Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 25 de noviembre de 2011

El Adviento explicado para Niños y Adolescentes (I)



¿Qué es el Adviento? Adviento quiere decir: “esperar al que viene”. ¿Y quién es el que viene? El Niño Dios. Adviento entonces es el tiempo en el que en la Iglesia nos disponemos a esperar al Niño Dios que está por nacer. Sabemos que ya nació, murió y resucitó, pero en Adviento “hacemos de cuenta que no ha venido todavía”. Esperamos a Jesús que está por nacer.
En Adviento esperamos a Dios, que está por venir, y por eso en las lecturas y en los cantos se hace alusión a la venida del Señor.
El Adviento es un tiempo de alegre espera; la espera de la llegada del Señor, y es alegre, porque sabemos que, cuando venga Dios, cuando nazca el Niño Dios, el mundo será distinto, porque no es lo mismo un mundo sin Dios, que un mundo con Dios.
¿Cómo es un mundo sin Dios? Para saberlo, veamos qué es Dios, para darnos cuenta qué hay cuando Él está, y qué no hay cuando Él no está.
Dios es luz, porque lo dice el evangelista Juan: “Dios es luz y en Él no hay tinieblas” (1 Jn 1, 5), y Jesús dice de sí mismo: “Yo Soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), y por eso en el Credo decimos: “Dios de Dios, Luz de Luz”, cuando nos referimos a Jesús. Entonces, Dios es luz, y cuando el Niño Dios está en el alma, todo está iluminado, con una luz más hermosa que la luz del sol.
Pero cuando Dios no está, el mundo se pone oscuro, como una noche sin luz de luna, y las almas viven en tinieblas, porque no pueden ver nada, y así como en la noche, en los bosques, salen las bestias feroces, así en la noche sin Dios, salen otras bestias, más feroces que los animales, los ángeles caídos. Cuando el alma está sin Dios, vive en esta oscuridad, en donde hay seres oscuros y malvados.
Dios es Vida, porque Jesús dice de sí mismo: “Yo Soy el Pan de vida eterna, el que come de este Pan, vivirá eternamente” (cfr. Jn 6, 51). Cuando el Niño Dios está en el alma, el alma está viva, porque vive con la vida de Dios, y vive en la tierra ya con un poquito de cielo, de eternidad, en el corazón. Y cuando hay vida, hay alegría, esperanza, risas, caridad.
Pero cuando el Niño Dios no está, sólo hay muerte, y eso es lo que pasa, por ejemplo, en las guerras, cuando los hombres se pelean por la tierra, por el oro, por el petróleo, por las riquezas del mundo. Cuando Dios, que es vida, no está, sólo hay muerte entre los hombres, porque sin Dios, los hombres se matan entre sí.
Dios es Verdad, porque Jesús dijo de sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), y por eso, cuando el Niño Dios nace en un alma, en esa alma no hay mentiras, no hay doblez del corazón. Cuando Dios está en el alma, el alma es transparente como un cristal; el alma no habla nunca a espaldas del prójimo; el alma no habla nunca mal del prójimo, y mucho menos, desea el mal a nadie.
Pero cuando el Niño Dios, que es Verdad, está ausente del alma, el alma se vuelve cínica, hipócrita, mentirosa, falaz, y habla con doblez de corazón: mientras dice una cosa con los labios, con el corazón dice otra contraria; mientras alaba a Dios con los labios, con el corazón tiene rencor y odio contra el prójimo, y se niega a perdonarlo.
Finalmente, Dios es Amor, porque así lo dice el evangelista Juan: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y por eso, cuando el Niño Dios está en el alma, el alma se vuelve como un espejo que refleja el amor divino, un amor que no es envidioso, que no es rencoroso, que a nadie desea el mal, que quiere a todos, incluidos a sus enemigos; un amor que ama a sus padres, a sus hermanos, y a todo prójimo, por amor a Dios; un amor que comparte sus cosas, su tiempo, sus alegrías; un amor que ayuda a los demás; un amor que es solidario, caritativo, amable, bueno, compasivo.
Pero cuando el Niño Dios no está en el alma, el alma se vuelve agria y amarga, egoísta, incapaz de compartir nada con nadie; el alma se vuelve mala, porque a nadie quiere, ni a Dios, ni al prójimo, ni a sí mismo, ni mucho menos a sus enemigos; un alma sin el Niño Dios se vuelve incapaz de perdonar, y es tan orgullosa y tan nada humilde, que jamás pide perdón cuando se da cuenta que se ha equivocado en algo; cuando el Niño Dios no está en el alma, el alma se vuelve caprichosa, vanidosa, engreída, soberbia, y para esta alma no existe nadie sino ella misma y sus mezquinos y egoístas intereses.
El tiempo de Adviento entonces es un tiempo para prepararnos para la venida de Dios Niño, que habrá de nacer en un portal, el portal que es nuestro corazón. Y es un tiempo de alegre espera, porque sin Jesús, sin el Niño Dios, el alma y el mundo son lugares tristes, oscuros, fríos, egoístas; sin el Niño Dios, no hay verdadera alegría; sin el Niño Dios, no hay verdadera paz; sin el Niño Dios, no hay esperanza de llegar al cielo, porque el Niño Dios, así como en el pesebre de Belén abre sus brazos para que lo abracemos, así Él luego, cuando sea grande, abrirá sus brazos y morirá en la Cruz por nosotros, para llevarnos a todos al cielo.
Jesús nació en un portal; nosotros en Adviento preparamos nuestro corazón para que sea un nuevo portal, un portal de carne, donde nazca Jesús por la gracia. Así como la Virgen, encinta, tuvo que entrar en la gruta para la limpiarla, porque ahí dormían los animales, y estaba todo oscuro, así le pedimos a la Virgen que sea Ella la que prepare nuestro pobre corazón para que sea como una gruta en donde nazca su Hijo Jesús.
Y como también está a oscuras, como el Portal de Belén, le pedimos que alumbre nuestro corazón con la luz de la gracia del Niño Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada