Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

sábado, 15 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: No rechacemos la cruz de Jesús



(Domingo XXIV – TO – Ciclo B - 2018)

         “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y me siga” (Mc 8, 27-35). En este Evangelio, Jesús nos enseña muchas cosas. Una primera cosa que nos enseña es que no estamos obligados a seguirlo, sino que, el que lo sigue, tiene que querer seguirlo. En efecto, Jesús dice: “El que quiera seguirme, que me siga”. Jesús no nos obliga a seguirlo, quiere que lo sigamos libremente. Seguirlo quiere decir amarlo, entonces es como si Jesús dijera: “El que me ame, que me siga”. Nadie está obligado a seguir a Jesús, como Él lo dice: “El que quiera seguirme”. Esto quiere decir que nadie va a entrar obligado en el cielo, porque si alguien no quiere seguir a Jesús, no lo sigue. Pero el que no lo siga, ya sabe que no puede entrar en el cielo. Para entrar en el cielo, hay que seguir a Jesús, pero quien no lo quiera seguir, no lo seguirá y tampoco entrará en el cielo. En el cielo entrarán los que aman a Jesús y los que lo siguen. Si alguien no lo ama y no lo quiere seguir, ese tal no entrará en el Reino de Dios.
         Otra cosa que nos enseña Jesús es que, una vez que nos hemos decidido a seguirlo, es decir, una vez que hemos elegido seguir a Jesús, no podemos seguirlo de cualquier manera: tenemos que negarnos a nosotros mismos. ¿Qué quiere decir “negarnos a nosotros mismos”? Quiere decir que tenemos que darnos cuenta cuando estamos pensando, deseando o haciendo una cosa mala y rechazarla. Por ejemplo, negarme a mí mismo es lo siguiente: si yo estoy con mal humor, en vez de contestar mal a los que me rodean, me niego a mí mismo y contesto bien, con una sonrisa, con un afecto, con una muestra de bondad. Otro ejemplo de negación de uno mismo: si estoy con pereza y no tengo ganas de hacer nada, en vez de quedarme tirado en la cama o en el sofá, sin hacer nada, me levanto y me pongo a hacer lo que tengo que hacer, que siempre hay algo para hacer, como por ejemplo, las tareas de la escuela, ayudar en la casa, ayudar a mis hermanos, ofrecer a mis padres si necesitan algo, etc. Eso es “negarse a sí mismo”.
         Por último, quien elige a Jesús y lo sigue y se niega a sí mismo, tiene que hacer una tercera cosa: tomar su cruz y seguirlo. Jesús va caminando delante de nosotros, con la cruz a cuestas. ¿Adónde va Jesús? Jesús va al Calvario, para morir en cruz y luego resucitar. Si amamos a Jesús, entonces, no lo vamos a dejar ir solo, vamos a ir detrás de Él, pero con nuestra cruz a cuestas, para que también nosotros seamos crucificados con Él y así resucitemos a la vida nueva de los hijos de Dios. Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy, entonces: seguir a Jesús no por obligación sino por amor, negarnos a nosotros mismos en nuestras malas inclinaciones y cargar la cruz de cada día, para algún día ir al cielo y estar con Jesús para siempre.

sábado, 8 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús nos abrió la mente y el corazón con el Bautismo



(Domingo XXIII – TO – Ciclo B – 2018)

         En este Evangelio (cfr. Mc 7, 31-37) , Jesús cura a un sordomudo, simplemente tocando sus oídos y su lengua y diciendo una palabra en idioma arameo, “Éfata”, que quiere decir: “Ábrete”. Podemos decir que el sordomudo es muy afortunado, porque fue curado de una doble enfermedad, que le impedía oír y también hablar.
         Pero nosotros tenemos que considerarnos todavía más afortunados que el sordomudo, aún cuando tengamos alguna enfermedad corporal, porque Jesús le curó el cuerpo al sordomudo del Evangelio, pero a nosotros nos curó el alma. ¿De qué manera? Para saberlo, tenemos que recordar que cuando nacemos, nacemos con el pecado original y eso quiere decir que tenemos cerrados los oídos del alma a la voz de Dios; nacemos ciegos del alma, y eso quiere decir que no podemos ver la Verdad de Dios; nacemos con el corazón cerrado al Amor de Dios, y eso es como nacer mudos, porque no hablamos de la Bondad de Dios. De todo esto nos ha curado Jesús con el Bautismo: nos curó nuestra ceguera espiritual, nuestra sordera espiritual y nuestra mudez espiritual, pero además de eso, nos dio una nueva vida, la vida suya, la vida de Jesús, que es la Vida de Dios.
         Por eso es que nosotros somos más afortunados que el sordomudo del Evangelio, porque no solo hemos sido curados de esa enfermedad que es el pecado original, sino que por la gracia, Jesús nos ha dado una vida nueva, la vida de los hijos de Dios.
         ¿Cómo se vive la vida de los hijos de Dios? Cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios –para eso hay que llevarlos impresos, como un sello, en el alma y en el corazón-, confesándonos con frecuencia, comulgando en estado de gracia, rezando –en lo posible, el Santo Rosario-, haciendo Adoración Eucarística. Si hacemos esto, vamos a glorificar a Dios con nuestras vidas, así como el sordomudo glorificó a Jesucristo luego de haber sido curado.

Charla para Padres de Niños de Catequesis



         Los padres de familia deben tomar conciencia de la importancia literalmente vital de la Catequesis para la vida espiritual de sus hijos. Así como se preocupan por la alimentación del cuerpo, porque es obvio que si no comen se desnutren y mueren por inanición, así también el alma debe alimentarse, de lo contrario, muere por hambre de Dios. El alimento del alma es la Palabra de Dios, que está en la Biblia, para ser leída y está en la Eucaristía, para ser consumida. Si un alma no se alimenta de la Palabra de Dios, irremediablemente muere. Los Padres de familia deben ser conscientes de que sus hijos tienen hambre, no solo corporal, sino espiritual, aun cuando no la expresen verbalmente. Es muy importante que acompañen a los hijos con sus tareas de Catecismo, así como los acompañan con las tareas de la escuela, para que les expliquen lo que no entiendan o acudan a quien está capacitado para buscar respuestas, ya sea el catequista o el sacerdote.
         Los Padres deben acompañar a sus hijos a la Santa Misa dominical, que es la Misa de precepto. La Misa para niños es a las 10.00, aunque pueden asistir a cualquier otro horario. Lo importante es que acudan con ellos a la Santa Misa y sobre todo es importante que vean a la Santa Misa como un encuentro personal con Jesús Eucaristía y como lo que es, la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario. Asistir a la Misa dominical debe ser la primera y más importante ocupación no solo del Domingo, sino de toda la semana. Los Padres deben también construir un pequeño altar, con un crucifijo, una imagen de la Virgen, de San Miguel Arcángel y de los santos a los que más devoción se les tenga y reunirse, al menos una vez a la semana, alrededor de este altar casero, para rezar todos juntos en familia.
Los Padres deben tomar conciencia que si no satisfacen esa hambre espiritual que sus hijos tienen, con la Palabra de Dios y los sacramentos, la satisfarán con el ocultismo, que hoy está más activo que nunca. En casi todos los programas de televisión y en las películas de cine y en internet, se presentan a la magia, a los duendes, a las hadas, como algo bueno, cuando en realidad son obra y tarea del Demonio. Un ejemplo clarísimo de cómo se enseña ocultismo a los niños son las películas de Harry Potter, pero hay decenas y decenas de programas destinados a niños y adolescentes cuyo contenido es claramente esotérico y satánico, disfrazándolos a estos como algo bueno e inocente.
         Los niños juegan con juegos satánicos como por ejemplo el Charly-Charly, el juego de la copa, el Mono espacial, el Juego de la muerte. Son juegos para nada inocentes; son diabólicos y traen todo tipo de cosas malas, que pueden terminar incluso con el suicidio de los niños y adolescentes. Estos juegos no tienen nada de inocente ni de bueno y son, en la práctica, una forma encubierta de espiritismo, nigromancia e invocación directa al demonio, que entra en las vidas de los niños y de las familias, así como un ladrón entra cuando se le deja abierta la puerta de casa. Los Padres deben vigilar y estar atentos y advertir a sus hijos que JAMÁS deben jugar a estos juegos, ya que son una invitación al demonio para que entre en sus vidas. Deben, por el contrario, enseñarles a acudir al Ángel de la Guarda, a San Miguel Arcángel, a la Virgen y a Nuestro Señor Jesucristo. Deben enseñarles también a huir de los lugares en donde haya alguna imagen del Gauchito Gil, de la Difunta Correa o de San La Muerte, ya que son servidores del Demonio y en el caso de San La Muerte, es el Demonio en persona.
         Otro aspecto a tener en cuenta es el ESI o Educación Sexual Integral, un programa de educación elaborado por el Ministerio de Educación según el cual los niños serán sustraídos de la esfera de educación de los padres, para ser introducidos en esta nefasta ideología que llama “bueno” a toda clase de perversión moral y sexual. Si los Padres no educan a los hijos según la doctrina moral de la Iglesia, los niños y adolescentes inevitablemente serán arrastrados por esta corriente de inmoralidad y será muy difícil o casi imposible que vuelvan a la visión correcta de la sexualidad y de la vida.

sábado, 1 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: La pureza interior nos la da la gracia



(Domingo XXII – TO – Ciclo C)

         “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 1-8.14-15.21-23). En la época de Jesús, los fariseos tenían la creencia de que bastaba lavar los utensillos del templo y las manos, además de acudir al templo, para ser considerados como hombres religiosos. Ellos cumplían con todas estas reglas y por eso creían que eran buenos delante de Dios, pero descuidaban el corazón y es así que eran malos, decían mentiras, se quedaban con el dinero del templo. Pero Jesús les hace ver que para ser buenos, no basta con cumplir por afuera: hay que estar limpios por dentro, es decir, hay que tener un corazón bueno y, más que bueno, santo. Para que podamos entender un poco más, Jesús da el ejemplo de una copa o un plato que están sucios: si se los limpia solamente por afuera y no se limpian por dentro, quedan sucios y no se pueden usar. Así sucede con nosotros: debemos cumplir exteriormente con lo que manda la Iglesia –asistir a Misa los domingos, comulgar en gracia, confesar, rezar, etc.-, pero además debemos estar limpios por dentro, es decir, nuestro corazón debe estar limpio de toda mancha de pecado. ¿Cómo limpiar por dentro nuestros corazones y nuestras almas? Por medio de la gracia santificante, que nos viene por la Confesión sacramental. Cuando nos confesamos, quedamos limpios y purificados por dentro, porque el corazón y el alma se ven libres de la mancha del pecado. Este Evangelio, entonces, nos enseña cómo ser agradables a los ojos de Dios: no solo cumpliendo lo que nos pide la Iglesia –por ejemplo, asistir a la misa dominical-, sino también confesándonos con frecuencia, para que así nuestra alma quede purificada y limpia por la gracia santificante.
         Así como una copa o un plato deben limpiarse por dentro y por fuera para que queden verdaderamente limpios, así también nosotros, para ser agradables a los ojos de Dios, debemos cumplir externamente con la religión, asistiendo a la misa del Domingo y rezando, y además debemos confesarnos con frecuencia, para tener el corazón resplandeciente con el brillo de la gracia santificante.

sábado, 25 de agosto de 2018

El Evangelio para Niños: “Son duras estas palabras”



(Domingo XXII – TO – Ciclo B – 2018)

          “Son duras estas palabras”. Cuando Jesús les dice a sus discípulos que deben “comer su Carne y beber su Sangre”–alimentarse de la Eucaristía- y cuando les dice que deben “cargar la cruz de cada día y seguirlo” –negarse a sí mismos- para ir al Cielo –dejar de pensar en esta vida como si fuera la definitiva- muchos de sus discípulos se molestan con Jesús y lo abandonan, diciéndole: “Son duras estas palabras”.
         ¿Por qué? Porque para comulgar, hay que dejar de estar pensando en los manjares terrenos que alimentan el cuerpo, para desear el alimento celestial que es la Eucaristía y para eso, para poder comulgar, hay que comulgar en estado de gracia, para lo cual hay que confesarse con frecuencia. Para llevar la cruz de cada día, hay que luchar contra las propias pasiones, contra la tendencia a la ira, a la pereza, a la gula, etc., y esa lucha es ardua, árida, porque implica parecerse a Jesús, que es casto, puro, manso y humilde de corazón. Para ir al Reino de los cielos hay que desear ir al Reino y para eso, hay que asumir que algún día hemos de morir y por lo tanto hay dejar de pensar menos en las cosas de este mundo, que son pasajeras, y pensar más en la muerte, en el Juicio Particular, en el Cielo, el Purgatorio y el Infierno y también en el Juicio Final y eso quiere decir dejar de pensar en la comodidad de esta vida y comenzar a desear el Cielo y comenzar a obrar de manera tal de ganar el Reino de los cielos.
         “Son duras estas palabras”. Cuando Jesús hace milagros como multiplicar panes y peces y expulsar demonios, todos lo quieren seguir, incluso lo quieren hacer rey. Pero cuando no hace milagros ni expulsa demonios y dice qué es lo que hay que hacer para ir al cielo –cargar la cruz y seguirlo a Él, combatir contra uno mismo, luchar contra las pasiones, vivir los Diez Mandamientos, alimentarse de la Eucaristía, confesarse con frecuencia, pensar en que esta vida se termina pronto y viene la eterna, pensar que si no morimos en gracia nos condenamos-, entonces, dicen: “son duras estas palabras” y muchos de sus discípulos lo abandonan.
         Pero Pedro no lo abandona: él dice: “¿A quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Imitemos a Pedro y no a los discípulos que dejan a Jesús, y sigamos a Jesús por el camino de la cruz, alimentándonos de la Eucaristía cada día, para que así lleguemos algún día a la Vida eterna en el Reino de los cielos.

sábado, 18 de agosto de 2018

El Evangelio para Niños: La Eucaristía es verdadera comida y verdadera bebida



(Domingo XX - TO - Ciclo B – 2018)

“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 51-58). Todos nosotros, como seres humanos que somos, pensamos todos los días en qué hemos de comer y en qué hemos de beber. Es lógico, porque tenemos que alimentar el cuerpo: un cuerpo sin alimentación o con una alimentación deficiente, es un cuerpo que se debilita de a poco y puede incluso llegar a morir, si la falta de alimentos se prolonga mucho tiempo. Por eso es importante alimentarnos, es decir, comer y beber, aunque hay que tener en cuenta el dicho que dice: “Hay que comer para vivir y no vivir para comer”. Hay que evitar, en la comida y en la bebida, la glotonería, el comer por comer, lo cual es un pecado de gula.
Pero en la cuestión de la comida también hay que tener en cuenta otra cosa: somos seres humanos, compuestos de cuerpo y alma: al cuerpo, lo alimentamos con alimentos materiales, terrenos, que es la comida que comemos en la mesa todos los días. Ahora bien, si alimentamos el cuerpo, también tenemos que alimentar el alma, pero el alma no se alimenta con alimentos terrenos. Si yo como un trozo de pan, ese trozo de pan alimenta mi cuerpo, pero no mi alma. Si bebo un vaso de agua, el agua calma la sed del cuerpo, pero no la sed del alma.
¿Cómo alimentar el alma?
Jesús nos lo dice: con su Cuerpo y su Sangre y su Cuerpo y su Sangre están en la Eucaristía. Es decir, el alimento del alma es la Eucaristía. Si nos preocupamos por el alimento del cuerpo, mucho más tenemos que ocuparnos del alimento del alma, que es la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Hay muchos que, lamentablemente, solo alimentan el cuerpo, pero no el alma, porque creen que la Eucaristía es solo un pedacito de pan. Pero la Eucaristía es un pan que solo tiene apariencia de pan, porque es un Pan que es Carne, la Carne del Cordero de Dios. El que se alimenta del Pan de la Misa, que es la Eucaristía, se alimenta con Carne de Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, la Carne del Cordero de Dios, Jesús. Y el que se alimenta con la Eucaristía tiene un alma fuerte y llena de luz, porque en la Eucaristía está la vida de Dios, que es vida divina, que da la fortaleza y la luz de Dios a quien se alimenta de ella.
Lamentablemente, hay muchos que descuidan el alimento del alma, que es la Eucaristía, y así sus almas están raquíticas, débiles e incluso muchas almas mueren por la falta del Pan bajado del cielo. No seamos como ellos, alimentemos nuestras almas con el Pan de Vida eterna, que es la Eucaristía, para tener en nuestros corazones la luz y la vida de Dios Uno y Trino.

sábado, 11 de agosto de 2018

El Evangelio para Niños: La Eucaristía parece pan pero es la Carne de Jesús



(Domingo XIX - TO - Ciclo B – 2018)

“El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 41-51). Cuando Jesús les dice a los judíos que su carne es pan y que el que coma de Él tendrá vida eterna, se escandalizan y piensan que ha perdido la razón, porque creen que Jesús los está invitando a que coman un pedazo de su Cuerpo. También creen que ha perdido la razón cuando les dice que Él ha bajado del cielo: “Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo”. Ellos lo vieron crecer desde chicos, conocen a su papá adoptivo, San José, conocen a su Mamá, la Virgen, conocen a sus primos, y por eso creen que Jesús es de la tierra y ahora, cuando les dice que ha venido del cielo, creen que ha perdido la razón.
         Lo que sucede es que los judíos no entienden las palabras de Jesús porque no tienen al Espíritu Santo en ellos. Solo el Espíritu Santo permite comprender que el Cuerpo de Jesús que hay que comer para tener vida eterna es el Cuerpo que está en la Eucaristía, que es un Cuerpo lleno de la gloria de Dios. La Eucaristía es el cumplimiento de las palabras de Jesús, de que el Pan que Él dará es la Carne para la vida del mundo, porque la Eucaristía parece pan, un pan sin vida, pero en realidad, es la carne del Cordero.
         Una vez sucedió un milagro eucarístico que confirma que la Eucaristía es Carne: un sacerdote, con dudas de fe, al momento de comulgar, le sucedió que la Hostia consagrada se convirtió en un trozo de carne, por lo que tuvo que sacársela de la boca y envolverla en el corporal, que quedó manchado de sangre.
         No hace falta que a nosotros nos suceda lo mismo: sabemos, por la fe, que la Eucaristía parece pan, pero es lo que dice Jesús: es la Carne de Jesús que da la vida eterna al que lo consume con fe, con amor y en estado de gracia.