Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta pereza espiritual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pereza espiritual. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de septiembre de 2013

El Evangelio para Niños: "El que no carga su Cruz y me sigue no puede ser mi discípulo"


(Domingo XXIII - TO - C - 2013)
          En este Evangelio, Jesús nos dice: "El que no carga su Cruz y me sigue no puede ser mi discípulo". Para saber qué es lo que Jesús quiere decirnos, tenemos que acordarnos de cuando vamos a la escuela. ¿Qué hacemos cuando vamos a la escuela y para qué vamos? A la escuela vamos a aprender de nuestros maestros, y para poder aprender, llevamos los útiles en la mochila, y así cuando el maestro nos pregunta algo, sacamos los libros, leemos y respondemos. Así es como aprendemos: estudiamos de los libros y aprendemos lo que el maestro nos enseña. Si no llevamos los libros, y si no los abrimos y estudiamos, no podemos aprender, no podemos ser buenos alumnos.


         Lo mismo pasa con Jesús: el Maestro es Él; el libro con el que nos enseña, es el Libro de la Cruz; la escuela es el Calvario; las lecciones, son el decirnos "no" a nosotros mismos. Entonces, así como todos los días cargamos la mochila para ir a la escuela, con los libros, y así como tenemos que abrir los libros para estudiar y aprender, para saber las lecciones que el maestro nos enseña, así también, todos los días, debemos cargar el Libro Santo de la Cruz y seguir a Jesús, que nos conduce a la Escuela del cielo, el Calvario, y por el camino, nos va enseñando lecciones, que son muy fáciles, porque lo único que tenemos que hacer es decir "no" a nosotros mismos. ¿De qué manera? Por ejemplo, cuando la pereza nos dice: "No hagas tus deberes de la escuela", nos decimos "No, no te voy a hacer caso, pereza", y ponernos a hacer los deberes de la escuela. O las tareas de la casa. Cuando la pereza espiritual, que se llama "acedia", nos dice: "No reces, no hace falta, Dios te quiere lo mismo", nos tenemos que decir: "No, no te voy a hacer caso, acedia, y voy a rezar, porque me hace falta recibir el Amor de Dios, porque necesito del Amor de Dios más que el alimento del cuerpo". Y así con todas las otras cosas: el enojo, la ira, la gula, etc. fmos, no podemos ser sus discípulos. ¿Qué quiere decir "cargar la Cruz"? ¿Adónde va Jesús, que lo tenemos que seguir? ¿Para qué cargamos la Cruz? Jesús va camino del Calvario; la Cruz la cargamos para que muera el "hombre viejo"; "cargar la Cruz" quiere decir poner en la Cruz todo lo que no le pertenece a Dios: la soberbia, la pereza, la gula, etc., para que todo quede destruido por la Sangre de Jesús.
          Esto es lo que Jesús nos quiere decir cuando nos dice: "El que no carga su Cruz todos los días y me sigue, no puede ser mi discípulo", es decir, no podemos ser alumnos del Maestro Jesús, si no llevamos la Cruz cada día.

          

jueves, 6 de diciembre de 2012

El Adviento para Niños - 2do Domingo de Adviento - Ciclo C



         Antes de que Jesús saliera a hablar de Dios a todas las gentes, su primo, Juan Bautista, que había nacido milagrosamente de Santa Isabel, se fue al desierto a predicar para avisarles a todos que Jesús ya iba a comenzar a hablarles de Dios.
En uno de esos días, estaba Juan en el desierto, y comenzó a decirles a los que escuchaban, lo siguiente: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos” (Lc 3, 16).
Lo que Juan les decía a los que lo escuchaban, nos lo dice a nosotros la Iglesia en Adviento, que cumple la misma tarea de Juan, porque la Iglesia anuncia a Jesús, como Juan, y está en el desierto del mundo, porque el mundo, sin Dios, es un lugar vacío y sin belleza, como el desierto, además de estar lleno de alimañas, como alacranes, arañas, víboras, y de bestias salvajes, como los chacales del desierto, sólo que las alimañas y bestias salvajes del mundo son los ángeles que se rebelaron contra Dios y porque no lo quisieron amar y servir, se cayeron del cielo, y ya nunca más van a poder volver ahí, y mientras tanto, buscan tentarnos para que nosotros nos alejemos de Dios.
Bueno, resulta que Juan el Bautista les decía que: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos”. Y cuando uno escucha a Juan, parece como que tendríamos que ser ingenieros de caminos, de esos que hacen puentes y construyen carreteras, o trabajar en Vialidad Nacional, o agarrar una pala y subir al cerro San Javier, o a cualquier otro cerro, para poder prepararnos para Navidad, porque todo esto nos lo dice la Iglesia, para que nos preparemos para Navidad. Parecería que tenemos que hacer esto, porque las indicaciones que da Juan el Bautista son esas: “allanar los senderos”, quiere decir que un sendero, que es un caminito que va a la montaña, y da muchas vueltas, y tiene subidas y bajadas, habría que convertirlo en un camino derechito, sin curvas, sin subidas ni bajadas. ¿En verdad que tenemos que hacer todo esto en Adviento, para prepararnos para Navidad?
Y podría ser que sí, que tenemos que volver derechitos a todos los senderos, y rellenar los valles, y bajar las montañas, porque el Niño Dios viene para Navidad dentro de la panza de su Mamá, la Virgen, sentada en un burrito, y de pie va caminando San José, que guía al burrito, y como vienen caminando desde muy lejos, habría que allanar los senderos y hacer todo el trabajo que nos dicen Juan el Bautista y la Iglesia, para que el burrito, que trae a la Virgen y al Niño Dios, no se canse, y pueda llegar más rápido. ¿Es verdad entonces que tenemos que agarrar una pala y un pico, y salir a hacer lo que nos dice Juan el Bautista? Y si nos ponemos a trabajar en los senderos que encontramos, o en las montañas que encontramos, ¿no vamos a tardar demasiado, se va a pasar Navidad, no vamos a terminar, y el Niño Dios no va a llegar?
Sí, es verdad que tenemos que hacer lo que Juan y la Iglesia nos dicen en Adviento, pero los senderos que tenemos que enderezar, los valles que tenemos que rellenar, y las montañas que tenemos que bajar, no son las de la tierra, sino más bien están dentro nuestro, y se ponen como un obstáculo entre nuestro corazón y el burrito que trae al Niño Dios y a la Virgen.
¿Cuáles son estos obstáculos?
Los senderos, esos caminos angostos, llenos de curvas, de subidas y bajadas, y que por ahí se pierden en cualquier parte, o no llevan a ningún lado, representan el poco amor que le demostramos a Dios, cuando no queremos vivir sus Mandamientos: si Dios nos dice: “Ama a Dios y al prójimo como a ti mismo”, y para eso necesitamos sacrificio y generosidad, preferimos amarnos a nosotros mismos, egoístamente, dejando de lado a Dios y al prójimo, porque preferimos nuestros intereses a los de los demás, empezando por los papás y los hermanos. Así somos como un sendero que no va a ningún lado.
Si Dios nos dice: “Santificarás las fiestas”, con los cual nos dice que tenemos que venir a la Misa del Domingo para encontrarnos con su Hijo Jesús en la Eucaristía, y así recibir todo el Amor infinito de su Sagrado Corazón, que late de Amor por nosotros, preferimos, al Amor del Sagrado Corazón, el triste y vacío consuelo que nos dan las criaturas, que nos distraen de todas las maneras posibles para que no recemos, para que no vayamos a Misa, para que no visitemos a Jesús en el sagrario. Así somos como un sendero que, en vez de llegar a su destino, conduce a un barranco.
Si Dios nos dice: “Honrarás padre y madre”, y con eso nos quiere decir que nunca jamás debemos faltar el respeto a nuestros padres, además de tratarlos siempre con amor y afecto, obedeciendo en todo lo que nos dicen, y en vez de eso los tratamos bien cuando queremos y cuando no queremos no los tratamos bien, somos como los senderos que suben y bajan, suben y bajan, que producen cansancio y que además parecen no llegar nunca a destino.
Los valles que hay que rellenar, son nuestra pereza espiritual, que no nos deja llegar a Dios, porque si la montaña es una figura de Dios, el valle es una figura de nuestro desgano en rezar, por ejemplo el Rosario, en decirle piropos a lo largo del día –se llaman “jaculatorias”-, como por ejemplo, “Jesús, en Vos confío”, “Jesús, te amo”, “Virgen María, Madre Mía, sé mi auxilio y protección”, y muchas otras más, además de rezar a la noche la devoción a las tres Avemarías, pidiendo para nosotros y nuestros seres queridos no caer en pecado mortal; la pereza espiritual nos lleva también a no querer rezar la Biblia y a creer que es un libro de adorno en la biblioteca; la pereza espiritual nos lleva también a amar más y a conocer más a ídolos del mundo, como Messi, Cristiano Ronaldo, Harry Potter, o cualquier cantante de moda, antes que a Jesús.
Las montañas son la figura de nuestro orgullo, que se levanta entre nuestro corazón y el burrito de Belén que trae a Jesús y a la Virgen; el orgullo no deja entrar el Niño Jesús, porque el Corazón de Jesús, como el de la Virgen, es un corazón “manso y humilde”, y en el orgulloso, aquel que no sabe perdonar ni pedir perdón, aquel que no sabe humillarse, aquel que no sabe hacer pasar de largo los defectos del prójimo, en definitiva, el que no sabe amar, no puede recibir al Niño Dios, que viene en Navidad, porque el Niño Dios es Amor Puro, infinito, y para recibirlo hay que tener amor y humildad en el corazón.
Entonces, en Adviento, Juan el Bautista y la Iglesia nos piden que “allanemos los senderos, que rellenemos los valles, que aplanemos las colinas”. ¿De qué manera? Haciendo un examen de conciencia, reconociendo nuestros errores, y haciendo el propósito de cambiar, y para eso tenemos que rezar, leer la Biblia, y pedirle a la Virgen que nos haga que nuestro corazón sea como el del Niño Jesús: “Virgen María, haz que mi corazón sea como el Corazón de tu Hijo Jesús, para que yo pueda recibirlo con amor y alegría en Navidad”.