Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta Dios Uno y Trino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dios Uno y Trino. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de mayo de 2015

La Santa Misa explicada a Monaguillos 3


         Dijimos que la Santa Misa es un “sacrificio”. Vamos a repasar un poco lo que significa “sacrificio” y porqué la Misa es “sacrificio”.
¿Qué es un “sacrificio”?
En general, un sacrificio es entregar un don, un regalo, costoso, de mucho valor, a alguien, a una persona a quien se ama, para demostrarle nuestro amor y respeto.
         Cuando hablamos de la Misa, decimos que la Misa es un sacrificio, porque en la Misa se cumple todo lo necesario para que haya un sacrificio: entregamos un don, costoso, a alguien, a quien amamos, para demostrarle nuestro amor y respeto.
         Para que se cumpla el sacrificio, necesitamos lo siguiente: que haya un don, que haya alguien a quien lo entreguemos, y que esa entrega sea por amor y respeto.
         Veamos de qué manera se cumplen estos requisitos en la Misa.
         -El Don o regalo: el don o regalo que entregamos, es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, es decir, la Eucaristía; la Misa es el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que se ofrece en el altar bajo las especies del pan y del vino, en memoria del sacrificio de la cruz; es el mismo y único sacrificio de la cruz, solo que ofrecido de forma incruenta, sacramental, sin derramamiento de sangre.
         -a Alguien: el Ser divino a quien le entregamos la Eucaristía, es Dios Uno y Trino, a quien amamos;
         -Porqué lo entregamos: para demostrarle nuestro amor y respeto.
         Como vemos, en la Santa Misa se cumplen todas las condiciones para que sea un verdadero “sacrificio”.

         

viernes, 13 de junio de 2014

El Evangelio para Niños: La Santísima Trinidad


(TO – Ciclo A – 2014)
         ¿Cómo es Dios? Los católicos sabemos cómo es Dios, porque Jesús, en el Evangelio, nos lo enseñó y la Iglesia, con el Catecismo, nos lo hace aprender para cuando recibimos la Primera Comunión. Conocer y amar a Dios, como nos lo enseñan Jesús y la Iglesia, es la aventura más hermosa que jamás nadie pueda vivir en esta vida y en la otra, y este solo hecho justifica vivir y  morir cientos de miles de veces. ¿Cómo es Dios? Jesús nos enseña que Dios es “Uno y Trino”, es decir, que es Uno en Naturaleza y Trino en Personas, y esto no quiere decir que existan tres dioses, sino que Dios es Uno solo y que en Él hay Tres Personas. Sólo los católicos sabemos toda la verdad acerca de Dios; solo los católicos sabemos que Dios es la Santísima Trinidad, que Dios es Uno solo, de una sola naturaleza y que en Él hay Tres Personas. Es algo parecido a una familia formada por papá, mamá y el hijo: tres personas, y una familia, unidas por el amor. ¡Es un misterio maravilloso! Y como todo misterio, no lo podemos entender, solo lo podemos creer y lo creemos con amor, porque Jesús, que es Dios, no nos puede mentir ni engañar, y si Jesús nos lo dice, es porque es Verdad.
¿Qué nos enseña Jesús? Jesús nos enseña que Él es Dios, igual que su Papá, pero también nos enseña que el Espíritu Santo es Dios, y que las Tres Divinas Personas son un solo Dios verdadero; no que son tres dioses, sino un solo Dios verdadero. Jesús nos enseña también que las Tres Divinas Personas nos aman tanto, que quieren que todos vayamos al cielo, y para que vayamos al cielo, el Papá de Jesús lo mandó a Él, a que viniera aquí, a la tierra, para que muriera en la cruz y con su Sangre nos limpiara de nuestros pecados y nos dejara su Cuerpo para que nos alimentáramos de Él. Pero además, la Trinidad nos ama tanto, que no solo quiere que nos salvemos, sino que quiere convertir a nuestros corazones, en algo más grande que los cielos: quiere convertir a nuestros corazones en su morada, en su lugar de residencia, y así lo dice Jesús: “El que me ama, cumplirá mis mandamientos, y mi Padre y Yo lo amaremos, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Quiere decir que si alguien ama a Jesús, Jesús, que es Dios, vendrá al corazón del que lo ame, y junto con Él, vendrán Dios Padre y Dios Espíritu Santo, que es el Amor del Padre y del Hijo, y las Tres Divinas Personas “harán morada en ese corazón”, es decir, las Tres Divinas Personas vendrán a vivir en ese corazón. ¡Qué hermosísimo misterio, el de la Santísima Trinidad!

Las Tres Divinas Personas quieren que, por la gracia que Jesús nos consiguió con su Sangre en la Cruz, nuestro pobre corazón se convierta en la casa en donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, vengan a vivir para siempre. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Puede acaso alguien imaginar algo más maravilloso que ver a su pobre corazón, hermoseado por la gracia y habitado por las Tres Divinas Personas, las Personas Divinas del Dios Uno y Trino? ¡Alabemos por siempre a la Santísima Trinidad, que ha querido enviar a Dios Hijo, Jesucristo, a morir en la Cruz, para donarnos su gracia, para que por la gracia, convirtamos nuestra alma, nuestro corazón y nuestro cuerpo, en templo, sagrario y custodia de las Tres Amabilísimas, Adorabilísimas y Preciosísimas Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo! Démosle gracias también, a la Santísima Trinidad, por habernos dado a la Flor de los cielos, la Virgen María, porque por Ella vino a este mundo, Dios Hijo, Jesucristo, Nuestro Rey y Señor, enviado por Dios Padre, para donarnos al Amor de Dios, el Espíritu Santo. 

viernes, 24 de mayo de 2013

El Evangelio para Niños - Santísima Trinidad



         Hoy en esta fiesta la Iglesia se acuerda de todo lo que Jesús nos enseñó sobre Dios. Jesús nos dijo que Dios es Uno solo, pero en Él hay Tres Personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Es lo que se llama “el misterio de la Santísima Trinidad”. Hasta que vino Jesús, nadie lo sabía, porque nadie sabía cómo era Dios por dentro y Jesús lo sabía porque Él es el Hijo de Dios, que conoce a su Papá desde hace mucho pero mucho tiempo, en la eternidad, y lo ama con el mismo amor con el que lo ama su Papá, el Espíritu Santo.
         Jesús nos enseñó la única verdad sobre Dios: es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y quiere que todos nos salvemos y que vayamos al cielo para siempre. Dios quiere tanto pero tanto que nos salvemos, que las Tres Divinas Personas se pusieron a trabajar para rescatarnos: Dios Padre pensó la mejor manera para salvarnos, y era mandando a su Hijo Jesús aquí a la tierra, para que muriera en Cruz, nos perdonara los pecados y, cuando su Corazón fuera traspasado por la lanza del soldado romano, nos regalara a Dios Espíritu Santo, que venía con la Sangre de su Corazón. Por eso el que bebe en gracia la Sangre del Corazón de Jesús, que es el Vino de la Misa, se salva, porque lo que nos salva es el Amor de Dios.
         Muchos no saben cómo es Dios, porque no estudiaron el Catecismo, pero también muchos que estudiaron el Catecismo, después se olvidaron, y empezaron a creer en un “dios” que no es el Dios de la Iglesia Católica. Muchos creen que Dios es como una corriente eléctrica que anda por las estrellas; otros, que es un dios que está en un planeta lejano y que no sabe nada de los hombres; otros, creen que dios es como cuando alguien tira un “spray” en aerosol. Nadie sabe la Verdad sobre Dios, solo la Iglesia Católica, y es la Verdad más linda, porque nos muestra que las Tres Personas que hay en Dios Uno, nos aman con locura: Dios Padre nos ama tanto, que envió a su Hijo a que muriera en la Cruz para salvarnos; Dios Hijo nos ama tanto, que murió en la Cruz y resucitó para salvarnos, y para acompañarnos hasta que lleguemos al cielo, se queda en la Eucaristía; Dios Espíritu Santo nos ama tanto, que aceptó derramarse sobre nosotros junto con la Sangre que sale del Corazón de Jesús traspasado por la lanza del soldado romano.
¡Qué hermoso es creer en Dios Uno y Trino, en la Santísima Trinidad!
Es muy hermoso porque al que cree en Dios Uno y Trino, Jesús le ayuda a llevar la Cruz para que suba al Monte Calvario, para que ahí, en el Monte Calvario, que es la Puerta abierta al cielo, sea recibido por Tres Personas, que lo llevarán al cielo y lo harán feliz por toda la eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

sábado, 26 de mayo de 2012

La Santa Misa para Niños (X) Oración universal y presentación de las ofrendas




Oración universal.

En esta parte de la Misa nos acordamos del Pueblo Elegido –los hebreos-, cuando atravesaba a pie el desierto para llegar a la Tierra Prometida, Jerusalén. En ese entonces, los hebreos iban conducidos por una nube luminosa que los guiaba en el camino, y eran alimentados por el maná, un alimento milagroso venido del cielo.
Ahora nosotros, por Jesús, somos el Nuevo Pueblo Elegido, que peregrina tamibén en un desierto, el desierto de la vida, en dirección a Jerusalén, pero no la de la tierra, sino la Jerusalén Celestial, y como los hebreos, también somos guiados por una nube luminosa, la Virgen María, y somos alimentados con el maná verdadero, el Pan bajado del cielo, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía.
Como somos el Pueblo de Dios, en este momento le rezamos a Dios Uno y Trino para que no nos deje solos en nuestro caminar hacia la Jerusalén del cielo, y le pedimos también por nuestras necesidades, sobre todo las espirituales, las que más necesitamos para llegar al Cielo.
Es importante saber que, por el bautismo, somos sacerdotes, profetas y reyes, porque estamos unidos a Cristo que es Sacerdote, Profeta y Rey, y por lo tanto nuestra oración tiene mucha importancia ante Dios Trinidad, porque es la “oración de los fieles”[1].
¿Y cuando pedimos, qué tenemos que pedir? Nos lo dice la misma Iglesia: “por las necesidades de la Iglesia; por los que gobiernan y por la salvación del mundo; por los que sufren por cualquier dificultad; por la comunidad local, y por alguna intención particular”[2].
Con esta oración que hacemos en este momento, no hace falta hacer ninguna “cosa rara”, como por ejemplo, aplaudir, bailar, o cosas por el estilo, porque con la oración nos unimos fuertemente a Jesús, que por nosotros intercede ante el Padre.
Pero además de pedir, podemos hacer otra cosa, más importante que pedir: ofrecernos como “víctimas”, junto a Jesús, que es “Víctima perfecta” en la Cruz, para la salvación del mundo[3].



Presentación de las ofrendas.

¿Qué es una “ofrenda”?
La ofrenda es un regalo que hacemos a Dios Uno y Trino para expresarle nuestro respeto y nuestro amor, porque Dios es infinitamente bueno para con nosotros. Es algo parecido a cuando queremos agasajar a nuestros papás por alguna ocasión especial, como por ejemplo, en sus cumpleaños: les hacemos un regalo, para demostrarles que los amamos y los respetamos.
Presentamos ofrendas porque tenemos para con Dios un deber de amor y una deuda de gratitud, debido a la enorme cantidad de bienes y de regalos que Él nos hace cada día, todos los días, desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, y también mientras dormimos. Por ejemplo, son muestras del Amor de Dios el solo hecho de que el sol salga en el horizonte; que la luna ilumine con su luz plateada y de que las estrellas brillen en la noche; que los pájaros canten en los árboles; que la tierra siga girando sobre su eje; que existan paisajes tan hermosos; que podamos saborear las ricas frutas; que podamos alimentarnos con los frutos de la tierra; que existan animales que son útiles para la vida y que además nos hacen compañía…
Solo por estas cosas somos deudores de Dios, de su bondad sin límites.
Pero además de todo esto, que son regalos maravillosos de Dios –los podemos llamar “naturales” o “de la naturaleza”-, hay otros regalos todavía más maravillosos, regalos del cielo, y por eso se llaman “celestiales” o “sobrenaturales”: haber sido adoptados por Dios en el Bautismo, lo cual quiere decir que Dios Padre Todopoderoso ¡es nuestro Padre!; recibir la Palabra de Dios en la Iglesia; recibir el Pan de Vida eterna en cada Santa Misa; recibir el Corazón de Jesús, lleno del Amor de Dios, en cada Eucaristía, y así podríamos seguir días y días contando los bienes de todo tipo que de Dios Trino hemos recibido.
Por todo esto, nuestra deuda de amor y de gratitud para con Dios es infinita e imposible de pagar, y es para saldar esta deuda que presentamos las ofrendas.
Y si presentamos el pan y el vino, ¿quiere decir que con ellos “pagamos” nuestra deuda con Jesús?
No, jamás podríamos saldar la deuda de amor con Dios con simplemente pan y vino. Entonces, ¿para qué presentamos el pan y el vino? Para que sean convertidas en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
¿Cuándo sucede esto? En el momento de la consagración, cuando el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, porque ahí es cuando el Espíritu Santo, con su poder de Dios, convierte el pan y el vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Y esta sí es una ofrenda digna de Dios, y agradable a sus ojos.
Cuando presentamos el pan y el vino, tenemos que saber que estos tienen que ser transformados por el Espíritu Santo para que puedan subir al Cielo.
 Esto sucede en la consagración eucarística, en el altar: el pan y el vino son transformados por el fuego del Espíritu Santo y son convertidos en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.
Es decir, la ofrenda con la que agradaremos a Dios y le daremos retribución por su bondad, no son el pan y el vino, porque en sí mismos no tienen ningún valor y nunca podríamos pagar la deuda de amor que tenemos con Dios. En cambio, cuando el pan y el vino se convierten, por la transubstanciación, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, con esto sí podemos saldar la deuda de amor con Dios Trino. Y con esta ofrenda santa, agradabilísima a Dios, no solo saldaremos nuestra deuda de amor, sino que quedaremos con saldo a nuestro favor.



[1] Cfr. OGMR, 69.
[2] Cfr. OGMR, 69.
[3] La fórmula utilizada en la OGMR promulgada en 1969 por Pablo VI define a la misa como “acción de Cristo y del pueblo de Dios jerárquicamente ordenado”.

viernes, 11 de mayo de 2012

La Santa Misa para Niños (IX) El rezo del Credo




En esta parte de la Misa, rezamos una oración muy especial y muy importante, llamada “Credo” o también “Símbolo de los Apóstoles”, en donde están lo que se llaman: “grandes misterios de la fe”[1], como por ejemplo, que Dios es Uno y Trino, que el Hijo de Dios es tan Dios como Dios Padre, que el Espíritu Santo es tan Dios como el Padre y el Hijo, y que Jesús es verdadero Hombre y verdadero Dios.
Si alguien nos preguntara: “¿En qué tengo que creer, y que oración tengo que rezar, para llegar al Cielo?”, nosotros le tendríamos que decir: “Para ir al Cielo no hace más falta que rezar una sola oración, el Credo, y creer en lo que esa oración dice”. ¡Cómo será la importancia de esta oración, que basta con rezarla y creer en lo que ella dice, para ir al Cielo!
Esto que decimos no lo inventamos nosotros, sino que es la realidad: es lo que le pasó a los jóvenes mártires de Uganda, quienes fueron asesinados en el año 1885 en África[2]. Pronto el rey dictó una severa ley por la que prohibía hacer oración y serían encarcelados y pasados a cuchillo cuantos encontrasen haciendo oración. La persecución se extendió rápidamente por todo el país. Fueron encarcelados y guillotinados muchos cristianos. No se sabe la cantidad porque la ignorancia en escribir fue causa de que la noticia no haya llegado hasta nosotros. La persecución se desató cuando un servidor del palacio, católico, San José Mkasa, le reprochó al rey por su conducta antinatural y por haber matado al misionero protestante James Hannington, junto con todos los miembros de su caravana. Mwanga era adicto a un vicio contra natura y su indignación hacia el cristianismo, ya encendida por la actitud de José Mkasa y los consejos de algunos ambiciosos funcionarios, estalló ante la negativa de ciertos muchachitos cristianos a su servicio, para complacer sus vicios. El propio José Mkasa fue la primera víctima: el 15 de noviembre de 1885, Mwanga se valió de un pretexto cualquiera para ordenar que fuera decapitado. Pero después de la ejecución pública, para asombro del caudillo, los cristianos, lejos de mostrarse atemorizados, continuaron con sus actividades. En mayo del año siguiente, la persecución se desencadenó con toda su furia. Mwanga mandó traer a uno de sus servidores, un chico llamado Mwafa; pero cuando lo tuvo a su lado, se enteró de que el jovencito rechazaba sus proposiciones, en razón de que había sido instruido en la religión por otro de los servidores, San Denis Sebuggawo. El rey, furioso, ordenó que Denis fuera llevado a su presencia, y en cuanto lo tuvo delante, le atravesó el cuello con su espada. Aquella noche, los guardias fueron apostados en torno al palacio real, con instrucciones de no dejar escapar a ninguno de los cristianos. Fueron convocados los brujos y también los verdugos profesionales a prestar sus servicios. Mientras tanto, en un rincón del palacio y dentro del mayor secreto, San Carlos Lwanga, que ocupaba el puesto de José Mkasa como jefe de los servidores, bautizó a cuatro de éstos que eran catecúmenos. Entre ellos se hallaba San Kizito, de trece años, a quien Lwanga había salvado a menudo de caer en los perversos designios del rey. Al otro día por la mañana, el rey hizo formar en fila a todos los servidores, y ordenó que los cristianos diesen dos pasos hacia adelante. Lwanga y Kizito, el mayor y el más pequeño, encabezaron con decisión al grupo de quince muchachos, todos con menos de veinticinco años de edad, que confesaron su fe al desprenderse de la fila. Ahí mismo se unieron a ellos dos jóvenes, anteriormente detenidos, y dos soldados. El rey Mwanga se acercó a ellos y les preguntó si tenían la intención de seguir siendo cristianos. “¡Hasta la muerte!”, respondieron a coro. “¡Que se les dé pronto la muerte!”, dijo el rey despectivamente. El lugar señalado para la ejecución, Namugongo, se encontraba a unos sesenta kilómetros de distancia; hacia allá partió inmediatamente la caravana con las diecinueve víctimas. “El grupo de jóvenes héroes estaba a unos pasos de mí- escribió el padre Lourdel, superior de la misión de los Padres Blancos-; Kizito, el más chiquillo, charlaba y reía… Yo experimenté una angustia tan grande, que hube de apoyarme en la barda para no caer… No me estaba permitido dirigirles una sola palabra, y tuve que contentarme con leer en sus rostros y en los ojos que me miraban, la resignación, la alegría y el valor de sus corazones”. A tres de los jóvenes se les quitó la vida cuando iban por el camino; los restantes fueron encerrados en la estrecha prisión de Namugongo, bajo condiciones infrahumanas, durante siete días, mientras se preparaba la enorme pira. EL l 3 de junio de 1886, día de la Ascensión, fueron sacados de la mazmorra; frente al montón de ramas secas se les despojó de sus vestidos, se les ató de pies y manos y, uno a uno, fueron envueltos en esteras de juncos; los paquetes enrollados con las víctimas dentro, se acomodaron en hileras sobre la pira (a un muchacho, el Santo Mbaga, lo mataron antes con un golpe en la cabeza, por orden de su padre que era el jefe de los verdugos) y le prendieron fuego. En un tono más alto que el del cántico ritual de los verdugos, surgieron las voces juveniles de entre las llamas y el humo para rezar el Credo[3] y repetir, antes de apagarse, el dulce nombre de Jesús[4].
Los jóvenes son santos, porque fueron declarados mártires por el Papa en el año 1920, y se los conoce como “Los jóvenes mártires de Uganda”.
Cuando recemos el Credo en la Santa Misa, no lo hagamos tan distraídos y pensemos cómo a los jóvenes mártires de Uganda les costó la vida el poder rezarlo y les pidamos a ellos tener siempre en el corazón el puro y limpio amor a Cristo y a la santa pureza, y pensemos también en los hermanos Macabeos, que dieron sus vidas por creer en la Resurrección de los muertos y por rechazar el paganismo.
Ante todo, recemos meditando en cada una de sus oraciones, puesto que el contenido del Credo lo vivimos en la liturgia eucarística y además, por profesarlo, es decir, por hacer este acto de fe, conseguimos nada más y nada menos que la vida eterna, tal como le dice la Iglesia al que se bautiza en la fe de Jesucristo: “En el Ritual Romano, el ministro del bautismo pregunta al catecúmeno: ‘¿Qué pides a la Iglesia de Dios?’ Y la respuesta es: ‘La fe’. ‘¿Qué te da la fe?’ ‘La vida eterna’.”[5].

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la tierra.

Tener fe es creer sin ver. No vemos a Dios Padre, pero sí vemos la obra de sus manos: el cielo, la tierra, y todo lo que hay en ellos, y por ellos creo en Dios.
No vemos a los ángeles del cielo, pero sí creo en los ángeles, creo en Dios Padre, y creo en el cielo, en donde Él habita, y adonde quiere llevarnos, al terminar nuestra vida terrenal. ¡Qué hermosa es la Creación, obra del Padre!
Todo cuanto existe, lo ha hecho para nosotros, y no podemos salir del asombro, al comprobar la inmensa sabiduría, poder y amor que hay en la Creación.
Pero si nos asombra la Creación visible, como obra del Amor del Padre, mucho más debe asombrarnos la obra más grandiosa de Dios, la Santa Misa, obra tan grandiosa y majestuosa, que si Dios quisiera hacer algo mejor, no podría hacerlo. Toda la Creación, visible e invisible, con toda su belleza y armonía, es igual a la nada, comparada con la Santa Misa, porque es la obra en la que Dios Padre despliega con todo su esplendor su Sabiduría, su Amor y su Poder. Es tan grande el Amor de Dios por nosotros, los hombres, que no duda en sacrificar a su Hijo en el altar de la cruz, y en renovar ese sacrificio incruentamente, en la cruz del altar, para que el Hijo nos sople el Espíritu Santo (cfr. Jn 20, 22), que nos dona la filiación divina. ¡Cuánto te agradezco, Padre mío del cielo, por tu bondad y por tu gran amor, demostrado en la renovación incruenta del sacrificio de la cruz, la Santa Misa!

 Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María Virgen.

Dios es Uno, y en Él hay Tres Personas Divinas, que trabajan juntas para que yo me salve: Dios Padre envía a su Hijo, para que nazca de la Virgen María, y Quien lo trae a este mundo es Dios Espíritu Santo. Cuando nació, Jesús salió de la Virgen, que estaba arrodillada, igual que un rayo de sol cuando pasa por un cristal. ¡Dios Padre manda a Dios Hijo a nacer de la Virgen, para donarnos a Dios Espíritu Santo! Pero el prodigio no termina aquí: así como Jesús nació del seno virgen de María en Belén, Casa de Pan, por el poder del Espíritu Santo, así también Jesús, por el poder del mismo Espíritu, prolonga su nacimiento en el seno virgen de la Iglesia, el Altar Eucarístico, el Nuevo Belén, como Pan de Vida eterna.

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.

Jesús padece a causa de los judíos, que lo acusan injustamente de blasfemo –Jesús se auto-proclama como lo que es desde toda la eternidad, Hijo de Dios y Dios en Persona, Segunda de la Trinidad, y lo condenan a causa de decir la verdad-, pero sufre también por causa de la cobardía de Poncio Pilato quien, a pesar de “no encontrar culpa” (cfr. Lc 23, 4), primero lo manda a azotar y luego, para mantener su cargo de gobierno, libera a quien es verdaderamente culpable, y entrega a Jesús a los judíos, para que éstos lo crucifiquen. En la Santa Misa, misteriosamente, se renuevan todos los episodios de la Pasión, por lo que nos encontramos frente a Jesús, que es condenado a muerte por un juez inicuo.

Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos.

Jesús subió a la cruz para morir por nosotros. En la Santa Misa se yergue, sobre el altar, invisible, Cristo crucificado, como en el Calvario. Pero a diferencia del Calvario, en donde su Sangre, que brota de sus heridas como de un manantial, se desliza por su Cuerpo sacrosanto hacia abajo, hasta empapar la tierra, en la Santa Misa su Sangre preciosísima, que brota de su Corazón traspasado, es recogida en el cáliz del altar, por el sacerdote ministerial, para ser distribuida entre las almas fieles.

Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Jesús murió el Viernes Santo, y en ese día, frío y oscuro, los hombres deicidas y toda la Creación, hacían duelo por la muerte de Dios Hijo en la cruz.
El Sábado, su Madre, la Virgen, lo esperaba en silencio al lado de la tumba. Y el Domingo… ¡Resucitó! Resucitar quiere decir que Jesús estaba muerto, pero volvió a la vida, y ya no va a morir más. En la Santa Misa, misteriosamente, nos unimos al Sepulcro en el Día Domingo, Día de la Resurrección del Señor, porque lo que recibimos en la comunión sacramental no es el cuerpo muerto de Jesús, el Viernes Santo, sino su Cuerpo resucitado en la madrugada del Día Domingo, lleno de la luz, de la gloria, de la vida y de la alegría divina.

Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados.

El Espíritu Santo, que en la Biblia aparece como una paloma (cfr. Mt 3, 16), es el Amor de Dios, y fue Jesús quien, por su sacrificio en cruz, nos lo donó, junto con la efusión de Sangre de su Corazón traspasado. Luego, en Pentecostés, sopló el Espíritu Santo que se apareció “como lenguas de fuego” (cfr. Hch 2, 1-4) sobre la Virgen y los Apóstoles reunidos en oración. En la Santa Misa, Jesús también sopla, a través del sacerdocio ministerial, el Espíritu Santo, para que este, como Fuego de Amor divino, convierta las ofrendas de pan y vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.

Creo en la resurrección de la carne y en la Vida eterna. Amén.

Jesús resucitó de su tumba, salió vivo, glorioso y lleno de la luz divina, y va a venir al final de los tiempos, en el Último Día, para que todos también resucitemos como Él. Pero como con este cuerpo de materia no podemos ir al cielo, Jesús convertirá nuestro cuerpo en un cuerpo glorificado, por medio de la gracia (cfr. Catecismo, 990). En la resurrección, los cuerpos de los que hayan muerto en gracia, resucitarán glorificados, llenos de la gloria y de la vida divina, que es vida eterna. En cada Eucaristía, recibimos esta vida eterna en germen, como un anticipo de lo que será luego de la muerte corporal. Creo en la vida eterna que me es comunicada en cada comunión, por Jesús Eucaristía.


[1] Cfr. OGMR, 67.
[2] Cfr. Rüger, L., El maná del niño, Tomo II, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 1952, 116-117.
[3] Cfr. Rüger, L., El Maná del niño, Tomo II, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 1952, 116-117.
[4] Cfr. Butler, ibidem.
[5] Catecismo de

lunes, 21 de marzo de 2011

En Cuaresma tenemos que rezar, como Jesús en el desierto


La oración es al alma

lo que la respiración al cuerpo

En el evangelio para Cuaresma, se dice: “Jesús se retiró al desierto para orar” (cfr. Mt 4, 1-11). Como sabemos, fue al desierto durante cuarenta días y noches, a ayunar y a rezar por todos nosotros, y por eso decíamos que, en Cuaresma, tenemos que hacer penitencia, sacrificios, mortificación, y también tenemos que rezar, para estar siempre unidos a Jesús.

En Cuaresma entonces tenemos que hacer penitencia y tenemos que orar. ¿Qué es “orar”?

Orar es como cuando hablamos con alguien, sólo que al orar, hablamos con Dios, con Jesús, con la Virgen, con los ángeles, con los santos. Así como hablamos con nuestros padres, hermanos, amigos, para comunicarnos, para decirles cuánto los queremos, o qué es lo que necesitamos, o qué es lo que nos está pasando, así sucede con Dios, por la oración. Hacer oración es hablar con Dios, que es Uno y Trino, Uno en naturaleza –hay un solo Dios- y Trino en Personas, es decir, hay Tres Personas en Dios; hacer oración es hablar con las Tres Divinas Personas: con el Padre, con el Hijo, o con el Espíritu Santo. Orar es también hablar con Jesús, que es Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios; es hablar con la Madre de Dios, la Virgen María; es hablar con los santos; es hablar con los ángeles buenos.

Orar es también como comer: así como alimentamos nuestros cuerpos con los alimentos, y no podemos vivir sin comer, porque empiezan a faltarnos las fuerzas y nos sentimos cada vez más débiles, así también necesitamos de la oración, que es el alimento del alma, para que el alma esté con fuerzas. La oración y la Palabra de Dios son el alimento más exquisito que puede recibir el alma.

Orar es como tomar agua: el cuerpo no puede vivir sin agua, porque el agua es muy necesario para que los órganos funcionen bien. El agua es muy importante, porque gran parte de nuestro cuerpo está formado por agua, y por eso sentimos tanto su ausencia, y cuando pasa un tiempo sin beber, empezamos a sentir mucha sed. Así pasa con la oración, que nos abre la fuente del “agua viva” que es la gracia de Dios; la gracia es al alma lo que el agua al cuerpo, y la gracia se abre para nosotros cuando rezamos, así como el agua comienza a correr cuando abrimos el grifo.

Orar es como respirar: no podemos vivir sin respirar; a lo sumo, podemos aguantar unos cuantos segundos sin tomar aire, pero en seguida necesitamos respirar. Si una persona está bajo el agua, por ejemplo, en una piscina, después de nadar un poco, tiene que salir a tomar aire, porque si no se asfixia y se muere. La oración es para el alma lo que el aire para el cuerpo: no podemos vivir sin rezar, porque por la oración el alma toma oxígeno que viene del cielo, que es la vida y la gracia de Jesús.

Orar es como estar iluminados por una fogata, o por el sol, después de una noche oscura. Imaginemos que estamos en una noche muy oscura, en medio de un bosque; no hay luz de luna, porque la luna está tapada por nubes muy negras; las sombras que nos rodean nos parecen bestias feroces, y las bestias feroces nos parecen sombras, y por eso tenemos mucho miedo. Estar sin oración es como estar en ese bosque, en medio de la noche. Rezar, en cambio, es como si estamos en el bosque, en la noche oscura, y encendemos una fogata, que nos da luz y nos da calor; también es como cuando la noche va pasando, y empieza a amanecer, en donde se ve que empiezan a aparecer las estrellas, sobre todo el Lucero del alba, y después empieza a salir el sol: cuando aparece la primera estrella, la más grande de todas, la Estrella de la mañana, sabemos que ya la noche está por terminar, y está por salir el sol, y después, cuando sale el sol, ya no sentimos miedo ni frío, y podemos ver bien, porque el sol nos ilumina. Así es con la oración: cuando comenzamos a rezar, aparece en la noche del alma una estrella, la más brillante y hermosa de todas, la Virgen María, y después, aparece el Sol, que es Jesús.

Finalmente, orar es como cuando uno se encuentra con un ser querido, que puede ser la madre, el padre, algún hermano, algún amigo. Así como nos da alegría encontrarnos con alguien a quien queremos mucho, así por la oración nos encontramos con Jesús y con la Virgen, que alegran nuestros corazones con sus Presencias.

Como todo esto es orar, y por eso tenemos que orar en Cuaresma, para estar junto a Jesús que por mí fue al desierto, pero también tenemos que orar todos los días del año.

¿Y qué tenemos que orar? Eso lo veremos después.