Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 16 de agosto de 2014

El Evangelio para Niños: “Mujer, ¡Tienes una fe muy grande!”


(Domingo XX –TO – Ciclo A – 2014)
         La Palabra de Dios nos cuenta de una mujer que tenía una hija a la que el demonio la había poseído; esta mujer no pertenecía al Pueblo Elegido, pero lo mismo creía mucho en Jesús, es decir, tenía mucha fe en Jesús. Ella sabía que Jesús tenía el poder de Dios para sacar al diablo del cuerpo de su hija, porque tenía fe en que Jesús era el Hijo de Dios, y por eso fue a pedirle a Jesús por su hija, pidiéndole a los gritos que la ayudara.
         Pero Jesús, que sabía que la mujer tenía una fe muy grande, quería que todos vieran la fe de la mujer, y por eso le hizo una prueba, y no le dio lo que quería ahí nomás, sino que le dijo que Él había venido solo para las ovejitas de Israel, y ella no pertenecía a las ovejitas de Israel. Pero la mujer no se dio por vencida y le dijo con más fe: “Señor, socórreme”. Jesús le hizo otra prueba más fuerte todavía: le dijo que ella era como un perrito, porque la comparó con un perrito, al decirle que no estaba bien darle el pan de los hijos para dárselo a los cachorros; pero la mujer no se sintió ofendida, sino que, con mucha fe –y también con mucha humildad, y también con mucho amor, porque el que tiene fe tiene humildad y amor-, le dijo: “Pero los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos”. Es decir, a la mujer no le importó que la comparara con un perrito, porque era tanto el amor que le tenía a Jesús, que le bastaba que le diera aunque sea una pequeña muestra de ese amor, mediante el milagro de la curación de su hija, expulsando al demonio que la atormentaba. Entonces Jesús, al ver la fe tan grande de la mujer, se maravilló, y la alabó, diciéndole: “Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que se cumpla lo que deseas”. Y en ese instante, dice el Evangelio, su hija quedó curada, es decir, el demonio se fue de su cuerpo.

         Así, como la fe de esa mujer cananea, fuerte e inquebrantable, tiene que ser nuestra fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. Aunque Jesús no solo no nos conceda lo que le pidamos, sino que, más aun, como a la mujer cananea, parezca ser que nos humilla, nuestra fe en su Presencia en la Eucaristía debe ser sencilla, robusta y firme como una roca. Solo entonces, Jesús nos dirá: “¡Tienes una fe muy grande!” y cumplirá nuestros deseos más profundos –como los de ir al cielo, con nuestros seres queridos, y que también se salven todos los hombres-, como cumplió los deseos de la mujer cananea.

viernes, 30 de agosto de 2013

El Evangelio para Niños: "El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado"


(Domingo XXII - TO - C - 2013)
          En este Evangelio Jesús nos cuenta la siguiente parábola (las parábolas son hermosas narraciones que dejan muchas enseñanzas, como cuando un padre cuenta un maravilloso cuento a su hijo, para enseñarle muchas cosas): nos cuenta de alguien que va a una fiesta donde sirven muchas cosas ricas para comer y qué es lo que le puede pasar si se sienta en un lugar que es el del dueño de casa: si el dueño de casa llega y lo encuentra en su lugar, le va a decir que se levante y vaya a otro lugar de la mesa, más alejado; pero si se sienta en un lugar alejado, el dueño de casa, cuando llegue, le va a decir que se acerque y le dirá que se siente cerca de él. Con esta parábola, Jesús nos quiere decir que el que es soberbio, al final se queda sin nada, pero el que es humilde, es agradable a los ojos de Dios.
          Jesús nos enseña a no ser soberbios, porque la soberbia es el pecado capital del demonio, el pecado que le hizo perder el cielo para siempre. En el cielo, el demonio se comportó como si fuera el dueño del cielo, y tuvo el atrevimiento de querer sentarse en el trono de Dios. Por supuesto que nunca jamás lo iba a lograr, porque comparado con Dios y su fuerza, el Demonio es menos que un gusano comparado con un oso. Por ser soberbio, el Diablo perdió para siempre la amistad de Dios y como ya no era amigo de Dios, el jefe de la milicia celestial, San Miguel Arcángel, lo echó del cielo, cayendo "como un rayo" a la tierra, en donde anda suelto y desencadenado, "como león rugiente buscando a quien devorar", es decir, buscando a quien contagiar con su veneno más mortal, la soberbia. La soberbia es como un virus que nace del corazón del ángel caído, y que se contagia al corazón del hombre cuando el hombre se acerca al demonio, así como cuando alguien tiene gripe y contagia al que está cerca. A los que son soberbios, a los que les gusta que siempre los alaben, a los que les gusta ocupar siempre los primeros lugares, a los que les gusta que todos hablen de ellos, a los que les gusta sentirse mejores que los demás y desprecian a sus hermanos, a los que no perdonan, cuando alguien les hace un daño, ni tampoco piden perdón, cuando ellos hacen un daño a otro, a esos les pasa lo que le pasó al demonio: dejan de  ser amigos de Dios, porque Dios quiere amigos que sean como su Hijo Jesús, que no era soberbio sino humilde.
           A Dios le gusta que sus amigos se parezcan en todo a Jesús, que siendo Dios Hijo, y por lo tanto el Dueño y Creador del universo, vino a esta mundo humildemente, naciendo como un Niño de María Virgen; siendo Dios Todopoderoso, dejó que lo golpearan, lo flagelaran, lo coronaran de espinas y lo crucificaran, para que nos salvemos; siendo Dios Todopoderoso, viene a nosotros en la humildad de algo que parece ser pan, pero ya no es más pan, la Eucaristía, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Siendo Dios Todopoderoso, fue Niño y Adolescente, y como Niño y Adolescente, obedecía con amor a sus padres y los amaba muchísimo y demostraba ese amor haciéndoles siempre caso y ayudándolos en todo lo que podía. A los que son como su Hijo Jesús, Dios Padre los ama en esta tierra y, cuando llegan al Cielo, les da un lugar en el banquete del Cielo, muy cerquita de Jesús.

          Esto es entonces lo que Jesús nos enseña con el esta parábola: que no seamos soberbios, como el Diablo, y que seamos humildes, como Jesús. Y también como la Virgen, que siendo la Mamá de Dios, se llamó a sí misma "Esclava del Señor".

sábado, 17 de agosto de 2013

Evangelio para niños: "No he venido a traer la paz, sino la división"


(Domingo XX - TO - Ciclo C - 2013)
          Para entender el Evangelio de hoy, en donde Jesús nos dice que "no ha venido a traer la paz, sino la división", tenemos que imaginarnos a dos ejércitos que están luchando, uno dirigido por un capitán bueno, y otro, por un capitán malo. De pronto, en medio de la lucha, el capitán de uno de los ejércitos, el capitán bueno, sin tener miedo, se mete dentro de las filas de los soldados del otro ejército, y los convence, uno por uno, de que dejen de pelear contra él y comiencen a pelear contra el otro capitán, que es muy malo. así, este capitán bueno, introduce la división dentro del ejército enemigo, y hace que muchos de los que eran sus enemigos, ahora sean amigos de él y enemigos del capitán malo.
          Los dos ejércitos, que luchan uno contra otro, son el ejército de Jesús y María, y el ejército de Satanás. El ejército de Jesús está en un lugar alto, con mucho césped, con el cielo despejado y con un sol resplandeciente; el Jefe y Supremo Capitán de este ejército bien disciplinado y aguerrido es Jesucristo, y su estandarte es el estandarte ensangrentado de la Cruz; al lado suyo, está su Mamá, la Virgen, que es la celestial Capitana de este ejército; está rodeada de sus hijos más fieles, los que aman con todo el corazón y se han consagrado a Ella; los que rezan el Rosario todos los días; los que obran la misericordia, corporal y espiritual, por amor a su Hijo Jesús; los que prefieren morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. Los integrantes de este ejército tienen una coraza poderosísima, y es la humildad, que está reforzada a la altura del corazón, y esta humildad así reforzada hace que sea un corazón contrito y humillado. El casco y el escudo protector es la oración, y las armas que usan, poderosísimas, son el Santo Rosario, el amor a la Eucaristía y a la Santa Misa. Sus otras armas, igualmente poderosas, son: castidad, diligencia, templanza, paciencia, generosidad y, la más poderosa de todas, la caridad, que es el Amor mismo del Sagrado Corazón.
          El otro ejército, es el ejército de Satanás, que es su capitán; este ejército está en una hondanada, un lugar todo sucio con barro y agua estancada; el lugar está lleno de humo, que se levanta desde el trono de Satanás, pero el humo, en vez de subir al cielo, no lo hace, porque no puede entrar en el cielo el humo de Satanás, y entonces este humo, oscuro, espeso, de mal olor, invade todo su ejército. Este está formado por los ángeles caídos y por los hijos de las tinieblas, que son los hombres aliados con ellos; las armas son la soberbia, que hace que el corazón sea duro y frío como una piedra, y todos están atados al trono del demonio con gruesas cadenas de hierro, que tienen distintos nombres: pereza, gula, avaricia, ira, lujuria y envidia. Este ejército malo hace la guerra a Dios, a su Iglesia y a los hombres de buena voluntad.
          Los dos ejércitos están así, uno frente al otro, dispuestos para la batalla, pero en un momento determinado, el Capitán del ejército bueno, Jesús, acompañado por su Mamá, se dirige hacia el campamento del ejército malo. Nadie los puede ver, porque la soberbia los vuelve ciegos a todo lo que se refiere a Dios, y así es como se acercan a los hombres que están encadenados al trono de Satanás, y les hablan al corazón, primero la Virgen y después Jesús, para que se conviertan y se pasen al ejército bueno. A los que aceptan, Jesús y la Virgen los liberan de sus cadenas de hierro, y los llevan al campamento del ejército bueno; a los que no aceptan, los dejan así, para volver después y tratar de convencerlos.
          Esta es la división que viene a traer Jesús: la división dentro del ejército malo, convirtiendo los corazones de los que estaban atadas con cadenas de hierro al trono de Satanás y luchaban contra Dios. Antes eran enemigos de Dios por el pecado; ahora son amigos de Dios por la gracia.
          Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice que "no ha venido a traer la paz, sino la división", porque el cristiano no está en paz con el Demonio; el enemigo del cristiano no es su hermano, sino el Demonio, y Cristo ha venido para hacerle la guerra al Demonio, y por eso dice que "no ha venido a traer la paz".

          Jesús quiere que estemos en paz con Dios y con los hermanos y que, unidos a Él y a la Virgen, con la Cruz y con el Rosario, le hagamos la guerra al Demonio. Jesús ha venido para que dejemos de ser amigos del Demonio y seamos sus enemigos; Jesús ha venido para que, de enemigos de Dios que éramos, nos convirtamos en sus amigos.

jueves, 5 de abril de 2012

Jueves Santo para Niños y Adolescentes



En el Jueves Santo, Jesús cena con sus discípulos por última vez, porque al otro día ya iba a morir en la Cruz, y por eso la cena se llama "Última Cena". ¿Qué hace Jesús con sus discípulos? No se trata de una simple cena más: celebra la Pascua, que quiere decir "paso", porque Jesús iba a pasar de esta vida a la otra. Para saber bien qué quiere decir esta Pascua de Jesús, hay que acordarse de la pascua de los judíos. Los judíos también celebraban una pascua, en la que se acordaban que Moisés había hecho el milagro de dividir las aguas del Mar Rojo para que pudieran llegar de Egipto a Jerusalén, y festejaban comiendo cordero asado. Jesús hace una nueva Pascua, porque los que la celebren van a pasar de esta vida, que es como el desierto de Egipto, a la otra vida, la vida eterna, en donde se encuentra la Jerusalén del cielo, no la de la tierra, y también se festeja comiendo carne de cordero, pero no del cordero animal, sino la carne del Cordero de Dios, Jesús resucitado en la Eucaristía. Es muy importante comer esta carne, porque el que no come de esta carne, muy especial, porque está llena de la gloria y de la vida de Dios, que es eterna, no puede entrar en la Jerusalén de los cielos.

Como Jesús, que era Dios, sabía que al día siguiente, Viernes Santo, iba a morir en la Cruz, y como en su Corazón estaba el Amor infinito de Dios, que amaba tanto a los hombres que no quería irse, quiso dejar muchos regalos espirituales para sus discípulos, y es así como en la Última Cena Jesús inventa cosas para quedarse con sus amigos, los hombres, hasta el fin del mundo.

Todo lo que hace Jesús nos muestra qué es lo que hay en su Sagrado Corazón: mansedumbre, humildad, y sobre todo amor, mucho pero mucho amor.

Jesús, siendo Dios omnipotente, infinitamente sabio, se humilla delante de sus discípulos, que eran creaturas suyas, porque Él las había creado, y les lava los pies. Esa era una tarea reservada a los esclavos, y era necesario hacerla porque en ese entonces muy pocas calles estaban cubiertas con adoquines, ya que la inmensa mayoría era de tierra, y como el calzado habitual eran sandalias, además de las manos, las personas debían lavarse los pies, puesto que se acostumbraba a comer sentados en una especie de almohadones.

Jesús, que en el cielo era adorado por los ángeles, que para estar delante de Él debían inclinar sus rostros porque se consideraban indignos de contemplarlo, ahora se humilla, haciendo una tarea propia de esclavos, y se arrodilla delante de cada discípulo para lavarles los pies.

¿Porqué Jesús hace algo así? ¿Porqué se humilla de esa manera?

Porque quería demostrarnos hasta qué punto llega su amor por nosotros; quería que nos diéramos cuenta que para Él no cuentan ni los títulos, ni las propiedades, ni el oro, ni la plata, ni las cuentas bancarias, ni los viajes que hagamos, ni la cantidad de universidades a las que hayamos asistido; para Él cuenta la humildad y la mansedumbre del corazón, y este gesto suyo de lavar los pies a sus discípulos, revela cómo es su Corazón, manso y humilde. Y Jesús hace esto para que nosotros hagamos lo mismo con los demás; Él quiere que aprendamos que la felicidad está en ser humildes y en servir a los demás, y no en ser orgullosos y soberbios y pretender que nos sirvan. No por nada nos dice que aprendamos a ser como Él: "Si Yo, que soy Maestro, les he lavado los pies, hagan lo mismo entre ustedes. Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes". Y en otro lugar dice: "Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón".

Pero hay otras dos cosas que hace Jesús, que muestran el Amor infinito, que es como un océano sin playas, que hay en su Corazón: la primera cosa que hace es un milagro, el más grande de todos los milagros de Dios, un milagro en el que usa todo su poder infinito de Dios, toda su Sabiduría infinita de Dios, y todo su Amor infinito de Dios, de manera que si Él quisiera hacer otro milagro más grande, no podría; Jesús hace un milagro tan pero tan maravilloso, que los ángeles del cielo, los ángeles de luz, al mirarlo, se quedan sin palabras, porque es tan maravilloso y tan grande, que casi no lo pueden creer, y es el Milagro de la Eucaristía, milagro por el cual Él se iba a quedar entre los hombres en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en todos los sagrarios del mundo. Es decir: Él iba a morir, luego iba a resucitar, y se iba a ir al Cielo, con su Padre Dios y con Dios Espíritu Santo, pero al mismo tiempo, por el milagro de la Eucaristía, se iba a quedar en medio nuestro, para consolarnos, para darnos fuerza, para ayudarnos en nuestros problemas, para iluminarnos en la oscuridad del mundo, para ayudarnos a caminar en el peregrinar a la Jerusalén celestial.

La otra cosa que hace Jesús, que demuestra el amor infinito que nos tiene, es ordenar sacerdotes a sus amigos, los discípulos, para que ellos celebren la Misa -y así Él pueda quedarse en la Eucaristía y en el sagrario, la Prisión de Amor, en donde el carcelero que no lo deja salir a Jesús y dejarnos solos es el Amor de Dios- y también confiesen, para que vivamos no solo sin pecados, sino en gracia de Dios, listos para ir al Cielo cuando Dios nos llame.

Todo esto hizo Jesús en la Última Cena, y todo lo hizo por amor a nosotros: el lavatorio de los pies, la Eucaristía, el sacerdocio llamado "ministerial", porque así dice el Evangelio: "Jesús, después de haber amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn 13, 1-15).

sábado, 10 de septiembre de 2011

Cuando somos orgullosos, nos parecemos al ángel caído; cuando somos humildes, nos parecemos a Jesús y a la Virgen




¿Qué fue lo que hizo que cientos de miles de millones de ángeles buenos, llenos de luz y de amor, se convirtieran en monstruos, en duendes, dragones, en seres bestiales, llenos de oscuridad y de odio?

Un pecado. Un solo pecado: el orgullo, llamado también soberbia.

Por un solo pecado, cientos de miles de millones de ángeles, creados en la luz de Dios para alegrarse eternamente en su presencia, fueron precipitados al infierno, en donde sufren y lloran por toda la eternidad[1].

Por un solo pecado, Adán y Eva, creados por Dios inmortales, sanos, fuertes, sin dolor, y llenos de alegría, para ser felices en su amistad para siempre, perdieron el Paraíso, y con él todos los dones que Dios les había dado: la juventud eterna, la ausencia de dolor, la alegría, su amistad.

¿De qué pecado se trata? ¿Qué cosa es tan mala y tan fuerte, como para hacer caer del cielo de Dios, a miles de millones de ángeles y precipitarlos en el lago de fuego eterno que es el infierno?

¿Qué clase de pecado es aquél que hizo que Adán y Eva perdieran para siempre el Paraíso, y comenzaran a enfermarse, a sufrir dolores, a envejecer, a morir, a estar tristes porque se encontraron lejos de Dios?

Ese pecado tan terrible, tan poderoso y malo, que llena al ángel de luz de oscuridad, y al alma humana en gracia le quita la gracia, llenándola de tinieblas y de mal, es el orgullo.

El orgullo es el primer pecado cometido por un ángel en los cielos: Satanás.

¿Cómo sucedió?

Dios, que es Bondad, Amor y Sabiduría infinitas, creó un ángel, el más hermoso y el más inteligente de todos, a quien llamó Luzbel. Creó también a muchísimos otros ángeles, pero ninguno era tan inteligente y tan hermoso como él. Dios había creado los ángeles para que lo conocieran a Él, y se alegraran de conocerlo, y lo sirvieran y lo amaran por la eternidad. Dios no tenía necesidad de crear a los ángeles, porque Él es alegre en sí mismo, en la perfección de sus Tres Divinas Personas, y si creó a los ángeles, no es porque tuviera necesidad de ellos, sino porque quería que otros compartieran su felicidad. Los ángeles fueron creados como espíritus puros, llenos de la luz, del amor, de la alegría y de la vida divina. Eran todos hermosos y buenos.

Pero Luzbel, al verse así, creado con tanta perfección, se llenó en su corazón de algo que Dios no le había dado, y era el orgullo. El orgullo fue lo que lo llevó a decir: “¡No serviré a Dios! ¡No voy a obedecer! ¡Quiero hacer mi propia voluntad!¡Yo soy como Dios!”. El orgullo comenzó como una mancha negra, oscura, a la altura del corazón de Luzbel, y desde ahí fue esparciéndose a todo su espíritu angélico, contaminándolo todo y ensuciándolo todo, convirtiendo a todo su espíritu angélico en una cosa oscura, negra, de mal olor, como de algo que se comienza a descomponer. Sus alas, que eran blancas y hermosas, se ennegrecieron y se convirtieron en alas como de murciélago, con garras y pelos; todo su espíritu angélico, que era hermoso, se transformó en un cuerpo horrible, como de mil monstruos; pero lo peor de todo, fuero los cambios que experimentaron su corazón y su mente: el corazón, que antes de la rebelión estaba lleno de la luz y del amor de Dios, ahora se volvió una cosa oscura y maloliente, en donde sólo había tinieblas y odio a Dios; su mente, que antes se deleitaba en la contemplación de la hermosura de Dios, ahora se lamentaba y se dolía porque estaba llena de sí mismo. A muchos ángeles les pasó lo mismo, y es así como lo siguieron en su rebelión contra Dios.

Pero entonces apareció San Miguel Arcángel, el jefe de los ángeles buenos, quien, con voz potente, gritó: “¿Quién como Dios? ¡No hay nadie como Dios! Sólo Dios es el Ser infinitamente bueno y perfecto, Creador de todo el universo y Tres veces Santo!”.

Entonces hubo una lucha en el cielo, y ganaron San Miguel Arcángel y los ángeles buenos.

Luzbel cayó a la tierra, pero antes pasó por el Paraíso, y tentó a Adán y Eva con su mismo pecado de orgullo y soberbia, haciéndolos perder la gracia. Ese fue el pecado original, y fue la causa de que Adán y Eva perdieran el Paraíso, para ellos y para todos nosotros. También ellos, como el demonio en los cielos, dijeron en el Paraíso: “¡No serviremos a Dios! ¡No obedeceremos! ¡Queremos hacer nuestra voluntad!”. Y haciendo su propia voluntad, obtuvieron sólo dolor y tristeza.

Esto también nos puede pasar a nosotros, cuando nos rebelamos y no queremos obedecer, por caprichos, por pereza, o por el motivo que sea. La voz de Dios se escucha a través de los padres y a través de los mayores, y también a través de la conciencia, y si desobedecemos esa voz, habrá sólo tristeza y dolor para nosotros.

No seamos como el ángel malo, que no quiso obedecer a Dios; seamos como el ángel bueno, San Miguel Arcángel, y obedezcamos a Dios, que se nos manifiesta en nuestros padres y mayores y en la voz de la conciencia.

Para eso, tenemos que empezar por luchar contra nuestro orgullo y nuestra soberbia, que nos hace enojar cuando alguien nos hace una corrección. El orgulloso no soporta que alguien le diga que lo que está haciendo está mal, y que tiene que corregirse; el orgulloso no pide perdón si ofende a alguien; el orgulloso se enoja cuando alguien no piensa como él, o cuando no se hace lo que él dice y quiere.

El ejemplo opuesto al orgullo es la humildad de Jesús, que siendo Dios se hizo Niño para salvarnos, y también el ejemplo de la Virgen, que siendo la criatura más hermosa de todas, comprendidos ángeles y santos, se humilló a sí misma llamándose “esclava” del Señor.

Cuando somos orgullosos, nos parecemos al ángel caído; cuando somos humildes, nos parecemos a Jesús y a la Virgen.


[1] Cfr. Rüger, L., El maná del niño, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 1952, 254.

lunes, 25 de julio de 2011

Consagración a la Virgen para Niños y Adolescentes 5ta semana



La última parte de la Consagración a la Virgen está dedicada a Jesucristo.

Es el fin de la Consagración: nos consagramos a la Virgen sólo para que la Virgen nos presente a su Hijo Jesucristo. Queremos ser de la Virgen para ser de Jesucristo. Como niños pequeños, nos dejamos llevar por la Virgen en sus brazos, para que Ella nos lleve a su Hijo Jesús. Por la Consagración, entramos en el Corazón de la Virgen, porque ahí está todo el Amor que Dios le tiene a Jesús. Nos consagramos para pedirle a la Virgen que nos de todo el Amor de su Corazón Inmaculado, con el cual Ella ama a su Hijo Jesús, para que podamos amar a Jesús con su mismo Amor.

El fin de nuestra vida aquí en la tierra es conocer y amar a Jesucristo, y por eso, nadie mejor que la Virgen, porque Ella lo conoce y lo ama como nadie en el mundo.

Por eso, dejamos que sea la Virgen que nos diga cómo es su Hijo Jesús, a quien queremos conocer y amar.

Le preguntamos a la Virgen: “Madre mía, ¿cómo es Jesús?”.

Y Ella nos contesta:

“Mi Hijo Jesús es paciente. Desde muy pequeñito, demostró siempre una gran paciencia; no había nada que lo hiciera perder la paciencia. Mientras los niños de su edad, pequeñitos, hacían berrinches y se enojaban por cualquier cosa, Mi querido Niño soportaba los contratiempos y los inconvenientes con una hermosa sonrisa. Siempre fue así. Y ya de grande, demostró todavía más ser infinitamente paciente. Cuando era acusado injustamente ante los tribunales, nunca dijo nada que pudiera ofender a alguien, ni levantó la voz, ni mucho menos la mano. Cuando llevaba la cruz, camino del Calvario, y toda la gente, y los soldados, lo golpeaban, lo insultaban, lo escupían, a cada paso que daba, Mi querido Hijo lo sufría todo en silencio, sin decir una palabra, y sin quejarse de nada. La paciencia está muy unida a la mansedumbre, son casi la misma cosa, y por eso Mi querido Hijo era manso como un corderito. De hecho, ya de grande, le llamaban: “Cordero de Dios”. Un cordero no es agresivo, ni está peleando todo el día, ni se enoja a cada rato. Así, y mucho más, era mi Hijo Jesús. Él quiere que ustedes sean como Él, y por eso dijo en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso (o paciente) y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Mi Hijo Jesús es humilde. Ser humildes quiere decir tener muchas cualidades, y ser muy bueno, pero no andar haciendo alarde de lo que se es y se tiene. Él es Dios, y como Dios que es, es infinitamente bueno, compasivo, misericordioso, pero esa bondad suya la demuestra con hechos, más que con palabras. Él no anda diciendo: “Yo Soy bueno”. Él es bueno, y todas sus obras son buenas. Él curó enfermos, expulsó demonios, multiplicó panes y peces, resucitó a los muertos, perdonó a sus enemigos, en la cruz. Hizo un bien infinito a la humanidad, y todo en silencio, sin aspavientos.

Como dijimos recién, Él es Dios, y como tal, es “omnipotente”, es decir, tiene muchísimo poder. Tiene tanto poder, que sólo con Él pensarlo y quererlo, el mundo fue creado. ¡Todo el mundo, todo el universo! Tanto el visible, como el invisible. Él es Dios Omnipotente, que quiere decir “Todopoderoso”, todo lo puede, con sólo pensarlo y quererlo. Creó los ángeles, los hombres, los planetas, las estrellas. Yo lo tenía en mis brazos, y pensaba: “¡Qué gran misterio! Tengo en mis brazos al Dios Todopoderoso”. Si Él quería, con sólo llamar a San Miguel Arcángel, tendría a su disposición a un ejército de millones y millones de poderosísimos ángeles y arcángeles, que combatirían por Él, y derrotarían a sus enemigos en un abrir y cerrar de ojos. O si Él quería, con sólo hacer escuchar su voz de trueno, como lo hizo en el Huerto de Getsemaní. Esa noche, cuando sus enemigos fueron a buscarlo, debido a la oscuridad, no podían ver bien, y preguntaban: “¿Quién es Jesús de Nazareth?”. Y Él, con su voz majestuosa de Dios, que suena como mil millones de truenos juntos, dijo: “Yo Soy”. Y todos retrocedieron, asustados, y se cayeron del miedo. Eso podría haber hecho en la Pasión, y no lo hizo, porque la infinita humildad de Mi amado Hijo no le permitía hacer alarde de su Omnipotencia y de su condición de Dios Todopoderoso, y es así como Mi Jesús dejó que lo humillaran, que lo golpearan, que lo flagelaran, que lo crucificaran.

Él quiere que ustedes sean como Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.

Finalmente, mi Hijo queridísimo es todo Amor, Amor infinito, Amor ardiente, Amor de Dios, que arde en deseos de donarse a los corazones de los hombres, Cuando Él se apareció a Santa Margarita, como el Sagrado Corazón, le dijo que su Corazón ardía en las llamas del Amor de Dios, y que esas llamas eran tantas y tan grandes y altas, que ya no soportaba más tener ese Amor en el Corazón, y que Él quería darlo a todas las almas, pero muchos no lo quieren recibir, y eso le causa una gran tristeza, porque quien no lo recibe, se condena.

Mi Hijo es todo Amor, y ese Amor se concentra, en forma de llamas, en la Eucaristía, y quien lo recibe con fe y con amor en la Eucaristía, recibe su Sagrado Corazón, que arde en el Fuego del Amor divino. Lamentablemente, muchas veces debe irse de un corazón, tan pronto como ha llegado, porque muchos están distraídos y pensando en otras cosas, en el momento de la comunión.

A ustedes, que se han consagrado a Mi Corazón Inmaculado, les pido: ¡Sean como Él, mansos y humildes de corazón, porque los soberbios no entrarán nunca en el Reino de los cielos! ¡Reciban a Mi Hijo con fe y con amor en la Eucaristía, para tenerlo en sus corazones en esta vida, y después para siempre en la vida eterna!”.

jueves, 16 de junio de 2011

Consagración a la Virgen para Niños y Adolescentes 2da Semana



1. La oración
¿Qué es la oración? Podemos decir que la oración es “hablar”: con Dios, o también con Jesús, que es Dios Hijo hecho Hombre, o con la Virgen, o con los santos, o con los ángeles. ¿Es importante la oración? Como en esta vida nuestro modelo a seguir y a imitar es Jesús, veamos qué nos dice el Evangelio acerca de la oración de Jesús.
En el Evangelio de San Mateo, en capítulo 4, entre los versículos 1 al 11, se dice: “Jesús se retiró al desierto para orar” (cfr. Mt 4, 1-11). Y como sabemos, Jesús estuvo en el desierto cuarenta días, y en esos cuarenta días, estuvo rezando, además de ayunar (quiere decir que no comió ni bebió nada en esos cuarenta días). Además, en muchas otras partes en el evangelio, se dice que Jesús rezaba, como por ejemplo, antes de hacer algún milagro, como una curación, o antes de multiplicar los panes y los peces, y rezó también en el Huerto de los Olivos, y en la cruz, antes de morir.
Pero Jesús no solo rezaba cuando era grande: también rezaba desde niño muy pequeño, y esto lo sabemos no por la Biblia –hay muchas cosas que no están en la Biblia, porque si Dios escribía todo en la Biblia, iba a quedar un libro más grande que toda una biblioteca entera-, pero sí lo sabemos por la Tradición y el Magisterio: como Jesús es Dios Hijo, y como la oración es “hablar”, Él hablaba con su Padre, incluso antes de comenzar a decir palabras.
La oración, entonces, es importante, porque Jesús rezó desde muy pequeño, y rezó durante toda su vida.
¿Cómo qué es rezar?
Dijimos que rezar es “hablar” con Dios, con la Virgen, con los santos, etc. Así como en la vida de todos los días no podemos estar sin hablar, porque necesitamos comunicarnos para decir lo que nos pasa, o para preguntar a los demás qué les pasa -¿se imaginan de alguien que, pudiendo hablar, se quedara mudo todo el día?-, así es con la oración: necesitamos rezar para decirle a Dios, a Jesús, a la Virgen, a los santos, qué es lo que nos pasa, qué cosas necesitamos. Si usamos el lenguaje para expresar afecto hacia nuestros seres queridos, entonces también debemos rezar, para expresarle a Dios nuestro amor (pero también tenemos que saber que, si rezamos, debemos comportarnos como rezamos).
Rezar también es como comer: así como tenemos necesidad de alimentarnos, para que nuestro cuerpo crezca, y se mantenga fuerte y sano, así también tenemos necesidad de rezar, para que nuestra alma reciba el alimento del espíritu que es el amor y la vida de Dios, y así se mantenga siempre sana y fuerte. Si alguien no come, se debilita, y si alguien no reza, su alma se vuelve débil y enfermiza, y si no nos olvidamos de comer, porque tenemos hambre, así también no nos debemos olvidar de rezar, porque tenemos hambre de Dios.
Rezar es como tomar agua: el agua es muy importante para el cuerpo; más de un 80% del cuerpo está formado por el agua, y si no hay agua, los órganos no funcionan y se “funden”, así como se funde el motor de un auto si no tiene aceite. Lo mismo sucede con la oración: si el alma no reza, es como si estuviera en un desierto, ya que sufre el ardor de las pasiones y la sequía del amor de Dios. Rezar es al alma lo que el agua fresca al cuerpo sediento: con la oración, el alma se refresca con el agua pura que viene del Espíritu de Dios.
Rezar es como respirar: el cuerpo necesita respirar para recibir el oxígeno del aire, el cual entra en los pulmones, pasa a la sangre, y se distribuye por todos los órganos, los cuales a su vez, entregan a la sangre el dióxido de carbono para ser eliminado. También las plantas, y los animales, necesitan respirar. Todos los seres vivos necesitan respirar. Si no respiramos, nos morimos en pocos minutos. Lo mismo pasa con el alma: la oración es al alma lo que el oxígeno es al cuerpo; si el cuerpo no se respira, muere, y lo mismo pasa con el alma: si no reza, va muriendo de a poco.
Orar es como iluminarnos con una fogata en una noche oscura y fría: así como la fogata nos da luz y calor en medio de la noche, así la oración ilumina al alma con la luz de Dios, y le también el calor de su amor. En una noche oscura, sin luz de luna, ni luz artificial, ni luz de vela, no se puede ver nada, y todo aparece confuso: una piedra grande puede parecer un oso, o un tigre; y al revés, un oso o un tigre, pueden parecer una roca grande. Cuando no hay luz, estamos en peligro. Cuando no hay luz, todo es confusión. Y si hace frío, y no tenemos fuego para darnos calor, el frío nos envuelve, y hasta puede helarnos los huesos. Lo mismo pasa cuando no hay oración: el alma se queda a oscuras, rodeada de tinieblas, y se encuentra en un gran peligro, porque la acechan no los osos o los tigres, o las bestias feroces que conocemos, sino seres espirituales que habitan en la oscuridad, los ángeles caídos, los habitantes del infierno, que se agazapan en las tinieblas, para destrozar al alma apenas se descuidad. Cuando no hay oración, el alma se enfría, lo cual quiere decir que no hay amor en su corazón, y que su corazón es duro con los demás: agresivo, malo, contestón, peleador, egoísta.
Cuando rezamos, por el contrario, recibimos la luz de Dios y el calor de su Amor; es como estar iluminados por una fogata, en medio de una noche muy oscura y fría. Es también como quien ve amanecer: así como aparece una estrella brillante, la Estrella de la Aurora, que anuncia que la noche está por terminar, y que está por salir el sol, rezar –y sobre todo, rezarle a la Virgen, que es llamada “Estrella de la mañana”- es como ver aparecer esa estrella que anuncia la llegada del sol: al rezarle a la Virgen, Ella como Estrella más brillante, nos anuncia que ya viene al alma el Sol de los cielos eternos, su Hijo Jesús, y cuando sale el sol, ya no hay más noche.
Por último, rezar es como encontrarse con un ser querido, a quien no veíamos de hace tiempo, porque se había ido de viaje a un lugar muy lejano: así como nos da alegría encontrarlo, y el corazón comienza a latir más rápido, así también es rezar, porque el alma se alegra cuando Dios viene al corazón por la oración.
Por todo esto tenemos que rezar, pero hay una razón más, que es la más importante de todas: tenemos que rezar, porque la oración llena al alma del Amor de Dios.
Hay que rezar, pero es muy difícil rezar bien, y es tan difícil, que capaz que nunca podamos rezar bien. Pero hay alguien que nos puede hacer la oración facilísima, y nos puede enseñar a rezar, y además, va a rezar con nosotros. ¿Quién es?
¡La Virgen María! Porque Ella rezó a Dios desde niña, cuando era muy pequeñita, y cuando tuvo a Jesús por el Espíritu Santo, lo miraba siempre, como hace toda madre con su hijo, y contemplar a Jesús, es la mejor forma de rezar. Entonces, nadie como Ella para enseñarnos a rezar, y para eso nos consagramos a la Virgen.
Además, la Virgen presenta nuestras oraciones, pequeñas y pobres, y las agranda, y así le gustan a Jesús. Nuestras oraciones son como si fueran unas frutillas diminutas, pequeñísimas, y amargas, que no se pueden comer, y si rezamos sin la Virgen, a Jesús le parecen tan amargas, que no las recibe, pero si rezamos con la Virgen, Ella las endulza, les pone mucha azúcar y crema, se las presenta en una bandeja de plata, con muchos cubiertos, también de plata, y así Jesús las acepta.
Para eso nos consagramos a la Virgen.

2. EL ESPÍRITU SANTO
El Espíritu Santo aparece en la Biblia como un animalito –la paloma- y como una cosa –el fuego-. Aparece como paloma en el bautismo de Jesús en el Jordán (cfr. Mt 3, 13-17), y aparece como fuego en Pentecostés, cuando la Virgen y los Apóstoles estaban rezando.
¿Por qué se aparece el Espíritu Santo de esta manera, como paloma y como fuego?
Para que nos demos cuenta cómo es el Espíritu de Dios.
Veamos cómo es una paloma: es un animalito bueno, pacífico, manso; si lo tomamos con nuestras manos, no nos agrede, y tampoco agrede a ningún otro animal. Construye pacíficamente sus nidos en lugares altos, y su apariencia es la de un animal inofensivo, y por eso es que su imagen se usa como símbolo de la paz.
El Espíritu Santo se aparece como paloma, para que nos demos cuenta que el Espíritu de Dios es bondadoso, manso y pacífico como una paloma. Así como una paloma no hace daño, ni es mala, así, y mucho más, el Espíritu de Dios es pura bondad y amor. Y si a una paloma de la tierra la podemos tomar con nuestras manos y estrecharla entre nuestros brazos, el Espíritu Santo, la dulce paloma, viene a nuestro corazón, para reposar en él y cantar sus arrullos de amor.
Pero el Espíritu Santo viene sólo cuando el corazón se ha convertido en un nido de luz por las buenas obras y la oración; de otra manera, el Espíritu Santo, esa dulce paloma, se va volando y no se asienta en nuestro corazón. Cuando no hay oración, el corazón puede volverse no como un nido de luz, sino como un nido de serpientes, oscuro y frío, y ahí no está el Espíritu Santo, sino el Espíritu del mal.
El Espíritu Santo aparece como lenguas de fuego en Pentecostés, para hacernos ver que Dios es como el fuego, pero no como el fuego de la tierra, el que conocemos, y con el cual cocinamos los alimentos, porque ese es un fuego que lastima y que hace daño: Dios es fuego, pero un fuego suave, que enciende al alma en el Amor divino; es un fuego que da paz, alegría, calma, gozo, al hombre.
¿Cómo hacer para que el Espíritu Santo, que es Paloma y es Fuego, venga a nuestro corazón? Como hicieron los Apóstoles en Pentecostés: ellos estaban rezando con la Virgen, cuando apareció el Espíritu Santo; así también nosotros, debemos rezar con la Virgen, para que venga el Espíritu Santo a nuestro corazón, como dulce Paloma blanca, y como Fuego de Amor divino.
Y algo muy importante: el Espíritu Santo no viene si alguien no lo llama, y ese “alguien”, es la Virgen María. Por eso tenemos que consagrarnos a la Virgen, para que Ella llame a esa palomita blanca, que es el Espíritu Santo, y lo encienda en el Amor de Dios.
3. LA HUMILDAD DE MARÍA
La humildad es algo muy necesario para entrar en el cielo. Sin la humildad, no podemos entrar. Es como si alguien quisiera viajar a un país lejano, y no tuviera el pasaporte: no puede viajar. La humildad es el “pasaporte” que nos abre las puertas del cielo.
Sin humildad no se puede entrar en el cielo, porque el que no es humilde, es soberbio, y Dios, dice la Biblia, “resiste a los soberbios”. Cuando Dios ve a un corazón soberbio, le parece estar viendo al mismo ángel caído, porque el ángel caído fue el primer soberbio que hubo en los cielos, y entonces no quiere saber nada con él, y no lo deja pasar.
¿Qué es la humildad? Dice Santo Tomás: "Una cualidad por la que una persona considerando sus defectos tiene una modesta opinión de sí misma, y se somete voluntariamente a Dios y a los demás por Dios".
Ser humilde quiere decir reconocerse en sus limitaciones –por ejemplo, no puedo ir volando a la luna- y en sus defectos –puede ser que sea perezoso, o rápido para enojarme-, y cuando lo reconozco, me doy cuenta de que, comparado con los demás, los demás son mejores que yo, y comparado con Dios, me doy cuenta de que Dios es como un Sol gigante, y yo más chico que una ameba (babosa).
Ser humildes es muy difícil, porque siempre pensamos de modo opuesto a la humildad: nos creemos mejores que todos, incluso hasta nos animamos a decirle a Dios qué cosas Él hace bien, y cuáles podría hacer mejor. Sabemos que no somos humildes, cuando nos damos cuenta que nos gusta que nos alaben, y no nos gusta que nos digan los errores, o que nos digan en qué nos equivocamos, o que tenemos algún defecto, o cuando nos enojamos fácilmente por cualquier cosa.
Ser humildes no quiere decir ser tímidos, o ser pusilánimes, o mediocres, o vagos, como si alguien dijera: “No quiero sobresalir en nada, y por eso no hago nada bien”. Todo lo contrario, ser humildes quiere decir apreciar los talentos recibidos, no envanecernos por ellos, y ponerlos al servicio de los demás. Cuando nos enorgullecemos y queremos hacer notar a todos el talento que tenemos, para que nos alaben, entonces el alma parece un globo inflado, hinchado desmesuradamente con el aire de la vanagloria, o se parece a un pavo real, que se pasea mostrando sus plumas, mientras le caen los mocos de la nariz.
La humildad permite que podamos descubrir que todo lo bueno que existe en nosotros, sean talentos naturales o sobrenaturales, provienen de Dios, lo cual nos debe llenar de gratitud para con Dios.
No es fácil ser humildes; por el contrario, es muy difícil, y es tan difícil ser humildes, que aunque nos esforcemos toda la vida, y aunque vivamos ciento veinte años intentándolo, nunca vamos a ser humildes. Ni siquiera si llegáramos a vivir quinientos, o mil años.
Pero no nos tenemos que desanimar.
Hay alguien que nos puede enseñar a ser humildes, y nos puede también ayudar a ser humildes, en muy poco tiempo, y ese Alguien es: ¡la Virgen María!
Ella es la más humilde de todas las criaturas, porque Ella, siendo Pura y Llena del Espíritu Santo, se llamó a sí misma “Esclava del Señor”. ¿A quién de nosotros le gusta que le digan: “esclavo”? Y si tuviéramos que elegir un nombre para que nos reconozcan, ¿qué nombre elegiríamos? Seguro que “Inteligente”, “Sabio”, “Astuto”, “El mejor de todos”, y cosas por el estilo, pero nunca elegiríamos el nombre de “esclavo”, como lo hizo la Virgen María.
Entonces Ella es la Única que puede enseñarnos a ser humildes, y para eso nos consagramos a la Virgen María.

Oraciones para rezar la Segunda Semana de la Consagración

Nos ponemos en presencia de Dios y hacemos silencio por unos momentos

Nos hacemos la señal de la cruz.

Oración al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,

Danos tu amor.

Ven a nuestras vidas, ven Santo Espíritu

Ven a nuestros cuerpos, ven Santo Espíritu (tres veces)


Recemos un Padrenuestro, un Ave María y un Gloria


Oración a Jesús

Jesús, yo creo en Ti, Jesús, Te adoro

Jesús, yo espero en Ti y Te amo

Jesús, perdón por los que no creen en Ti,

y no Te adoran, no esperan, y no Te aman.


Oración a la Virgen María

Te elijo hoy, oh María,

en presencia de toda la corte celestial

por Madre y Reina mía.


Invocación

Oh María, Reina de la Paz y la Reconciliación

Ruega por nosotros y por el mundo entero.

viernes, 10 de junio de 2011

La Virgen, Madre y Maestra, nos enseña la Sabiduría de la Cruz

María Maestra de Sabiduría
nos enseña
a leer el Libro de la Cruz,
para que aprendamos a ser
como su Hijo Jesús.

Cuando vamos a la escuela, vamos con ganas de aprender, porque cada vez que aprendemos algo, somos mejores, ya que nos hacemos más perfectos: antes, no sabíamos algo, y ahora sabemos lo que nos enseñaron. Por eso estudiar es muy importante, y hasta divertido. Cada vez que estudiamos, nos perfeccionamos, y así cumplimos lo que Jesús nos dice en la Biblia: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto” (cfr. Mt 5, 48).

Para aprender, en la escuela usamos libros, y la maestra nos ayuda para que aprendamos, y así vamos sabiendo cada vez más.

Pero sucede que lo que aprendemos en la escuela, nos sirve para las cosas de la tierra, para la vida que vivimos aquí, pero no nos ayuda para ir al cielo. Para ir al cielo, necesitamos saber otra cosa, y necesitamos otro libro, y otra maestra, porque es cierto lo que decía Santa Teresa de Ávila: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”.

¿Dónde hay que estudiar para salvarse? ¿Qué libro hay que usar para ir al cielo? ¿Quién es la maestra que nos va a enseñar? Para ir al cielo, se estudia en un libro muy pero muy especial, que viene del cielo, y nos lo regala Dios, y es el Libro de la Cruz.

Ahí, en la Cruz, está toda la Sabiduría necesaria para ser felices en esta vida, y para ser felices en la otra, es decir, para salvarnos, nosotros y nuestros seres queridos.

Y como en la escuela, que necesitamos de una maestra para que nos enseñe a aprender, así también en la Cruz necesitamos una maestra, que conozca bien ese libro, y esa Maestra es la Virgen María, la Mamá de Jesús. Ella lo conoce bien, porque ese libro salió de Ella, y Ella también estudió de ese Libro. La Virgen, al pie de la cruz, es nuestra Maestra, que nos enseña cómo ir al cielo, leyendo en ese Libro de Sabiduría eterna, que es su Hijo Jesús crucificado.

La Virgen, nuestra Maestra, nos dice entonces que veamos a su Hijo en la cruz, y ahí aprenderemos todo lo que necesitamos para ir al cielo. Si queremos saber cómo tenemos que hacer con un compañerito de la escuela con el que nos hemos peleado, Jesús nos enseña cómo perdonar a nuestros enemigos; si queremos saber cómo tenemos que amar a Dios y al prójimo, Jesús en la cruz nos lo enseña; y así con todo.

En la Cruz, Jesús nos enseña muchas cosas:

-nos enseña a ser pobres, y es necesario ser pobres de cosas materiales, porque al cielo no nos podemos llevar nada material: ni tierras, ni dinero, ni oro, ni plata, ni la computadora, ni la Play, ni la guitarra… En el cielo se está tan pero tan bien, y hay tantas cosas divertidas, que todas estas cosas que aquí nos gustan, allá nos van a parecer aburridas. Entonces, como no podemos llevarnos nada de esto al cielo, Jesús en la cruz nos enseña la pobreza de la cruz

-pero también nos enseña a ser pobres de espíritu, porque el que es soberbio y orgulloso, el que no acepta que le digan nada, el que se envanece cuando lo halagan, como hace el pavo real, o el que se enoja cuando le dicen algo que no le gusta, ése no puede ir al cielo. Tampoco puede ir al cielo el que dice que no necesita de Dios. Jesús en la cruz nos enseña a ser humildes y a ser pobres de espíritu, es decir, a reconocer que necesitamos de Dios en todo momento, incluso para respirar.

-Jesús en la cruz nos enseña la castidad, es decir, la pureza del cuerpo y del alma. Él es puro y santo, porque es Dios hecho Hombre, y así como es Él, así tenemos que ser nosotros, para entrar en el cielo. Debemos desear lo que Jesús deseó en la cruz, y debemos rechazar lo que Él rechazó en la cruz. Jesús no quiso nada impuro, nada contaminado con el mundo, nada que no sea Dios, de Dios y para Dios, y así tenemos que hacer nosotros.

-Jesús en la cruz nos enseña la obediencia, porque Él obedeció a su Papá, Dios Padre, que le pedía que se sacrificara en la cruz y derramara su sangre, para que Él nos pudiera perdonar, y le pedía también que dejara que traspasaran su Corazón con una lanza, para que Él pudiera derramar el Espíritu Santo, que es su Amor, junto con la sangre y el agua del Corazón de Jesús. Y Jesús obedeció, porque Él amaba mucho, muchísimo, a su Papá del cielo, y así murió en la cruz por nosotros. Pero también obedeció a su Mamá de la tierra, la Virgen María, porque Ella también quería, junto a Dios Padre, que Él muriera en la cruz, para que pudiera resucitar y donarse como Pan de Vida eterna en la Misa. Y Jesús, como amaba mucho a su Mamá, le obedeció, a pesar que obedecer le costó mucho sacrificio, mucho dolor, porque era su propia vida y su propia sangre la que derramó en la cruz. Gracias a que Jesús obedeció en la cruz a su Papá del cielo, y a su Mamá de la tierra, la Virgen, es que nosotros podemos recibirlo en la Comunión, en la Eucaristía, y alegrarnos porque cada vez que comulgamos, tenemos a Jesús en el corazón.

-Jesús en la cruz nos enseña, sobre todo, el Amor, porque es por amor, a Dios y a los hombres, que Él se humilla, dejando que lo crucifiquen; es por amor que Él se despoja de todo y se hace pobre, siendo el más rico de todos los ángeles y los hombres; es por amor que Él quiere experimentar la ausencia de Dios, y la pobreza del alma que está sin Dios, y por eso Él dice en la cruz: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”; es por amor que Él vive puro y casto, sin pensamientos ni deseos impuros, para presentarse puro, purísimo, ante Dios; es por amor que obedece a su Papá y a su Mamá, y es por amor que se nos ofrece en la Eucaristía.

Pero además de enseñarnos todo esto, Jesús en la cruz nos da la gracia para llevar a cabo lo que Él nos enseña, porque sin su gracia, no podríamos nunca imitarlo y ser humildes, pobres, castos, obedientes y llenos de amor como Él. En la cruz, Jesús nos da la gracia, porque esa gracia se derrama sobre nosotros cuando le atraviesan el Corazón con una lanza.

Todo esto nos enseña Jesús desde la cruz, junto a María, la Maestra del cielo. Y cuando ya terminó la lección, la Maestra, que es la Virgen, nos da la tarea para la casa: “Haced lo que Él os diga”. Y la tarea para la casa, para la vida, es hacer en nuestras vidas todo lo que Jesús nos enseñó en la cruz.