Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 9 de abril de 2015

Formación para Catequistas - El Pésame como oración



         Analizaremos el “Pésame” como oración y no como mera fórmula a ser evaluada, para que el Catequista no se conforme con que el niño –de Primera Comunión, de Confirmación, o el Adulto que recibe Catequesis- aprenda la fórmula de memoria, sino que sepa qué es lo que está diciendo. En otras palabras, el Catequista no debe conformarse con que el catequizando sepa recitar de memoria el Pésame; debe apuntar más alto, o más profundo, si se quiere: debe apuntar a que el catequizando entienda que el Pésame no es una “verso” que debe decir de memoria, sino una oración, que debe recitarla desde lo más profundo de su corazón, con un corazón contrito y humillado, y si no, no sirve. Tomar a la ligera tanto la Confesión Sacramental, como los Mandamientos de la Ley de Dios, lleva a la ruina de la vida espiritual.
Analizaremos frase por frase, reflexionando brevemente sobre el significado de cada una de ellas.
“Pésame”
         Desde el inicio, se trata de una oración, de un acto de profundo dolor espiritual; se trata de un “peso” espiritual: “pésame”; no es un “pesar” intelectual. Es un pesar espiritual, personal –me pesa-, por los pecados personales, -a mí, por mis pecados-, y la oración se dirige de modo personal a Dios.
         “Dios mío”.
         ¿Quién es este “Dios”? Puesto que la fórmula se realiza en el contexto del Sacramento de la Penitencia, se dirige al sacerdote ministerial, en quien se encuentra, oculto, Jesucristo, y es a Él a quien se dirige la oración de arrepentimiento y de quien se espera obtener la absolución.
         “Y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido”.
         En esta frase está la clave de la confesión y el secreto para una confesión bien hecha: “me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido”. En esta frase se encierra la contrición del corazón: si alguien pronuncia esta frase entendiendo lo que significa y sintiendo espiritualmente –no sensiblemente, sino espiritualmente-, ha alcanzado la contrición del corazón, y por lo tanto, ha alcanzado el arrepentimiento perfecto y está a un paso de la santidad. “Arrepentirse de todo corazón de ofender a Dios” significa comprender a fondo la inmensidad de la malicia del pecado, por un lado, y por otro, significa comprender la infinitud de la bondad y la santidad de Dios Trino. No significa que hay que ser teólogos, ni sacerdotes, ni monjas, ni tener estudios: basta con la iluminación de la gracia, porque se puede ser analfabetos e ignorantes en las ciencias humanas, pero iluminados por la gracia de Dios, para comprender cuán bueno es Dios, cuán detestable es la malicia del corazón y cuánto lo ofende la maldad del corazón del hombre, y es en esto en lo que consiste el arrepentimiento perfecto, en que se comparan las dos cosas y se desea nunca haber cometido el mal.
         “Pésame, por el Infierno que merecí”.
         Aquí, el Catequizando debe ser consciente de lo que está diciendo, porque es una verdad de fe la existencia del Infierno, no como estado, sino como lugar definitivo en el que van a parar los condenados, junto con los ángeles rebeldes, y en donde permanecerán para toda la eternidad. El Infierno, como lugar de castigo divino para los hombres impíos y para los ángeles apóstatas, es una verdad de fe revelada: “El Infierno consiste en la eterna condenación de quienes, por libre elección, deciden morir en pecado mortal” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212). Todos los Papas, incluido el actual Papa Francisco, han hablado del Infierno, advirtiendo acerca de él, siendo precisamente el Papa Francisco uno de los que más ha hablado de él: incluso, últimamente, ha tenido una intervención muy gráfica: hablando de los corruptos que no se convierten, ha dicho que, de no hacerlo, “los perros del infierno beberán su sangre” (sic). Desde el cielo mismo se nos advierte acerca de la existencia del Infierno y del peligro de condenación eterna: en las apariciones de Fátima (una de las apariciones marianas aprobadas oficialmente por la Iglesia), la Virgen no solo les muestra el Infierno a los tres Pastorcitos, sino que, en cierta medida, les hace tener una experiencia mística del mismo, conduciéndolos allí y haciéndoles ver cómo caían las almas en “lago de fuego”, como “copos de nieve”, según relato de la Hermana Lucía, lo cual le hace a ella soltar un grito de terror. El Catequizando debe tener conciencia, de alguna manera, de que el pecado impenitente, el pecado sin confesar, el pecado del cual la persona no se arrepiente, es algo malo que no puede estar en la Presencia de Dios y que solo sirve para ser quemado en el Infierno, de ahí la necesidad de desprenderse del pecado. El pecado anida en el corazón humano y solo puede ser quitado por la Sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, porque Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y si Él no lo quita, por medio de la Confesión sacramental, el pecado permanece en el corazón y este pecado arrastra al Infierno, porque nadie con pecado puede estar delante de Dios. El pecado, entonces, hace merecedor, al pecador, del Infierno, con todas sus penas y dolores, y esto es lo que el penitente tiene que entender, para que saque más provecho de su confesión.
         “Y por el cielo que perdí”.
         Con su muerte en cruz, Jesús no solo nos quita el pecado, sino que nos concede su gracia santificante, que nos concede la filiación divina, haciéndonos ser hijos adoptivos de Dios. Quien muere en estado de gracia, sin pecados veniales, inmediatamente después de morir, y antes de la resurrección de los cuerpos, pasa a gozar de la visión beatífica de Dios Uno y Trino, y es en esto en lo que consiste el “cielo”, que es también un lugar: “vi un cielo y una tierra nueva”. Así como la gracia nos concede el cielo gratuitamente, así el pecado, por libre voluntad de la persona, nos quita el cielo que nos había conquistado y regalado Jesucristo. El cielo es un lugar inimaginablemente hermoso, en el que no solo no hay tristeza, ni llanto, ni amarguras, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte, sino que en él todo es amor, alegría, paz, felicidad, bondad, cantos, risas, porque los santos y los ángeles viven en Dios y de la vida de Dios, y Dios es Amor, Alegría, Paz, Luz, y por eso comunica a los ángeles y santos de lo que Él es. En el cielo, todos son jóvenes, nadie tiene más de treinta y tres años, la edad de Cristo al morir; todos tienen cuerpos glorificados; todos tienen cuerpos perfectos, sanos, hermosos; no hay concupiscencia, no hay malicia, no hay nada imperfecto.
“Pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí, a un Dios tan bueno y tan grande como Vos”.
Pero sobre todo, lo que hace más hermoso el cielo, más que estas “inconcebibles hermosuras y maravillas”, como dice Santa Faustina Kowalska, cuando es llevada al cielo, aun en vida, es la contemplación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad y de la Santísima Virgen María. Todo eso se pierde por el pecado, y eso es lo que el penitente tiene que saberlo, para aprovechar la Confesión y aumentar el dolor de los pecados.
         “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.
Santo Domingo Savio, a los nueve años, en su Primera Comunión, pide la gracia de “morir antes de cometer un pecado mortal”. ¿Por qué? Porque toma conciencia del infinito valor de la gracia, valor que reside en el hecho de hacer partícipe al alma de la vida de Dios Trino, lo cual es un bien que no se puede equiparar a ningún bien terreno y por lo cual vale la pena perder la vida, antes que perderla. Santo Domingo Savio se da cuenta que la gracia es el mayor tesoro que un alma puede poseer en esta tierra, un tesoro más grande que el más grande tesoro terreno, más valioso que el oro y la plata, porque hace partícipes de la vida divina, y si el alma muere en gracia, entra a participar de la eterna bienaventuranza en el acto. Por el contrario, si el alma pierde la gracia, a causa del pecado, esto constituye la mayor desgracia, aun cuando el alma esté rodeada de placeres, de lujos y de comodidades terrenas, porque ha perdido la unión y la amistad con Dios, en el tiempo y si muere en ese estado, esa pérdida será para siempre. Es por eso que Santo Domingo Savio pide “morir antes que pecar”, que es el sentido con el cual se debe pronunciar esta frase: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”, es decir, se debe tener la intención de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado; se debe tener la intención de morir, de perder la vida terrena, antes de perder la vida de la gracia, porque eso implica el riesgo de perder la vida eterna, por causa del pecado mortal o venial deliberado.
“Propongo firmemente no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén”.

Es el propósito de enmienda, que también debe ser firme y debe estar presente y consciente, como el dolor de los pecados, para que la confesión sea válida. El Catequizando debe entender, también, que las “ocasiones próximas de pecado” deben ser evitadas, tal como lo dice en la fórmula, ya que no debe convertirse en una expresión vacía.

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