Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta oración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta oración. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de marzo de 2018

Sobre la tarea del Catequista



Dedicado a San Pío X, Patrono de los Catequistas.

         La Catequesis de una Parroquia forma parte de una de sus estructuras más importantes, constituyendo parte de la columna vertebral de la misma, desde el momento en que la función que desempeña es esencialmente apostólica: como los Apóstoles, que recibieron la fe de Jesús y la transmitieron a la Iglesia, la Catequesis es la que recibe la fe y la transmite a las nuevas generaciones. Esta transmisión de la Fe es realizada por la Catequesis no según las interpretaciones subjetivas de cada persona particular, sino según la única fe católica que es custodiada y explicitada por el Magisterio de la Iglesia –principalmente el Catecismo-, que se nutre a su vez de la Tradición y las Sagradas Escrituras. Esto quiere decir que así como sea la Catequesis, así será la fe de las futuras generaciones.
De manera particular, puesto que la Eucaristía es el culmen de la Iglesia y que la Iglesia nace de la Eucaristía y a la Eucaristía tiende, la Catequesis debe ser predominantemente eucarística. Sin la Eucaristía, la Iglesia Católica pierde su razón de ser, quedándose sin su soporte vital, sin la fuente, literalmente, de su vida, porque la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia, del cual recibe la gracia y la Sangre de Jesucristo por medio de esas arterias que son los sacramentos. Del mismo modo a como un cuerpo humano recibe la vida de su corazón, a través del bombeo de la sangre que circula por sus arterias, así la Iglesia recibe la vida divina por medio de su Corazón, la Eucaristía, de la cual brota la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios, que se distribuye por el Cuerpo de la Iglesia a través de los sacramentos.
         Para cumplir su tarea de la mejor manera posible –que trabaje sin paga alguna monetaria no significa que su trabajo puede ser hecho de cualquier manera, por el contario, debe ser hecho con la mayor perfección posible, según las palabras de Jesús: “Sed perfectos, como mi Padre del cielo es perfecto”-, el Catequista debe mejorar dos aspectos de su vida interior: profundizar e intensificar su vida de oración –principalmente, Rosario, Adoración Eucarística, Santa Misa-, ya que no se concibe un Catequista que no rece y, por otro lado, debe esforzarse por su formación específicamente católica porque el Catequista es un maestro de la fe y un maestro que no estudie, no es un maestro. En la tarea formativa del Catequista debe incluirse, de modo privilegiado, todo aquello que favorezca tanto el conocimiento del misterio de la Eucaristía –por ejemplo, leer las vidas de santos eucarísticos[1]-, como también la piedad y la devoción personal del Catequista, basados ambos en el amor y la adoración eucarística.
         Entonces, el Catequista debe formarse y rezar: formarse ante todo en el Catecismo y en aquello que es el Corazón de la Iglesia, la Eucaristía y la Santa Misa y debe rezar y alimentar su alma de aquello que es el Pan de los ángeles y que se nos ofrece gratuitamente, la Eucaristía y la Adoración Eucarística. ¿Cuántos catequistas han leído algún documento del Magisterio[2] sobre la Eucaristía? ¿Cuántos catequistas han leído algún libro sobre milagros eucarísticos, sobre santos, sobre vida espiritual, de autores católicos y no heréticos, como por ejemplo, el Padre Anselm Grün? Puede ser que alguno diga que es muy rudo y que no puede leer mucho; de acuerdo, pero a ese tal, le debería bastar con saber que la Santa Misa es el Sacrificio de Jesús, para no perderse ni una Misa y le debería bastar con saber que la Eucaristía es el Sagrado Corazón de Jesús vivo, glorioso, resucitado, lleno del Amor de Dios, para que su corazón arda en el deseo de comulgar y no perderse ni una Comunión. A ese tal no se le exigirá que estudie lo que no puede estudiar, pero sí se le exigirá qué hizo con el conocimiento básico y esencial que tenía a su alcance. Pero al que puede leer para formarse y no lo hace por pereza, se le pedirá cuentas de las lecciones de Catecismo que no preparó ni estudió por pereza, de las Misas faltadas por pereza, de las adoraciones eucarísticas no realizadas por pereza y de la falta de lectura que profundice su fe eucarística, por pereza. A cada uno se le pedirá según lo que se le dio; a nadie se le exigirá más de lo que puede, pero Dios es exigente y pide que le demos todo el amor del que seamos capaces y este amor se demuestra en el esfuerzo puesto en la preparación de las lecciones, en la oración y en la formación personal.
         Es imposible medir el “éxito” de una Catequesis, pero sin duda alguna, si en una Parroquia cualquiera, reciben anualmente la Catequesis de Comunión y Confirmación unos setecientos entre niños y jóvenes y al año siguiente, se verifica la asistencia dominical a Misa de solamente un 1% (uno por ciento), entonces, algo está fallando en la Catequesis. Si los niños, al término de su período de formación -dos años de Comunión y uno de Confirmación- no entendieron que deben vivir una vida espiritual cristiana y no meramente humana y que esa vida espiritual cristiana se alimenta de dos sacramentos, la Confesión y la Eucaristía, no entendieron nada de lo recibido en el Catecismo. La solución a esta crisis no consiste en salir a la caza de culpables, sino en comenzar a poner en orden la propia casa, es decir, el estudio, la formación y la vida de piedad del catequista y en reflexionar acerca de cómo estamos impartiendo la Catequesis. La solución tampoco está en multiplicar movimientos, porque los movimientos y grupos de la Iglesia -Acción Católica, Legión de María, etc.- no son fines en sí mismos y no son indispensables para la fe, aunque sí ayudan a la perseverancia. Pero el niño que se enamora de la Eucaristía, por así decirlo, no necesitará o lo necesitará muy secundariamente, a este apoyo dado por los movimientos.
         Si asumimos que la Catequesis es –o debe ser- “Eucarística” por antonomasia, entonces el trato dado a la Eucaristía tiene muchísima importancia, porque el trato que demos a la Eucaristía, revela nuestra Fe, la cual será como sea nuestro trato: reverente o irreverente.
         El Catequista debe fomentar la participación de sus alumnos en lo que constituye el supremo culto que la Iglesia Católica ofrenda a Dios Uno y Trino, el Sacrificio Eucarístico, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario y esta tarea la llevará a cabo si él mismo asiste a la Santa Misa y se confiesa con regularidad. No se concibe un Catequista sin amor a la Eucaristía y sin confesión frecuente.
         Con respecto al trato dado a la Eucaristía, sobre todo en su recepción, hay que tener en cuenta que durante muchos siglos la Santa Iglesia Católica prohibió la comunión en la mano por diversos motivos: entre muchos otros, por el peligro de profanaciones eucarísticas por parte de herejes –los evangelistas o los integrantes de sectas, por ejemplo, no tienen la fe eucarística que tenemos los católicos, ya que para ellos la Eucaristía es solo un pedacito de pan bendecido, pero no la Presencia del Cuerpo y la Sangre de Jesús-; por el robo de Hostias consagradas para prácticas supersticiosas como por ejemplo, las misas negras; para acentuar la fe en la Presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, hecho que se facilitaba con la recepción de la Eucaristía en la boca.
         Ahora bien, los motivos por los cuales la Santa Iglesia prohibió la comunión en la mano durante siglos persisten hoy en día y, todavía más, se han agravado. Es decir, aquellas causas por las cuales la Iglesia prohibió que se comulgue en la mano, continúan vigentes en nuestro siglo XXI e incluso se han agravado substancialmente. En efecto, abundan los herejes –no solo fuera sino incluso dentro de la misma Iglesia- que niegan o ponen en duda la transubstanciación; en nuestros días, se practica la brujería como nunca antes en la historia de la humanidad, con lo que abundan los brujos y magos negros que pagan fortunas por Hostias consagradas robadas para practicar el satanismo en las misas negras -es conocido el milagro de la Hostia que sangró al ser apuñalada-, hecho con el cual se pone en evidencia que los brujos, los magos negros y los demonios, tienen más fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía que los mismos católicos, porque si tuvieran la débil fe de la mayoría de los católicos, ni se molestarían en robar y profanar la Eucaristía. Otro motivo por el cual se prohibió la comunión en la mano es que la recepción en la boca –y todavía más, de rodillas- fortalece la fe católica en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús, el Hombre-Dios, en la Eucaristía, porque se trata de un gesto externo –la comunión de rodillas y en la boca- de adoración y de humillación del hombre frente a Dios oculto en la Eucaristía, y este gesto no depende de la época, de la historia o de la moda, sino que está inscripto en la naturaleza humana: el arrodillarse es un gesto de adoración externo que acompaña al acto de amor y adoración interior que deben preceder a la Comunión Eucarística. En definitiva, lo que queremos decir es que los hechos negativos y positivos que dieron origen a la prohibición, en la Iglesia, de la comunión en la mano, siguen aún más vigentes que nunca en nuestros días.
         ¿Cómo comulgar? Es cierto que la Santa Madre Iglesia ha recomendado, de los veinte siglos de existencia, durante catorce, la comunión de rodillas y que los grandes santos de la historia han comulgado de rodillas. Es cierto también que se autoriza a comulgar de pie y en la mano. Pero también el Cielo nos da una indicación de cómo comulgar: el Ángel Custodio de Portugal se postró con la rodilla en tierra ante la Eucaristía y el Cáliz que él había traído, antes de darles la comunión a los Pastorcitos, los cuales la recibieron de rodillas. El Cielo nos indica cómo comulgar: de rodillas y en la boca.
         Por otra parte, el Catequista debe tener en cuenta aquellos errores que se han popularizado y que atentan contra nuestra fe: Papá Noel, Halloween, el conejo de Pascuas, Carnaval. Corregir estos errores y denunciarlos, es tarea del Catequista, porque el Catequista tiene el sagrado deber ante Dios Trino, como ya lo dijimos, de transmitir la Santa Fe católica en su pureza e integridad total. Papá Noel ha desplazado al Niño Dios en Navidad; Halloween, fiesta satánica por excelencia, se hace pasar como fiesta inocente para niños y es el día en el que más profanaciones eucarísticas y misas negras satánicas se realizan, además de ser el día en el que más niños desaparecen, al ser secuestrados por los satanistas para realizar las misas negras (la devoción a la Virgen de la Eucaristía, cuyo día es el 30 de Octubre, un día antes de Halloween, el 31, tiene como fin, además de aumentar el amor y la devoción a Jesús Eucaristía, la reparación por los innumerables sacrilegios cometidos en Halloween contra la Eucaristía); la alegría de la fiesta de Pascuas no se reduce a degustar conejos de chocolate: se origina en la Resurrección de Jesucristo, el Hombre-Dios, que con su Muerte en Cruz y Resurrección, derrotó para siempre al Demonio, a la Muerte y al Pecado, los tres enemigos mortales de la humanidad, nos abrió las puertas del cielo y nos concedió su gracia santificante que nos hace hijos adoptivos de Dios. La alegría de la Resurrección es una alegría eucarística porque Jesús Resucitado, el mismo que resucitó glorioso el Domingo de Resurrección en el Santo Sepulcro, es el que está, en Persona, vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía; por último, el Carnaval atenta directamente contra nuestra fe y contra la vida de la gracia, porque exalta todo lo que Jesús ha derrotado en la Cruz: el Carnaval exalta al Demonio, porque el Rey del Carnaval es el Demonio; el Carnaval exalta el pecado, porque la inmoralidad sexual, la lujuria, la lascivia, no son “efectos colaterales” del Carnaval, sino que son explícita y públicamente buscados y deseados; el Carnaval exalta la muerte, porque el desenfreno de las pasiones conduce a la muerte espiritual, es decir, al pecado mortal, y así enfría el alma, que queda vacía del Amor de Dios, en el inicio de la Santa Cuaresma.
        

        


[1] En Internet hay muchísimos sitios católicos acerca de santos: Aciprensa, EWTN, deangelesysantos.blogspot.com.ar, etc.
[2] Algunos documentos magisteriales sobre la Eucaristía: Ecclesia de Eucaristía de Juan Pablo II, 17 de Abril de 2003.
Mysterium Fidei, Carta Encíclica sobre la doctrina y el culto de la Sagrada Eucaristía, Paulo VI, 3 de Septiembre de 1965
Exhortaciones Apostólicas.
Sacramentum Caritatis, Exhortación Apostólica sobre la Eucaristía de S.S. Benedicto XVI, 19 de Mayo de 2007
Cartas Apostólicas.
Dominicae Cenae, sobre el misterio y culto de la Eucaristía, Juan Pablo II, 24 de Febrero de 1980
Dies Domini, Sobre la Santificación del Domingo, Juan Pablo II, 31 de Mayo de 1998.
Mane Nobiscum Domine, para el Año de la Eucaristía Octubre 2004-Octubre 2005, Juan Pablo II, 7 de Octubre de 2004.
Otros documentos:
Redemptionis Sacramentum, Instrucción sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía, Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 25 de Marzo de 2004.
Concilio Vaticano II, Constitución de la Sagrada Liturgia Sacrosantum Concilium.
Institutio Generalis Missalis Romani 2000 (Instrucción General del Misal Romano 2000), Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

El Evangelio para Niños: Adviento es prepararnos para la Venida del Señor que vino, que viene y que vendrá


"Niño Jesús Rey"
(de la Escuela de Cuzco)

(Domingo I – TA – Ciclo B – 2017 – 2018)

         ¿Qué quiere decir la palabra “Adviento”? Significa “venida” o “llegada” y para nosotros los católicos es la venida o llegada de Jesús. El Adviento se coloca antes de la Navidad, porque nos preparamos para recordar, por medio de la liturgia, la Primera Venida de Jesús. Otro significado del Adviento es la preparación para cuando Jesús llegue por Segunda Vez, en su gloria, en los cielos.
         Entonces, como dijimos, el Adviento es tiempo para prepararnos espiritualmente para recordar litúrgicamente cuando Jesús vino por Primera Vez: vino como un Niño, siendo Dios, y vino sin que casi nadie lo supiera, a excepción de su Mamá, la Virgen y de San José, su padre adoptivo, además de los pastores, a los que les anunciaron los ángeles. Por eso es que en Adviento se leen algunas lecturas como la profecía de Isaías de que “el Mesías iba a nacer de una Virgen”.
         Además, el Adviento es tiempo de prepararnos espiritualmente para otra venida de Jesús, que es la Segunda Venida en la gloria, en la cual todos los veremos, porque habremos de estar delante de Él, para recibir el premio o el castigo por nuestras obras.
         Entre la Primera Venida en Belén y la Segunda Venida en las nubes del cielo, podemos decir que hay una “Venida intermedia”, que consiste en que Jesús baja del cielo, por el poder del Espíritu Santo, para que nosotros lo recibamos por la comunión eucarística. Por eso, cada Misa debe ser vivida con la expectativa de alguien que espera a la persona que ama: a quien se ama, no se espera de cualquier manera, sino lo mejor vestido posibles, perfumados y, si es posible, un pequeño presente, como por ejemplo, un niño que espera a su madre, la cual cumple años. En Adviento esperamos a Jesús en la gloria y como agradecimiento, le ofrecemos nuestro pobre corazón, adonado con la gracia santificante.
         Jesús viene en Navidad, viene en cada Santa Misa, viene para juzgarnos al Final del mundo y es para estas tres veces que viene Jesús, que la Iglesia nos da el tiempo de Adviento, para que nos preparemos para recibirlo en nuestros corazones, en estado de gracia y con mucho amor. ¿Cómo prepararnos para recibirlo? Por el sacrificio y la penitencia –eso significa el color morado- . ¿De qué manera podemos hacer sacrificio y penitencia? Como el Ángel les dijo a los pastorcitos, “De todo podéis hacer sacrificio”, lo cual quiere decir, por ejemplo, privarnos de cosas buenas que nos gustan, como un helado, pero sin decirlo a nadie, etc. hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, por amor y a través de las manos de la Virgen a Jesús, cosas que cuestan trabajo, como ser amable con el vecino que no nos simpatiza o ayudar a otro en su trabajo[1]. La penitencia es lo que hacemos, interior o exteriormente –por ejemplo, oración, ayuno, limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás-, con la intención de reparar por nuestros pecados y los de nuestros hermanos[2], además de reforzar nuestro deseo de luchar contra el pecado y de vivir en gracia, como hijos de Dios.
         Otra manera de vivir el Adviento es mediante la oración, porque sin oración no hay vida espiritual posible. Por último, la otra forma de vivir el Adviento, es obrando la misericordia –según las catorce obras de misericordia dispuestas por la Iglesia-, para que así nuestro corazón sea digno de recibir a Jesús, que es la Divina Misericordia encarnada, el Dios que vino, que viene y que vendrá.      

domingo, 16 de octubre de 2016

El Evangelio para Niños: Hay que rezar sin desanimarse


(Domingo XXIX – TO – Ciclo C – 2016)
         Jesús nos enseña que debemos rezar a Dios, pero que si nos parece que Dios demora en darnos lo que pedimos –por supuesto que siempre tienen que ser cosas buenas, útiles para la salvación del alma-, no debemos perder el ánimo. Por el contrario, debemos continuar rezando, sabiendo que Dios siempre escucha las oraciones –pero escucha más a las oraciones que le dirigimos a través de la Virgen-, porque Él es un Dios Justo y Misericordioso, que no dejará de darnos lo que en justicia nos sea conveniente para nuestra salvación.
         Hay muchas personas que rezan a Dios pidiéndole algún favor, pero como Dios no les concede en el tiempo que ellas quieren, se cansan y dejan de rezar. Pero no es esto lo que nos dice Jesús, sino lo contrario: que debemos rezar sin desanimarnos. Un ejemplo de oración perseverante y sin desánimo es la mamá de San Agustín (dicho sea de paso, es el ejemplo para toda madre): rezó durante treinta años pidiendo por la conversión de su hijo, porque veía que iba por mal camino: iba de fiesta con malas compañías, formaba parte de sectas, tuvo dos hijos sin estar casado, no asistía a la Iglesia, no se confesaba, no comulgaba. Santa Mónica veía que Agustín, de seguir así, se iba a condenar, y eso le causaba mucho dolor, porque se iba a separar de su hijo para siempre, y por eso le pedía a Dios, día y noche, con llantos y con sacrificios, por su conversión. Pero Santa Mónica no rezó ni un día, ni dos; tampoco un año, o cinco años: rezó por treinta años seguidos. Finalmente, Dios le concedió mucho más de lo que pedía –en un segundo cambió su vida, en un “abrir y cerrar de ojos”, como dice Jesús-, porque su hijo no solo se convirtió, sino que fue uno de los santos más grandes de la Iglesia Católica.

         Santa Mónica es ejemplo para toda madre, primero porque reza por su hijo, y después, porque no pide para su hijo una buena esposa –lo cual no estaría mal que lo hiciera-, ni tampoco un buen trabajo, ni una vida sin problemas económicos: pide para su hijo la conversión del corazón, que es la gracia más grande que puede un alma recibir en esta vida, porque significa que esa persona ya no se alejará de Jesús, su Salvador y que así entrará en el Reino de los cielos. Además, con su oración perseverante durante treinta años, Santa Mónica es el ejemplo perfecto de cómo tenemos que hacer oración sin perder el ánimo, llevados por la confianza y el amor de Dios, porque sabemos que Dios nos ama y que escucha y concede lo que le pedimos para nuestra salvación, siendo así verdad el dicho: “De Dios obtenemos lo que de Dios esperamos”. Santa Mónica nos enseña –y sobre todo a las madres-, no sólo lo que hay que pedir, sino también que la solución a la inseguridad –que se deriva del alejamiento de Dios- no se resuelve, en última instancia, con medios humanos, sino sobrenaturales, porque su hijo abandona el mal camino cuando se convierte, es decir, cuando su corazón, movido por la gracia, comienza a contemplar y a amar a Jesús. 

jueves, 9 de abril de 2015

Formación para Catequistas - El Pésame como oración



         Analizaremos el “Pésame” como oración y no como mera fórmula a ser evaluada, para que el Catequista no se conforme con que el niño –de Primera Comunión, de Confirmación, o el Adulto que recibe Catequesis- aprenda la fórmula de memoria, sino que sepa qué es lo que está diciendo. En otras palabras, el Catequista no debe conformarse con que el catequizando sepa recitar de memoria el Pésame; debe apuntar más alto, o más profundo, si se quiere: debe apuntar a que el catequizando entienda que el Pésame no es una “verso” que debe decir de memoria, sino una oración, que debe recitarla desde lo más profundo de su corazón, con un corazón contrito y humillado, y si no, no sirve. Tomar a la ligera tanto la Confesión Sacramental, como los Mandamientos de la Ley de Dios, lleva a la ruina de la vida espiritual.
Analizaremos frase por frase, reflexionando brevemente sobre el significado de cada una de ellas.
“Pésame”
         Desde el inicio, se trata de una oración, de un acto de profundo dolor espiritual; se trata de un “peso” espiritual: “pésame”; no es un “pesar” intelectual. Es un pesar espiritual, personal –me pesa-, por los pecados personales, -a mí, por mis pecados-, y la oración se dirige de modo personal a Dios.
         “Dios mío”.
         ¿Quién es este “Dios”? Puesto que la fórmula se realiza en el contexto del Sacramento de la Penitencia, se dirige al sacerdote ministerial, en quien se encuentra, oculto, Jesucristo, y es a Él a quien se dirige la oración de arrepentimiento y de quien se espera obtener la absolución.
         “Y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido”.
         En esta frase está la clave de la confesión y el secreto para una confesión bien hecha: “me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido”. En esta frase se encierra la contrición del corazón: si alguien pronuncia esta frase entendiendo lo que significa y sintiendo espiritualmente –no sensiblemente, sino espiritualmente-, ha alcanzado la contrición del corazón, y por lo tanto, ha alcanzado el arrepentimiento perfecto y está a un paso de la santidad. “Arrepentirse de todo corazón de ofender a Dios” significa comprender a fondo la inmensidad de la malicia del pecado, por un lado, y por otro, significa comprender la infinitud de la bondad y la santidad de Dios Trino. No significa que hay que ser teólogos, ni sacerdotes, ni monjas, ni tener estudios: basta con la iluminación de la gracia, porque se puede ser analfabetos e ignorantes en las ciencias humanas, pero iluminados por la gracia de Dios, para comprender cuán bueno es Dios, cuán detestable es la malicia del corazón y cuánto lo ofende la maldad del corazón del hombre, y es en esto en lo que consiste el arrepentimiento perfecto, en que se comparan las dos cosas y se desea nunca haber cometido el mal.
         “Pésame, por el Infierno que merecí”.
         Aquí, el Catequizando debe ser consciente de lo que está diciendo, porque es una verdad de fe la existencia del Infierno, no como estado, sino como lugar definitivo en el que van a parar los condenados, junto con los ángeles rebeldes, y en donde permanecerán para toda la eternidad. El Infierno, como lugar de castigo divino para los hombres impíos y para los ángeles apóstatas, es una verdad de fe revelada: “El Infierno consiste en la eterna condenación de quienes, por libre elección, deciden morir en pecado mortal” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212). Todos los Papas, incluido el actual Papa Francisco, han hablado del Infierno, advirtiendo acerca de él, siendo precisamente el Papa Francisco uno de los que más ha hablado de él: incluso, últimamente, ha tenido una intervención muy gráfica: hablando de los corruptos que no se convierten, ha dicho que, de no hacerlo, “los perros del infierno beberán su sangre” (sic). Desde el cielo mismo se nos advierte acerca de la existencia del Infierno y del peligro de condenación eterna: en las apariciones de Fátima (una de las apariciones marianas aprobadas oficialmente por la Iglesia), la Virgen no solo les muestra el Infierno a los tres Pastorcitos, sino que, en cierta medida, les hace tener una experiencia mística del mismo, conduciéndolos allí y haciéndoles ver cómo caían las almas en “lago de fuego”, como “copos de nieve”, según relato de la Hermana Lucía, lo cual le hace a ella soltar un grito de terror. El Catequizando debe tener conciencia, de alguna manera, de que el pecado impenitente, el pecado sin confesar, el pecado del cual la persona no se arrepiente, es algo malo que no puede estar en la Presencia de Dios y que solo sirve para ser quemado en el Infierno, de ahí la necesidad de desprenderse del pecado. El pecado anida en el corazón humano y solo puede ser quitado por la Sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, porque Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y si Él no lo quita, por medio de la Confesión sacramental, el pecado permanece en el corazón y este pecado arrastra al Infierno, porque nadie con pecado puede estar delante de Dios. El pecado, entonces, hace merecedor, al pecador, del Infierno, con todas sus penas y dolores, y esto es lo que el penitente tiene que entender, para que saque más provecho de su confesión.
         “Y por el cielo que perdí”.
         Con su muerte en cruz, Jesús no solo nos quita el pecado, sino que nos concede su gracia santificante, que nos concede la filiación divina, haciéndonos ser hijos adoptivos de Dios. Quien muere en estado de gracia, sin pecados veniales, inmediatamente después de morir, y antes de la resurrección de los cuerpos, pasa a gozar de la visión beatífica de Dios Uno y Trino, y es en esto en lo que consiste el “cielo”, que es también un lugar: “vi un cielo y una tierra nueva”. Así como la gracia nos concede el cielo gratuitamente, así el pecado, por libre voluntad de la persona, nos quita el cielo que nos había conquistado y regalado Jesucristo. El cielo es un lugar inimaginablemente hermoso, en el que no solo no hay tristeza, ni llanto, ni amarguras, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte, sino que en él todo es amor, alegría, paz, felicidad, bondad, cantos, risas, porque los santos y los ángeles viven en Dios y de la vida de Dios, y Dios es Amor, Alegría, Paz, Luz, y por eso comunica a los ángeles y santos de lo que Él es. En el cielo, todos son jóvenes, nadie tiene más de treinta y tres años, la edad de Cristo al morir; todos tienen cuerpos glorificados; todos tienen cuerpos perfectos, sanos, hermosos; no hay concupiscencia, no hay malicia, no hay nada imperfecto.
“Pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí, a un Dios tan bueno y tan grande como Vos”.
Pero sobre todo, lo que hace más hermoso el cielo, más que estas “inconcebibles hermosuras y maravillas”, como dice Santa Faustina Kowalska, cuando es llevada al cielo, aun en vida, es la contemplación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad y de la Santísima Virgen María. Todo eso se pierde por el pecado, y eso es lo que el penitente tiene que saberlo, para aprovechar la Confesión y aumentar el dolor de los pecados.
         “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.
Santo Domingo Savio, a los nueve años, en su Primera Comunión, pide la gracia de “morir antes de cometer un pecado mortal”. ¿Por qué? Porque toma conciencia del infinito valor de la gracia, valor que reside en el hecho de hacer partícipe al alma de la vida de Dios Trino, lo cual es un bien que no se puede equiparar a ningún bien terreno y por lo cual vale la pena perder la vida, antes que perderla. Santo Domingo Savio se da cuenta que la gracia es el mayor tesoro que un alma puede poseer en esta tierra, un tesoro más grande que el más grande tesoro terreno, más valioso que el oro y la plata, porque hace partícipes de la vida divina, y si el alma muere en gracia, entra a participar de la eterna bienaventuranza en el acto. Por el contrario, si el alma pierde la gracia, a causa del pecado, esto constituye la mayor desgracia, aun cuando el alma esté rodeada de placeres, de lujos y de comodidades terrenas, porque ha perdido la unión y la amistad con Dios, en el tiempo y si muere en ese estado, esa pérdida será para siempre. Es por eso que Santo Domingo Savio pide “morir antes que pecar”, que es el sentido con el cual se debe pronunciar esta frase: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”, es decir, se debe tener la intención de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado; se debe tener la intención de morir, de perder la vida terrena, antes de perder la vida de la gracia, porque eso implica el riesgo de perder la vida eterna, por causa del pecado mortal o venial deliberado.
“Propongo firmemente no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén”.

Es el propósito de enmienda, que también debe ser firme y debe estar presente y consciente, como el dolor de los pecados, para que la confesión sea válida. El Catequizando debe entender, también, que las “ocasiones próximas de pecado” deben ser evitadas, tal como lo dice en la fórmula, ya que no debe convertirse en una expresión vacía.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El Evangelio para Niños: Jesús echa a latigazos a los que venden cosas en el templo


(Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán)
         El Evangelio de hoy nos muestra a un Jesús un poco extraño, o al menos, un Jesús al que pocas veces vemos así: enojado. Pero veamos porqué se enoja Jesús: se enoja porque unos señores estaban en el templo vendiendo bueyes y palomas, mientras que otros, estaban sentados en sus mesas, cambiando monedas de plata y de oro y los echa a latigazos del templo (Jn 2, 13-22). ¿Está mal hacer lo que hacían estos señores? No, no está mal vender bueyes y palomas, y tampoco está mal cambiar monedas de oro y de plata; lo que sí está mal, es el lugar donde se estos señores lo estaban haciendo: el templo de Dios. El templo es un lugar sagrado, y “sagrado” quiere decir que le pertenece a Dios; es un lugar en donde se va a hacer oración y nada más que oración. ¿Qué es “hacer oración”? Es elevar el la mente y el corazón a Dios, y el lugar ideal para hacerlo, es el templo, porque en el templo hay silencio y todo está limpio, en orden y perfumado, porque el lugar donde se hace oración, debe estar así: limpio, ordenado, perfumado, para que la oración sea más fácil hacerla. Pero no se puede hacer oración si en el templo hay algunos que traen sus animales para venderlos, porque, por un lado, esos animales –como todos los animales-, ensucian todo, porque necesitan hacer sus necesidades; además, seguramente, tienen bichitos, como garrapatas, o pulgas, o en sus pezuñas tienen barro; además, hacen sonidos propios de animales –mugidos, balidos, ladridos, etc.-, y cuando lo hacen todos juntos, se hace mucho ruido
Por todo esto es que Jesús se enoja, porque estos señores no tenían permiso de Él para vender animales en el templo de su Padre Dios, y tampoco tenían permiso para vender monedas. Tenían que hacerlo en la plaza, o en el mercado, pero no en el templo, porque el templo es solo para Dios.
Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy: el templo de Dios es solo  para rezar, y no para hacer negocios. Pero hay otra cosa que también tenemos que saber: además del templo que está hecho de ladrillos, hay otro templo que tenemos que cuidar mucho, y ese templo es nuestro cuerpo, porque así lo dice la Escritura: “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19). ¿Por qué? Porque cuando nos bautizaron, Dios Padre hizo que la Sangre de las heridas de Jesús en la cruz cayera sobre nuestras almas, quitándonos la mancha del pecado original, pero además, su Sangre nos dejó tan pero tan hermosa nuestra alma y nuestro cuerpo, que el Espíritu Santo dejó los cielos, adonde vivía, para venir a vivir en nosotros. ¡Y todo gracias al sacrificio de Jesús en la cruz y a su Sangre derramada por nosotros! Entonces, como nuestro cuerpo y nuestra alma son “templos del Espíritu Santo”, los tenemos que cuidar y vivir siempre la pureza del cuerpo y del alma, sin mancharlos con cosas impuras, ni con mentiras, ni con creencias que son contrarias al Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Y cómo vamos a hacer para mantener siempre puros nuestros cuerpos y nuestras almas, para que nuestros corazones sean como nidos de luz y de amor en donde repose siempre la Dulce Paloma del Espíritu Santo?

Consagrando nuestras vidas al Inmaculado Corazón de María, para que Ella los guarde dentro de su Purísimo Corazón durante toda nuestra vida en la tierra y los mantenga limpios y puros, como es Ella, para que cuando pasemos a la otra vida, la vida eterna, podamos ver a Jesús cara a cara, ¡para siempre! 

viernes, 6 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños – 2do Domingo de Adviento: "Preparen los caminos y allanen los senderos"


(Ciclo A - 2013/13)
         En este Evangelio, Juan Bautista nos dice que en el tiempo de Adviento, antes de Navidad, debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”.
¿Qué quiere decir Juan Bautista? Nos quiere decir que tenemos que hacer como cuando alguien se pone en el trabajo de enderezar un camino y dejarlo todo derechito y plano, porque el corazón del hombre es como un camino lleno de curvas y de subidas y bajadas.   
El camino lleno de curvas y de pendientes, subidas y bajadas, es nuestro corazón, porque así como un camino con curvas primero dobla para un lado y después dobla para otro, así es nuestro corazón, que primero quiere una cosa y después quiere otra: primero quiere portarse bien pero al rato hace algo que no está bien. El profeta Jeremías dice: “Más engañoso que todo, es el corazón” (17, 9), y Jesús dice en el Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (Mc 7, 21).
El corazón es también como un camino con subidas y bajadas, porque en un momento queremos a Dios y deseamos las cosas del cielo –y eso sería un camino en subida- y queremos ser los más santos del mundo, y en otro momento queremos las cosas de la tierra, sin importarnos el cielo –eso sería un camino en bajada-.
Es por esto que Juan el Bautista nos dice que tenemos que “preparar los caminos y allanar los senderos”, para que el camino sea recto y sin subidas y bajadas. ¿Por qué? Porque ya viene caminando, con paso lento pero firme, el burrito que trae a la Virgen y al Niño Dios, que viene dentro de la panza de la Virgen porque todavía no nació. Si el burrito encuentra un camino con muchas curvas y con muchas subidas y bajadas, no va a poder llegar para Navidad, y nos vamos a quedar sin el Niño Dios. Es decir, si nuestro corazón es orgulloso, caprichoso, egoísta, desobediente y perezoso, el Niño Dios no va a poder nacer. Pero si el burrito encuentra un camino todo derechito, sin subidas y bajadas, es decir, si nuestro corazón es humilde y está lleno de la gracia de Dios, entonces sí va a poder nacer el Niño Dios en él, y nos va a llenar de su luz, de su paz, de su Amor, y esa es la verdadera Navidad.
¿Cómo hacer para que nuestro corazón sea como un camino todo derechito y liso? Con la penitencia, la oración y las buenas obras.

Para que el Niño Dios nazca en nuestros corazones en Navidad, es que Juan Bautista nos dice que en Adviento debemos “preparar los caminos y allanar los senderos”. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El Adviento para Niños: 1er Domingo - “Estén preparados para la llegada de Jesús, que vendrá para Navidad como un Niño”


(Domingo I de Adviento - Ciclo A - 2013-14)
         Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento, para prepararnos para celebrar, una vez más, la Navidad. ¿Por qué la Iglesia repite todos los años las mismas misas? Porque por una parte, es igual que en la escuela, que todos los años repite las mismas lecciones para sus alumnos; así la Iglesia quiere que aprendamos las hermosas lecciones que son la vida de Jesús. La Iglesia quiere que todos los años nos acordemos de Jesús, para que así vayamos aprendiendo cada vez más de Él y así todos lleguemos a ser como Él.
         Pero hay algo más: cuando la Iglesia celebra la Navidad una y otra vez –y también la Pascua, una y otra vez-, no es porque solamente quiere que nos acordemos de Jesús: por la liturgia y por la Misa, Jesús baja del cielo en Persona para darnos su Amor y para quedarse con nosotros, y para darnos todos los frutos de la Redención. ¿Vieron cuando un árbol está cargado de frutos –cualquier que nos podamos imaginar: manzanas, peras, duraznos, etc.- y uno se acerca para cortarlos y comerlos, disfrutando de su dulzura? Bueno, Jesús está en la Cruz, que es el Árbol de la Vida eterna, y el que se acerca a este Árbol bendito, recibe su fruto exquisito, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comer este fruto, que es la Eucaristía, se deleita y se goza con la dulzura del Amor de Jesús. Para que nosotros podamos hacer esto, es decir, para que podamos comer del Fruto exquisito del Árbol de la Vida, que es la Eucaristía, la Iglesia, todos los años, comienza un nuevo Año Litúrgico, en el que celebramos, principalmente, la Navidad y la Pascua de Jesús.
         ¿Qué quiere decir “Adviento”? “Adviento” significa “venida” y se refiere a la venida de Jesucristo para Navidad. En este tiempo, en la Iglesia esperamos que venga Jesús, como Niño, para Navidad, así como los justos del Antiguo Testamento esperaban que viniera el Mesías Salvador (aunque nosotros sabemos que ya nació, murió en la Cruz y resucitó).
         ¿Cómo tenemos que vivir este tiempo de “Adviento”?
         La Iglesia nos pide lo siguiente para vivir el Adviento, que es la preparación para la Navidad: oración, penitencia, misericordia, alegría.
         Oración: porque la oración es al alma lo que la respiración y el alimento es al cuerpo. ¿Alguien puede vivir sin respirar? No, a lo sumo, alguno podrá aguantar la respiración en la pileta, debajo del agua, no más de dos minutos, pero no se puede pasar la vida sin respirar; así tampoco se puede vivir sin rezar, porque la oración es lo que le permite al alma respirar con la vida de Dios. ¿Alguien puede vivir sin comer? No, nadie puede vivir sin comer, porque se muere de hambre a los pocos días; así también, no se puede vivir sin rezar, porque el alma que no reza, es un alma que muere, porque se queda sin la vida de Dios.
         Penitencia: porque somos pecadores y el pecado nos impide recibir a Dios que viene como Niño. Haciendo penitencia y confesándonos, vamos a preparar nuestro corazón, que va a quedar limpito, como la gruta de Belén, para que ahí pueda nacer el Niño Dios.
Misericordia: que quiere decir “amor dado a los demás con obras y no con palabras”. Jesús es Dios de Amor, y viene para Navidad como un Niño, sin dejar de ser Dios, para darme su Amor; entonces, yo tengo que dar de este mismo amor a los que me rodean, empezando los papás y los hermanos.
         Alegría: no hay nada más hermoso en este mundo que Jesús y saber que Jesús me ama y que va a venir como un Niño para llevarme al cielo, es la causa de mi alegría, y esa alegría es la que tengo que dar a los demás, junto al amor.

         Así es como tenemos que vivir el Adviento, como nos pide la Iglesia: oración, penitencia, misericordia, alegría. Esa es la manera de prepararnos para la Venida de Jesús.

viernes, 25 de octubre de 2013

Hora Santa con NACER (Niños y Adolescentes Adoradores de Cristo Eucaristía)



(Octubre 2013)
         Ingresamos al Oratorio, venimos a visitar a Jesús Eucaristía; hacemos silencio, porque no la voz de Dios es como un susurro suave, y no se la puede escuchar cuando hay muchas palabras. Le pedimos a nuestra Mamá del cielo, la Virgen, que Ella nos ayude a rezar, para que no nos distraigamos y Jesús pueda escuchar nuestras oraciones. También a nuestros Ángeles de la Guarda les pedimos que recen con nosotros.

         Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
         
         Canto de entrada: "Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar".

         Meditaciones

         Querido Jesús Eucaristía, venimos a visitarte en tu Oratorio para decirte que te queremos mucho, con todo el corazón, y que Tú eres nuestro mejor Amigo, el Amigo Fiel que nunca falla. Traemos ante Ti a nuestros papás y nuestras mamás, a nuestros hermanos, primos, tíos y amigos, para que a todos los bendigas y les concedas todas las gracias que Tú quieras darles.

         Silencio para meditar.

Querido Jesús Eucaristía, Te pedimos también por todos los niños del mundo, sobre todo aquellos que sufren a causa de la guerra y del hambre, para que ya no sufran más y puedan alegrarse y estar contentos, sanos, salvos y bien alimentados, junto con sus familias. Te pedimos que bendigas especialmente a los niños que sufren por causa de las enfermedades, para que pronto se recuperen y puedan regresar a la escuela y a los juegos de todos los días.

Silencio para meditar.

Querido Jesús Eucaristía, queremos pedirte por nosotros mismos, para que nos ayudes a ser cada vez más buenos y para que también seamos santos. Ayúdanos a vivir el Cuarto Mandamiento: “Honrar padre y madre”, porque un niño no puede nunca entrar al cielo si no ama y honra a sus padres. Haz que amemos a nuestros papás y mayores con el Amor con el que Tú amabas a tu Papá adoptivo, San José, y a tu Mamá, la Virgen. Queremos ser igual de obedientes y hacendosos como lo eras Tú cuando tenías nuestra edad, y no dar nunca un disgusto a nuestros papás, pero para eso necesitamos que Tú nos des tu gracia y tu Amor.

Silencio para meditar.

Querido Jesús Eucaristía, te pedimos tu gracia también para poder rezar, no solo antes de dormir, sino también a lo largo del día. La oración es muy importante, es más importante que un plato de comida, porque con la oración el alma se alimenta del Amor de Dios, que es más rico y sustancioso que cualquier manjar. Enséñanos a rezar, y danos ganas de rezar, todos los días, a lo largo del día, para que siempre estés en nuestros corazones, por la Fe y por el Amor.

Silencio para meditar.

Meditación final


Querido Jesús Eucaristía, ya debemos retirarnos, pero le dejamos a tu Mamá nuestros corazones, para que Ella los ponga a los pies de altar, para que estén ahí adorándote en todo momento, de noche y de día, así como las flores de un jardín perfuman el aire, noche y día. Haz que en esta vida nunca nos separemos de Ti, para que sigamos junto a Ti en la otra vida, para siempre. Amén.

Canto final: "El trece de mayo".

viernes, 18 de octubre de 2013

El Evangelio para Niños: “Hay que rezar siempre”


(Domingo XXIX – TO – Ciclo C – 2013)
         En el Evangelio de hoy, Jesús nos cuenta la historia de una señora que fue a pedirle a un juez que le hiciera justicia. El juez no tenía ganas de trabajar y no quería hacer lo que la señora le pedía, pero esta señora le insistía y le insistía, todos los días, de día y de noche, y le insistió tanto, que el juez al final decidió hacer lo que la señora le pedía, con tal que no lo moleste más.
         Con este ejemplo, Jesús nos quiere decir que nuestra oración tiene que ser como el pedido de esa señora: insistir y siempre insistir, sin cansarnos, porque Dios no deja nunca de escuchar ninguna oración que se le dirige. Como dice el Salmo 86, cuando nosotros rezamos, Dios “inclina el oído” –nosotros diríamos “para la oreja”, como cuando decimos de alguien que escucha con interés lo que se está diciendo-, y como Dios es tan pero tan bueno, que su bondad no entra en todo el cielo junto, Dios siempre nos da lo que le pedimos, pero siempre y cuando sea que aquello que le pedimos, sirva para nuestra salvación eterna.
         Jesús, en este Evangelio, nos enseña a rezar, y a rezar con mucha insistencia –no un día, ni dos, ni tres, sino todos los días de nuestra vida tenemos que rezar-, y con la confianza de ser escuchados, porque Dios es un Dios de Amor infinito que escucha siempre nuestras plegarias. Tal vez por ahí tarda un poco en responder, pero no lo hace porque no escuche, sino porque ama escuchar nuestra voz de hijos que le rezan, porque en la oración del corazón Él ve cómo es el amor que le tenemos.
Pero hay algo que tenemos que saber: Dios es infinitamente bueno y es Amor puro; su bondad y su Amor es más grande que el cielo lleno de estrellas; es más grande que un océano sin playas y sin fondo, y de esa bondad y Amor que es Dios, nosotros podemos sacar de todo lo que necesitemos para llegar al cielo: paciencia, bondad, alegría, fortaleza, templanza, pureza, castidad, y sobre todo, amor, mucho pero mucho amor. Todo lo que tenemos que hacer es decirle a Jesús en la oración: “Jesús, yo quiero cumplir el primer mandamiento, el más importante de todos, el mandamiento en donde está resumida toda la Ley Nueva, el mandamiento que manda amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Yo quiero cumplir este mandamiento, pero resulta que a veces me es difícil cumplirlo, porque muchas veces no siento ese amor, ni a vos, ni a mi prójimo, y encima hay prójimos que son mis enemigos, por lo que me es más difícil todavía de amarlo. ¿Me podés dar un poco del amor de tu Sagrado Corazón, para que yo, con ese amor tuyo, que es como una chispita que encenderá en el fuego a mi corazón, pueda amarte a vos y a mi prójimo?”. Y Jesús, que escucha todas nuestras oraciones –no hay ni una sola, ni una sola, que Jesús no escuche-, nos dará lo que le pedimos.
         Pero hay algo más que tenemos que saber cuando vayamos a rezar: dijimos que Dios es como un océano de bondad y de amor infinitos, más grande que un océano sin playas y sin profundidad, y dijimos también que todo lo que le pidamos, si es conveniente para nuestra salvación, Dios nos lo dará. Pero Él pone una cláusula para darnos todo lo que le pedimos, y es que se lo pidamos a través del Corazón Inmaculado de María, y la oración que más le gusta a la Virgen, es el Santo Rosario. Entonces, si queremos rezarle a Dios, para pedirle, pero también para agradecerle, para adorarlo, para decirle que lo queremos mucho, lo tenemos que hacer a través de la Virgen. Dicen los santos que si nosotros vamos a Dios directamente, Él nos rechazará, pero si vamos por medio del Inmaculado Corazón de María, no nos podrá rechazar nunca. Es como si un mendigo le quisiera regalar a un rey que es muy poderoso, un mendrugo de pan, que está ya duro y casi ni se puede masticar: el rey, al ver el mendrugo de manos del mendigo, lo rechazará y no lo aceptará. Pero si el mendigo le da ese mendrugo a la madre del rey, ella se lo presentará en una bandeja de plata, lo envolverá en manteles de seda bordados con oro, lo adornará con flores, y le dirá que es un humilde regalo que ella le hace a él, su hijo, y así el rey, aunque sepa de dónde viene el mendrugo y qué cosa es, se lo aceptará por el solo hecho de venir de manos de su madre, a la cual ama más que a todo el reino junto. Así pasa con nosotros y con nuestra oración: cuando vamos nosotros solos, Dios nos hace esperar y esperar, pero cuando rezamos al Corazón Inmaculado de María, Dios escucha en el acto, porque Él vive en el Corazón de la Virgen, que es como un sagrario viviente, envuelto en las llamas del Amor de Dios.

         El Evangelio nos dice, entonces, que tenemos que rezar, y rezar siempre, y como vimos, tenemos que rezar al Corazón Inmaculado de María, para que Ella lleve nuestras oraciones a su Hijo Jesús. Y cuando recemos, no recemos sólo para pedir, porque, ¿qué diríamos de un hijo que se dirige a sus papás sólo para pedirle cosas, y nunca para decirle: “Te adoro”, “Te amo”, “Te quiero”? ¿No diríamos que ese niño es un poco interesado? Recemos –recemos el Santo Rosario pidiéndole a nuestro Ángel de la Guarda que nos enseñe a rezar con el corazón y no solo con los labios- y cuando recemos, no sólo recemos para pedir: recemos para decirle a Jesús que lo adoramos y que lo amamos, que le pedimos perdón por nuestros pecados y recién después de decirle esto, podemos sacar la lista de pedidos que queramos hacerle.

sábado, 27 de julio de 2013

El Evangelio para Niños: Jesús nos enseña a rezar


(Domingo XVII – TO – Ciclo C – 2013)
Una vez los amigos de Jesús le pidieron que les enseñara a rezar, porque ellos no sabían rezar. Entonces Jesús les dijo que cuando rezaran, no lo hicieran solamente con los labios, sino que la oración tenía que nacer del amor del corazón; Jesús les enseñó que para poder rezarle a Dios, tenían que tener amor en el corazón, un amor de hijos, y que así como un hijo se dirige a su padre no de cualquier manera, sino con amor, así también había que rezarle a Dios: con amor de hijos, y por eso había que nombrarlo con un nombre nuevo, un nombre que nadie le había dado antes a Dios, y era el nombre de: “Padre”. Jesús nos enseña entonces que para rezar, antes que mover los labios, hay que mover el corazón con la fuerza del amor; para rezar, antes que decir palabras, hay que decirle a Dios desde el corazón: “Te amo, Dios mío, Te amo, Jesús, ven a mi corazón”.
Otra cosa que nos enseña Jesús para rezar es que tenemos que rezar con confianza, sabiendo que Dios es tan pero tan bueno, y tiene tanto pero tanto amor -su amor es como un océano sin playas, me decía mi mamá-, que cuando le pedimos algo, Él siempre nos dará cosas buenas y nada más que cosas buenas; Dios nunca puede darnos algo malo, porque aunque Él es Todopoderoso y tiene más fuerza que trillones de ángeles juntos, hay algo que Él no puede hacer, y es el mal. Dios amás puede hacer el mal, ni tampoco desearlo, ni siquiera el más pequeñito mal, porque Él es infinitamente bueno; entonces, cuando rezamos, tenemos que saber que siempre Dios nos dará cosas buenas, porque si ningún padre de la tierra, cuando un hijo le pide pan, le da piedra, y cuando le pide un huevo, no le da un escorpión, mucho menos Dios, que es nuestro Padre del cielo, porque es un Dios en cuyo Corazón solo hay Amor y más Amor. Y si deja que algo malo nos pase, es porque por su poder, puede convertir ese poquitito de mal que deja que nos pase, en un bien inmensamente grande.
Hay algo más que nos enseña Jesús es que, cuando recemos, no tenemos que contentarnos con rezar un día, o dos, o tres: tenemos que rezar con perseverancia, todos los días, porque si rezar es recibir el Amor de Dios, para que nuestro corazón se llene de su Amor; si rezar es que nuestro corazón se llena del Fuego de Dios, que es Amor, entonces, ¿por qué no rezar más seguido? ¿Acaso no es lo más lindo del mundo, que nuestro corazón, que es como un carbón, negro, frío y duro, se convierta, por el fuego del Amor de Dios, en una brasa ardiente, que se enciende en el Amor divino? ¿No nos gusta que nuestro corazón sea como un nido de luz y de amor, en donde venga a descansar la Dulce Paloma divina, el Espíritu Santo, y nos llene de Dios, que es Amor?

Entonces, si esto es rezar, ¿qué esperamos para rezar?

miércoles, 8 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (II): Segunda Aparición del Ángel de Portugal



La Segunda Aparición del Ángel
Durante el verano de 1916 los tres primos estaban jugando en el calor del día en el jardín cerca del pozo detrás de la casa de los Santos en Aljustrel. Lucía describe cómo el ángel se les apareció una vez más, pero esta vez, reprochándoles por su falta de seriedad espiritual.
Dice así Sor Lucía: “Ocurrió a mediados del verano, cuando llevábamos los rebaños a casa hacia mediodía para regresar por la tarde. Estábamos a la sombra de los árboles que rodeaban el pozo de la quinta Arneiro. De pronto vimos al mismo Ángel junto a nosotros: ‘¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!’. ¿Cómo hemos de sacrificarnos?, pregunté. ‘De todo lo que pudierais ofreced un sacrificio como acto de reparación por los pecados cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de su guardia, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe”.
Esta aparición renovó el mismo efecto profundo que tuvo el primero en ellos. Lucía nos dice: Estas palabras hicieron una profunda impresión en nuestros espíritus; fueron como una luz que nos hacía comprender quién es Dios, cómo nos ama y desea ser amado, el valor del sacrificio, cuánto le agrada y cómo concede en atención a esto la gracia de conversión a los pecadores. Por esta razón, desde ese momento, comenzamos a ofrecer al Señor cuanto nos mortificaba, repitiendo siempre la oración que el Ángel nos enseñó.
Enseñanzas espirituales en la segunda aparición del Ángel de Portugal
-El Ángel se les aparece mientras están jugando, y les dice que deben rezar, ya que los corazones de Jesús y María tienen designios misericordiosos para ellos. De hecho, en poco tiempo, Lucía y Francisco morirán e irán al cielo; Lucía, en cambio, vivirá más tiempo, aunque también morirá y será llevada al cielo. La Misericordia Divina quiere que todos nos salvemos y vayamos al cielo, pero para eso, es necesario rezar, por nosotros y por quien no lo hace.
         -El Ángel les dice que además de rezar, deben ofrecer “sacrificios al Altísimo”, y que lo pueden hacer “en todas las formas que puedan”, pidiendo por los pecadores y reparando por las ofensas cometidas contra Jesús. Todo el mal del mundo, todos los pecados de los hombres, todas las cosas malas que los hombres hacen, desde las más pequeñas hasta las más grandes, todo ofende a Jesús, porque Jesús es la Bondad y el Amor infinitos, y en Él no hay sombra alguna de maldad. Por eso es que no puede tolerar la maldad, ni la más pequeña, aun si viene del más inocente niño. Muchos hombres ofenden a Dios con muchísimos pecados, y muchos lo hacen de modo voluntario, y ése es el motivo por el cual el cristiano, que ama a Cristo, tiene que ofrecer sacrificios y oraciones en reparación por los que ofenden a Jesús. Sacrificarse es orar con el cuerpo, y tiene mucho valor esta forma de oración, porque es unirse al sacrificio de Jesús en la Cruz. El sacrificio “en todas las formas que puedan”, quiere decir que de todo se puede hacer sacrificio, sin necesidad de hacer grandes peregrinaciones para tal motivo. Por ejemplo, se puede ofrecer, interiormente, en silencio, sin que nadie se de cuenta, a Jesús y a la Virgen, un día de mucho calor, o de mucho frío; una comida que no me gusta, la como sin quejarme; una tarea en el hogar, que no me gusta hacer, pero la hago en silencio y gustoso; en vez de dar una respuesta impaciente, rechazo la impaciencia y contesto con afecto y amor; una persona que no me cae simpática, tratarla con amor y respeto, por amor a Jesús, etc. Como dice el Ángel, “de todo” se puede ofrecer sacrificios, pidiendo por la conversión de los pecadores.
         -El Ángel les dice que “acepten y soporten con paciencia los sufrimientos que Dios les enviará”. Contrariamente a lo que puede parecer, las apariciones de los ángeles, o de la Virgen y Jesús, no significa que “todo va a ir bien”, que no vamos a tener problemas de ninguna clase, que vamos a ser admirados, aplaudidos y respetados por todo el mundo. El Ángel les advierte que Dios les enviará “sufrimientos”, y que deben “aceptarlos y soportarlos con paciencia”. Esto se debe a que la bendición de Dios no es lo que el mundo piensa; estar bendecido por Dios no significa “no tener problemas”, y que los negocios del mundo vayan viento en popa; no quiere decir ganar mucha plata, ni tener buen trabajo, ni estar libre de enfermedades o tribulaciones, porque la bendición de Dios pasa por la Cruz. Para entender la bendición de Dios, hay que mirar a Jesús crucificado: en la Cruz, Jesús no está “cómodo”; en la Cruz, no está sin tribulaciones, al contrario, es la Gran Tribulación de la Cruz; en la Cruz está dolorido, y sufre con pena la traición y el abandono de muchos de sus amigos. Ser bendecido por Dios, quiere decir ser crucificados junto a Jesús, y eso es muy distinto a lo que el mundo toma como “bendición”. Pero también el que está crucificado junto a Jesús, tiene el consuelo de la presencia de la Virgen María, porque Ella está al pie de la Cruz, consolando con su amorosa presencia maternal a su Hijo Jesús. Que Dios envía sufrimientos a quienes bendice, eso lo experimentaron en persona los pastorcitos: al poco tiempo, sufrieron la incomprensión de sus padres –aunque finalmente los padres creyeron-, de alguna gente del pueblo, que no les creían que se les apareciera la Virgen; también sufrieron y mucho, de parte de las autoridades civiles, quienes los llegaron incluso a amenazar con hacerlos hervir en aceite si no decían que todo era mentira; luego, sufrieron en sus cuerpos, porque se enfermaron gravemente y murieron. Frente a los sufrimientos, los niños hicieron como el ángel les había dicho: aceptaron y soportaron todo con paciencia, porque eran sufrimientos venidos de Dios, que es infinitamente bueno, y como Dios es infinitamente bueno, el sufrimiento que manda, cuando se lo une a la Cruz de Jesús, Dios lo convierte en bendición y alegría. Además, en comparación, el sufrimiento dura muy poco, y a cambio de ese sufrimiento aceptado, Dios nos da ¡una eternidad de alegría! Eso es lo que les pasó a los pastorcitos: sufrieron todo esto por muy poco tiempo, y ¡ahora viven en el cielo, alegres junto a Jesús y a la Virgen, para siempre!
         -El Ángel les dice que él es el “Ángel de Portugal”, lo cual quiere decir que no solo las personas tienen un Ángel Custodio, sino que el país tiene su propio Ángel Custodio. Entonces nuestra Patria Argentina también tiene un ángel custodio, el Ángel de Argentina, y a él hay que rezarle y pedirle por nuestra Patria y nuestros compatriotas, porque ha sido puesto por Dios para que nos asista. Por ejemplo, hay que pedirle por los gobernantes, por los problemas que se suceden todos los días, y también por Malvinas, para que las recuperemos para siempre, y por todo lo que nuestra querida Patria necesite, sobre todo la paz, que viene por la oración y los sacrificios. Además, es doctrina de la Iglesia que todo grupo humano –familia, grupos de oración, etc.- tiene su ángel custodio.
         -Lucía dice que las palabras del Ángel actuaron en sus almas como “llamas ardientes” que les hicieron comprender “quién es Dios, cuánto nos ama, cuánto quiere que lo amemos, y cuánto le agrada el sacrificio que podamos hacer por la conversión de los pecadores. Dios es Amor infinito, como un océano sin playas y sin fondo, y quiere que todos nos salvemos, por la oración, el amor al prójimo y los sacrificios por los pecadores.