Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
sábado, 16 de agosto de 2014
El Evangelio para Niños: “Mujer, ¡Tienes una fe muy grande!”
viernes, 30 de agosto de 2013
El Evangelio para Niños: "El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado"
sábado, 17 de agosto de 2013
Evangelio para niños: "No he venido a traer la paz, sino la división"
jueves, 5 de abril de 2012
Jueves Santo para Niños y Adolescentes
sábado, 10 de septiembre de 2011
Cuando somos orgullosos, nos parecemos al ángel caído; cuando somos humildes, nos parecemos a Jesús y a la Virgen

¿Qué fue lo que hizo que cientos de miles de millones de ángeles buenos, llenos de luz y de amor, se convirtieran en monstruos, en duendes, dragones, en seres bestiales, llenos de oscuridad y de odio?
Un pecado. Un solo pecado: el orgullo, llamado también soberbia.
Por un solo pecado, cientos de miles de millones de ángeles, creados en la luz de Dios para alegrarse eternamente en su presencia, fueron precipitados al infierno, en donde sufren y lloran por toda la eternidad[1].
Por un solo pecado, Adán y Eva, creados por Dios inmortales, sanos, fuertes, sin dolor, y llenos de alegría, para ser felices en su amistad para siempre, perdieron el Paraíso, y con él todos los dones que Dios les había dado: la juventud eterna, la ausencia de dolor, la alegría, su amistad.
¿De qué pecado se trata? ¿Qué cosa es tan mala y tan fuerte, como para hacer caer del cielo de Dios, a miles de millones de ángeles y precipitarlos en el lago de fuego eterno que es el infierno?
¿Qué clase de pecado es aquél que hizo que Adán y Eva perdieran para siempre el Paraíso, y comenzaran a enfermarse, a sufrir dolores, a envejecer, a morir, a estar tristes porque se encontraron lejos de Dios?
Ese pecado tan terrible, tan poderoso y malo, que llena al ángel de luz de oscuridad, y al alma humana en gracia le quita la gracia, llenándola de tinieblas y de mal, es el orgullo.
El orgullo es el primer pecado cometido por un ángel en los cielos: Satanás.
¿Cómo sucedió?
Dios, que es Bondad, Amor y Sabiduría infinitas, creó un ángel, el más hermoso y el más inteligente de todos, a quien llamó Luzbel. Creó también a muchísimos otros ángeles, pero ninguno era tan inteligente y tan hermoso como él. Dios había creado los ángeles para que lo conocieran a Él, y se alegraran de conocerlo, y lo sirvieran y lo amaran por la eternidad. Dios no tenía necesidad de crear a los ángeles, porque Él es alegre en sí mismo, en la perfección de sus Tres Divinas Personas, y si creó a los ángeles, no es porque tuviera necesidad de ellos, sino porque quería que otros compartieran su felicidad. Los ángeles fueron creados como espíritus puros, llenos de la luz, del amor, de la alegría y de la vida divina. Eran todos hermosos y buenos.
Pero Luzbel, al verse así, creado con tanta perfección, se llenó en su corazón de algo que Dios no le había dado, y era el orgullo. El orgullo fue lo que lo llevó a decir: “¡No serviré a Dios! ¡No voy a obedecer! ¡Quiero hacer mi propia voluntad!¡Yo soy como Dios!”. El orgullo comenzó como una mancha negra, oscura, a la altura del corazón de Luzbel, y desde ahí fue esparciéndose a todo su espíritu angélico, contaminándolo todo y ensuciándolo todo, convirtiendo a todo su espíritu angélico en una cosa oscura, negra, de mal olor, como de algo que se comienza a descomponer. Sus alas, que eran blancas y hermosas, se ennegrecieron y se convirtieron en alas como de murciélago, con garras y pelos; todo su espíritu angélico, que era hermoso, se transformó en un cuerpo horrible, como de mil monstruos; pero lo peor de todo, fuero los cambios que experimentaron su corazón y su mente: el corazón, que antes de la rebelión estaba lleno de la luz y del amor de Dios, ahora se volvió una cosa oscura y maloliente, en donde sólo había tinieblas y odio a Dios; su mente, que antes se deleitaba en la contemplación de la hermosura de Dios, ahora se lamentaba y se dolía porque estaba llena de sí mismo. A muchos ángeles les pasó lo mismo, y es así como lo siguieron en su rebelión contra Dios.
Pero entonces apareció San Miguel Arcángel, el jefe de los ángeles buenos, quien, con voz potente, gritó: “¿Quién como Dios? ¡No hay nadie como Dios! Sólo Dios es el Ser infinitamente bueno y perfecto, Creador de todo el universo y Tres veces Santo!”.
Entonces hubo una lucha en el cielo, y ganaron San Miguel Arcángel y los ángeles buenos.
Luzbel cayó a la tierra, pero antes pasó por el Paraíso, y tentó a Adán y Eva con su mismo pecado de orgullo y soberbia, haciéndolos perder la gracia. Ese fue el pecado original, y fue la causa de que Adán y Eva perdieran el Paraíso, para ellos y para todos nosotros. También ellos, como el demonio en los cielos, dijeron en el Paraíso: “¡No serviremos a Dios! ¡No obedeceremos! ¡Queremos hacer nuestra voluntad!”. Y haciendo su propia voluntad, obtuvieron sólo dolor y tristeza.
Esto también nos puede pasar a nosotros, cuando nos rebelamos y no queremos obedecer, por caprichos, por pereza, o por el motivo que sea. La voz de Dios se escucha a través de los padres y a través de los mayores, y también a través de la conciencia, y si desobedecemos esa voz, habrá sólo tristeza y dolor para nosotros.
No seamos como el ángel malo, que no quiso obedecer a Dios; seamos como el ángel bueno, San Miguel Arcángel, y obedezcamos a Dios, que se nos manifiesta en nuestros padres y mayores y en la voz de la conciencia.
Para eso, tenemos que empezar por luchar contra nuestro orgullo y nuestra soberbia, que nos hace enojar cuando alguien nos hace una corrección. El orgulloso no soporta que alguien le diga que lo que está haciendo está mal, y que tiene que corregirse; el orgulloso no pide perdón si ofende a alguien; el orgulloso se enoja cuando alguien no piensa como él, o cuando no se hace lo que él dice y quiere.
El ejemplo opuesto al orgullo es la humildad de Jesús, que siendo Dios se hizo Niño para salvarnos, y también el ejemplo de
Cuando somos orgullosos, nos parecemos al ángel caído; cuando somos humildes, nos parecemos a Jesús y a
[1] Cfr. Rüger, L., El maná del niño, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 1952, 254.
lunes, 25 de julio de 2011
Consagración a la Virgen para Niños y Adolescentes 5ta semana

La última parte de la Consagración a la Virgen está dedicada a Jesucristo.
Es el fin de la Consagración: nos consagramos a la Virgen sólo para que la Virgen nos presente a su Hijo Jesucristo. Queremos ser de la Virgen para ser de Jesucristo. Como niños pequeños, nos dejamos llevar por la Virgen en sus brazos, para que Ella nos lleve a su Hijo Jesús. Por la Consagración, entramos en el Corazón de la Virgen, porque ahí está todo el Amor que Dios le tiene a Jesús. Nos consagramos para pedirle a la Virgen que nos de todo el Amor de su Corazón Inmaculado, con el cual Ella ama a su Hijo Jesús, para que podamos amar a Jesús con su mismo Amor.
El fin de nuestra vida aquí en la tierra es conocer y amar a Jesucristo, y por eso, nadie mejor que la Virgen, porque Ella lo conoce y lo ama como nadie en el mundo.
Por eso, dejamos que sea la Virgen que nos diga cómo es su Hijo Jesús, a quien queremos conocer y amar.
Le preguntamos a la Virgen: “Madre mía, ¿cómo es Jesús?”.
Y Ella nos contesta:
“Mi Hijo Jesús es paciente. Desde muy pequeñito, demostró siempre una gran paciencia; no había nada que lo hiciera perder la paciencia. Mientras los niños de su edad, pequeñitos, hacían berrinches y se enojaban por cualquier cosa, Mi querido Niño soportaba los contratiempos y los inconvenientes con una hermosa sonrisa. Siempre fue así. Y ya de grande, demostró todavía más ser infinitamente paciente. Cuando era acusado injustamente ante los tribunales, nunca dijo nada que pudiera ofender a alguien, ni levantó la voz, ni mucho menos la mano. Cuando llevaba la cruz, camino del Calvario, y toda la gente, y los soldados, lo golpeaban, lo insultaban, lo escupían, a cada paso que daba, Mi querido Hijo lo sufría todo en silencio, sin decir una palabra, y sin quejarse de nada. La paciencia está muy unida a la mansedumbre, son casi la misma cosa, y por eso Mi querido Hijo era manso como un corderito. De hecho, ya de grande, le llamaban: “Cordero de Dios”. Un cordero no es agresivo, ni está peleando todo el día, ni se enoja a cada rato. Así, y mucho más, era mi Hijo Jesús. Él quiere que ustedes sean como Él, y por eso dijo en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso (o paciente) y humilde de corazón” (Mt 11, 29).
Mi Hijo Jesús es humilde. Ser humildes quiere decir tener muchas cualidades, y ser muy bueno, pero no andar haciendo alarde de lo que se es y se tiene. Él es Dios, y como Dios que es, es infinitamente bueno, compasivo, misericordioso, pero esa bondad suya la demuestra con hechos, más que con palabras. Él no anda diciendo: “Yo Soy bueno”. Él es bueno, y todas sus obras son buenas. Él curó enfermos, expulsó demonios, multiplicó panes y peces, resucitó a los muertos, perdonó a sus enemigos, en la cruz. Hizo un bien infinito a la humanidad, y todo en silencio, sin aspavientos.
Como dijimos recién, Él es Dios, y como tal, es “omnipotente”, es decir, tiene muchísimo poder. Tiene tanto poder, que sólo con Él pensarlo y quererlo, el mundo fue creado. ¡Todo el mundo, todo el universo! Tanto el visible, como el invisible. Él es Dios Omnipotente, que quiere decir “Todopoderoso”, todo lo puede, con sólo pensarlo y quererlo. Creó los ángeles, los hombres, los planetas, las estrellas. Yo lo tenía en mis brazos, y pensaba: “¡Qué gran misterio! Tengo en mis brazos al Dios Todopoderoso”. Si Él quería, con sólo llamar a San Miguel Arcángel, tendría a su disposición a un ejército de millones y millones de poderosísimos ángeles y arcángeles, que combatirían por Él, y derrotarían a sus enemigos en un abrir y cerrar de ojos. O si Él quería, con sólo hacer escuchar su voz de trueno, como lo hizo en el Huerto de Getsemaní. Esa noche, cuando sus enemigos fueron a buscarlo, debido a la oscuridad, no podían ver bien, y preguntaban: “¿Quién es Jesús de Nazareth?”. Y Él, con su voz majestuosa de Dios, que suena como mil millones de truenos juntos, dijo: “Yo Soy”. Y todos retrocedieron, asustados, y se cayeron del miedo. Eso podría haber hecho en la Pasión, y no lo hizo, porque la infinita humildad de Mi amado Hijo no le permitía hacer alarde de su Omnipotencia y de su condición de Dios Todopoderoso, y es así como Mi Jesús dejó que lo humillaran, que lo golpearan, que lo flagelaran, que lo crucificaran.
Él quiere que ustedes sean como Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.
Finalmente, mi Hijo queridísimo es todo Amor, Amor infinito, Amor ardiente, Amor de Dios, que arde en deseos de donarse a los corazones de los hombres, Cuando Él se apareció a Santa Margarita, como el Sagrado Corazón, le dijo que su Corazón ardía en las llamas del Amor de Dios, y que esas llamas eran tantas y tan grandes y altas, que ya no soportaba más tener ese Amor en el Corazón, y que Él quería darlo a todas las almas, pero muchos no lo quieren recibir, y eso le causa una gran tristeza, porque quien no lo recibe, se condena.
Mi Hijo es todo Amor, y ese Amor se concentra, en forma de llamas, en la Eucaristía, y quien lo recibe con fe y con amor en la Eucaristía, recibe su Sagrado Corazón, que arde en el Fuego del Amor divino. Lamentablemente, muchas veces debe irse de un corazón, tan pronto como ha llegado, porque muchos están distraídos y pensando en otras cosas, en el momento de la comunión.
A ustedes, que se han consagrado a Mi Corazón Inmaculado, les pido: ¡Sean como Él, mansos y humildes de corazón, porque los soberbios no entrarán nunca en el Reino de los cielos! ¡Reciban a Mi Hijo con fe y con amor en la Eucaristía, para tenerlo en sus corazones en esta vida, y después para siempre en la vida eterna!”.
jueves, 16 de junio de 2011
Consagración a la Virgen para Niños y Adolescentes 2da Semana

Oraciones para rezar la Segunda Semana de la Consagración
Nos ponemos en presencia de Dios y hacemos silencio por unos momentos
Nos hacemos la señal de la cruz.
Oración al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo,
Danos tu amor.
Ven a nuestras vidas, ven Santo Espíritu
Ven a nuestros cuerpos, ven Santo Espíritu (tres veces)
Recemos un Padrenuestro, un Ave María y un Gloria
Oración a Jesús
Jesús, yo creo en Ti, Jesús, Te adoro
Jesús, yo espero en Ti y Te amo
Jesús, perdón por los que no creen en Ti,
y no Te adoran, no esperan, y no Te aman.
Oración a la Virgen María
Te elijo hoy, oh María,
en presencia de toda la corte celestial
por Madre y Reina mía.
Invocación
Oh María, Reina de la Paz y la Reconciliación
Ruega por nosotros y por el mundo entero.
viernes, 10 de junio de 2011
La Virgen, Madre y Maestra, nos enseña la Sabiduría de la Cruz

Cuando vamos a la escuela, vamos con ganas de aprender, porque cada vez que aprendemos algo, somos mejores, ya que nos hacemos más perfectos: antes, no sabíamos algo, y ahora sabemos lo que nos enseñaron. Por eso estudiar es muy importante, y hasta divertido. Cada vez que estudiamos, nos perfeccionamos, y así cumplimos lo que Jesús nos dice en
Para aprender, en la escuela usamos libros, y la maestra nos ayuda para que aprendamos, y así vamos sabiendo cada vez más.
Pero sucede que lo que aprendemos en la escuela, nos sirve para las cosas de la tierra, para la vida que vivimos aquí, pero no nos ayuda para ir al cielo. Para ir al cielo, necesitamos saber otra cosa, y necesitamos otro libro, y otra maestra, porque es cierto lo que decía Santa Teresa de Ávila: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”.
¿Dónde hay que estudiar para salvarse? ¿Qué libro hay que usar para ir al cielo? ¿Quién es la maestra que nos va a enseñar? Para ir al cielo, se estudia en un libro muy pero muy especial, que viene del cielo, y nos lo regala Dios, y es el Libro de
Ahí, en
Y como en la escuela, que necesitamos de una maestra para que nos enseñe a aprender, así también en
En
-nos enseña a ser pobres, y es necesario ser pobres de cosas materiales, porque al cielo no nos podemos llevar nada material: ni tierras, ni dinero, ni oro, ni plata, ni la computadora, ni
-pero también nos enseña a ser pobres de espíritu, porque el que es soberbio y orgulloso, el que no acepta que le digan nada, el que se envanece cuando lo halagan, como hace el pavo real, o el que se enoja cuando le dicen algo que no le gusta, ése no puede ir al cielo. Tampoco puede ir al cielo el que dice que no necesita de Dios. Jesús en la cruz nos enseña a ser humildes y a ser pobres de espíritu, es decir, a reconocer que necesitamos de Dios en todo momento, incluso para respirar.
-Jesús en la cruz nos enseña la castidad, es decir, la pureza del cuerpo y del alma. Él es puro y santo, porque es Dios hecho Hombre, y así como es Él, así tenemos que ser nosotros, para entrar en el cielo. Debemos desear lo que Jesús deseó en la cruz, y debemos rechazar lo que Él rechazó en la cruz. Jesús no quiso nada impuro, nada contaminado con el mundo, nada que no sea Dios, de Dios y para Dios, y así tenemos que hacer nosotros.
-Jesús en la cruz nos enseña la obediencia, porque Él obedeció a su Papá, Dios Padre, que le pedía que se sacrificara en la cruz y derramara su sangre, para que Él nos pudiera perdonar, y le pedía también que dejara que traspasaran su Corazón con una lanza, para que Él pudiera derramar el Espíritu Santo, que es su Amor, junto con la sangre y el agua del Corazón de Jesús. Y Jesús obedeció, porque Él amaba mucho, muchísimo, a su Papá del cielo, y así murió en la cruz por nosotros. Pero también obedeció a su Mamá de la tierra,
-Jesús en la cruz nos enseña, sobre todo, el Amor, porque es por amor, a Dios y a los hombres, que Él se humilla, dejando que lo crucifiquen; es por amor que Él se despoja de todo y se hace pobre, siendo el más rico de todos los ángeles y los hombres; es por amor que Él quiere experimentar la ausencia de Dios, y la pobreza del alma que está sin Dios, y por eso Él dice en la cruz: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”; es por amor que Él vive puro y casto, sin pensamientos ni deseos impuros, para presentarse puro, purísimo, ante Dios; es por amor que obedece a su Papá y a su Mamá, y es por amor que se nos ofrece en
Pero además de enseñarnos todo esto, Jesús en la cruz nos da la gracia para llevar a cabo lo que Él nos enseña, porque sin su gracia, no podríamos nunca imitarlo y ser humildes, pobres, castos, obedientes y llenos de amor como Él. En la cruz, Jesús nos da la gracia, porque esa gracia se derrama sobre nosotros cuando le atraviesan el Corazón con una lanza.
Todo esto nos enseña Jesús desde la cruz, junto a María,



