Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

miércoles, 24 de agosto de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 35 - El Santo Rosario



Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 35 - El Santo Rosario


Las apariciones de la Virgen en Fátima a los tres Pastorcitos son una de las más grandiosas manifestaciones marianas de todos los tiempos y dentro de todos sus mensajes espirituales, uno de los más importantes está relacionado con el rezo del Santo Rosario: ese mensaje es que la Virgen quiere que sea rezado por todos, pero especialmente por los niños, porque cuando la Virgen se les apareció, los Pastorcitos tenían edades que oscilaban entre los siete y los diez años.
         Ya desde la primera aparición, acaecida el 13 de mayo de 1917, la Virgen manifestó su interés –que es el interés del mismo Dios Trino- en que se rezara el Rosario. En esa ocasión Lucía le preguntó si ella y Jacinta irían al cielo, y la Virgen le contestó que sí, pero cuando preguntó por Francisco, la Madre de Dios contestó: “También irá, pero tiene que rezar antes muchos rosarios”. Aquí hay una primera indicación que señala al Rosario como camino para llegar al cielo. Luego de decir esto, la Virgen de Fátima abrió sus manos y les comunicó a los tres Pastorcitos una luz divina muy intensa. Ellos cayeron de rodillas y alabaron a la Santísima Trinidad y al Santísimo Sacramento. Luego la Virgen señaló: “Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. La Virgen les hace experimentar la luz de Dios, después de pedirles que recen el Rosario, para que nos demos cuenta que esa misma luz invade el alma, por la gracia, cuando se reza el Rosario. Después les pide que recen el Rosario “todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”, porque en ese entonces, se desarrollaba la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, al poco tiempo, esta Guerra terminó y hoy si bien no hay una Guerra Mundial, sí hay muchos motivos para rezar el Rosario, ya que se necesita paz para las personas, para las familias, para la sociedad y también para todo el mundo. Y algo muy importante, la paz que se obtiene por el rezo del Rosario, no es una paz que viene de los hombres, sino que es una paz que, viniendo de Dios, nos la trae la misma Virgen María.
En la segunda aparición la Virgen María se les presentó después que ellos rezaron el Santo Rosario, para que nos demos cuenta de cómo Ella está escuchando nuestro rezo de cada Rosario, y en la tercera ocasión Nuestra Señora les enseñó una oración para pedir ser librados del infierno y la misericordia divina: “Cuando recen el Rosario, decid después de cada misterio: ‘Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia’”. Como podemos ver, el Rosario, además de alcanzarnos la paz de Dios, es una oración que nos ayuda a llegar al cielo y evitar el infierno, y además para implorar misericordia a Dios, pidiéndole por la conversión de los pecadores.
Para la cuarta aparición Jacinta le preguntó a la Madre de Dios lo que quería que se hiciera con el dinero que la gente dejaba en Cova de Iría. La Virgen les indicó que el dinero era para la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario y que lo que quedaba era para una capilla que se debía construir. En esa misma aparición, la Virgen tomó un aspecto muy triste y les dijo: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas”. La expresión de tristeza de la Virgen se debe a que, como Madre, Ella ve cómo muchos de sus hijos se dirigen a la condenación eterna, por no tener quién rece por ellos. En las apariciones de Fátima, la Virgen se mostraba con su Inmaculado Corazón rodeado de espinas, que significan nuestros pecados y su dolor porque sus hijos no se convierten a Dios y este dolor se calma, en gran medida, por el rezo del Rosario. Nuevamente, aquí se manifiesta el gran poder que tiene el Rosario para pedir por los pecadores, y además, para calmar el gran dolor de la Virgen, ya que la Virgen experimenta un gran consuelo cuando rezamos el Rosario pidiendo por sus hijos que están más alejados de Dios. ¡Un motivo más para rezar el Santo Rosario!
Al llegar el día de la quinta aparición, los niños llegaron a Cova de Iría con dificultad debido a las miles de personas que les pedían que presentaran sus necesidades a Nuestra Señora. Los pastorcitos se pusieron a rezar el Rosario con la gente y la Virgen, al aparecerles, animó nuevamente a los niños a continuar rezando el Santo Rosario para alcanzar el fin de la guerra. Una vez más, la Virgen se les aparece después que ellos rezan el Rosario, lo cual nos hace ver cómo está María presente, en medio nuestro, cuando rezamos el Rosario.
En la última aparición, antes de producirse el famoso milagro del sol, en el que el astro pareció desprenderse del firmamento y caer sobre la muchedumbre, la Madre de Dios pidió que hicieran en ese lugar una capilla en su honor y se presentó como la “Señora del Rosario”. Posteriormente, tomando un aspecto más triste dijo: “Que no se ofenda más a Dios Nuestro Señor, que ya es muy ofendido”. Esto sucedió el 13 de octubre de 1917. El rezo del Santo Rosario puede causar milagros más grandes que el ver danzar al sol, y es la conversión de un corazón a Jesús, Sol de justicia, y esto se debe a que, en el Rosario, interviene la Madre de Dios concediendo sus gracias, aunque nosotros no nos demos cuenta.
Después de las Apariciones de la Virgen, unos 40 años después, Lucía, convertida en monja carmelita descalza, dio una entrevista al entonces Postulador de la Causa de Beatificación de Francisco y Jacinta Marto y a algunos miembros del alto clero. Allí manifestó que la Santísima Virgen les dijo, tanto a sus primos como a ella, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el Santo Rosario y el Inmaculado Corazón de María. Esto es particularmente importante para nuestros días, por lo que debemos rezar el Santo Rosario con fervor y amor, y consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, para aliviar al Corazón de Jesús, que sufre por las almas que no quieren convertirse y viven en el camino del error y del mal.
Pero además, el Rosario es fuente de gracias inimaginables; podemos decir que tenemos en nuestras manos la llave que abre los tesoros del Corazón de Jesús, y ésa llave es el Santo Rosario. Con el Rosario podemos conseguir todas las gracias que pidamos y la solución de todos los problemas, porque es la Virgen, nuestra Madre, la que interviene cuando le pedimos algo a través del Rosario. Dice así Sor Lucía: “No hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias, del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario”. “No hay problema que no pueda ser resuelto por medio del rezo del Santo Rosario”; entonces, ¿qué esperamos para rezarlo?
Sor Lucía dijo también que con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. “Por eso, el demonio hará todo lo posible para distraernos de esta devoción; nos pondrá multitud de pretextos: cansancio, ocupaciones, etc., para que no recemos el Santo Rosario”, advirtió.
Por medio del Santo Rosario, el camino de la salvación eterna será fácil y agradable, porque con el Santo Rosario “practicaremos los Santos Mandamientos, aprovecharemos la frecuencia de los Sacramentos, procuraremos cumplir perfectamente nuestros deberes de estado y hacer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros”.
Por último, dice Sor Lucía que el Rosario es un arma, un arma espiritual, una de las más grandiosas que podamos tener en nuestras manos; un arma con la que nos venceremos a nosotros mismos, a la tentación y al Demonio y lograremos resonantes triunfos espirituales: “El Rosario es el arma de combate de las batallas espirituales de los últimos tiempos”, afirmó la vidente de la Virgen de Fátima.
Además de todo esto, podemos decir que el Santo Rosario es la forma más hermosa de agradar a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, porque cada Ave María es una rosa espiritual que le regalamos a la Virgen, lo que significa que cada Rosario es un hermoso ramo de rosas que le damos a Nuestra Madre celestial. Y es la oración que más le gusta, porque le hacemos recordar el momento en que el Ángel le anunció la noticia más maravillosa para toda la humanidad: que Ella sería la Madre de Dios. También le recordamos que esté con nosotros en la hora en que debamos pasar de este mundo a la otra vida, para luego seguir estando con Ella y con Jesús para siempre. Con el Rosario, entonces, agradamos al Inmaculado Corazón de María y le quitamos un poco la tristeza que le dan muchos de sus hijos, que no se acuerdan de Ella.
Paz de Dios, conversión de los pecadores, alivio del Corazón de María, alivio del Corazón de Jesús, fuente de gracias, cumplimiento de la voluntad de Dios, vida de santidad. ¡Recemos el Rosario!


Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 34 - Las figuras de la Eucaristía - La Comunión Eucarística

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 34 -  Las figuras de la Eucaristía - La Comunión Eucarística
Doctrina
         ¿Qué es la Sagrada Comunión? La Sagrada Comunión es recibir al mismo Jesucristo bajo las especies de pan y vino. En otras palabras, quiere decir que, aunque nosotros vemos algo que parece pan y tiene sabor a pan, en la Eucaristía está el mismo Jesucristo en Persona. Es como si se nos apareciera, con su Cuerpo glorioso y resucitado, pero escondido bajo lo que parece pan y vino. Al comulgar, hacemos que Jesús entre en nuestros corazones, por eso es que tenemos que tener el corazón en gracia santificante y libre de amores mundanos, para poder amar a Jesús que viene a visitarnos a la habitación más privada de nuestra casa, que es nuestro corazón. Cuando comulgamos, tenemos que olvidarnos de todo y pensar que recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para poder darle todo nuestro amor, ya que Jesús nos da todo el Amor de su Corazón en cada Comunión, sin reservarse nada. Si no sabemos cómo comulgar dignamente, le podemos pedir a la Virgen que nos ayude a comulgar, pidiéndole que Ella reciba nuestra Comunión en lugar nuestro, para que le dé a Jesús Eucaristía, de parte nuestra, todo el amor que nosotros no podemos darle.
         ¿Para qué recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión? Recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión para que Él nos alimente nuestras almas con su Vida eterna y su Amor misericordioso. Lo recibimos también para que Jesús venga en Persona a nuestros corazones y nosotros podamos decirle que lo amamos y lo adoramos y que queremos que nunca nos deje solos.
         ¿Cuántas cosas son necesarias para recibir la Comunión? Para recibir la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas:
         1-Estar en gracia de Dios (es decir, limpios de pecado mortal).
         2-Guardar el ayuno eucarístico (significa no haber comido ni bebido nada desde una hora antes de comulgar. El agua no rompe el ayuno).
         3-Saber a quién vamos a recibir: esto quiere decir que no puede comulgar quien no sabe qué es la Eucaristía, o que no sabe que Jesús está en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía.
         ¿Quién puede comulgar todos los días? El que se encuentre en estado de gracia y tenga recta intención (deseando recibir a Jesucristo y su Amor, guardando el ayuno eucarístico) puede comulgar todos los días.
         Explicación

Jesús Eucaristía es el Cordero de Dios
         Las figuras de la Eucaristía
         La 1ª figura es el Cordero Pascual, imagen viva de Jesucristo, que fue muerto y sacrificado en el altar de la cruz por la salvación de los hombres. En el Antiguo Testamento, en la Pascua, los hebreos comían cordero asado, pan ázimo, es decir, sin levadura, y bebían en la copa el vino pascual. Pero la pascua judía era solo una figura de la verdadera Pascua, que es la que celebramos nosotros en la Santa Misa: allí comemos la Carne del Cordero de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna. Los cristianos participamos de la Pasión de Cristo comiendo su carne en la Sagrada Comunión y recordando que Cristo se dejó matar y se sacrificó por nosotros como manso cordero, uniéndonos a Él como víctimas de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, para la salvación de las almas.
         La 2ª figura es el Maná: en el desierto, los israelitas recibieron un alimento milagroso llamado “Maná”, y así pudieron llegar a la Tierra Prometida, la Jerusalén de la tierra. Pero ese maná era sólo una figura y un anticipo del verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía. Los cristianos caminamos por el desierto de la vida hacia la Jerusalén celestial, y el alimento que nos da fuerzas para llegar a nuestro destino final, es el Verdadero Maná bajado del cielo, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
         La 3ª figura de la Eucaristía es Melquisedec, rey y sacerdote, que ofrece pan y vino en memoria de una gran victoria por Abraham. Melquisedec es figura de Jesucristo y el pan y el vino son figuras de la Eucaristía y el Vino de la Nueva Alianza, ofrecidos a Dios Padre por la victoria de Jesucristo en la cruz sobre los tres grandes enemigos de la humanidad: el demonio, el pecado y la muerte.
         La 4ª figura es el Arca de la Alianza: el Arca simboliza nuestros Sagrarios, en donde se guarda la Sagrada Eucaristía: así como en la Antigua Arca se guardaba una porción del Maná con que Dios alimentó a su Pueblo, así en nuestros Sagrarios se guarda el Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, con la que nosotros, Nuevo Pueblo de Dios, somos alimentados por nuestro Padre Dios, en nuestro camino hacia la Nueva Tierra Prometida, la Jerusalén celestial.
         La 5ª figura es el pan que dio un ángel al profeta Elías quien, desfallecido, no podía llegar al término del viaje, pero una vez que recibió este milagroso alimento, pudo andar cuarenta días sin cansarse, hasta el monte Horeb. Ese pan que recibió Elías es figura de la Eucaristía, el Pan Vivo bajado del cielo, que nos nutre con la vida y el amor de Dios y nos da fuerzas en nuestro peregrinar al cielo, durante el tiempo que dura nuestra vida terrena.
Práctica: Si sé que Jesús está en la Eucaristía en Persona, es decir, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y que está ahí para darme TODO        el Amor de su Sagrado Corazón, haré el propósito de no faltar nunca a Misa por las cosas del mundo, y también haré el propósito de hacer Adoración Eucarística y de visitarlo a menudo en el Sagrario.
Palabra de Dios: “Jesús dijo: ‘Tomad y comed: Esto es mi Cuerpo…” (Mt 26, 26); “Si alguno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51-57). Pero notemos lo que dice San Pablo de la comunión indigna, es decir, hecha en pecado mortal: “Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese a sí mismo el hombre, y entonces coma del pan y beba del cáliz, pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11, 27-28).
Ejercicios bíblicos: Jn 6, 51; Cor 11, 23-24; Lc 22, 19; Jn 6, 54.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 33 - La Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 33 - La Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz


Introducción.
Al asistir a la Santa Misa, debemos tener en cuenta algo muy importante: se trata del Misterio de Jesús en la cruz, que está en el altar, invisible, y por eso no podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero sí podemos verlo con los ojos de la fe. Para asistir a la Santa Misa, es muy importante que hagamos silencio, exterior e interior, y también es muy conveniente traer al alma el recuerdo del Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado, porque ese mismo Jesús crucificado, se hará Presente, invisible, en el altar, en la consagración. Esta es la razón por la que la Santa Misa se llama también: “Santo Sacrificio del Altar”, porque se trata del mismo y único sacrificio de la cruz, sólo que oculto bajo lo que parece pan y vino. En otras palabras, asistir a Misa es como asistir a la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo, por lo que debemos pedirle a la Virgen que nos dé sus mismos sentimientos y su mismo amor, los que Ella tenía cuando estaba de pie al lado de la Cruz, para que así asistamos a la Santa Misa.
Ahora sí, veamos brevemente los diferentes momentos de la Santa Misa.
La Santa Misa inicia con lo que se denomina Rito de Entrada. En este momento, desde el inicio mismo de la Santa Misa, debemos tener en cuenta, antes que nada, que la Santa Misa es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que en la Misa se desarrolla algo que no podemos ni entender con nuestra razón, ni podemos ver con los ojos del cuerpo, y que solo lo podemos apreciar con la fe y con la luz del Espíritu Santo. Para asistir a la Santa Misa con provecho, tenemos que considerar que es un misterio del cielo, que se desarrolla ante nuestros ojos, es decir, hay una realidad invisible que no es percibida con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Y esta realidad misteriosa, que no se ve, que es invisible, es la representación del sacrificio en cruz de Jesús, lo cual quiere decir que la realidad invisible de la Misa es el Santo Sacrificio del Calvario, el sacrificio de la cruz de Jesús en el Monte Calvario, el Viernes Santo. Lo primero que tenemos que tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa, es el sacrificio en cruz de Jesús, el sacrificio de su vida por nuestra salvación. Y puesto que es un sacrificio por amor, porque Jesús no tenía ninguna obligación de salvarnos, entonces, lo que debemos tener al venir a la Santa Misa, es amor y agradecimiento a Jesús, por su muerte en cruz por nosotros. La alegría que debemos experimentar es la alegría que viene de saber que Jesús nos ama tanto, que ha llegado al extremo de dar su vida por nosotros. Desde ya vemos cómo la Misa no es ni divertida ni aburrida, sino un misterio fascinante, porque es casi como viajar en el tiempo, para estar en la cima del Monte Calvario, de rodillas ante la cruz y acompañados por la Virgen. El que se aburre en Misa es porque no se da cuenta de que está viviendo el misterio más fascinante que puede existir en el cielo y en la tierra, y el que busca diversión en la misa, es porque tampoco entendió que Jesús se sacrifica en el altar, como lo hizo en la cruz, no para divertirnos, sino para salvarnos y darnos el Amor infinito de su Sagrado Corazón.
En el Acto Penitencial, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es decir, por todas las faltas a su Amor, porque el pecado es eso: un acto de malicia de nuestros corazones, que ofende a Dios, que es infinitamente bueno. Pedimos perdón por las veces que dijimos mentiras, por las veces que nos dejamos llevar por la pereza, por las veces que contestamos mal a nuestros padres, por las veces que tuvimos envidia, en vez de alegrarnos por las cosas buenas que les suceden a nuestros hermanos. Nos reconocemos pecadores y hacemos el propósito de no volver a pecar. Cuando el sacerdote da la absolución, esta absolución, más la Comunión Eucarística, nos perdonan los pecados veniales, aunque no los pecados mortales. Si solo tenemos pecados veniales, con esta absolución del sacerdote, ya podemos comulgar, pero no podemos comulgar si tenemos pecados mortales.
Luego viene la Liturgia de la Palabra, en la que escuchamos el Antiguo Testamento, los Salmos y el Nuevo Testamento, para lo cual necesitamos estar en silencio y muy atentos, porque Dios habla en el silencio, y además San Agustín dice que la Biblia es una carta personal que Dios escribe para cada uno de nosotros, entonces, tenemos que estar atentos para escuchar lo que nuestro Papá Dios nos escribe, con mucho amor, desde el cielo.
Luego viene la Presentación de las ofrendas, que consisten en pan y vino, aunque lo que tenemos que tener en cuenta aquí que las ofrendas consisten, ante todo, en el pan y el vino que han sido convertidos en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En este momento, y en silencio, desde lo más profundo del corazón, tenemos que ofrecernos, con el pan y el vino que van a ser depositados en el altar, con todo nuestro ser, con lo que somos y tenemos, con nuestra vida pasada, la presente y la futura, para unirnos al sacrificio de Jesús que hará en el altar, en el momento de la consagración.
En el Prefacio, esa oración larga que dice el sacerdote y que finaliza con el canto del triple “Santo”, tenemos que estar muy atentos, porque el sacerdote se dirige a Dios en nombre nuestro, y nos presenta ante Él, para que, en el silencio, le expresemos el amor de nuestros corazones y la adoración que se merece, adoración que la unimos a la adoración de los ángeles y santos en el cielo. Luego llega la Plegaria Eucarística, que es el momento más maravilloso y grandioso de todos, porque cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, se produce el Milagro de los milagros, que se llama “transubstanciación” y significa que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ese momento es que debemos adorar la Eucaristía, porque ya está Presente, sobre el altar, la Presencia real del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Es el momento en el que debemos maravillarnos y alegrarnos, sorprendernos y maravillarnos, porque sobre el altar, oculto en lo que parece ser un poco de pan, está el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, a quien adoran, en el cielo, los ángeles y santos. Podemos decir que, luego de la consagración, tenemos con nosotros al Verbo de Dios, lo que quiere decir estamos en la tierra ante Jesús, así como los ángeles y santos están ante el mismo Jesús en el cielo.
Luego viene el Rito de Comunión, en el que se reza el Padrenuestro, en el cual agradecemos a Nuestro Padre celestial por el don de su Hijo Jesús en la Eucaristía. En el saludo de la paz, se da solamente a quien está a mi lado, y hay que considerar que no es un saludo tal como nos saludamos en la calle; se trata de un saludo en el que damos la paz a nuestros hermanos, a los que tenemos al lado, pero también a aquellos con los cuales podemos estar enemistados, por algún motivo circunstancial. El saludo de la paz que damos, es el saludo de la paz que nos da Jesús, que pacifica nuestros corazones y los reconcilia con Dios, al lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la cruz. Cuando el sacerdote parte la Eucaristía y coloca una fracción en el Cáliz, eso significa la Resurrección de Jesús, así como la consagración por separado del pan y el vino significaba la separación del Cuerpo y Sangre de Jesús en la cruz.
Luego viene la Comunión, momento en el que tenemos que estar muy atentos, no solo rechazando todo pensamiento que nos pueda distraer, sino poniendo toda nuestra atención en la Comunión, porque el Rey del cielo, Cristo Jesús, viene a nuestras almas; debemos disponer nuestros corazones para alojar allí, con todo el amor del que seamos capaces, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para amarlo y adorarlo con todas nuestras fuerzas. Al comulgar, debemos adorar la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, además de amarlo con todas las fuerzas de nuestros corazones. Al comulgar, entonces, debemos hacerlo con la mente despierta, para creer firmemente en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, y con nuestro corazón listo para adorar y amar al Cordero de Dios, que dio su vida por mi amor.
Finalmente, viene el Rito de despedida, finalizando la Santa Misa con la bendición del sacerdote. Contrariamente a lo que pueda parecer, con la bendición final y despedida, no es que “termina la misa”, sino que comienza nuestra tarea como cristianos, que es la de dar a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia, al menos una ínfima parte del Amor recibido del Sacrificio de Jesús en la cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el altar.
Como vemos, en la Santa Misa, cuando se participa adecuadamente, es decir, espiritual e interiormente, con el silencio, con la mente despierta y concentrada en el misterio del altar, que es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz, y con el corazón deseoso de dar todo nuestro amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que baja del cielo a la Eucaristía sólo para darme su Amor, no tenemos tiempo para aburrirnos, ni tampoco para “divertirnos”, sino para vivir, intensamente, el misterio más fascinante y maravilloso de todos los misterios de Dios, y es la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Y si no sabemos cómo participar, interiormente y con amor, de la Santa Misa, tenemos que pedirle que nos ayude a hacerlo a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que ama y adora a su Hijo Jesús en ese sagrario viviente que es su Inmaculado Corazón.



sábado, 20 de agosto de 2016

El Evangelio para Niños: “Traten de entrar por la Puerta estrecha”



(Domingo XXI – TO – Ciclo C - 2016)

En este Evangelio, Jesús nos dice que debemos entrar a un lugar, pero que para ir a ese lugar, tenemos que pasar por una “puerta estrecha: “Traten de entrar por la puerta estrecha” (Lc 13, 22-30). Entonces, nos preguntamos dos cosas: ¿Dónde está la puerta estrecha, para pasar por ella? Y la otra pregunta es: ¿Adónde nos conduce esa puerta estrecha?
Lo que tenemos que saber es que la “Puerta estrecha” es el mismo Jesús, porque Él se nombra a sí mismo como: “Puerta”, cuando dice: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”: la Puerta es Él y nosotros somos las ovejas.
Entonces, la Puerta que tenemos que atravesar, es Jesús. Y como Jesús está en la Cruz, con su Corazón traspasado por la lanza del soldado romano, la Puerta por la que debemos pasar, es su Corazón, abierto por la lanza. Así como una puerta se abre de par en par, así el Corazón de Jesús es abierto de par en par, por la lanza del soldado romano. Esto quiere decir que, para porder pasar por la Puerta estrecha que es el Corazón de Jesús, tenemos que subir a la Cruz, para ser crucificados junto con Él, porque Él está crucificado en la Cruz. El Corazón abierto de Jesús en la Cruz por la lanza del soldado romano, es la puerta estrecha que tenemos que atravesar.

La otra pregunta es: ¿Adónde nos conduce esta Puerta? Jesús mismo lo dice: “Traten de entrar al cielo por la Puerta estrecha”. Quiere decir que, si podemos meternos en el Corazón abierto de Jesús por la lanza, vamos a llegar al cielo, al Reino de los cielos. Sólo hay una puerta, y es estrecha, para entrar en el Reino de los cielos, y esa puerta es el Corazón de Jesús. Si queremos llegar al Reino de Dios, no hay ninguna otra puerta que nos lleve a él. Pero al Corazón de Jesús sólo pueden entrar los que son “puros de corazón” –no dicen mentiras, no pelean, no son perezosos, obedecen a los papás, rezan a Dios todos los días, asisten a Misa por amor y no por obligación-, porque el Corazón de Jesús es puro y nada impuro o malo puede entrar en él. Y por eso es una puerta estrecha, porque no entran los que están llenos de soberbia o de malos pensamientos y malos deseos. Tratemos de ser puros, buenos y santos, como los Sagrados Corazones de Jesús y María, y así entraremos en el Reino de los cielos, por la Puerta estrecha, el Corazón de Jesús abierto en la Cruz por la lanza del soldado romano.

martes, 16 de agosto de 2016

La Santa Misa explicada a las familias integrantes de CAFA (Catequesis Familiar)



Introducción.
Al asistir a la Santa Misa, debemos tener en cuenta algo muy importante: se trata del Misterio de Jesús en la cruz, que está en el altar, invisible, y por eso no podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero sí podemos verlo con los ojos de la fe. Para asistir a la Santa Misa, es muy importante que hagamos silencio, exterior e interior, y también es muy conveniente traer al alma el recuerdo del Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado, porque ese mismo Jesús crucificado, se hará Presente, invisible, en el altar, en la consagración. Esta es la razón por la que la Santa Misa se llama también: “Santo Sacrificio del Altar”, porque se trata del mismo y único sacrificio de la cruz, sólo que oculto bajo lo que parece pan y vino. En otras palabras, asistir a Misa es como asistir a la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo, por lo que debemos pedirle a la Virgen que nos dé sus mismos sentimientos y su mismo amor, los que Ella tenía cuando estaba de pie al lado de la Cruz, para que así asistamos a la Santa Misa.

Ahora sí, veamos brevemente los diferentes momentos de la Santa Misa.
La Santa Misa inicia con lo que se denomina Rito de Entrada. En este momento, desde el inicio mismo de la Santa Misa, debemos tener en cuenta, antes que nada, que la Santa Misa es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que en la Misa se desarrolla algo que no podemos ni entender con nuestra razón, ni podemos ver con los ojos del cuerpo, y que solo lo podemos apreciar con la fe y con la luz del Espíritu Santo. Para asistir a la Santa Misa con provecho, tenemos que considerar que es un misterio del cielo, que se desarrolla ante nuestros ojos, es decir, hay una realidad invisible que no es percibida con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Y esta realidad misteriosa, que no se ve, que es invisible, es la representación del sacrificio en cruz de Jesús, lo cual quiere decir que la realidad invisible de la Misa es el Santo Sacrificio del Calvario, el sacrificio de la cruz de Jesús en el Monte Calvario, el Viernes Santo. Lo primero que tenemos que tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa, es el sacrificio en cruz de Jesús, el sacrificio de su vida por nuestra salvación. Y puesto que es un sacrificio por amor, porque Jesús no tenía ninguna obligación de salvarnos, entonces, lo que debemos tener al venir a la Santa Misa, es amor y agradecimiento a Jesús, por su muerte en cruz por nosotros. La alegría que debemos experimentar es la alegría que viene de saber que Jesús nos ama tanto, que ha llegado al extremo de dar su vida por nosotros. Desde ya vemos cómo la Misa no es ni divertida ni aburrida, sino un misterio fascinante, porque es casi como viajar en el tiempo, para estar en la cima del Monte Calvario, de rodillas ante la cruz y acompañados por la Virgen. El que se aburre en Misa es porque no se da cuenta de que está viviendo el misterio más fascinante que puede existir en el cielo y en la tierra, y el que busca diversión en la misa, es porque tampoco entendió que Jesús se sacrifica en el altar, como lo hizo en la cruz, no para divertirnos, sino para salvarnos y darnos el Amor infinito de su Sagrado Corazón.
En el Acto Penitencial, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es decir, por todas las faltas a su Amor, porque el pecado es eso: un acto de malicia de nuestros corazones, que ofende a Dios, que es infinitamente bueno. Pedimos perdón por las veces que dijimos mentiras, por las veces que nos dejamos llevar por la pereza, por las veces que contestamos mal a nuestros padres, por las veces que tuvimos envidia, en vez de alegrarnos por las cosas buenas que les suceden a nuestros hermanos. Nos reconocemos pecadores y hacemos el propósito de no volver a pecar. Cuando el sacerdote da la absolución, esta absolución, más la Comunión Eucarística, nos perdonan los pecados veniales, aunque no los pecados mortales. Si solo tenemos pecados veniales, con esta absolución del sacerdote, ya podemos comulgar, pero no podemos comulgar si tenemos pecados mortales.
Luego viene la Liturgia de la Palabra, en la que escuchamos el Antiguo Testamento, los Salmos y el Nuevo Testamento, para lo cual necesitamos estar en silencio y muy atentos, porque Dios habla en el silencio, y además San Agustín dice que la Biblia es una carta personal que Dios escribe para cada uno de nosotros, entonces, tenemos que estar atentos para escuchar lo que nuestro Papá Dios nos escribe, con mucho amor, desde el cielo.
Luego viene la Presentación de las ofrendas, que consisten en pan y vino, aunque lo que tenemos que tener en cuenta aquí que las ofrendas consisten, ante todo, en el pan y el vino que han sido convertidos en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En este momento, y en silencio, desde lo más profundo del corazón, tenemos que ofrecernos, con el pan y el vino que van a ser depositados en el altar, con todo nuestro ser, con lo que somos y tenemos, con nuestra vida pasada, la presente y la futura, para unirnos al sacrificio de Jesús que hará en el altar, en el momento de la consagración.
En el Prefacio, esa oración larga que dice el sacerdote y que finaliza con el canto del triple “Santo”, tenemos que estar muy atentos, porque el sacerdote se dirige a Dios en nombre nuestro, y nos presenta ante Él, para que, en el silencio, le expresemos el amor de nuestros corazones y la adoración que se merece, adoración que la unimos a la adoración de los ángeles y santos en el cielo. Luego llega la Plegaria Eucarística, que es el momento más maravilloso y grandioso de todos, porque cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, se produce el Milagro de los milagros, que se llama “transubstanciación” y significa que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ese momento es que debemos adorar la Eucaristía, porque ya está Presente, sobre el altar, la Presencia real del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Es el momento en el que debemos maravillarnos y alegrarnos, sorprendernos y maravillarnos, porque sobre el altar, oculto en lo que parece ser un poco de pan, está el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, a quien adoran, en el cielo, los ángeles y santos. Podemos decir que, luego de la consagración, tenemos con nosotros al Verbo de Dios, lo que quiere decir estamos en la tierra ante Jesús, así como los ángeles y santos están ante el mismo Jesús en el cielo.
Luego viene el Rito de Comunión, en el que se reza el Padrenuestro, en el cual agradecemos a Nuestro Padre celestial por el don de su Hijo Jesús en la Eucaristía. En el saludo de la paz, se da solamente a quien está a mi lado, y hay que considerar que no es un saludo tal como nos saludamos en la calle; se trata de un saludo en el que damos la paz a nuestros hermanos, a los que tenemos al lado, pero también a aquellos con los cuales podemos estar enemistados, por algún motivo circunstancial. El saludo de la paz que damos, es el saludo de la paz que nos da Jesús, que pacifica nuestros corazones y los reconcilia con Dios, al lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la cruz. Cuando el sacerdote parte la Eucaristía y coloca una fracción en el Cáliz, eso significa la Resurrección de Jesús, así como la consagración por separado del pan y el vino significaba la separación del Cuerpo y Sangre de Jesús en la cruz.
Luego viene la Comunión, momento en el que tenemos que estar muy atentos, no solo rechazando todo pensamiento que nos pueda distraer, sino poniendo toda nuestra atención en la Comunión, porque el Rey del cielo, Cristo Jesús, viene a nuestras almas; debemos disponer nuestros corazones para alojar allí, con todo el amor del que seamos capaces, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para amarlo y adorarlo con todas nuestras fuerzas. Al comulgar, debemos adorar la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, además de amarlo con todas las fuerzas de nuestros corazones. Al comulgar, entonces, debemos hacerlo con la mente despierta, para creer firmemente en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, y con nuestro corazón listo para adorar y amar al Cordero de Dios, que dio su vida por mi amor.
Finalmente, viene el Rito de despedida, finalizando la Santa Misa con la bendición del sacerdote. Contrariamente a lo que pueda parecer, con la bendición final y despedida, no es que “termina la misa”, sino que comienza nuestra tarea como cristianos, que es la de dar a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia, al menos una ínfima parte del Amor recibido del Sacrificio de Jesús en la cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el altar.
Como vemos, en la Santa Misa, cuando se participa adecuadamente, es decir, espiritual e interiormente, con el silencio, con la mente despierta y concentrada en el misterio del altar, que es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz, y con el corazón deseoso de dar todo nuestro amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que baja del cielo a la Eucaristía sólo para darme su Amor, no tenemos tiempo para aburrirnos, ni tampoco para “divertirnos”, sino para vivir, intensamente, el misterio más fascinante y maravilloso de todos los misterios de Dios, y es la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Y si no sabemos cómo participar, interiormente y con amor, de la Santa Misa, tenemos que pedirle que nos ayude a hacerlo a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que ama y adora a su Hijo Jesús en ese sagrario viviente que es su Inmaculado Corazón.


Construir sobre Roca quiere decir escuchar y practicar la Palabra de Dios


         En una parábola, Jesús da el ejemplo de dos hombres que construyeron sus casas, uno, es necio y construye sobre arena; el otro, es inteligente y construye sobre roca (cfr. Mt 7, 24-29). A los dos les va muy distinto: al que construyó su casa sobre la arena, la casa se le terminó derrumbando, porque como no tenía cimientos, cuando sopló el viento fuerte y cayó mucha lluvia, toda la casa se vino abajo. Al que construyó sobre la roca, en cambio, a su casa no le pasó nada, porque tenía cimientos fuertes, y es así que, cuando llovió y sopló el viento, la casa resistió, aun cuando era azotada por el fuerte viento y por el agua.
         ¿Qué quiere decir Jesús con esta parábola? Para saberlo, tenemos que saber que los hombres somos nosotros; las casas son nuestras almas; los vientos y la lluvia, son las tentaciones, las pasiones y las dificultades de la vida; la arena, es cualquier cosa que no sea la Palabra de Dios; la roca es la Roca, Jesucristo, que es la Palabra de Dios hecha hombre, encarnada, que nos habla a través del Evangelio y a través de la Iglesia; el que construye sobre la roca, es el que escucha a Jesús y “hace lo que Él dice”, como nos pide la Virgen en el Nuevo Testamento: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5); el que construye sobre arena, es el que escucha la Palabra de Dios pero no la pone en práctica y se deja llevar por otras cosas que no son la Palabra de Dios y entonces, cuando surge algún problema, no sabe cómo obrar según la voluntad de Dios.
         El que construye sobre arena, dice Jesús, es “necio”, que quiere decir falto de inteligencia, pero no porque en la escuela no tenga buenas notas, sino que es falto de inteligencia espiritual porque escucha la Palabra de Dios pero después no la practica, y en vez de la Palabra de Dios, se deja llevar por sus propios pensamientos o incluso se deja llevar por lo que dicen otras religiones. Por ejemplo, Jesús dice en el Evangelio: “Ama a tus enemigos” (Mt 5, 44), y el necio no los ama, sino que se enoja con ellos y no perdona nunca; Jesús dice: “Carga tu cruz cada día y ven detrás de Mí” (cfr. Mt 16, 24), pero el necio deja la cruz a un lado y se va por un camino ancho, espacioso, que no es el Camino de la Cruz, y se va lejos de Jesús; en el Evangelio Jesús dice que “va a estar todos los días con nosotros, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 20), y cumple esa promesa quedándose en la Eucaristía, para consolarnos en nuestras tristezas y problemas, pero el necio no va nunca a saludar a Jesús en el sagrario y a decirle que lo ama; Jesús dice en el Evangelio que “Él es el Pan Vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51), que “da la vida eterna al que lo consume”, pero el necio, en vez de alimentarse de la Eucaristía el día domingo, prefiere ver un partido de fútbol, o salir de paseo.
         ¿Y quién es el que construye sobre roca? Es el hombre “inteligente”, pero no porque tenga notas excelentes en la escuela, sino porque su inteligencia es una inteligencia espiritual que da el Espíritu de Dios a los que escuchan a Jesús y “hacen lo que Él dice”. Por ejemplo, Jesús dice: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre; el que coma mi Cuerpo y beba mi Sangre jamás tendrá hambre y Yo le daré la vida eterna” (cfr. Jn 6, 54), y esto se cumple en la Misa y en la Eucaristía y es lo que le sucede al que comulga con amor la Eucaristía: el hombre inteligente es el que viene a Misa no para cumplir un precepto obligatorio, sino a recibir a Jesús, que es Dios, con todo el amor de su corazón, para que Jesús le dé, con la comunión eucarística, su vida, su luz, su paz y su Amor de Dios. En el Evangelio Jesús dice: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29), y el que es inteligente, se acuerda de las palabras de Jesús y, cuando hay algo que lo enoja, se acuerda de Jesús, que es el Cordero de Dios, manso y humilde, y trata de imitarlo en su mansedumbre y en su amor.

¿Cómo podemos demostrar nuestro amor a Jesús? Escuchando sus palabras y poniéndolas por obras, porque eso es lo que nos enseña Jesús: “El que escucha mis palabras y las pone en práctica”, es el que lo ama (Mt 7, 24). Entonces, ¿cómo vamos a demostrar que somos como el hombre inteligente, el que construye sobre roca, el que ama en verdad a Jesús y no solo con palabras? Cuando amemos la Eucaristía más que la televisión y el fútbol; cuando tratemos de ser como el Corazón de Jesús, manso y humilde; cuando perdonemos en nombre de Jesús al que nos hizo mal; cuando frente a las tentaciones y a los problemas de la vida, en vez de desesperarnos, nos acordemos que tenemos una Mamá del cielo que es la Virgen y un Amigo Fiel que nunca falla, Jesús, que está en la Eucaristía esperándonos, y corramos al sagrario para decirle que lo amamos y que le pedimos su auxilio. Vamos a demostrar que amamos a Jesús cuando, guiados por la Virgen, “hagamos lo que Él dice”.

viernes, 12 de agosto de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús quiere que en nuestros corazones arda el Amor de Dios


(Domingo XX – TO – Ciclo C – 2016)

         Jesús dice en este Evangelio que Él “ha venido a traer un fuego sobre la tierra y que ya quiere verlo ardiendo” (Lc 12, 49-53). El fuego que trae Jesús es un fuego muy especial, distinto al fuego que todos conocemos. ¿Qué diferencia hay con el fuego que conocemos? Recordemos qué pasa con el fuego que conocemos, que es el fuego de la tierra, para que después veamos cómo es el fuego que nos trae Jesús: el fuego de la tierra sirve para cocinar, para calentar la casa cuando hace frío, para hacer una fogata si estamos en un campamento. El fuego ilumina con su resplandor y calienta con sus llamas y por eso es muy útil cuando, por ejemplo, tenemos frío y estamos en un lugar oscuro, como en un bosque. Y en estos casos, además de iluminarnos y calentarnos en una noche oscura y fría, el fuego sirve también para alejar a los animales salvajes. Pero además de ser útil, el fuego es también un poco peligroso porque todos sabemos que el fuego quema y cuando quema, provocar ardor y mucho dolor, por eso, si somos pequeños, debemos siempre alejarnos del fuego y, cuando ya somos más grandes, debemos manejarlo con mucha prudencia. Así es el fuego que conocemos, el fuego de la tierra.
         ¿Y cómo es el fuego que viene a traer Jesús? El fuego que viene a traer Jesús no provoca dolor y tampoco quema; es un fuego que viene del cielo, y es el Espíritu Santo. Al igual que el fuego de la tierra, ilumina y da calor, pero ilumina con la luz de Dios y da el Amor de Dios, y a diferencia del fuego de la tierra, no solo no provoca dolor, sino que el que recibe este fuego que trae Jesús, experimenta solo la dulzura del Amor de Dios, y recibe de Dios su alegría, su paz y su amor.

         ¿Y dónde está el fuego que trae Jesús? Está en su Sagrado Corazón, porque así se apareció Él a Santa Margarita, y está también en la Eucaristía, porque aunque no lo veamos, el Corazón de Jesús está en la Eucaristía, latiendo con la fuerza y el Amor de Dios. Y ese fuego, que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Espíritu Santo, es el fuego con el cual Jesús quiere incendiar nuestros corazones. Le pidamos a la Mamá de Jesús, la Virgen, que sea Ella la que prepare nuestros corazones, que son oscuros y fríos -como un bosque de noche, cuando no tenemos a Dios en nosotros y que, al igual que en un bosque, nos acechan ángeles oscuros-, para que cuando comulguemos y Jesús nos dé el Fuego de su Amor, nuestros corazones se vuelvan se iluminen y resplandezcan como una brasa ardiente, que con su brillo y ardor ahuyente a todos nuestros enemigos del alma y que nos ilumine y dé el calor del Amor de Dios.