Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 6 de diciembre de 2012

El Adviento para Niños - 2do Domingo de Adviento - Ciclo C



         Antes de que Jesús saliera a hablar de Dios a todas las gentes, su primo, Juan Bautista, que había nacido milagrosamente de Santa Isabel, se fue al desierto a predicar para avisarles a todos que Jesús ya iba a comenzar a hablarles de Dios.
En uno de esos días, estaba Juan en el desierto, y comenzó a decirles a los que escuchaban, lo siguiente: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos” (Lc 3, 16).
Lo que Juan les decía a los que lo escuchaban, nos lo dice a nosotros la Iglesia en Adviento, que cumple la misma tarea de Juan, porque la Iglesia anuncia a Jesús, como Juan, y está en el desierto del mundo, porque el mundo, sin Dios, es un lugar vacío y sin belleza, como el desierto, además de estar lleno de alimañas, como alacranes, arañas, víboras, y de bestias salvajes, como los chacales del desierto, sólo que las alimañas y bestias salvajes del mundo son los ángeles que se rebelaron contra Dios y porque no lo quisieron amar y servir, se cayeron del cielo, y ya nunca más van a poder volver ahí, y mientras tanto, buscan tentarnos para que nosotros nos alejemos de Dios.
Bueno, resulta que Juan el Bautista les decía que: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos”. Y cuando uno escucha a Juan, parece como que tendríamos que ser ingenieros de caminos, de esos que hacen puentes y construyen carreteras, o trabajar en Vialidad Nacional, o agarrar una pala y subir al cerro San Javier, o a cualquier otro cerro, para poder prepararnos para Navidad, porque todo esto nos lo dice la Iglesia, para que nos preparemos para Navidad. Parecería que tenemos que hacer esto, porque las indicaciones que da Juan el Bautista son esas: “allanar los senderos”, quiere decir que un sendero, que es un caminito que va a la montaña, y da muchas vueltas, y tiene subidas y bajadas, habría que convertirlo en un camino derechito, sin curvas, sin subidas ni bajadas. ¿En verdad que tenemos que hacer todo esto en Adviento, para prepararnos para Navidad?
Y podría ser que sí, que tenemos que volver derechitos a todos los senderos, y rellenar los valles, y bajar las montañas, porque el Niño Dios viene para Navidad dentro de la panza de su Mamá, la Virgen, sentada en un burrito, y de pie va caminando San José, que guía al burrito, y como vienen caminando desde muy lejos, habría que allanar los senderos y hacer todo el trabajo que nos dicen Juan el Bautista y la Iglesia, para que el burrito, que trae a la Virgen y al Niño Dios, no se canse, y pueda llegar más rápido. ¿Es verdad entonces que tenemos que agarrar una pala y un pico, y salir a hacer lo que nos dice Juan el Bautista? Y si nos ponemos a trabajar en los senderos que encontramos, o en las montañas que encontramos, ¿no vamos a tardar demasiado, se va a pasar Navidad, no vamos a terminar, y el Niño Dios no va a llegar?
Sí, es verdad que tenemos que hacer lo que Juan y la Iglesia nos dicen en Adviento, pero los senderos que tenemos que enderezar, los valles que tenemos que rellenar, y las montañas que tenemos que bajar, no son las de la tierra, sino más bien están dentro nuestro, y se ponen como un obstáculo entre nuestro corazón y el burrito que trae al Niño Dios y a la Virgen.
¿Cuáles son estos obstáculos?
Los senderos, esos caminos angostos, llenos de curvas, de subidas y bajadas, y que por ahí se pierden en cualquier parte, o no llevan a ningún lado, representan el poco amor que le demostramos a Dios, cuando no queremos vivir sus Mandamientos: si Dios nos dice: “Ama a Dios y al prójimo como a ti mismo”, y para eso necesitamos sacrificio y generosidad, preferimos amarnos a nosotros mismos, egoístamente, dejando de lado a Dios y al prójimo, porque preferimos nuestros intereses a los de los demás, empezando por los papás y los hermanos. Así somos como un sendero que no va a ningún lado.
Si Dios nos dice: “Santificarás las fiestas”, con los cual nos dice que tenemos que venir a la Misa del Domingo para encontrarnos con su Hijo Jesús en la Eucaristía, y así recibir todo el Amor infinito de su Sagrado Corazón, que late de Amor por nosotros, preferimos, al Amor del Sagrado Corazón, el triste y vacío consuelo que nos dan las criaturas, que nos distraen de todas las maneras posibles para que no recemos, para que no vayamos a Misa, para que no visitemos a Jesús en el sagrario. Así somos como un sendero que, en vez de llegar a su destino, conduce a un barranco.
Si Dios nos dice: “Honrarás padre y madre”, y con eso nos quiere decir que nunca jamás debemos faltar el respeto a nuestros padres, además de tratarlos siempre con amor y afecto, obedeciendo en todo lo que nos dicen, y en vez de eso los tratamos bien cuando queremos y cuando no queremos no los tratamos bien, somos como los senderos que suben y bajan, suben y bajan, que producen cansancio y que además parecen no llegar nunca a destino.
Los valles que hay que rellenar, son nuestra pereza espiritual, que no nos deja llegar a Dios, porque si la montaña es una figura de Dios, el valle es una figura de nuestro desgano en rezar, por ejemplo el Rosario, en decirle piropos a lo largo del día –se llaman “jaculatorias”-, como por ejemplo, “Jesús, en Vos confío”, “Jesús, te amo”, “Virgen María, Madre Mía, sé mi auxilio y protección”, y muchas otras más, además de rezar a la noche la devoción a las tres Avemarías, pidiendo para nosotros y nuestros seres queridos no caer en pecado mortal; la pereza espiritual nos lleva también a no querer rezar la Biblia y a creer que es un libro de adorno en la biblioteca; la pereza espiritual nos lleva también a amar más y a conocer más a ídolos del mundo, como Messi, Cristiano Ronaldo, Harry Potter, o cualquier cantante de moda, antes que a Jesús.
Las montañas son la figura de nuestro orgullo, que se levanta entre nuestro corazón y el burrito de Belén que trae a Jesús y a la Virgen; el orgullo no deja entrar el Niño Jesús, porque el Corazón de Jesús, como el de la Virgen, es un corazón “manso y humilde”, y en el orgulloso, aquel que no sabe perdonar ni pedir perdón, aquel que no sabe humillarse, aquel que no sabe hacer pasar de largo los defectos del prójimo, en definitiva, el que no sabe amar, no puede recibir al Niño Dios, que viene en Navidad, porque el Niño Dios es Amor Puro, infinito, y para recibirlo hay que tener amor y humildad en el corazón.
Entonces, en Adviento, Juan el Bautista y la Iglesia nos piden que “allanemos los senderos, que rellenemos los valles, que aplanemos las colinas”. ¿De qué manera? Haciendo un examen de conciencia, reconociendo nuestros errores, y haciendo el propósito de cambiar, y para eso tenemos que rezar, leer la Biblia, y pedirle a la Virgen que nos haga que nuestro corazón sea como el del Niño Jesús: “Virgen María, haz que mi corazón sea como el Corazón de tu Hijo Jesús, para que yo pueda recibirlo con amor y alegría en Navidad”.





sábado, 29 de octubre de 2011

Alimentemos el espíritu con la oración, el Rosario, las jaculatorias y la Eucaristía



En el mundo de la naturaleza, cuando nacen nuevos seres, como por ejemplo, pichones, perritos, gatos, etc., lo primero que hacen es dirigirse a su madre en busca de alimento. Así es como, por ejemplo, cada mañana, los pichones de paloma, o de águila, se quedan en el nido, esperando a que su madre vaya a buscar comida, y cuando regresa, abren sus pequeños picos para ser alimentados. Después, la escena se repite, hacia el mediodía, y también al caer la noche. Sólo cuando crecen, se alimentan por sí mismos.

Lo mismo sucede en el plano espiritual: al levantarnos, cada mañana, también necesitamos ser alimentados en el espíritu, y ese alimento espiritual nos lo da Dios, y es Él mismo.

Para recibir ese alimento espiritual, es necesario hacer algunas cosas: leer la Palabra de Dios, rezar al levantarnos y al acostarnos, decir jaculatorias a lo largo del día, recibir la Comunión lo más frecuente posible, confesarse lo más frecuentemente posible.

Y como hacen los pichones, que reciben sus alimentos de su mamá –la mamá paloma, la mamá águila, la mamá osa-, así también nosotros recibimos nuestro alimento espiritual de parte de nuestra Mamá espiritual, la Virgen María, y es así como, al despertarnos y abrir los ojos, lo primero que hacemos es dirigirnos a la Virgen, rezando tres Avemarías, o también rezarle una jaculatoria, es decir, una oración breve, como por ejemplo: “María, Madre mía, llévame en tus brazos y llévame a tu Hijo Jesús”.

Al mediodía, cuando se despierta el hambre del estómago, también se tiene que despertar el hambre del espíritu, y es así que recurrimos también a la Virgen, rezando el Angelus, y luego a Jesús, bendiciendo la comida y dando gracias por el alimento, como por ejemplo: “Te damos gracias, Señor, por el alimento que recibimos de tu bondad, te pedimos por los que no lo tienen, y por los que lo tienen, hambre y se de Ti”, o cualquier otra oración de acción de gracias.

Luego, viene el plato fuerte del día: la Eucaristía. Imaginemos que estamos con mucho apetito –más que apetito, un hambre voraz-, y un amigo viene y nos dice: “¡Vamos a comer un flor de asado!”. ¿Acaso le diríamos, ‘No, gracias, lo dejemos para mañana’? Seguramente que no le diríamos eso, sino que, antes de que termine de hablar, ya estamos sentados a la mesa. En el mundo espiritual, la Eucaristía es como el más rico de todos los manjares, el más exquisito de todos, porque es la carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, que nos da la alegría, la paz, la vida y el Amor de Dios, y nuestra alma tiene hambre y sed de paz, de alegría, de felicidad, de amor, y todo eso lo tenemos en la Eucaristía. Por eso es que tenemos que comulgar lo más frecuente que podamos.

A lo largo del día, por la actividad física, necesitamos algún pequeño bocadillo, y es así como continuamos con las jaculatorias. También podemos rezar una oración más importante, que es el Rosario, que como su nombre lo indica, es una corona de rosas para la Virgen. Si tuviéramos oportunidad de regalarles a nuestras mamás todos los días, un ramo de rosas, blancas, rojas, rosas, amarillas, las más hermosas y perfumadas del mundo, ¿no lo haríamos? ¡Por supuesto que lo haríamos! Y nuestra madre, se negaría a recibirlas? ¡Por supuesto que no se negaría! Si eso haríamos con las rosas de la tierra, que se marchitan pronto, ¿por qué no hacerlo con el Rosario, que son rosas espirituales, que nunca jamás se van a marchitar? ¡Recemos el Rosario todos los días, regalemos todos los días hermosos ramos de rosas perfumadas a nuestra Madre del cielo, la Virgen María! Otro ejemplo nos puede ayudar para ver porqué tenemos que rezar el Rosario: supongamos que un niño pequeño, de tres o cuatro años, está en brazos de su madre, ¿se cansaría de decirle: ‘Mamá, te amo’? ¡Por supuesto que no! Y a la madre, ¿le molestaría que su hijo le dijera que la ama? ¡Por supuesto que no! Entonces, ¡a rezar el Rosario todos los días!

Por fin, al acostarnos, comemos una cena liviana: un párrafo de la Palabra de Dios, el examen de conciencia, para pedir perdón por los pecados, hacer el propósito de ser mejores, y ver de qué manera podemos agradar a Dios al levantarnos al otro día, si Dios lo permite, y tres Avemarías antes de dormir.

De esta manera, alimentamos nuestro espíritu, y así creceremos sanos y fuertes, y tendremos fuerzas, las fuerzas que nos da la gracia de Dios, para que cuando muramos, vayamos directamente al cielo.