nosotros: Jesús es Dios.
         No se desanima, ni porque él mismo es ciego –y esto es una gran prueba para él, porque es una de las cosas más difíciles para todo hombre-, ni tampoco porque muchos de los discípulos de Jesús le dicen que se calle. Bartimeo grita todavía más fuerte, hasta que Jesús lo escucha, y así nos da ejemplo de cómo tiene que ser nuestra oración: perseverante y confiada, porque aunque Jesús tarde en responder, siempre responderá. Bartimero nos enseña a no desanimarnos frente a las dificultades y a rezar siempre a Jesús, seguros de que, tarde o temprano, Jesús escuchará nuestras peticiones, si son convenientes para nuestra salvación.
         Cuando Bartimeo está frente a Jesús, aunque Jesús sabe qué es lo que le va a pedir Bartimeo, lo mismo le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”, y así nos enseña que también a nosotros, cuando llamamos a Jesús por la fe, Jesús nos pregunta, en lo más profundo del alma: “¿Qué quieres que haga por ti?”, y esto porque Jesús nos ama y quiere darnos aquello que nos conviene para nuestra salvación. Bartimeo nos enseña a tener confianza en el amor misericordioso de Jesús.
         Por último, Bartimeo era ciego de los ojos del cuerpo, pero no ciego del alma, porque la vista del alma es la fe: por la fe, podemos ver que Jesús es Dios. Nosotros, muchas veces vemos con los ojos del cuerpo, pero somos ciegos con los ojos del alma, porque o no tenemos fe, o tenemos una fe muy débil. Entonces, cuando Jesús nos pregunte: “¿Qué quieres que haga por ti?”, le tenemos que pedir la luz de la fe, para poder verlo en la cruz y en la Eucaristía.

         Cuando Jesús nos pregunte: “¿Qué quieres que haga por ti?”, le digamos así: “Jesús, Maestro, que yo te pueda ver en la cruz, porque allí me das tu Sangre, que es la vida para mi alma; Jesús, Maestro, que yo te pueda ver en la Eucaristía, porque allí eres el Pan del cielo que me da una nueva vida”.

sábado, 25 de julio de 2015

El Evangelio para Niños: Jesús multiplica panes y pescados



(Domingo XVII – TO - Ciclo B – 2015)

¿Qué hace Jesús en el Evangelio de hoy? Un gran milagro: multiplica panes y pescados y les da de comer a mucha gente.
¿A cuánta gente le dio de comer en total? El Evangelio dice que eran 5.000, pero además estaban las mujeres y los niños, eso quiere decir que multiplicó panes y peces para unas 10.000 o 15. 000 personas.
Pero más importante que saber a cuánta gente dio de comer, es saber que Él lo hizo porque Jesús es Dios: Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Si no tuviera el poder de Dios y si no fuera Dios, no podría hacerlo.
         ¿El Evangelio qué dice que hace la gente cuando termina de comer? Quieren hacerlo rey a Jesús.
¿Y qué hace Jesús? ¿Se deja coronar por la gente? No, porque el Evangelio dice que Jesús, sabiendo que querían hacerlo rey, “se retiró solo a la montaña”. Jesús no deja que lo nombren rey. Jesús hizo este milagro con mucho amor, porque todo lo que hace Jesús, lo hace por Amor; no lo hizo por interés y para que lo nombren rey.
Entonces, el Evangelio nos dice que Jesús, porque quería mucho a esa gente, multiplicó milagrosamente, con su poder de Dios, panes y pescados, y dio de comer a todos los que estaban ahí, unas 10.000 o 15. 000 personas; la Escritura nos dice también que ellos, en agradecimiento porque Jesús les dio de comer pan de cebada y carne de pescado, lo quisieron hacer rey, pero Jesús no los dejó y subió solo a la montaña.
Y ahora, nos preguntemos: ¿qué hace Jesús en la Misa por nosotros?
         Comparemos qué hace Jesús por la gente en el Evangelio y qué hace por nosotros en la Santa Misa y veremos que con nosotros, Jesús se porta con mucho más amor que con la gente del Evangelio de hoy.
Jesús nos trata con más amor que a ellos, porque a ellos les da de comer sólo pan, un pan común, más carne de pescado; a nosotros, nos alimenta con el Pan de Vida eterna y con la Carne del Cordero de Dios, la Eucaristía. Para ellos, multiplicó pan de cebada y carne de pescado; para nosotros, multiplica su Presencia en la Eucaristía, porque multiplica el Pan de Vida eterna y la Carne del Cordero de Dios.
Pero hay otra cosa que tenemos que saber, para darnos cuenta de cuánto nos ama Jesús. Cuando la gente del Evangelio se dio cuenta de que Jesús les había dado de comer milagrosamente, lo quiso hacer rey, pero, como vimos, Jesús subió a la montaña y no dejó que lo nombraran rey; en cambio, con nosotros se porta de una manera distinta: baja desde el cielo hasta la Eucaristía, para que después nosotros lo entronicemos a Él en nuestros corazones, porque Jesús sí quiere ser el rey, el Único Rey de nuestros corazones. Ahí nos damos cuenta entonces de cuánto nos ama Jesús: no se dejó coronar rey por la gente del Evangelio, pero en cambio sí quiere que nosotros lo hagamos rey de nuestros corazones.
¿Qué vamos a hacer? Simplemente, copiar a la gente del Evangelio y darle gracias porque nos alimenta con el Pan de Vida eterna y con la Carne del Cordero, la Eucaristía, y nombrarlo Nuestro Rey.
Le pidamos entonces, a la Mamá de Jesús, la Virgen, que nos ayude para que nuestros corazones sean un altar en donde lo adoremos a Jesús Eucaristía y que Él sea el Único Rey de nuestros corazones.


domingo, 10 de agosto de 2014

El Evangelio para Niños: “Quédense tranquilos, Soy Yo, no tengan miedo”


(Domingo XXIX –TO – Ciclo A – 2014)
         El Evangelio de hoy nos cuenta de una vez que Jesús venía caminando sobre el agua, y los amigos de Jesús, que estaban en el barco, cuando lo vieron que venía caminando sobre el agua, se asustaron mucho y comenzaron a gritar, porque creían que era un fantasma. Además, había mucho viento y las olas del mar eran muy altas, y la barca se movía para muchos lados y como entraba mucha agua, parecía que estaban por hundirse.
Entonces Jesús, como veía que sus amigos estaban con mucho miedo, les dijo que se tranquilizaran, que era Él y que no tenían nada de qué temer: “Quédense tranquilos, Soy Yo, no tengan miedo”. Después, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, si eres Tú, mándame a ir a tu encuentro sobre el agua”. Y Jesús le dijo que fuera junto a Él: “Ven”. Entonces Pedro comenzó a caminar sobre el agua. Como al principio Pedro tenía mucha fe en Jesús, cuando empezó a caminar en el agua, no se hundió, sino que para Pedro era como caminar en tierra firme, pero después, empezó a sentir el viento, que soplaba muy fuerte –representaba al diablo, que le decía que no creyera en Jesús-, y ahí Pedro empezó a vacilar en su fe en Jesús, y ahí fue cuando comenzó a hundirse, entonces Pedro dio un grito pidiendo auxilio a Jesús: “Señor, sálvame”. Y Jesús, que estaba a su lado, extendió la mano y no dejó que se siguiera hundiendo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”, como diciéndole: “Si Yo estoy a tu lado, ¿por qué gritas como si Yo no estuviera?”. Entonces, Jesús lo hizo subir a la barca a Pedro, sano y salvo, y también Jesús le ordenó al viento y al mar que se calmasen.
Luego, Pedro y los amigos de Jesús, se arrodillaron delante de Jesús y lo adoraron, porque se dieron cuenta que Jesús no era un fantasma, como ellos creían al principio, sino que, iluminados por el Espíritu Santo, supieron que Jesús era el Hombre-Dios, porque solo Dios hecho hombre tenía el poder de hacer todos esos milagros que había hecho Jesús: caminar sobre las aguas, hacer que Pedro caminara sobre las aguas, y calmar al viento y al mar. Esto nos enseña el Evangelio de hoy: Jesús no es un fantasma, sino el Hombre-Dios, y Él está vivo y lleno de la gloria y de la luz de Dios, con su Cuerpo de luz y con su Corazón lleno del Amor de Dios, en la Eucaristía, esperándonos en el sagrario, para que vayamos a visitarlo y a decirle que nosotros, como Pedro y los discípulos, creemos que Él no es un fantasma, sino el Hombre-Dios, que está escondido ahí, en el sagrario, en algo que parece pan, pero ya no es más pan, sino que es la Eucaristía, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. También nosotros, como Pedro, le decimos a Jesús en la Eucaristía: “Jesús, Tú eres Dios en la Eucaristía, mándame a ir a Ti, porque quiero recibir tu Amor”.

Y al ir a recibir la comunión, no tenemos que dudar de que Jesús es Dios en la Eucaristía, que está ahí para darnos todo su Amor.