Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 18 de octubre de 2018

No hay alegría más grande que recibir la Primera Comunión



 (Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Todos los seres humanos tenemos algo en común: todos queremos ser felices. Nadie quiere ser infeliz. Nadie quiere la infelicidad y todos queremos la felicidad. La razón es que hemos sido hechos por Dios para ser felices. El problema está, dice San Agustín, que buscamos la felicidad en lugares donde no la podemos encontrar y no la vamos a encontrar nunca. Muchos, equivocadamente, creen que la felicidad está en el dinero, o en el poseer bienes  materiales, o en tener fama, éxito, poder. Muchos creen que en las cosas del mundo está la felicidad. Esto es un grave error, porque esas cosas no pueden saciar la sed de felicidad que tenemos los seres humanos. Para que nos demos una idea, imaginemos la siguiente escena: imaginemos a un hombre que está parado al borde de un abismo, un abismo tan profundo que no llega a verse el fondo. Imaginemos que este hombre se diera a la tarea de llenar el abismo arrojando vasos de arena. Nunca lo conseguirá, nunca podrá llenar el abismo con la arena, porque el abismo es demasiado grande. Podrá pasar cientos de años en la tarea, y nunca se llenará el abismo. El abismo es nuestra alma y su deseo de felicidad; el vaso de arena con el que el hombre del ejemplo trata de llenarlo, son los bienes materiales, el dinero, el éxito, la fama, el poder. Así como el abismo de la imagen no se llenará nunca con vasos de arena, así nuestra alma nunca, pero nunca, podrá saciar su sed de felicidad con los bienes materiales, con el dinero, con la fama y el éxito. Esas cosas lo único que harán es hacernos más infelices cada vez y nos hará perder el tiempo, porque estaremos buscando la felicidad en donde jamás la vamos a encontrar.
         Entonces, hemos sido creados por Dios para ser felices, pero resulta que nada de lo creado –y mucho menos las cosas mundanas- puede satisfacer nuestra alma. Sin embargo, sí hay algo que sí puede llenar este abismo vacío y sediento de felicidad que es nuestra alma. ¿Qué es eso que puede llenar de felicidad nuestra alma? Lo que puede llenar de felicidad nuestra alma es la Sagrada Eucaristía, porque la Sagrada Eucaristía es Dios Hijo en Persona, Cristo Jesús y Cristo Jesús es la Alegría y la Felicidad Increadas  y cuando Él entra en un alma por la comunión eucarística, lo único que quiere hacer es derramar la Alegría y la Felicidad de su propio Corazón en nuestros corazones. Cuando Jesús entra en nuestros corazones, derrama tanto Amor, que ese abismo vacío y sediento de felicidad que es nuestra alma, queda extra-colmado y rebosante de amor, de alegría, de felicidad, de paz. Sólo la Eucaristía puede hacernos verdaderamente felices, en esta vida y en la otra. Por esta razón es que decimos que tomar la Primera Comunión es la alegría más grande que jamás alguien pueda experimentar. Jesús Eucaristía puede llenar y sobre-llenar nuestras almas, con su Alegría y Felicidad divinas, de manera tal, que después no vamos a desear nada en este mundo ni en el otro, que no sea el mismo Jesús.
         No cometamos el error de muchos niños y jóvenes que toman la Primera Comunión y, lamentablemente, se convierte para ellos en la última, porque nunca más vuelven a la Iglesia. Si queremos ser felices en esta vida y en la otra, acudamos a recibir la Sagrada Eucaristía, no solo en la Primera Comunión, sino en cada Misa que podamos asistir y que la Primera Comunión no sea la última, sino la Primera de muchas comuniones que, por la gracia de Dios, haremos hasta el día en que lleguemos a la otra vida. Tomar la Primera Comunión y comulgar con frecuencia, con todo el amor del que seamos capaces, nos hará felices en esta vida y en la otra, pero no se trata de una felicidad humana, ni tampoco se trata de que vamos a andar riéndonos por la vida de cualquier cosa. No consiste en eso la felicidad que nos da Jesús: es una felicidad mucho más profunda, una felicidad que no consiste en la risa, sino en la paz del alma que se sabe amada por Dios y es una felicidad que está presente incluso cuando en la vida hay tristezas y tribulaciones.
         Tomar la Primera Comunión es un regalo inmenso de Dios, porque Dios no nos da sus dones, lo cual ya sería algo en sí mismo inmenso, sino que se nos da Él mismo, en Persona, oculto en apariencia de pan. No dejemos de comulgar, que nuestra Primera Comunión no sea la última, sino la primera de muchas; cuanto más comulguemos, más anticipadamente viviremos, en la tierra, con la felicidad eterna del Reino de los cielos. No hay dicha más grande que recibir la Primera Comunión, Jesús, Dios Eterno, glorioso, resucitado, sacramentado.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 20 - Los Novísimos - Parte 2 – Cristo en la vida eterna del Cielo

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 20 - Los Novísimos[1] - Parte 2 – Cristo en la vida eterna del Cielo

         Doctrina
         ¿Qué quiere decir “la vida eterna”? Quiere decir que después de esta vida presente, hay otra vida que no tiene fin.
         ¿Cómo es la vida eterna? La vida eterna es siempre bienaventurada para los buenos en el cielo, o siempre infeliz para los malos en el infierno.
         ¿Quién va al cielo inmediatamente después de morir? Va al cielo inmediatamente después de morir todo aquel que muere en gracia de Dios y está por lo tanto libre de todos sus pecados y de la pena merecida por ellos.
         El cielo es el lugar donde los buenos viven con Dios eternamente felices; allí no hay tristeza, ni dolor, ni angustia; todo es alegría, paz y amor celestial, que brota de la Trinidad como de una fuente inagotable. Al cielo van los que mueren en gracia de Dios y mueren en gracia de Dios los que siguen el consejo del Evangelio: “negarse a uno mismo, cargar la cruz todos los días y seguir a Jesús” (Lc 9, 23). No hay NINGUNA OTRA FORMA de alcanzar el cielo, sino es por la gracia santificante y la cruz de Jesús. La mayor felicidad de los bienaventurados en el cielo consiste en contemplar a Dios Uno y Trino cara a cara y estar unidos a Él en un amor eterno, pues Él es la fuente de todos los bienes. Cuando el alma ve a Dios Trino en el cielo, el alma experimenta tanto gozo, tanta alegría, tanta paz, tanto amor, que no quiere dejar de mirarlo ni por un solo instante. En el cielo, el alma vive una alegría infinita porque, como dice Santa Teresa de los Andes, “Dios es Alegría infinita”.
         Explicación


Esta lámina representa el cielo (al que llamamos también “gloria”, “vida eterna o perdurable”), premio de la vida cristiana. El cielo se da como recompensa a quienes en esta vida amaron a Jesús y porque lo amaron, cargaron su cruz todos los días, siguiéndolo por el Camino del Calvario, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo. En el centro vemos a la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, en forma de paloma. Inmediatamente después de la Trinidad, está María Santísima, indicando en esta posición que Ella es Emperatriz de cielos y tierra. Alrededor de la Santísima Trinidad vemos a querubines, serafines y arcángeles; también está San Miguel Arcángel, que junto a los ángeles de luz combatieron a los ángeles rebeldes, expulsándolos del cielo con el poder de Dios; llevan escudos y espadas, en señal de fortaleza y fidelidad. Luego, se ve una inmensa multitud de santos y santas que con su vida cristiana ganaron el cielo y ahora viven eternamente felices, gozando de la visión de la Trinidad, de María Santísima y de los ángeles de luz. El arroyo cristalino que se ve en medio, ya en la tierra, significa la gracia santificante que nos viene del cielo y que da vida y fortaleza a las almas para que puedan seguir por el Camino de la Cruz, en pos de Jesús, el Cordero de Dios. La gracia de este arroyo se obtiene por la oración y los sacramentos (principalmente, por ser los de uso más frecuente, el Sacramento de la Penitencia y la Eucaristía, aunque también son todos los demás sacramentos). Para acceder a esta fuente, sólo basta el deseo de la vida eterna en el cielo: cualquiera puede beber de la fuente de la gracia, sin distinción alguna de edad, clase social o raza, porque “Dios no hace acepción de personas” (Rom 2, 11). El agua es símbolo de la gracia, la cual es un auxilio o ayuda gratuita sobrenatural que hace que nuestras obras sean meritorias y así seamos capaces de ganar el cielo; sin la gracia, y con sus propias fuerzas, es imposible para el hombre ganar la vida eterna en el cielo. La felicidad del cielo es indescriptible: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (2 Cor 2, 9).
         Práctica: Dice el Beato Tomás de Kempis en libro “Imitación de Cristo”: “En el cielo ha de ser tu mirada; por eso has de mirar las cosas de la tierra como quien está de paso”.
         Palabra de Dios: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 25, 46). “Allí estaremos siempre con el Señor” (1 Tes 4, 17) y “le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2), “cara a cara” (1 Cor 13, 21). “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17).
         Ejercicios bíblicos: 2 Cor 5, 1; 1 Jn 2, 25; Heb 13, 14; Col 5, 4.
        




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Solemnidad de Todos los Santos para Niños


(Ciclo B – 2015)

         Hoy la Iglesia se alegra y está de fiesta porque muchos de los que forman parte de la Iglesia, están ya en el cielo: la Iglesia se alegra por Todos los Santos, es decir, por todos aquellos niños, hombres, mujeres, de todos los países de la tierra, que una vez fueron bautizados y ahora viven en el cielo, para siempre, en compañía de Jesús, de la Virgen y de los ángeles de luz.
         Y para demostrar su alegría, la Iglesia que está en la tierra le ofrece, a la Iglesia que está en el cielo, un regalo de valor infinito, la Santa Misa, porque cada Misa, al ser el sacrificio de Jesús en la cruz, tiene un valor infinito.
         Los santos son, entonces, todos nuestros hermanos –en la Iglesia, todos somos hermanos de Jesús y hermanos entre nosotros por el Bautismo- que están ya en el cielo, viviendo en alegría y amor para siempre, junto a Jesús y a la Virgen, y como nosotros también tenemos que ir al cielo, la Iglesia nos los hace recordar, para que también nosotros tengamos deseos de ir al cielo junto con ellos.
¿Cómo llegaron al cielo Todos los Santos? Primero, tenemos que saber que lo que los llevó al cielo, fue la gracia santificante de Jesús: sin la gracia santificante, nadie puede entrar en el cielo, y como ellos querían estar con Jesús para siempre, evitaron siempre cualquier clase de mal, para que estar siempre en gracia. Para eso, se confesaban con mucha frecuencia, comulgaban todos los días y hacían todas las obras de misericordia que nos enseña la Iglesia –dar de comer al hambriento, de beber al sediento, orar por los muertos, dar consejo al que lo necesita, etc.-.
Así es como se ganaron el cielo: evitando el mal, porque el mal hace que Jesús se vaya del corazón; viviendo en gracia, confesándose frecuentemente y comulgando todas las veces posible, siempre en gracia, y siendo misericordiosos con sus hermanos, sobre todo los más necesitados.

Nosotros no somos santos, sino que somos pecadores y lo seguiremos siendo hasta el último día de la vida, porque sólo se puede llamar “santo” al que ya está en el cielo, como Todos los Santos. Pero estamos llamados a ser santos, estamos llamados, como ellos, a ir al cielo, y es para eso que la Iglesia celebra una fiesta como la de hoy y nos los pone de ejemplo: para que los imitemos en sus virtudes, pero sobre todo en su santidad, en su amor a la gracia santificante y en su amor a Jesucristo, y así podamos llegar al cielo como ellos, para estar para siempre junto a Jesús y a la Virgen.

viernes, 28 de marzo de 2014

El Evangelio para Niños: Jesús cura a un ciego de nacimiento


         (Domingo IV - TC - Ciclo A - 2014)
          
         En este Evangelio, Jesús cura a un hombre que desde que había nacido, no podía ver nada (si queremos saber cómo es esa oscuridad, cerremos los ojos por un momento, y nos vamos a dar cuenta cómo es). Él no sabía lo que era la luz del sol; no conocía los colores, ni la forma de los árboles, ni de las montañas, y tampoco sabía cómo eran las flores, los animales, las personas, y todas las cosas que nosotros vemos todos los días y que nos parecen tan normales que ni siquiera les prestamos atención. Este ciego de nacimiento, al que le podemos llamar "Juan", vivía en la oscuridad, porque no conocía la luz, no podía ver la luz, que es lo que nos permite ver los colores y la hermosa realidad de la vida que nos rodea y que Dios ha creado para nosotros. Juan vivía en la oscuridad, hasta que conoció a Jesús, porque Jesús le devolvió la vista. Solo Jesús podía hacer que Juan pudiera ver, porque Jesús es Dios, y solo Dios tenía el poder de hacer nuevos ojos para Juan, para que Juan pudiera ver la luz. Jesús, que era Dios y hombre a la vez, creó nuevos ojos para Juan, y así Juan pudo ver la luz, y así pudo ver los colores, y pudo ver las formas de los árboles, las montañas, las personas, y todo el mundo que lo rodeaba. Juan estaba tan pero tan contento, que se postró delante de Jesús y lo adoró, dándole gracias de todo corazón, cantándole con toda su alma y alabándolo por su gran bondad.
         Pero hay otra oscuridad que es más oscura que la oscuridad en la que vivía Juan, y hay ciegos que son más ciegos que Juan, y es la oscuridad del pecado, y los ciegos más ciegos que Juan, son los pecadores. El pecado es una oscuridad más oscura que la noche más oscura que podamos imaginarnos y es lo peor que le puede pasar a una persona, porque es como una nube negra y densa que oculta al alma y la priva de los benéficos rayos de la gracia santificante que provienen de Jesús.
         Al igual que la ceguera del cuerpo, que solo la puede curar Jesús, como lo hace con el ciego del Evangelio, a la ceguera del alma, que es el pecado, también la puede curar solo Jesús, y esto lo hace por medio del sacramento de la confesión. Cuando nos confesamos, se borra la nube negra del pecado, y entonces somos como Juan, el ciego del Evangelio, que lleno de alegría, se postra en adoración delante de Jesús para darle gracias por su gran amor y misericordia.
        

            

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños: 3er Domingo de Adviento: Día de Alegría

Niños alegres esperando al Niño Dios que viene para Navidad


(Ciclo A - 2013-14)
         El tercer domingo de Adviento se llama también “de la alegría” y por eso el sacerdote cambia el color de la casulla, que en vez de ser violeta o morado, que significa “penitencia”, usa el blanco o el rosado, que significa “alegría”.
         ¿Por qué se cambia el color morado por el blanco o rosado?
         Porque cada día de Adviento que pasa, nos acercamos más y más a la Navidad, al Nacimiento de Dios que viene como Niño y esto nos llena de alegría porque “Dios es Alegría infinita”, como decía una santa que se llamaba Santa Teresa de los Andes. Cada día que pasa, es como que sentimos que el corazón late más y más rápido por la emoción y la alegría de saber que Dios, que es Alegría infinita, viene para estar con nosotros. Se puede decir que aunque todavía no estamos en Navidad, es como que ya empezamos a sentir la alegría de Dios que nace como un Niño de una Madre Virgen. A medida que nos acercamos a la Navidad, empezamos a sentir en la Iglesia la Alegría de Dios, a Dios, que es Alegría, y por eso expresamos nuestra alegría con el cambio de color de las vestimentas litúrgicas. En este Domingo de Adviento, comenzamos a sentir la alegría que sintieron los ángeles y los pastorcitos en Belén, cuando después del Nacimiento del Niño Dios en Belén, fueron a adorarlo.
Pero hay algo que nos hace estar todavía más alegres que los ángeles y los pastorcitos, porque si en ese entonces ellos se alegraron porque Jesús nació en un Portal de Belén, cuánto más nos tenemos que alegrar nosotros, porque Jesús va a nacer ¡en nuestros corazones!

El tercer Domingo de Adviento es entonces un día de alegría, de mucha alegría, una alegría que hace que nuestros corazones comiencen a latir cada vez más rápido y más fuerte por la emoción de saber que el Niño Dios va a nacer en el Nuevo Portal de Belén, nuestro corazón, y también estamos alegres porque sabemos que cuando venga, el Niño Dios nos va a traer muchos regalos, los regalos de su Corazón, que son su Amor, su Paz, su Luz y su Alegría. Entonces, todos juntos le decimos: "¡Ven, Niño Dios, alegres esperamos que nazcas en nuestros corazones!".

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El Adviento para Niños: 1er Domingo - “Estén preparados para la llegada de Jesús, que vendrá para Navidad como un Niño”


(Domingo I de Adviento - Ciclo A - 2013-14)
         Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento, para prepararnos para celebrar, una vez más, la Navidad. ¿Por qué la Iglesia repite todos los años las mismas misas? Porque por una parte, es igual que en la escuela, que todos los años repite las mismas lecciones para sus alumnos; así la Iglesia quiere que aprendamos las hermosas lecciones que son la vida de Jesús. La Iglesia quiere que todos los años nos acordemos de Jesús, para que así vayamos aprendiendo cada vez más de Él y así todos lleguemos a ser como Él.
         Pero hay algo más: cuando la Iglesia celebra la Navidad una y otra vez –y también la Pascua, una y otra vez-, no es porque solamente quiere que nos acordemos de Jesús: por la liturgia y por la Misa, Jesús baja del cielo en Persona para darnos su Amor y para quedarse con nosotros, y para darnos todos los frutos de la Redención. ¿Vieron cuando un árbol está cargado de frutos –cualquier que nos podamos imaginar: manzanas, peras, duraznos, etc.- y uno se acerca para cortarlos y comerlos, disfrutando de su dulzura? Bueno, Jesús está en la Cruz, que es el Árbol de la Vida eterna, y el que se acerca a este Árbol bendito, recibe su fruto exquisito, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comer este fruto, que es la Eucaristía, se deleita y se goza con la dulzura del Amor de Jesús. Para que nosotros podamos hacer esto, es decir, para que podamos comer del Fruto exquisito del Árbol de la Vida, que es la Eucaristía, la Iglesia, todos los años, comienza un nuevo Año Litúrgico, en el que celebramos, principalmente, la Navidad y la Pascua de Jesús.
         ¿Qué quiere decir “Adviento”? “Adviento” significa “venida” y se refiere a la venida de Jesucristo para Navidad. En este tiempo, en la Iglesia esperamos que venga Jesús, como Niño, para Navidad, así como los justos del Antiguo Testamento esperaban que viniera el Mesías Salvador (aunque nosotros sabemos que ya nació, murió en la Cruz y resucitó).
         ¿Cómo tenemos que vivir este tiempo de “Adviento”?
         La Iglesia nos pide lo siguiente para vivir el Adviento, que es la preparación para la Navidad: oración, penitencia, misericordia, alegría.
         Oración: porque la oración es al alma lo que la respiración y el alimento es al cuerpo. ¿Alguien puede vivir sin respirar? No, a lo sumo, alguno podrá aguantar la respiración en la pileta, debajo del agua, no más de dos minutos, pero no se puede pasar la vida sin respirar; así tampoco se puede vivir sin rezar, porque la oración es lo que le permite al alma respirar con la vida de Dios. ¿Alguien puede vivir sin comer? No, nadie puede vivir sin comer, porque se muere de hambre a los pocos días; así también, no se puede vivir sin rezar, porque el alma que no reza, es un alma que muere, porque se queda sin la vida de Dios.
         Penitencia: porque somos pecadores y el pecado nos impide recibir a Dios que viene como Niño. Haciendo penitencia y confesándonos, vamos a preparar nuestro corazón, que va a quedar limpito, como la gruta de Belén, para que ahí pueda nacer el Niño Dios.
Misericordia: que quiere decir “amor dado a los demás con obras y no con palabras”. Jesús es Dios de Amor, y viene para Navidad como un Niño, sin dejar de ser Dios, para darme su Amor; entonces, yo tengo que dar de este mismo amor a los que me rodean, empezando los papás y los hermanos.
         Alegría: no hay nada más hermoso en este mundo que Jesús y saber que Jesús me ama y que va a venir como un Niño para llevarme al cielo, es la causa de mi alegría, y esa alegría es la que tengo que dar a los demás, junto al amor.

         Así es como tenemos que vivir el Adviento, como nos pide la Iglesia: oración, penitencia, misericordia, alegría. Esa es la manera de prepararnos para la Venida de Jesús.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Evangelio para Niños: "En el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte..."

 
(Domingo 24 - TO - C - 2013)
          En el Evangelio de hoy Jesús nos cuenta qué es lo que pasa en el cielo, en donde están los ángeles y los santos, cuando un pecador se convierte: los ángeles y los santos, que ya están alegres en el cielo, se alegren todavía más, y hacen fiesta, y se ponen más contentos.
          ¿Qué quiere decir esa palabra "conversión", que hace que los ángeles se alegren en el cielo?
          Para saber qué quiere decir la palabra "conversión", nos imaginemos una flor muy linda, que se llama "girasol". ¿Qué hace esta flor? Cuando es de noche, el girasol está agachado hacia abajo, y todos sus pétalos están juntos, porque la flor está cerrada. Pero cuando sale el sol, el girasol levanta su cabeza, por así decir, y deja de mirar a la tierra, para empezar a mirar al sol, porque se siente atraído por su luz, y sigue al sol a lo largo de su recorrido por el cielo. Pareciera como que el girasol está triste por la noche, cuando hay oscuridad, y por eso se queda agachadito, mirando hacia la tierra, pero se pone alegre cuando sale el sol, y lo sigue por donde va en el cielo, porque le gusta mucho la luz del sol. El girasol "se da vuelta" cuando aparece el sol y se mueve hacia donde el sol se mueve, y por eso se llama "girasol".
          Bueno, esto que pasa con el girasol, pasa con nuestro corazón: cuando nuestro corazón no conoce ni ama a Dios, está oscuro y triste, y está con su cara mirando hacia abajo, hacia el suelo, y se siente atraído por las cosas de este mundo, pero cuando conoce a Dios, que se llama Jesucristo, entonces se pone alegre porque lo ama, y así el corazón deja de mirar hacia la tierra, para mirar a Jesús, que está en la Cruz y en la Eucaristía, y cuando el corazón mira a Jesús, se alegra porque lo ama, y quiere seguirlo adonde sea que vaya Jesús.
          Cuando el corazón hace este giro y deja de mirar a la tierra para mirar a Jesús, esto se llama "conversión", y los ángeles se alegran porque el que se convierte, es decir, el que empieza a mirar a Jesús en la Cruz y en la Eucaristía, empieza a amarlo y eso es, casi, casi, como estar ya en el cielo, viviendo todavía en la tierra.

          

viernes, 12 de abril de 2013

Hora Santa para Niños y Jóvenes



         Inicio: Venimos a adorar al Divino Niño, que está Presente pero oculto, invisible, en la Eucaristía. No lo vemos con los ojos del cuerpo, y por eso le pedimos a la Virgen, la Mamá del Niño Jesús, que nos dé sus ojos para verlo y su Corazón Inmaculado para amarlo. También les pedimos a nuestros ángeles custodios y a San Miguel Arcángel que nos ayuden para que la adoración sea del agrado del Niño Jesús. Venimos a pedirle por nosotros y por los niños y jóvenes del mundo entero. Hacemos silencio “por fuera”, y por eso no hablamos, y hacemos silencio también “por dentro”, pensando sólo en Jesús y en la Virgen y en nadie más.

         Canto de entrada: “Oh buen Jesús”.

Acto de fe
¡Oh, buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar.
Acto de humildad
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa Comunión;
Jesús que ves mi nada y mi pecado,
/prepara Tú mi pobre corazón./ (bis)
Acto de dolor
Pequé Señor, ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
me pesa ya; perdón, Señor, te pido,
/eres mi Dios, apelo a tu bondad./ (bis)
Acto de esperanza
Espero en Ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz que dice “Ven a mí”,
porque eres fiel, por eso en Ti confío;
/todo Señor, lo espero yo de Ti./ (bis)
Acto de amor
¡Oh, buen pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que constante
/he de vivir tan sólo de tu amor./ (bis)
Acto de deseo
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien te come bien;
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida,
/desciende a mí, hasta mi pecho ven./ (bis)

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación

         Jesús, Divino Niño, que siendo Dios omnipotente viniste a nosotros como un Niño en Belén, para que no tuviéramos miedo en acercarnos a Ti, enciende en nuestros corazones el amor hacia Ti.
Tú eres un Dios con corazón de niño, por eso te pedimos que siempre conservemos la inocencia que da la gracia.
Haz que recordemos siempre tu Nacimiento milagroso en Belén y que te conozcamos en el misterio de la Eucaristía.
Divino Niño, queremos adorarte en la Eucaristía así como te adoraron los pastores en Belén en la Noche de Navidad; queremos presentarte regalos, como los regalos que te hicieron los Reyes Magos, que te llevaron oro, incienso y mirra.
Con tu ayuda, nosotros queremos darte el oro de la adoración, el incienso de la oración y la mirra de la mortificación.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que luego de nacer fuiste presentado en el templo llevado en los brazos de la Virgen María, haz que seamos siempre como niños pequeños, para que también seamos llevados en los brazos de María y por Ella seamos presentados ante Ti, Dios nuestro.
         Jesús, Divino Niño, que en tu divina infancia fuiste criado y educado por María y José, haz que también ellos nos críen y eduquen para que seamos niños y jóvenes santos, y no permitas que las vanas atracciones del mundo nos alejen de Ti. Hoy el mundo nos muestra muchas distracciones, la mayoría de ellas malas, como la música cumbia, el rock, las diversiones malas, los programas de televisión y de internet que ofenden a Dios.
         Si nos dejamos llevar por estas cosas malas, somos como un niño que se desprende de las manos de sus padres y corre hacia un precipicio muy hondo, en cuyo fondo habita el ángel de la oscuridad, el ángel caído, el demonio. Así como Tú, siendo Niño, ibas siempre de la mano de tus papás, no permitas que nunca nos soltemos de la mano de la Virgen y de San José.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que a los doce años te quedaste en el templo en vez de volver con tus padres, porque “tenías que ocuparte de las cosas de tu Padre Dios”, por este misterio de tu Divina Infancia, haz que te encontremos siempre en el templo, en el sagrario, en la Eucaristía; haz que nunca nos separemos de la verdadera y única Iglesia, la Iglesia Católica; haz que nunca cometamos el pecado de apostasía, que es ir a otras iglesias, a otros cultos, a otras religiones; haz que nunca cometamos el pecado de idolatría, que es rezarle a ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte; haz que nunca creamos en el horóscopo, en el Tarot, en el juego de la copa, en la magia o en la brujería, porque como dice el Papa Francisco, “no nos salva ni la brujería, ni el Tarot, ni nosotros mismos, sino Cristo Jesús”; haz que Te encontremos en el templo, en el sagrario, en donde nos esperas en el invento de tu Amor, la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Jesús, Divino Niño, que “creciendo en gracia y sabiduría” te hiciste adolescente y luego joven, y permaneciste en tu adolescencia y juventud siempre en la obediencia amorosa a tus padres, María y José, haz que nosotros vivamos siempre con amor el Cuarto Mandamiento, “Honrarás padre y madre”, el mandamiento que manda amar a los padres, honrándolos con la obediencia, el respeto, el trato afectuoso, la compasión, la ayuda en sus dificultades. No permitas que nunca cometamos el gravísimo error de faltarles el respeto, de levantarles la voz, de desobedecerlos, de no auxiliarlos cuando necesiten de nuestra ayuda. Antes bien, ayúdanos a ser como Tú, Hijo ejemplar, amoroso y dedicado, y que nuestros padres puedan sentirse amados y respetados por nosotros.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que siendo ya adulto no dejaste nunca de amar a tus padres terrenos, pero que luego de la muerte de San José te separaste de la tu Mamá, la Virgen, para cumplir la Voluntad de Dios Padre, que quería que murieras en la Cruz para salvar nuestras almas, haz que a ejemplo tuyo, sepamos separarnos de nuestros seres queridos si esa es tu Voluntad, para que vivamos la vocación a la cual Tú nos has llamado, ya sea el matrimonio o la vida consagrada.

Silencio para meditar.

         Peticiones:

         A cada intención respondemos: “Por los dolores de la Virgen María, escúchanos Señor”.

-Por el Santo Padre Francisco, por los obispos y sacerdotes de la Santa Iglesia Católica, para que guiados por Ti, Divino Niño, sepan dar testimonio de tu Amor. Oremos al Señor.

         -Por nuestras familias y las familias del mundo entero, para que el Divino Niño, Presente en la Eucaristía, sea su único tesoro. Oremos al Señor.

         -Por los niños y jóvenes de nuestra comunidad y de todo el mundo, para que Te conozcan a Ti, Divino Niño, Presente en la Eucaristía, para que sus vidas sean iluminadas con el resplandor de tu gloria. Oremos al Señor.

         -Por los niños que sufren, cualquiera sea su causa, para que encuentren en Ti, Divino Niño, su consuelo en esta vida y en la vida eterna. Oremos al Señor.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación final: Divino Niño Jesús, debemos ya retirarnos. En esta Hora Santa, hemos recibido de Ti torrentes infinitos de Amor y de gracia, de luz, de vida, de amor y de alegría. Queremos dar a los demás todo lo que de tu Sagrado Corazón hemos recibido. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos y a acordarnos siempre de Ti, y para eso, le pedimos a tu Mamá, la Virgen, que imprima tu imagen en nuestros corazones; así, cada latido nuestro dirá: “Jesús, María, os amo”.

         Canto de salida: “El trece de mayo”.

A tres pastorcitos la Madre de Dios,
descubre el misterio de su corazón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Haced penitencia, haced oración,
por los pecadores implorad perdón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Las modas arrastran al fuego infernal,
vestid con decencia si os queréis salvar.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

El Santo Rosario constantes rezad,
y la paz del mundo el Señor os dará.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

¡Qué pura y qué bella se muestra María,
qué llena de gracia en Cova de Iria!
Ave, ave, ave Maria. Ave, ave, ave Maria.

viernes, 14 de diciembre de 2012

El Adviento para Niños 3er Domingo de Adviento - Ciclo C





  En este Domingo de Adviento, el color que se usa en la Santa Misa cambia: de morado a rosa. ¿Por qué? Recordemos que Adviento es tiempo de penitencia, porque la penitencia sirve para purificar el corazón, lo cual es muy necesario para poder recibir al Niño Dios en Navidad. Pero resulta que la Iglesia hoy nos dice que, en vez del color morado, que significa penitencia, hay que usar el color rosado, que significa alegría, y el motivo del cambio es que la Iglesia se alegra por lo que dice Juan el Bautista en el Evangelio: “Cuando venga el Mesías –el Mesías, el Salvador, es el Niño Dios-, Él los va a bautizar con fuego y Espíritu Santo”. Esto que dice el Bautista, es lo que nos causa gran alegría: ¡el Niño de Belén, para Navidad, nos va a traer al Espíritu Santo!
Entonces, en este Domingo, la Iglesia, escuchando lo que dice Juan el Bautista, nos dice a nosotros: “El Niño Dios está ya muy cerca; ¡Haz una pausa en la penitencia, y alégrate por su llegada, porque el Niño Dios vendrá para regalarte su Espíritu, que es fuego de Amor!”.
         El motivo para alegrarnos es que cuando llegue el Niño Dios, Él nos va a regalar su Espíritu, que es el Espíritu de Dios, un Espíritu que Amor Puro, más puro que el cielo azul en un día de sol. Y esto nos hace pensar: si el Niño Dios me trae un regalo para Navidad, que es su Espíritu de Amor, entonces yo tengo que ofrecerle también un regalo, que es el pobre amor de mi pobre corazón.
         El Espíritu que nos trae el Niño Dios -es un regalo que Él nos hace de parte de Dios Padre- es como si fuera un fuego, y por eso en la Biblia al Espíritu de Dios se llama “fuego”, y los pocos que lo han visto, lo han visto como fuego, aunque también algunos, como Juan el Bautista, lo vieron como paloma.
         Bueno, la cosa es que este Niño Dios nos va a traer su Espíritu, que es fuego, pero es un fuego que se parece en algo al que conocemos, y en otras cosas no se parece tanto. ¿Cómo es este fuego que nos trae el Niño Dios?
         Para saber cómo es este fuego del Niño Dios, vamos a compararlo con el fuego de la tierra. El fuego de la tierra, cuando se acerca a la hierba seca, la quema y la consume; cuando se acerca a la madera, la convierte, primero en brasa, y luego en cenizas; cuando se acerca al hierro, éste primero es negro, duro y frío, y el fuego lo convierte en algo blanco, blando y caliente, es decir, el fuego lo que hace es, a todo lo que se le acerca a él, lo convierte en algo parecido a él: una hierba con llamas de fuego, una brasa encendida, un hierro “al rojo vivo”, que quiere decir que tiene fuego dentro de él, y eso es lo que hace que el hierro cambie de color, se vuelva más blando y adquiera luz y calor. Así es la forma de actuar del fuego de la tierra. ¿Cómo actúa el Espíritu Santo, ese fuego que nos trae el Niño de Belén?
Lo primero que hay que ver es que  el Espíritu Santo no actúa sobre la hierba, la madera o el hierro, sino sobre el corazón humano, y lo transforma: así como el fuego de la tierra incendia el pasto seco, así el Espíritu del Niño Dios, incendia el corazón del hombre en el Amor de Dios; así como el fuego de la tierra hace arder la madera, convirtiéndola en brasa, así el Espíritu del Niño de Belén convierte al corazón en una brasa que arde en el Amor a Dios; así como el fuego, entrando dentro del hierro, lo convierte a éste, que es negro, duro, oscuro y frío, en algo nuevo, porque es blanco, blando y caliente, además de ser capaz de dar luz, así el Espíritu Santo convierte al corazón, que está endurecido y frío por la falta de amor, y que es oscuro porque le falta la luz de Dios, en un corazón igual al Corazón de Jesús: envuelto en las llamas del Amor de Dios, lleno de Amor divino, y resplandeciente, porque ilumina a todos con la luz misma del fuego del Espíritu Santo. Todo esto hace el fuego de Dios, el que nos viene a traer el Niño de Belén.
¿Cómo podemos conseguir ese fuego? Acercándonos al Pesebre para adorar al Niño Dios: quien se acerca al Pesebre, para adorar al Niño de Belén, recibe de Él su Espíritu Santo, Espíritu que hace arder al corazón en el Amor de Dios, ¡y éste es el motivo del color rosa en este día, y el motivo de tanta alegría para la Iglesia y para todos nosotros, que amamos al Niño Dios!
         

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXII – Comunión – Post – Comunión – Despedida



Sacerdote: El Cuerpo de Cristo.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía, tenemos que hacer, desde lo más profundo del corazón, un acto de fe, de amor y de adoración a Jesús, Presente en la Sagrada Hostia. Cuando el sacerdote nos muestra la Hostia consagrada y dice: “El Cuerpo de Cristo”, es ahí que tenemos que decirle a Jesús, con todo el corazón: “Jesús, te amo, te bendigo, te adoro, con todas las fuerzas de mi alma, de mi corazón; ven a Mí, oh buen Jesús, entra en mi humilde morada, dulce Jesús, y llénale con el agradable aroma de tu santidad; entra, y quédate conmigo para siempre, no permitas que nunca me aleje de ti; sólo te pido que me des tu Amor para que te ame, en el tiempo y en la eternidad”.
A este acto de fe, de amor y de adoración, tenemos que acompañarlo con un acto de fe, de amor y de adoración exterior, que es el arrodillarnos al momento de comulgar, porque este es un signo externo de adoración.
¿Por qué decimos que debemos hacer una genuflexión al comulgar? Porque si bien el acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía es ante todo interior, es muy conveniente acompañar este acto interior con un acto exterior, y la genuflexión es el gesto más indicado para expresar lo que creen la mente y el corazón: lo que estamos por recibir no es un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Que nos arrodillemos al comulgar, nos lo pide el Santo Padre Benedicto XVI: “Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (...) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”[1].
Esto es muy importante, porque de lo contrario –si no hacemos el acto de fe, acompañado de gestos internos y externos de adoración a Cristo Presente en la Eucaristía-, puede pasarnos lo que a la multitud en la multiplicación de los panes y peces, y así como la multitud no ve el signo espiritual, sino que interpreta el milagro de Jesucristo en un sentido puramente material, así también a nosotros nos puede pasar que pasemos a comulgar mecánica y distraídamente.
Meditemos entonces en el milagro de la multiplicación de panes y pescados. El Evangelio dice así: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó” (cfr. Lc 9, 1).
         La multitud ve en este gesto de Jesús un signo puramente material: les da de comer, satisface su necesidad básica y elemental. No ven un gesto mesiánico.
         No podemos reprochar a la multitud esta carencia de visión, puesto que en la Iglesia misma, a veinte siglos de distancia, muchos continúan, en muchos casos, interpretando demasiado material y humanamente el signo de Jesús, al igual que la multitud de la escena evangélica.
         Así como la multitud veía en Jesús a un maestro de religión santo que hacía milagros, entre ellos, el de multiplicar los panes y los peces, y quería hacerlo rey sólo por este hecho, dejando de lado su condición divina, así muchos ven a la Iglesia y a su acto litúrgico principal, la santa misa, como una organización de beneficencia que se dedica a la filantropía con un tinte religioso, dejando de lado la consideración de la misa como el sacrificio del Cordero, como el don del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios, y dejando de lado a la consideración de la Iglesia como a la Esposa de ese Cordero, que ofrece el Cuerpo y la Sangre de su Esposo en sacrificio a Dios por toda la humanidad.
         Ni Jesús es un hombre cualquiera, como muchos de entre la multitud lo veían, ni la Eucaristía es sólo pan bendecido, como muchos en la Iglesia sostienen hoy, ya que en Jesús predicando y obrando el milagro de la multiplicación y en Jesús donado como Pan de Vida eterna en el altar, hay un secreto oculto detrás de las apariencias. Tanto en Jesús obrando el milagro como en Jesús ofrecido como Eucaristía hay un misterio oculto: el sacramento de la Eucaristía es para nosotros lo que Jesús para sus discípulos: así como Jesús ocultaba, detrás de su naturaleza humana, al Verbo eterno del Padre, así la Eucaristía oculta, detrás de su apariencia de pan, al Verbo eterno del Padre, encarnado, muerto y resucitado.
         El cuerpo de Cristo, en uno y en otro caso, actúa como un velo que oculta y a la vez como una puerta abierta que revela lo que está detrás de ella: el cuerpo de Jesús oculta y muestra a la naturaleza divina, al ser divino de Dios Uno y Trino: “Quien me Ve, Ve a Mi Padre que me envió”, dice Jesús.
         La multitud ignora que Jesús no es el hijo del carpintero que estudió mucho y se convirtió en un hombre sabio y santo; ignora que es el Verbo eterno del Padre, que ha tomado un cuerpo humano y que se muestra a través de ese cuerpo humano y obra milagros a través de ese cuerpo humano. De la misma manera, muchos en la Iglesia ignoran que la Eucaristía no es pan bendecido y consagrado, sino el cuerpo real, verdadero, vivo y resucitado, del Cordero de Dios, que continúa ofreciéndose para nosotros en el altar así como se ofrece en la cruz.
         Como Dios-Hombre, como Pan de Vida, Cristo, Verbo del Padre, se dona en su cuerpo y junto a su cuerpo, nos entrega la divinidad, y esto es absolutamente incomprensible, de ahí que la multitud no entienda que debajo de ese cuerpo humano está Dios Hijo; de ahí que muchos en la Iglesia no entiendan que en de la Eucaristía está ese mismo Dios Hijo que nos dona su cuerpo resucitado y con su cuerpo resucitado, la divinidad.
         Hoy como ayer, Jesús, Hombre-Dios, prolonga el misterio de su don. A la multitud, les da pan y pescado: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó”. A nosotros no nos da pan terrenal, sin vida, y pescado asado: nos da su cuerpo vivo, entregado en la cruz y en el altar; no nos da ni pescado asado ni pan, nos da su cuerpo, como Pan de Vida eterna y como carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo.


Todos: Amén.

         Quiere decir: “Así es”, y es un acto de fe que hacemos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, antes de comulgar; creemos que la Eucaristía es Jesús, Hombre-Dios, y no un simple “pan bendecido”; creemos que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

         Oración después de la Comunión.

         La post-comunión no es un momento ni para cantar, ni para dar avisos parroquiales, ni para pensar que ya la Misa está por terminar. Es el momento tal vez más trascendente para la espiritualidad del fiel –y también para el sacerdote-, pues Cristo está en el alma, que lo acaba de recibir en la comunión. Es por eso que para este momento se aplica todo lo que dijimos más arriba, con relación al silencio. Para este momento resuenan las palabras de Jesús en el Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
Es decir, este momento es un tiempo de profunda intimidad con Jesucristo, que ha entrado en nuestras almas por la comunión eucarística, y mal haríamos si a tan distinguido huésped lo dejáramos en el pórtico de entrada, para distraernos con cualquier otra cosa.
“Cuando ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato, recogidos”[2].


         Para esta parte final de la Misa, dice el Misal Romano: “Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”[3].

Sacerdote: Oremos.

En nombre de todos, el sacerdote manifiesta el agradecimiento a Dios Padre por el don recibido. Con distintas palabras cada día, pide que los frutos de la Eucaristía sean eficaces y nos lleven a vivir siempre con Él en el cielo[4].

Todos: Amén.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

El sacerdote bendice al pueblo.

Antes de volver cada uno a su vida normal, recibimos la bendición de Dios para que, con su fuerza, sepamos imitar a Cristo entregándonos a los demás en el trabajo, en nuestra casa, en nuestro ambiente[5].

Sacerdote: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

Todos: Amén.

Sacerdote: Pueden ir en paz.

Hacia el final de la Misa el sacerdote despide, a los que han participado de la celebración eucarística, con un saludo de paz, diciéndoles: “Pueden ir en paz”.
Al contrario de lo que pudiera parecer, no se trata de una mera despedida, al estilo de las despedidas entre los hombres. Se trata, en realidad, más que de una despedida, de un envío a la misión, con un propósito bien claro: dar testimonio, con sus vidas, de aquello que han visto y oído en la Santa Misa. Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica[6], al explicar el nombre “(…) Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.
Es decir, el saludo de despedida del sacerdote ministerial, más que indicar el fin de una ceremonia, es una señal, para el Nuevo Pueblo Elegido, de que debe comunicar al mundo aquello de lo que ha sido espectador. El “Pueden ir en paz”, sería entonces equivalente al envío de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mt 16, 15-16). ¿Por qué es equivalente este simple anuncio a las palabras de Jesús en las que envía a la Iglesia a la misión? Porque el cristiano, debe testimoniar y proclamar al mundo, con su vida, que la Buena Nueva se actualiza en la Santa Misa, porque allí Jesús resucitado se hace Presente con su misterio pascual de muerte y resurrección.
¿Cuál es entonces el anuncio que el cristiano, que acaba de salir de Misa, debe hacer al mundo? En otras palabras: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
La respuesta la encontramos meditando el pasaje del evangelio en el que las santas mujeres de Jerusalén van al sepulcro, y lo encuentran vacío: “Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío (cfr. Mt 28, 8-15).
         La misión de la Iglesia es continuación de la misión de las santas mujeres, de la experiencia espiritual vivida por ellas el Domingo de Resurrección.
Es decir, la experiencia del Domingo de Resurrección de las santas mujeres, el hecho de contemplar el sepulcro vacío, el llenarse de alegría por esto, y correr a anunciar a los demás lo que había  sucedido, inicia, en esencia, la misión misma de la Iglesia. Como las mujeres, que se llenan de alegría al comprobar que Cristo ya no está en el sepulcro, y que inmediatamente van a anunciar la noticia a los demás discípulos, así la Iglesia, en el tiempo y en la historia humana, contemplando con la luz de la fe el misterio de la muerte y resurrección del Hombre-Dios, y asistida por el Espíritu Santo en la certeza indubitable de esta verdad de fe, llenándose Ella misma de júbilo y de alegría por este hecho, que concede a la humanidad un nuevo sentido, un sentido de eternidad, va a misionar al mundo, anunciando la alegre noticia: Cristo ha resucitado.
Sin embargo, en el anuncio de las piadosas mujeres, si bien inicia la misión de la Iglesia, debe ser completado con un anuncio todavía más sorprendente, todavía más asombroso, todavía más maravilloso, que el hecho mismo de la Resurrección. La Iglesia tiene para anunciar al mundo un hecho que, podríamos decir, supera a la misma resurrección, y es algo del cual la Iglesia, y sólo la Iglesia, es la depositaria y, aún más, Ella misma protagonista, porque este hecho se origina en su mismo seno.
La Iglesia no sólo anuncia, con alegría sobrenatural, el mismo anuncio de las mujeres piadosas, es decir, el hecho de que Cristo ha resucitado, y que el sepulcro de Cristo está vacío: la Iglesia anuncia, con alegría y asombro sobrenatural, que el sepulcro de Cristo está vacío, y que por lo mismo, ya no ocupa más la piedra del sepulcro con su Cuerpo muerto, porque Cristo ha resucitado, porque ahora, con su Cuerpo glorioso, además de estar en el cielo, está de pie, vivo, glorioso, resucitado, sobre la piedra del altar, en la Eucaristía, y la Iglesia es protagonista, porque el prodigio de la resurrección del Domingo de Pascuas, se renueva en cada Santa Misa, en donde ese Cuerpo resucitado el Domingo, es el mismo Cuerpo en el que se convierte el pan luego de la transubstanciación.
La Iglesia entonces no solo anuncia lo que anunciaron las piadosas mujeres de Jerusalén, que el sepulcro está vacío, que en la piedra sepulcral ya no está el Cuerpo muerto de Jesús, sino que anuncia, además, que el Cuerpo vivo, glorioso, luminoso, lleno de la vida de la Trinidad, se encuentra en la piedra del altar eucarístico, en virtud del sacramento del altar, la Eucaristía.
“(con la llegada de la luz del sol) Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío”. Dice el Evangelio que las mujeres, ayudadas por la luz del sol, al clarear el nuevo día, luego de ver vacía la piedra del sepulcro, corren, llenas de alegría, a anunciar que Cristo ha resucitado.
De los cristianos deberían decirse: “Los cristianos, luego de contemplar, con la luz del Espíritu Santo, que la piedra del altar está ocupada con el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, llenos de alegría, corren a anunciar al mundo, con sus obras de misericordia, que Cristo ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía”.

Todos: Demos gracias a Dios.

El sacerdote besa el altar y se retira, después de hacer una reverencia. Los fieles se retiran, aunque no sin antes hacer “una justa y debida acción de gracias[7].

El sacerdote besa el altar, que representa a Cristo, al terminar la Misa -como lo hizo al iniciar- renovando el propósito de no solo no traicionar a Jesús, sino de crecer cada día en su imitación, en su seguimiento camino del Calvario llevando la cruz, en su amor.
La misa ha comenzado con un beso al altar, que representa a Cristo, y termina también con otro beso. Es el beso de la Iglesia a Cristo, representado en el altar, y por lo mismo, debemos poner amor, para dar este mismo beso a Cristo, en ese altar interior que es el corazón[8].


[1] Ratzinger, El espíritu de la liturgia.
[2] OGMR, 56.
[3] Cfr. OGMR, 90.
[4] Cfr. Manglano Castellary, o.c.
[5] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.
[6] 1332.
[7] Congregación para el culto divino.
[8] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.