Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 13 de agosto de 2022

Dejad que los niños vengan a Mí

 



         A pesar de que los discípulos tratan de impedir que los niños se acerquen a Jesús, Jesús, lejos de darles la razón, les dice que se lo permitan, que permitan que los niños se acerquen a Él, porque “el Reino de los cielos es de quienes son como ellos”.

         Ahora bien, esto suscita varias preguntas: por un lado, ¿qué sucede con nosotros, los adultos, que ya no somos niños? ¿Qué sucede con los que ahora son niños, pero luego serán adultos? ¿El Reino de los cielos ya no nos pertenece?

         Lo que tenemos que entender es qué entiende Jesús por “niños”: se trata de niños literalmente hablando, es decir, de quienes transitan por su niñez, pero también está hablando de todo católico, independientemente sea su edad, porque, a los ojos de Dios, todos somos niños, aun cuando tengamos noventa, cien o ciento veinte años. Entonces, estas palabras de Jesús se aplican a nosotros.

         Otra pregunta que surge es: ¿qué clase de niños? O mejor dicho: ¿niños de qué edad? Podríamos decir que se trata de niños de dos o tres años, por los siguientes motivos: son inocentes –aunque nacen con el pecado original, lo mismo conservan algo de la inocencia original con la cual Dios creó al hombre-, son obedientes a sus padres, aman a sus padres y tienen confianza en ellos. Esto se ve cuando la mamá o el papá les dice: “No vayas por ahí, porque te puedes hacer daño”, o también, cuando les ofrecen un trozo de pan o un poco de agua, el niño no desconfía de sus padres, sino porque confía en ellos y los ama.

         Lo mismo sucede con nosotros, espiritualmente hablando: nuestro Padre celestial es Dios Padre, que nos adoptó como hijos con el Bautismo; nuestra Madre espiritual es la Virgen pero también la Santa Madre Iglesia. ¿Qué nos dice la Santa Madre Iglesia? “No adores a ídolos demoníacos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, la Santa Muerte, el dinero, la fama, el éxito”; “Aliméntate con el Pan de Vida eterna, la Eucaristía”; “Vive según los Mandamientos de la Ley de Dios”; “Recibe la gracia santificante, que te concede toda clase de bienes espirituales”.

         Si somos como niños espirituales, si hacemos lo que la Santa Madre Iglesia nos dice, entonces, al final de nuestra vida terrena, entraremos al Reino de los cielos para adorar a Jesús por toda la eternidad.

sábado, 22 de octubre de 2016

Santa Misa de Primeras Comuniones


 (Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

Queridos niños, en este día finaliza un largo itinerario de preparación para la Primera Comunión, que comprende los dos años de Catecismo realizados, con sus respectivas asistencias a clases, con sol, con lluvia, con viento; con sus pruebas y lecciones, con sus estudios y lecturas. Hoy concluye esta preparación, que no significa que “finaliza” algo, sino que comienza una vida nueva para ustedes, la vida en el Amor de Jesús Eucaristía. Finalizar el Catecismo de Comunión no significa que no deben venir más a la Iglesia, como muchos parecerían creer; al contrario, significa que comienzan la etapa más hermosa de sus vidas, que es la Comunión de vida y amor con Jesús Eucaristía, y para vivir esta vida, deben acudir a recibir a Jesús en la Eucaristía los Domingos.
Luego de dos años de preparación y con unas edades que oscilan entre los nueve, diez y once años, aproximadamente, al llegar este día, están ansiosos por recibir la Comunión, como también están ansiosos por este momento sus maestros de Catecismo y sus padres y familiares, como también lo estamos los sacerdotes de la Parroquia, responsables de su preparación para la Comunión.
Pero hay Alguien que está más ansioso que ustedes; hay Alguien que los acompañó, no solo en los dos años que duró el Catecismo; hay Alguien que está esperando este momento no desde hace ocho, nueve o diez años, sino desde toda la eternidad, para ser recibido por ustedes, y ese Alguien es Jesús. Desde antes que ustedes nacieran, Jesús estaba esperando este momento, el momento en el que cada uno, luego de abrir las puertas de su corazón, dejará entrar a Jesús; el momento en el que cada uno entablará un diálogo personal, de persona a persona, con Jesús Eucaristía, el Hijo de Dios, que baja del cielo al altar, sólo para luego entrar en sus corazones; el momento que Jesús espera, desde toda la eternidad, para derramar en sus corazones todo el Amor que se contiene en su Corazón, un Amor que es más grande que miles de millones de cielos juntos. Y a medida que se acerca el momento de ser recibido por ustedes, el Corazón de Jesús, lleno del Amor de Dios, late cada vez más fuerte, porque cuando ustedes lo reciban en la Comunión, se cumplirá su deseo, el de poder darles todo el Amor de su Corazón, el de poder amarlos con el mismo Amor con el que Él ama a su Padre, el Espíritu Santo.
         Dispongamos entonces nuestros corazones para recibir a Jesús Eucaristía; alejemos todo pensamiento y todo sentimiento que nos distraiga de Jesús Eucaristía; preparemos nuestros corazones, para que sean como un altar, o como un sagrario, o como una custodia, en donde Jesús Eucaristía sea amado, bendecido, glorificado, adorado, exaltado, honrado.
         Cuando Jesús entre en nuestros corazones, recibámoslo con gozo en el alma y con alegría interior, y así como cuando se abren las puertas de la casa para recibir a un ser querido –un padre, una madre, un amigo, un hermano- a quien se ama pero no se ve hace tiempo, le abramos las puertas del corazón de par en par y hagamos entrar a Jesús Eucaristía, postrándonos ante su Presencia. Y cuando Jesús entre y ya esté en nuestros corazones por la Comunión Eucarística, nos olvidemos de todo lo que nos rodea; nos olvidemos de nuestros papás, de nuestras familias, de la parroquia, de los amigos, de todos; olvidémonos de la plaza, del día, de todo lo que conocemos, incluso olvidémonos de nosotros mismos, para concentrarnos en la Persona de Jesús, que viene a nuestros corazones para estar con nosotros, para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico y para darnos también todas las gracias que necesitamos para ser santos, los más grandes santos que jamás haya conocido la Iglesia. Jesús viene con sus manos cargadas de regalos espirituales para nosotros, pero muchas veces –y esto se lo dijo Jesús a una monjita santa, Sor Faustina Kowalska-, Jesús debe retirarse con tristeza, con sus manos cargadas de regalos, porque muchos lo reciben y se distraen y lo dejan solo, olvidándose por completo de Él. Es como cuando alguien invita a un amigo al que ama con locura, a su casa, para estar con él, y apenas pasa el umbral de la casa, el que lo invitó le dice: “Espérame aquí”, y se va para adentro de la casa, para no salir más, dejando a su amigo esperando en vano, tanto, que al final debe retirarse al darse cuenta que quien lo invitó ya no va a volver para estar con él. Ese Amigo es Jesús, que viene a nuestra casa, nuestro corazón, por la Eucaristía, y viene para darnos gracias y milagros que ni siquiera podemos imaginar, pero sobre todo viene para darnos su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, un Amor que es más grande que cientos de miles de millones de cielos juntos, pero como muchos comulgan y es como si no recibieran nada, porque se distraen con las cosas de afuera, se pierden lo mejor de la Comunión, que no es ni los vestidos, ni la fiesta que espera, ni la familia, ni las fotos, sino el Corazón de Jesús que late de amor en la Eucaristía. Entonces, cuando recibamos a Jesús en la Eucaristía, no nos distraigamos con nada, olvidémonos de todo y de todos, olvidémonos de nosotros mismos; arrodillémonos, cerremos los ojos del cuerpo, y abramos los ojos del alma para ver, por la fe, a Jesús que viene a mi corazón por la Eucaristía para darme su Amor, y le demos a cambio nuestro pobre corazón, con todo el amor, poco o mucho, que en él pueda haber. Cuando Jesús entre por la Eucaristía, entronicemos la Eucaristía en nuestros corazones, y le demos todo nuestro amor, para que no compartamos nuestro amor a Jesús con nadie, para que amemos a Jesús y sólo a Jesús y nada más que a Jesús.
Pero como nuestros corazones son muy pequeños para un Amor tan grande como el del Corazón de Jesús, y como nos distraemos con tanta facilidad, le vamos a pedir a nuestra Mamá del cielo, Nuestra Señora de la Eucaristía, que sea Ella la que reciba la Comunión Eucarística por nosotros, para que Ella le dé a su Hijo Jesús todo el amor del que nosotros no somos capaces de darle.
Le digamos así: “Jesús Eucaristía, Tú vienes a mi corazón, para darme tu Amor; yo te doy a cambio mi pobre corazón; tómalo, Jesús, recíbelo de manos de la Virgen; introduce mi corazón en el horno ardiente de tu Sagrado Corazón Eucarístico, llénalo de tu Amor y no permitas que nunca salga de tu Corazón. Encierra mi corazón en tu Sagrado Corazón Eucarístico y quémalo con el Fuego de tu Amor, y haz que te ame tanto, pero tanto, que no pueda vivir sin desear recibirte, todos los días, en la Sagrada Comunión”.

         Vamos a pedir a Nuestra Señora de la Eucaristía esta gracia, que experimenten tan fuerte el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que deseen recibir a Jesús todos los días, para que la Primera Comunión no sea la última –como lamentablemente sucede con muchos niños-, sino la primera de muchas, incontables comuniones, hechas todas con amor, hasta que llegue el día de contemplar a Jesús ya no oculto en lo que parece ser pan, sino cara a cara, en el Reino de los cielos. 

viernes, 12 de abril de 2013

Hora Santa para Niños y Jóvenes



         Inicio: Venimos a adorar al Divino Niño, que está Presente pero oculto, invisible, en la Eucaristía. No lo vemos con los ojos del cuerpo, y por eso le pedimos a la Virgen, la Mamá del Niño Jesús, que nos dé sus ojos para verlo y su Corazón Inmaculado para amarlo. También les pedimos a nuestros ángeles custodios y a San Miguel Arcángel que nos ayuden para que la adoración sea del agrado del Niño Jesús. Venimos a pedirle por nosotros y por los niños y jóvenes del mundo entero. Hacemos silencio “por fuera”, y por eso no hablamos, y hacemos silencio también “por dentro”, pensando sólo en Jesús y en la Virgen y en nadie más.

         Canto de entrada: “Oh buen Jesús”.

Acto de fe
¡Oh, buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar.
Acto de humildad
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa Comunión;
Jesús que ves mi nada y mi pecado,
/prepara Tú mi pobre corazón./ (bis)
Acto de dolor
Pequé Señor, ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
me pesa ya; perdón, Señor, te pido,
/eres mi Dios, apelo a tu bondad./ (bis)
Acto de esperanza
Espero en Ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz que dice “Ven a mí”,
porque eres fiel, por eso en Ti confío;
/todo Señor, lo espero yo de Ti./ (bis)
Acto de amor
¡Oh, buen pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que constante
/he de vivir tan sólo de tu amor./ (bis)
Acto de deseo
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien te come bien;
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida,
/desciende a mí, hasta mi pecho ven./ (bis)

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación

         Jesús, Divino Niño, que siendo Dios omnipotente viniste a nosotros como un Niño en Belén, para que no tuviéramos miedo en acercarnos a Ti, enciende en nuestros corazones el amor hacia Ti.
Tú eres un Dios con corazón de niño, por eso te pedimos que siempre conservemos la inocencia que da la gracia.
Haz que recordemos siempre tu Nacimiento milagroso en Belén y que te conozcamos en el misterio de la Eucaristía.
Divino Niño, queremos adorarte en la Eucaristía así como te adoraron los pastores en Belén en la Noche de Navidad; queremos presentarte regalos, como los regalos que te hicieron los Reyes Magos, que te llevaron oro, incienso y mirra.
Con tu ayuda, nosotros queremos darte el oro de la adoración, el incienso de la oración y la mirra de la mortificación.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que luego de nacer fuiste presentado en el templo llevado en los brazos de la Virgen María, haz que seamos siempre como niños pequeños, para que también seamos llevados en los brazos de María y por Ella seamos presentados ante Ti, Dios nuestro.
         Jesús, Divino Niño, que en tu divina infancia fuiste criado y educado por María y José, haz que también ellos nos críen y eduquen para que seamos niños y jóvenes santos, y no permitas que las vanas atracciones del mundo nos alejen de Ti. Hoy el mundo nos muestra muchas distracciones, la mayoría de ellas malas, como la música cumbia, el rock, las diversiones malas, los programas de televisión y de internet que ofenden a Dios.
         Si nos dejamos llevar por estas cosas malas, somos como un niño que se desprende de las manos de sus padres y corre hacia un precipicio muy hondo, en cuyo fondo habita el ángel de la oscuridad, el ángel caído, el demonio. Así como Tú, siendo Niño, ibas siempre de la mano de tus papás, no permitas que nunca nos soltemos de la mano de la Virgen y de San José.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que a los doce años te quedaste en el templo en vez de volver con tus padres, porque “tenías que ocuparte de las cosas de tu Padre Dios”, por este misterio de tu Divina Infancia, haz que te encontremos siempre en el templo, en el sagrario, en la Eucaristía; haz que nunca nos separemos de la verdadera y única Iglesia, la Iglesia Católica; haz que nunca cometamos el pecado de apostasía, que es ir a otras iglesias, a otros cultos, a otras religiones; haz que nunca cometamos el pecado de idolatría, que es rezarle a ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte; haz que nunca creamos en el horóscopo, en el Tarot, en el juego de la copa, en la magia o en la brujería, porque como dice el Papa Francisco, “no nos salva ni la brujería, ni el Tarot, ni nosotros mismos, sino Cristo Jesús”; haz que Te encontremos en el templo, en el sagrario, en donde nos esperas en el invento de tu Amor, la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Jesús, Divino Niño, que “creciendo en gracia y sabiduría” te hiciste adolescente y luego joven, y permaneciste en tu adolescencia y juventud siempre en la obediencia amorosa a tus padres, María y José, haz que nosotros vivamos siempre con amor el Cuarto Mandamiento, “Honrarás padre y madre”, el mandamiento que manda amar a los padres, honrándolos con la obediencia, el respeto, el trato afectuoso, la compasión, la ayuda en sus dificultades. No permitas que nunca cometamos el gravísimo error de faltarles el respeto, de levantarles la voz, de desobedecerlos, de no auxiliarlos cuando necesiten de nuestra ayuda. Antes bien, ayúdanos a ser como Tú, Hijo ejemplar, amoroso y dedicado, y que nuestros padres puedan sentirse amados y respetados por nosotros.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que siendo ya adulto no dejaste nunca de amar a tus padres terrenos, pero que luego de la muerte de San José te separaste de la tu Mamá, la Virgen, para cumplir la Voluntad de Dios Padre, que quería que murieras en la Cruz para salvar nuestras almas, haz que a ejemplo tuyo, sepamos separarnos de nuestros seres queridos si esa es tu Voluntad, para que vivamos la vocación a la cual Tú nos has llamado, ya sea el matrimonio o la vida consagrada.

Silencio para meditar.

         Peticiones:

         A cada intención respondemos: “Por los dolores de la Virgen María, escúchanos Señor”.

-Por el Santo Padre Francisco, por los obispos y sacerdotes de la Santa Iglesia Católica, para que guiados por Ti, Divino Niño, sepan dar testimonio de tu Amor. Oremos al Señor.

         -Por nuestras familias y las familias del mundo entero, para que el Divino Niño, Presente en la Eucaristía, sea su único tesoro. Oremos al Señor.

         -Por los niños y jóvenes de nuestra comunidad y de todo el mundo, para que Te conozcan a Ti, Divino Niño, Presente en la Eucaristía, para que sus vidas sean iluminadas con el resplandor de tu gloria. Oremos al Señor.

         -Por los niños que sufren, cualquiera sea su causa, para que encuentren en Ti, Divino Niño, su consuelo en esta vida y en la vida eterna. Oremos al Señor.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación final: Divino Niño Jesús, debemos ya retirarnos. En esta Hora Santa, hemos recibido de Ti torrentes infinitos de Amor y de gracia, de luz, de vida, de amor y de alegría. Queremos dar a los demás todo lo que de tu Sagrado Corazón hemos recibido. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos y a acordarnos siempre de Ti, y para eso, le pedimos a tu Mamá, la Virgen, que imprima tu imagen en nuestros corazones; así, cada latido nuestro dirá: “Jesús, María, os amo”.

         Canto de salida: “El trece de mayo”.

A tres pastorcitos la Madre de Dios,
descubre el misterio de su corazón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Haced penitencia, haced oración,
por los pecadores implorad perdón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Las modas arrastran al fuego infernal,
vestid con decencia si os queréis salvar.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

El Santo Rosario constantes rezad,
y la paz del mundo el Señor os dará.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

¡Qué pura y qué bella se muestra María,
qué llena de gracia en Cova de Iria!
Ave, ave, ave Maria. Ave, ave, ave Maria.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El Adviento para Niños - 2do Domingo de Adviento - Ciclo C



         Antes de que Jesús saliera a hablar de Dios a todas las gentes, su primo, Juan Bautista, que había nacido milagrosamente de Santa Isabel, se fue al desierto a predicar para avisarles a todos que Jesús ya iba a comenzar a hablarles de Dios.
En uno de esos días, estaba Juan en el desierto, y comenzó a decirles a los que escuchaban, lo siguiente: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos” (Lc 3, 16).
Lo que Juan les decía a los que lo escuchaban, nos lo dice a nosotros la Iglesia en Adviento, que cumple la misma tarea de Juan, porque la Iglesia anuncia a Jesús, como Juan, y está en el desierto del mundo, porque el mundo, sin Dios, es un lugar vacío y sin belleza, como el desierto, además de estar lleno de alimañas, como alacranes, arañas, víboras, y de bestias salvajes, como los chacales del desierto, sólo que las alimañas y bestias salvajes del mundo son los ángeles que se rebelaron contra Dios y porque no lo quisieron amar y servir, se cayeron del cielo, y ya nunca más van a poder volver ahí, y mientras tanto, buscan tentarnos para que nosotros nos alejemos de Dios.
Bueno, resulta que Juan el Bautista les decía que: “Preparen los caminos del Señor, allanen los senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos”. Y cuando uno escucha a Juan, parece como que tendríamos que ser ingenieros de caminos, de esos que hacen puentes y construyen carreteras, o trabajar en Vialidad Nacional, o agarrar una pala y subir al cerro San Javier, o a cualquier otro cerro, para poder prepararnos para Navidad, porque todo esto nos lo dice la Iglesia, para que nos preparemos para Navidad. Parecería que tenemos que hacer esto, porque las indicaciones que da Juan el Bautista son esas: “allanar los senderos”, quiere decir que un sendero, que es un caminito que va a la montaña, y da muchas vueltas, y tiene subidas y bajadas, habría que convertirlo en un camino derechito, sin curvas, sin subidas ni bajadas. ¿En verdad que tenemos que hacer todo esto en Adviento, para prepararnos para Navidad?
Y podría ser que sí, que tenemos que volver derechitos a todos los senderos, y rellenar los valles, y bajar las montañas, porque el Niño Dios viene para Navidad dentro de la panza de su Mamá, la Virgen, sentada en un burrito, y de pie va caminando San José, que guía al burrito, y como vienen caminando desde muy lejos, habría que allanar los senderos y hacer todo el trabajo que nos dicen Juan el Bautista y la Iglesia, para que el burrito, que trae a la Virgen y al Niño Dios, no se canse, y pueda llegar más rápido. ¿Es verdad entonces que tenemos que agarrar una pala y un pico, y salir a hacer lo que nos dice Juan el Bautista? Y si nos ponemos a trabajar en los senderos que encontramos, o en las montañas que encontramos, ¿no vamos a tardar demasiado, se va a pasar Navidad, no vamos a terminar, y el Niño Dios no va a llegar?
Sí, es verdad que tenemos que hacer lo que Juan y la Iglesia nos dicen en Adviento, pero los senderos que tenemos que enderezar, los valles que tenemos que rellenar, y las montañas que tenemos que bajar, no son las de la tierra, sino más bien están dentro nuestro, y se ponen como un obstáculo entre nuestro corazón y el burrito que trae al Niño Dios y a la Virgen.
¿Cuáles son estos obstáculos?
Los senderos, esos caminos angostos, llenos de curvas, de subidas y bajadas, y que por ahí se pierden en cualquier parte, o no llevan a ningún lado, representan el poco amor que le demostramos a Dios, cuando no queremos vivir sus Mandamientos: si Dios nos dice: “Ama a Dios y al prójimo como a ti mismo”, y para eso necesitamos sacrificio y generosidad, preferimos amarnos a nosotros mismos, egoístamente, dejando de lado a Dios y al prójimo, porque preferimos nuestros intereses a los de los demás, empezando por los papás y los hermanos. Así somos como un sendero que no va a ningún lado.
Si Dios nos dice: “Santificarás las fiestas”, con los cual nos dice que tenemos que venir a la Misa del Domingo para encontrarnos con su Hijo Jesús en la Eucaristía, y así recibir todo el Amor infinito de su Sagrado Corazón, que late de Amor por nosotros, preferimos, al Amor del Sagrado Corazón, el triste y vacío consuelo que nos dan las criaturas, que nos distraen de todas las maneras posibles para que no recemos, para que no vayamos a Misa, para que no visitemos a Jesús en el sagrario. Así somos como un sendero que, en vez de llegar a su destino, conduce a un barranco.
Si Dios nos dice: “Honrarás padre y madre”, y con eso nos quiere decir que nunca jamás debemos faltar el respeto a nuestros padres, además de tratarlos siempre con amor y afecto, obedeciendo en todo lo que nos dicen, y en vez de eso los tratamos bien cuando queremos y cuando no queremos no los tratamos bien, somos como los senderos que suben y bajan, suben y bajan, que producen cansancio y que además parecen no llegar nunca a destino.
Los valles que hay que rellenar, son nuestra pereza espiritual, que no nos deja llegar a Dios, porque si la montaña es una figura de Dios, el valle es una figura de nuestro desgano en rezar, por ejemplo el Rosario, en decirle piropos a lo largo del día –se llaman “jaculatorias”-, como por ejemplo, “Jesús, en Vos confío”, “Jesús, te amo”, “Virgen María, Madre Mía, sé mi auxilio y protección”, y muchas otras más, además de rezar a la noche la devoción a las tres Avemarías, pidiendo para nosotros y nuestros seres queridos no caer en pecado mortal; la pereza espiritual nos lleva también a no querer rezar la Biblia y a creer que es un libro de adorno en la biblioteca; la pereza espiritual nos lleva también a amar más y a conocer más a ídolos del mundo, como Messi, Cristiano Ronaldo, Harry Potter, o cualquier cantante de moda, antes que a Jesús.
Las montañas son la figura de nuestro orgullo, que se levanta entre nuestro corazón y el burrito de Belén que trae a Jesús y a la Virgen; el orgullo no deja entrar el Niño Jesús, porque el Corazón de Jesús, como el de la Virgen, es un corazón “manso y humilde”, y en el orgulloso, aquel que no sabe perdonar ni pedir perdón, aquel que no sabe humillarse, aquel que no sabe hacer pasar de largo los defectos del prójimo, en definitiva, el que no sabe amar, no puede recibir al Niño Dios, que viene en Navidad, porque el Niño Dios es Amor Puro, infinito, y para recibirlo hay que tener amor y humildad en el corazón.
Entonces, en Adviento, Juan el Bautista y la Iglesia nos piden que “allanemos los senderos, que rellenemos los valles, que aplanemos las colinas”. ¿De qué manera? Haciendo un examen de conciencia, reconociendo nuestros errores, y haciendo el propósito de cambiar, y para eso tenemos que rezar, leer la Biblia, y pedirle a la Virgen que nos haga que nuestro corazón sea como el del Niño Jesús: “Virgen María, haz que mi corazón sea como el Corazón de tu Hijo Jesús, para que yo pueda recibirlo con amor y alegría en Navidad”.





sábado, 17 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXII – Comunión – Post – Comunión – Despedida



Sacerdote: El Cuerpo de Cristo.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía, tenemos que hacer, desde lo más profundo del corazón, un acto de fe, de amor y de adoración a Jesús, Presente en la Sagrada Hostia. Cuando el sacerdote nos muestra la Hostia consagrada y dice: “El Cuerpo de Cristo”, es ahí que tenemos que decirle a Jesús, con todo el corazón: “Jesús, te amo, te bendigo, te adoro, con todas las fuerzas de mi alma, de mi corazón; ven a Mí, oh buen Jesús, entra en mi humilde morada, dulce Jesús, y llénale con el agradable aroma de tu santidad; entra, y quédate conmigo para siempre, no permitas que nunca me aleje de ti; sólo te pido que me des tu Amor para que te ame, en el tiempo y en la eternidad”.
A este acto de fe, de amor y de adoración, tenemos que acompañarlo con un acto de fe, de amor y de adoración exterior, que es el arrodillarnos al momento de comulgar, porque este es un signo externo de adoración.
¿Por qué decimos que debemos hacer una genuflexión al comulgar? Porque si bien el acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía es ante todo interior, es muy conveniente acompañar este acto interior con un acto exterior, y la genuflexión es el gesto más indicado para expresar lo que creen la mente y el corazón: lo que estamos por recibir no es un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Que nos arrodillemos al comulgar, nos lo pide el Santo Padre Benedicto XVI: “Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (...) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”[1].
Esto es muy importante, porque de lo contrario –si no hacemos el acto de fe, acompañado de gestos internos y externos de adoración a Cristo Presente en la Eucaristía-, puede pasarnos lo que a la multitud en la multiplicación de los panes y peces, y así como la multitud no ve el signo espiritual, sino que interpreta el milagro de Jesucristo en un sentido puramente material, así también a nosotros nos puede pasar que pasemos a comulgar mecánica y distraídamente.
Meditemos entonces en el milagro de la multiplicación de panes y pescados. El Evangelio dice así: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó” (cfr. Lc 9, 1).
         La multitud ve en este gesto de Jesús un signo puramente material: les da de comer, satisface su necesidad básica y elemental. No ven un gesto mesiánico.
         No podemos reprochar a la multitud esta carencia de visión, puesto que en la Iglesia misma, a veinte siglos de distancia, muchos continúan, en muchos casos, interpretando demasiado material y humanamente el signo de Jesús, al igual que la multitud de la escena evangélica.
         Así como la multitud veía en Jesús a un maestro de religión santo que hacía milagros, entre ellos, el de multiplicar los panes y los peces, y quería hacerlo rey sólo por este hecho, dejando de lado su condición divina, así muchos ven a la Iglesia y a su acto litúrgico principal, la santa misa, como una organización de beneficencia que se dedica a la filantropía con un tinte religioso, dejando de lado la consideración de la misa como el sacrificio del Cordero, como el don del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios, y dejando de lado a la consideración de la Iglesia como a la Esposa de ese Cordero, que ofrece el Cuerpo y la Sangre de su Esposo en sacrificio a Dios por toda la humanidad.
         Ni Jesús es un hombre cualquiera, como muchos de entre la multitud lo veían, ni la Eucaristía es sólo pan bendecido, como muchos en la Iglesia sostienen hoy, ya que en Jesús predicando y obrando el milagro de la multiplicación y en Jesús donado como Pan de Vida eterna en el altar, hay un secreto oculto detrás de las apariencias. Tanto en Jesús obrando el milagro como en Jesús ofrecido como Eucaristía hay un misterio oculto: el sacramento de la Eucaristía es para nosotros lo que Jesús para sus discípulos: así como Jesús ocultaba, detrás de su naturaleza humana, al Verbo eterno del Padre, así la Eucaristía oculta, detrás de su apariencia de pan, al Verbo eterno del Padre, encarnado, muerto y resucitado.
         El cuerpo de Cristo, en uno y en otro caso, actúa como un velo que oculta y a la vez como una puerta abierta que revela lo que está detrás de ella: el cuerpo de Jesús oculta y muestra a la naturaleza divina, al ser divino de Dios Uno y Trino: “Quien me Ve, Ve a Mi Padre que me envió”, dice Jesús.
         La multitud ignora que Jesús no es el hijo del carpintero que estudió mucho y se convirtió en un hombre sabio y santo; ignora que es el Verbo eterno del Padre, que ha tomado un cuerpo humano y que se muestra a través de ese cuerpo humano y obra milagros a través de ese cuerpo humano. De la misma manera, muchos en la Iglesia ignoran que la Eucaristía no es pan bendecido y consagrado, sino el cuerpo real, verdadero, vivo y resucitado, del Cordero de Dios, que continúa ofreciéndose para nosotros en el altar así como se ofrece en la cruz.
         Como Dios-Hombre, como Pan de Vida, Cristo, Verbo del Padre, se dona en su cuerpo y junto a su cuerpo, nos entrega la divinidad, y esto es absolutamente incomprensible, de ahí que la multitud no entienda que debajo de ese cuerpo humano está Dios Hijo; de ahí que muchos en la Iglesia no entiendan que en de la Eucaristía está ese mismo Dios Hijo que nos dona su cuerpo resucitado y con su cuerpo resucitado, la divinidad.
         Hoy como ayer, Jesús, Hombre-Dios, prolonga el misterio de su don. A la multitud, les da pan y pescado: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó”. A nosotros no nos da pan terrenal, sin vida, y pescado asado: nos da su cuerpo vivo, entregado en la cruz y en el altar; no nos da ni pescado asado ni pan, nos da su cuerpo, como Pan de Vida eterna y como carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo.


Todos: Amén.

         Quiere decir: “Así es”, y es un acto de fe que hacemos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, antes de comulgar; creemos que la Eucaristía es Jesús, Hombre-Dios, y no un simple “pan bendecido”; creemos que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

         Oración después de la Comunión.

         La post-comunión no es un momento ni para cantar, ni para dar avisos parroquiales, ni para pensar que ya la Misa está por terminar. Es el momento tal vez más trascendente para la espiritualidad del fiel –y también para el sacerdote-, pues Cristo está en el alma, que lo acaba de recibir en la comunión. Es por eso que para este momento se aplica todo lo que dijimos más arriba, con relación al silencio. Para este momento resuenan las palabras de Jesús en el Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
Es decir, este momento es un tiempo de profunda intimidad con Jesucristo, que ha entrado en nuestras almas por la comunión eucarística, y mal haríamos si a tan distinguido huésped lo dejáramos en el pórtico de entrada, para distraernos con cualquier otra cosa.
“Cuando ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato, recogidos”[2].


         Para esta parte final de la Misa, dice el Misal Romano: “Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”[3].

Sacerdote: Oremos.

En nombre de todos, el sacerdote manifiesta el agradecimiento a Dios Padre por el don recibido. Con distintas palabras cada día, pide que los frutos de la Eucaristía sean eficaces y nos lleven a vivir siempre con Él en el cielo[4].

Todos: Amén.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

El sacerdote bendice al pueblo.

Antes de volver cada uno a su vida normal, recibimos la bendición de Dios para que, con su fuerza, sepamos imitar a Cristo entregándonos a los demás en el trabajo, en nuestra casa, en nuestro ambiente[5].

Sacerdote: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

Todos: Amén.

Sacerdote: Pueden ir en paz.

Hacia el final de la Misa el sacerdote despide, a los que han participado de la celebración eucarística, con un saludo de paz, diciéndoles: “Pueden ir en paz”.
Al contrario de lo que pudiera parecer, no se trata de una mera despedida, al estilo de las despedidas entre los hombres. Se trata, en realidad, más que de una despedida, de un envío a la misión, con un propósito bien claro: dar testimonio, con sus vidas, de aquello que han visto y oído en la Santa Misa. Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica[6], al explicar el nombre “(…) Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.
Es decir, el saludo de despedida del sacerdote ministerial, más que indicar el fin de una ceremonia, es una señal, para el Nuevo Pueblo Elegido, de que debe comunicar al mundo aquello de lo que ha sido espectador. El “Pueden ir en paz”, sería entonces equivalente al envío de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mt 16, 15-16). ¿Por qué es equivalente este simple anuncio a las palabras de Jesús en las que envía a la Iglesia a la misión? Porque el cristiano, debe testimoniar y proclamar al mundo, con su vida, que la Buena Nueva se actualiza en la Santa Misa, porque allí Jesús resucitado se hace Presente con su misterio pascual de muerte y resurrección.
¿Cuál es entonces el anuncio que el cristiano, que acaba de salir de Misa, debe hacer al mundo? En otras palabras: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
La respuesta la encontramos meditando el pasaje del evangelio en el que las santas mujeres de Jerusalén van al sepulcro, y lo encuentran vacío: “Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío (cfr. Mt 28, 8-15).
         La misión de la Iglesia es continuación de la misión de las santas mujeres, de la experiencia espiritual vivida por ellas el Domingo de Resurrección.
Es decir, la experiencia del Domingo de Resurrección de las santas mujeres, el hecho de contemplar el sepulcro vacío, el llenarse de alegría por esto, y correr a anunciar a los demás lo que había  sucedido, inicia, en esencia, la misión misma de la Iglesia. Como las mujeres, que se llenan de alegría al comprobar que Cristo ya no está en el sepulcro, y que inmediatamente van a anunciar la noticia a los demás discípulos, así la Iglesia, en el tiempo y en la historia humana, contemplando con la luz de la fe el misterio de la muerte y resurrección del Hombre-Dios, y asistida por el Espíritu Santo en la certeza indubitable de esta verdad de fe, llenándose Ella misma de júbilo y de alegría por este hecho, que concede a la humanidad un nuevo sentido, un sentido de eternidad, va a misionar al mundo, anunciando la alegre noticia: Cristo ha resucitado.
Sin embargo, en el anuncio de las piadosas mujeres, si bien inicia la misión de la Iglesia, debe ser completado con un anuncio todavía más sorprendente, todavía más asombroso, todavía más maravilloso, que el hecho mismo de la Resurrección. La Iglesia tiene para anunciar al mundo un hecho que, podríamos decir, supera a la misma resurrección, y es algo del cual la Iglesia, y sólo la Iglesia, es la depositaria y, aún más, Ella misma protagonista, porque este hecho se origina en su mismo seno.
La Iglesia no sólo anuncia, con alegría sobrenatural, el mismo anuncio de las mujeres piadosas, es decir, el hecho de que Cristo ha resucitado, y que el sepulcro de Cristo está vacío: la Iglesia anuncia, con alegría y asombro sobrenatural, que el sepulcro de Cristo está vacío, y que por lo mismo, ya no ocupa más la piedra del sepulcro con su Cuerpo muerto, porque Cristo ha resucitado, porque ahora, con su Cuerpo glorioso, además de estar en el cielo, está de pie, vivo, glorioso, resucitado, sobre la piedra del altar, en la Eucaristía, y la Iglesia es protagonista, porque el prodigio de la resurrección del Domingo de Pascuas, se renueva en cada Santa Misa, en donde ese Cuerpo resucitado el Domingo, es el mismo Cuerpo en el que se convierte el pan luego de la transubstanciación.
La Iglesia entonces no solo anuncia lo que anunciaron las piadosas mujeres de Jerusalén, que el sepulcro está vacío, que en la piedra sepulcral ya no está el Cuerpo muerto de Jesús, sino que anuncia, además, que el Cuerpo vivo, glorioso, luminoso, lleno de la vida de la Trinidad, se encuentra en la piedra del altar eucarístico, en virtud del sacramento del altar, la Eucaristía.
“(con la llegada de la luz del sol) Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío”. Dice el Evangelio que las mujeres, ayudadas por la luz del sol, al clarear el nuevo día, luego de ver vacía la piedra del sepulcro, corren, llenas de alegría, a anunciar que Cristo ha resucitado.
De los cristianos deberían decirse: “Los cristianos, luego de contemplar, con la luz del Espíritu Santo, que la piedra del altar está ocupada con el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, llenos de alegría, corren a anunciar al mundo, con sus obras de misericordia, que Cristo ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía”.

Todos: Demos gracias a Dios.

El sacerdote besa el altar y se retira, después de hacer una reverencia. Los fieles se retiran, aunque no sin antes hacer “una justa y debida acción de gracias[7].

El sacerdote besa el altar, que representa a Cristo, al terminar la Misa -como lo hizo al iniciar- renovando el propósito de no solo no traicionar a Jesús, sino de crecer cada día en su imitación, en su seguimiento camino del Calvario llevando la cruz, en su amor.
La misa ha comenzado con un beso al altar, que representa a Cristo, y termina también con otro beso. Es el beso de la Iglesia a Cristo, representado en el altar, y por lo mismo, debemos poner amor, para dar este mismo beso a Cristo, en ese altar interior que es el corazón[8].


[1] Ratzinger, El espíritu de la liturgia.
[2] OGMR, 56.
[3] Cfr. OGMR, 90.
[4] Cfr. Manglano Castellary, o.c.
[5] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.
[6] 1332.
[7] Congregación para el culto divino.
[8] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Rezar el Rosario es mirar, como en una película, la vida de Jesús - El Santo Rosario explicado para niños


El Santo Rosario explicado para Niños







            ¿Alguien sabe qué quiere decir la palabra “Rosario”? Quiere decir: “rosas”. Rezar el Rosario es como regalarle rosas a la Virgen y también a Jesús. El Rosario es el rosal de la Virgen y de Jesús.
¿Cómo se reza el Rosario? Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria por cada misterio. En el Rosario es importante saber de memoria las oraciones para no equivocarnos. Pero hay algo más importante todavía. En el Rosario, es como si nosotros estuviéramos viendo la vida de Jesús: ¿vieron cuando alguien ve un álbum de fotos de los papás, cuando eran chicos, después cuando eran más grandes, cuando iban a la universidad, cuando se casaban?
Bueno, así tiene que ser el Rosario: tiene que ser como si viéramos toda la vida de Jesús, como si nos pasaran fotos de Él. Por ejemplo, cuando rezamos los misterios de gozo. ¿Cuál es el primer misterio de gozo? “La Anunciación del Ángel a la Santísima Virgen María y la Encarnación del Hijo de Dios”. El Ángel -¿cuál de todos? Gabriel- le dice a la Virgen que Dios la ha elegido para que Ella sea la Madre de su Hijo y que el Espíritu Santo lo va a traer desde el cielo hasta dentro de su panza y la Virgen le dice que sí. Ese es el primer misterio de gozo. Jesús, el Hijo de Dios, que vivía desde siempre junto a su Padre, en el cielo, ahora, llevado por el Espíritu Santo, va a empezar a estar en la panza de la Virgen, para nacer como un Niño en Belén.
¿Qué tenemos que hacer nosotros cuando rezamos este misterio? Imaginar toda la escena: ¿qué podemos imaginar? Al ángel Gabriel, que se aparece de repente, todo lleno de luz, dentro de la casa de María; a María, que muy probablemente estaría cosiendo o haciendo las tareas de la casa, o estaría rezando; podemos imaginar lo que el ángel le dice, lo que la Virgen le contesta; podemos imaginar cómo Jesús, que es Dios invisible, es llevado por el Espíritu Santo a la panza de María.
Así podemos hacer en cada misterio: imaginarnos a las personas que actúan en cada misterio. Por ejemplo también, cuando rezamos el misterio de la coronación de espinas, o cuando rezamos la crucifixión de Jesús, o cuando rezamos la institución de la Eucaristía.
         Rezar las oraciones, imaginarnos las personas, aprender de Jesús y de María, porque ellos nos enseñan mucho con sus vidas y saber que cuando rezamos, Jesús y la Virgen están muy pero muy cerca de nosotros, están al lado nuestro, invisibles, sin que los veamos, escuchando la oración del Rosario, el rosal de la Virgen y de Jesús.