Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 8 de marzo de 2014

El Evangelio para Niños: La tentación de Jesús en el desierto


         (Domingo I – TC – Ciclo A – 2014)
         El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto para que el demonio lo tiente. Por supuesto que Jesús no podía caer en la tentación, porque era el Hombre-Dios, pero Jesús se deja tentar para enseñarnos cómo combatir la tentación: con ayuno, oración y la Palabra de Dios.
La primera tentación es con la Gula: el demonio le dice a Jesús que convierta las piedras en pan. El demonio quiere que nos olvidemos del alma, que todo sea para el cuerpo: piedras-pan-cuerpo. El demonio quiere que pensemos solo en la materia, y no en el espíritu, y que busquemos la satisfacción de las necesidades del cuerpo, y no las del alma, por eso quiere hacerle pensar a Jesús solo en el pan material: piedra-pan-cuerpo. Es como si le dijera a Jesús: “Aliméntate solo de pan y nada más”. Pero Jesús le responde al diablo que el hombre no solo se alimenta de pan, sino “de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús nos hace ver que no solo tenemos un cuerpo, sino también un alma, y que el alimento del alma es más importante que el del cuerpo, y que el alimento del alma es la Palabra de Dios. Pero hay algo más importante todavía, que nos dice la Iglesia: “No solo de pan vive el hombre, sino del Pan de Vida eterna, la Eucaristía, que sale de las entrañas de la Iglesia, el altar de Dios”. La Eucaristía es el Pan de Dios que alimenta el alma y es el alimento del espíritu, más importante que el alimento del cuerpo. Entonces, si el demonio nos dice: piedras-pan-cuerpo, la Iglesia nos dice: pan-Pan de Vida Eterna-Eucaristía.  
         La segunda tentación es con la Soberbia: el demonio le dice a Jesús que se tire del templo, porque si es Hijo de Dios, los ángeles lo van a salvar a último momento, evitando que se estrelle en el piso. Esto el pecado de presunción, y es el pecado de los cristianos que creen que Dios es pura misericordia y que por lo tanto, como es tan misericordioso, a ellos no los va a castigar. Entonces, ellos pueden cometer toda clase de pecados e incluso pueden morir en pecado; total, como Dios es tan misericordioso, Dios no los va castigar, porque Dios tiene la obligación de salvarlos; ellos usan el escapulario de la Virgen del Carmen e invocan a Dios, a Jesús, van a Misa y se confiesan, pero no se arrepienten de verdad, y viven y mueren en pecado, pero Dios lo mismo los va a salvar, porque es misericordioso. Para ellos, Dios es misericordioso, pero no es justo; es un Dios in-justo, un Dios que no aplica la Justicia Divina, entonces uno puede ser malo en esta vida, y lo mismo se puede salvar, y esto es ser presuntuoso y esto es tentar a Dios, y esto es lo que Jesús le responde, al demonio y a estos cristianos: “No tentarás a Dios”. No tenemos que tentar a Dios, pensando presuntuosamente que vamos a salvarnos sin una verdadera conversión, sin arrepentirnos, sin convertirnos, sin rezar, sin pedir perdón por nuestros pecados, sin detestar el mal y las obras malas.
         La última tentación, es la del Egoísmo, la del Poder y la de la Avaricia, que es la tentación de la Idolatría: el demonio le dice que se postre ante él, y él dará mucho dinero y hará que todos lo alaben y le digan muchas cosas lindas sobre él. Es una tentación que vemos todos los días: a muchos seres humanos, simples hombres, se les rinde un culto como si fueran dioses, aunque no nos demos cuenta: el día domingo, que es el día dedicado a Dios, todo el día debe girar en torno a la Misa, porque  Dios ha creado el Domingo para la Misa, para que el hombre vaya a Misa, porque la Misa es el Día del Sol, que es Jesucristo; el Domingo es el día de la semana que participa del Domingo de Resurrección y por eso está iluminado con una luz especial, que no es la luz del astro sol, sino que es la luz del Cordero, Jesús, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial; el domingo está iluminado por la luz del Sol de justicia, Jesús resucitado, y por eso es el Día del Señor, y todo el Domingo está dedicado a la Santa Misa, y no es el día para el fútbol, ni para el paseo, ni para hacer compras, ni para descansar.
         A quienes usan el domingo, Día del Señor, para esas cosas, Jesús les dice: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”.

         Por último, el desierto es una figura de nuestra alma, y como el Espíritu Santo lleva a Jesús al alma, entonces también está en nuestra alma, que es como un desierto, cuando estamos en gracia. A Él le tenemos que pedir que nos ayude, con su gracia, a vencer la tentación, y Él nos ayuda y nos enseña a hacerlo, por medio de la oración y el ayuno cuaresmal. Al final del pasaje, el Evangelio dice que “el demonio se alejó” de Jesús, porque Jesús lo venció con el ayuno y la oración; entonces también se alejará de nosotros y nosotros lo venceremos con el ayuno, la oración y la Presencia de Jesús en nuestra alma por la gracia. Así como el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, así la gracia lo trae a nuestra alma, para que se quede con nosotros en Cuaresma y para Pascua, en el tiempo y por toda la eternidad.

viernes, 30 de agosto de 2013

El Evangelio para Niños: "El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado"


(Domingo XXII - TO - C - 2013)
          En este Evangelio Jesús nos cuenta la siguiente parábola (las parábolas son hermosas narraciones que dejan muchas enseñanzas, como cuando un padre cuenta un maravilloso cuento a su hijo, para enseñarle muchas cosas): nos cuenta de alguien que va a una fiesta donde sirven muchas cosas ricas para comer y qué es lo que le puede pasar si se sienta en un lugar que es el del dueño de casa: si el dueño de casa llega y lo encuentra en su lugar, le va a decir que se levante y vaya a otro lugar de la mesa, más alejado; pero si se sienta en un lugar alejado, el dueño de casa, cuando llegue, le va a decir que se acerque y le dirá que se siente cerca de él. Con esta parábola, Jesús nos quiere decir que el que es soberbio, al final se queda sin nada, pero el que es humilde, es agradable a los ojos de Dios.
          Jesús nos enseña a no ser soberbios, porque la soberbia es el pecado capital del demonio, el pecado que le hizo perder el cielo para siempre. En el cielo, el demonio se comportó como si fuera el dueño del cielo, y tuvo el atrevimiento de querer sentarse en el trono de Dios. Por supuesto que nunca jamás lo iba a lograr, porque comparado con Dios y su fuerza, el Demonio es menos que un gusano comparado con un oso. Por ser soberbio, el Diablo perdió para siempre la amistad de Dios y como ya no era amigo de Dios, el jefe de la milicia celestial, San Miguel Arcángel, lo echó del cielo, cayendo "como un rayo" a la tierra, en donde anda suelto y desencadenado, "como león rugiente buscando a quien devorar", es decir, buscando a quien contagiar con su veneno más mortal, la soberbia. La soberbia es como un virus que nace del corazón del ángel caído, y que se contagia al corazón del hombre cuando el hombre se acerca al demonio, así como cuando alguien tiene gripe y contagia al que está cerca. A los que son soberbios, a los que les gusta que siempre los alaben, a los que les gusta ocupar siempre los primeros lugares, a los que les gusta que todos hablen de ellos, a los que les gusta sentirse mejores que los demás y desprecian a sus hermanos, a los que no perdonan, cuando alguien les hace un daño, ni tampoco piden perdón, cuando ellos hacen un daño a otro, a esos les pasa lo que le pasó al demonio: dejan de  ser amigos de Dios, porque Dios quiere amigos que sean como su Hijo Jesús, que no era soberbio sino humilde.
           A Dios le gusta que sus amigos se parezcan en todo a Jesús, que siendo Dios Hijo, y por lo tanto el Dueño y Creador del universo, vino a esta mundo humildemente, naciendo como un Niño de María Virgen; siendo Dios Todopoderoso, dejó que lo golpearan, lo flagelaran, lo coronaran de espinas y lo crucificaran, para que nos salvemos; siendo Dios Todopoderoso, viene a nosotros en la humildad de algo que parece ser pan, pero ya no es más pan, la Eucaristía, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Siendo Dios Todopoderoso, fue Niño y Adolescente, y como Niño y Adolescente, obedecía con amor a sus padres y los amaba muchísimo y demostraba ese amor haciéndoles siempre caso y ayudándolos en todo lo que podía. A los que son como su Hijo Jesús, Dios Padre los ama en esta tierra y, cuando llegan al Cielo, les da un lugar en el banquete del Cielo, muy cerquita de Jesús.

          Esto es entonces lo que Jesús nos enseña con el esta parábola: que no seamos soberbios, como el Diablo, y que seamos humildes, como Jesús. Y también como la Virgen, que siendo la Mamá de Dios, se llamó a sí misma "Esclava del Señor".

sábado, 17 de agosto de 2013

Evangelio para niños: "No he venido a traer la paz, sino la división"


(Domingo XX - TO - Ciclo C - 2013)
          Para entender el Evangelio de hoy, en donde Jesús nos dice que "no ha venido a traer la paz, sino la división", tenemos que imaginarnos a dos ejércitos que están luchando, uno dirigido por un capitán bueno, y otro, por un capitán malo. De pronto, en medio de la lucha, el capitán de uno de los ejércitos, el capitán bueno, sin tener miedo, se mete dentro de las filas de los soldados del otro ejército, y los convence, uno por uno, de que dejen de pelear contra él y comiencen a pelear contra el otro capitán, que es muy malo. así, este capitán bueno, introduce la división dentro del ejército enemigo, y hace que muchos de los que eran sus enemigos, ahora sean amigos de él y enemigos del capitán malo.
          Los dos ejércitos, que luchan uno contra otro, son el ejército de Jesús y María, y el ejército de Satanás. El ejército de Jesús está en un lugar alto, con mucho césped, con el cielo despejado y con un sol resplandeciente; el Jefe y Supremo Capitán de este ejército bien disciplinado y aguerrido es Jesucristo, y su estandarte es el estandarte ensangrentado de la Cruz; al lado suyo, está su Mamá, la Virgen, que es la celestial Capitana de este ejército; está rodeada de sus hijos más fieles, los que aman con todo el corazón y se han consagrado a Ella; los que rezan el Rosario todos los días; los que obran la misericordia, corporal y espiritual, por amor a su Hijo Jesús; los que prefieren morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. Los integrantes de este ejército tienen una coraza poderosísima, y es la humildad, que está reforzada a la altura del corazón, y esta humildad así reforzada hace que sea un corazón contrito y humillado. El casco y el escudo protector es la oración, y las armas que usan, poderosísimas, son el Santo Rosario, el amor a la Eucaristía y a la Santa Misa. Sus otras armas, igualmente poderosas, son: castidad, diligencia, templanza, paciencia, generosidad y, la más poderosa de todas, la caridad, que es el Amor mismo del Sagrado Corazón.
          El otro ejército, es el ejército de Satanás, que es su capitán; este ejército está en una hondanada, un lugar todo sucio con barro y agua estancada; el lugar está lleno de humo, que se levanta desde el trono de Satanás, pero el humo, en vez de subir al cielo, no lo hace, porque no puede entrar en el cielo el humo de Satanás, y entonces este humo, oscuro, espeso, de mal olor, invade todo su ejército. Este está formado por los ángeles caídos y por los hijos de las tinieblas, que son los hombres aliados con ellos; las armas son la soberbia, que hace que el corazón sea duro y frío como una piedra, y todos están atados al trono del demonio con gruesas cadenas de hierro, que tienen distintos nombres: pereza, gula, avaricia, ira, lujuria y envidia. Este ejército malo hace la guerra a Dios, a su Iglesia y a los hombres de buena voluntad.
          Los dos ejércitos están así, uno frente al otro, dispuestos para la batalla, pero en un momento determinado, el Capitán del ejército bueno, Jesús, acompañado por su Mamá, se dirige hacia el campamento del ejército malo. Nadie los puede ver, porque la soberbia los vuelve ciegos a todo lo que se refiere a Dios, y así es como se acercan a los hombres que están encadenados al trono de Satanás, y les hablan al corazón, primero la Virgen y después Jesús, para que se conviertan y se pasen al ejército bueno. A los que aceptan, Jesús y la Virgen los liberan de sus cadenas de hierro, y los llevan al campamento del ejército bueno; a los que no aceptan, los dejan así, para volver después y tratar de convencerlos.
          Esta es la división que viene a traer Jesús: la división dentro del ejército malo, convirtiendo los corazones de los que estaban atadas con cadenas de hierro al trono de Satanás y luchaban contra Dios. Antes eran enemigos de Dios por el pecado; ahora son amigos de Dios por la gracia.
          Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice que "no ha venido a traer la paz, sino la división", porque el cristiano no está en paz con el Demonio; el enemigo del cristiano no es su hermano, sino el Demonio, y Cristo ha venido para hacerle la guerra al Demonio, y por eso dice que "no ha venido a traer la paz".

          Jesús quiere que estemos en paz con Dios y con los hermanos y que, unidos a Él y a la Virgen, con la Cruz y con el Rosario, le hagamos la guerra al Demonio. Jesús ha venido para que dejemos de ser amigos del Demonio y seamos sus enemigos; Jesús ha venido para que, de enemigos de Dios que éramos, nos convirtamos en sus amigos.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El Adviento para Niños - 2do Domingo de Adviento - Ciclo C



         Antes de que Jesús saliera a hablar de Dios a todas las gentes, su primo, Juan Bautista, que había nacido milagrosamente de Santa Isabel, se fue al desierto a predicar para avisarles a todos que Jesús ya iba a comenzar a hablarles de Dios.
En uno de esos días, estaba Juan en el desierto, y comenzó a decirles a los que escuchaban, lo siguiente: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos” (Lc 3, 16).
Lo que Juan les decía a los que lo escuchaban, nos lo dice a nosotros la Iglesia en Adviento, que cumple la misma tarea de Juan, porque la Iglesia anuncia a Jesús, como Juan, y está en el desierto del mundo, porque el mundo, sin Dios, es un lugar vacío y sin belleza, como el desierto, además de estar lleno de alimañas, como alacranes, arañas, víboras, y de bestias salvajes, como los chacales del desierto, sólo que las alimañas y bestias salvajes del mundo son los ángeles que se rebelaron contra Dios y porque no lo quisieron amar y servir, se cayeron del cielo, y ya nunca más van a poder volver ahí, y mientras tanto, buscan tentarnos para que nosotros nos alejemos de Dios.
Bueno, resulta que Juan el Bautista les decía que: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos”. Y cuando uno escucha a Juan, parece como que tendríamos que ser ingenieros de caminos, de esos que hacen puentes y construyen carreteras, o trabajar en Vialidad Nacional, o agarrar una pala y subir al cerro San Javier, o a cualquier otro cerro, para poder prepararnos para Navidad, porque todo esto nos lo dice la Iglesia, para que nos preparemos para Navidad. Parecería que tenemos que hacer esto, porque las indicaciones que da Juan el Bautista son esas: “allanar los senderos”, quiere decir que un sendero, que es un caminito que va a la montaña, y da muchas vueltas, y tiene subidas y bajadas, habría que convertirlo en un camino derechito, sin curvas, sin subidas ni bajadas. ¿En verdad que tenemos que hacer todo esto en Adviento, para prepararnos para Navidad?
Y podría ser que sí, que tenemos que volver derechitos a todos los senderos, y rellenar los valles, y bajar las montañas, porque el Niño Dios viene para Navidad dentro de la panza de su Mamá, la Virgen, sentada en un burrito, y de pie va caminando San José, que guía al burrito, y como vienen caminando desde muy lejos, habría que allanar los senderos y hacer todo el trabajo que nos dicen Juan el Bautista y la Iglesia, para que el burrito, que trae a la Virgen y al Niño Dios, no se canse, y pueda llegar más rápido. ¿Es verdad entonces que tenemos que agarrar una pala y un pico, y salir a hacer lo que nos dice Juan el Bautista? Y si nos ponemos a trabajar en los senderos que encontramos, o en las montañas que encontramos, ¿no vamos a tardar demasiado, se va a pasar Navidad, no vamos a terminar, y el Niño Dios no va a llegar?
Sí, es verdad que tenemos que hacer lo que Juan y la Iglesia nos dicen en Adviento, pero los senderos que tenemos que enderezar, los valles que tenemos que rellenar, y las montañas que tenemos que bajar, no son las de la tierra, sino más bien están dentro nuestro, y se ponen como un obstáculo entre nuestro corazón y el burrito que trae al Niño Dios y a la Virgen.
¿Cuáles son estos obstáculos?
Los senderos, esos caminos angostos, llenos de curvas, de subidas y bajadas, y que por ahí se pierden en cualquier parte, o no llevan a ningún lado, representan el poco amor que le demostramos a Dios, cuando no queremos vivir sus Mandamientos: si Dios nos dice: “Ama a Dios y al prójimo como a ti mismo”, y para eso necesitamos sacrificio y generosidad, preferimos amarnos a nosotros mismos, egoístamente, dejando de lado a Dios y al prójimo, porque preferimos nuestros intereses a los de los demás, empezando por los papás y los hermanos. Así somos como un sendero que no va a ningún lado.
Si Dios nos dice: “Santificarás las fiestas”, con los cual nos dice que tenemos que venir a la Misa del Domingo para encontrarnos con su Hijo Jesús en la Eucaristía, y así recibir todo el Amor infinito de su Sagrado Corazón, que late de Amor por nosotros, preferimos, al Amor del Sagrado Corazón, el triste y vacío consuelo que nos dan las criaturas, que nos distraen de todas las maneras posibles para que no recemos, para que no vayamos a Misa, para que no visitemos a Jesús en el sagrario. Así somos como un sendero que, en vez de llegar a su destino, conduce a un barranco.
Si Dios nos dice: “Honrarás padre y madre”, y con eso nos quiere decir que nunca jamás debemos faltar el respeto a nuestros padres, además de tratarlos siempre con amor y afecto, obedeciendo en todo lo que nos dicen, y en vez de eso los tratamos bien cuando queremos y cuando no queremos no los tratamos bien, somos como los senderos que suben y bajan, suben y bajan, que producen cansancio y que además parecen no llegar nunca a destino.
Los valles que hay que rellenar, son nuestra pereza espiritual, que no nos deja llegar a Dios, porque si la montaña es una figura de Dios, el valle es una figura de nuestro desgano en rezar, por ejemplo el Rosario, en decirle piropos a lo largo del día –se llaman “jaculatorias”-, como por ejemplo, “Jesús, en Vos confío”, “Jesús, te amo”, “Virgen María, Madre Mía, sé mi auxilio y protección”, y muchas otras más, además de rezar a la noche la devoción a las tres Avemarías, pidiendo para nosotros y nuestros seres queridos no caer en pecado mortal; la pereza espiritual nos lleva también a no querer rezar la Biblia y a creer que es un libro de adorno en la biblioteca; la pereza espiritual nos lleva también a amar más y a conocer más a ídolos del mundo, como Messi, Cristiano Ronaldo, Harry Potter, o cualquier cantante de moda, antes que a Jesús.
Las montañas son la figura de nuestro orgullo, que se levanta entre nuestro corazón y el burrito de Belén que trae a Jesús y a la Virgen; el orgullo no deja entrar el Niño Jesús, porque el Corazón de Jesús, como el de la Virgen, es un corazón “manso y humilde”, y en el orgulloso, aquel que no sabe perdonar ni pedir perdón, aquel que no sabe humillarse, aquel que no sabe hacer pasar de largo los defectos del prójimo, en definitiva, el que no sabe amar, no puede recibir al Niño Dios, que viene en Navidad, porque el Niño Dios es Amor Puro, infinito, y para recibirlo hay que tener amor y humildad en el corazón.
Entonces, en Adviento, Juan el Bautista y la Iglesia nos piden que “allanemos los senderos, que rellenemos los valles, que aplanemos las colinas”. ¿De qué manera? Haciendo un examen de conciencia, reconociendo nuestros errores, y haciendo el propósito de cambiar, y para eso tenemos que rezar, leer la Biblia, y pedirle a la Virgen que nos haga que nuestro corazón sea como el del Niño Jesús: “Virgen María, haz que mi corazón sea como el Corazón de tu Hijo Jesús, para que yo pueda recibirlo con amor y alegría en Navidad”.





sábado, 10 de septiembre de 2011

Cuando somos orgullosos, nos parecemos al ángel caído; cuando somos humildes, nos parecemos a Jesús y a la Virgen




¿Qué fue lo que hizo que cientos de miles de millones de ángeles buenos, llenos de luz y de amor, se convirtieran en monstruos, en duendes, dragones, en seres bestiales, llenos de oscuridad y de odio?

Un pecado. Un solo pecado: el orgullo, llamado también soberbia.

Por un solo pecado, cientos de miles de millones de ángeles, creados en la luz de Dios para alegrarse eternamente en su presencia, fueron precipitados al infierno, en donde sufren y lloran por toda la eternidad[1].

Por un solo pecado, Adán y Eva, creados por Dios inmortales, sanos, fuertes, sin dolor, y llenos de alegría, para ser felices en su amistad para siempre, perdieron el Paraíso, y con él todos los dones que Dios les había dado: la juventud eterna, la ausencia de dolor, la alegría, su amistad.

¿De qué pecado se trata? ¿Qué cosa es tan mala y tan fuerte, como para hacer caer del cielo de Dios, a miles de millones de ángeles y precipitarlos en el lago de fuego eterno que es el infierno?

¿Qué clase de pecado es aquél que hizo que Adán y Eva perdieran para siempre el Paraíso, y comenzaran a enfermarse, a sufrir dolores, a envejecer, a morir, a estar tristes porque se encontraron lejos de Dios?

Ese pecado tan terrible, tan poderoso y malo, que llena al ángel de luz de oscuridad, y al alma humana en gracia le quita la gracia, llenándola de tinieblas y de mal, es el orgullo.

El orgullo es el primer pecado cometido por un ángel en los cielos: Satanás.

¿Cómo sucedió?

Dios, que es Bondad, Amor y Sabiduría infinitas, creó un ángel, el más hermoso y el más inteligente de todos, a quien llamó Luzbel. Creó también a muchísimos otros ángeles, pero ninguno era tan inteligente y tan hermoso como él. Dios había creado los ángeles para que lo conocieran a Él, y se alegraran de conocerlo, y lo sirvieran y lo amaran por la eternidad. Dios no tenía necesidad de crear a los ángeles, porque Él es alegre en sí mismo, en la perfección de sus Tres Divinas Personas, y si creó a los ángeles, no es porque tuviera necesidad de ellos, sino porque quería que otros compartieran su felicidad. Los ángeles fueron creados como espíritus puros, llenos de la luz, del amor, de la alegría y de la vida divina. Eran todos hermosos y buenos.

Pero Luzbel, al verse así, creado con tanta perfección, se llenó en su corazón de algo que Dios no le había dado, y era el orgullo. El orgullo fue lo que lo llevó a decir: “¡No serviré a Dios! ¡No voy a obedecer! ¡Quiero hacer mi propia voluntad!¡Yo soy como Dios!”. El orgullo comenzó como una mancha negra, oscura, a la altura del corazón de Luzbel, y desde ahí fue esparciéndose a todo su espíritu angélico, contaminándolo todo y ensuciándolo todo, convirtiendo a todo su espíritu angélico en una cosa oscura, negra, de mal olor, como de algo que se comienza a descomponer. Sus alas, que eran blancas y hermosas, se ennegrecieron y se convirtieron en alas como de murciélago, con garras y pelos; todo su espíritu angélico, que era hermoso, se transformó en un cuerpo horrible, como de mil monstruos; pero lo peor de todo, fuero los cambios que experimentaron su corazón y su mente: el corazón, que antes de la rebelión estaba lleno de la luz y del amor de Dios, ahora se volvió una cosa oscura y maloliente, en donde sólo había tinieblas y odio a Dios; su mente, que antes se deleitaba en la contemplación de la hermosura de Dios, ahora se lamentaba y se dolía porque estaba llena de sí mismo. A muchos ángeles les pasó lo mismo, y es así como lo siguieron en su rebelión contra Dios.

Pero entonces apareció San Miguel Arcángel, el jefe de los ángeles buenos, quien, con voz potente, gritó: “¿Quién como Dios? ¡No hay nadie como Dios! Sólo Dios es el Ser infinitamente bueno y perfecto, Creador de todo el universo y Tres veces Santo!”.

Entonces hubo una lucha en el cielo, y ganaron San Miguel Arcángel y los ángeles buenos.

Luzbel cayó a la tierra, pero antes pasó por el Paraíso, y tentó a Adán y Eva con su mismo pecado de orgullo y soberbia, haciéndolos perder la gracia. Ese fue el pecado original, y fue la causa de que Adán y Eva perdieran el Paraíso, para ellos y para todos nosotros. También ellos, como el demonio en los cielos, dijeron en el Paraíso: “¡No serviremos a Dios! ¡No obedeceremos! ¡Queremos hacer nuestra voluntad!”. Y haciendo su propia voluntad, obtuvieron sólo dolor y tristeza.

Esto también nos puede pasar a nosotros, cuando nos rebelamos y no queremos obedecer, por caprichos, por pereza, o por el motivo que sea. La voz de Dios se escucha a través de los padres y a través de los mayores, y también a través de la conciencia, y si desobedecemos esa voz, habrá sólo tristeza y dolor para nosotros.

No seamos como el ángel malo, que no quiso obedecer a Dios; seamos como el ángel bueno, San Miguel Arcángel, y obedezcamos a Dios, que se nos manifiesta en nuestros padres y mayores y en la voz de la conciencia.

Para eso, tenemos que empezar por luchar contra nuestro orgullo y nuestra soberbia, que nos hace enojar cuando alguien nos hace una corrección. El orgulloso no soporta que alguien le diga que lo que está haciendo está mal, y que tiene que corregirse; el orgulloso no pide perdón si ofende a alguien; el orgulloso se enoja cuando alguien no piensa como él, o cuando no se hace lo que él dice y quiere.

El ejemplo opuesto al orgullo es la humildad de Jesús, que siendo Dios se hizo Niño para salvarnos, y también el ejemplo de la Virgen, que siendo la criatura más hermosa de todas, comprendidos ángeles y santos, se humilló a sí misma llamándose “esclava” del Señor.

Cuando somos orgullosos, nos parecemos al ángel caído; cuando somos humildes, nos parecemos a Jesús y a la Virgen.


[1] Cfr. Rüger, L., El maná del niño, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 1952, 254.