Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 29 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: Mortifiquemos nuestra imaginación



(Domingo XXVI - TO - Ciclo B – 2018)

“Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible” (Mc 9, 38-43.45.47-48).
         ¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿Acaso nos dice que nos cortemos la mano, el pie, el ojo, literalmente? No, de ninguna manera. Jesús no nos dice que hagamos daño a nuestro cuerpo, porque está hablando en un sentido figurado. Pero si usa una imagen tan fuerte es para que nos demos cuenta de dos cosas: una, que nuestras acciones son libres y nos pueden conducir al Cielo o al Infierno, según sean buenas o malas; la segunda, que debemos estar atentos y precavidos y mortificar la imaginación, el pensamiento y los sentidos, porque es ahí por donde comienza la tentación que, si no se combate, se consiente y se convierte en pecado. Esto es lo que quiere decir Jesús, que mortifiquemos el pensamiento malo, la imaginación mala, el deseo malo. Mortificar quiere decir pensar en otra cosa, imaginar otra cosa, desear otra cosa y para poder lograrlo, debemos tener, en la mente y en el corazón, la Pasión de Jesús, su flagelación, su corona de espinas, su cruz y también sus Mandamientos y sus Bienaventuranzas.
         Por ejemplo, si alguien me ofende, en vez de reaccionar con enojo, recuerdo los mandamientos de Jesús: “Ama a tus enemigos”, “Perdona setenta veces siete” y amo y perdono en vez de enojarme, porque eso es lo que Jesús quiere de mí.
         Tratemos entonces de tener siempre, en la mente y en el corazón, a Jesús crucificado y a los Mandamientos de la Ley de Dios, para poder entrar, con el cuerpo completo y lleno de la gloria de Dios, en el Reino del cielo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: El que quiera ser primero sea el servidor de todos



(Domingo XXV – TO – Ciclo C – 2018)

         “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Mientras Jesús les está hablando a sus discípulos y les revela por anticipado qué es lo que le va a suceder –será traicionado, encarcelado, crucificado y luego resucitará-, ellos, en vez de prestar atención a lo que Jesús les dice, estaban “discutiendo entre sí” y la razón de la discusión era porque todos querían ser el más grande. Es decir, mientras Jesús les avisa que se vienen tiempos de mucho peligro y dolor, porque Él será crucificado y morirá y que solo después de esto vendrá la alegría y la resurrección, los discípulos no escuchan a Jesús y si lo escuchan, no les importa lo que les está diciendo: cada uno de ellos está pensando en otra cosa; cada uno de ellos piensa en ser el más importante; cada uno de ellos piensa en recibir aplausos, honores, agasajos. Jesús les habla de la Cruz y de la Resurrección, que es lo más importante en esta vida, y ellos están pensando en quién va a ser el más grande, para recibir el aplauso de los hombres. Con esto, demuestran que no entienden lo que Jesús les dice –el Evangelio afirma que “no comprendían” lo que Jesús les decía- y que no les importa tampoco, porque en vez de la Cruz y la Resurrección, ellos quieren que los traten como a gente importante.
         Lo que Jesús les dice, acerca de la Cruz y la Resurrección, es lo que realmente importa en esta vida, porque estamos en esta vida para subirnos a la Cruz, morir al hombre viejo y luego resucitar para la vida eterna. Lo que los discípulos quieren, el ser considerados como importantes y así recibir los aplausos de los hombres, no sirve para nada, porque los aplausos que los hombres se dan entre sí, no valen nada ante los ojos de Dios. Los hombres acostumbran a aplaudirse unos a otros -y muchas veces se aplaude al que hace el mal-, pero este aplauso se llama “gloria mundana” y no sirve de nada ante los ojos de Dios. A los ojos de Dios, solo tiene valor la gloria de Dios y la gloria de Dios es Jesús crucificado. Si realmente queremos ser los primeros, no busquemos el aplauso de los demás: trabajemos por el Reino de los cielos, subamos a la Cruz y así seremos llevados al Cielo, en donde reinaremos con Jesús y la Virgen para siempre.

sábado, 15 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: No rechacemos la cruz de Jesús



(Domingo XXIV – TO – Ciclo B - 2018)

         “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y me siga” (Mc 8, 27-35). En este Evangelio, Jesús nos enseña muchas cosas. Una primera cosa que nos enseña es que no estamos obligados a seguirlo, sino que, el que lo sigue, tiene que querer seguirlo. En efecto, Jesús dice: “El que quiera seguirme, que me siga”. Jesús no nos obliga a seguirlo, quiere que lo sigamos libremente. Seguirlo quiere decir amarlo, entonces es como si Jesús dijera: “El que me ame, que me siga”. Nadie está obligado a seguir a Jesús, como Él lo dice: “El que quiera seguirme”. Esto quiere decir que nadie va a entrar obligado en el cielo, porque si alguien no quiere seguir a Jesús, no lo sigue. Pero el que no lo siga, ya sabe que no puede entrar en el cielo. Para entrar en el cielo, hay que seguir a Jesús, pero quien no lo quiera seguir, no lo seguirá y tampoco entrará en el cielo. En el cielo entrarán los que aman a Jesús y los que lo siguen. Si alguien no lo ama y no lo quiere seguir, ese tal no entrará en el Reino de Dios.
         Otra cosa que nos enseña Jesús es que, una vez que nos hemos decidido a seguirlo, es decir, una vez que hemos elegido seguir a Jesús, no podemos seguirlo de cualquier manera: tenemos que negarnos a nosotros mismos. ¿Qué quiere decir “negarnos a nosotros mismos”? Quiere decir que tenemos que darnos cuenta cuando estamos pensando, deseando o haciendo una cosa mala y rechazarla. Por ejemplo, negarme a mí mismo es lo siguiente: si yo estoy con mal humor, en vez de contestar mal a los que me rodean, me niego a mí mismo y contesto bien, con una sonrisa, con un afecto, con una muestra de bondad. Otro ejemplo de negación de uno mismo: si estoy con pereza y no tengo ganas de hacer nada, en vez de quedarme tirado en la cama o en el sofá, sin hacer nada, me levanto y me pongo a hacer lo que tengo que hacer, que siempre hay algo para hacer, como por ejemplo, las tareas de la escuela, ayudar en la casa, ayudar a mis hermanos, ofrecer a mis padres si necesitan algo, etc. Eso es “negarse a sí mismo”.
         Por último, quien elige a Jesús y lo sigue y se niega a sí mismo, tiene que hacer una tercera cosa: tomar su cruz y seguirlo. Jesús va caminando delante de nosotros, con la cruz a cuestas. ¿Adónde va Jesús? Jesús va al Calvario, para morir en cruz y luego resucitar. Si amamos a Jesús, entonces, no lo vamos a dejar ir solo, vamos a ir detrás de Él, pero con nuestra cruz a cuestas, para que también nosotros seamos crucificados con Él y así resucitemos a la vida nueva de los hijos de Dios. Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy, entonces: seguir a Jesús no por obligación sino por amor, negarnos a nosotros mismos en nuestras malas inclinaciones y cargar la cruz de cada día, para algún día ir al cielo y estar con Jesús para siempre.

domingo, 6 de mayo de 2018

El Evangelio para niños: Jesús nos manda amar como Él nos amó



(Domingo VI - TP - Ciclo B – 2018)

Jesús nos deja un mandamiento nuevo: “Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 9-17).
¿Qué quiere decir esto? ¿Quiere decir que hay once mandamientos en vez de Diez? Porque si antes había Diez mandamientos, al agregar uno más, entonces eso quiere decir que hay Once mandamientos y no Diez. En realidad, no quiere decir que hay Once mandamientos; sigue habiendo Diez mandamientos, sólo que el Primero, que es el más importante de todos, tenemos que cumplirlo no como a nosotros nos parezca, sino como Jesús nos manda y Jesús nos manda que cumplamos el mandamiento del amor de hermanos como Él nos ha amado: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”.
Entonces, la clave para saber cómo hay que cumplir este mandamiento, está en ver cómo nos ha amado Jesús y para eso, tenemos que contemplarlo en la cruz. Allí, en la cruz, Jesús nos ama con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, y hasta la muerte de cruz. Así es como Jesús nos ama y así quiere que nosotros cumplamos el mandamiento del amor: que amemos a nuestros hermanos como Él nos ha amado. Eso quiere decir que debemos amar, no con el amor de nuestros corazones, porque nuestro amor es muy pequeño y muchas veces, es egoísta e interesado: tenemos que amar con el Amor de Dios, el Espíritu Santo y como es Amor de Dios y no nuestro, lo tenemos que pedir en la oración, porque es un Don, un regalo de Dios. Entonces esto es lo primero que tenemos que hacer: pedir el don del Espíritu Santo. Lo segundo que tenemos que hacer, es contemplar a Jesús en la cruz, porque Él dice que debemos amar “como Él nos ha amado” y Él nos ha amado hasta la muerte de cruz. Por amor a nosotros, Jesús permite que lo coronen de espinas, que lo crucifiquen con clavos de hierro, que le traspasen su Corazón con la lanza. Eso quiere decir que debemos imitar a Jesús y amar a nuestros hermanos –empezando por los que son nuestros enemigos- hasta la muerte de cruz, porque así es como nos amó Jesús.
“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. A través de la Virgen María, le pidamos a Jesús que nos dé el Espíritu Santo para que imitando a Jesús seamos capaces de dar la vida por nuestros prójimos, así como Jesús dio su vida por nosotros en la cruz.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Jesús es como un sol y nosotros somos los planetas


(Homilía para niños de Primera Comunión)


         En el mundo del espíritu, Jesús es como un sol; de hecho, es llamado “Sol de justicia”. ¿Por qué Jesús es llamado “Sol de justicia”? Porque así como el sol de nuestra galaxia emite luz, calor y vida –si no hay sol, no hay vida en nuestro planeta-, así también Jesús, al ser Dios, emite luz, calor y vida, pero la diferencia es que se trata de la luz de Dios –Él es “Luz de Luz” y por eso dice de sí “Yo Soy la luz del mundo”-, del calor del Amor de Dios –Él junto al Padre nos donan el Espíritu Santo, el Divino Amor-, y la vida de Dios –Él es la Vida Increada-. A su vez, nosotros somos como los planetas, porque nuestras vidas giran alrededor suyo, así como los planetas giran alrededor del sol. Pero, a diferencia de los planetas, que no pueden moverse de las órbitas en los que Dios Creador los puso, nosotros tenemos libertad y por eso podemos acercarnos o alejarnos a voluntad de ese Sol de justicia que es Jesús y que está en la Eucaristía y en la Cruz. Si nos acercamos a la Eucaristía y a la Cruz, recibiremos de Jesús todo lo que Jesús es y tiene para darnos: la luz de Dios, el Amor de Dios y la vida de Dios. Si nos alejamos de Jesús Eucaristía –dejamos la Confesión Sacramental y la Comunión Eucarística-, nos pasará lo que les pasa a los planetas que están más lejos del sol: no reciben luz, y por están a oscuras; no reciben calor, y por eso hacen temperaturas bajo cero en todo momento; no reciben vida, y por eso son planetas inertes, sin vida. Así nos va a suceder espiritualmente, si nos alejamos de Jesús Eucaristía: no vamos a tener la luz de Jesús, no vamos a tener su amor y tampoco su vida divina. No cometan el error de muchos niños de su edad, que eligen ser planetas oscuros, fríos y sin vida, porque se alejan –muchos, para siempre- del Sol de justicia, que es Jesús. Confiesen y comulguen con frecuencia, y tendrán la Luz, el Amor, la Vida de Jesús, en sus corazones, en esta vida y en la otra.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Vayan ustedes también a trabajar a mi viña


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2017)

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16). Jesús usa una parábola en la que el dueño de una viña contrata obreros a distintas horas del día: a la madrugada, al mediodía y a la tarde, y a todos les da el mismo salario. Los obreros que trabajaron todo el día, se quejan ante Jesús, porque los que empezaron a trabajar a última hora, reciben la misma paga que ellos, que han estado trabajando todo el día. Unos trabajadores le reclaman, pero el dueño de la viña les dice que eso es lo que pactaron, y que él puede hacer lo que quiera con su dinero, y que no tome a mal que él sea bueno.
Para entender, tenemos que ver qué significa cada elemento de la parábola:
El dueño de la viña es Dios;
La viña es la Iglesia;
El salario es el Reino de los cielos;
Los trabajadores de la viña somos los bautizados;
Los que empiezan a trabajar desde temprano, son los que están en la Iglesia desde hace mucho tiempo;
Los que empiezan a trabajar más tarde, son los que estaban en otra religión y se hacen católicos, o los que eran católicos pero vivieron toda su vida alejados de Dios y, al último momento, se convierten y se salvan;
Los obreros enojados son los católicos que, duros de corazón, se enojan porque consideran que algunos son demasiado pecadores como para estar en la Iglesia y que Dios no puede perdonarlos.
Estos últimos se creen los primeros, pero a los ojos de Dios, son últimos, porque piensan mal de sus prójimos y se enojan porque Dios es bueno con ellos.
Nosotros tenemos que tener cuidado de pensar mal de nuestros prójimos y si sucede que vemos que alguien, que se portaba muy mal, ahora cambió, porque recibió la gracia de la conversión, del amor  a Dios, no solo no debemos enojarnos, sino que debemos alegrarnos porque nuestro prójimo ha abandonado el camino del pecado, para recorrer ese Camino al cielo que es el Padre.
No juzguemos a los demás, no sea que, creyéndonos ser los primeros, seamos realmente los útimos.



sábado, 2 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Vigilemos nuestros pensamientos, para que sean siempre santos, como los de Jesús


Domingo XXII - TO - Ciclo A – 2017)

“Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres” (Mt 16, 23). En este Evangelio el protagonista es Pedro, el Primer Papa.
         Cuando Jesús pregunta quién dicen ellos que es Él, Pedro, iluminado por Dios Padre, responde que es el Hijo de Dios. Entonces Jesús lo felicita.
         Pero cuando Jesús les dice que Él, que es el Hijo de Dios, tiene que morir en cruz para luego resucitar y así salvar a los hombres, Pedro se opone a que Jesús muera en cruz. Entonces Jesús le da un reto bien fuerte: “Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres”.
         ¿Qué le pasó a Pedro?
         Lo que le pasó es que primero, cuando aceptó a Jesús como Dios, sus pensamientos habían sido puestos en él por Dios Padre.
         Pero después, cuando rechaza la cruz, sus pensamientos fueron puestos por el Diablo, y es por eso que Jesús no le dice: “Vade retro, Pedro!”, sino “Vade retro, Satanás!”, porque es Satanás, el Diablo, el que no quiere la cruz, porque en la cruz el Diablo fue vencido y nosotros fuimos salvados.
         Así nos puede pasar a nosotros, que en un momento pensamos bien, y cuando el principio, el medio y el fin del pensamiento son buenos, entonces esos pensamientos vienen Dios, como nos enseña San Ignacio de Loyola.
         Pero cuando en nuestros pensamientos hay algo malo, sea en el principio, en el medio o en el fin, entonces en nuestros pensamientos hay algo malo, que nos pertenece, y algo malo, que es del Diablo.
         Cuando pensemos: “No necesito venir a Misa, no necesito confesarme, no necesito comulgar, no necesito rezar, no necesito cumplir los Mandamientos de Dios”, entonces tengamos cuidado, porque esos pensamientos, o vienen de nuestra mente mala, o vienen del Diablo, pero nunca de Dios.

         Y acordémonos del reto que Jesús le dio a Pedro, el Primer Papa.
          Vigilemos nuestros pensamientos, para sean siempre santos, como los de Jesús.

sábado, 1 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús quiere que carguemos la cruz



(Domingo XIII – TO – Ciclo A – 2017)

         Jesús nos dice que tenemos que hacer tres cosas: cargar la cruz, negarnos a nosotros mismos y seguirlo a Él (cfr. Mt 10, 37-42).
         ¿Qué quiere decir cada una de estas cosas?
         “Cargar la cruz”, quiere decir reconocer que somos pecadores y que el pecado nace de nuestros corazones y que sólo la Sangre de Jesús nos quita el pecado.
         “Negarnos a nosotros mismos”, quiere decir que, cuando tenemos la tentación de cometer un pecado –cuando decimos mentiras, cuando hacemos pereza, cuando peleamos, por ejemplo-, decimos “no” a la tentación y, en vez de hacer lo que nosotros queremos hacer, hacemos “lo que Jesús nos dice”. Por ejemplo, si tenemos pereza para ayudar en el hogar, o para hacer las tareas de la casa, decimos “no” a la pereza, y hacemos lo que tenemos que hacer. O si estamos enojados con alguien, en vez de seguir enojados, hacemos lo que Jesús nos dice: “Ama a tus enemigos” y hacemos las paces. O también, cuando tenemos pereza para venir a Misa, decimos “no” a la pereza y venimos a Misa, para recibir a Jesús en la Eucaristía.
         “Seguir a Jesús”, quiere decir camina detrás de Él, para subir hasta la cima del Monte Calvario, para morir al hombre viejo –somos nosotros cuando nos enojamos, cuando peleamos, cuando somos perezosos- y nacer al hombre nuevo, que vive la vida de la gracia, que es vivir con la vida misma de Jesús.

         Entonces, hagamos el siguiente propósito: al levantarnos cada día, nos preguntemos: “¿Qué me dice Jesús que tengo que hacer? Cargar la cruz, negarnos a nosotros mismos, y seguirlo por el Camino del Calvario”.

domingo, 14 de mayo de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús es el Camino al Padre


(Domingo V – TP – Ciclo A – 2017)

         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (cfr. Jn 14, 1-12). En este Evangelio, Jesús dice de sí mismo que es tres cosas: Camino, Verdad y Vida. ¿Qué quiere decir Jesús, cuando dice que Él es "Camino, Verdad y Vida? Veamos.
         Él es el Camino y, como todo camino, lleva a un lugar, pero Jesús no es un camino de la tierra, y por eso no nos lleva a un lugar de la tierra; Él es del cielo y por eso, nos lleva a un lugar hermoso, que es el cielo, o mejor dicho, nos lleva a un lugar que es mucho más hermoso que todos los cielos más hermosos, y es el Corazón de Dios Padre. Jesús es Camino, pero no de la tierra, sino del cielo, y el lugar al que lleva este Camino que es Jesús, es el Corazón de Dios Padre, que es algo más hermoso que todos los cielos hermosos juntos.
         Él es la Verdad, pero no es una verdad que nosotros conocemos en esta tierra, como por ejemplo, que 2 mas dos es cuatro (aunque hay ingenieros y matemáticos que dicen que dos mas dos no es cuatro); la Verdad de Jesús es una Verdad que viene del cielo y por eso nos habla de cosas del cielo, como por ejemplo, nos dice cómo ees Dios. Jesús es la Verdad de Dios, porque nos dice cómo es Dios en sí mismo: Dios es Uno y Trino, en Dios hay Tres Personas Divinas, que son iguales en majestad, en honor y en poder, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sólo la Iglesia Católica tiene esta Verdad, porque Jesús nos la dijo.
         Él es la Vida, pero no esta vida que tenemos ahora, sino la vida de Dios, que en la tierra es la vida de la gracia, que se opone a la vida del pecado, y en el cielo, es la vida de la gloria, una vida llena de luz, de paz, de amor y de alegría, en compañía de los ángeles y los santos.
         Jesús, entonces, es Camino, Verdad y Vida. ¿Cuál Jesús? El Jesús que está en la Cruz y en la Eucaristía. Todos los otros Jesús, que no sean este Jesús, no son de Dios.

         

domingo, 20 de noviembre de 2016

Solemnidad de Cristo Rey para Niños



(Ciclo C – 2016)

         En este Domingo –el último del año litúrgico- la Iglesia está de fiesta porque festejamos a Jesús, que es nuestro Rey. ¿Dónde está Jesús, que es nuestro Rey? ¿Es igual a los reyes de la tierra, que tienen un castillo, un palacio, y un trono de terciopelo y oro? Jesús es Rey, pero es distinto a los reyes de la tierra: los reyes de la tierra reinan en sus castillos, sentados en tronos de madera preciosa; tienen un cetro de ébano, señal de su poder; llevan coronas de oro, de piedras preciosas, de rubíes y plata;  se visten con túnicas de seda y capas bordadas en oro, y tratan a todos como sirvientes y súbditos.
         Nuestro Rey, Jesús, es distinto a los reyes de la tierra: su trono real es la Santa Cruz; su corona, no es de oro, plata o rubíes, sino que está formada por gruesas, duras y filosas espinas, que le provocan mucho dolor y le hace salir mucha sangre de su Preciosa Cabeza; su cetro no es de ébano, sino que son los clavos de hierro, con los que está clavado en la cruz; en vez de vestidos y capas de seda y bordados en oro, Nuestro Rey, que reina desde la Cruz, está vestido con un manto púrpura, que es la Sangre rojo brillante que sale de sus heridas y le cubre todo el Cuerpo. A los reyes de la tierra, los súbditos lo saludan haciendo una inclinación y reverencia, demostrándoles así su respeto y amor; nosotros, nos postramos ante Jesús, que reina en la Cruz y que reina también en la Eucaristía, y le ofrecemos el homenaje de nuestros corazones, el dolor de nuestros pecados y el escaso amor que tenemos, dejando nuestros corazones a los pies de la Cruz.

         Jesús es Nuestro Rey, pero no es un rey como los de la tierra: reina en el madero de la Cruz y también reina en la Eucaristía. A Él, Nuestro Rey, Cristo Jesús, le decimos: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo”.

sábado, 20 de agosto de 2016

El Evangelio para Niños: “Traten de entrar por la Puerta estrecha”



(Domingo XXI – TO – Ciclo C - 2016)

En este Evangelio, Jesús nos dice que debemos entrar a un lugar, pero que para ir a ese lugar, tenemos que pasar por una “puerta estrecha: “Traten de entrar por la puerta estrecha” (Lc 13, 22-30). Entonces, nos preguntamos dos cosas: ¿Dónde está la puerta estrecha, para pasar por ella? Y la otra pregunta es: ¿Adónde nos conduce esa puerta estrecha?
Lo que tenemos que saber es que la “Puerta estrecha” es el mismo Jesús, porque Él se nombra a sí mismo como: “Puerta”, cuando dice: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”: la Puerta es Él y nosotros somos las ovejas.
Entonces, la Puerta que tenemos que atravesar, es Jesús. Y como Jesús está en la Cruz, con su Corazón traspasado por la lanza del soldado romano, la Puerta por la que debemos pasar, es su Corazón, abierto por la lanza. Así como una puerta se abre de par en par, así el Corazón de Jesús es abierto de par en par, por la lanza del soldado romano. Esto quiere decir que, para porder pasar por la Puerta estrecha que es el Corazón de Jesús, tenemos que subir a la Cruz, para ser crucificados junto con Él, porque Él está crucificado en la Cruz. El Corazón abierto de Jesús en la Cruz por la lanza del soldado romano, es la puerta estrecha que tenemos que atravesar.

La otra pregunta es: ¿Adónde nos conduce esta Puerta? Jesús mismo lo dice: “Traten de entrar al cielo por la Puerta estrecha”. Quiere decir que, si podemos meternos en el Corazón abierto de Jesús por la lanza, vamos a llegar al cielo, al Reino de los cielos. Sólo hay una puerta, y es estrecha, para entrar en el Reino de los cielos, y esa puerta es el Corazón de Jesús. Si queremos llegar al Reino de Dios, no hay ninguna otra puerta que nos lleve a él. Pero al Corazón de Jesús sólo pueden entrar los que son “puros de corazón” –no dicen mentiras, no pelean, no son perezosos, obedecen a los papás, rezan a Dios todos los días, asisten a Misa por amor y no por obligación-, porque el Corazón de Jesús es puro y nada impuro o malo puede entrar en él. Y por eso es una puerta estrecha, porque no entran los que están llenos de soberbia o de malos pensamientos y malos deseos. Tratemos de ser puros, buenos y santos, como los Sagrados Corazones de Jesús y María, y así entraremos en el Reino de los cielos, por la Puerta estrecha, el Corazón de Jesús abierto en la Cruz por la lanza del soldado romano.

domingo, 26 de junio de 2016

Evangelio para Niños: “Te seguiré adonde vayas”


(Domingo XIII – TO – Ciclo C – 2016)

         Jesús pasa cerca de un grupo de jóvenes y los invita a seguirlo. Uno de ellos le dice: “Te seguiré adonde vayas” (Lc 9, 51-62). Para el que lo quiere seguir, Jesús le hace ver que seguirlo a Él no es fácil ni cómodo, porque Él, aunque es Dios y Creador del universo –y por lo tanto, Dueño de todo-, al vivir entre los hombres, vive pobremente, y tan pobre, que incluso los animalitos tienen un lugar donde ir a descansar, mientras que Él no tiene ni siquiera un lugar “donde reposar su cabeza”.
         Pero además, seguir a Jesús no es fácil, porque Jesús va por un camino estrecho, empinado, difícil de recorrer, porque es el camino de la cruz, el Via Crucis. Es en la cruz en donde Jesús no tiene “un lugar para reposar la cabeza”, porque por la posición en la que está, con sus manos clavadas al madero, con sus pies también clavados, y con la corona de espinas, que es muy grande, formada por espinas gruesas, filosas, duras, Jesús no puede, ni siquiera por un minuto, descansar; no puede, en la cruz, reposar su cabeza para tener un poco de alivio.

         También hoy Jesús pasa delante de cada uno de nosotros y nos dice: “Sígueme”; también hoy Jesús pasa, con la cruz a cuestas, camino del Calvario, el único camino que lleva al Cielo. 
       Y nosotros, junto con el joven del Evangelio, le decimos: “Querido Jesús, te seguiremos adonde vayas; te seguiremos y marcharemos detrás de Ti, que vas cargando la cruz hasta el Calvario; te seguiremos cargando nuestra propia cruz, para ir contigo, del Calvario, al Cielo. Te seguiremos adonde vayas, pero dile a tu Mamá, la Virgen, que nos ayude a llevar la cruz”.

domingo, 25 de octubre de 2015

El Evangelio para Niños: “Jesús, que yo te pueda ver”


(Domingo XXX – TO – Ciclo B – 2015)

         En este Evangelio, un ciego llamado Bartimeo, al escuchar que es Jesús el que pasa, se pone a llamarlo a los gritos. A pesar de que muchos le dicen que se calle, Bartimeo, grita cada vez más fuerte, para que Jesús lo escuche. Efectivamente, Jesús lo escucha, lo hace llamar y le pregunta si qué quiere que haga por él. Bartimeo, que es ciego, le pide ver: “Maestro, que yo pueda ver”. Jesús le concede lo que le pide y Bartimeo se pone a seguirlo a Jesús.
         Tenemos mucho que aprender de Bartimeo, sobre todo, la fe que tiene en Jesús: sabe que Jesús es Dios, porque ha escuchado hablar de los otros milagros que hizo Jesús –multiplicó panes y peces, resucitó muertos, calmó la tormenta- y como sabe que esos milagros sólo los puede hacer Dios, entonces, si Jesús los hizo, Jesús es Dios; Bartimeo sabe que Jesús es Dios y que tiene el poder de curarle su ceguera y por eso lo llama a los gritos. Esta fe Bartimeo, es la fe que tenemos que tener nosotros: Jesús es Dios.
         No se desanima, ni porque él mismo es ciego –y esto es una gran prueba para él, porque es una de las cosas más difíciles para todo hombre-, ni tampoco porque muchos de los discípulos de Jesús le dicen que se calle. Bartimeo grita todavía más fuerte, hasta que Jesús lo escucha, y así nos da ejemplo de cómo tiene que ser nuestra oración: perseverante y confiada, porque aunque Jesús tarde en responder, siempre responderá. Bartimero nos enseña a no desanimarnos frente a las dificultades y a rezar siempre a Jesús, seguros de que, tarde o temprano, Jesús escuchará nuestras peticiones, si son convenientes para nuestra salvación.
         Cuando Bartimeo está frente a Jesús, aunque Jesús sabe qué es lo que le va a pedir Bartimeo, lo mismo le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”, y así nos enseña que también a nosotros, cuando llamamos a Jesús por la fe, Jesús nos pregunta, en lo más profundo del alma: “¿Qué quieres que haga por ti?”, y esto porque Jesús nos ama y quiere darnos aquello que nos conviene para nuestra salvación. Bartimeo nos enseña a tener confianza en el amor misericordioso de Jesús.
         Por último, Bartimeo era ciego de los ojos del cuerpo, pero no ciego del alma, porque la vista del alma es la fe: por la fe, podemos ver que Jesús es Dios. Nosotros, muchas veces vemos con los ojos del cuerpo, pero somos ciegos con los ojos del alma, porque o no tenemos fe, o tenemos una fe muy débil. Entonces, cuando Jesús nos pregunte: “¿Qué quieres que haga por ti?”, le tenemos que pedir la luz de la fe, para poder verlo en la cruz y en la Eucaristía.

         Cuando Jesús nos pregunte: “¿Qué quieres que haga por ti?”, le digamos así: “Jesús, Maestro, que yo te pueda ver en la cruz, porque allí me das tu Sangre, que es la vida para mi alma; Jesús, Maestro, que yo te pueda ver en la Eucaristía, porque allí eres el Pan del cielo que me da una nueva vida”.

domingo, 11 de octubre de 2015

El Evangelio para Niños: vender lo que tenemos y darlo a los pobres


(Domingo XXVIII – TO – Ciclo B – 2015)

         Un hombre se acerca a Jesús para decirle qué tiene que hacer para ganar la vida eterna y Jesús le dice que tiene que cumplir los Mandamientos, entre ellos, honrar padre y madre. El hombre, que es bueno, le dice que sí, que eso él lo hace “desde su juventud”, es decir, desde hace mucho tiempo. Entonces Jesús le dice que le falta algo: que venda lo que tiene, que le a los pobres y así entrará en el Reino. El hombre se retira triste porque tenía muchos bienes y estaba muy apegado a  ellos.
         Este hombre podemos ser nosotros: tratamos de cumplir los mandamientos, sabemos que hay una vida eterna para ganar, un cielo para entrar, un infierno para evitar. Pero, como el hombre del Evangelio, tenemos muchos bienes. No quiere decir que tengamos mucho dinero, o muchas cosas. Basta con que tengamos un lápiz y estemos tan apegados a ese lápiz, que no lo queramos ni siquiera prestar por un ratito. Basta con que siempre queramos salirnos con nuestros caprichos, antes que con lo que nos dicen nuestros padres, para que ya tengamos cosas que no nos dejan ir al cielo.
Entonces, como el hombre del Evangelio, tenemos cosas que tenemos que vender si queremos ir al cielo: cosas materiales, como un lápiz, o inmateriales, como mis caprichos.
¿Qué hacer?
Jesús nos lo dice: “Ve y vende a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo”. Tenemos que hacer una compra-venta: vender lo que tenemos, para comprar un tesoro en el cielo.
¿Cómo?

Se los vendemos a Jesús en la cruz y se los damos a Él, que es Pobre en la cruz, porque Jesús dice que hay que dárselos “a los pobres” y el primer pobre es Él, porque Él no tiene nada en la cruz, sólo los clavos, el leño, el cartel, el lienzo, y todo lo tiene prestado. Le vendemos a Jesús todo lo que tenemos y no nos deja ir al cielo, y a cambio Jesús nos da un tesoro, que es la vida eterna.

sábado, 26 de septiembre de 2015

El Evangelio para Niños: “Si tu mano, tu pie, tu ojo, son ocasión de pecado, quítalos, para que puedas entrar en el Reino de los cielos”.


(Domingo XXVI – TO – Ciclo B – 2015)

“Si tu mano, tu pie, tu ojo, son ocasión de pecado, quítalos, para que puedas entrar en el Reino de los cielos” (cfr. Mc 9, 38-43. 45. 47-49). En este Evangelio, Jesús nos enseña que las obras malas –el pecado- nos apartan de Dios, porque nos conducen “al infierno”; también nos dice que las obras buenas nos conducen al cielo: hay que hacer obras buenas “…para entrar en el Reino de Dios”. Así, Jesús nos enseña lo que nos enseña el Catecismo: que después de esta vida, hay solo dos lugares posibles: o el Cielo o el Infierno (el Purgatorio es la antesala del cielo; es para los que murieron con poco amor a Dios en el corazón: en el Purgatorio se purifican de esta fala de amor, y cuando ya están llenos del Amor de Dios, pasan al cielo).
Jesús nos dice entonces qué es lo que tenemos que hacer para ir al cielo: evitar el pecado y vivir en gracia; nos hace ver que, si evitamos el pecado y vivimos en gracia, podremos entrar en el Reino de los cielos; pero si no evitamos el pecado –todas las cosas malas que nos apartan de Dios-, nos condenaremos.
¿Qué hacer para evitar el pecado? Para evitar las cosas malas es muy importante tener siempre, en la mente y en el corazón, los Mandamientos de la Ley de Dios, especialmente el Primero, que es el más importante de todos, y luego también el Cuarto, que nos manda “Honrar Padre y Madre”.
¿Y cómo hacer para obrar siempre el bien? Recordando a Jesús crucificado: Jesús se dejó crucificar en las manos, para que yo no hiciera cosas malas con las manos, sino cosas buenas, para que las elevara en acción de gracias y en adoración a Dios y para que las extendiera para ayudar a mis hermanos; Jesús se dejó crucificar en los pies, para que yo no fuera con mis pasos a cometer el pecado, sino que dirigiera mis pasos hacia el bien, para ganarme el cielo; Jesús se dejó coronar de espinas en la cabeza y dejó que su Sangre Preciosísima cayera por su Santa Faz y por sus ojos, para que yo tenga pensamientos buenos; Jesús dejó que la Sangre de su Cabeza coronada de espinas inunde sus ojos, para que yo mire con sus mismos ojos al mundo, para después contemplarlo a Él cara a cara en los cielos y para que mire sólo cosas buenas y no cosas malas; Jesús dejó que la Sangre de su Cabeza inundara sus oídos, para que yo escuche sólo la Palabra de Dios, y no escuche cosas malas; Jesús dejó que su Sangre inundara su nariz, para que yo esté siempre perfumado con su perfume, el perfume de Jesús, que perfuma las almas con “l buen olor de Cristo”; Jesús dejó que la Sangre de su Cabeza coronada de espinas inundara su boca, para que yo hable sólo la Palabra de Dios y cosas buenas, y nunca malas palabras ni nada malo.

Entonces, en este Evangelio, Jesús nos enseña qué tenemos que hacer para ir al cielo: cumplir siempre los Mandamientos y recordarlo a Él en la cruz, pero no solo recordarlo, sino subir a la cruz junto con Él: así, evitaremos el pecado y viviremos siempre con su gracia en el corazón, hasta el feliz día en que nos toque comenzar a verlo cara a cara, en el cielo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

El Evangelio para Niños: “Jesús habla de su cruz, pero sus amigos no entienden lo que les dice y discuten entre ellos”



(Domingo XXV - TO – Ciclo B – 2015)

         ¿Qué les dice Jesús a sus amigos? Jesús les dice que Él tiene que sufrir mucho, que tiene que subir a la cruz y morir, para después resucitar (cfr. Mc 9, 30-37).
         ¿Qué contestan sus amigos? No le contestan nada, porque “no entienden” qué es lo que Jesús les está diciendo.
         ¿Qué hacen los amigos de Jesús en el camino? Se ponen a discutir para ver cuál de ellos es “el más grande”.
         ¿Está bien que discutan así? No, no está bien, porque eso quiere decir que tienen en sus corazones algo que no le gusta a Dios y es el pecado de soberbia.
         ¿Qué les dice Jesús? Que el que quiera ser “el primero” tiene que ser “el último” y el “servidor” de todos.
         ¿Cómo es posible que el primero sea el último? Porque Dios ve con ojos distintos a los ojos del hombre y para Él, el primero de todos es Jesús en la cruz, aunque los hombres lo vean como último. Jesús en la cruz parece el último de todos, pero es el primero, porque Dios lo ve como el primero. Jesús dio su vida y derramó su Sangre en la cruz, y por eso es el primero, aunque parezca ser último.
         ¿Y porqué Jesús quiere que seamos como servidores? Porque Él está como el que sirve a la mesa, no como el que se sienta a la mesa: “Estoy a la mesa como el que sirve” (Lc 22, 27). Si Jesús, que es Dios, está a la mesa como el que sirve, entonces nosotros también.

         Entonces, si amamos a Jesús, “hagamos lo que Él nos dice”: subamos a la cruz junto con Él, para ser los primeros a los ojos de Dios, Nuestro Padre.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El Evangelio para Niños: Jesús nos dice qué hacer para ir al cielo



(Domingo XXIV – TO – Ciclo B – 2015)

         En este Evangelio, Jesús nos dice qué es lo que tenemos que hacer para ir al cielo. Primero, lo que tenemos que hacer, es querer seguirlo a Él, porque Él es el Único Camino al cielo: “El que quiera seguirme”, dice Jesús, porque Jesús va al cielo, pero nadie va a ir obligado, sólo va a ir el que quiera seguir a Jesús, y lo va a seguir, aquel que ame a Jesús. ¿Por dónde va al cielo Jesús? Va por el camino del Calvario, cargando su Cruz.
         Después dice: “Que tome su cruz de cada día”. Aquí nos damos cuenta de adónde va Jesús: al Calvario, a subir a la cruz. Él lleva la cruz, el que lo quiera seguir, tiene que tomar su propia cruz de cada día y seguirlo, porque no puede ser que Jesús vaya al Calvario, con la cruz, y nosotros lo seguimos sin la cruz. El que quiera seguir a Jesús, tiene que hacerlo con la cruz propia, de todos los días. Y no quiere decir tomar la cruz de mala gana, sino con amor, abrazando la cruz, de la misma forma a como lo hace Jesús, que abraza la cruz con amor.
         “Niéguese a sí mismo y me siga”: negarnos a nosotros mismos. ¿Qué quiere decir? No quiere decir pararme delante del espejo y decir: “Yo no soy Juan”, “Yo no soy Margarita”. “Negarse a uno mismo” quiere decir no dejarme llevar por mis enojos, por mis impaciencias, por mi pereza, por mis ganas de no rezar, por mi forma de contestar mal a mis papás; quiere decir, no solo no pelear, sino ser bueno con todos, como el Sagrado Corazón de Jesús. Solo de esa manera, podré ir detrás de Jesús, que va camino del Calvario, con la cruz y sólo así voy a poder ir al cielo, porque el Calvario, con Jesús, es la Puerta abierta al cielo. 
       Entonces, ¿cómo vamos a ir al cielo?
       Amando a Jesús, 
       Cargando la cruz de todos los días,
       negándonos a nosotros mismos,
       y siguiendo a Jesús por el Camino de la Cruz.
         

jueves, 20 de agosto de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 13 - Fue crucificado[1]  
         Doctrina
         ¿Por qué quiso sufrir tanto Jesucristo en la Pasión y en la cruz? Jesucristo quiso sufrir tanto en la Pasión y en la cruz para mostrarnos más su amor e inspirarnos horror al pecado.
Dos ejemplos para entender esto: “para demostrarnos más su amor”, se entiende como cuando un esposo ama a su esposa (o viceversa): no es lo mismo que le diga: “Te amo mucho”, pero cuando la esposa tiene alguna necesidad se queda cruzado de brazos, a decirle: “Te amo mucho” y cuando tiene alguna necesidad, hace de verdad todo tipo de esfuerzos y sacrificios para auxiliarla: en el primer caso, no demuestra el amor, en el segundo, sí; pues bien, esto es lo que hizo Jesucristo al morir en la cruz por nosotros, y es demostrarnos hasta dónde llega su amor: hasta la muerte de cruz, que es una muerte dolorosa y humillante. Para que nos demos una idea de cuánto sufrió Jesús en la cruz, tenemos que pensar que el dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo[2]. Se tuvo que inventar una nueva palabra llamada “excruciante” (que significa “de la cruz”) para describir semejante dolor[3].
         “Para inspirarnos horror al pecado”: todos nuestros pecados fueron cargados sobre sus espaldas; quiere decir que Él sufrió el castigo que cada uno de nosotros merecía, ante la Justicia Divina. Si queremos saber qué consecuencias tiene un pecado nuestro, elevemos nuestra mirada a Jesús crucificado y contemplemos todas y cada una de sus llagas, porque Él “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53, 1-12). Entonces, somos nosotros y nadie más que nosotros la causa de sus heridas: si Jesús está en la cruz, con tantas heridas y golpes y con su Sangre vertiendo por sus heridas, es por causa de nuestros pecados y cada pecado nuestro es una herida en el Cuerpo de Jesús crucificado. Esto tiene que llevarnos al propósito de no pecar más, con tal de no seguir hiriendo a Nuestro Señor. Al verlo crucificado, movidos por el Amor del Espíritu Santo, deberíamos decir, con Santa Teresa de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte/Tú me mueves, Señor,/ muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido,/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./
         ¿Por quiénes padeció Jesucristo? Jesucristo padeció y murió por todos y cada uno de los hombres, desde Adán, hasta el último hombre nacido en el Último Día. Toda la Pasión la sufrió de modo individual por cada uno de nosotros, de manera tal que si sólo nosotros hubiéramos pecado en todo el mundo, Él se habría encarnado y sufrido la Pasión sólo por nosotros.
         ¿Dónde y cuándo murió Jesucristo? Jesucristo murió sobre el Calvario en Jerusalén, la tarde del Viernes Santo. Según la Tradición, la cruz fue clavada en el Monte Calvario, en el mismo sitio en donde Adán fue enterrado, de manera tal que la Sangre de Jesucristo, cayendo desde la cruz, se infiltró por la tierra hasta llegar a Adán, para darle nueva vida, la vida eterna.


La crucifixión, de Fra Angelico
En esta imagen vemos representada la crucifixión de Jesús. El cráneo que se observa abajo es, según la Tradición, el cráneo de Adán. Al tomar contacto con la Sangre de Jesús, Adán es vuelto a la vida, al recibir la vida eterna. Después de haber sufrido toda suerte de insultos y burlas, al llegar Jesús al Calvario le despojaron de sus vestiduras y con fuertes clavos sujetaron sus manos y pies a la cruz.
El Señor, después de ser crucificado y puesto entre dos ladrones, estuvo tres horas en agonía; y después de haber pronunciado siete palabras, que encierran sublimes y sobrenaturales enseñanzas, expiró a las tres de la tarde. Por eso la Hora de la Divina Misericordia es a las tres de la tarde.
He aquí las siete palabras que dijo Jesús en la cruz:
1ª. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Jesús pedía perdón al Padre por todos y cada uno de nosotros, que fuimos los que lo crucificamos. En vez de pedir justicia y venganza a Dios, Jesús pide perdón para nosotros, y ése es el fundamento de porqué tenemos que perdonar a nuestros enemigos: porque Jesús nos perdonó primero desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos.
2ª. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). Jesús promete al buen ladrón el paraíso, porque se arrepintió a tiempo, antes de morir y así se convirtió en uno de los primeros santos en ser redimidos por la Sangre de Jesús. Como el buen ladrón, también nosotros debemos reconocer a Jesús como nuestro Salvador, para escuchar de sus labios estas dulces palabras, el día de nuestra muerte: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
3ª. “He aquí a tu Madre. Mujer, he aquí a tu hijo” (Jn 19, 26-27). Jesús nos dona a su Madre, como Madre nuestra del cielo, porque en Juan estábamos todos representados. ¡Hasta dónde llega el amor de Jesús por nosotros, que nos regala lo que más amaba en la tierra, su amantísima Madre, la Virgen María! ¡Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, haz que seamos dignos hijos tuyos, nacidos para el cielo al pie de la cruz!
4ª. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 6). En realidad, Dios nunca abandonó a Jesús, pero permitió que Jesús experimentara el abandono, para que nosotros supiéramos que Dios está siempre con nosotros y nunca nos abandona. Un detalle: si Dios Padre parece abandonar a Jesús –aunque en realidad no lo hace nunca-, la Virgen permanece siempre al pie de la cruz, y eso es un consuelo para nosotros, porque sabemos que nuestra Madre del cielo nunca nos abandona, así como no abandonó a su Hijo Jesús cuando agonizaba y moría en la cruz.
5ª. “Tengo sed” (Jn 19, 28). Como consecuencia de la abundante pérdida de Sangre, Jesús experimenta, entre otras cosas, una sed ardentísima; escuchándolo decir: “Tengo sed”, los soldados le alcanzan para beber una esponja con agua, mezclada con vinagre y con un calmante para los dolores. Sin embargo, Jesús se niega a beber, porque la sed más ardiente de Jesús no es la del Cuerpo, sino la de su Corazón: es su Corazón Sagrado el que siente sed del amor de los hombres, y los hombres, en vez del agua pura del amor a Dios, le dan vinagre, es decir, la malicia y el rechazo de Dios, porque eso es lo que representa el vinagre: la malicia de nuestros pecados, que da sabor agrio al agua, es decir, a la vida, cuyo Autor es Jesús, el Hombre-Dios. Jesús rechaza también el calmante y esto lo hace para sufrir hasta lo último, por nuestro amor y por nuestra salvación. ¡Jesús, cuánto has sufrido por nosotros, con dolores inconcebibles e inimaginables! ¡Permite, por los dolores de tu Madre, que saciemos tu sed de amor con la acción de gracias y con el amor de nuestro pobre corazón!
6ª. “Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Con estas palabras, Jesús revela que el sacrificio en el tiempo, por el cual habría de salvarnos, está consumado; significa que, desde ahora, sus brazos abiertos en la cruz nos descubren su Sagrado Corazón, Puerta de la eternidad, que será traspasado por la lanza, para abrirnos paso al Reino de los cielos. Jesús ha cumplido con la Voluntad del Padre, dando hasta la última gota de su Sangre por nuestra salvación; Jesús ha cumplido el tiempo de su Pasión, por medio de la cual nos obtuvo una eternidad de alegría y de bienaventuranzas; Jesús. ¡Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, nos abriste las puertas del cielo!
7ª. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Luego de decir estas palabras, Jesús muere en la cruz. Al producirse su muerte, el universo todo muestra su luto y su dolor al oscurecerse el sol y temblar la tierra, demostrando así con estos prodigios, que el que moría en la cruz no era un hombre más entre tantos, sino el Hombre-Dios. Jesús ha cumplido su misterio pascual: venía del Padre, ahora retorna al Padre, desde donde inhabita por la eternidad. Que siempre, pero sobre todo en la hora de nuestra muerte, seamos revestidos de la Sangre de Jesús, para que a imitación suya encomendemos, por manos de María, nuestra alma al Padre, para que el Padre, viéndonos revestidos de la Sangre del Cordero, bese nuestras almas con el sello de su Amor, el Espíritu Santo, y así comencemos a vivir en la felicidad eterna del Reino de los cielos.
Además, como consecuencia de su sacrificio redentor, algunos muertos resucitaron, liberados por Él del Hades, el limbo de los justos del Antiguo Testamento, indicando así el accionar de la Divina Misericordia a través de Jesús; sin embargo, para otros, la Divina Misericordia daba paso a la Justicia Divina, y fue así como el velo del templo se rasgó de arriba abajo, sin que nadie lo tocara, indicando que finalizaba la Ley Antigua, para dar paso a la Ley Nueva de la gracia santificante.
Práctica: tendré presente siempre la muerte de Jesús en la cruz y cuánto sufrió por mi amor, para cumplir el propósito de no pecar más, para no herirlo más en la cruz. Imitaré su ejemplo de sufrir sin quejarse, y aún gustoso, porque así nos redimía y nos conducía al cielo, reparando ante el Padre las ofensas del pecado, al tiempo que nos abría las puertas del cielo, dándonos ejemplo extraordinario de paciencia, conformidad y penitencia. A imitación suya, no solo no me quejaré ante las dificultades, sino que todo lo sufriré en unión con su Pasión y Muerte en cruz, para salvar a mis hermanos.
También, cuando pase ante una cruz, saludaré a mi Redentor diciendo: “Te adoramos, Señor y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste el mundo”.
Palabra de Dios: “Cargó con nuestras iniquidades y sufrió por nuestros pecados” (Is 53, 5-6). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito, para que sea salvo por Él” (Jn 3, 17). “Dios nos ha arrebatado del poder de las tinieblas para llevarnos al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados” (Col 1, 13-14). “Nos amó y se entregó a la muerte por nosotros” (Gál 2, 20). “Cristo padeció por nosotros…” (2 Pe 2, 21). “Él es propiciación por nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2).
Ejercicios bíblicos: Mc 10, 45; Lc 23, 33; Jn 3, 16; Rom 8, 18.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.
[2] Cfr. http://www.corazones.org/jesus/sufrimientos_pasion_medicina.htm
[3] Cfr. ibidem.