Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

domingo, 18 de junio de 2017

Solemnidad de Corpus Christi para Niños


(Ciclo A – 2017)

         ¿Qué quiere decir “Corpus Christi”? Quiere decir, en latín, “Cuerpo de Cristo”. ¿Y por qué celebramos esta fiesta en la Iglesia? Porque una vez, había un sacerdote, que se llamaba Pedro de Praga, que tenía dudas acerca de lo que la Iglesia enseñaba acerca de lo que pasaba en la Misa, y entonces Jesús hizo un milagro eucarístico para que su fe creciera y se hiciera más fuerte.
         ¿Cómo fue el milagro eucarístico que hizo Jesús? Sucedió así: Pedro de Praga estaba celebrando la Santa Misa en la capilla de la iglesia de Santa Cristina –una niña mártir de los primeros siglos- en un pueblito de Italia llamado Bolsena. En el momento en que tenía que decir las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, comenzó a dudar de si realmente el pan se convertía en el Cuerpo de Cristo, y el vino en su Sangre. Entonces, en ese momento, apenas dijo las palabras de la consagración, y cuando elevaba la Hostia que tenía entre sus dedos, sucedió el milagro: la parte de la Hostia que estaba entre sus dedos, seguía teniendo el aspecto de pan, pero todo el resto de la Hostia, se convirtió en un trozo de músculo del corazón, vivo, y como estaba vivo, sangraba mucho. Entonces el sacerdote quedó con la Hostia entre los dedos, parte de la cual se había convertido en músculo del corazón, del cual salía mucha sangre. Tanta era la sangre, que algunas gotas cayeron en el piso de mármol, impregnándolo. Pedro de Praga, asombrado por el milagro, envolvió la Hostia consagrada en el corporal y lo llevó a la Sacristía. Sucedió que el Papa de ese entonces, que se llamaba Urbano IV, estaba cerquita de Bolsena, en un pueblito llamado Orvieto, y cuando se enteró del milagro, lo hizo traer en procesión hasta donde él estaba, arrodillándose ante la Hostia consagrada cuando la tuvo ante él.  A partir de entonces, el Papa ordenó que en toda la Iglesia se celebrara la Solemnidad de Corpus Christi, en recuerdo no solo del milagro que sucedió a Pedro de Praga, sino en recuerdo de lo que pasa en cada Santa Misa, aunque no lo veamos.
         El milagro que le sucedió a Pedro de Praga fue para que nos diéramos cuenta que todo lo que la Iglesia nos enseña en el Catecismo de Primera Comunión es verdad: por las palabras de la consagración, se produce, de modo invisible pero real, un milagro llamado “transubstanciación” –parece una palabra difícil, pero no lo es: Tran-subs-tan-cia-ción-, milagro por el cual el pan deja de ser pan, para convertirse en el Cuerpo de Cristo, y el vino deja de ser vino, para convertirse en la Sangre de Cristo. El milagro que le pasó a Pedro de Praga, sucede verdaderamente, en cada Misa, pero de modo invisible, de modo que no lo podemos ver con los ojos del cuerpo, pero sí lo podemos “ver” con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe.
         Por eso, no es necesario que Dios repita el milagro en cada Misa: basta con que haya sucedido una vez, para que creamos firmemente lo que la Iglesia nos enseña en el Catecismo de Primera Comunión: que por la consagración, el pan deja de ser pan, para convertirse en el Cuerpo, en el Corazón de Cristo, y el vino en su Sangre, la Sangre de Cristo. Es por esto que, cuando el sacerdote eleva la Hostia consagrada, en realidad eleva y presenta a Dios Padre el Corazón de Jesús; no un pedacito de pan, sino el Corazón de Jesús, lleno del Amor de Dios.
         ¿Y para qué hace Jesús este milagro en cada Misa? La única razón por la que Jesús convierte al pan en su Cuerpo y en su Corazón, lleno de su Sangre Preciosísima, es para darnos el Amor de su Corazón, para que nuestros corazones se fundan con el Corazón de Jesús y sean uno solo con Él. Por eso, cometen un grave error aquellos que dejan la Misa y la Eucaristía del Domingo por pasatiempos mundanos, porque se pierden de recibir el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Al igual que Pedro de Praga, también nosotros debemos pedir crecer en la Fe de la Iglesia sobre la Eucaristía, la Fe que nos dice que la Eucaristía no es un trocito de pan bendecido, sino el Corazón Eucarístico de Jesús.

         

jueves, 15 de junio de 2017

Visita a Jesús Sacramentado con niños de Primera Comunión


         Inicio: nos arrodillamos ante Jesús en el sagrario. No podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero la Fe de la Iglesia nos enseña que Jesús, el Cordero de Dios, está Presente realmente en la Eucaristía. Si pudiéramos verlo, lo veríamos con su Cuerpo resplandeciente de gloria, como en el día de la Resurrección. Hacemos silencio, no solo de palabras, sino de pensamiento, y para lograrlo le pedimos a la Virgen la gracia de poder escuchar a su Hijo, que nos habla, sin que nos demos cuenta, en lo más profundo de nuestro ser.
         Rezamos la oración que el Ángel de Portugal les enseñara a los pastorcitos:
         “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         (Breve pausa de silencio).

         Oración a Jesús, el Dios del sagrario.

         Aunque no te vemos con los ojos del cuerpo, sabemos por la Fe que estás allí, en la Eucaristía. Venimos a decirte que queremos amarte con el mismo amor con el que te ama tu Mamá, la Virgen, y también que queremos adorarte con su misma adoración.
         Querido Jesús Eucaristía, puesto que Tú eres Dios, en tus manos están nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, y por eso estamos tranquilos, porque como Dios siempre permitirás lo mejor para nuestra eterna salvación.
         Querido Jesús Eucaristía, Tú derramaste un sudor de Sangre en el Huerto de Getsemaní, al ver la horrible malicia de mis pecados del corazón. Por eso te entrego mi corazón, duro y frío como una carbón apagado, para que con el Fuego del Amor de Dios, lo conviertas en brasa ardiente que no solo evite todo pecado, sino que a cada latido respire el Amor de Dios.
         Querido Jesús Eucaristía, por la Sangre que derramaste en la flagelación, danos pureza de cuerpo y alma y la gracia de preferir “morir antes que pecar”.
         Querido Jesús Eucaristía, por la Sangre que derramaste en la coronación de espinas, danos pensamientos santos y puros como los tuyos.
         Querido Jesús Eucaristía, que antes de morir en la cruz, nos diste a María como Madre, haz que vivamos siempre dentro de su Inmaculado Corazón, envueltos en su manto celeste y blanco.
         Querido Jesús Eucaristía, que en la Misa bajas del cielo para darnos tu Sagrado Corazón Eucarístico, haz que no seamos indiferentes a tu Amor y que deseemos siempre recibir, con fe, con amor y devoción, tu Cuerpo Sacramentado, sobre todo los Domingos, el Día que nos anticipa la feliz eternidad.

                  (Breve silencio).
          Rezamos la oración que el Ángel de Portugal les enseñara a los pastorcitos:
         “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


Oración final: Jesús, Dios de la Eucaristía, Dios del Sagrario, queremos seguir contigo, pero aunque ya debemos retirarnos, deseamos permanecer siempre contigo, de manera que por manos de María, la Virgen, Madre tuya y nuestra, te dejamos nuestros corazones al pie del sagrario, para que día y noche te alaben y te adoren sin cesar. Y si alguna vez sentimos la tentación de apartarnos de tu Presencia, que tu Madre Santísima nos estreche contra su Inmaculado Corazón, para que así, contagiados por su amor, te amemos y adoremos en todo tiempo y lugar. Amén.

sábado, 10 de junio de 2017

El Evangelio para Niños - Solemnidad de la Santísima Trinidad


(Ciclo A – 2017)

         ¿Cómo es el Dios de los católicos? Sabemos que es Uno solo y que no hay más dioses que Dios, pero sabemos también, porque Jesús nos lo dijo en la Biblia, que en Dios hay Tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No son tres dioses, sino Un solo Dios verdadero, y Tres Personas en Él. Este misterio es imposible de entender para nosotros y para que nos demos una idea de cuán grande es este misterio, podemos recordar un episodio sucedido con un gran santo, San Agustín. Un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad tratando de comprender, solo con su razón, cómo era posible que Tres Personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios. Mientras caminaba y pensaba, se encontró con un niñito que había excavado un pequeño pozo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una cuenca marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Esta actitud llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño qué era lo que estaba haciendo: “Intento meter toda el agua del océano en este pozo”, le respondió el niñito. “Pero eso es imposible –dijo San Agustín–, ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un pozo tan pequeñito?”. “Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…”. Y en ese instante el niñito desapareció. Ese niñito era su Ángel de la Guarda, que venía a auxiliarlo en su esfuerzo por conocer y amar a Dios Uno y Trino. Nuestra mente, entonces, es como un pequeño pozo excavado en la arena; Dios, en el misterio de la unidad de su Naturaleza y la diversidad de las Tres Divinas Personas, es el océano. Así como es imposible meter el océano en el pequeño pozo, así también es imposible comprender, para nuestra pobre razón, cómo es que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y no hay en Él tres dioses, sino Un solo Dios Verdadero y Tres Personas distintas.
         Otro ejemplo que podemos usar para tratar de entender este misterio, es el del sol, con su luz y el calor, como nos dice un diácono llamado San Efrén: “Toma como símbolos el sol para el Padre: para el Hijo, la luz, y para el Espíritu Santo, el calor. Aunque sea un solo ser, es una trinidad lo que se percibe en él (…) Este único es múltiple: uno formado de tres, y tres no forman sino uno (…) El sol es distinto de sus rayos aunque estén unidos a él; sus rayos también son el sol. Pero nadie habla, sin embargo, de dos soles, aunque los rayos son también el sol aquí abajo. Tampoco nosotros decimos que habría dos Dioses”. Dios Padre es el sol; Dios Hijo es el rayo de sol, la luz; Dios Espíritu Santo es el calor del sol, es decir, el Amor de Dios.

         Por último, hay algo que debemos saber y que también es un gran misterio: este Dios, que es Uno en naturaleza y Trino en Personas, viene a vivir en el corazón del que está en gracia y lo ama y adora con todas sus fuerzas. Esforcémonos entonces, no solo de evitar el pecado, sino de vivir siempre en gracia, confesándonos con frecuencia, para que el Dios católico, Dios Uno y Trino, la Santísima Trinidad, viva en nuestros corazones, y así empecemos a vivir, anticipadamente, desde esta tierra, en el cielo.

sábado, 3 de junio de 2017

El Evangelio para Niños: Solemnidad de Pentecostés


(Ciclo A – 2017)

         El Espíritu Santo, en Pentecostés, apareció como lenguas de fuego y como viento impetuoso, y muchos comenzaron a hablar en lenguas. ¿Esto quiere decir que si no lo vemos como lenguas de fuego y si no lo sentimos como viento y si no hablamos en lenguas, entonces, no tenemos al Espíritu Santo en nosotros? No, porque el Espíritu Santo obra en la Iglesia, no solo en Pentecostés, sino todo el tiempo, y no visiblemente, como lenguas de fuego o como viento, ni tampoco dando don de lenguas.
         ¿Cómo obra el Espíritu Santo?
         Iluminando nuestras mentes y corazones para que recemos el Credo, que es nuestra Fe católica, con mucha fe, con mucho fervor y con mucho amor; nos hace entender qué es cada una de las oraciones del Credo y nos hace amar a Jesús y desear el cielo. El Espíritu Santo actúa en la inteligencia y en el corazón, dándonos la Sabiduría y el Amor de Dios.
         Pero también actúa de otra manera: convierte nuestros cuerpos en templos del Espíritu y nuestros corazones en altares. Así como es el templo, así es nuestro cuerpo, y así como es el altar, así es nuestro corazón. ¿Podemos en el templo cantar canciones inmorales e indecentes, como cumbia, reggaetón, rock, con letras que ofenden a Dios y a la Virgen? No, entonces, tampoco lo debemos cantar en nuestros cuerpos, porque también son templos del Espíritu y por eso son sagrados. ¿Podemos, en el altar, poner figuras de ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, Buda, o cualquier otro ídolo? No, porque en el altar eucarístico sólo se adora a Jesús Eucaristía: de la misma manera, en nuestros corazones no puede haber lugar para esos ídolos, sino solo para Jesús Eucaristía.
         Así es como actúa el Espíritu Santo en nuestros cuerpos, en nuestras almas y corazones, todo el tiempo, y por eso debemos abrir nuestros corazones para que entre el Espíritu Santo, el Amor de Dios, no solo en Pentecostés, sino en toda época del año.

         

martes, 30 de mayo de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Gloriosos


         Primer Misterio Glorioso: la Resurrección del Señor (Mc 16, 5-6). Las santas mujeres van al sepulcro, en busca de Jesús muerto, pero el Ángel les anuncia la hermosa noticia: “Jesús de Nazareth ha resucitado, no está aquí”. Llenas de alegría, corren para dar a los demás la noticia de que el sepulcro de Jesús está vacío, porque ha vencido a la muerte. Nosotros debemos acudir al sagrario, para después anunciar al mundo la alegre noticia: ¡Jesús está resucitado y glorioso en la Eucaristía!

         Padre Nuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Segundo Misterio Glorioso: Jesús Asciende glorioso a los cielos (Mt 28, 18-19; Lc 24, 50-51). Después de resucitar, Jesús sube al cielo para prepararnos una morada en la Casa del Padre, porque Él nos ama tanto, que quiere que donde esté Él, también estemos nosotros. En la Casa del Padre, inmensa como los cielos eternos, hay habitaciones que tienen nuestro nombre y están listas y preparadas para que las habitemos, luego de esta vida. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que yo ame tanto a Jesús, que desee siempre vivir en gracia, para ir a habitar en la Morada del Padre en la vida eterna!

         Padre Nuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Tercer Misterio Glorioso: la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles (Hch 2, 1.3-4). Desde el cielo, Jesús cumple con su promesa de enviarnos el Amor de Dios y junto a Dios Padre, sopla el Espíritu Santo sobre María Santísima y los Apóstoles, reunidos en oración. El Espíritu Santo, que es Fuego de Amor divino, quiere encender nuestros corazones en el Amor de Dios. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, nuestros corazones, que sin la gracia de Dios son fríos y oscuros como el carbón; haz que se conviertan en brasas incandescentes y luminosas al recibir el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo!

         Padre Nuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Cuarto Misterio Glorioso: la asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos. La Virgen María, por ser la Madre de Dios, no podeía sufrir la corrupción de la muerte y es por eso que la Inmaculada siempre Virgen María, cuando finalizó su vida terrena, se durmió en la tierra y despertó en los cielos, revestida de la luz y de la gloria de Jesús. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, ayúdanos para que, viviendo siempre en gracia en esta vida terrena, logremos alcanzar el premio de la vida eterna, para estar contigo y con Jesús, en el Reino de Dios, para siempre!  

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Quinto misterio glorioso: la coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado (Ap 12, 1). Cuando llega al cielo, Jesús coloca en la cabeza de su Mamá una corona, más preciosa que el oro, porque está hecha de la luz y de la gloria de Dios. Para merecer esta corona, la Virgen aceptó con amor sufrir junto con su Hijo la Pasión, acompañándolo en todo momento, y sufriendo en su espíritu la coronación de espinas de Jesús. Así la Virgen nos enseña que, si queremos ser coronados de gloria en el cielo, aquí en la tierra debemos llevar la corona de espinas de su Hijo Jesús. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que deseemos siempre ser coronados con la corona de espinas de Jesús, para compartir tu corona de gloria en el cielo!

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.



domingo, 28 de mayo de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús Asciende a los cielos


(Domingo VII – TP – Ciclo A -2017)
         Después de morir en la cruz, Jesús resucita y sube a los cielos, para cumplir sus promesas: había prometido ir al cielo para prepararnos una morada en la casa del Padre, para que donde esté Él, ahí también estemos nosotros; es decir, sube al cielo para que nosotros tengamos una habitación, sola para cada uno, en la Casa de Dios en el cielo. Sube también al cielo para enviarnos el Espíritu Santo, para que el Espíritu Santo nos haga ser santos y así podamos ir al cielo, porque nadie que no sea santo, puede entrar en el Reino de Dios. Sólo los que tienen traje de fiesta, que es la gracia santificante, pueden entrar en la gran fiesta del Reino de Dios, y para eso Jesús sube al cielo, para enviarnos al Espíritu Santo, que nos haga santos como es Él, y así podamos entrar en el Reino de Dios.
         Pero antes de subir al cielo, Jesús hace una promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. ¿Y cómo puede ser que Jesús suba al cielo, pero al mismo tiempo esté con nosotros hasta el fin del mundo?
         Lo puede hacer porque Él, en la Última Cena, inventó una forma de quedarse en medio nuestro, estando al mismo tiempo en el cielo, y es la Eucaristía.

         En la Eucaristía, Jesús está con el mismo Cuerpo lleno de la luz y de la gloria de Dios, con el que Él está en el cielo. Quiere decir que cuando estamos cerca de Jesús Eucaristía, estamos cerca de Jesús que está en el cielo. Estar delante de Jesús Eucaristía y, mucho más, recibir a Jesús Eucaristía en el corazón, es como estar ya en el cielo, pero todavía en la tierra. Si queremos ir al cielo, y si queremos saber cómo es el cielo estando todavía en la tierra, tenemos que hacer dos cosas: adorar a Jesús en la Eucaristía, y recibirlo en el corazón, en estado de gracia.

sábado, 27 de mayo de 2017

El perfil de un catequista


         Podemos decir que en el perfil de un catequista hay distintos aspectos: espiritual, formativo y personal.

         Aspecto espiritual del perfil del catequista:

Ante todo, el catequista debe tener conciencia de su misión y de Quién es el que lo ha llamado a esta misión: la misión no es la de “enseñar un tema”, sino ante todo, la de transmitir la Fe, mediante la enseñanza de un tema, lo cual es algo muy distinto. Y la Fe que se debe transmitir, no es la propia fe, construida a la medida personal, sino la Fe de la Santa Iglesia Católica, la Fe de los Apóstoles, la Fe del Credo, la Fe que se explicita en el Magisterio de la Iglesia, la Fe que se transmite por la Tradición.
Y con respecto a Quién lo llamó para esta misión, debe ser consciente de que es un llamado divino, según Efesios 4, 11-12: “Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo”. En este caso, el don comunicado es el de “maestro”, para “la edificación del Cuerpo (Místico) de Cristo”. Ya en este llamado hay un contenido de misterio sobrenatural que el catequista debe tener en cuenta, para al mismo tiempo, reflexionar acerca de la importancia de su misión: no es un llamado humano, sino divino, y para “edificar el Cuerpo Místico de Cristo”, es decir, su Iglesia.
         El catequista debe saber que su Fe no es racional, en el sentido de que todo lo puede explicar con su razón, sino que precisamente es supra-racional, porque el contenido de la Fe católica no ha sido inventado por hombres, sino que nos ha sido revelado por la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, Nuestro Señor Jesucristo. Lo que el catequista no entienda con su razón, perteneciendo este contenido al depósito de Fe de la Iglesia, no debe “descartarlo” ni tratar de racionalizarlo –por ejemplo, quitando de los milagros el poder de Dios, racionalizándolos-, sino que debe enseñar tal como la Iglesia con su Magisterio lo enseña. De lo contrario, produce un gran daño al alma de sus alumnos.
Por eso el catequista debe llevar una vida de Fe, lo cual significa que debe alimentar su Fe con la oración cotidiana –no es “oración” signarse con la cruz y rezar un Padrenuestro antes de dormir-, dedicándole tiempo a la misma, pero también con la frecuencia de los Sacramentos, teniendo en cuenta que los Sacramentos no son ritos vacíos, sino la actuación y presencia del misterio redentor de Jesucristo que se hace presente por los sacramentos, para darnos su gracia santificante.
Llevar una vida de Fe significa que el catequista debe tener mucha oración, entre ellas, principalmente, el Santo Rosario, porque allí la Virgen, en silencio y misteriosamente, nos explica y nos ilumina las verdades de Fe.
También debe ser, en la medida de lo posible y según las condiciones de vida y estado de vida, adorador eucarístico, porque allí Jesús, el Maestro Divino, nos ilumina con su luz acerca de los misterios de la Fe y aumenta y fortalece nuestra Fe.
El catequista debe encomendarse, antes de cada clase, a los santos, ante todo, San Pío V, Papa, Patrono de los catequistas, y a santos niños, como por ejemplo, Imelda Lambertini, Antonieta Meo, José Sánchez del Río, San Tarcisio, y debe rezar y pedir a Nuestro Señor, a la Virgen, a los ángeles custodios de sus alumnos y a los santos, por sus alumnos, para que no solo aprendan las lecciones sino, ante todo, comiencen a vivir su Fe.

Aspecto formativo del perfil del catequista.

Todo trabajo debe ser hecho con la mayor perfección, porque el trabajo y el estudio son lugares de santificación, al ser ofrecidos a Dios con sacrificio, uniéndolos al sacrificio de Jesús. Pero a Dios no puedo ofrecerle un trabajo mal hecho, o una hora de estudio en la que solo hice pereza, del mismo modo a como en el Antiguo Testamento no se podía ofrecer en sacrificio a Dios un animal defectuoso, sino que debía ser el mejor animal de todos; entonces así debe ser mi clase: debo prepararla, saberla, tratar de comunicar a los demás y de transmitir los conceptos y las ideas. Además de estudiar los Encuentros, debo prepararlos y ver de qué manera los niños tomen el gusto por aprender. No significa transformar la clase en una fiesta, sino en no solo evitar que las clases sean monótonas, y en hacer al menos el intento de que las clases consigan su objetivo, que es la aprehensión vital y la incorporación a la vida de Fe del catequizando, del contenido que se enseña.
El catequista no se debe dar por satisfecho porque sus alumnos “aprenden de memoria” los contenidos: debe preocuparse porque verdaderamente los vivan en sus vidas cotidianas.
Como parte de su aspecto formativo, el catequista debe profundizar en las lecciones, acudiendo a la Sagrada Escritura, al Magisterio y a la Tradición. Debe tener en cuenta que no somos protestantes, por lo que la fuente de conocimiento de nuestra Fe no se reduce, de ninguna manera, a la Escritura, sino que nuestra fuente está formada por una tríada: la Escritura, el Magisterio y la Tradición.

Aspecto personal del perfil del catequista.

Presentación personal: corresponde al cristiano, y no solo al catequista, estar siempre bien presentado, bien aseado, en lo posible, con perfume, y esto no por vanidad, sino porque el cristiano debe “amarse a sí mismo”, como parte del Primer Mandamiento, y además porque debe reflejar a Cristo y la limpieza, la pulcritud, la fragancia, son símbolos de la gracia de Cristo.
Coherencia de vida cristiana: vivir como la fe que profesamos, si enseñamos los sacramentos, vivir como los sacramentos nos piden. En el caso del matrimonio, o casados o solteros, pero no en concubinato, y mucho menos comulgar, estando en concubinato. No puedo enseñar que es pecado mortal faltar a Misa sin causa grave, y al mismo tiempo, faltar a Misa por causas banales. No puedo enseñar que la Eucaristía es el alimento del alma, si yo mismo no me alimento de la Eucaristía.
Tampoco se puede practicar la magia, la brujería, el esoterismo, el ocultismo, el tarot, el vudú; no se puede creer en supersticiones, como la cinta roja, el gato negro, la mano de Fátima, el árbol de la vida, etc.; no se pueden usar amuletos, como el árbol de la vida, amuleto gnóstico; no se puede rezar a supersticiones prohibidas por la Iglesia, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte; no se puede acudir a brujos, ni leer ni hacer leer las cartas; no se puede asistir a cursos de Metafísica, de Ovnis o de Medicinas alternativas; no se puede practicar Reiki, Yoga, o las medicinas orientales. En otras palabras, es incompatible el ser catequista con las prácticas gnósticas y ocultistas de la Nueva Era.