Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 16 de abril de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús resucitó


(Domingo de Resurrección – Ciclo A - 2017)

         El Domingo de Resurrección, la Iglesia está de fiesta, una fiesta que es más grande todavía que Navidad. ¿Por qué? Porque Jesús resucitó. ¿Qué quiere decir “resucitó”?
         Para saberlo, recordemos qué pasó el Viernes Santo: después de estar tres horas crucificado, es decir, clavado en la cruz sus manos y sus pies con tres clavos de hierro, Jesús murió y su Cuerpo fue llevado a un sepulcro nuevo, excavado en la roca.
Hagamos de cuenta que nosotros estamos dentro del sepulcro, junto con Jesús: Jesús está tendido sobre la roca, y el sepulcro está todo oscuro, en silencio y frío. Así pasó todo lo que quedaba del día del Viernes Santo y todo el Sábado Santo, hasta que el Domingo a la mañana, bien tempranito, vemos algo: a la altura del Corazón de Jesús, comienza a brillar una luz, que es muy pequeñita primero, pero que va creciendo y va recorriendo todo el Cuerpo de Jesús, y a medida que lo recorre, le va devolviendo la vida, hasta que todo el Cuerpo de Jesús está lleno de luz y de vida, y Jesús se levanta del sepulcro, vivo y glorioso, resplandeciente, con una luz que brilla más que miles de soles juntos. Si antes había silencio en el sepulcro, ahora se escuchan, primero, los latidos del Corazón de Jesús y, después, los cantos de los ángeles; si antes estaba oscuro, ahora todo brilla con la luz de la gloria de Dios, que sale del Cuerpo vivo de Jesús; si antes estaba frío, ahora lo invade todo el calor del Amor de Dios. Y nosotros, que estamos ahí en el sepulcro, nos alegramos y nos arrodillamos, para adorar a Jesús, que ha resucitado. Esto es lo que sucedió el Domingo de Resurrección: Jesús volvió a la vida, pero una vida distinta a esta que tenemos, porque su Cuerpo adquiere poderes especiales: es luminoso, puede atravesar puertas y paredes –cuando resucita, no se saca la Sábana Santa como lo hacemos cuando nos levantamos de dormir, sino que atraviesa la Sábana Santa y deja su imagen allí impresa-, no sufre ni siente dolor, no envejece y, lo más importante, ¡no muere más!
Pero lo más lindo de todo es que este Jesús resucitado, con su Cuerpo así glorioso y lleno de la vida, la luz y el Amor de Dios, viene a nosotros en cada comunión eucarística, para darnos esa misma luz, que es su Vida eterna, como una semilla, para que ya tengamos, como en germen, la resurrección, para que también nosotros seamos capaces de resucitar junto con Él. Cuando resucitemos, nuestro cuerpo tendrá los mismos poderes de Jesús: estará lleno de luz, no sufrirá, podremos atravesar puertas y paredes, y estaremos llenos de la gloria y del Amor de Dios. ¿Por qué hace todo esto Jesús? Porque Él quiere que nosotros estemos con Él en el cielo, y es para eso que, en cada comunión, nos da la vida eterna como en germen, como en semilla. Esto es entonces lo que festejamos en la Resurrección: que Jesús ha vencido a la muerte, que está con su Cuerpo glorioso en la Eucaristía, y que cuando comulgamos, recibimos su vida eterna en germen, para después poder resucitar. Cada vez que comulguemos, nos acordemos entonces de cómo resucitó Jesús el Domingo de Resurrección, y le agradezcamos, con todo el amor del que seamos capaces, que haya resucitado y que nos dé su vida eterna y su Amor en cada comunión.


viernes, 23 de octubre de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión Lección 16 - Resucitó al tercer día



Catecismo para Niños de Primera Comunión  Lección 16 - Resucitó al tercer día[1] 
         Doctrina
         ¿Cuándo resucitó Jesucristo? Jesucristo resucitó como lo había anunciado, al tercer día de su muerte, es decir, el Domingo, antes de la salida del sol. Jesús murió el Viernes Santo a las 3 de la tarde (primer día); fue sepultado ese día y pasó todo el Sábado Santo en el sepulcro (segundo día); finalmente, resucitó el Domingo, en las primeras horas, antes de que salga el sol (tercer día). Por eso es que el Domingo es llamado “Día del Señor”, porque es el día en el que resucitó Nuestro Señor Jesucristo. El Domingo, el sepulcro, que hasta entonces estaba oscuro, frío y en silencio, se llenó de la luz de la gloria divina que brotaba del Ser divino de Jesús; el Fuego de su Amor reemplazó al frío de los corazones y el silencio fue interrumpido por los cantos de los ángeles de Dios, que glorificaban al Hombre-Dios resucitado. La luz eterna que brilló en el Santo Sepulcro el Domingo de Resurrección, ilumina misteriosamente a todos los días domingos que nos toca vivir; por eso es que el Domingo es un día sagrado y dedicado al Señor Jesús, y esa es la razón por la cual la Santa Misa dominical NO PUEDE ser reemplazada por otras actividades –fútbol, descanso, paseos, etc.-, sin caer el alma en pecado mortal.
         ¿Cómo resucitó Jesucristo? Para saberlo, recordemos que el Viernes Santo, al morir Jesús, su Divinidad permaneció unida a su Cuerpo, que era llevado desde la cruz al sepulcro, y también permaneció unida a su Alma, que es con la que descendió a los Infiernos (el seno de Abraham) para rescatar a los justos del Antiguo Testamento. La Resurrección se produjo porque Jesucristo, con su Divinidad, unió de su Alma a su Cuerpo, glorificándolo a este último, llenándolo de la luz y de la gloria divinas.
         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesucristo? Para saberlo, imaginemos que estamos en el sepulcro, arrodillados, delante del Cuerpo de Jesús, en las primeras horas de la madrugada del Domingo de Resurrección. Jesús todavía no ha resucitado. Su Cuerpo Santísimo está tendido en el sepulcro, cubierto por la Sábana Santa. El sepulcro está oscuro, frío y en silencio. De pronto, observamos una pequeña luz, muy pequeña, pero más brillante que cientos de miles de soles juntos, que se enciende a la altura del Corazón de Jesús. Esta pequeña luz, en una fracción de segundos, se expande desde el Corazón, hacia arriba, la Cabeza, y hacia abajo, hacia el resto del Cuerpo, y hacia los costados, los brazos, llenando todo el Cuerpo de Jesús. Al mismo tiempo que se expande, la luz llena de vida y de gloria al Cuerpo de Jesús y así el Cuerpo de Jesús se llena de luz y de vida, levantándose y surgiendo triunfante del sepulcro. Al mismo tiempo, deja impresa su imagen milagrosa, con la luz que salió de su Cuerpo, en la Sábana Santa. El sepulcro se llena del Fuego del Amor de Dios y se escuchan cantos de ángeles de luz, que se alegran y celebran por la Resurrección del Hombre-Dios. La luz del Domingo de Resurrección, ilumina a todos nuestros domingos, por eso el Domingo no es un día triste, sino de alegría y de alegría infinita, porque nos llega la Alegría de Jesús, que es Dios y Dios es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.
         ¿Cómo sabemos que Jesucristo resucitó? Sabemos que Jesucristo resucitó al tercer día por el testimonio de los Apóstoles y por los otros discípulos, a quienes Jesucristo se les apareció, después de resucitado: todos ellos dieron testimonio de esta verdad, porque lo vieron con sus propios ojos, hablaron con Él, tocaron sus llagas (como en el caso de Tomás Apóstol). Jesús resucitó verdaderamente con su Cuerpo, y así nos lo dice el Evangelio: “Ved mis manos y mis pies…” (Lc 24, 39-43). También la Iglesia nos lo enseña en el Catecismo y en el Credo: “Al tercer día resucitó de entre los muertos”. Quien no cree en la Resurrección de Jesucristo, no tiene la fe católica. La resurrección de Cristo es el mayor de los milagros, el dogma fundamental del catolicismo. Es muy importante creer firmemente en la Resurrección de Jesús con su Cuerpo glorioso, porque ese mismo Cuerpo glorioso, resucitado, lleno de la luz, de la vida y del Amor de Dios, es con el que Jesús está en la Eucaristía, aunque oculto a los ojos del cuerpo. Jesús dejó el sepulcro vacío, porque ya no está más allí con su Cuerpo muerto; ahora está con su Cuerpo glorioso, vivo y lleno de la luz de Dios, en la Eucaristía, en el sagrario y en la Santa Misa.
Explicación
Descripción: http://cssrbolivia.org/wp-content/uploads/2014/04/JESUSREUCITADO1.jpg
         En esta lámina vemos a Jesús, con su Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la luz y de la gloria divina, salir triunfante del sepulcro. Con su Resurrección, Jesús consuma el triunfo que ya había obtenido en la cruz sobre los tres grandes enemigos de la humanidad: el Demonio, la muerte y el pecado. El estandarte que lleva en su mano izquierda, es la Santa Cruz, el signo de su victoria. Jesucristo resucitó por su propio poder; esto quiere decir que no “fue” resucitado, sino que Él se resucitó a sí mismo, reuniendo su Alma glorificada con su Cuerpo, glorificándolo a éste último. Esto lo pudo hacer porque Él es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, y como tal, es el dueño de la vida y de la muerte. Cuando en la Escritura se dice: “fue resucitado por Dios” (Hech 2, 24), es una afirmación que entenderse en razón de su naturaleza humana o creada, porque Jesús es Dios.
Con su resurrección se cumplieron las profecías: las dichas antes por Él, de que sufriría muerte de cruz (Mt 26, 2) y de que resucitaría al tercer día (Mc 10, 34). La resurrección de Cristo es un hecho real e histórico y puede ser demostrada por los Evangelios, que son libros que narran historia real.
Los Apóstoles son testigos de que se les apareció a ellos y al elegir a Matías en reemplazo de Judas, lo eligieron a él “por ser testigo con ellos de su resurrección” (Hech 1, 22; 3, 15) y esta verdad de la Resurrección de Jesús la predicaron y la confirmaron con su martirio.
Entre otros discípulos, Jesús resucitado se le apareció a María Magdalena (Jn 20, 11-18) y a los discípulos de Emaús (Lc 24, 13ss) y también a Pedro (Lc 24, 34) y a más de 500 discípulos a la vez (1 Cor 15, 5-8). Según la Tradición, a la primera a la que se le apareció, fue a su Mamá, la Virgen, como recompensa por haberlo acompañado la Virgen a lo largo del Via Crucis y por haber permanecido al pie de la cruz, durante toda su agonía hasta su muerte el Viernes Santo, y por haber esperado con serenidad y alegría su Resurrección, porque la Virgen creía firmemente en las palabras de su Hijo, que había dicho que iba a resucitar “el tercer día”.
Práctica: en la oración, pidamos como una gracia recibir la alegría de la Resurrección de Jesucristo. Para nosotros, los cristianos, la verdadera alegría no está en las cosas del mundo, sino en la Resurrección de Jesús. Por eso debemos pedir alegrarnos del triunfo de la Resurrección de Cristo, porque ese triunfo es nuestro triunfo: “Él resucitó y nosotros resucitaremos si permanecemos unidos a Él hasta el fin, por la gracia santificante”.
Palabra de Dios: “(Un ángel) les dijo: “¿Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado? Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6). “Cristo murió por nuestros pecados (…) fue sepultado (…) resucitó al tercer día, según las Escrituras (…) Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe (…): pero no, Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren (…) Él ha resucitado y nosotros resucitaremos. Por un hombre vino la muerte, por un hombre vio la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo seremos todos vivificados” (1 Cor 15, 5-22).
Ejercicios bíblicos: Mt 27, 63; 1 Cor 15, 14; Mt 28, 6 y 13; Jn 20, 29; Hech 10, 41.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

sábado, 30 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: Sábado Santo



         El Evangelio nos cuenta qué pasó el Domingo, el día que resucitó Jesús: nos dice que a la mañana tempranito, antes de que salga el sol, las santas mujeres, las que habían acompañado a la Virgen el Viernes Santo por todo el Via Crucis, llevaron perfumes al sepulcro porque querían perfumar el Cuerpo de Jesús. Era costumbre de los judíos ponerles perfume y aceites perfumados a los que morían, y era eso lo que ellas iban a hacer. En otro Evangelio, se cuenta que las santas mujeres iban tristes y llorando, porque se acordaban del Viernes Santo, de cuando Jesús había muerto, y como lo extrañaban mucho, iban llorando por el camino. Lo que no sabían era que se iban a encontrar con una sorpresa. O mejor, con dos sorpresas.
         Cuando llegaron, se dieron con una primera sorpresa: la piedra del sepulcro estaba corrida, alguien con mucha fuerza tenía que haberla movido, porque era muy pesada. Cuando entraron, se dieron con la segunda sorpresa, y esta era mucho más grande que la otra: ¡el Cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro! En ese momento, se le aparecieron dos ángeles vestidos de blanco que les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Recuerden lo que Él les decía: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”.
         Entonces ahí las santas mujeres se acordaron de que Jesús les había dicho que iba a resucitar “al tercer día”, y con mucha alegría, se dieron cuenta de que Jesús había cumplido su promesa: ¡era el tercer día, después del Viernes Santo, y había resucitado! Llenas de alegría, corrieron a toda velocidad hacia donde estaban Pedro, Juan y los demás apóstoles, para avisarles lo que había pasado.
         ¿Qué les pasó a las santas mujeres? Lo que les pasó, fue que ellas amaban mucho a Jesús, pero tenían poca o casi nada de fe en sus palabras, y por eso es que ellas llevan los perfumes al sepulcro, porque pensaban que Jesús seguía muerto, como el Viernes Santo en la Cruz, pero que no había resucitado. Esa falta de fe les hacía también estar tristes, y por eso iban llorando, porque se acordaban de Jesús muerto en la Cruz y creían que seguía así y que ya no iba a vivir más.
A muchos les puede pasar que entran en la Iglesia y creen en el Jesús muerto en la Cruz del Viernes Santo, pero no en el Jesús resucitado del Domingo de Resurrección, y eso no puede ser, porque Jesús resucitó. Y sabemos que resucitó porque dejó de ocupar el sepulcro con su Cuerpo muerto, para ocupar el altar eucarístico y el sagrario con su Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de luz, de vida y del Amor de Dios.
         El que piensa que Jesús no resucitó, cuando viene un problema grande, o cuando está triste, o cuando se siente solo, se siente triste, como las mujeres de Jerusalén antes de encontrarse con los ángeles, que les anunciaron que Jesús había resucitado, y por eso cuando tiene problemas –o también cuando está alegre- no viene a hablar con Jesús en el sagrario, porque no cree que haya resucitado y que esté glorioso en la Eucaristía.
         El que piensa que Jesús no resucitó, cuando entra en la Iglesia, no se arrodilla ante el Sagrario, ni le reza a Jesús en la Eucaristía, ni hace adoración eucarística, porque para él la Eucaristía es solo un poco de pan bendecido y nada más.
         El que piensa que Jesús no resucitó, cuando comulga, piensa que es solo un poco de pan, y por eso no se prepara para recibir a Jesús en la comunión, ni lo adora, ni le ofrece su corazón, ni habla con Él cuando comulga, porque para Él Jesús no está en la Eucaristía, porque no resucitó.
         En cambio, el que cree que Jesús resucitó y que dejó de ocupar el sepulcro, para ocupar el altar eucarístico y el sagrario, cuando tiene algún problema, acude a su Amigo del alma, Jesús en el sagrario, a contarle todos los problemas que tiene, y sabe que Jesús lo escucha y atiende todas sus súplicas. Pero también cuando está alegre va al sagrario, para contarle a Jesús todas las cosas lindas y buenas que le han pasado, porque todo eso viene de Él, y le da gracias por tanto amor.
         El que cree que Jesús resucitó, cuando comulga, se prepara bien con la contrición del corazón, reconociéndose indigno de comulgar, pide perdón por sus pecados, le ofrece su corazón para que haga de altar y sagrario, lo adorna con las buenas obras y la gracia santificante, y cuando Jesús entra por la comunión, lo adora y le da gracias por tanto amor.
         El que cree que Jesús resucitó, vive alegre –como las santas mujeres, después de darse cuenta de que Jesús había resucitado- aun cuando haya problemas, porque Jesús resucitó.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Vamos al Sacrificio de Jesús (XXIII) En la Misa asistimos a la muerte y resurrección de Jesús




         Después que el pan y el vino se convirtieron en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el sacerdote dice: “Este es el misterio de la fe”, y todos responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
Los que están en Misa dicen dos cosas de Jesús: que murió y que resucitó, y que eso es lo que hay que ir a avisar a los demás, a los que no están en Misa.
La primera parte dice: “Anunciamos tu muerte”, porque se lo decimos a Jesús, que ya está en Persona en el altar. Lo que le estamos diciendo a Jesús es que creemos, aunque no vemos, que en el altar se renovó misteriosamente su muerte de Cruz; decimos que creemos en la muerte de Jesús en la Cruz, y que por un misterio que no sabemos cómo pasa, se renueva en el altar, oculta y escondida detrás del velo de los sacramentos. Le decimos a Jesús que creemos sin dudar ni un segundo que Él murió con su Cuerpo en la Cruz el Viernes Santo, y que cada vez que se celebra la Santa Misa, se renueva misteriosamente esa misma muerte, y por eso decimos que asistir a Misa es como haber asistido al Calvario.
Y porque asistir a Misa es como asistir al Calvario, el que asiste a Misa tiene que tener el corazón como eran los corazones de la Virgen María y de Juan, cuando estaban al pie del Calvario.
Los que vienen a Misa no tienen que venir buscando una misa “divertida”, ni “simpática”, ni “alegre”; y tampoco hay que inventar cosas raras; los que vienen a Misa tienen que querer subir con el alma al altar, donde está Jesús con su Cruz, para ofrecerse a Dios Padre junto a Jesús; tienen que querer subir con el corazón a la Cruz, para estar junto a Jesús, y eso quiere decir estar dispuestos a soportar todas las ofensas que les haga el prójimo; los que vienen a Misa, como quieren estar cerca de Jesús que está en la Cruz, tienen que afinar el oído –y para eso hay que hacer silencio-, para escuchar las palabras que Jesús dice desde la Cruz:  “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34); “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43);  “Mujer, he aquí a tu hijo; hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26-27);  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34); “Tengo sed” (Jn 19, 28); “Todo está cumplido” (Jn 19, 30);  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
La segunda parte dice: “Proclamamos tu resurrección”, porque creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, y que está en el Cielo, pero también está en la Eucaristía, en el altar y en el sagrario.
Esto quiere decir que el que viene a Misa, además de asistir al Calvario, asiste también a la tumba de Jesús, llamada Sepulcro de la Resurrección, porque Jesús en la Eucaristía no es el Jesús muerto de la Cruz, sino el Jesús vivo, glorioso, luminoso, el mismo que se levantó de la piedra del sepulcro, donde estaba tendido, con su Cuerpo frío y sin vida, para no morir nunca más, el Domingo de Resurrección.
Entonces, como venir a Misa es lo mismo que venir  tiene que tener en el corazón la misma alegría que tuvieron las santas mujeres cuando fueron al sepulcro y lo encontraron vacío: “Llenas de alegría, corrieron a avisar a los demás que el sepulcro estaba vacío”.
         La última parte dice: “Ven, Señor Jesús”, porque llamamos a Jesús, que está en la Eucaristía, para que venga pronto a nuestros corazones por la comunión. Él ya vino desde el cielo, donde vive junto a su Papá, y se quedó en la Eucaristía, y ahora nosotros lo llamamos para que entre en nuestro corazón, y para eso vamos preparándonos, para recibirlo con fe y con toda la fuerza del corazón. Esto es lo que queremos decir cuando decimos: “Ven, Señor Jesús”.

sábado, 7 de abril de 2012

Domingo de Resurrección para Niños y Adolescentes



A diferencia del Viernes Santo, en donde todo era tristeza, llanto y dolor, en el Domingo de Resurrección todo es alegría, fiesta, celebración, porque Jesús, que estaba con su Cuerpo muerto en la Cruz el Viernes, resucita con ese mismo Cuerpo el Domingo.

Para poder apreciar la grandeza y la alegría del Domingo de Resurrección, tenemos que ver qué pasó con el Cuerpo de Jesús, entre el Viernes Santo, el Sábado Santo y el Domingo.

En el Calvario, el Viernes Santo, todo era tristeza, llanto, dolor y amargura, porque Jesús había muerto en la Cruz. Los hombres, aliados con los demonios, habían conseguido lo que querían: vivir sin Dios, crucificando al Hombre-Dios con sus pecados. El Cuerpo muerto de Jesús es bajado de la Cruz por José de Arimatea, Juan el Evangelista, el "discípulo al que Jesús amaba", y otros varones más. María Santísima, con su Corazón Inmaculado triturado por el dolor, lo recibe y con sus lágrimas quita algo del barro, la tierra y la sangre que cubre el rostro de Jesús. Le quita la corona de espinas, acomoda sus cabellos, acaricia su rostro. Con un trozo de género blanco, suavemente, trata de quitar la tierra y la sangre del resto del Cuerpo, que además está todo lleno de de moretones, de golpes, de heridas abiertas. Luego de llorar un rato en silencio, abrazando el Cuerpo muerto de su Hijo, deja, con más dolor todavía, que José de Arimatea y los demás hombres lleven el cadáver de Jesús al sepulcro.

El Sábado, era un día de duelo, de dolor, acompañando a la Virgen que lloraba a su Hijo muerto en el sepulcro, aunque Ella tenía muy presentes las palabras de Jesús: sabía que iba a resucitar, y por eso, en medio del dolor, se mantenía serena y hasta alegre, enseñándonos cómo debe ser la actitud del cristiano frente a la muerte.

Una vez dentro, las santas mujeres de Jerusalén, que habían llevado ungüento y perfumes, se terminan de limpiar el cadáver de Jesús y de perfumarlo, aunque a Jesús no le hace falta, porque nunca jamás su Cuerpo inmaculado iba a descomponerse, como le sucede a los cuerpos de los hombres, porque Él jamás cometió un pecado, y porque Él había dicho que iba a resucitar, es decir, que iba a volver a vivir. El Cuerpo de Jesús es lavado y perfumado para ser sepultado, como hacían los judíos. Las santas mujeres, junto a la Virgen, tratan de cerrar un poco aunque sea sus heridas, la herida del costado, las de las manos, las de la cabeza, las de los pies, las de la espalda.

Una vez que terminan la tarea, se retiran todos en silencio, la última es la Virgen, que siente en su Corazón Inmaculado nuevos dolores, porque le quitan el único consuelo que tenía, que era aunque sea poder ver el Cuerpo muerto de su Hijo. Ahora todos se tienen que retirar, porque hay que cerrar la puerta del sepulcro con una piedra grande. María Santísima obedece, porque es el querer del Padre, y también se retira. Pero nosotros le pedimos permiso para quedarnos y ver, juntos a nuestros ángeles custodios, la Resurrección de Jesús. Apenas si podemos ver el cuerpo muerto de Jesús, que ha sido envuelto en el sudario, y también su cabeza.

Pasan las horas, y todo está oscuro en el sepulcro. No se puede ver casi nada, porque no entra nada de luz por ningún lado. Todo está en silencio también.

De pronto, en la madrugada del Domingo, todo cambia. Dentro del sepulcro, se produce un fenómeno extraordinario, un hecho asombroso, que jamás ha sido visto por ningún hombre y ni siquiera por los ángeles. Repentinamente, una gran luz, muy brillante, más brillante que la luz de muchos soles juntos, nace en el Corazón de Jesús, y desde su Corazón se extiende, rápidamente, por todo su Cuerpo, y a medida que se expande, va convirtiendo el Cuerpo, que era de carne y de huesos, en un Cuerpo también de carne y de huesos, pero glorificados, es decir, de luz, llenos de la vida de Dios.

Jesús, resucitado, irradiando luz como un sol, pero como millones de soles juntos, se incorpora, y sonríe, porque con su Resurrección ha derrotado para siempre a la muerte, al demonio, y al mundo.

La alegría del Domingo de Resurrección se debe a esto que pasó en el sepulcro: el Cuerpo muerto de Jesús, que había sido golpeado y crucificado, y cubierto de heridas y de sangre, el Domingo se llena de vida y en de sus heridas, ya no sale sangre, sino luz.

Pero hay algo más sorprendente todavía que la misma resurrección; un milagro que supera infinitamente a la Resurrección, y es que el Cuerpo de Jesús, que resucita en el sepulcro, lleno de luz, de gloria y de vida divina, ese Cuerpo con el cual se ilumina no solo el sepulcro sino el universo entero, es el mismo Cuerpo que, lleno del luz y de gloria, está en la Eucaristía.

Por eso para nosotros la Misa, toda Misa, pero sobre todo la del Domingo, es como estar en el sepulcro hace veinte siglos, porque participamos del Domingo de Resurrección y, lo mejor de todo, es que recibimos el Cuerpo de Jesús, lleno de luz, de gloria y de amor divinos, en el corazón, y así nuestro corazón, que muchas veces es como el sepulcro, frío, oscuro, y duro, se llena de la luz y de la gloria de Jesús cuando lo recibimos en la Eucaristía.

Y así como los discípulos de Jesús, llenos de alegría al ver a Jesús glorioso, fueron a anunciar a los demás que Él había resucitado, así también tenemos que avisar nosotros a los demás no solamente que Jesús ha resucitado, sino que está en la Eucaristía, esperando nuestra visita.