Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

domingo, 13 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús en la Eucaristía no es un fantasma, es Dios Hijo hecho hombre, sin dejar de ser Dios


(Domingo XIX – TO – Ciclo A – 2017)

         En este episodio del Evangelio, los amigos de Jesús, junto con Pedro, están en la barca, mientras Jesús estaba en la orilla, porque se había quedado rezando. En un momento, comienza un tormenta, con viento y olas cada vez más altas; tanto, que la barca parecía que se iba a hundir. Jesús acude a ayudar a sus amigos y lo hace caminando sobre las aguas y esto lo puede hacer, porque Él es Dios. Los amigos de Jesús, en vez de alegrarse porque Jesús viene hacia ellos, lo confunden con un fantasma y gritan, llenos de terror: “¡Es un fantasma!”. Cuando Jesús se acerca, les tranquiliza y les dice que no tengan miedo, porque es Él, a quien ellos conocen. Pedro, para estar seguro que era Jesús, le pide que lo haga ir hacia Él y Jesús entonces lo llama y le dice: “Ven”.
         En un primer momento, Pedro también comienza a caminar sobre las aguas, porque tiene su mirada puesta en Jesús, pero cuando se distrae y deja de mirarlo, comienza a tener temor por las olas y el viento y comienza a hundirse y le dice a Jesús: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano, lo pone a seguro y le reprocha su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
         Entonces, lo que vemos aquí, es que tanto Pedro, como los discípulos de Jesús, fallan en la Fe en Jesús como Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios: los discípulos lo confunden con un fantasma y Pedro comienza a hundirse cuando deja de contemplar a Jesús, para mirar las olas, altas por el viento.
         Esto también nos  puede suceder a nosotros: que pensemos que Jesús es un fantasma, porque no venimos a visitarlo en el sagrario, no hacemos adoración eucarística, no nos postramos en adoración ante Él. Y también nos puede suceder lo que a Pedro, que ante los problemas que pueden presentarse en la vida, dejamos de contemplar a Jesús y así comenzamos a hundirnos. De hecho, muchos tratan a Jesús como un fantasma, como un ser irreal, porque nunca van a visitarlo en la Eucaristía, para adorarlo, darle gracias y decirle que lo aman.

         No tratemos a Jesús Eucaristía como un fantasma, es decir, como alguien que no existe y demostremos que creemos que Él es Dios que nos ama, visitándolo en el sagrario, haciendo adoración eucarística, acudiendo a Él en las situaciones difíciles y también en las más tranquilas, confesándonos con frecuencia, para recibir a Jesús con un corazón limpio de pecado y brillante por la gracia santificante. Demostremos que nuestro corazón está desapegado del mundo y que está apegado a la Eucaristía; no tratemos a Jesús Eucaristía como a un fantasma, como a un ser irreal, sino como lo que Es: Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, que está en la Eucaristía para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, por medio de la comunión sacramental.

domingo, 6 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús se transfigura en el Monte Tabor


(Ciclo  A – 2017)

         En un lugar que se llama “Monte Tabor”, Jesús se transfigura delante de sus discípulos. “Transfigurarse” quiere decir que su Rostro brillaba como miles de soles juntos y que su vestimenta estaba cubierta de luz, pero no de una luz que venía de afuera, sino una luz que venía de adentro de Jesús. Y esto sucede porque Jesús es Dios y Dios es luz, pero no una luz como nosotros la conocemos aquí en la tierra, sino que es una luz desconocida, de origen celestial, que da la Vida y el Amor de Dio al que ilumina.
         ¿Por qué se transfigura Jesús? Porque Él quiere que lo vean revestido de luz, para que se den cuenta de que Él es Dios, porque en poco tiempo tendrá que sufrir la Pasión, y ahí aparecerá en el Monte Calvario todo cubierto de sangre, de heridas abiertas, de golpes, de hematomas; en la Pasión aparecerá no cubierto de gloria, sino de humillación; no cubierto de la gloria de Dios, sino de la Sangre que los hombres le harán salir a causa de las flagelaciones y los golpes. Se transfigura para que cuando lo vean así en la Pasión –coronado de espinas, sangrando, humillado-, se acuerden de que Él es Dios y así tomen valor en esas duras y amargas horas.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que así como es el Cuerpo de Jesús en el Monte Tabor: en el cielo, todos estaremos resplandecientes de luz, con la luz de Dios; no habrá enfermedades, ni dolor, ni llanto, ni tampoco nadie envejecerá, sino que todos seremos eternamente jóvenes.

         Pero es también para que sepamos que, así como Jesús, antes de subir resucitado y glorioso, tuvo que pasar por la Cruz, así también nosotros, si queremos llegar al Cielo en la otra vida, en esta vida tenemos que abrazarnos a la Cruz y seguir por detrás de Jesús.

martes, 1 de agosto de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Gozosos


         Primer Misterio de Gozo: la Anunciación del Ángel y la Encarnación del Hijo de Dios (Lc 1, 30-32, 38). El Arcángel Gabriel, enviado por Dios, le anuncia a María Santísima que ha sido elegida por Dios para ser la Madre de Dios Hijo encarnado. Cada vez que rezamos el Rosario, le recordamos a la Virgen el anuncio más hermoso que recibió en su vida: que conservando intacta su pureza, habría de ser la Madre de Dios, porque iba a engendrar a Dios Hijo por el poder del Espíritu Santo.

Segundo Misterio de Gozo: la Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel (Lc 1, 39-43). Estando encinta de Jesús, la Virgen emprende un largo viaje para ayudar a su prima Santa Isabel, quien también ha concebido por gracia de Dios, en su vejez. Con la Visita de María, Isabel se llena del Espíritu Santo y llama a la Virgen “Madre de Dios”, mientras que Juan Bautista, “salta de alegría” en el seno de Isabel, al escuchar el saludo de la Virgen. Y esto sucede porque cuando llega María, con María llega Jesús y Jesús sopla el Espíritu Santo sobre las almas. ¡Oh Virgen santa y Pura, visítanos, para que Contigo venga Jesús y Él nos dé el Espíritu Santo, y así nuestros corazones se verán llenos del Amor de Dios!

Tercer Misterio de Gozo: El Nacimiento de Jesús (Lc 2, 6-11). El Niño Jesús nace milagrosamente en Belén, Casa de Pan, de la misma manera a como un rayo de sol atraviesa un cristal, dejándolo intacto antes, durante y después de haber pasado por él. La Virgen es el Diamante celestial, la Roca de cristal, de la cual surge Cristo, Luz del mundo. ¡Madre de Dios y Madre mía, haz que Jesús nazca en mi corazón, pobre y oscuro como el Portal de Belén, para que viva yo iluminado por la luz de su gracia!

Cuarto Misterio de Gozo: La Presentación de Nuestro Señor en el Templo y la Purificación de María Santísima (Lc 2, 22-25, 34-35). Cumpliendo el precepto de la Ley, que mandaba ofrecer a Dios a todo primogénito, la Virgen lleva al Niño Dios al Templo, para ofrecerlo al Señor. ¡Oh María, haz que yo sea siempre como un niño pequeño, para que me lleves entre tus brazos, me estreches contra tu Inmaculado Corazón y unido a Jesús, me ofrezcas al Padre como sacrificio de alabanza!


Quinto Misterio de Gozo: El Niño Perdido y Hallado en el Templo (Lc 2, 41-47). Luego de subir a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, María y José regresan, por separado, a su hogar, pensando cada uno que el Niño está con el otro. Al darse cuenta de que el Niño no viene con ellos, lo buscan por tres días, hasta encontrarlo en el Templo, donde siempre había estado. ¡María Santísima, llévame de tu mano hasta el sagrario, para encontrar allí a tu Hijo amado, Jesús Eucaristía!

sábado, 29 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El Reino de Dios es como un tesoro en un campo


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-52). Jesús compara el Reino de los cielos a un tesoro que está escondido en un campo; también, a una perla de gran valor, y a una red llena de peces valiosos, que después pueden ser vendidos en el mercado por mucho dinero.
         Es como si nosotros fuéramos por el campo y encontráramos un cofre lleno de monedas de oro, o una caja fuerte con mucho dinero; entonces, vamos y vendemos todo lo que tenemos y con la plata que nos dan, nos compramos el campo y así nos ganamos el tesoro.
         ¿Qué es lo que tenemos que vender? No se trata de cosas materiales; no es que tenemos que vender casas, autos, o la mochila que usamos para el colegio. Lo que tenemos que “vender”, es decir, aquello de lo que nos tenemos que desprender para poder entrar en el Reino de los cielos, son todas las cosas malas que tenemos, como por ejemplo, envidia, celos, peleas, mentiras, porque nadie puede entrar en el cielo con todas estas cosas. ¿Dónde vendemos estas cosas? En el confesionario. ¿Y con qué pagamos el campo? Con la gracia que recibimos en la confesión sacramental, y con algo que vale más que todo el mundo y que todos los cielos eternos, y es la Eucaristía.
         Entonces, el campo es la Iglesia, lo que vendemos somos nuestros pecados, y lo que compramos es la vida eterna en el cielo, con la gracia que recibimos en la Confesión y con la Eucaristía, que es el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Y cómo es el Reino de los cielos? Es algo tan, pero tan hermoso, que ni siquiera podemos imaginarnos cómo es, porque lo que hace hermoso a los cielos, es Dios Uno y Trino, que es infinitamente hermoso. Dicen los santos que cuando el alma ve a Dios, en la otra vida, se queda con la vista fija en Dios, porque es tan hermoso, que no quieren ni desean ninguna otra cosa.
Vendamos lo que tenemos en la Confesión, y compremos el Reino de los cielos con la gracia y la Eucaristía, para que luego de esta vida, gocemos de la visión y la unión con Dios en el Amor, para siempre.


domingo, 23 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El trigo y la cizaña


(Domingo XVI – TO – Ciclo A - 2017)

                  “Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña” (Mt 13, 24-43). En esta parábola, Jesús nos cuenta de un campesino que siembra una buena semilla de trigo. Pero tiene un enemigo que quiere perjudicarlo y par eso siembra la cizaña, que es una planta parecida al trigo pero que no sirve para nada, por lo que solo se la usa para hacer fuego. La idea del enemigo era arruinarle la cosecha al campesino. Los trabajadores del hombre se dan cuenta y le preguntan si cortan la cizaña, pero el hombre les dice que no, porque si no así también van a cortar el trigo. Les dice que los dejen crecer juntos y que cuando llegue el tiempo de la cosecha, entonces sí los cortarán y separarán el trigo de la cizaña: el trigo, para almacenarlo; la cizaña, para quemarla.
¿Qué significa esta parábola? Es lo que va  a pasar el Día del Juicio Final y Jesús mismo la explica: “el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores son los ángeles”.
         Con esta parábola, entonces, Jesús nos dice cómo va a ser el Día del Juicio Final: los buenos, irán al cielo, y los malos, al Infierno. ¿Quiénes son los buenos? Los que aman a Jesús y se acercan a Él, que está en la Cruz y en la Eucaristía; los que tratan de vivir cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios, a los que llevan siempre en la mente y en el corazón; los que evitan hacer el mal y, si lo hacen, se confiesan en seguida; los que consideran a la Eucaristía como un Pan exquisito y más rico que cualquier comida del mundo, porque es el Pan de Vida eterna; los que tratan de cumplir los Mandamientos de Jesús, que es llevar la cruz todos los días, negarse a sí mismos y ser mansos y humildes de corazón, como Él; los que aman a la Virgen y le rezan y se acuerdan de Ella en todo momento.
¿Y quiénes son los malos, los que se condenarán en el Infierno? Son los que no cumplen los Mandamientos de la Ley de Dios; son los que no perdonan ni piden perdón, cuando son ellos los que se equivocaron; son los que no quieren arrepentirse de sus pecados; son los que no se preocupan por ayudar a sus hermanos más necesitados; son los que rechazan la Cruz y la Eucaristía; son los que practican la magia; son los que no creen en el Infierno.

Nadie caerá en el Infierno sin saberlo ni desearlo; nadie irá al Cielo si no quiere ir. Cada uno irá al lugar que elija ir, según sean sus obras: si son buenas, al Cielo; si son malas, al Infierno. Busquemos siempre a Jesús, en la Cruz y en la Eucaristía; confesemos nuestros pecados en la Confesión Sacramental; seamos buenos con todos, especialmente con los más necesitados, y así estaremos seguros de ir al Cielo, junto con Jesús y María.

domingo, 16 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús es la semilla y nuestro corazón la tierra donde cae la semilla


(Domingo XV – TO – Ciclo A – 2017)

         En esta parábola, Jesús utiliza la imagen de un sembrador, que va por el campo esparciendo la semilla. Las semillas caen en distintos tipos de terrenos, por lo que no todas germinan; por ejemplo, algunas “caen al borde del camino” y no germinan porque los pájaros las comen; otras, dice Jesús, “caen en terreno pedregoso”, pero como no hay mucha tierra, apenas germinan, se secan; otras semillas caen entre “cardos espinosos”, y estos cardos ahogan a las pocas que pueden germinar; por último, algunas semillas caen en tierra negra, húmeda, fértil, se hunden en la tierra, y como tienen humedad y nutrientes, terminan por germinar, crecen, se transforman en un árbol que da frutos exquisitos, aunque hay algunos árboles que están cargados de frutos, mientras que otros tienen menos.
         ¿Qué quiere decir esta parábola de Jesús?
         El sembrador que esparce la semilla es Dios Padre;
-la semilla es la Palabra de Dios, es decir, su Hijo Jesús, que viene a nosotros por la Escritura y por la Eucaristía;
-los distintos tipos de terrenos, son nuestros corazones.
¿Por qué en algunos corazones germina la Palabra de Dios y en otros no?
Jesús nos lo dice:
La semilla al borde del camino es el corazón de “alguien que oye la Palabra del Reino y no la comprende”, pero esta persona, en vez de preguntar a alguien que sepa, qué significa lo que no entiende, se queda de brazos cruzados, y entonces, dice Jesús, “viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón”, es decir, le quita las ganas de leer la Escritura o de comulgar, porque no entiende que la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino el Cuerpo de Jesús.
La semilla “en terreno pedregoso” es el corazón del que escucha la Palabra, comulga, está contento porque todo va bien, pero cuando Dios le pone una prueba o permite que lo persigan a causa de la Palabra, en seguida abandona y deja de leer y comulgar. Sería el caso, por ejemplo, de alguien que, cuando se están burlando de Jesús o de la Virgen, por miedo a que le digan algo, se queda callado, en vez de defenderlos.
La semilla que cae entre cardos espinosos es el corazón de aquel que escucha la Palabra, que lee la Escritura y comulga, pero le da mucha importancia a los problemas del mundo, o bien se deja tentar por la avaricia.
Por último, la semilla que cae en tierra negra, húmeda, fértil, es el corazón del que está en gracia –es la gracia la que transforma nuestros corazones en terreno fértil-; en este corazón, la semilla se hunde y como encuentra nutrientes y suficiente humedad, crece, echa raíces, y se transforma en un árbol, que es un árbol muy especial, la Santa Cruz de Jesús, cuyo fruto es el Sagrado Corazón de Jesús –el único Árbol de la vida es la Cruz de Jesús y no el amuleto en forma de árbol-. En este corazón, en donde la semilla se transformó en la Cruz, está tan unido al Corazón de Jesús, que da los frutos de la Cruz, que son: caridad, paciencia, bondad, pureza de cuerpo y alma, sacrificio, humildad.
Entonces, la parábola del sembrador nos lleva a pensar en qué clase de terreno es nuestro corazón: si un terreno pedregoso, lleno de cardos espinosos, que son los malos pensamientos, las mentiras y las malas acciones, o si por la gracia, es un terreno fértil en donde se ha plantado el Árbol de la Cruz, cuyo fruto exquisito es el Amor del Corazón de Jesús. En pocas palabras, podemos hacer una sencilla prueba para saber qué clase de terreno es nuestro corazón: si damos a los demás, amigos y enemigos, el Amor del Corazón de Jesús, entonces nuestro corazón es un terreno fértil, en donde está plantado el Árbol de la vida, la Santa Cruz de Jesús.





         

sábado, 8 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Vengan a Mí y Yo los aliviaré


(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2017)

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 25-30). En este Evangelio, Jesús nos propone que hagamos con Él un cambio: nos dice que, si tenemos una preocupación, que vayamos adonde está Él y que Él nos dará su yugo, que es suave. Es decir, lo que tenemos que hacer, es ir adonde está Jesús –Jesús está en el sagrario y en la cruz- y, arrodillados ante Él, dejar a sus pies nuestras preocupaciones, y recibir a cambio lo que Él nos dé, su yugo. ¿Y en qué consiste ese yugo que nos dará Jesús? Consiste en tratar de ser como Él, que es “paciente y humilde de corazón”. Y cuando hagamos esto, obtendremos alivio.
Entonces, en esto consiste el cambio que nos propone Jesús: que vayamos ante el sagrario o ante la cruz, nos arrodillemos delante suyo, le dejemos aquello que nos preocupa, y recibamos su yugo, que consiste en tratar de ser como es Jesús: mansos, pacientes y humildes de corazón. Y así, obtendremos alivio.
Cuando haya algo que nos preocupe, hagamos lo que Jesús nos dice: vayamos adonde está Él y le dejemos a sus pies las preocupaciones y tomemos el yugo que Él nos dará, que significa tratar de ser mansos, pacientes y humildes como Él.

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. Los cristianos somos los más afortunados del mundo porque no hay problema, por grande que sea, que no pueda ser llevado por Jesús, y lo único que tenemos que hacer, a cambio de que Jesús lleve nuestros problemas, es tratar de imitarlo en su paciencia y mansedumbre.