Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 8 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús nos abrió la mente y el corazón con el Bautismo



(Domingo XXIII – TO – Ciclo B – 2018)

         En este Evangelio (cfr. Mc 7, 31-37) , Jesús cura a un sordomudo, simplemente tocando sus oídos y su lengua y diciendo una palabra en idioma arameo, “Éfata”, que quiere decir: “Ábrete”. Podemos decir que el sordomudo es muy afortunado, porque fue curado de una doble enfermedad, que le impedía oír y también hablar.
         Pero nosotros tenemos que considerarnos todavía más afortunados que el sordomudo, aún cuando tengamos alguna enfermedad corporal, porque Jesús le curó el cuerpo al sordomudo del Evangelio, pero a nosotros nos curó el alma. ¿De qué manera? Para saberlo, tenemos que recordar que cuando nacemos, nacemos con el pecado original y eso quiere decir que tenemos cerrados los oídos del alma a la voz de Dios; nacemos ciegos del alma, y eso quiere decir que no podemos ver la Verdad de Dios; nacemos con el corazón cerrado al Amor de Dios, y eso es como nacer mudos, porque no hablamos de la Bondad de Dios. De todo esto nos ha curado Jesús con el Bautismo: nos curó nuestra ceguera espiritual, nuestra sordera espiritual y nuestra mudez espiritual, pero además de eso, nos dio una nueva vida, la vida suya, la vida de Jesús, que es la Vida de Dios.
         Por eso es que nosotros somos más afortunados que el sordomudo del Evangelio, porque no solo hemos sido curados de esa enfermedad que es el pecado original, sino que por la gracia, Jesús nos ha dado una vida nueva, la vida de los hijos de Dios.
         ¿Cómo se vive la vida de los hijos de Dios? Cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios –para eso hay que llevarlos impresos, como un sello, en el alma y en el corazón-, confesándonos con frecuencia, comulgando en estado de gracia, rezando –en lo posible, el Santo Rosario-, haciendo Adoración Eucarística. Si hacemos esto, vamos a glorificar a Dios con nuestras vidas, así como el sordomudo glorificó a Jesucristo luego de haber sido curado.

viernes, 18 de mayo de 2018

El Evangelio para Niños: Solemnidad de Pentecostés, el Espíritu Santo como Fuego y como Dulce Paloma



(Ciclo B - 2018)

         Jesús cumple lo que promete y Él había prometido enviar el Espíritu Santo.
         El Espíritu Santo se representa como fuego y como paloma. Podemos recibir al Espíritu Santo de las dos formas. Para recibirlo como fuego, imaginemos un carbón: sin el fuego, el carbón es frío, oscuro, sin luz. Pero cuando el fuego lo penetra, el carbón se convierte en brasa incandescente, que es caliente, luminosa y transmite mucho calor. Es como cuando papá, o nuestro tío, o nuestro abuelo, preparan el fuego para el asado: primero tienen los carbones, y luego tienen las brasas. Bueno, nuestro corazón, sin la gracia de Dios, es como el carbón sin el fuego; con la gracia del Espíritu Santo, es como una brasa incandescente: está lleno del fuego, del calor y del Amor de Dios.
         ¿Cómo podemos recibir al Espíritu Santo cuando viene en forma de paloma?
El Espíritu Santo se representa con una paloma, entonces la paloma tiene que ser recibida en un nido, pero como el Espíritu Santo es Espíritu, el nido también tiene que ser espiritual. ¿Cómo hacemos un nido espiritual para recibir al Espíritu Santo? ¿Dónde? ¿Con qué? Primero, lo hacemos en el corazón, el corazón es el nido espiritual natural que Dios creó para que nosotros pudiéramos alojar ahí al Espíritu Santo. Pero como nuestro corazón, sin la gracia, se vuelve oscuro, egoísta, superficial, es necesario acondicionar ese nido, ese corazón, donde vendrá el Espíritu Santo. Y la forma de hacerlo es por medio de la gracia, que nos viene por la Confesión Sacramental y por la Eucaristía. Por la gracia, nuestro corazón se convierte en un nido espiritual agradable al Espíritu Santo, porque se llena de la luz, de la paz, de la alegría, de la justicia, de la sabiduría de Dios. Por la gracia, la Dulce Paloma del Espíritu Santo encuentra un hermoso nido de luz y de amor en el que la gracia convierte nuestro corazón. Entonces, para poder recibir al Don del Espíritu Santo, la Dulce Paloma del Espíritu Santo, debemos orar mucho, confesarnos y comulgar en gracia, para que el corazón sea un lugar digno para el Espíritu Santo, un nido de amor, de luz, de paz divinas.
         ¿Y qué pasa si no lo hacemos? Pasa que nuestro corazón, en vez de un nido de luz y de paz, se convierte en una cueva oscura, fría, en donde no va el Espíritu Santo, sino una serpiente, pero no una serpiente de la tierra, sino la Serpiente Antigua, llamada el Diablo o Satanás y hace su refugio. Así como una serpiente pone sus huevos en una cueva oscura y fría, así la hace la Serpiente que es el Diablo cuando no nos confesamos por mucho tiempo, cuando dejamos de venir a Misa, cuando no rezamos, cuando somos malos. El corazón se convierte en una cueva espiritual en donde encuentra su lugar la Serpiente Antigua, que es el Demonio. No hay lugar para otra cosa: o nuestro corazón se convierte, por la gracia, en un lugar de luz, de amor y de paz, por acción de la gracia, y ahí encuentra su nido y va a reposar el Espíritu Santo, o nuestro corazón se convierte en una cueva oscura y fría, en donde va a morar, con todo gusto, el Ángel caído. 
         ¿Cómo queremos que sea nuestro corazón? Por supuesto que no queremos que sea como un carbón, sino que queremos que sea como una brasa incandescente y también queremos que sea como un nido de luz y de amor. Para eso, debemos confesarnos con frecuencia, comulgar con amor y luego dar de ese amor recibido por Jesús en la Eucaristía, a todos los que nos rodean, empezando con nuestros padres y nuestros hermanos.

sábado, 21 de abril de 2018

El Evangelio para niños: Jesús es el buen Pastor



(Domingo IV – TP – Ciclo B – 2018)

         En esta parábola (Jn 10, 11-18), Jesús utiliza la imagen de un pastor con su rebaño; en la imagen hay además malos pastores, el lobo que acecha al rebaño y ovejas que no están en el rebaño pero que le pertenecen a Él. ¿Qué quiere decir esta imagen? El Buen Pastor es Él, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que ama tanto a su rebaño que da la vida por sus ovejas, enfrentando al Lobo que quiere devorarlas. El Lobo no es el lobo creatura, es decir, el animalito creado por Dios: es el Lobo infernal, el Demonio, que “anda rugiente como un león, buscando a quien devorar” (cfr. 1 Pe 5, 8). El redil, el lugar donde descansan las ovejas, es la Iglesia Católica, por eso es que quien pertenece a la Iglesia Católica está protegido por el Buen Pastor, Jesús. El pasto verde y el agua cristalina es la gracia santificante que recibimos por los sacramentos. En cuanto al lobo y al pastor, es la lucha entre el Demonio y Jesús: así como un lobo busca a las ovejas y da vueltas alrededor del rebaño, buscando atrapar a alguna oveja descuidada para darle muerte con sus dientes, clavándole sus colmillos en su piel y destrozando su cuerpo, así el Demonio nos acecha para tendernos trampas y hacernos caer en el pecado, para destruir en nuestras almas la vida de la gracia. Pero como así también el buen pastor, frente a la amenaza del lobo, no deja a sus ovejas solas, sino que sale a defenderlas y si es necesario, lucha con su cayado contra el lobo para darle muerte, así también nuestro Buen Pastor, Jesús, baja desde el cielo para encarnarse en la Virgen y enfrentar al Lobo infernal con su cayado, que es la Santa Cruz, dándole muerte a este Lobo del Infierno, es decir, derrotándolo para siempre. Y aunque Él muere en la Cruz en esta lucha contra el Lobo del Infierno, luego resucita y así lo vence para siempre, para siempre.
¿Quiénes son los malos pastores? Son los pastores falsos, es decir, los que pertenecen a iglesias falsas o a sectas, porque sus doctrinas son venenosas y engañan a los fieles, aunque también hay malos pastores dentro de la misma Iglesia Católica: son sacerdotes que están más preocupados por sí mimsmos que por los fieles.
Por último, ¿quiénes son las ovejas que no están en el rebaño, pero que pertenecen al rebaño de Jesús? Son personas de buena voluntad que, aunque estén en Iglesias falsas o en sectas, o incluso si llegan a ser ateas, aman a Jesús en lo más profundo de sus corazones y sólo están esperando una llamada suya para ingresar en la Iglesia Católica.
Jesús es el Buen Pastor y nosotros, que somos sus ovejas, reconocemos su voz y su voz sale desde el sagrario, desde la Eucaristía y desde allí nos dice: “Vengan a Mí los que estén tristes y agobiados y Yo los aliviaré”. También nos dice: “Yo estoy con ustedes todos los  días, hasta el fin del mundo”: el Buen Pastor está en la Eucaristía y estará ahí hasta el fin del mundo, para acompañarnos todos los días de nuestra vida. Acompañemos a Jesús, el Buen Pastor, en su Prisión de Amor, el sagrario.

domingo, 16 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús es la semilla y nuestro corazón la tierra donde cae la semilla


(Domingo XV – TO – Ciclo A – 2017)

         En esta parábola, Jesús utiliza la imagen de un sembrador, que va por el campo esparciendo la semilla. Las semillas caen en distintos tipos de terrenos, por lo que no todas germinan; por ejemplo, algunas “caen al borde del camino” y no germinan porque los pájaros las comen; otras, dice Jesús, “caen en terreno pedregoso”, pero como no hay mucha tierra, apenas germinan, se secan; otras semillas caen entre “cardos espinosos”, y estos cardos ahogan a las pocas que pueden germinar; por último, algunas semillas caen en tierra negra, húmeda, fértil, se hunden en la tierra, y como tienen humedad y nutrientes, terminan por germinar, crecen, se transforman en un árbol que da frutos exquisitos, aunque hay algunos árboles que están cargados de frutos, mientras que otros tienen menos.
         ¿Qué quiere decir esta parábola de Jesús?
         El sembrador que esparce la semilla es Dios Padre;
-la semilla es la Palabra de Dios, es decir, su Hijo Jesús, que viene a nosotros por la Escritura y por la Eucaristía;
-los distintos tipos de terrenos, son nuestros corazones.
¿Por qué en algunos corazones germina la Palabra de Dios y en otros no?
Jesús nos lo dice:
La semilla al borde del camino es el corazón de “alguien que oye la Palabra del Reino y no la comprende”, pero esta persona, en vez de preguntar a alguien que sepa, qué significa lo que no entiende, se queda de brazos cruzados, y entonces, dice Jesús, “viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón”, es decir, le quita las ganas de leer la Escritura o de comulgar, porque no entiende que la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino el Cuerpo de Jesús.
La semilla “en terreno pedregoso” es el corazón del que escucha la Palabra, comulga, está contento porque todo va bien, pero cuando Dios le pone una prueba o permite que lo persigan a causa de la Palabra, en seguida abandona y deja de leer y comulgar. Sería el caso, por ejemplo, de alguien que, cuando se están burlando de Jesús o de la Virgen, por miedo a que le digan algo, se queda callado, en vez de defenderlos.
La semilla que cae entre cardos espinosos es el corazón de aquel que escucha la Palabra, que lee la Escritura y comulga, pero le da mucha importancia a los problemas del mundo, o bien se deja tentar por la avaricia.
Por último, la semilla que cae en tierra negra, húmeda, fértil, es el corazón del que está en gracia –es la gracia la que transforma nuestros corazones en terreno fértil-; en este corazón, la semilla se hunde y como encuentra nutrientes y suficiente humedad, crece, echa raíces, y se transforma en un árbol, que es un árbol muy especial, la Santa Cruz de Jesús, cuyo fruto es el Sagrado Corazón de Jesús –el único Árbol de la vida es la Cruz de Jesús y no el amuleto en forma de árbol-. En este corazón, en donde la semilla se transformó en la Cruz, está tan unido al Corazón de Jesús, que da los frutos de la Cruz, que son: caridad, paciencia, bondad, pureza de cuerpo y alma, sacrificio, humildad.
Entonces, la parábola del sembrador nos lleva a pensar en qué clase de terreno es nuestro corazón: si un terreno pedregoso, lleno de cardos espinosos, que son los malos pensamientos, las mentiras y las malas acciones, o si por la gracia, es un terreno fértil en donde se ha plantado el Árbol de la Cruz, cuyo fruto exquisito es el Amor del Corazón de Jesús. En pocas palabras, podemos hacer una sencilla prueba para saber qué clase de terreno es nuestro corazón: si damos a los demás, amigos y enemigos, el Amor del Corazón de Jesús, entonces nuestro corazón es un terreno fértil, en donde está plantado el Árbol de la vida, la Santa Cruz de Jesús.





         

sábado, 8 de abril de 2017

El Evangelio para Niños: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


(Ciclo A – 2017)

         El Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén, la Ciudad Santa, montado en un borriquillo. Cuando los habitantes de Jerusalén se enteran de que está llegando Jesús, abren las puertas de la ciudad de par en par y, llenos de alegría, salen para encontrarse con Jesús. Muchos extienden sus mantos sobre el suelo, como si fueran alfombras, y casi todos tienen palmas y ramos de olivos en sus manos. Todos los habitantes de Jerusalén habían recibido milagros de parte de Jesús: a unos los había curado de sus enfermedades; a otros los había liberado de los demonios; a otros les había calmado el hambre multiplicando panes y peces; a otros les había resucitado a sus hijos. Todos se acordaban de los milagros hechos por Jesús y por eso estaban agradecidos, lo reconocían como a su Rey y Salvador, le cantaban cánticos de alabanza, y le abrían las puertas de la Ciudad Santa.
         Pero unos días después, el Viernes Santo, los mismos habitantes de Jerusalén, desde los más pequeños hasta los más grandes, cambian del todo con respecto a Jesús: no le cantan, sino que lo insultan; no lo reconocen como Rey, sino que le ponen, para burlarse, una corona de espinas; no lo saludan con palmas y ramos de olivos, sino que le pegan trompadas y patadas. Por último, abren las puertas de la Ciudad Santa, pero no para que entre Jesús, como el Domingo de Ramos, sino para expulsarlo de la Ciudad Santa, para llevarlo al Calvario y ahí darle muerte de cruz.
         Este episodio de la vida de Jesús tiene mucho que ver con nosotros, porque la Ciudad Santa es nuestra alma, en dos momentos distintos: cuando está en gracia y reconoce a Jesús como a su Rey y Salvador y lo hace entrar en su corazón, es la Jerusalén del Domingo de Ramos, pero cuando está en pecado y no reconoce a Jesús como Rey y Señor, sino que lo expulsa de su corazón, es la Jerusalén del Viernes Santo, que expulsa a su Rey para darle muerte de cruz en el Calvario.

         Nosotros podemos elegir, cuál de las dos ciudades queremos que sea nuestra alma: si la del Domingo de Ramos, en la que reconocemos a Jesús como nuestro Rey, o la del Viernes Santo, que expulsa a Jesús porque está en pecado. Le vamos a pedir a nuestra Mamá del cielo, la Virgen, que nos ayude para que nuestra alma sea siempre como la Ciudad Santa de Jerusalén del Domingo de Ramos, para que abramos nuestros corazones de par en par a Jesús Eucaristía, lo entronicemos en nuestro corazón como Rey, le cantemos cánticos de alabanzas, y le digamos que lo queremos amar, en esta vida y por toda la eternidad.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús va venir por Segunda Vez en la gloria



(Domingo XXXIII – TO – Ciclo C - 2016)

         En este Evangelio, Jesús anuncia dos cosas: que el Templo de Jerusalén va a ser destruido, y que Él va a volver al final de los tiempos. Lo primero ya se cumplió, porque en el año 70 d. C., los romanos invadieron Jerusalén y destruyeron el Templo. Lo segundo, que es su Segunda Venida al fin de los tiempos, todavía no pasó, y no sabemos cuándo será.
         Pero aunque no sabemos cuándo será, sí podemos saber si está cerca o no, porque Jesús dice que antes que venga Él, van a haber muchas guerras, hambre, terremotos. Y cuando Jesús venga por Segunda Vez, ya no va a ser el Dios misericordioso, lleno de amor y perdón, sino que va a ser el Justo Juez, porque dará a cada uno lo que cada uno se eligió con sus obras: o el Cielo, para los que fueron buenos, o el Infierno, para los que se portaron mal.
         ¿Cómo nos podemos preparar para la Segunda Venida de Jesús? Lo primero, es abrir nuestros corazones –de par en par- para que entre Jesús allí por la Comunión Eucaristía y pedirle que por su gracia nos convierta, nos haga alejar del pecado y nos ayude a ser buenos con todos.

         Si hacemos esto, es decir, si nos confesamos por frecuencia, si no faltamos a Misa por pereza, son que venimos a Misa por amor a Jesús Eucaristía, si nos confesamos con frecuencia, si somos misericordiosos con los prójimos más necesitados, si nos refugiamos en el Inmaculado Corazón de María, entonces estamos listos para cuando Jesús llegue por Segunda Vez, y cuando Jesús nos vea que así lo estamos esperando, nos llevará a la Casa de su Papá, el Reino de los cielos.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El Niño Jesús, ejemplo para toda la vida


         Muchas veces, cuando somos niños, los mayores nos preguntan: “¿Qué querés ser, cuando seas grande?”. Y muchos niños dicen: “Quiero ser maestro, como mi mamá”; “Quiero ser médico, como mi papá”; “Quiero ser zapatero, como mi tío”; “Quiero ser futbolista, como Messi”. Es decir, siempre, cuando somos niños, tenemos alguien, generalmente un adulto, que nos sirve de ejemplo. Y tanto es así que, la mayoría de las veces, lo que somos de grandes, es porque, cuando éramos niños, veíamos a un adulto y queríamos ser como él.
         En mi caso, soy maestro de primaria, como mi mamá; soy médico, como mi papá; soy sacerdote, como un tío abuelo mío. Y también quería ser militar, como mis tíos, primos de mi mamá. Como decíamos,  muchas veces, lo que somos de grandes, es porque de niños veíamos a los adultos y queríamos ser como ellos. No está mal hacer esto, pero hay algo que tenemos que saber: primero, que sólo tenemos que imitar las cosas buenas de los adultos, y nunca si hay algo que no es bueno, sino malo, porque sucede que a veces, los adultos pueden equivocarse y hacer cosas malas, y en eso malo, nunca hay que imitar a nadie.
La otra cosa que tenemos que saber -y es muy importante- es que, más allá de que deseemos ser como tal o cual adulto, todos, absolutamente todos los niños, deberían tener como ejemplo y modelo de cómo ser en la vida, a un niño: el Niño Jesús.
         Es decir, todo niño, siendo niño –e incluso ya siendo adulto más tarde-, debe tener como modelo y ejemplo de vida, al Niño Jesús. La razón es que el Niño Jesús es Dios hecho niño, sin dejar de ser Dios, para que los niños sean iguales a Él, que es Dios. Todos los niños deben desear ser como el Niño Jesús: así como era el Niño Jesús, así deben ser los niños: Jesús amaba a sus papás, la Virgen y San José, y como los amaba tanto, por el gran amor que les tenía, siempre les obedecía y la única vez que se separó de ellos fue a los doce años, pero porque debía dedicarse a los asuntos de su Padre Dios; Jesús nunca dijo mentiras, ni tampoco hizo nada malo, ni siquiera tuvo el más pequeño mal pensamiento, porque era imposible que hiciera algo malo, o que Él se portara mal, porque era Dios, y aquí, algún niño podría decir: “Bueno, pero yo no soy Dios, y por eso es que a veces me porto mal, entonces no puedo ser como Jesús”, y eso es verdad, porque somos pecadores, pero también es verdad que la gracia de Dios nos auxilia y nos fortalece y nos hace ser como el Niño Jesús, sólo basta que yo quiera realmente ser como Él. ¿Dónde encuentro la gracia para ser como Jesús? En dos sacramentos: la Confesión y la Comunión. La Confesión limpia mi alma y la deja con la inocencia del alma de Jesús; la Comunión, convierte mi corazón en el Corazón del Niño Jesús. Por la gracia, entonces, sí puedo ser como el Niño Jesús.

         Entonces, cuando alguien me pregunte: “¿Qué querés ser, cuando seas grande?”, los niños tenemos que responder: “Cuando sea grande, quiero ser como el Niño Jesús”. El Niño Jesús es nuestro ejemplo y modelo de vida, para toda nuestra vida, de niños y de adultos. ¿Por qué? Porque Jesús dice que sólo el que sea como niño entrará en el Reino de los cielos: “Si no se hacen como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”. Entonces, sea que seamos grandes o pequeños, todos tenemos que tratar de ser como el Niño Jesús, para que así todos lleguemos al Reino de Dios.

sábado, 6 de agosto de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús quiere que vivamos siempre en gracia


Jesús, Justo Juez y la Virgen, en el Día del Juicio Final.


(Domingo XIX – TO – Ciclo C – 2016)

         “Estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos prevista” (Lc 12, 32-48). Jesús nos cuenta de un señor, dueño de casa, que se va a una fiesta de un casamiento y vuelve tarde, cuando ya están todos durmiendo, y tiene dos sirvientes: uno, que es bueno, y que lo quiere, y que lo espera para cuando vuelva, despierto, con la ropa de trabajo, con una candela encendida, y con la mesa puesta; el otro siervo, es malo, perezoso, no le gusta trabajar, no lo quiere a él, su amo, y como piensa que va a volver tarde, se pone a tomar vino y como es malo y peleador, empieza a pegarles a los demás sirvientes. Jesús dice que, cuando llegue el dueño de casa, y nadie sabe a qué hora va a llegar, al sirviente bueno, le va a dar una recompensa, porque él mismo va a hacer que se siente a la mesa, como si fuera el dueño, y le va a empezar a servir una rica comida; al sirviente malo, en cambio, lo va a castigar, echándolo fuera de la casa, en medio de la noche.
El dueño de casa es Él, Jesús, que va a venir en algún momento -que no sabemos cuándo será-, para llevarnos al cielo y, al fin del tiempo, en el Día del Juicio Final, vendrá como Juez de todos nosotros, para darnos una recompensa –el cielo- si nos portamos bien, o para darnos un castigo si nos portamos mal –el infierno-.
¿Y quiénes son los dos siervos, uno bueno y otro malo?
Somos nosotros: si vivimos en gracia –confesándonos seguido y comulgando con fe y con amor, principalmente los Domingos- y cumplimos los Mandamientos de Dios –como niños, tenemos que cumplir todos los mandamientos, pero hay dos mandamientos especiales para nosotros, y son el Primero y el Cuarto- y si tenemos en la mente y en el corazón a Jesús y a la Virgen, somos el siervo bueno y, cuando venga Jesús a buscarnos, nos dará como recompensa el Reino de Dios y nos llevará con Él y con la Virgen al cielo, para estar con ellos para siempre.
Pero si no vivimos en gracia, y no nos preocupamos por confesarnos y venir a Misa los Domingos para recibir a Jesús en la Eucaristía, y si no nos portamos bien en casa, peleando con nuestros hermanos y no hacemos caso a nuestros papás, y somos perezosos y no queremos ayudar ni hacer la tarea de la escuela, entonces, cuando venga Jesús, no nos llevará con Él y nos quedaremos solos y tristes, porque el Único que nos da alegría, paz, amor y felicidad, es Jesús.

¿Cuál de los dos servidores queremos ser? ¡Por supuesto que queremos ser el buen servidor, el que ama a Jesús y la Virgen y cumple sus mandamientos! Y para eso, tenemos que vivir siempre en gracia, como quiere Jesús.

sábado, 26 de septiembre de 2015

El Evangelio para Niños: “Si tu mano, tu pie, tu ojo, son ocasión de pecado, quítalos, para que puedas entrar en el Reino de los cielos”.


(Domingo XXVI – TO – Ciclo B – 2015)

“Si tu mano, tu pie, tu ojo, son ocasión de pecado, quítalos, para que puedas entrar en el Reino de los cielos” (cfr. Mc 9, 38-43. 45. 47-49). En este Evangelio, Jesús nos enseña que las obras malas –el pecado- nos apartan de Dios, porque nos conducen “al infierno”; también nos dice que las obras buenas nos conducen al cielo: hay que hacer obras buenas “…para entrar en el Reino de Dios”. Así, Jesús nos enseña lo que nos enseña el Catecismo: que después de esta vida, hay solo dos lugares posibles: o el Cielo o el Infierno (el Purgatorio es la antesala del cielo; es para los que murieron con poco amor a Dios en el corazón: en el Purgatorio se purifican de esta fala de amor, y cuando ya están llenos del Amor de Dios, pasan al cielo).
Jesús nos dice entonces qué es lo que tenemos que hacer para ir al cielo: evitar el pecado y vivir en gracia; nos hace ver que, si evitamos el pecado y vivimos en gracia, podremos entrar en el Reino de los cielos; pero si no evitamos el pecado –todas las cosas malas que nos apartan de Dios-, nos condenaremos.
¿Qué hacer para evitar el pecado? Para evitar las cosas malas es muy importante tener siempre, en la mente y en el corazón, los Mandamientos de la Ley de Dios, especialmente el Primero, que es el más importante de todos, y luego también el Cuarto, que nos manda “Honrar Padre y Madre”.
¿Y cómo hacer para obrar siempre el bien? Recordando a Jesús crucificado: Jesús se dejó crucificar en las manos, para que yo no hiciera cosas malas con las manos, sino cosas buenas, para que las elevara en acción de gracias y en adoración a Dios y para que las extendiera para ayudar a mis hermanos; Jesús se dejó crucificar en los pies, para que yo no fuera con mis pasos a cometer el pecado, sino que dirigiera mis pasos hacia el bien, para ganarme el cielo; Jesús se dejó coronar de espinas en la cabeza y dejó que su Sangre Preciosísima cayera por su Santa Faz y por sus ojos, para que yo tenga pensamientos buenos; Jesús dejó que la Sangre de su Cabeza coronada de espinas inunde sus ojos, para que yo mire con sus mismos ojos al mundo, para después contemplarlo a Él cara a cara en los cielos y para que mire sólo cosas buenas y no cosas malas; Jesús dejó que la Sangre de su Cabeza inundara sus oídos, para que yo escuche sólo la Palabra de Dios, y no escuche cosas malas; Jesús dejó que su Sangre inundara su nariz, para que yo esté siempre perfumado con su perfume, el perfume de Jesús, que perfuma las almas con “l buen olor de Cristo”; Jesús dejó que la Sangre de su Cabeza coronada de espinas inundara su boca, para que yo hable sólo la Palabra de Dios y cosas buenas, y nunca malas palabras ni nada malo.

Entonces, en este Evangelio, Jesús nos enseña qué tenemos que hacer para ir al cielo: cumplir siempre los Mandamientos y recordarlo a Él en la cruz, pero no solo recordarlo, sino subir a la cruz junto con Él: así, evitaremos el pecado y viviremos siempre con su gracia en el corazón, hasta el feliz día en que nos toque comenzar a verlo cara a cara, en el cielo.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Formación para Catequistas: Jesucristo, el Hombre-Dios, comunica su gracia a través de los Sacramentos


Jesucristo es el Hombre-Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; es Dios Hijo encarnado en una naturaleza humana.
Se encarnó en María Virgen para salvarnos y para conducirnos a la vida eterna. En esto consiste su Misterio de Redención: en que sufrió la Pasión y Muerte en Cruz para salvarnos y para llevarnos al Reino de los cielos.


¿De qué nos salva Jesús con su muerte en cruz?
De un triple peligro mortal para nuestras almas:
Del pecado;
del mundo;
del Demonio.
Es su Sangre, derramada en la cruz, la que nos salva de este triple peligro mortal:
-por su Sangre Preciosísima, Jesucristo nos salva del pecado, porque su Sangre lava, limpia, quita los pecados de mi alma;
-nos salva del mundo, porque con su Sangre nos concede la gracia santificante, que nos santifica con su propia santidad;
-nos salva del Demonio, porque quien está bañado en la Sangre del Cordero, es hecho partícipe de su propia santidad y es revestido de su misma fortaleza, y por eso el Demonio huye de su presencia; además, quien muere en gracia, no sólo se salva de Infierno y del Demonio, sino que es conducido al Reino de los cielos.


Por eso nos preguntamos: si Jesús nos salva con su Sangre Preciosísima, derramada en la cruz, ¿cómo hacemos nosotros, que vivimos en el siglo XXI, para quedar bañados en su Sangre y revestidos de su gracia?


La respuesta es: a través de los Sacramentos, porque los Sacramentos nos transmiten la gracia santificante, que brota de su Corazón traspasado en la cruz.


Ésa es la razón por la cual no da lo mismo recibir o no recibir un Sacramento: quien recibe un Sacramento, recibe la gracia santificante; quien no lo recibe, no recibe la gracia santificante y queda sustraído, por libre voluntad, del poder salvífico y redentor de Jesucristo.
Para comprender la razón de porqué NO ES lo mismo recibir un Sacramento o no recibirlo, es necesario comprender primero qué es el Sacramento  y que el Sacramento es la “unión” entre el Sacrificio en Cruz de Jesucristo el Redentor, con nuestras almas, separadas por el tiempo -21 siglos- y el espacio –miles de kilómetros-, del Sacrificio del Calvario.


En otras palabras, sino existieran los Sacramentos, no tendríamos posibilidad alguna de alcanzar la gracia santificante, que se nos comunica con la Sangre que brota del Corazón traspasado de Jesús.
Los Sacramentos son la extensión de la Humanidad gloriosa del Salvador, que de esta manera nos alcanza, en el tiempo y en el espacio, para concedernos su gracia santificante.
Un Sacramento no es un rito externo vacío: es un “signo sensible, instituido por Nuestro Señor Jesucristo, que PRODUCE la gracia en nuestras almas”, que así quedan santificadas.


Que el Sacramento “PRODUZCA” la gracia, quiere decir que CREA la gracia –propia de cada Sacramento-, y la gracia nos hace partícipes de la vida divina de Dios Uno y Trino.
Puesto que Dios es Tres Veces Santo, la gracia recibida a través de los Sacramentos, nos SANTIFICA, nos hace santos, como Dios es Santo.
Esta santificación, se obtiene por la gracia, PRODUCIDA Y TRANSMITIDA por los Sacramentos.
Sin los Sacramentos, no hay posibilidad alguna de santificación y el alma queda bajo el dominio de sus enemigos mortales: el pecado, el mundo y el Demonio.
Los Sacramentos comunican la gracia –que proviene de la Sangre del Corazón traspasado de Jesús-, y la gracia es un don interno que viene a nuestra alma y la embellece con la misma belleza de Dios.
Para darnos una idea de un alma sin Sacramentos, a un alma con Sacramentos, Nuestro Señor Jesucristo utilizó diversas figuras, como por ejemplo, la Vid y los sarmientos: la Vid es Él, los sarmientos somos nosotros, y así como un sarmiento injertado en la vid, comienza a recibir su savia y vive, dando frutos –la uva-, así el alma que es injertada en Cristo, Vid Verdadera, por el Sacramento, recibe su gracia y vive con la vida de Dios Trino y produce frutos de santidad.
Por el contrario, quien no recibe el Sacramento, es como el sarmiento que se seca y que sólo sirve para “ser arrojado al fuego” (cfr. Jn 15, 5ss).


Otras figuras de los Sacramentos: una fuente que mana agua cristalina y pura; el sol que ilumina; un bosque frondoso, el grano de mostaza; etc.


“Como busca el ciervo corrientes de agua, así mi alma 
te busca a Ti, Dios mío” (Sal 41).


La gracia viene a nosotros por primera vez por el Sacramento del Bautismo, se acrecienta por el Sacramento de la Eucaristía, se pierde por el pecado mortal, y se recupera por el Sacramento de la Penitencia.

Por todas estas razones, no es lo mismo recibir un Sacramento, que no recibirlo.

martes, 21 de julio de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 9 – Jesucristo, el Hombre-Dios

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 9 – Jesucristo, el Hombre-Dios

         Doctrina

         ¿Quién es Jesucristo? Jesucristo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eterno de Dios Padre, que naciendo milagrosamente de la Virgen María, se hizo hombre sin dejar de ser Dios y esa es la razón por la cual es el “Hombre-Dios”. Jesucristo es el Salvador del mundo, el Mesías anunciado en el Antiguo Testamento; en Él se cumplen todas las profecías, siendo el enviado de Dios para redimir a la humanidad y conducirla al Reino de los cielos.
¿Para qué se hizo hombre el Hijo de Dios?
1.     El Hijo de Dios se hizo hombre para redimirnos del pecado, para salvarnos del mundo y de la “condenación eterna” (cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I) y para donarnos la vida divina de la gracia.
-Para redimirnos del pecado: “Jesucristo vino a este mundo a salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15);  “Recibid el Espíritu Santo (…) a los que perdonen los pecados, les serán perdonados; a los que se los retengan, les serán retenidos” (Jn 20, 23).
-Para salvarnos del mundo y de la condenación eterna: “Jesús ha venido para destruir las obras del demonio” (1 Jn 3, 8); “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones; el que crea y se bautice, se salvará, pero el que se niegue a creer, se condenará” (Mc 16, 16).
-Para donarnos la vida divina de la gracia: “Yo he venido para que las almas tengan vida” (Jn 10, 10); “El que coma de este Pan tendrá vida eterna” (Jn 6, 51).
2. El Hijo de Dios también se hizo hombre para anunciarnos el Reino de      Dios: “El Reino de Dios está cerca; arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Pero Jesús no solo nos anunció que el Reino de Dios está cerca, sino que nos mostró el Camino para ir hacia ese Reino, que es Él mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) y nos dio la gracia santificante, que nos permite no solo imitarlo, sino ser como Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

         Nota: es muy importante saber que Jesús es una Persona histórica –es decir, que existió real y verdaderamente- y que por lo tanto, NO ES un “invento” de las comunidades primitivas cristianas. Toda su vida está documentada por la Sagrada Escritura –que, en este sentido, es un libro de historia-. Puesto que es un ser real y no ficticio o imaginario, podemos saber acerca de toda su vida, leyendo los Evangelios. Según estos, nació en Belén –que significa “Casa de Pan”- milagrosamente de la Virgen María –que por ese hecho se convirtió en Madre de Dios, sin dejar de ser Virgen-, en tiempos del rey Herodes (Mt 2, 1) y pasó 30 años de vida oculta, pobre y laboriosa, en Nazareth (Lc 3, 23) y durante ellos fue un hijo ejemplar, obediente a sus papás terrenos, San José y la Virgen María, “creciendo en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52), en el sentido de que cada día daba más muestras al exterior de la ciencia y virtud divinos que poseía, por ser Él la Segunda Persona de la Trinidad. A los 30 años comenzó su vida pública de predicación, recorriendo los pueblos de Palestina, el actual Israel y confirmando su doctrina -que Él era Dios Hijo-, con milagros: “Si no me creéis a Mí, al menos creed las obras que hago” (Jn 10, 38; Jn 14, 20).


Explicación de las imágenes:


         En esta imagen, vemos a Jesús predicando, como lo dice el Evangelio: “Jesús se compadeció de la gente, porque eran como ovejas sin pastor (…) estuvo enseñándoles un largo rato” (Mc 6, 30-34).  A diferencia de los fariseos y de los doctores de la ley, Jesús cautiva a sus oyentes, porque “habla como quien tiene autoridad”, porque Él es la “Sabiduría de Dios Encarnada”. En la figura, señala con el índice hacia el cielo, indicando que es de donde Él ha venido, e indicando la procedencia de su sabiduría. Sólo Jesús tiene “palabras de vida eterna”, y es la razón por la cual, quienes lo escuchan, como los que aparecen retratados en la escena, quedan profundamente conmovidos, porque la Palabra de Dios llega a lo más profundo del ser del hombre. Todos están atentos a las enseñanzas de Jesús; hacen silencio y se acercan para escuchar la Voz del Verbo que habla con labios humanos; pero no solo los hombres quieren escuchar al Verbo de Dios Encarnado: también los ángeles de Dios, que bajan del cielo, como los dos pequeños querubines, que se acercan sigilosamente para escuchar las enseñanzas de Jesús.
Las principales enseñanzas de Jesús son: que debemos ser “mansos y humildes de corazón como Él” (Mt 11, 29); que debemos amar a Dios y al prójimo y sobre todo, que debemos “amar a los enemigos” (Mt 5, 44); que debemos ser misericordiosos con los más necesitados, si queremos entrar en el Reino de los cielos (Mt 25, 35-45); que debemos alimentarnos de la Eucaristía para tener en nosotros la Vida eterna (Jn 6, 56), etc.

         En esta otra imagen, vemos a un sacerdote enseñando el Catecismo, el cual continúa así la predicación y obra de Jesucristo, pues de Él ha recibido la misión de predicar y enseñar las verdades de la fe y la moral cristianas, además de celebrar la Santa Misa, perdonar los pecados en la Confesión, etc. El que escucha al sacerdote, escucha a Dios.
         Pero no solo el sacerdote puede y debe enseñar el Catecismo, sino todo bautizado que esté capacitado. Con respecto al significado de la enseñanza del Catecismo a los niños, dice San Marcelino Champagnat:




         Práctica: Leeré con frecuencia el Evangelio o Buena Nueva para conocer mejor a Jesucristo y ayudaré a otros a que se enteren del Evangelio, pero sobre todo, trataré de vivir según el Evangelio. Pío XII dijo: “Ningún hogar sin el Evangelio”. Papa Francisco: el Evangelio se resume en esta expresión: “Dios nos ama con amor gratuito y sin límites”.
         Palabra de Dios: “Jesucristo vino a este mundo a salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15). “En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros” (1 Jn 3, 16). “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se o dará por añadidura” (Mt 6, 33).
         Ejercicios bíblicos: Jn 7, 46; Lc 2, 47; Mc 2, 12; Hch 10, 38.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

domingo, 22 de marzo de 2015

El Evangelio para Niños: “El grano de trigo tiene que morir para dar fruto”


(Domingo V – TC – Ciclo B – 2015)

         Jesús habla de un grano de trigo, que tiene que caer en la tierra, hundirse, desaparecer y así morir, como grano, para dar lugar al fruto, que es la espiga, cargada de trigo, con el cual se hace el pan. Si el grano de trigo no cae y muere, no puede dar fruto.
         ¿Quién es ese grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto?
         Es Él en la cruz: Él, en la cruz, es el grano de trigo que muere el Viernes Santo, es sepultado en el sepulcro, permaneciendo allí tres días, hasta el Domingo de Resurrección, y el Domingo, da el fruto de la Resurrección. Él es el grano de trigo que muere y germina, dando el fruto de la Resurrección, que es el Pan de Vida eterna, su Cuerpo resucitado.
         Así como el grano de trigo muere, es enterrado, germina, da el fruto de la espiga de trigo y al trigo se lo cuece con el fuego, para hacer el pan que nos alimenta y nos da vida, así Jesús en la cruz, es el grano de trigo que muere en la cruz, es sepultado en el sepulcro, y germina, es decir, da el fruto de la resurrección, porque su Cuerpo, que es como la espiga de trigo, recibe, en el sepulcro, de Él mismo y del Padre, el soplo del Espíritu Santo, que es Fuego de Amor Divino, y ese Fuego que es el Espíritu Santo, es el Fuego que cuece, que cocina el trigo, y convierte el trigo, que es el Cuerpo de Jesús, en Pan Vivo bajado del cielo, que cuando lo consumimos en la Comunión, nos da la vida eterna.

         Si Jesús es el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto, nosotros también somos el grano de trigo que tiene caer en tierra y morir para dar fruto: morir al hombre viejo, el hombre dominado por el enojo, el egoísmo, la pereza, la envidia, los deseos malos, para así dar fruto, que es vivir la vida de la gracia, la vida de la pureza, de la castidad, del Amor de Dios a los papás, a los hermanos y a todo el mundo.

viernes, 11 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: Domingo de Ramos


(Ciclo A - 2014)
          Jesús ingresa en Jerusalén montado en un borrico. Cuando los habitantes de Jerusalén se dan cuenta de que Jesús está por pasar bajo las puertas de Jerusalén, todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, salen a su encuentro, cantando hosannas y aleluyas. Todos están muy contentos con Jesús, porque se acuerdan de los milagros que hizo. Ahí están los que se habían alimentado el día que Jesús multiplicó los panes y los peces; están los que habían bebido el vino milagroso de las Bodas de Caná; está el hijo de la viuda de Naím, que volvió milagrosamente a la vida; están los que se alimentaron con los peces de las pescas milagrosas; están los que habían sido liberados de los demonios; están los que habían vuelto a ver, a oír y hablar, y los que habían sido sanados de toda clase de enfermedades, y están también los que recibieron muchísimos otros milagros, que no están relatados en los Evangelios porque si no habría lugar en el mundo para poner tantos libros, pero que sí sucedieron y fueron realidad. Todos los habitantes de Jerusalén, movidos por el Espíritu Santo, llenos de alegría, reconocieron en Jesús al Hombre-Dios, al Rey de los cielos, al Rey de hombres y ángeles, y por eso le cantaban: "Viva Jesús, el Rey de Israel", y al pasar Jesús, montado en un burrito, agitaban hojas de palma y lo aclamaban muy contentos.
          Esto es lo que sucedió el Domingo de Ramos. Pero algo debió pasar entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, porque esa misma gente, que el Domingo de Ramos tenía al Espíritu Santo en sus corazones y por eso aclamaba llena de alegría a Jesús como a su Rey y le cantaba hosannas y aleluyas dejándolo entrar en la ciudad de Jerusalén, símbolo del corazón del hombre, el Viernes Santo, ya no lo reconoce más como a su Rey, lo acusa de mentiroso, no se acuerda más de sus milagros, le hace un juicio injusto con testigos falsos y mentiroso porque todo lo que dicen es mentira, lo condena a muerte, lo insulta, lo flagela, le coloca una corona de espinas, le carga una cruz de madera, lo expulsa de la ciudad de Jerusalén, que es símbolo del corazón -entonces, si el Domingo lo había dejado entrar en el corazón, ahora lo expulsa del corazón-, le hace subir por el Camino del Calvario y, finalmente, una vez llegado a la Cima del Monte Calvario, lo crucifica.
          ¿Qué pasó en el corazón de los habitantes de Jerusalén, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo?
         Lo que pasó es lo que San Pablo llama el "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7)y es cuando el corazón humano deja de adorar al Dios Verdadero y da lugar al diablo, es decir, cuando hace el mal, cuando comete el pecado, y eso es lo que les pasó a los habitantes de Jerusalén.
          ¿Cómo sucedió? Sucedió que el Domingo de Ramos, sus corazones estaban llenos del Espíritu Santo y por eso todos estaban alegres y contentos con Jesús y todos le cantaban hosannas y aleluyas y lo aclamaban como a su Rey y Señor, pero el Viernes Santo, como habían expulsado de sus corazones al Espíritu Santo, en sus corazones reinaba el Príncipe de las tinieblas, Satanás, y por eso desconocían a Jesús y preferían a Barrabás, que era un ladrón, y al no reconocer a Jesús, que era el Cordero de Dios, creyeron que Jesús era un impostor y lo condenaron a muerte. Estaban engañados por el Diablo. Una santa, Ana Catalina Emmerich, vio en una visión, que los que insultaban y crucificaban a Jesús, estaban rodeados de muchos ángeles caídos, de formas horribles, que los animaban a que insultaran y golpearan y crucificaran a Jesús. Dice así la santa: "El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mí, cuanto que veía figuras horrorosas de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles, y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y en el corazón de los circunstantes y se ponían sobre sus hombros, y estos sentían el alma llena de pensamientos abominables o proferían horribles imprecaciones" (cfr. Pasión y Resurrección de Jesús. Visiones y Revelaciones, Editorial Guadalupe, Ágape Libros, Buenos Aires 2007, 138). Esto es lo que hace el pecado en el alma: expulsar a Jesús del corazón, como les pasó a  los habitantes de Jerusalén: primero lo recibieron con palmas, y eso es el estado de gracia, cuando Jesús entra en Jerusalén; pero cuando el alma peca y Jesús es expulsado, eso es el pecado mortal, y en ese corazón, Jesús ya no es más el rey de ese corazón, sino que en esa ciudad, en ese corazón, reina el Príncipe de las tinieblas, porque Jesús ha sido expulsado.
          Pero no todos los habitantes de Jerusalén rechazaron a Jesús; el Viernes Santo había un pequeño grupo, los Hijos de María, que estaba junto con la Virgen, orando, que amaba mucho a Jesús y nunca renegó de Él y este grupo, muy pequeño, estaba junto con la Virgen, alrededor suyo, y como la Virgen irradiaba mucha luz, también ellos, aunque había mucha oscuridad alrededor, los alcanzaba la luz que salía de la Virgen, que estaba cerca la cruz. Los que formaban este grupo mariano sí tenían al Espíritu Santo en sus corazones y por eso sus corazones estaban iluminados y radiantes, porque nunca habían expulsado a Jesús de sus corazones y junto con la Virgen, daban mucho consuelo a Jesús con sus oraciones en el Viernes Santo, en el Calvario, en medio de tantos sufrimientos. La Beata Ana Catalina veía muchos ángeles alrededor de Jesús, de la Virgen y de los amigos de Jesús: "Veía con frecuencia sobre Jesús figuras de ángeles llorando o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús" (cfr. Pasión y Resurrección, ibidem).

          Nosotros somos los Hijos de María; no nos comportemos como la multitud del Domingo de Ramos, que un día aclama a Jesús y al otro día lo expulsa de su corazón; como la Virgen, permanezcamos junto a la cruz, y arrepentidos de nuestros pecados, nos arrodillemos para besar los pies ensangrentados de Jesús.