Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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miércoles, 12 de junio de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (VII) - Cuarta Aparición de la Virgen – 19 de agosto de 1917



Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (V) - Cuarta Aparición de la Virgen – 19 de agosto de 1917

El día 13 de agosto, en que debía darse la cuarta aparición, los videntes no pudieron a la cita con la Virgen en Cova da Iría, pues fueron raptados por el Administrador de Ourém quien, con amenazas, quiso arrancarles el secreto. Sin embargo, a pesar de su corta edad y a pesar de la violencia moral y verbal dirigida contra ellos, bajo la forma de múltiples amenazas –incluso los amenazaron de muerte, diciéndoles que los iban a “freír en aceite”, los niños permanecieron firmes y no cedieron a las presiones.
Sin los niños, retenidos por la fuerza, la Virgen lo mismo se hizo presente. A la hora de costumbre, se oyó en Cova da Iría un trueno, al que siguió un relámpago, habiendo notado los espectadores una pequeña nube blanca que se posó algunos minutos sobre la encina. Se observaron también fenómenos cromáticos de diversos colores en el rostro de las personas, en las ropas, en los árboles y en el suelo. Esto indicaba que Nuestra Señora había venido, pero no encontró a los videntes.
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Tres días más tarde, el día 19 de agosto, para cuando ya habían sido liberados los niños, Lucía estaba con Francisco y otro primo en el lugar llamado Valinhos, en una propiedad de uno de sus tíos, cuando a eso de las cuatro de la tarde, comenzaron a producirse las alteraciones atmosféricas que precedían a las apariciones de Nuestra Señora en Cova da Iría: un súbito refrescar de la temperatura, un oscurecimiento del sol y el característico relámpago. Lucía, sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y los envolvía, mandó llamar rápidamente a Jacinta, que llegó a tiempo para ver a la Virgen aparecerse sobre una encina un poco mayor que la de Cova da Iría.
El diálogo entre Lucía y la Virgen, en la Cuarta Aparición de la Virgen, fue el siguiente:
Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?
Nuestra Señora: Quiero que continuéis yendo a Cova da Iría el día 13 y que sigáis rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean.
Lucía: ¿Qué desea que hagamos con el dinero que deja la gente en Cova da Iría?
Nuestra Señora: Que hagan dos andas. Una la llevas tú con Jacinta y otras dos niñas vestidas de blanco, y la otra que la lleve Francisco y otros tres niños. Las andas son para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El dinero que sobre, es para ayuda de una capilla que mandarán hacer.
Lucía: Quería pedirle la curación de algunos enfermos.
Nuestra Señora: Sí, a algunos curaré durante el año. Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas.
Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este.
Los videntes cortaron ramas del árbol sobre el cual Nuestra Señora se había aparecido, y las llevaron a casa. Las ramas exhalaban un perfume singularmente suave[1].    


         -Los niños no pueden acudir a la cita porque son secuestrados por las autoridades civiles de Ourem, quienes incluso los amenazan de muerte. De esta manera, se cumplen las promesas de la Virgen, de que sufrirían tribulaciones en caso de aceptarlas libremente por la conversión de los pecadores. El hecho de que los detuvieran y los amenazaran de muerte, pero sin finalmente llevar a cabo esta amenaza, demuestra que es vano el intento del hombre de detener el designio de Dios, ya que es como pretender ocultar el sol con una mano: puede ser que de momento no se reciba la luz del sol en el rostro, porque está oculto por la mano, pero el sol continúa existiendo e irradiando su luz sobre la tierra, y así sucede con los planes de Dios, que siempre se llevan a cabo. También es importante considerar que incluso hasta quien obra el mal, como el caso de las autoridades civiles de Ourem, es conducido por Dios para que su Voluntad siempre se realice. En este caso, los niños sufrieron la angustia de la persecución por el Nombre de Jesús, con lo cual adquirieron la bienaventuranza de ser perseguidos por Él y por el Reino de Dios. Los que obran el mal también tienen oportunidad de santificación, porque si se arrepienten del mal realizado, Dios, que es Misericordia infinita, los perdona siempre.
         Significado espiritual de la Cuarta Aparición de la Virgen
         -La Virgen vuelve a pedir el rezo del Rosario todos los días, por la conversión de los pecadores, y vuelve a pedir también las mortificaciones o sacrificios, por la misma intención. Para animarnos a la oración, al rezo del Rosario y a hacer sacrificios, la Virgen nos recuerda la visión del infierno de la Aparición anterior: “muchos se condenan en el infierno porque no hay nadie que rece ni haga sacrificios por ellos”. Esto quiere decir que cuando rezamos y cuando hacemos alguna mortificación o sacrificio, o cuando aceptamos con paciencia y amor alguna mortificación que nos sobrevenga, y unimos esto interiormente al sacrificio de Jesús en la Cruz y en la Santa Misa, estamos haciendo algo infinitamente más grande que lo que parece o puede parecer a simple vista. Por ejemplo, si en vez de protestar por la comida que no nos gusta, nos acordamos a Jesús que en la Cruz tiene hambre y sed, y se lo ofrecemos en silencio y con amor, lo que estamos haciendo, en realidad, no es simplemente “ser buenos”, ni tampoco simplemente estamos ejercitándonos en la virtud: lo que estamos haciendo, al unir ese pequeño sacrificio, con el sacrificio de Jesús, es: ¡salvar un alma! Cuando rezamos el Rosario, no estamos simplemente recitando unas oraciones de memoria: nos unimos espiritualmente a Jesús, que en la Cruz y en la Santa Misa, ora por nuestra salvación a Dios Padre. Por este motivo, el hecho de rezar -y sobre todo rezar el Rosario- y hacer sacrificios o mortificaciones, es algo grandísimo, algo que solo en el cielo podremos llegar a apreciar en todo su significado: por recitar las Avemarías meditando los misterios de la vida de Jesús; por no quejarnos, por hacer lo que nos piden, por ser pacientes, por ejercer la humildad, estamos salvando un alma de la condenación eterna, porque estamos uniéndonos a Dios en su obra de iluminar las almas con su gracia, y cuando Dios ilumina con su gracia al alma, en lo más profundo del corazón y de la mente, esa persona deja de obrar el mal y empieza a amar a Dios y a obrar el bien, y así comienza su camino de salvación, su camino para ir al cielo, y eso se llama “conversión”.
         Como vemos, rezar el Rosario y hacer sacrificios, penitencias y mortificaciones, son pequeñas acciones que, unidas al Sacrificio de Jesús en la Cruz y en la Santa Misa –que es el mismo y único sacrificio-, se convierten en algo grandioso: ¡unidos a Jesús y a la Virgen, salvamos muchas almas de condenarse en el infierno!  


[1] Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 61-65.

miércoles, 5 de junio de 2013

Apariciones de la Virgen María en Fátima explicadas para Niños (VI) –Tercera Aparición de la Virgen - 13 de Julio de 1917


En el Infierno, los condenados deberán soportar la 
horrible visión y presencia de los demonios, 
quienes se burlarán de los condenados y los castigarán durísimamente 
por toda la eternidad.

Mientras se acercaba la fecha de Julio Lucía sufría tribulaciones a causa de la posición sostenida por el párroco quien le advertía que el diablo podría estar detrás de estas apariciones. A causa de estas sospechas Lucía le confió a Jacinta que su intención era la de no ir. Pero cuando el día finalmente llegó, sus miedos y ansiedades se desaparecieron, de manera que a las doce estaba en Cova de Iría con Jacinta y Francisco, esperando la llegada de la bella Señora. 
La Tercera Aparición, la del 13 de julio, se mostró como una de las más importantes de todo el mensaje de la Virgen en Fátima, estando formada por un secreto dividido en tres partes, secreto que los niños guardaron celosamente. Las primeras dos partes, la visión del infierno y la profecía del futuro rol de Rusia y cómo prevenirlo, fueron reveladas recién en el año 1941, cuando Lucía escribió su tercer diario. La tercera parte, comúnmente conocido como el Tercer Secreto, fue más tarde comunicado al obispo, quien lo envió sin leer al Papa Pío XII.
Así narra Lucía esta Aparición: “Unos minutos después de haber llegado a Cova da Iría, cerca de la encina donde la Virgen se había posado en la Aparición anterior, donde un gran número de personas estaban rezando el Rosario, vimos un flash de luz una vez más, y un momento después Nuestra Señora se apareció en la encina.
“Lucía”, dijo Jacinta, “habla. La Señora te está hablando”.
“¿Sí?”. Dijo Lucía. Ella habló humildemente, pidiendo perdón por sus dudas con todos sus gestos, y le dijo a la Señora: “¿Qué quieres de mí?”.
“Quiero que vengan aquí el día trece del mes que viene. Continúen rezando el Rosario todos los días en honor a Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el final de la guerra, porque sólo Ella puede obtenerlo”.
“Sí, Sí”.
“Yo quisiera preguntarle quién es usted, y si puede hacer un milagro para que todo el mundo sepa a ciencia cierta que se ha aparecido”.
“Deben venir aquí todos los meses, y en octubre yo te diré quién soy y lo que quiero. Después haré un milagro para que todos crean”.
Con mucha confianza en la Virgen, Lucía comenzó a presentarle a la Virgen las peticiones que todos le habían confiado. La Señora dijo muy gentilmente que ella curaría a algunos, pero que a otros Ella no curaría.
“¿Y el hijo paralítico de Maria da Capelinha?”.
“No, no será curado ni de su enfermedad ni de su pobreza, y debe de asegurarse de rezar el Rosario junto a su familia todos los días.
Otro caso encomendado por Lucía a la Señora fue el de una mujer enferma de Atougia quien pidió que se la llevaran al cielo.
“Dile que no tenga prisa. Dile que yo sé muy bien cuando yo vendré a buscarla”.
“Hagan sacrificios por los pecadores, y digan seguido, especialmente cuando hagan un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”.
Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo. (Debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a horribles animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente:
“Ustedes han visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlos que Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz. Esta guerra cesará, pero si los hombres no dejan de ofender a Dios, otra guerra más terrible comenzará durante el pontificado de Pio XI. Cuando ustedes vean una noche que es iluminada por una luz extraña y desconocida (esto ocurrió en Enero 28, 1938) sabrán que esta es la señal que Dios les dará que indicará que está a punto de castigar al mundo con la guerra y el hambre, y por la persecución de la Iglesia y del Papa.
Para prevenir esto, vengo al mundo para pedir que Rusia sea consagrada a mi Inmaculado Corazón, y pido que los primeros Sábados de cada mes se hagan comuniones en reparación por todos los pecados del mundo. Si mis deseos se cumplen, Rusia se convertirá y habrá paz, si no, Rusia repartirá sus errores alrededor del mundo, trayendo nuevas guerras y persecuciones a la Iglesia los justos serán martirizados y el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, ciertas naciones serán aniquiladas. Pero al final mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre consagrará a Rusia a Mí, y esta será convertida y el mundo disfrutará de un período de paz. En Portugal la fe siempre será preservada… (Aquí viene la parte del secreto que aún no ha sido revelado). Recuerden no deben decirle esto a nadie más que a Francisco.
Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y socorre especialmente a los más necesitados de tu infinita Misericordia”.
“¿Hay algo más que quieras de mi?”.
“No, no quiero más nada de ti hoy”.
Luego, al igual que antes Nuestra Señora comenzó a ascender hacia el Este, hasta que finalmente desapareció en la inmensidad del firmamento.
La posesión del Secreto probó ser una gran prueba para los tres pequeños. La familia, los vecinos, seguidores de la aparición, hasta el clero, trató sin éxito que fuera revelado. Finalmente, en cuanto el día de la aparición se acercaba hasta el gobierno civil, que era secular y venenosamente anti-clerical, alarmado por el número de personas que estaban interesándose en los eventos de Fátima, planearon arrestar a los niños y denunciar a la Iglesia como colaboradora en un fraude.

Sor Lucía y la Virgen de Fátima


Enseñanzas espirituales de la Tercera Aparición
-El párroco le advierte a Lucía que el diablo puede estar detrás de las Apariciones. Esto es así, porque como es el “Príncipe de la mentira” (Jn 8, 44), puede “disfrazarse de ángel de luz” (2 Cor 11, 14) e incluso aparecerse como la Virgen, como Jesús o como algún santo, como de hecho ha sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia. Sin embargo, Dios nunca permite que seamos engañados y siempre nos da las herramientas para que podamos discernir si una aparición viene de Dios o del diablo. ¿Cómo saberlo? Dice San Ignacio de Loyola que si el principio, el medio y el fin son todos buenos, señal es que viene  de Dios. Pero si el principio es bueno, el medio es malo, el fin será malo, y entonces es clara señal que no viene de Dios. Otra forma de saberlo es ver a qué nos conduce: si nos lleva al arrepentimiento de los pecados y a detestar las cosas malas por pequeñas que  sean, y si nos enciende el deseo de rezar y de amar a Dios, a la Iglesia y al prójimo, es clara señal que viene de Dios. Lo contrario, es indicio de que viene del demonio. El párroco estaba bien en advertir que podía venir del diablo, pero al ver las señales del cielo, debía aceptar que las Apariciones venían del cielo y no eran ni invento de los niños ni engaños del diablo.
-La Virgen vuelve a pedirles que regresen el próximo mes y que continúen rezando el Rosario todos los días en honor de la Virgen del Rosario. Es la condición para obtener la paz del mundo y el final de la guerra, porque solo Ella puede hacerlo. Esto es así porque el Rosario es un arma espiritual poderosísima por medio de la cual el Instigador del mal, del rencor, de la enemistad entre los hombres, el demonio, queda totalmente desarmado cuando se reza el Rosario. El Rosario, una corona de rosas espirituales que llevan la fragancia del Amor a Dios, corona que le regalamos a la Virgen cada vez que lo rezamos, se convierte para el demonio en una pesadísima cadena con eslabones más duros que el acero, que lo envuelve todo entero y le impide, a él y a sus súbditos, hacer daño a las almas. Cuando no se reza el Rosario, esas cadenas se aflojan, y el demonio y todo el infierno quedan sueltos, y como sólo tienen odio en sus corazones angélicos privados de la gracia y llenos de maldad y rencor, buscan destruir, tentar, engañar, y provocar toda clase de males. Cuando las personas, las familias, las ciudades, las naciones enteras, no rezan el Rosario, se ven expuestas al ataque sin piedad de estos seres malignos, que destruirían el mundo y las almas en un instante si les fuera permitido. De ahí la importancia del rezo del Santo Rosario, y el pedido insistente de la Virgen de que lo recemos todos los días. Las guerras entre los hombres y las violencias de todo tipo van en aumento porque no se hace caso a las advertencias del cielo y no se reza el Rosario como lo pide la Virgen: todos los días.
-Lucía le vuelve a preguntar quién es y le pide un milagro para que todos crean, y la Virgen le dice que le dirá en octubre quién es y que hará un milagro para que todos crean.
-Lucía entonces le pide por algunos del pueblo: uno le había pedido que la Virgen lo cure de su parálisis y que lo saque de la pobreza, pero lo Virgen le dice que no hará ni una ni otra cosa, pero que debe asegurarse de rezar el Rosario todos los días junto a su familia. ¿Por qué la Virgen obra de esta manera? ¿No habría sido una muestra de bondad que se cure de su enfermedad y que deje de ser pobre? La razón por la que la Virgen no le concede lo que pide, es que Ella sabe, con la Sabiduría de Dios, lo que es verdaderamente bueno para nosotros. Ella sabía que si esta persona se curaba de su enfermedad, de su parálisis, usaría sus piernas y pies para obrar el mal, y si salía de su pobreza, usaría su dinero no para ayudar a los pobres y para dar limosna, sino para envanecerse y gastarlo en cosas malas. En otras palabras, la Virgen sabía que si le concedía lo que le pedía, eso serviría solo para la condenación de su alma, y por eso no se lo concede. Sin embargo, le pide que rece el Rosario todos los días con su familia, y esto sí es una doble ayuda: con el Rosario, más que caminar, puede volar espiritualmente al Corazón Inmaculado de María, y de allí al Sagrado Corazón de Jesús y esto es infinitamente más valioso que el hecho de caminar, porque es ya vivir el cielo en la tierra; además, con el Rosario vienen las verdaderas riquezas, aquellas que debemos “codiciar” con todo el corazón para ganarlas y depositarlas en el cielo, las riquezas espirituales, es decir, todo aquello que nos viene de Dios y de su Bondad infinita: la paz, la gracia, la alegría, el amor, la verdadera felicidad. Rezando el Rosario, entonces, esta persona iba a obtener mucho más de lo que pedía: iba a obtener la salud del alma y la riqueza del cielo. Por eso la Virgen no le concede lo que pide, pero sí le pide que rece el Rosario, para obtener infinitamente más de lo que pide.
-Una mujer le pide que la lleve al cielo. La Virgen le dice que no tenga prisa, que Ella sabe cuándo vendrá a buscarla. En la Biblia se dice: “Hay que pasar muchas tribulaciones para llegar al cielo” (Hch 14, 22), y eso es lo que nos dice también el Papa Francisco: “El Señor nos prepara para el cielo con las pruebas, con el consuelo, con las tribulaciones, con las cosas buenas”, porque nos prepara para una “belleza grande”. Esta buena señora quería ir al cielo, y la Virgen la iba a venir a buscar, como queremos que haga con todos nosotros, pero el tiempo y el momento, sólo Ella y Dios lo saben. Además, como lo dice la Biblia y el Papa, es necesario pasar por muchas tribulaciones para llegar al cielo, porque tenemos que desprendernos de todo: de nuestro propio yo, de las cosas materiales, de nuestros seres queridos, pero para reencontrar todo purificado y santificado en la otra vida. Todo lo que dejemos en esta vida por Jesús y su gloria, Él nos lo devolverá multiplicado millones y millones de veces, pero para eso tenemos que saber desprendernos de las cosas, y eso quiere decir que “para llegar al cielo hay que pasar por muchas tribulaciones”. El consuelo es que en la Cruz de Jesús, esas tribulaciones se dulcifican y desaparecen, para convertirse en bendiciones.
-La Virgen vuelve a pedir sacrificios por los pecadores, y les enseña una oración cada vez que se haga un sacrificio: “Hagan sacrificios por los pecadores, y digan seguido, especialmente cuando hagan un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”. El sacrificio o mortificación es el camino más rápido para ir al cielo: un gesto de paciencia, un enojo convertido en sonrisa, una palabra de aliento en la dificultad, no quejarnos, dar ánimo a los demás, ayudar en todo lo que sea posible, según nuestro estado de vida, como por ejemplo levantar la mesa, limpiar los platos, ayudar en el hogar, no discutir, no pelear, buscar la paz, etc., uniendo todo al sacrificio de Jesús en la Cruz, pidiendo por la conversión de los pecadores, y ofreciéndolo en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María, es contribuir a que el Amor, la Bondad y la Paz de Dios reinen en los corazones de nuestros hermanos, y es anticipar el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

-Después de decirles esto, inmediatamente la Virgen abre sus manos, como lo había hecho en la otra Aparición, pero en vez de la luz de Dios, esta vez la luz que salía de sus manos les mostró otra cosa muy diferente: el Infierno. Pero más que mostrárselos simplemente, la Virgen les hizo experimentar su cercanía, y de algún modo los llevó allí, y por eso es que los pastorcitos sintieron terror, hasta el punto de dar Lucía un grito de espanto. Esto es una advertencia para aquellos que no quieren hablar del Infierno a los niños –ni a los jóvenes, ni a los adultos, ni a nadie-: si la Virgen en persona, más que hablarles del Infierno, se los muestra, y más que mostrárselos, les hace vivir la experiencia del Infierno, y esto a unos niños que se encuentran en su más tierna infancia: ¿quiénes somos nosotros para negar esta realidad sobrenatural? ¿Quiénes somos nosotros para ocultar las verdades del cielo? ¿Quiénes somos nosotros para seleccionar los contenidos de la Fe, transmitiendo lo que nos parece y ocultando lo que no nos parecer? ¿Puede acusarse a la Virgen de “cruel” por haberles mostrado y hecho experimentar el infierno a unos niños pequeñísimos? De ninguna manera, por lo tanto, es nuestro deber transmitir las verdades de la fe y entre ellas, el dogma de la existencia del Infierno. Si alguien no se decide a amar a Dios por su bondad, al menos que se abstenga de obra el mal por temor al Infierno y sus horrorosos castigos. Y si lo mismo quiere pecar y condenarse –en el fondo, el que se condena, lo hace porque quiere y porque no quiere salvarse-, que al menos no diga “Yo no sabía que existía un Infierno”, porque nosotros se lo advertimos.
Todos los hombres debemos estar certísimos de la existencia del Infierno y de la posibilidad real de condenación personal, eterna, para siempre, si endurecemos nuestro corazón y obramos el mal sin arrepentirnos. El problema no es obrar el mal, sino, no arrepentirse, y esto es lo que le pasó a Judas Iscariote y también a Pedro, el Primer Papa: los dos traicionaron a Jesús, pero Pedro se arrepintió y se salvó, mientras que Judas Iscariote no se arrepintió y se condenó.
Las penas y dolores del Infierno son dolorosísimas, tremendas, inenarrables, imposibles de imaginar siquiera, y todo lo que podamos saber, son solo una ligerísima aproximación que se quedan muy pero muy lejos de la realidad. Las almas sufren de todas las maneras posibles, sobre todo en los órganos con los cuales se pecó mortalmente y fueron la causa de la condenación eterna: tal como los ven los pastorcitos, los condenados arden como brasas incandescentes, porque el fuego del Infierno lastima cientos de miles de veces más que el fuego que conocemos en la tierra, y a diferencia de este, que al destruir la materia que consumía termina por apagarse, este fuego infernal, por un especial milagro de la Justicia Divina, ni consume los cuerpos ni se apaga, con lo cual el ardor, además de ser insoportable, es eterno, para siempre. Pero además los condenados sufren un castigo especial, además del castigo general, en los órganos con los que pecaron mortalmente, aumentando así el dolor y la pena: los ateos y apóstatas son invadidos por gusanos en sus cerebros; los ladrones sufren las amputaciones de sus miembros; los lujuriosos e impuros son acuchillados en sus partes íntimas; los avaros sufren hambre insoportable; los mentirosos y calumniadores vomitan serpientes continuamente; los brujos son obligados a comer asquerosidades inmundas eternamente, etc. etc., y todo esto envueltos en un mar de fuego y con el pensamiento de que ya no volverán a ver más a Dios –este es el dolor más grande que experimentarán por la eternidad-, y todo por un pecado que duró segundos y que no trajo más satisfacción que la del odio. Muchas de las cosas que vivimos en este mundo, y las tomamos como "normales", son manifestaciones del infierno: la música cumbia, la música rock pesada, el alcoholismo, las drogas, las modas indecentes, las minifaldas, el amor dinero, el amor al poder, la violencia, la mentira, el engaño, la pereza, el ganar dinero sin trabajar, el robar, el quedarse con bienes que no son propios, el confesarse sin propósito de enmienda... Todas estas cosas conducen directamente al infierno. Otro castigo que experimentarán los condenados es la presencia y visión continua de los demonios y de Satanás, seres horribles, espantosos, que provocan un terror y espanto tan grande por su fealdad indescriptible, que provocan la muerte, pero como en el Infierno no se muere más, se tiene que convivir con la visión, presencia, burla y castigo de estos seres malignos y perversos, por toda la eternidad, sin tener posibilidad alguna de escapar o de esconderse de su presencia abominable. Quien no quiera saber nada de Dios y de la Virgen en esta vida y quien no quiera amarlo, tendrá que saber del Diablo y de los demonios en el Infierno, en donde sólo podrá odiar sin descanso, por los siglos sin fin. Quien no quiera ser abrasado en el Fuego del Amor divino, Fuego que no solo no lastima, sino que concede el Amor, la luz, la paz, la alegría de Dios Trino por la eternidad, tendrá que indefectiblemente ser hundido en el mar de fuego que es el Infierno, fuego que lastima, quema, provocar ardor insoportable, sin consumirse, sin detenerse, sin apagarse, para siempre. No en vano la Biblia dice: “Frente al hombre están el bien y el mal; lo que él elija, eso se le dará”. Si elegimos el Bien infinito, Dios Trino, obtendremos de Él todo lo que es Él, Amor infinito; si elegimos el mal, obtendremos el mal infinito, el Infierno. De nosotros depende obtener aquello que queramos: lo que elijamos, eso se nos dará.

El que se condena en el infierno, 
lo hace porque en esta vida 
no quiso amar a Dios Trino.

-No todo está perdido para los pecadores. Mientras haya oración, hay esperanzas de salvación y ese es el motivo por el cual , luego de la visión del infierno, la Virgen pide nuevamente la oración del Rosario, pero ahora agrega algo, y es la devoción al Inmaculado Corazón de María de los primeros Sábados de cada mes: la devoción consiste en rezar el Rosario, meditando sus misterios, confesarse ese día, comulgar, y ofrecerlo todo en reparación por los pecados del mundo. También quiere que Rusia, que propaga el comunismo ateo, enseñado por el Dragón rojo, sea consagrada a su Inmaculado Corazón, para que deje de esparcir sus errores por el mundo, porque es una gran mentira decir que Dios no existe y que los hombres, para ser iguales, tienen que matarse entre sí; si se consagra a Rusia, el mundo tendrá paz.
-Finalmente, la Virgen deja un mensaje esperanzador: “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”. Y esto es así, porque el Corazón de la Virgen, lleno del Amor de Dios, encenderá a todos los corazones en el Amor divino, y así el Amor de Jesús triunfará sobre el odio del Ángel caído.
-La Virgen pide que, al final de cada misterio, se rece así: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y socorre especialmente a los más necesitados de tu infinita Misericordia”. En esta oración, nos reconocemos pecadores y pedimos perdón, como Pedro arrepentido; le pedimos a Jesús que nos libre del horroroso fuego del Infierno, y que perdone y lleve con Él a todos los pecadores, para que ninguno se condene.



viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad para Niños y Adolescentes




         ¿Qué vemos en el pesebre? Vemos a una Madre, a un Niño, a un padre, a algunos animales. ¿Qué significa esta escena? ¿Es un nacimiento más, como tantos otros? ¿Lo que vemos en el pesebre es todo lo que hay, o hay algo más escondido?
         Hay algo más escondido, porque no es el nacimiento de un niño más, es el Nacimiento del Niño Dios, de Dios, hecho Niño sin dejar de ser Dios. Todo lo que vemos en el pesebre tiene un sentido sobrenatural: la Madre, el Niño, el padre adoptivo, la gruta, los animales, los pastores, los ángeles.
         Empecemos por el Niño que vemos acostado en el pesebre de Belén. ¿Quién es este Niño? Es Dios, que viene a nosotros no como vino a Moisés y al Pueblo Elegido, en medio de rayos y truenos y temblores de tierra; Dios no viene a nosotros para amedrentarnos, para hacernos tener miedo; Dios viene a nosotros como un Niño pequeño, recién nacido, para que no dudemos de sus intenciones: ¿acaso alguien puede pensar que un niño recién nacido puede hacer daño? ¿O puede tener malas intenciones? ¿O puede o quiere hacer algún mal? De ninguna manera; un niño recién nacido, ni puede hacer daño, ni tiene malas intenciones, ni puede ni quiere hacer mal; un niño recién nacido es todo inocencia, amor, pureza y ternura; es la obra de las Manos de Dios Padre, y si Dios viene a nosotros como un Niño recién nacido, y extiende sus brazos, es para que lo alcemos, lo abracemos, y lo cubramos de besos.
         Si Dios quisiera, podría venir en medio de fulgores, rayos, truenos, porque cuando Dios se enoja, tiemblan hasta los ángeles del cielo, dice la Virgen a Sor Faustina; pero Dios viene como un niño recién nacido, para que no tengamos dudas de que viene a perdonarnos, a darnos su Amor, a bendecirnos, a darnos su paz, su alegría, su vida divina y, sobre todo, viene a nuestra tierra, a nuestro mundo, a nuestro tiempo, para llevarnos al cielo, a su Reino, a la eternidad.
La Madre que toma en sus brazos al Niño recién nacido y lo mece suavemente, y lo abriga  para después colocarlo suavemente en la cuna, no es una madre más: es la Madre de Dios, la Virgen María, Aquella que fue concebida en gracia y sin pecado original, Llena del Espíritu Santo, para ser precisamente la Madre de Dios Hijo, para poder concebir y alumbrar luego virginalmente a su Niño Dios.
La Virgen también es la otra señal del Amor infinito de Dios, porque Dios viene a este mundo acompañado no de millones de ángeles guerreros, con las espadas de la justicia de Dios listas para descargarlas sobre los pecadores -como por otra parte, tiene todo el derecho Dios de hacerlo, visto la maldad del corazón de los hombres-: Dios viene a este mundo por medio de María Santísima, la Madre más dulce y amorosa de todas las madres dulces y amorosas. Y si Dios viene a este mundo traído por su Mamá, ¿acaso quiere hacernos algún mal? ¿No es su Mamá la garantía de que Dios quiere nuestro amor? ¿No nos está diciendo Dios, al querer ser sostenido por los brazos de una Mujer, la Virgen María, que lo único que quiere es perdonarnos y darnos su Amor? ¿Quién puede resistirse al ver a la Madre de Dios que después de concebir virginalmente a su Hijo, nos lo da amorosamente, para que luego de adorarlo, lo tomemos en nuestros brazos y lo besemos con respeto y amor?
Veamos al padre adoptivo, San José: no es el padre real del Niño, porque el padre real del Niño es Dios Padre, que engendró a su Hijo Dios desde toda la eternidad. San José es el padre virgen, casto y puro, que ama virginal y castamente a la Virgen María y a su hijo adoptivo, Jesús. San José adopta al Hijo de Dios, para que Dios adopte a los hombres como hijos suyos. Como es carpintero, enseñará a su Hijo a trabajar la madera, como un modo de prepararlo para cuando deba subir a la Cruz de madera para ser crucificado y morir allí por todos los hombres.
La gruta en la que nace el Niño, es en realidad un albergue para animales, oscuro, frío, con su suelo lleno de las cosas que los animales hacen, las cuales son limpiadas por la Virgen, mientras San José va a buscar leña para que el Niño tenga luz y calor.
La Virgen y San José deben ir obligadamente a este lugar para hacer nacer al Niño, ya que los otros lugares más cómodos y calientes, los hospedajes y las casas de Belén, están todos ocupados, y en todos les han dicho que no pueden entrar, y les han cerrado las puertas en la cara, sin apiadarse de una mujer embarazada que está a punto de dar a luz.
Los hospedajes y casas de Belén, que no se abren cuando la Virgen golpea a las puertas para poder entrar y hacer nacer al Niño Dios, representan a los corazones de los hombres, endurecidos por el pecado y el mal, que se niegan a la conversión y rechazan a Dios.
La gruta, oscura y fría, representa el corazón humano, que sin Dios, es oscuro y frío, mientras que los animales representan a las pasiones sin control, y así como la gruta, cuando nazca Dios Niño, será iluminada con la luz de la Gracia Increada, que es más fuerte y brillante que mil soles juntos, porque es la luz de Dios, así también el corazón humano, cuando nazca el Niño Dios por la gracia, será iluminado con esta misma luz, la luz que brota del Corazón del Niño Dios, una luz más brillante que mil soles juntos.
Los pastores representan a los hombres de buena voluntad que, aún sin conocer a Dios, obran el bien según el dictado de sus conciencias: están trabajando, porque están pastoreando al momento de recibir el anuncio, y están por lo tanto despiertos y vigilando, atentos a que el lobo no despedace con sus dientes a sus ovejas, es decir, evitan obrar el mal. Esta actitud de los pastores los prepara para recibir la Buena Noticia del Nacimiento de Dios como Niño en Belén.
Por último, los ángeles, los mensajeros de Dios, son los encargados de anunciar, con sus cantos de alegría, que para los hombres ha terminado la oscura noche del pecado, de la triste y penosa rebelión del hombre contra Dios, porque Dios en Persona ha venido a este mundo, como un Niño, para perdonarles sus pecados y, todavía más, para hacerlos ser hijos de Dios y llevarlos al Cielo, a la feliz eternidad en compañía de las Tres Personas de la Trinidad, de la Virgen, y de todos los ángeles buenos. Los ángeles cantan “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”, es decir, paz a aquellos que son como los pastores, que están atentos y vigilantes para obrar el bien y evitar el mal. Y la Iglesia toma el Gloria de los ángeles, para glorificar a Dios que continúa su Nacimiento en el altar, en la Eucaristía, convirtiendo al altar en un Nuevo Pesebre de Belén.
Pero además de los ángeles buenos, también hay un ángel malo, con muchos de sus secuaces, ángeles de sombra y de maldad, no de luz y de amor, como los ángeles de Dios, que no se alegran por el Nacimiento, sino que se llenan de odio y de rabia porque saben que ese Niño los derrotará para siempre cuando abra sus brazos en la Cruz, y también se enojan con su Mamá, porque saben que la Mamá de este Niño, con su delicado piececito, les aplastará la cabeza y los sepultará en el infierno para siempre.
Cuando miremos el Pesebre, entonces, meditemos en todo lo que se ve, y también en lo que no se ve, y pensemos que ese Niño, que es Dios, que abre sus bracitos en su cuna, ha venido a este mundo para abrir después sus brazos en la Cruz, para dar su vida por nosotros, para perdonar nuestros pecados, para hacernos ser hijos de Dios, y para llevarnos al Cielo al final de nuestro paso por la tierra.
Es por esto por lo que nos alegramos en Navidad.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La Espiritualidad de Jacinta



La vida de Jacinta, testigo de las apariciones de la Virgen en Fátima, no solo cambió a partir de su encuentro personal con la Madre de Dios, sino que nos dejó a todos, niños y adultos, un grandísimo testimonio de fe y de amor a Dios, a la Virgen, a los pecadores. Para describir su vida, nos basamos en una entrevista dada por Sor Lucía.

Según relata Sor Lucía, su prima, en una entrevista sobre el carácter de Jacinta realizada por el padre José Galamba de Oliveira, quien era el Presidente Diocesano de la Comisión para la causa de Jacinta y Francisco Marto, Jacinta experimentó una transformación que fue creciendo cada vez más, hasta llegar a su punto culminante antes de morir.
         El cambio fue tan notorio, que hay un antes y un después en la vida de la niña. Por ejemplo, antes de encontrarse con la Virgen, Jacinta era caprichosa, susceptible, y hasta antipática. Si alguien la contradecía en el juego, inmediatamente se enojaba y dejaba de jugar, y para lograr que volviera, había que dejarla elegir según su gusto y parecer, y todos debían hacer lo que ella quería.
         Pero después de las apariciones, todo esto desaparece y Jacinta cambia completamente. La razón, dice Sor Lucía, es que Jacinta recibió “una mayor abundancia de gracia, y un mejor conocimiento de Dios y de la virtud”.
         Quienes estaban en su compañía experimentaban la presencia de “una persona santa que se comunicaba con Dios en todo momento; su comportamiento era siempre serio, modesto y amable, y parecía manifestar la presencia de Dios en todas sus acciones, como una persona de edad y virtud avanzada y no como una niña”. Después de las apariciones, Sor Lucía dejó de notar la frivolidad excesiva o el entusiasmo infantil por los juegos, comunes en los niños, además de desaparecer por completo el capricho y el enojo, y su comportamiento parece corresponder a alguien más maduro: “Todo ese capricho y susceptibilidad desapareció, toda esa energía la volcó en orar y sacrificarse por los pecadores, por su conversión”.
En todo momento está Dios presente; por ejemplo, si algún niño o adulto decían o hacían algo en su presencia que no estaba totalmente correcto, ella les reprobaba diciéndoles que no hicieran eso que ofendía a Dios, quien estaba ya demasiado ofendido.
Pero no perdió su condición de niña, a pesar de este crecimiento interior, ya que demostraba gusto por el canto y el baile, y también manifestaba cosas propias de niñas de su edad. Por ejemplo, cuando iba a Loca de Cabeso, el lugar de las apariciones, le gustaba recoger flores silvestres las cuales le entregaba a su prima Lucía, y algunas veces tomaba en sus brazos a una pequeña ovejita, en imitación del Señor, el Buen Pastor, que buscaba la oveja perdida.
Cuando estaban con ella, dice Sor Lucía, “muchos sentían reverencia en su presencia y esto denota la profundidad y el carácter que se desarrolló en ella después de las apariciones”.
Es decir, luego de las apariciones, Jacinta dejó de lado sus caprichos y susceptibilidades, para adquirir en cambio un espíritu de mortificación y penitencia, como por ejemplo, dejar de beber agua para sufrir voluntariamente la sed, o dejar de comer para darle la comida a los más pobres.
La razón de esto, dice Sor Lucía, es que, primero, “Dios quiso derramar en ella una gracia especial, a través del Inmaculado Corazón de María y, segundo, fue porque ella vio el infierno, y vio la ruina de las almas que caen en él”.
         Fue la visión del infierno y la meditación en su realidad, lo que llevó a Jacinta a crecer cada vez más en santidad, según Sor Lucía. Luego de que la Virgen les mostrara el infierno, Jacinta meditaba frecuentemente en él, según su prima: “Con frecuencia se sentaba en el suelo o en alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir: "¡El infierno, el infierno!”.
         Pero Jacinta no obraba por temor, sino por amor, pues se sacrificaba y hacía mortificaciones y mucha oración, porque estaba movida por un gran amor hacia los pecadores. No tenía miedo al infierno, pues confiaba en el amor y en la misericordia de Dios, pero sí tenía temor por los pecadores, y por ellos ofrecía su vida de niña.
         En otras palabras, la meditación en el infierno no significaba para ella una mortificación, sino que la hacía crecer en el amor espiritual a sus prójimos, sobre todo, aquellos que están más alejados de Dios, porque son quienes están próximos a caer en él.
         Muchos cristianos, que aparentemente son “buenos”, porque rezan y van a Misa, se desentienden, sin embargo, de la salud espiritual y del destino eterno de sus prójimos, considerando que no es asunto suyo, y olvidando que la misericordia es requisito indispensable para entrar en el cielo.
         Esta es la gran enseñanza de Jacinta Matos: el amor a las almas –por otra parte, un amor comunicado por el mismo Jesucristo y por la Virgen-, es lo que la lleva a padecer sed y hambre, a refrenar su enojo, a combatir sus caprichos, a implorar a Dios por la salvación de ellos.

         Al meditar en el infierno, y al tenerlo siempre presente, Jacinta nos da una lección de amor, de vida y de espiritualidad: en vez de angustiarse inútilmente ante la pavorosa realidad del infierno, Jacinta ofrece mortificaciones, ayunos, privaciones, oraciones, por la conversión de los pecadores, demostrando un gran amor por ellos, y con esto, imita a nuestro Señor, que sufrió la Pasión para salvar precisamente a los pecadores.
         Jacinta, siendo niña, adquirió, luego de las apariciones, una profunda visión de la malicia del pecado, que ofende a Dios, que es Bondad infinita, y de sus consecuencias para quien no se arrepiente, la condenación eterna.
Dice Sor Lucía: “Jacinta tomó la misión de hacer sacrificios por la conversión de los pecadores tan seriamente en su corazón, que nunca permitió que se le escapara una sola oportunidad... la sed de Jacinta por hacer sacrificios parecía insaciable. Con una delicada sensibilidad, Jacinta quedó llena de pena por esas pobres almas caídas en la perdición. Acostumbraba retirarse, y permanecía mucho tiempo, de rodillas, rezando por aquellos que se encontrasen en mayor peligro de condenación”.
Con frecuencia, llamaba a sus primos y les preguntaba: “¿Estáis rezando conmigo? Es necesario rezar mucho para librar las almas del infierno... ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiese mostrarles el infierno!”.
Y cuando, ya enferma, presentía su próxima muerte, le decía a Lucía: “Yo voy al cielo, pero tú que quedas aquí, si te permite nuestra Señora, dí a la gente cómo es el infierno para que no cometan más pecados y no vayan para allá”.
Nunca perdió el sentido sobrenatural que para todo ser humano tiene esta vida, y no sólo eso, sino que cada vez aumentó más, llegando al máximo cuando más enferma estaba y cuando más dolores padecía, pues la enfermedad, con sus sufrimientos, era para ella ocasión de crecer en la adoración y el amor de Dios, amor que le aumentaba a su vez el amor a las almas, lo cual la llevaba a hacer cada vez más penitencia y más mortificación por la conversión de los pecadores.
Es por esto que, después de estar enferma –lo cual eventualmente fue lo que la llevó a la muerte-, se bajaba de la cama, se postraba con la cabeza hacia el suelo y oraba como el Ángel les había enseñado por la gloria de Dios, a Jesús en los Tabernáculos del mundo, en reparación por las ofensas, sacrilegios e indiferencia por los que Dios era ofendido y para rogar por la conversión de los pobres pecadores.
Esto lo hizo siempre, incluso con la enfermedad muy avanzada, y como al hacerlo caía con frecuencia en el suelo, debido a su debilidad, un sacerdote la dijo que podía hacer la oración en la cama.
Este amor a los pecadores fue lo que llevó a Jacinta a mortificarse de una manera admirable. Por ejemplo, se mortificaba dejando de comer y dándole la comida a los pobres, y cuando lo hacía, decía así: “Ofrezco este sacrificio por los pecadores que comen demasiado”.
También hacía el sacrificio de beber agua sucia y en el mes de agosto dejaba de tomar agua durante todo el mes. Como forma de penitencia ella y su hermano usaban una cuerda amarrada a la cintura.
Por la conversión de los pecadores, y para evitar que cayeran en el infierno, aceptó la enfermedad, los alimentos y las medicinas que en esas circunstancias más le repugnaban.
También en el plano afectivo sufrió mucho, y todo lo aceptó con heroísmo: ofreció el sacrificio de ser separada de sus familiares y compañeros e ir al hospital, lejos de su casa y finalmente el sacrificio de morir sola, como le había dicho la Santísima Virgen.
Con relación a estas circunstancias que, vistas humanamente, son penosas y dolorosas, Sor Lucía escribe lo que Jacinta le dijo al despedirse: “Nuestra Señora me ha dicho que voy a Lisboa, a otro hospital, que no te volveré a ver más ni a mis padres. Que, después de sufrir mucho moriré sola; pero que no tenga miedo; que Ella me irá a buscar para llevarme al Cielo”. Luego abrazó a Lucía diciéndole: “Nunca más volveré a verte; tú no irás a visitarme allí. ¡Oye! reza mucho por mí, que moriré sólita”.
No puede entenderse la vida y muerte de Jacinta, sin aceptar primero que es la Virgen quien está, en persona, detrás de su vida, así como una madre amorosa está detrás de su hija. Y si la Virgen no sólo permitió, sino que le pidió algunos sacrificios, como el morir sola, es porque, uniendo Jacinta sus sacrificios y dolores a los de Cristo en la cruz, buscaba la salvación de los pecadores y el evitar que se condenaran.
Otro cambio que se notó en Lucía fue el amor a Jesús Crucificado y a la Eucaristía. Dice así Sor Lucía: “Estaba constantemente en una profunda contemplación de Dios, en un coloquio íntimo con Él. Buscaba el silencio y la soledad, y de noche se levantaba de la cama para expresarle su amor al Señor con mayor libertad. Decía: ‘¡Amo tanto a Dios! En algunos momentos, me parece que tengo un fuego en mi corazón, pero no me quema!’. Contemplaba con amor a Cristo crucificado y lloraba siempre que escuchaba el relato de la Pasión de Cristo”.
También aumentó en ella el amor por Jesús en la Eucaristía, a quien visitaba con frecuencia y por largo tiempo en la parroquia , escondiéndose en el púlpito donde nadie la podía ver. Anhelaba recibir el Cuerpo de Cristo, pero no se le era permitido por su edad.
Su amor por la Eucaristía se manifestaba en su participación en la Misa diariamente, después que se enfermó, pidiendo por la conversión de los pecadores, y les enseñaba a las enfermeras a arrodillarse frente a “Jesús escondido”, en el tabernáculo, en reparación por quienes lo ofendía. El amor a Jesús Eucaristía la llevaba a pedir que colocaran su cama cerca del balcón para poder ver el tabernáculo de la capilla del hospital.
Además de Jesús y los pecadores, Jacinta amaba, con amor tierno de hija, a la Santísima Virgen. Una mentalidad racionalista diría que no podría amar a quien la había hecho sufrir mostrándole el infierno, pero en las cosas de Dios el racionalismo es superado por la Sabiduría divina, y es así como Jacinta demostraba su amor creciente a la Virgen secundando todos sus pedidos –desde el inicio, sus ansias de mortificación, sus ayunos, sus penitencias, se debían todas al deseo de complacer a la Virgen-, rezando el Rosario y jaculatorias en su honor, y entre estas, su preferida era: “Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”.
La Santísima Virgen se convirtió en su directora espiritual, y bajo su dirección maternal Jacinta se convirtió en una mística.
Como no podía recibir la Comunión en reparación, como lo había pedido la Virgen ella exclamaba: “¡Tengo tanta pena de no poder comulgar e reparación de los pecados que se cometen contra el Inmaculado Corazón de María!”.
A pesar de su corta edad, y a pesar de que a los ojos del mundo nada podía hacer, pues se encontraba en la fase terminal de una enfermedad mortal, ofrecía todo lo que le era posible: oraciones y sacrificios, y todos sus sufrimientos, tanto los físicos, producidos por la enfermedad, como los espirituales, producidos por la separación de sus seres queridos. Le decía a Lucía: “Sufro mucho, pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para reparar al Corazón Inmaculado de María”.
Para quienes se escandalizan porque una niña no coma y no beba, y ofrezca sus sufrimientos para que otros eviten el infierno, están las palabras del cardenal Prelado de Lisboa, en el 25º aniversario de las apariciones de Fátima, quien dijo que la vida de Jacinta “es un perfecto resumen de los que María santísima pidió en Fátima y nos sigue pidiendo a cada uno de nosotros. Podríamos decir que la vida de Jacinta es como la ‘llave’ que nos abre el mensaje del Inmaculado Corazón”.
En otras palabras, es la Santísima Virgen María quien le pide a una niña que haga todo esto, y si se critica a la niña, se critica entonces a la Santísima Virgen.
También amaba mucho al Papa, como Vicario de Cristo, y luego de una visión que tuvo, en la que veía al Santo Padre sufrir mucho, su amor por él aumentó todavía más. Fue a Sor Lucía a quien le reveló esta visión sobre el Papa: “Un día...me llamó Jacinta. ¿No has visto al Santo Padre? -No. –“No sé cómo fue. Vi al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas delante de una mesa, con las manos en la cara llorando. Afuera había mucha gente, unos le tiraban piedras, otros le maldecían y le decían muchas palabras feas. ¡Pobrecito el Santo Padre!. Tenemos que rezar mucho por él!”.
Jacinta tuvo todavía otra visión más acerca del Santo Padre, la cual es relatada así por Sor Lucía: “En otra ocasión me llama Jacinta: -‘¿No ves tantas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada que comer? ¿Y el santo Padre en una Iglesia rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?’”.
¿A cuál de los Papas se refiere Lucía? Podrían ser los Papas Benedicto XV, que reinó durante la primera guerra mundial, y Pío XII, que hizo lo propio durante la segunda, pero es imposible saberlo.
Sea como fuere, Jacinta ofrecía oraciones y sacrificios por el Santo Padre y tenía un deseo muy grande de que el Papa fuera a Fátima. Esto se cumplió después de su muerte.
Antes de morir, Jacinta le dijo a Lucía: “Yo, en el cielo, voy a pedir mucho por ti, por el Santo Padre, por Portugal para que la guerra no venga aquí y por todos los sacerdotes”.
Mientras las fuerzas de su cuerpo iban decayendo por la enfermedad, su abandono a la voluntad de Dios fue completo.
Tres días antes de morir, la Santísima Virgen la visitó, y le prometió que iba a venir a buscarla y le quitó todos los dolores. La Virgen le dijo también que moriría el 20 de febrero de 1920. Ese día, recibió el sacramento de la confesión pero, como el sacerdote no la veía tan mal le dijo que le daría el viático al día siguiente. Jacinta sabía que no llegaría al día siguiente y aceptó el no poder recibir a Jesús en la Eucaristía. Esa noche a las 10:30 P.M. la Santísima Virgen vino a buscar a su fiel discípula y amante de su Inmaculado Corazón y amiga de los pecadores.
Una vez muerta, su cuerpo experimentó también una transformación, y se sucedieron varios hechos prodigiosos. La enfermera Nadeja Silvestre dijo al contemplar el cuerpo inmóvil de Jacinta: “No parecía ser la misma niña; se transformó en radiante y preciosa”.
Cuando la Madre Gohdino hacía vigilia junto al féretro de Jacinta se fijó en la pequeña lámpara que brillaba a su lado. Quedó sorprendida al ver como la lámpara ardía tan brillantemente y no tenía nada de aceite.
Su cuerpo, que debido a la enfermedad y a las heridas de su cuerpo no despedía un olor agradable antes de morir, después que murió despedía un perfume suave.
Cuando su cuerpo fue llevado a la Iglesia de Lisboa, las campanas comenzaron a tocar sin que nadie las estuviese moviendo y con la puerta cerrada. Una vez Jacinta dijo que había escuchado a los ángeles cantar, pero que ellos no cantaban como los hombres. Y es muy probable que hayan sido los ángeles los que hayan tocado las campanas de la Iglesia dándole la bienvenida a la que entregó toda su corta vida cumpliendo los designios del Corazón de Jesús a través del Corazón de María.
         Cuando Jacinta se despidió de Lucía, le dijo estas palabras, que nos las dice también a nosotros: “Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho,  que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María”.



sábado, 7 de mayo de 2011

Los nombres de la Misa (I): "Santo sacrificio del altar"

La Misa se llama "Santo sacrificio del altar"
porque en ella Jesús, invisible,
hace lo mismo que hace en la cruz:
entrega su Cuerpo en la Eucaristía
y derrama su Sangre en el Cáliz.

¿Cuáles son los nombres de la Misa? La Misa tiene tres nombres: “Santo sacrificio del altar”, “Banquete eucarístico”, y “Memorial”.

Hoy vamos a ver el primer nombre, “Santo sacrificio del altar”.

¿Porqué la Misa se llama “Sacrificio del altar”? ¿Qué sucede en la Misa para que se llame así? Primero hay que ver qué es “sacrificio”: un “sacrificio” es dar algo que cuesta mucho. Por ejemplo, si alguien tiene mucha hambre, y tiene para comer sólo un poco de pan, y viene alguien que también tiene mucha hambre, es un sacrificio compartir el pan, porque querría comerlo todo. Por ejemplo, si yo tengo la mesa llena de comida, y viene alguien a pedirme algo para comer, no es un sacrificio que yo le de algo, porque me sobra. El sacrificio tiene mucho valor, porque es mucho más valioso dar de lo que nos falta, que dar lo que nos sobra. Cuando el Ángel Custodio de Portugal se les apareció a los pastorcitos, les dijo que hicieran sacrificios, y les dijo que “De todo se puede hacer sacrificio”, y que lo hicieran, porque “los corazones de Jesús y de María están atentos a vuestras súplicas”. Cuando hacemos un sacrificio, Jesús y la Virgen nos ven, y están atentos a lo que le pedimos, y lo primero que le tenemos que pedir, al hacer un sacrificio, es la conversión de los pecadores, para que los pecadores no se vayan al infierno. Y cuando hagamos un sacrificio, tiene que ser en secreto y en silencio; nadie tiene que enterarse, y mucho menos hay que andar diciendo que uno hace sacrificios; sí se puede decir a un mayor, en secreto, que pueden ser los padres, o algún sacerdote.

“De todo se puede hacer sacrificio”, como dice el ángel, no solo con la comida; puede ser con el tiempo, con las cosas que más me gustan, e incluso con el mismo cuerpo. Hay cosas que son sacrificio, y otras que no son. Si yo estuve estudiando mucho, y me gané como recompensa un tiempo para jugar videojuegos en la computadora, y justo cuando voy a jugar viene mi mamá y me pide que vaya al almacén a comprar algo, es un sacrificio que yo deje de jugar, o incluso que hasta no juegue nada, para ir a hacer las compras que mi madre me pide. Y lo tengo que hacer sin protestar, ni por dentro ni por fuera, contento porque puedo hacer un sacrificio para ofrecerlo a Jesús, pidiendo por los pecadores. Pero no es un sacrificio que yo esté jugando cinco horas seguidas en la computadora, y cuando me piden que la deje, la dejo, y encima, refunfuñando y enojándome. Tampoco es un sacrificio haber estado jugando al fútbol cinco horas con los amigos del barrio, y recién después entrar en casa, cuando me habían dicho que entrara hacía rato. Es un sacrificio, por ejemplo, comer menos de lo que me gusta, o comer más de lo que no me gusta, o no protestar cuando los fideos parecen más un mazacote de engrudo y no fideos al pesto; es un sacrificio no tomar agua helada cuando hace calor, o tomar poco jugo en vez de mucho, para que alcance para todos.

También con el cuerpo puedo hacer sacrificios, como por ejemplo, pasar un poco de sed, es decir, cuando tengo sed, no tomar ahí nomás agua, o jugo, y quedarme con sed por un tiempo, para acordarme de cuando Jesús tenía sed en la cruz, y pedirle por la conversión de los pecadores.

La Misa entonces es un sacrificio, el sacrificio del altar, y quien hace, invisible, un sacrificio en el altar, es Jesús, y por eso el sacerdote dice así en la Misa, después de presentar las ofrendas del pan y del vino en el altar: "Oremos, hermanos, para que este SACRIFICIO mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso" (cfr. Misal Romano, pág. 423). En la Misa, Jesús hace un sacrificio, algo que le cuesta mucho, porque lo que da, es su propia vida: da su vida, y con su vida, su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, en la cruz.

¿De qué manera hace Jesús un sacrificio en la Misa?

En la Misa, sobre el altar, Jesús hace el mismo sacrificio que hace en la cruz: entrega su Cuerpo en la Eucaristía, y derrama su Sangre en el cáliz. El mismo sacrificio que Jesús hace en la cruz, lo hace en la Misa, solo que invisible.

¿Y cómo es que no vemos nada? Porque en la Misa sucede algo que no vemos con los ojos del cuerpo. Algo invisible, misterioso, que sólo puede ser visto con los ojos del alma, iluminados con la luz de la fe.

Imaginemos el altar, que no es de piedra, sino de luz, una luz blanca, muy intensa. En él están el pan y el vino. En la consagración, Jesús baja desde el cielo, en la cruz, y el pan se convierte en su Cuerpo, y el vino en su Sangre. En la Misa, Jesús está, en el altar, con su cruz, obrando el sacrificio del altar, entregando su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

¿Y porqué hace Jesús este sacrificio tan grande? Para salvarnos y llevarnos al cielo, y lo hace movido por un infinito amor. El amor de Jesús es tan grande, que lo lleva a entregarse en sacrificio en la cruz, por nosotros.

Por esto es que la Misa se llama también: “Santo sacrificio del altar”.

No vengamos a Misa con las manos vacías: hagamos algún sacrificio durante la semana, para ofrecerlo a Jesús el Domingo, en el Santo Sacrificio del Altar.