Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

martes, 20 de julio de 2021

El Divino Niño Jesús y la necesidad de la infancia espiritual para alcanzar el Reino de los cielos

 



Cuando nos preguntamos acerca del origen de la devoción, hay que decir que desde los primeros tiempos de la Iglesia, el misterio de la infancia del Hombre-Dios Jesucristo ha sido motivo de gran devoción, además de ser objeto de estudio y de asombro para todos los santos, porque el hecho de que Dios se haya encarnado es lo más grandioso que le pueda haber ocurrido a la humanidad y dentro de ese misterio, está el hecho de que el Hombre-Dios ha querido vivir todas las etapas de la vida humana, incluida la niñez y esto es motivo de asombro, de estudio, de contemplación y de crecer cada vez más en el amor a Dios, que por tener nuestro amor, no ha dudado en encarnarse y en vivir como niño. Por otra parte y también en cuanto al origen de la devoción, hay quienes afirman que la devoción al Divino Niño empezó en el Monte Carmelo (Israel), donde, según la tradición, Jesús iba frecuentemente a pasear y a rezar con sus padres, San José y la Virgen María, y sus abuelos San Joaquín y Santa Ana[1].

Al contemplar al Divino Niño y considerando que ese Niño es Dios, surge una pregunta: ¿porqué Dios se nos manifiesta como Niño, siendo que podría manifestarse en todo el esplendor de su gloria y majestad? A esta pregunta hay que decir que Dios se ha encarnado y ha querido vivir como niño, incluso como niño recién nacido para que, entre otras cosas, no tengamos miedo en acudir a Dios, porque así como nadie tiene miedo de un recién nacido, así tampoco nadie puede poner como excusas de que tiene miedo de acercarse a Dios, por su gran majestad, cuando Él se ha hecho niño para que nosotros nos acerquemos a Él. Pero también se ha hecho niño por otro motivo: para que lo imitemos a Él en su niñez y así lo dice desde las Sagradas Escrituras, el mismo Jesús: “Quien no se haga como niño, no entrará en el Reino de los cielos”. Esto no significa ser infantiles, sino adquirir la verdadera infancia espiritual, caracterizada por la inocencia y la pureza de cuerpo y alma, todo lo cual no lo conseguimos por nosotros mismos, sino que nos lo concede la gracia santificante. Cuando Jesús nos dice que nos hagamos “como niños” para entrar en el Reino de los cielos, quiere en primer lugar que lo imitemos a Él en su niñez: en su inocencia –Él es la Inocencia Increada-; en su vivir en su humanidad en completo, plenísimo y perfectísimo estado de gracia –Él es la Gracia Increada- y así, si perdimos la gracia por la desgracia del pecado, acudamos al Sacramento de la Confesión para recuperarla; quiere que lo imitemos en su niñez porque es la etapa de su vida terrena en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, porque si bien siendo ya joven y adulto no se separó nunca espiritual y místicamente de la Virgen, sí se separó físicamente, porque tenía que predicar y que sufrir la Pasión, por eso la edad de su niñez es la edad en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, físicamente hablando: Jesús quiere que lo imitemos en esto y si bien no podemos estar físicamente entre los brazos de la Virgen, sí podemos, como hijos pequeños de la Virgen que somos, consagrarnos a su Inmaculado Corazón y vivir dentro del Corazón de la Virgen, como niños pequeños, hasta que llegue el momento de nuestra partida terrena a la otra vida.

Imitemos entonces al Niño Jesús en su niñez, pero como dijimos, esto no depende de nuestras fuerzas, sino de la gracia santificante, porque es la gracia la que nos comunica la inocencia, la pureza, la candidez, del Niño Jesús; por eso, cuanto más estemos en gracia, tanto más seremos como niños y tanto más estaremos seguros de entrar en el Reino de los cielos.

Por último, hay que decir que todos los santos, sin excepción, tuvieron, en mayor o menor grado, devoción al Niño Jesús. En el año 1636, Jesús le hizo una promesa a una monja carmelita del convento de Beaune en Francia, conocida como la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento. Cristo le dijo: “Todo lo que quieras pedir, pídemelo por los méritos de mi infancia, y nada te será negado”. Otra anécdota entre los santos es la que le sucedió a Santa Teresa de Ávila, de quien se dice en su biografía que cuando emprendía el camino para fundar un convento, llevaba consigo una hermosa imagen del Niño Jesús, porque era muy devota del Niño Jesús. Se cuenta una anécdota, real, que experimentó la santa, como premio a su amor por el Niño Jesús: una vez estaba la santa en el convento, al pie de unas escaleras, cuando ve hacia arriba, en el rellano de las escaleras, a un niño; entonces la santa, extrañada por la presencia de un niño, le dijo: “¿Quién eres, Niño? Yo soy Teresa de Jesús”, a lo que el Niño Jesús le respondió: “Y Yo Soy Jesús de Teresa”. Y luego desapareció.

Honremos y adoremos a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que nosotros, hechos niños por la gracia, seamos capaces de entrar en el Reino de los cielos.

 

martes, 16 de marzo de 2021

La obra del Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación

 



         Como todos sabemos, porque así lo enseña el Catecismo, en el Sacramento de la Confirmación se recibe el don del Espíritu Santo. Es decir, el Espíritu Santo “entra” en nosotros, por así decirlo, cuando recibimos el Sacramento de la Confirmación. Por eso tenemos que preguntarnos qué obra hace el Espíritu Santo cuando está dentro de nosotros. Y la respuesta a esta pregunta está en la Biblia: el Espíritu Santo convierte nuestros cuerpos –y nuestras almas- en templos de Él, en templos del Espíritu Santo (cfr. 1 Cor 6).

         ¿Qué imagen podemos tomar para darnos cuenta de la obra del Espíritu Santo? Podemos tomar un templo cualquiera de nuestra Iglesia Católica, como este en el que estamos aquí: el templo es nuestro cuerpo y el altar es nuestro corazón. Así como está el templo, iluminado, limpio, perfumado, con flores que adornan el altar y el sagrario, así está nuestra alma cuando está en gracia: iluminada por la luz de Dios, limpia con la santidad divina, perfumada con el buen olor de Cristo Jesús. Pero las paredes siguen siendo paredes, formadas por ladrillos y es aquí donde obra el Espíritu Santo: cuando entra el Espíritu Santo en un alma, por medio del Sacramento de la Confirmación, es como si convirtiera a los ladrillos en ladrillos de oro puro; es como si las puertas y las ventanas estuvieran hechas con diamantes, rubíes, y piedras preciosas de todo tipo; es como si altar fuera hecho de oro puro y no de cemento; es como si el techo fuera todo de oro; es como si los candelabros y las columnas fueran de plata. Así de hermoso, y mucho más todavía, quedan nuestros cuerpos y nuestras almas cuando recibimos al Espíritu Santo por el Sacramento de la Confirmación.

         Pero también hay algo más: a partir de que el Espíritu Santo entra en mi cuerpo, ya deja de ser mío, para ser DEL Espíritu Santo: es como si en el plano civil, se firmara la escritura de una casa a nombre de otra persona; hasta este momento, podemos decir que el cuerpo es nuestro, pero cuando recibamos el Sacramento de la Confirmación, será propiedad exclusiva del Espíritu Santo y eso es lo más hermoso que nos pueda pasar en esta vida, además de recibir a Jesús en la Eucaristía.

         Ahora bien, el hecho de que mi cuerpo sea propiedad del Espíritu Santo, quiere decir muchas cosas: por un lado, que tengo en mi alma un Huésped Divino, porque el Espíritu Santo no es una paloma, aunque aparezca como paloma, sino una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad y como toda Persona, mira, escucha, observa. Esto es importante a tenerlo en cuenta, porque a partir de ahora, todo pensamiento que yo tenga, bueno o malo, será escuchado por el Espíritu Santo, porque será como si pusiéramos parlantes aquí en el templo y dijéramos en voz alta lo que estamos pensando; todo lo que yo vea, con mis ojos corporales, será visto por el Espíritu Santo, porque será como si proyectáramos, en las paredes, nuestros pensamientos, como si fueran imágenes de una película. Por esto, tenemos que tener mucha precaución en pedir la gracia de tener pensamientos y sentimientos santos y puros como los tienen Jesús, coronado de espinas, y la Virgen, Nuestra Reina y Señora de los Dolores. Todo lo bueno o malo que pensemos, hagamos o digamos, será pensado, dicho o hecho en Presencia del Espíritu Santo.

         Otra cosa a tener en cuenta es que si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal, a partir de ahora un pecado mortal será como quemar el templo desde sus cimientos; dejar de recibir a Jesús Eucaristía y creer en otras cosas, como los ídolos paganos, será como poner en el altar a esos ídolos paganos y eso no le gusta a Jesús para nada. En nuestro corazón, que es el altar interior nuestro, debe estar sólo Jesús Eucaristía y nadie más que Jesús Eucaristía, para ser amado, adorado y alabado por nosotros.

         Que el cuerpo no sea ya más nuestro, quiere decir que hay cosas que no podemos hacer con el cuerpo, como por ejemplo, tatuarnos, porque eso no le agrada al Espíritu Santo; tampoco podemos escuchar música indecente o indecorosa, porque eso ofende al Espíritu Santo. Además, así como en el templo se hace silencio para poder escuchar la voz de Dios, así también tenemos que apreciar el silencio, interior y exterior, para poder escuchar al Espíritu Santo, que quiere decirnos, de parte de Dios, cuánto nos ama Dios.

         Entonces, como vemos, recibir el Sacramento de la Confirmación no es algo sin importancia, o una simple costumbre religiosa: convierte nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo y nuestros corazones en altares de Jesús Eucaristía. Pidamos la gracia de nunca olvidar el día de nuestra Confirmación, el día en el que nuestros cuerpos se convirtieron en propiedad exclusiva del Espíritu Santo.

martes, 5 de noviembre de 2019

Santo Rosario meditado para NACER: Misterios gozosos




Misterios gozosos

          Primer Misterio. El Ángel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo. Ante el anuncio del Ángel, con gran gozo y alegría, la Virgen dice “Sí” a la Palabra de Dios que, de esta manera, se encarna en su seno virginal. De la misma manera, la Encarnación del Verbo en las culturas humanas por acción de los sacerdotes y religiosos misioneros, produce un gran gozo, el gozo de saber que Dios “está con nosotros” y que con Él desaparece toda tiniebla del paganismo.

          Segundo Misterio. La Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel. La Virgen visita a su prima Santa Isabel y con la Virgen llegan también Jesús y el Espíritu Santo, que es el que ilumina al Bautista para que sepa que el que viene en el seno de la Virgen es Dios Hijo y es también quien ilumina a Santa Isabel para que ella sepa que la Virgen es Madre de Dios. De la misma manera, la Iglesia anuncia, por medio de los misioneros, que el Verbo se hizo carne y que ha venido para salvarnos e infundirnos el espíritu de santidad, el Espíritu Santo, que nos quita el pecado y nos concede la vida de Dios Trinidad.

          Tercer Misterio. El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús, la Palabra de Dios encarnada, nace milagrosamente del seno de María Virgen, para iluminar nuestro mundo que vive en tinieblas. De la misma manera, por medio de los sacerdotes y religiosos, la Palabra de Dios es alumbrada en medio de las naciones y así disipa, con su fulgor divino, las tinieblas del pecado, de la idolatría y del paganismo.

          Cuarto Misterio. La Presentación de Nuestro Señor en el templo. La Virgen lleva al Niño para consagrarlo a Dios, tal como lo establecía la ley, según la cual todo primogénito debía ser consagrado a Dios. Así como la Virgen presenta a Jesús, la Palabra de Dios encarnada, así la Iglesia presenta al mismo Jesús, Palabra de Dios encarnada, a los pueblos, para que estos adoren a Jesús Eucaristía como el Único y verdadero Dios, que ha venido para salvar al mundo de las tinieblas del error y la ignorancia.

          Quinto Misterio. Nuestro Señor perdido y hallado en el templo. Luego de perder y buscar a Jesús durante tres días, la Virgen y San José encuentran al Niño en medio del templo, impartiendo la luz de su sabiduría a los doctores de la ley. De la misma manera, los sacerdotes enseñan a los fieles que han perdido a Jesús, que lo encontrarán en medio del templo, en el sagrario, en la Eucaristía, irradiando la luz de su gracia y de su sabiduría divina a quien se acerque a hacer adoración eucarística.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Santo Rosario meditado para NACER: Misterios Luminosos


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         Primer Misterio Luminoso: el bautismo de Jesús (Mt 3, 13-17). Juan el Bautista bautiza a Jesús en el río Jordán. Cuando Jesús se sumerge en el río, junto con Él nos sumergimos nosotros, para morir a la vida del hombre viejo y cuando Jesús sale del río, nosotros salimos juntos con Él, para vivir la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios.

         Segundo Misterio Luminoso: las Bodas de Caná (Jn 2, 1-11). Jesús y la Virgen son invitados a unas bodas en Caná de Galilea. La Virgen se da cuenta que los novios se han quedado sin vino y le pide a su Hijo Jesús que haga el milagro de convertir el agua en vino y aunque Jesús no quiere hacerlo, lo hace sólo porque su Madre se lo pide. Confiemos siempre en la poderosa intercesión del Inmaculado Corazón de María ante su Hijo Jesús y le pidamos a Ella todas las gracias que necesitemos para ir al cielo.

         Tercer Misterio Luminoso: la predicación del Reino de los cielos (Mc 1, 14-15). Cuando ya es adulto, Jesús deja su hogar para salir a predicar al mundo la Buena Noticia: Él, que es Dios Hijo encarnado, ha venido para derrotar al mundo, al demonio y al pecado, con su sacrificio en cruz. Que la Santa Cruz de Jesús sea para nosotros el lugar en el cual siempre queremos estar.

         Cuarto Misterio Luminoso: la Transfiguración en el Monte Tabor (Lc 9, 28-35). Jesús sube al Monte Tabor y se transfigura, lo que quiere decir que brilla con una luz más intensa que miles de millones de soles juntos. Es la luz de la gloria, la misma luz que Él tenía en la eternidad junto a su Padre Dios. Cuando veamos a Jesús todo cubierto de sangre, por culpa de nuestros pecados, recordemos la escena del Monte Tabor, que nos muestra a Jesús como el Dios que con su Pasión y con su Sangre lava nuestros pecados y nos da la gracia de ser hijos adoptivos de Dios.

         Quinto Misterio Luminoso: la institución de la Eucaristía (Mc 14, 22-24). En la Última Cena, Jesús pronuncia las palabras de la consagración sobre el pan y el vino –“Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”- y así convierte, al pan y al vino, en su Cuerpo y en su Sangre. Cuando comulguemos, recordemos la Última Cena, para tener presente que la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y así, acordándonos de esto, le demos a Jesús Eucaristía todo el amor de nuestros corazones.

sábado, 24 de noviembre de 2018

La Eucaristía no es algo, sino Alguien: Cristo Jesús



(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones para CAFA, Catequesis Familiar)
         Cuando vemos la Eucaristía, nuestros sentidos nos engañan, porque vemos algo que parece pan. Cuando comulgamos la Eucaristía, nuestros sentidos nos engañan, porque el sabor es el sabor del pan. Es decir, si nosotros vemos la Eucaristía según nuestros sentidos y según nuestros pensamientos, pensamos que la Eucaristía es “algo”, como si fuera una “cosa”. Sin embargo, no nos debemos dejar llevar por nuestros sentidos y debemos acudir a la fe, para saber la verdad última acerca de la Eucaristía. La fe católica nos dice que la Eucaristía no es “algo”, sino “Alguien”; es decir, la fe nos dice que la Eucaristía no es una “cosa” sino una “persona”. ¿Y quién es esa persona? Esa Persona, que está en la Eucaristía, invisible pero real, es Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad hecho hombre, sin dejar de ser Dios. Entonces, si nuestros sentidos y nuestra razón nos dicen que la Eucaristía es “algo”, una “cosa”, con sabor y apariencia de pan, la fe católica nos dice algo muy distinto, nos dice que la Eucaristía es Alguien, es una Persona y esa Persona es Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios. Por esta razón es que comulgar no es igual a comer, aun cuando visto desde afuera, parezca que es un acto igual al que hace alguien cuando ingiere un poco de pan: comulgar es entrar en comunión de vida y amor con Jesús, es abrirle las puertas del corazón a Jesús, para que Jesús entre en nuestros corazones, en nuestras almas, para derramar todo el contenido de su Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cuando comulguemos, por lo tanto, no debemos hacer caso de nuestra razón y de nuestros sentidos, porque si no, seremos engañados, ya que pensaremos que estamos recibiendo sólo un poco de pan bendecido: cuando comulguemos, dejemos que la fe ilumine nuestra inteligencia y nuestro corazón, para que sepamos en realidad qué es lo que estamos haciendo: no estamos ingiriendo un trocito de pan bendecido, sino que estamos abriendo las puertas del corazón a Dios Hijo, Jesús de Nazareth. En el libro del Apocalipsis, Jesús dice: “He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré en él y cenaré con él y él conmigo”. Este pasaje del Apocalipsis se refiere a la Comunión Eucarística, porque está hablando de qué es lo que sucede cuando comulgamos: cuando comulgamos, Jesús está a las puertas de nuestros corazones y llama, suavemente, como cuando alguien golpea la puerta y llama a quien más ama –la madre, el padre, los hermanos, los amigos-, esperando que quien está adentro le responda, abriendo la puerta. Antes de comulgar, Jesús está en la Eucaristía y golpea a las puertas de nuestros corazones, llamándonos por nuestro nombre y espera que nosotros lo recibamos, es decir, que comulguemos, que lo hagamos entrar en nuestros corazones. Comulgar, entonces, no es comer un pedacito de pan: es responder al llamado de Amor de Cristo Jesús que, oculto en la Eucaristía, quiere entrar en nuestros corazones, para colmarlos con el Amor de su Sagrado Corazón.
         Es muy importante distinguir y saber, entonces, que la Eucaristía no es “algo”, sino “Alguien” y ese “Alguien” es Cristo Jesús. A muchos les pasa que creen que la Eucaristía es una “cosa”, un pedacito de pan y así, nunca pueden entrar en comunión de vida y amor con Jesús. Nosotros, que sabemos que la Eucaristía es “Alguien”, una persona que se llama Cristo Jesús, el Hijo de Dios, al comulgar, no comulguemos como quien come un poco de pan: movidos por el Amor de Dios, abramos las puertas de nuestros corazones para que Jesús entre en nuestros corazones y derrame en ellos el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón Eucarístico.

domingo, 18 de noviembre de 2018

El Evangelio para Niños: Antes que venga Jesús, vendrá uno que se hará pasar por Jesús



(Domingo XXXIII – TO – Ciclo B – 2018)

         El Evangelio nos enseña que Jesús vino por Primera Vez en Belén, como un Niño, en forma humilde, conocido por muy pocos: solo los ángeles y los pastores, además de su Mamá la Virgen y San José y los animalitos del pesebre, el buey y el asno, se enteraron de que había llegado a la tierra el Salvador de los hombres.
         El Evangelio nos enseña también que Jesús va a venir por Segunda Vez, del Día del Juicio Final, para juzgar a vivos y muertos y para dar, a los buenos, el Cielo y a los malos, el Infierno.
         ¿Cuándo vendrá por Segunda Vez? Eso no lo sabemos, porque Jesús dice que “nadie sabe la Hora, solo el Padre”. Cuando Jesús venga por Segunda Vez, el sol se apagará y dejará de dar luz, la luna se volverá oscura, las estrellas se caerán y los astros del cielo se conmoverán.
         No sabemos cuándo vendrá Jesús por Segunda Vez, por eso es que tenemos que estar “atentos y vigilantes”, con “las túnicas ceñidas”, es decir, con el alma en gracia y con las “velas encendidas”, es decir, con la luz de la fe en el alma, para esperar la Segunda Venida de Jesús. Tenemos que ser como el servidor bueno y fiel que espera a su amo, cumpliendo sus deberes, y está atento a su regreso.
         Es verdad entonces que no sabemos cuándo vendrá Jesús por Segunda Vez, pero el Catecismo de la Iglesia Católica nos da, en el número 675, una pista acerca de cuándo será ese día: cuando se presente en el mundo uno que se hará pasar por Jesús pero que no será Jesús y es el Anticristo, ésa será la señal de que Jesús ya está pronto para venir. ¿Y cómo vamos a reconocer al Anticristo? Porque hará dos cosas: suprimirá los Mandamientos de la Ley de Dios, diciendo que no hace falta que los cumplamos y también suprimirá la Misa, cambiándola por una ceremonia litúrgica vacía, que ofende a Dios, en donde no habrá transubstanciación, es decir, en donde no se producirá el milagro de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Los que comulguen en esas ceremonias, las falsas misas, comulgarán sólo pan y no el Cuerpo y la Sangre de Jesús, como hacemos nosotros. Entonces, cuando veamos que hay uno que dice, dentro de la Iglesia, que no hay que cumplir con los Mandamientos de la Ley de Dios y que la Misa va a ser cambiada, entonces sepamos que la Segunda Venida de Jesús está cerca, muy cerca. Y para eso tenemos que prepararnos, para encontrarnos cara a cara con Jesús, que vendrá como Justo Juez. ¿Y cómo nos vamos a preparar para el Día del Juicio Final? Haciendo tres cosas: evitando el pecado, viviendo en gracia y obrando la misericordia. Así, estaremos seguros de que el Justo Juez, Cristo Jesús, nos dirá: “Siervo bueno y fiel, pasa a gozar de tu Señor en el Reino de Dios”.

martes, 13 de noviembre de 2018

La Eucaristía es más valiosa que el cielo porque es Dios Hijo en Persona



(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones)

         En el mundo existe mucha gente de buen corazón, pero que a pesar de esto, no tuvo la dicha de recibir la gracia del Bautismo y por lo tanto de ser hijos adoptivos de Dios. Y al no tener la gracia del Bautismo, tampoco tuvo el don de recibir en sus corazones al mismísimo Hijo de Dios en Persona, tal como ustedes lo van a hacer ahora. Mucha gente de buen corazón, querría estar en el lugar de ustedes el día de hoy, pero no lo está, porque no recibieron la dicha y el regalo enorme de Dios de ser adoptados como hijos suyos por el Bautismo y tampoco recibieron el regalo de hacer el Catecismo para tomar la Primera Comunión. Si se enteraran de lo que es la Eucaristía, Dios Hijo en Persona, muchos darían la vida por estar sentados donde ustedes están sentados. Muchos buscan a Dios con un corazón lleno de amor, pero no saben lo que ustedes saben, no saben que Jesús es Dios y está en la Eucaristía y por eso se quedan frustrados, al no poderlo recibir en sus corazones.
         No hay nada más valioso en el mundo que la Eucaristía, porque la Eucaristía es Dios Hijo en Persona, que viene a nuestra alma para darnos el Amor de su Sagrado Corazón. ¡Cuán errados están aquellos que, habiendo recibido el don del Bautismo y el don de la Eucaristía, una vez que recibieron la Primera Comunión, abandonan la Iglesia y dejan de comulgar! Quienes esto hacen, no saben lo que hacen, porque están perdiendo a Dios Hijo, Presente en Persona en la Eucaristía, por unos bienes mundanos y perecederos. Muchos católicos tienen estos dones, recibidos gratuitamente del cielo, y sin embargo, lo desprecian y lo desaprovechan, porque prefieren las cosas de la tierra antes que la Eucaristía. Hay muchos que el Domingo, en vez de acudir a la Iglesia para recibir el don de la Eucaristía, prefieren el fútbol, el paseo, la diversión, sin darse cuenta de la grandeza infinita y del inmenso valor de lo que pierden, al dejar de lado la Eucaristía.
         Para que nos demos cuenta del inmenso valor de la Eucaristía, consideremos lo siguiente: en las Escrituras se narra que San Pablo fue llevado a los cielos, estando aún en vida y quedó tan maravillado por las hermosura del cielo, que dijo que “ningún ojo vio” lo que Dios tiene preparado para los que lo aman., Nosotros no somos llevados al cielo y sin embargo podemos decir que comulgar la Eucaristía es un don inmensamente más grande que ser llevado al cielo, porque viene a nuestro corazón no el cielo con sus hermosuras, sino Dios en Persona, que es la Belleza y la Hermosura Increada y por quien es bello y hermoso todo lo que es bello y hermoso.
San Pablo fue llevado a los cielos, pero no recibió a Dios en su corazón, sino que vio las maravillas de Dios; cuando comulgamos, no somos llevados al cielo, sino que es el Dios de los cielos, el Dios ante el cual los cielos son nada, el que viene a nuestros corazones. Es decir, en vez de nosotros subir al cielo, Dios baja desde el cielo para quedarse en nuestros corazones y así convertir nuestros corazones en un cielo, porque allí se encuentra Dios en Persona. Pero todo esto sucede cuando el alma comulga y comulga en gracia; no sucede cuando el alma, por pereza, deja de asistir a Misa, o cuando comulga en estado de pecado mortal. Recibir la Sagrada Comunión es un don infinitamente más valioso que ser transportado a los cielos en esta vida mortal, porque es recibir al mismo Hijo de Dios en Persona; no dejemos la Comunión por las cosas del mundo y acudamos, con el corazón limpio por la gracia y convertido en trono de Jesús Eucaristía, a recibir la Eucaristía cada Domingo. No cometamos el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión se convierte en la última. Que nuestra Primera Comunión sea la Primera de muchas que, por la gracia de Dios, recibiremos en esta vida, para que así nuestros corazones queden colmados con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.