Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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miércoles, 5 de octubre de 2016

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios de Luz


         Primer Misterio: El Bautismo de Jesús: Mientras Juan bautiza a Jesús, el Espíritu Santo desciende sobre su cabeza y se escucha la voz de Dios Padre: “Éste es mi Hijo muy querido”. Gracias a Jesús, cuando fuimos bautizados, Dios nos envió el Espíritu Santo y nos adoptó como “hijos suyos muy queridos”. ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, haz que yo me comporte como hijo adoptivo de Dios!
         Segundo Misterio: Las Bodas de Caná: Por intercesión de la Virgen, Jesús hace un milagro: convierte el agua en vino, como anticipo de la conversión del vino en su Sangre, en la Santa Misa. ¡María, Madre de Dios, intercede para que mi corazón sea como las tinajas de Caná, para que se llenen con el Vino de la Nueva Alianza, la Sangre de Jesús!
         Tercer Misterio: La predicación del Reino y el llamado a la conversión: Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, pero para poder entrar en él, debemos separar nuestro corazón de las cosas de la tierra, y elevarlo al cielo. ¡Oh María, Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que nuestros corazones contemplen y amen a tu Hijo, Jesús Sacramentado!
         Cuarto Misterio: La Transfiguración en el Monte Tabor: Jesús deja traslucir su gloria, que resplandece más que mil soles juntos, y así como está en el Tabor, así resplandece en la Eucaristía. ¡Oh Jesús, Sol de mi alma, ilumíname con los rayos de tu gracia, para que ya no viva más en la oscuridad del pecado!

         Quinto Misterio: La institución de la Eucaristía: En la Última Cena, Jesús instituye la Eucaristía, quedándose entre nosotros bajo apariencia de pan, para darnos el Amor de su Sagrado Corazón y acompañarnos “todos los días, hasta el fin del mundo”. ¡Oh Jesús, haz que desee tanto tu compañía, que no pueda vivir ni un solo día sin la Eucaristía!

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Evangelio para Niños: "En el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte..."

 
(Domingo 24 - TO - C - 2013)
          En el Evangelio de hoy Jesús nos cuenta qué es lo que pasa en el cielo, en donde están los ángeles y los santos, cuando un pecador se convierte: los ángeles y los santos, que ya están alegres en el cielo, se alegren todavía más, y hacen fiesta, y se ponen más contentos.
          ¿Qué quiere decir esa palabra "conversión", que hace que los ángeles se alegren en el cielo?
          Para saber qué quiere decir la palabra "conversión", nos imaginemos una flor muy linda, que se llama "girasol". ¿Qué hace esta flor? Cuando es de noche, el girasol está agachado hacia abajo, y todos sus pétalos están juntos, porque la flor está cerrada. Pero cuando sale el sol, el girasol levanta su cabeza, por así decir, y deja de mirar a la tierra, para empezar a mirar al sol, porque se siente atraído por su luz, y sigue al sol a lo largo de su recorrido por el cielo. Pareciera como que el girasol está triste por la noche, cuando hay oscuridad, y por eso se queda agachadito, mirando hacia la tierra, pero se pone alegre cuando sale el sol, y lo sigue por donde va en el cielo, porque le gusta mucho la luz del sol. El girasol "se da vuelta" cuando aparece el sol y se mueve hacia donde el sol se mueve, y por eso se llama "girasol".
          Bueno, esto que pasa con el girasol, pasa con nuestro corazón: cuando nuestro corazón no conoce ni ama a Dios, está oscuro y triste, y está con su cara mirando hacia abajo, hacia el suelo, y se siente atraído por las cosas de este mundo, pero cuando conoce a Dios, que se llama Jesucristo, entonces se pone alegre porque lo ama, y así el corazón deja de mirar hacia la tierra, para mirar a Jesús, que está en la Cruz y en la Eucaristía, y cuando el corazón mira a Jesús, se alegra porque lo ama, y quiere seguirlo adonde sea que vaya Jesús.
          Cuando el corazón hace este giro y deja de mirar a la tierra para mirar a Jesús, esto se llama "conversión", y los ángeles se alegran porque el que se convierte, es decir, el que empieza a mirar a Jesús en la Cruz y en la Eucaristía, empieza a amarlo y eso es, casi, casi, como estar ya en el cielo, viviendo todavía en la tierra.

          

sábado, 7 de mayo de 2011

Los nombres de la Misa (I): "Santo sacrificio del altar"

La Misa se llama "Santo sacrificio del altar"
porque en ella Jesús, invisible,
hace lo mismo que hace en la cruz:
entrega su Cuerpo en la Eucaristía
y derrama su Sangre en el Cáliz.

¿Cuáles son los nombres de la Misa? La Misa tiene tres nombres: “Santo sacrificio del altar”, “Banquete eucarístico”, y “Memorial”.

Hoy vamos a ver el primer nombre, “Santo sacrificio del altar”.

¿Porqué la Misa se llama “Sacrificio del altar”? ¿Qué sucede en la Misa para que se llame así? Primero hay que ver qué es “sacrificio”: un “sacrificio” es dar algo que cuesta mucho. Por ejemplo, si alguien tiene mucha hambre, y tiene para comer sólo un poco de pan, y viene alguien que también tiene mucha hambre, es un sacrificio compartir el pan, porque querría comerlo todo. Por ejemplo, si yo tengo la mesa llena de comida, y viene alguien a pedirme algo para comer, no es un sacrificio que yo le de algo, porque me sobra. El sacrificio tiene mucho valor, porque es mucho más valioso dar de lo que nos falta, que dar lo que nos sobra. Cuando el Ángel Custodio de Portugal se les apareció a los pastorcitos, les dijo que hicieran sacrificios, y les dijo que “De todo se puede hacer sacrificio”, y que lo hicieran, porque “los corazones de Jesús y de María están atentos a vuestras súplicas”. Cuando hacemos un sacrificio, Jesús y la Virgen nos ven, y están atentos a lo que le pedimos, y lo primero que le tenemos que pedir, al hacer un sacrificio, es la conversión de los pecadores, para que los pecadores no se vayan al infierno. Y cuando hagamos un sacrificio, tiene que ser en secreto y en silencio; nadie tiene que enterarse, y mucho menos hay que andar diciendo que uno hace sacrificios; sí se puede decir a un mayor, en secreto, que pueden ser los padres, o algún sacerdote.

“De todo se puede hacer sacrificio”, como dice el ángel, no solo con la comida; puede ser con el tiempo, con las cosas que más me gustan, e incluso con el mismo cuerpo. Hay cosas que son sacrificio, y otras que no son. Si yo estuve estudiando mucho, y me gané como recompensa un tiempo para jugar videojuegos en la computadora, y justo cuando voy a jugar viene mi mamá y me pide que vaya al almacén a comprar algo, es un sacrificio que yo deje de jugar, o incluso que hasta no juegue nada, para ir a hacer las compras que mi madre me pide. Y lo tengo que hacer sin protestar, ni por dentro ni por fuera, contento porque puedo hacer un sacrificio para ofrecerlo a Jesús, pidiendo por los pecadores. Pero no es un sacrificio que yo esté jugando cinco horas seguidas en la computadora, y cuando me piden que la deje, la dejo, y encima, refunfuñando y enojándome. Tampoco es un sacrificio haber estado jugando al fútbol cinco horas con los amigos del barrio, y recién después entrar en casa, cuando me habían dicho que entrara hacía rato. Es un sacrificio, por ejemplo, comer menos de lo que me gusta, o comer más de lo que no me gusta, o no protestar cuando los fideos parecen más un mazacote de engrudo y no fideos al pesto; es un sacrificio no tomar agua helada cuando hace calor, o tomar poco jugo en vez de mucho, para que alcance para todos.

También con el cuerpo puedo hacer sacrificios, como por ejemplo, pasar un poco de sed, es decir, cuando tengo sed, no tomar ahí nomás agua, o jugo, y quedarme con sed por un tiempo, para acordarme de cuando Jesús tenía sed en la cruz, y pedirle por la conversión de los pecadores.

La Misa entonces es un sacrificio, el sacrificio del altar, y quien hace, invisible, un sacrificio en el altar, es Jesús, y por eso el sacerdote dice así en la Misa, después de presentar las ofrendas del pan y del vino en el altar: "Oremos, hermanos, para que este SACRIFICIO mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso" (cfr. Misal Romano, pág. 423). En la Misa, Jesús hace un sacrificio, algo que le cuesta mucho, porque lo que da, es su propia vida: da su vida, y con su vida, su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, en la cruz.

¿De qué manera hace Jesús un sacrificio en la Misa?

En la Misa, sobre el altar, Jesús hace el mismo sacrificio que hace en la cruz: entrega su Cuerpo en la Eucaristía, y derrama su Sangre en el cáliz. El mismo sacrificio que Jesús hace en la cruz, lo hace en la Misa, solo que invisible.

¿Y cómo es que no vemos nada? Porque en la Misa sucede algo que no vemos con los ojos del cuerpo. Algo invisible, misterioso, que sólo puede ser visto con los ojos del alma, iluminados con la luz de la fe.

Imaginemos el altar, que no es de piedra, sino de luz, una luz blanca, muy intensa. En él están el pan y el vino. En la consagración, Jesús baja desde el cielo, en la cruz, y el pan se convierte en su Cuerpo, y el vino en su Sangre. En la Misa, Jesús está, en el altar, con su cruz, obrando el sacrificio del altar, entregando su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

¿Y porqué hace Jesús este sacrificio tan grande? Para salvarnos y llevarnos al cielo, y lo hace movido por un infinito amor. El amor de Jesús es tan grande, que lo lleva a entregarse en sacrificio en la cruz, por nosotros.

Por esto es que la Misa se llama también: “Santo sacrificio del altar”.

No vengamos a Misa con las manos vacías: hagamos algún sacrificio durante la semana, para ofrecerlo a Jesús el Domingo, en el Santo Sacrificio del Altar.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuaresma es tiempo de cambio del corazón

Convertirse es girar el corazón,
como un girasol,
hacia el Sol de Vida eterna, Jesucristo

¿Qué es la conversión? Es el cambio del corazón. ¿Y cómo es el cambio de corazón? Para darnos una idea de qué es el "cambio de corazón", veamos qué es lo que pasa con una flor muy particular, el girasol, que, como dice su nombre, gira alrededor del sol –en inglés, “girasol” se dice: “sunflower”, que sería algo así como: “flor del sol”-: por la noche, está quieto, con sus hojas replegadas sobre la corola, y vuelto hacia el suelo, pero cuando empieza a amanecer, y en el cielo aparece una estrella, que es la estrella de la mañana, o la Aurora, y cuando empieza a salir el sol, parece como si el girasol se “despertara”: sus hojas se abren, su corola se levanta, y se enfoca en dirección al sol, y durante el día va girando hacia donde va el sol.

Nuestro corazón, sin Jesús, sin la conversión, es como el girasol durante la noche: el corazón está cerrado, frío, sin amor, y dirigido hacia el suelo, hacia la tierra, hacia las cosas bajas. Pero con la conversión, el corazón, movido por la Virgen –que también se llama “Estrella de la mañana”- se despierta, comienza a girar, y comienza a mirar para arriba, adonde está el Sol de justicia, que es Jesús.


Así debe ser nuestro corazón en Cuaresma: debe girar y enfocar hacia ese Sol de los cielos, que es Jesucristo, y debe estar siempre pero siempre enfocado en Él.

Imaginemos que vemos un campo inmenso de girasoles: cuando es de noche, están quietos, cerrados, y hacia abajo; cuando comienza a salir el sol, se abren, giran, y siguen, desde la tierra, al sol que está en el cielo. Así deben ser los corazones de los hombres, y también nuestro corazón, en Cuaresma.

Y es para esto, para que nosotros nos convirtamos, para que nuestro corazón sea como el girasol, que sufrió Jesús en el Huerto de Getsemaní. Allí en el Huerto, Jesús sufrió muchísimo, por tres cosas: como Él era Dios Hijo, veía espiritualmente toda la fealdad del mal, y eso le provocaba horror, como cuando alguien ve algo que le causa espanto, a causa de lo feo y malo que es, pero además Jesús veía no solo un pecado, sino los pecados de todos los hombres, de todos los tiempos, desde Adán y Eva, hasta el pecado original del último bebé que iba a nacer en el Último Día, el Día del Juicio Final; lo segundo por lo que Jesús sufría en el Huerto, era porque como Dios que era, veía que todos los pecados de todos los hombres, Él los iba a llevar sobres sus hombros y en su espalda, y que Dios lo iba a castigar a Él, con todo su enojo, para no tener que castigarnos a nosotros, y sabía que eso le iba a hacer doler mucho, y que también iba a morir, y por eso Jesús sufría, y sufría tanto pero tanto, que empezó a sudar sangre; lo tercero por lo cual sufría Jesús, era que Jesús veía que, a pesar de que Él iba a llevar los pecados de todos los seres humanos, y a pesar de que iba a soportar los latigazos, los insultos, la corona de espinas, y que iba a dar su vida en la cruz, derramando hasta la última gota de sangre, a pesar de eso, muchos, pero muchos hombres, iban a desperdiciar su sacrificio, porque no se iban a convertir, y se iban a condenar en el infierno.

En el Huerto, lo que más dolor le daba a Jesús, era ver cómo muchas almas caían en el infierno, porque no querían convertirse aquí en la tierra, no querían volver sus corazones a Dios, como hace el girasol cuando sale el sol; Jesús veía cómo muchos se iban a condenar porque no se querían convertir, es decir, no querían ser buenos.

Le prometamos a Jesús que en esta Cuaresma vamos a tratar de no hacerlo sufrir, y vamos a buscar la conversión, para que nuestro corazón, como el girasol, desde la tierra, mire siempre hacia el cielo, adonde está ese hermosísimo Sol que es Jesús.

Así como los girasoles giran, buscando la luz del sol,
así nuestros corazones deben buscar la gracia de Jesucristo,
Sol divino